Leyendas españolas · Unidad 78 de 180

Unidad 78 · 266 LAS DOS CENAS.

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266 LAS DOS CENAS.

Satisfecho de Enrique el tiero encono , Mientras espanta al pueblo su delito, De su exasperación acalla el grito Y osado ocupa el vacilante trono. Lo ayudó la ambición de los magnates, Sedientos de riqueza y despotismo; Empero ante sus pies se abre un abismo De discordias, intrigas y combates. Sus vecinos conjúranse en su daño;

La traición y el engaño Lo rodean ; rebeldes poderosos Su poder amenazan, y su vida Va á ser una cadena entretejida

De males horrorosos. Activo y fuerte , acude adonde estalla Mas cercano el peligro; y donde quiera

Nuevos peligros halla.

Castilla entonces era De la tribu altanera De ricos-hombres víctima infelize ; Cuya ciega codicia y arrogancia De los pueblos agota la sustancia, Y el poder del monarca contradice. Enrique los implora en su defensa; Mas no sin generosa recompensa

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Le prestan sus servicios : que no adulan Al poder, sino cautos estipulan

Inmensas donaciones De estados, y de villas, y pensiones. A tanto esceso sube aquel infausto Tráfico, de arterias torpe feria,

Que del tesoro exhausto

Corrupción y miseria Brotando como félidos raudales. Llenan la anchura de la triste Iberia.

De las pompas reales Desnudo el trono, y del esterno brillo, Se embotó de las leyes el cuchillo; Y eludir y burlar el poder regio, Era del grande noble privilegio.

Tal vez por aliviar la grave pena Que el cora/on de Enrique despedaza, En la espesura de la selva amena

De la afanosa caza Busca la agitación. Dóciles perros Lo siguen ; y por llanos y por cerros, La astuta liebre y el lijero gamo Con incansable obstinación molesta : O en las ardientes horas de la siesta

Suelta el diestro reclamo, Y con el arcabuz apercibido, Bajo frondosas ramas guarecido.

sos LAS DOS CENAS.

Observa cuándo asoma La lorióla, el faisán ó la paloma.

Tan mal afortunado en cazería

Fué Enrique como en mando; Pues anheloso á vezes y sudando, Por llanos y por rocas discurria, Y por bosque y maleza. Sin dar con una pieza. En grave asunto y leve circunstancia Se muestra de la suerte la constancia. Cuando á un mortal sus tiros endereza. Guerrero ó cazador, rei ó vasallo, Todos penden rendidos de su fallo;

Y fuerza es renunciar, si ella se encona, Lo mismo á la perdiz que á la corona.

Cierto dia, á principios del verano. Durante largas horas corrió en vano,

Sin dar al ocio treguas, Por un áspero monte muchas leguas. Siendo de sus esfuerzos infelizes Único galardón seis codornizes. Débil, rendido, macilento y lacio, A mas de anochecer llegó á palacio ;

Y arrojándose en un sillón mullido,

Con acento abatido