Leyendas españolas · Unidad 3 de 180

Unidad 3 · AL LECTOR. IX

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AL LECTOR. IX

tisfaccion que, por una especie de instinto, resulta en nosotros, al ver conseguido un íin por medio de esfuerzos que no están al alcanze de todos, y que por consiguiente supone en el que los hace, calidades nada comunes. ¿ Qué diflcultad presentan y qué esfuerzos necesitan los versos asonantados en una lengua como la nuestra, que , tanto por la regularidad de su gramática, como por la abundancia de vozes que lia sacado del latin, posee una inagotable provisión de esas terminaciones imperfectamente semejantes? ¿No vemos con qué facilidad componen romances los Lombres del vulgo, y no son ellos los autores de los iüumerables que se han escrito y corren impresos, sobre milagros de santos, aventuras festivas y ridiculas , y fechurías y crímenes de malhechores? Sin duda algo mas cultos y literarios que estos son los romances de Góngora y Quevedo ;.mas lo que se infiere de esta diferencia, es únicamente , que el mismo instrumento, por grosero que sea, despide diversos sones, según la mayor ó menor destreza de las manos que lo pulsan. La combinación octosilábica ocurie tan frecuenlemenle en nuestro idioma , (jue lejos de ser una operación difícil , á vezes , escribiendo en prosa , se necesita alguna aplicación para evitaila. Con esto, con la independencia de los versos nones y con la lijerísima traba de los pares , bai bastante para poder asegurar, que, á menos de suponer una organización destituida enteramente de

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oído métrico , escribir versos asonantadus de ocho sílabas, necesita mui poco mas esfuerzo que el que se requiere para escribir en prosa.

Bien sé que la repetición periódica de la misma terminación en los versos alternados, no deja de llenar agradablemente el oido, y este es el argumento favorito de los admiradores del romance. Pero, en primer lugar, en su origen el romance no estuvo sujeto á la unidad del asonante , en todo el curso de la misma composición ; lo que prueba que su mérito no consistia entonces en esa monotonía de sonidos. Podria citar muchos romances antiguos en prueba de esta verdad; pero me limitaré al siguiente fragmento de uno de Don Alfonso el Sabio :

Yo salí de la mi tierra , Para ir á Dios servir,

Y perdí !o que habia, Desde mayo hasla abril, Todo el reino de Casliella Hasla allá á Guadalquivir. Los obispos y perlados Cuidé que melien paz Entre mí y el mió hijo, Como en su Decreto jaz. Ellos dejaron aquesto,

Y metieron mal asaz,

Non á escuso, mas á vozes. Bien como el añafil faz.

A propósilo de esta cita observaré, que en todos los romances de la misma época se observa la misma propensión al uso de la rima perfecta , y que la in-