Leyendas españolas · Unidad 7 de 180

Unidad 7 · LA JUDIA.

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LA JUDIA.

Cauto en torno, y suspira, Y de rubor escaso Se liñe el rostro, do perene asienta Mortal amarillez, dolencia oculta Quizás ó pena amarga. Con afrenta De su opinión, la plebe osada insulta Su nombre, y atribuye en sus hablillas De su rostro las trazas amarillas

A tenebrosos actos, Negros designios y terribles pactos. Desde que vino de lejana tierra,

Do lo llevó la guerra Que ostentó de la cruz la roja marca, En Sion la piadosa, la comarca , Donde Suero domina, Señor de tierras vastas, abomina Su yugo y su mansión. Y no se crea Que agobiando con bárbara tarea Sus siervos oprimidos, Les arranca gemidos, Cual los otros magnates. Compadece Desde lejos sus males; favorece Sin verlos su infortunio. A nadie daña;

Mas cual visión estraña Que horror secreto y repugnancia inspira.

La faz del hombre mira. La suya, en surcos hondos, aunque apenas Seis lustros cuenta de existir, indica Tormento que lo labra y mortifica; Pesadumbre de bárbaras cadenas,

6 LA JUDÍA.

A las que el corazón víctima cede. Quiere olvidar sus males, y no puede,

V en secretos pesares se consume. Breves instantes aspiró el perfume,

V sació su mirada asustadiza Don Suero en el recinto deleitoso.

« Huyamos, » dice, « huyamos : el reposo Que yo busco, no es este. Suaviza Sobradamente al alma este deleite,

Cual esmerado afeite

Que deslumhra y halaga. No es aquí donde encuentra el vago anhelo,

Con que me abruma el cielo, Objeto que termine y satisfaga Su sedienta inquietud. Aquí respire

Quien á la holganza aspire. Que á virtud atribuye y á inocencia Lo (¡ne llaman los hombres esperiencia. Mis sombríos tormentos necesitan

Peñascos eminentes, Por donde furibundos los torrentes Dilacerados troncos precipitan ; Quebradas hondas y hondas aberturas, Do su feroze libertad celebra

Silbando la culebra ; Malezas intrincadas, peñas duras, Niebla espantosa y bárbaro rugido De huracán desatado, que disuelve Las altas crestas del peñasco hendido. »

Dijo, y turbado vuelve.

LA JCDÍA.

Y de pronto ua suspiro lento > blando, Como lo lanza el hombre üel, soñando

En ventura perene, Con misterioso hechizo lo detiene. Torva sospecha el ánimo le ofusca : Por la espesura enmarañada busca De aquel rumor incógnito el origen ,

Y á un mortal sus miradas se dirigen. Que comprimido, y trémulo, y doliente. Se arroja al suelo, y dice prosternado :

<( Noble señor, piedad de un inocente,

De un ser desventurado, Que al margen del sepulcro titubea. Mi vida está en tus manos: de ellas sea. Si lo quieres, despojo, y si preOeres Dar fácil puerta á impulso compasivo.... » Don Suero lo interrumpe : « Di quién eres,

Y si en el labio pérfido y nocivo

De un hombre la verdad tiene morada.

Di la verdad, ó mueres á mi espada. »

«( Nunca, » responde el jóvea, « en mi seno

Derramó la mentira su veneno.

Un culto que detestas , es el mió :

La próxima ciudad con eco impio

Proclamó esta mañana horrible muerte

Contra el mísero pueblo de mi raza :

Un iluso |K)nlíllce pervierte

Su razón. Furibunda despedaza

Los miembros de la víctima la plebe,

Y nuestra sangre en vaso impuro l)ebe.