Leyendas españolas · Unidad 8 de 180

Unidad 8 · 9 LA JUDÍA.

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9 LA JUDÍA.

Mi padre— yo lo vi— provecto anciano, Docto en yerbas y simples, cuya mano

Sin venal recompensa La salud repartia á los mortales, En el tropel de muchedumbre inmensa, Perdió también la vida á sus puñales. Salvóme de la muerte mano amiga, Y aquí, señor, tras bárbara fatiga Llegué, do en tu bondad me anuncia el cielo.

Mi refugio y consuelo. » — «No lo pides en vano, » le responde Don Suero, que no sabe ni adivina.

Cuál fuerza peregrina, Cuál poderío irresistible esconde Voz tan estraña, en males tan crueles. ♦< Sigue mis pasos, calla y no rezeles. «

A la luz de la antorcha que ilumina La retirada habitación, do encubre

Su existencia mezquina Aquel desventurado ser, descubre.

Con turbada estrañeza. De su afligido huésped la belleza. Tersa la piel como marmóreo busto, Talle esvelto cual mimbre, delicado Cual la flor del espino, y matizado,

Como lozano arbusto.

De salud y esperanza,

LA JUDIA.

El cutis trasparente ; Ojos, por los que fuego activo lanza;

Sombreada la frente

De profusos cabellos, Negros cual azabache, y mui mas bellos : Tal era el hijo de Abraham. Lo admira Don Suero sin cansarse, cual si fuera Vaporosa visión, que rauda gira Con rastra luminosa por la esfera.

Y mas lo admira, cuando en dulce acento. Le dice : « Buen señor, dame la mano,

Y deja que en su vario lineamento. De tu destino el misterioso arcano

Revele el labio mió. »

Y Don Suero se presta, ya sin brio, Cual ave por la sierpe fascinada,

Y su orgullo al incógnito somete.

« Esta línea promete, »

Dice con voz turbada. Dando un suspiro, el desgraciado hebreo, « En la guerra de amor feliz trofeo. Aquí se pinta un triunfo en otra guerra Mas cruel : de los grandes de la tierra Doblarás el sol)erbio poderío. Aquí miro un deseo que devora Tu generoso pecho, y no desdora

Tu nobleza y tu brio. » — « Cuál es? » pregunta el español. « Anhelo, » Sigue el garzón, «de merecer del cielo

Lo que pocos mortales

W LA JUDÍA.

Merecen de los seres celestiales : Ciencia , que al hombre eleva y magnifica Sobre la turba imbécil; ciencia augusto, Que el pecho entusiasmado purilica,

Y si al indagador vulgar asusta, Al sublime mortal de ánimo fuerte Abre el alto volumen de la suerte. Ella la senda próspera le allana,

Y en galardón de tu piedad te envía, Fiel y segura, aunque modesta, guia. Mano potente y diestra, aunque temprana. Que, dócil á tu voz, en los preceptos

Te iniciará del invisible mundo. Cual humildes los guardan sus adeptos. » Reconcentrado en meditar profundo, Don Suero escucha el grato vaticinio. «Incomprensible joven! ¿qué dominio,» Clama, «en mi ser y en mi destino ejerces? ¿Y cómo el giro á mis pasiones tuerces

su Qureza naiura. aotanaas? Tú en mi mente leistes, y tú mandas, Cual euro que las altas cumbres postra. En un alma que al mundo entero arrostra;

Lo arrostra y lo desprecia. Desde el nacer miré con desden frió

La muchedumbre necia De mis iguales : con feroz desvío, Sus pérfidas caricias ; con enojo, La miserable presa que disputa Ciega codicia con brutal arrojo.