Leyendas españolas · Unidad 21 de 180
Unidad 21 · ^ UNA MADRE.
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^ UNA MADRE.
La desgraciada madre, en quien la nueva Fué cual rayo que enciende y que destroza, Al cielo la mirada húmeda eleva, Y en agitada convulsión solloza. Cual si la Parca en su profunda cueva La sepultase bajo dura losa. Queda inmóvil, y muda y sin aliento, Enajenada en susto y en tormento.
« No morirá, » clamó de pronto, erguida Como la estatua del divino Apolo; « Al que le dañe, arrancare la vida, O si sube al cadalso, no irá solo. ¿ Es acaso el monarca un homicida, Que se goza en el crimen y en el dolo? Yo de la humanidad el germen santo Fecundaré en su pecho cou mi llanto. »
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Dijo, y al alto alcázar de Sevilla, Que hoi es un caserón triste y oscuro A los ojos vulgares, maravilla Que de Acrópolis borra el noble muro. Corre veloz, cual rápida avecilla, A quien el cazador con pecho duro, Placer que un duro corazón delata. Los huérfanos poiluelos arrebata.
EL ALCÁZAR. Í9
Estaba Mohamed ( porque los restos De la facción quemaban todavía ) En medio de la turba de dispuestos Jefes, á quienes cauto reparlia Sus órdenes. En lances como estos • Suelen turbarse el orden y armonía Del rito de palacio. En cierto modo La salud del Estado es mas que lodo.
El monarca en tal caso se humani/a, Porque el peligro es cosa mui humana ; Con los mas bumilbdos frateruiza, Porque la desventura nos hermana Cor altos y con bajos. Cuando atiza La discordia feroz tan inhumana , El interés á un hombre y otro junta, Y ni nombre ni raza se pregunta.
Oyendo de amor solo los consejos, Entró la madre en la mansión temida, Sin que la deslumhrasen los reflejos Del poder, con que el vulgo se intimida. El rei, que la conoce desde lejos, « A esa buena mujer dad lo que pida, » Dijo, y salió un morisco per>onaje Con el augusto y singular mensaje.
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« Qué pides ? » dice. — « Pido la persona, » Responde la infeliz, « de Gil Valpuesta. » El personaje calla y reflexiona,
Y al rei torna llevando la respuesta. El rei vacila. En tanto la matrona, Para quien es la dilación funesta. Adonde está el monarca se aproxima, Sin que respeto ó miedo la reprima.
Y al verlo cerca, como muda roca Que ni siente, ni piensa, ni respira, Queda suspensa un ralo, y en la boca La queja, el ruego y el aliento espira. Ya el lector con el dedo el caso toca ; Va puede adivinar lo que la admira. De estos casos los libros están llenos : El rei era su huésped, nada menos.
Mas ella no se da por entendida : El rei sí, quien declara á los presentes * « Esa cristiana me salvó la vida De manos de furiosos insurgentes. Imploré su favor : compadecida, Sin averiguaciones imprudentes, De mis gratas ofertas indignada. Me recibió benigna en su morada. »