Libro de los niños · Unidad 3 de 5
Unidad 3 · POESIA.
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POESIA.
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El zágál y el uldo.
“¿ Donde vas, zagal cruel, Dónde vas con ese nido, Puyen do tú mientras pian Esos tristes pajarillos ?
Su madre los dejó solos En este momento mismo; Para buscarles sustento Y dárselo con su pico., .. Mírala cuán azorada Echa menos á sus hijos,
Salta de un árbol á otro,
Y á , torna , vuela sin tino:
Al cielo favor demanda Con acento dolorido;
Mientras ellos en tu mano Baten el ala al oirlo....
Tú también tuviste madre,
Y la perdiste aun muy niño ;
Y te encontraste en la tierra Sin amparo y sin abrigo ..■> T. as lágrimas se le saltan
Al cuitado pastorcillo;
Y vergonzoso y confuso Deja en el árbol el nido.
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EL CONSEJO
de un padre.
Cuando Granada estaba en poder ' de los moros, (antes de que los echa¬ ran desaquella ciudad los Re^ms Cató¬ licos, coronando con aquel triunfo una guerra continua de ochocientos años) reinaba allí un monarca, de la familia de Alhamar, el que labró el palacio de la Alhambra, y que había heredado con la corona de aquel prín¬ cipe su valor y prudencia.
Amaba á sus vasallos como un pa¬ dre, y los gobernaba en paz ; ovend
él propio sus quejas , sentado en una. délas puertas que dan entrada á aquei alcázar; por lo cual se llamaba enton¬ ces , y se llama hoy en día, puerta de la justicia.
A pesar de ser ya'viejo, conserva¬ ba mucha robustez de aloja y de cuer ' po; porque vivía con sobriedad y tem¬ planza en medio de los placeres de la corte; y cuando no estaba acaudi¬ llando sus tropas en la guerra, se ejer¬ citaba en la caza , á la que era muy aficionado.
Mas como al cabo sintiese que se iba acercando la hora de su muerte, y que el reino iba á recaer en su hijo mayor, el cual lejos de obedecer los preceptos de su padre y de seguir su ejemplo, pasaba su mocedad en el écio v en el deleite, hasta él punte
Je parecer débil y achacoso en la flor oe sus años, llamo el rey á su hijo segundo Ismail , que mostraba muy buen natural, y reverenciaba como era debido á su padre.
Hallábase este una noche recostado en una alambra, apoyada la cabeza sobre la mailo derecha; y haciendo que su hijo se sentase junto á él, y uespues de mirarle unos momentos con ternura y cariño, le dijo de esta suerte : “ Ya ves, hijo mió , que se acerca el fin de mi vida ; y que esta se va apagando lo mismo que esa luz. Mucho temo que tu hermano (Dios no lo permita!) sea víctima de los vi¬ cios que se han apoderado muy tempiano de su corazón y le tienen es¬ clavizado ; en cuyo caso, no seria co¬ sa estrada que hiciese desgraciados k
sus pueblos, y que corriese él propio mil peligros. Tú , hijo mió , debes amarle como hermano; procurar atraerle á la senda de la virtud con tus exortaeiones y rueg’os, y aun mas poniéndole delante el espejo de tu conducía; pero siii orgullo.ni vana¬ gloria , para no mortificarle y hacer¬ le peor por envidia y despique. Guárdate , sobre todo , de mostrarle el menor deseo de usurpar su corona, ejemplo pernicioso, que han dado muchos de nuestros mayores, y que traerá al fin la perdición del reino, si Dios no aparta de él tan funesta cala¬ midad. Poco puedo hacer en favor tu¬ yo , aunque te miro , hijo mió, como la prenda de mi alma ; pero para dar¬ te á lo menos alguna prueba de mi cariño , vov á confiarte un secreto,
que me reveló el sabio Aben Habuz, el que labró la corona real con los granos de oro que trae el Darro en¬ tre sus arenas.”
“Es tradición constante, transmiti¬ da de padres á hijos, que en la pen¬ diente del mónte que media entre la torre de Comares y la corriente de aquel rio , hay escondido debajo de tierra un tesoro riquísimo, que se¬ pultó allí para mayor seguridad uno de los primeros reyes de Granada. No se sabe precisamente el sitio ; pe¬ ro sí que lo hade descubrir un prín¬ cipe de nuestra familia; y que en apoderándose de el, alcanzará por re¬ compensa un reino. ¡ Cuál seria mi gozo, hijo mió , si llevara al sepulcro la esperanza de que tú habías de po¬ seerlo ! Mas has de saber que está
prohibido el buscarlo por manos de cautivos cristianos o de infelices va¬ sallos ; y antes bien el principe á quien destina el cielo tan precioso ha¬ llazgo , ha de labrar él propio la tier- ’ ra, regándola con el sudor de su fren¬ te. Dios asi lo ha dispuesto. ”
“ Todos los dias , ai nacer el alba, ha de bajar al repecho del monte, después de haber purificado su cuer¬ po y dado gracias al cielo por dejar¬ le disfrutar la luz del dia; y en segui¬ da empezar á cavar la tierra con buen ánimo , hasta que el mismo cansancio de su cuerpo le anuncie que debe dar fin a la tarea , y em¬ prenderla al dia siguiente en paraje distinto. Pero cuenta con que no des¬ maye porque Dios ha destinado el premio al trabajo y á la constancia
Calló el buen viejo : y dejó caer la barba sobre el pecho, en tanto que su hijo le besaba el borde de la vestidura, en señal de veneración y respeto; hasta qne , por un movímiento involuntario, se arrojó en bra¬ zos de su padre, -regándole el rostro con abundantes . lágrimas , como si le predijese el corazón que le veia entonces por la última vez de su vida.
Asi sucedió efectivamente : al vir¬ tuoso monarca le hallaron muerto á ia mañana, con el rostro tan apacible como si continuase durmiendo. Pagᬠronle abundantemente sus vasallos el mejor tributo para los reyes, que es el amor de los pueblos; y vieron estos con pesar y desconfianza su¬ mí’ al trono á su hijo mayor; temien-
do muchas desdichas de un princi¬ pe tan dado al ocio , y no esperando bien ninguno de quien se habia mos¬ trado deseoso de heredar á su padie.
No asi ísmail, quien le lloró con la mayor amargura y desconsuelo; yendo después todos los dias al lugax en que estaba sepultado, dentro del palacio mismo, junto al patio de los leones; y no hubo una sola vez en que no se le arrasasen en lágrimas sus ojos, al leer la inscripción que pu¬ sieron sobre el sepulcro, grabada con letras de oro y de varios colores, so¬ bre una losa de mármol blanco de
la sierra de Macael.
No olvidó tampoco el principe, co¬ mo que habia sido tan buen hijo , se¬ guir el consejo que le dió su padre, ía víspera misma de su muerte; y
en cuanto se lo consintió lo agudo de la pena, bajaba todos los dias, sin faltar ni uno solo , al sitio que le había designado; quedándose como enagenado y absorto , al ver salir el sol por aquellos montes, que caen á la parte de oriente ; los árboles y las plantas cubiertas de rocío, como me¬ nudas perlas; y los ruiseñores y ca¬ landrias cantando en aquellos espe¬ sos bosques , mientras al pié sonaba el sordo murmullo del rio.
En el nombre de Dios , y á la bue¬ na memoria de mi padre , decía el príncipe todas las mañanas , al levan¬ tar por primera vez la azada, para remover la tierra ; y después de ha¬ ber trabajado algunas horas, se vol¬ vía á su palacio , con el cuerpo ágil y el ánimo tranquilo, como aquel
que esta satisfecho de sí mismo por haber cumplido con su obligación.
.Continuó haciéndolo mismo, du¬ rante algunas lunas, sin hallar el menor rastro ni vestigio del tesoro que buscaba ; pero sin desconfiar por eso en lo mas mínimo : tanta era la , fé que tenia en las promesas de su padre. Y cuando un dia estaba ya á punto de dejar la tarea, sintió que el azadón se detenía en un estorbo, cual si fuese una piedra, escarbó mas , y creyó por el color oscuro que era una pizarra; pero habiéndola sacado de debajo de tierra , se cercioró de que era una caja de plomo , y le palpi¬ tó el corazón entre el temor y la es¬ peranza. La mano le temblaba al abrirla ; no pudiendo concebir ci ma cabria en una caja tan pequeña un
tesoro de mucho precio , aun cuando consistiese en esmeraldas y rubíes, amontonados como granos de trigo. La abrió al cabo ; y se quedó hela¬ do, al hallarla vacia; pero asi que pa¬ só la sorpresa, examinó con aten¬ ción el fondo, y vio que entre va¬ nas íazaaas y flores habia grabados también unos caracteres, que se Ieian distintamente, y solo decían: mas allá.
Con este anuncio, que miró el príncipe como un favorable pronós¬ tico, sintió dilatársele el pecho y con¬ cibió nuevas esperanzas; sin llegar á perderlas nunca, á pesar de lo que se retardaba el cumplimiento de su deseo. En distintas ocasiones ha¬ lló siempre el mismo letrero , escrito unas veces en azulejos de mosaicos,
labrados con piedras de diversos co¬ lores ; y hasta una vez, habiéndose empeñado en arrancar la raiz de un árbol, que estaba muy profunda, vio talladas en la madera misma las propias palabras : mas allá.
Entre tanto pasó un año y otro; y como el nuevo monarca , apenas su¬ bió al trono, dió rienda suelta á sus pasiones , al cabo de poco tiempo se halló falto de fuerzas , sin poder ape¬ nas blandir una lanza ó manejar las riendas de un caballo ; en términos que, muy en breve , llegó á ser ob¬ jeto de menosprecio á los ojos de sus vasallos , que estaban acostumbrados á ver en los reyes de Granada unos protectores en la paz y unos defenso¬ res en la guerra.
Tanto fue el estrago que hicieron
en aquel príncipe la molicie y el re¬ galo , que casi perdió la memoria; se oscureció su entendimiento; y le cau¬ saba tal tedio y adversión el gobier¬ no del reino, que él propio renunció la corona , y se fue á arrastrar una cida miserable en él palacio de Gene - ralife.
A buena dicha tuvieron las prin¬ cipales tribus de Granada verse li¬ bres de aquel mal príncipe , que pe¬ dia causar la ruina del Estado; y reuniéndose ios caudillos Abéncerrages con otros no menos famosos que encerraba aquella ciudad . aclama¬ ron todos unánimes al príncipe Ismail, y fueron á buscarle cabalmen¬ te al sitio mismo en que estaba á la sazón labrando la tierra... La primera noticia que tuvo el príncipe de la suer«
te que le aguardaba, fue escuchar el clamor general que decía: “ El que hasido buen hijo, también ha de ser buen monarca ; y el que ha robustecido sus miembros con las fatigas campestres, sabrá resistir las de la guerra para de¬ fender su corona'.
Himno a i» Vlrgefi,
Desnudo y débil nací;
Un vagido fue mi voz ;
Y mis padres me acogieron En su regazo de amor :
Ellos han sido mi amparo, Ellos mi esperanza son; Protégelos, Virgen santa, Con tu divino favor.
Cono,
Reina del cielo y la tierra 5 Válganos tu intercesión;
Pues que madre nuestra eres, Y también madre de Dios,
II.
Acuérdate, Virgen pura,
Del que en un portal nació ,
Del que meciste en tus brazos , Del que en tu seno durmió ;
Acuérdate cuando huias De horrible persecución;
Y por tu Niño temblabas,
AI mas ligero rumor
Cono,
Reina del cielo y la tierra, Válganos tu intercesión;
Pues que madre nuestra eres, i también madre de Dios.
III.
Cándido como la nieve Conserva mi corazón, í el alma sencilla y pura,
Libre de vicio y de error:
Como del cíelo el rocío,
Caiga en mí tu bendición;
Y nacerán las virtudes.
Como en el campo la flor.
Reina del cielo y la tierra, Válganos tu intercesión ;
Pues que madre nuestra eres,
Y también madre de Dios.
IV.
Angeles y Serafines Te aclaman en dulce son s Batiendo alegres las alas Ante el trono del Señor:
Mas no por eso desoyes De un débil niño el clamor;
Que la voz de la inocencia Propicia siempre te hallo.
Reina del cielo y la tierra, Válganos tu intercesión;
Pues que madre nuestra eres , Y también madre de Dios.
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