La catástrofe · Unidad 44 de 47

Segunda Parte · XXIII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XXIII

París, Francia, el Mundo entero, esperaban con febril impaciencia los resultados de la lucha grandiosa que iba a intentarse contra los zootauros. Los periódicos no hablaban de otra cosa. En todo el mundo subterráneo reinaba una agitación sin límites. En Inglaterra y en América se apostaban sobre el éxito o el fracaso del experimento sumas cuantiosas. El World , de Nueva York, abrió un concurso entre sus lectores, ofreciendo un premio de 200.000 dólares al que acertara con más precisión el día y la hora de la muerte del primer zootauro. París Subterráneo volvió a aparecer con su antiguo titulo, Le Petit Parisien . Por su parte, La Era Nueva anunció que el día de la muerte del primer zootauro publicaría y repartiría gratuitamente un gran extraordinario ilustrado.

En las paredes y kioscos abundaban los anuncios de diferentes Casas anunciando su próximo traslado a la superficie. El trust de la construcción anunciaba en llamativos carteles que aceptaba encargos para construir en dos semanas casas enteramente nuevas o reconstruir las derrumbadas. La dirección del gran restaurante Términus publicaba en la Prensa los menús que pensaba ofrecer a su clientela, en su antiguo local de la superficie, a partir de los primeros días de mayo. La compañía de ópera Boisseau anunció una representación de Aida en los jardines del Luxemburgo, y, a pesar de ser los precios elevadísimos, en pocas horas se agotaron los billetes, y sus poseedores los exhibían como trofeos.

Hacia fines de abril, cuando los trabajos no estaban todavía terminados, París se vió ya invadido por una gran afluencia de provincianos y extranjeros. A medida que el gran día se acercaba, la afluencia se convertía en un asalto: todo el mundo quería estar lo más cerca posible del lugar del histórico acontecimiento.

Los ricos de todos los paises reservaban por telégrafo sus cuartos en hoteles de gran lujo, y los precios subían vertiginosamente. Para detener esa avalancha de telegramas, el Municipio de París hizo publicar en los principales periódicos de todo el Mundo la noticia de que no quedaba en París ni un cuarto ni tan siquiera una cama libre. Pero al día siguiente, como burlándose del anuncio, los telegramas fueron más numerosos que nunca. La gente ofrecia por las habitaciones precios fantásticos. El conocido multimillonario londinense Henry Smith mandó a todos los principales hoteles de Paris el mismo telegrama: "Preparen para mí y familia tres, dos o, en último caso, una habitación, al precio de 200.000 francos diarios."

La prueba del campo magnético fué fijada para el 2 de mayo.

El mecanismo era puesto en acción desde abajo, por medio de una palanca establecida cerca del pozo de mina central de la plaza de la República. La construcción de esta palanca fué dirigida por Grandidier en persona, ayudado por el célebre profesor de Física Julio Dubois y un grupo de ingenieros escogidos. No necesitaba Grandidier hacer otra cosa que apretar con el dedo un botón eléctrico para que sobre Paris quedara extendido un campo magnético.

Existía el temor de que los zootauros no se hicieran esperar demasiado. Se sabía que sus apariciones sobre París, desierto, y, por lo tanto, sin interés para ellos, eran ahora muy raras. Por primera vez, deseaban ahora los parisinos la llegada de los monstruos, y los esperaban con impaciencia.

—¿Y si no vienen?—se preguntaban las gentes, con la impaciencia de dueños de casa que han hecho costosos preparativos para recibir a sus invitados.

Se decidió hacer todos los esfuerzos posibles para atraer a los zootauros. Para ello era necesario poblar, aun cuando sólo fuera débilmente, los restos de París que quedaban en la superficie. Conseguirlo no fué difícil. Millares de parisinos y de forasteros deseaban subir a la superficie para presenciar los resultados de la experiencia. La curiosidad era más fuerte que el miedo. Por otra parte, muchos reporteros y fotógrafos consideraban como un deber profesional encontrarse en el lugar donde había de desenvolverse la lucha suprema entre el hombre y los monstruos alados. Un cierto número de periodistas fueron, en efecto, autorizados por el Gobierno para subir a la superficie desde el primer momento, en compañía de sus secretarios y del personal técnico que los acompañaba.

El día 30 de abril la mayor parte de ellos empezaron ya a instalarse entre las ruinas del viejo París. Se instalaban como mejor les parecía, sin mostrar un respeto exagerado por el derecho de propiedad. El corresponsal del Times , con su media docena de secretarios y taquígrafos, se aposentó en uno de los salones del Ayuntamiento, y colocó en la ventana un enorme gallardete con el nombre de su periódico. El corresponsal del World , de Nueva York, se instaló en el primer piso de la Torre Eiffel, medio destruído también, e hizo instalar por su cuenta un hilo telefónico especial con la estación radiotelegráfica.

Siguieron a los representantes de la Prensa los amigos de emociones fuertes, muchos miembros de Sociedades esportivas y, finalmente, no pocos curiosos. Durante el último día de abril y el primero de mayo, las plataformas no pararon de funcionar un momento. Después de un periodo de letargo, el viejo París recobraba la vida. Algunos propietarios de cafés y restaurantes abrieron despachos de comidas y bebidas, instalados de cualquier modo entre los escombros, y a pesar de los precios exorbitantes, hacían excelentes negocios. La compañía de la Opera, con Boisseau a la cabeza, trabajaba febrilmente para poner en escena en el Luxemburgo el espectáculo anunciado.

Durante toda la noche del 30 de abril al 1 de mayo, los que habían subido a la superficie es peraron en vano la aparición de los zootauros. Tampoco aparecieron éstos la noche siguiente. Por todas partes se alumbraban, a fin de llamar su atención, grandes fogatas, que de nada servían. Hasta el alba esperaron inútilmente los periodistas, fotógrafos y señaladores, cuya misión consistía en avisar la presencia de los zootauros al París subterráneo por medio de un hilo especial que pasaba por el pozo de mina central. Millares de curiosos escrutaban con lentes y anteojos el horizonte desde los tejados de las casas más o menos intactas. Pero en el cielo nocturno, tachonado de grandes y claras estrellas, no dejaron ver los zootauros ni su sombra. De vez en cuando una nubecilla blanca aparecía en el firmamento. Pero ni con la mayor buena voluntad era posible confundirla con los monstruos impacientemente esperados.

Al llegar el alba, cansada, rendida de agotamiento, temblando de frío, la gente abandonaba sus atalayas y se acostaba.

En el París subterráneo las gentes velaban también durante toda la noche, y esperaban con impaciencia la señal que había de venir de lo alto. Por las calles no se podía dar un paso. En la plaza de la República, junto a la base del pozo-mina central, estaba instalada una cómoda cabina para Grandidier y sus ayudantes. Aquí la aglomeración era mayor que en parte alguna. Los cafés y los bares estaban abiertos y atestados. A sus puertas se amontonaba el gentío. Los parisinos no podían ni querían dormir durante esas noches decisivas.