La catástrofe · Unidad 45 de 47

Segunda Parte · XXIV

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XXIV

La noche del 1 al 2 de mayo fué radiante. Ya la puesta de Sol había sido de una belleza desacostumbrada. El horizonte parecia un mar de púrpura y de oro liquido. Se hubiera dicho que más allá de las regiones accesibles a la vista humana un incendio formidable lo abrasaba todo, inundando el espacio con sus magnificos resplandores. Pero a los pocos minutos el incendio empezó a apagarse; sus reflejos fueron cada vez más pálidos, y la noche entró, por fin, en sus dominios, encendiendo en el cielo, uno tras otro, sus fuegos de guardia.

Las gentes que se encontraban en la superficie volvían a sus puestos de observación. Los periodistas y fotógrafos se apercibían al trabajo.

—Esta noche es seguro que vienen—decían todos.

Para llamar la atención de los zootauros, se encendieron en Montmartre, Belleville e Ivry grandes fogatas. Las gentes consultaban a cada momento sus relojes, cada vez más impacientes, como si alguien les hubiese citado y les hiciera esperar inútilmente. De todos los labios salian quejas y recriminaciones:

—¡Es escandaloso! ¡Son ya casi las diez, y ni siquiera piensan en venir!

—¡A ver si esta noche tampoco va a suceder nada! Al parecer, los zootauros nos toman el pelo.

Dieron las diez, dieron las once, y nada. Extenuadas por dos noches de insomnio, muchas gentes se dormian apoyando la cabeza en cualquier parte.

Hacia las once y cuarto se recibió un radiograma de Cristiania anunciando que desde la costa este del mar del Norte acababa de ser visto un zootauro. Esta noticia causó una sensación enorme, tanto entre los que esperaban en lo alto, como en la ciudad subterránea.

—¡Dentro de poco lo tenemos aquí!—decían todos, sin poder contener la alegría.

El sueño, el cansancio, habían desaparecido. Las miradas se fijaban en el cielo con ansia escrutadora. En el subterráneo, las gentes dirigían también los ojos a lo alto, como queriendo atravesar las bóvedas con la mirada.

A las once y veinticinco minutos resonaron gritos entrecortados por la emoción:

—¡Ya están aquí!

—¿Dónde? ¿Por dónde vienen?

—¡Detrás de Notre-Dame!... ¡Un poco a la izquierda!

Al cabo de un minuto, podía distinguirse el zootauro a simple vista. En el silencio profundo que había sucedido a la agitación de los prime ros momentos resonaba el ronquido del motor gigantesco.

Cuando la noticia de la presencia del zootauro llegó al París subterráneo, millones de corazones empezaron a latir violentamente, en espera del momento decisivo. La cuestión que iba a decidirse era de vida o muerte.

A las once y veintisiete minutos, Juan Grandidier, pálido de emoción, casi desfallecido, oprimió el botón eléctrico.

Mientras tanto, en lo alto, la gente, con los nervios en máxima tensión, seguía todas las evoluciones del zootauro.

El monstruo parecía no tener prisa. Lentamente, como encantado de tomar un baño de aire tibio en aquella hermosa noche de primavera, se mecía majestuoso a unos dos kilómetros de altura, moviéndose tan pronto a derecha como a izquierda. En la claridad lunar el haz de luz que lanzaba el zootauro era apenas visible.

Siempre sin apresurarse, describiendo largos círculos concéntricos, el zootauro comenzó después a descender. A medida que se acercaba crecía la emoción de los que observaban sus movimientos. La inquietud hacía un nudo en las gargantas, y las voces se oían apenas:

—¡Ya ha entrado en la zona magnética!

—¡Todavía no!

—¡Ahora! ¡Ahora!

El zootauro, cuyos movimientos habían sido hasta entonces lentos y ordenados, comenzó a agitarse, a dar saltos convulsivos como bajo el estímulo de potentes picaduras. Parecía querer desasirse de un enemigo invisible. Su reflector se apagó. En sus convulsiones fué a caer pesadamente sobre una casa de la plaza de la Bastilla, en la cual, por fortuna, no había nadie, destrozándola por completo, e inmediatamente volvió a remontarse en el aire. Un minuto más tarde desaparecia en dirección noroeste.

Por todas partes resonó el mismo grito de entusiasmo:

—¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado!

Media hora más tarde se recibió un radio de Liverpool anunciando que un zootauro acababa de caer en los alrededores de la ciudad y que continuaba extendido inerte y probablemente agonizante.

Tanto en la ciudad subterránea como en la superficie, esta noticia hizo desbordar el entusiasmo.

Stephen quiso ser el primero en felicitar a Grandidier por la gran victoria. Pero al penetrar impetuosamente en la cabina encontró junto al conmutador el cuerpo inánime del viejo sabio. Su corazón no había tenido fuerzas para resistir la emoción del triunfo.