Los perseguidos · Unidad 3 de 5
Unidad 3 · 10 HOKACIO Ql'JKOGA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
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— ¡Pero a qué diablos se refiere! Es posible que me equivoque, pero no sé... ¡Es muy posible que me equivoque, no hay duda!
— No se trata de que haya duda o que no sepa: lo que le digo es esto, y voy a repetirlo claro para que se dé bien cuenta: ¡se e-qui-vo-ca com-ple-ta-men-te!
Esta vez Díaz me miró con atenta y jovial atención y se echó a reir, apartando la Vista.
—¡Bueno, convengamos!
— Hace bien en convenir porque es así — insistí, siempre la cara entre las manos.
— Creo lo mismo— se rió de nuevo.
Pero yo estaba seguro de que el maldito individuo sabía muy bien qué le quería decir con eso. Cuanto más fijaba la vista en él, más se entrechocaban hasta el vértigo mis ideas.
— Dí-az-Vé-lez. . .—articulé lentamente, sin arrancar un instante mis ojos de sus pupilas. Díaz no se Volvió a mí, comprendiendo que no le llamaba.
—Dí-az-Vé-lez— repetí con la misma imprecisión extraña a toda curiosidad, como si una tercera persona invisible y sentada con nosotros hubiera deletreado.su nombre.
Díaz pareció no haber oído. Y de pronto se Volvió francamente; las manos le temblaban un poco.
—Vea! -me dijo con decidida sonrisa.— Sería bueno que suspendiéramos por hoy nuestra entrevista... Usted está mal, y yo voy a concluir por ponerme como usted. Pero antes es útil que hablemos claramente, porque si no no nos entenderemos nunca. En dos palabras: usted y Lugones y todos me creen perseguido. ¿Es cierto o no?
Seguía mirándome en los ojos, sin abandonar su sonrisa de amigo franco que quiere dilucidar para siempre malentendidos. Yo había esperado muchas cosas, menos ese valor. Díaz me echaba, con eso sólo, todo su juego
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descubierto sobre la mesa, frente a frente, sin perdernos un gesto. Sabía que yo sabía que quería jugar conmigo otra vez, como la primera noche en lo de Lugones y, sin embargo, se arriesgaba a provocarme.
De golpe me serené; ya no se trataba de dejar correr las moscas subrepticiamente por el propio cerebro por ver qué harían, sino acallar el enjambre personal para oír atentamente el zumbido de las moscas ajenas.
—Tal vez,— le respondí de un modo Vago cuando concluyó.
— Usted creía que yo era perseguido, ¿no es cierto?
—Creía.
— ¿Y que cierta historia de un amigo loco que le conté en lo de Lugones, era para burlarme de usted?
-Sí.
—Perdóneme que siga- ¿Lugones le dijo algo de mí?
—Me dijo.
—¿Qué era perseguido?
-Sí,
—Y usted cree mucho más que antes que soy perseguido. ¿Verdad?
—¡Exactamente!
Los dos nos echamos a reir, apartando al mismo tiempo la vista. Díaz llevó la taza a la boca, pero a medio camino notó que estaba ya vacía y la dejó. Tenía los ojos más brillantes que de costumbre y fuertes ojeras — no de hombre, sino difusas y moradas de mujer.
—Bueno, bueno, — sacudió la cabeza cordialmente.— Es difícil que no crea eso. Es posible, tan posible como esto que le Voy a decir, óigame bien: Yo puedo o no ser perseguido; pero lo que es indudable es cue el empeño suyo es hacerme ver que usted también lo es, tendrá por consecuencia que usted, en su afán de estudiarme, acabará por convertirse en perseguido real, y yo enton-
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ees me ocuparé en hacerle muecas cuando no me vea, como usted ha hecho conmigo seis cuadras seguidas, hace media hora ... Y esto también es cierto: los dos nos vemos bien; usted sabe que yo —perseguido real e inteligente, — soy capaz de fingir una maravillosa normalidad; y yo sé que usted — perseguido larvado — es capaz de simular perfectos miedos. ¿Acierto? —Sí, es posible haya algo de eso. —¿Algo? No, todo.
Volvimos a reimos, apartando enseguida la vista. De pronto puso los dos codos sobre la mesa y la cara entre las manos, como yo un rato antes.
— ¿Y si yo efectivamente creyera que usted me persigue?
Vi sus ojos de arsénico fijos en los míos. Entre nuestras dos miradas no había nada, nada más que esa pregunta perversa que lo vendía en un desmayo de su astucia. ¿Pensó él preguntarme eso? No; pero su delirio estaba sobradamente avanzado para no sufrir esa tentación. Se sonreía, con su pregunta sutil; pero el loco, el loco verdadero se le había escapado y yo lo veía en sus ojos, atisbándome.
Me encogí desenfadadamente de hombros, y como quien extiende al azar la mano sobre la mesa cuando va a cambiar de postura, cogí disimuladamente la azucarera. Apenas lo hice, tuve vergüenza y la dejé. Díaz vio toda la maniobra sin bajar los ojos.
—Sin embargo, tuvo miedo — se sonrió.
—No — le respondí alegremente, acercando más la silla— Fué una farsa, como la que podía hacer cualquier amigo mío con el cual nos viéramos claro.
Yo sabía bien que él no hacía farsa alguna, y que a través de sus ojos inteligentes desarrollando su juego sutil, el loco asesino continuaba agazapado, como un
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animal sombrío y recogido que envía a la descubierta a los cachorros de la disimulación. Poco a poco la bestia se fué retrayendo, y en sus ojos comenzó a brillar la ágil cordura. Tornó a ser dueño de sí, apartóse bien el pelo luciente y se rió por última vez levantándose.
Ya eran las dos. Caminamos hasta Charcas hablando de todo, en un común y tácito acuerdo de entretener la conversación con cosas bien naturales, a modo del diálogo cortado y distraído que sostiene en el tranvía un viejo matrimonio.
Como siempre en esos casos, una Vez detenidos ninguno habló nada durante algunos segundos, y también como siempre lo primero que se dijo nada tenía que ver con nuestra despedida.
— Malo, el asfalto— insinué con 'un avance del mentón.
—Sí, jamás está bien— respondió en igual tono.— ¿ Hasta cuándo ?
—Pronto. ¿No va a lo de Lugones?
—Quién sabe... Dígame: ¿dónde diablos vive Vd? No me acuerdo.
— Le di mi dirección.
-¿Piensa ir?
—Cualquier día. . .
Al apretarnos la mano, no pudimos menos de mirarnos en los ojos y nos echamos a reír al mismo tiempo, por centésima vez en dos horas.
—Adiós, hasta siempre'
A los pocos metros pisé con fuerza dos o tres pasos seguidos y Volví la cabeza; Díaz se había vuelto también. Cambiamos un último saludo, él con la mano izquierda, yo con la derecha, y apuramos el paso al mismo tiempo.
¡Loco, maldito loco! Tenía clavada en los ojos su mirada en el café: yo había visto bien, había visto tras el
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farsante que me argüía, al loco bruto y desconfiado! Y me había visto detrás de él por las vidrieras! Sentía otra vez ansia profunda de provocarlo, hacerle Ver claro que él comenzaba ya, que desconfiaba de mí, que cifalquier día iba a querer a hacerme esto . .
Estaba solo en mi cuarto. Era tarde ya y la casa dormía; no se sentía en ella el menor ruido. Esta sensación de aislamiento fué tan nítida que inconscientemente levanté la vista y miré a los costados. El gas incandescente iluminaba en fría paz las paredes. Miré el pico y constaté que no sufría las leves explosiones de costumbre. Todo estaba en pleno silencio.
Sabido es que basta repetirse en voz alta cinco o siete veces una palabra para perderle todo sentido y verla convertida en un vocablo nuevo y absolutamente incomprensible. Eso me pasó. Yo estaba solo, solo, solo... ¿Qué quiere decir solo? Y al levantar los ojos a la pieza vi un hombre asomado apenas a la puerta, que me miraba.
Dejé un instante de respirar. Yo conocía eso ya, y sabía que tras ese comienzo no está lejos el erizamiento del pelo. Bajé la vista prosiguiendo mi carta, pero vi de reojo que el hombre acababa de asomarse otra vez. ¡No era nada, nada! lo sabía bien. Pero no pude contenerme y miré bruscamente. Había mirado: luego estaba perdido.
Y todo era obra de Díaz; me había sobreexcitado con sus estúpidas persecuciones y lo estaba pagando. Simulé olvidarme y continué escribiendo; pero el hombre estaba allí. Desde ese instante, del silencio alumbrado* de todo el espacio que quedaba tras mis espaldas,
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surgió la aniquilante angustia del 'nombre que en una casa sola no se siente solo. Y no era esto únicamente: parados detrás de mí había seres. Mi carta seguía y los ojos continuaban asomados apenas en la puerta y los seres me tocaban casi. Poco a poco el hondo pavor que trataba de contener me erizó el pelo, y levantándome con toda la naturalidad de que se es capaz en estos casos, fui a la puerta y la abrí de par en par. Pero yo sé a costa de qué esfuerzo pude hacerlo sin apresurarme.
No pretendí volver a escribir. ¡Díaz Vélez! No había otro motivo para que mis nervios estuvieran así. Pero estaba también completamente seguro de que una por una, dos por dos, me iba a pagar todas las gracias de esa tarde.
La puerta de la calle estaba abierta aún y oí la animación de la gente que salía del teatro. — Habrá ido a alguno — pensé. — Y como debe tomar el tranvía de Charcas, es posible pase por aquí... Y si se le ocurre fastidiarme con sus farsas ridiculas, simulando sentirse ya perseguido y sabiendo que yo voy a creer justamente c-ue comienza a estarlo...
Golpearon a la puerta.
¡Él! Di un salto adentro y cerré la llave del gas. Quédeme quieto, conteniendo la respiración. Esperaba con la angustia a flor de epidermis un segundo golpe.
Llamaron de nuevo. Y luego, al rato, sus pasos avanzaron por el patio. Se detuvieron en mi puerta y el intruso quedó inmóvil ante la obscuridad. No había nadie, eso no tenía duda. Y de pronto me llamó. ¡Maldito sea! ¡Sabía que yo lo oía, que había apagado la luz al sentirlo y que estaba junto a la mesa sin moverme! ¡Sabía que yo estaba pensando justamente esto y que esperaba como una pesadilla oírme llamar de nuevo!
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Y me llamó por segunda vez. Y luego, después de una pausa larga:
— 1 Horacio!
¡Maldición!... ¿Qué tenía que ver mi nombre con esto? ¿Con qué derecho me llamaba por el nombre, él que a pesar de su infamia torturante no entraba porque tenía miedo! «Sabe que lo pienso en este momento, está convencido de ello, pero ya tiene el delirio y no va a entrar!»
Y no entró. Quedó un instante más sin moverse del umbral y se volvió al zaguán. Rápidamente dejé la mesa, acerquéme en puntas de pie a la puerta y asomé la cabeza. «Sabe que voy a hacer esto». Siguió sin embargo con paso tranquilo y desapareció.
A raíz de lo que me acababa de pasar, aprecié en todo su valor el esfuerzo sobrehumano que suponía en el perseguido no haberse dado vuelta, sabiendo qne tras sus espaldas yo lo devoraba con los ojos.
Una semana más tarde recibía esta carta:
Mi estimado Quiroga:
Hace cuatro días que no salgo, con un fuerte resfrío. Si no teme el contagio, me daría un gran gusto viniendo a charlar un rato conmigo.
Suyo affmo.
L Día? Vélez.
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La carta llegóme a las dos de la tarde. Como hacía frío y pensaba salir a caminar, fui con rápido paso a lo de Lugones.
—Qué hace a estas horas?— me preguntó.
—Nada, Díaz Vélez le manda recuerdos.
—Todavía Vd, con su Díaz Vélez? — se rió.
—Todavía. Acabo de recibir una tarjeta suya. Parece que ya hace cuatro días que no sale.
Para nosotros fue evidente que ése era el principio del fin, y en cinco minutos de especulación a su respecto hicímosle hacer a Díaz un millón de cosas absurdas. Pero como yo no conté a Lugones mi agitado día con aquél, pronto estuvo agotado el interés y me fui.
Por el mismo motivo Lugones no comprendió poco ni mucho mi visita de esa tarde. Ir hasta su casa expresamente a comunicarle que Díaz le ofrecía mí s chancacas, era impensable; mas como yo me había ido en seguida, el hombre debió pensar cualquier cosa, menos lo que había en realidad dentro de todo eso.
A las ocho golpeaba en lo de Díaz Vélez. Di mi nombre a la sirvienta y momentos después aparecía una señora vieja de evidente sencillez provinciana — cabello liso y bata negra con interminable fila de botones forrados.
—¿Desea ver a Lucas? — me preguntó observándome con desconfianza.
—Sí, señora.
—Está un poco enfermo; no sé si podrá recibirlo. Objétele que, no obstante, había recibido una tarjeta suya. La vieja dama me observó otra vez.
—Tenga la bondad de esperar un momento.
Volvió y me condujo a mi amigo. Díaz estaba en cama, sentado y con saco sobre la camiseta. Me presentó a la señora, y ésta a mí.
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—Mi tía
Cuando se retiró:
—Creí que vivía solo — le dije.
— Antes, sí; paro desde hace dos mases vivo con ella. Arrime el sillón.
Ahora bien, desde que lo vi confírmeme en lo que ya habíamos previsto con el otro: no tenía absolutamente ningún refrío.
—¿Bronquitis? ...
—Sí, cualquier cosa de esas . .
Cóservé rápidamente en torno. La pieza se parecía a todas como un cuarto blanqueado a otro. También él tenía gas incaniescente. Miré con curiosidad el pico, pero el suyo silbaba, siendo así que el mío explotaba. Por lo demás, bello silencio en la casa.
Cuando bajé los ojos a él, me miraba. Hacía segurar mente cinco segundos que me estaba mirando. Detuve inmóvil mi vista en la suya y desde la raíz de la médula me subió un tentacular escalofrío: ¡Pero ya estaba loco! [El perseguido vivía ya por su cuenta a flor de ojo! ¡En su mirada no había nada, nada fuera de su fijeza asesina!
—Va a saltar— me dije angustiado. Pero la obstinación cesó de pronto, y tras una rápida ojeada al techo Díaz recobró su expresión habitual. Miróme sonriendo y bajó la vista.
—¿Por qué no nía respondió la otra noche en su cuarto ? — rompió.
—No sé . . .
— ¿ Crea que no entré de miedo ?
— Algo de eso. . .
—¿Pero cree que no estoy enfermo?
— No. . . ¿Por qué?
Levantó el brazo y lo dejó caer perezosamente sobre la colcha.
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— Hace un rato yo lo miraba. . .
— ¡ Dejemos ! . . . ¿ quiere ? . . .
—Se me había escapado ya el loco, ¿verdad?. .
— ¡ Dejemos, Díaz, dejemos !. . . Tenía un nudo en la garganta. Cada palabra suya me hacía el efecto de un empujón más a un abismo inminente.
¡Si sigue, explota! ¡No Va a poder contenerlo! Y entonces me di clara cuenta de que habíamos tenido razón : ¡Se había metido en cama de miedo ! Lo miré y me estremecí violentamente: ¡ya estaba otra vez! ¡El asesino había remontado vivo a sus ojos fijos en mí ! Pero como en la vez anterior, éstos, tras nueva ojeada al techo, volvieron a la luz normal.
— Lo cierto es que hace un silencio endiablado aquí— me dijo.
Pasó un momento.
— ¿ A Vd. le gusta el silencio ?
— Absolutamente.
—Es una entidad nefasta. Da en seguida la sensación de que hay cosas que están pensando demasiado en uno... Le planteo un problema.
—Veamos.
Los ojos le brillaban de perversa inteligencia como en otra ocasión.
—Esto : Supóngase que Vd. está como yo, acostado, solo desde hace cuatro días, y que Vd.— es decir, yo, no he pensado en Vd. Supóngase que oiga claro una voz, ni suya ni mía, una voz clara, en cualquier parte, detrás del ropero, en el techo— ahí en el techo por ejemplollamándole. Y que lo insultan...
No continuó; quedó con los ojos fijos en el techo, demudóse completamente de odio y gritó:
— ¡Qué hay! ¡qué hay!
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En el fondo de mi sacudida recordé instantáneamente sus miradas anteriores: ¡él oía en el techo la voz que lo insultaba, pero el que lo perseguía era yo! Quedábale aún suficiente discernimiento para no ligar las dos cosas, sin duda. . .
Tras su congestión, Díaz se había puesto espantosamente pálido. Arrancóse al fin al techo y permaneció un rato inmóvil, la expresión vaga y la respiración agitada.
No podía estar más allí; eché una ojeada al velador y vi el cajón entreabierto.
—«En cuanto me levante- pensé con angustia— me Va a matar de un tiro». Pero a pesar de todo esto me puse de pie, acercándome para despedirme. Díaz, con una brusca sacudida, se volvió a mí. Durante el tiempo que empleé en llegar a su lado su respiración suspendióse y sus ojos clavados en los míos adquirieron toda la expresión de los de un animal acorralado que ve llegar hasta él la escopeta en mira.
- Que se mejore, Díaz. . . No me atreví a extender la mano; mas la Razón es cosa tan violenta como la Locura, y cuesta horriblemente perderla. Volvió en sí y me la dio él mismo.
—Venga mañana, hoy estoy mal...
—Yo creo. . .
—No, no, venga; ¡venga!— concluyó con imperativa angustia.
Salí sin Ver a nadie, sintiendo, al hallarme libre y recordar el horror de aquel hombre inteligentísimo peleando con el techo, que quedaba curado para siempre de gracias sicológicas.
Al día siguiente, a las ocho de la noche, un muchacho me entregó esta tarjeta:
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Señor: Lucas insiste mucho en ver a Vd. Si no le
fuera molesto le agradecería pasara hoy por esta su
casa. — Lo saluda atte.
Dcolinda D. V. de Roldan.
Yo había tenido un día agitado. No podía pensar en Díaz sin verlo de nuevo gritando contra el techo, en aquella horrible pérdida de toda conciencia razonable. Tenía los nervios tan tirantes que el brusco silbido de una locomotora los hubiera roto.
Fui, sin embargo; pero mientras caminaba el menor ruido me sacudía dolorosamente. Y así, cuando al doblar la esquina vi un grupo delante át la puerta de Díaz Vélez, mis piernas se aflojaron— no de miedo concreto a algo, sino a las coincidencias, a las cosas previstas, a los cataclismos de lógica.
Oí un rumor de espanto allí:
—¡Ya viene, ya viene!— Y todos se desbandaron hasta el medio de la calle. «¡Ya está, está loco!»— me dije, con angustia de lo que podía haber pasado. Corrí y en un momento estuve en la puerta.
Díaz vivía en Arenales entre Billinghurst y Coronel. La casa tenía un hondo patio lleno de plantas. Como en él no había luz y sí en el zaguán, más allá de éste eran profundas tinieblas.
¿Qué pasa?— pregunté. Varios me respondieron.
—El mozo que vive ahí está loco.
—Anda por el patio...
—Anda desnudo. . .
— Sale corriendo. . .
Ansiaba saber de su tía.
—Ahí está.
M.3 Volví, y contra la ventana estaba llorando la pobre dama. Al verme redobló el llanto.
—¡Lucas!... se ha enloquecido!
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-¿Cuándo?. . .
—Hace un rato... Salió corriendo de su cuarto... poco después de haberle mandado...
Sentí que me hablaban.
—¡Oiga, oiga!
Del fondo negro nos llegó un lamentable alarido.
— Grita así, a cada momento...
—¡Ahí viene, ahí viene!— clamaron todos, huyendo. No tu\?e tiempo ni fuerzas para arrancarme. Sentí una carrera precipitada y sorda, y Díaz Vélez, lívido, los ojos de fuera y completamente desnudo surgió en el zaguán, llevóme por delante, hizo una mueca en la puerta y volvió corriendo al patio.
—¡Salga de ahí, lo va a matar!— me gritaron.— Hoy tiró un sillón. . .
Todos habían vuelto, hundiendo la mirada en las tinieblas.
—¡Oiga otra Vez!
Ahora era un lamento de agonía el que llegaba de allá: — ¡ Agua !■ . . ¡agua!. ..
- Ha pedido agua dos veces. . .
Los dos agentes que acababan de llegar habían optado por apostarse a ambos lados del zaguán, hacia el fondo, para estrujar al loco cuando se precipitara en él. La espera fué esta vez más ansiosa aún. Pero pronto repitióse el alarido y tras él, el desbande.
— ¡Ahí viene!
Díaz surgió, arrojó violentamente a la calle un jarro vacío, y un instante después estaba sujeto. Defendióse terriblemente, pero cuando se halló imposibilitado del todo dejó de luchar, mirando a unos y otros con atónita y jadeante sorpresa, mientras murmuraba:— Cruz diablo... Cruz diablo para todos... No me reconoció ni demoré más tiempo allí.