Los perseguidos · Unidad 4 de 5

Unidad 4 · B8BGUIOOS 29

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B8BGUIOOS 29

A la mañana siguiente fui a almorzar con Lugones y contéle toda la historia — serios esta vez.

—Lástima ; era muy inteligente.

— Demasiado — apoyé, recordando.

Esto pasaba en Junio de mil novecientos tres.

—Hagamos una cosa — me dijo aquél.— ¿Por qué no se viene a Misiones? Tendremos algo que hacer por allá.

Fuimos, y regresamos a los cuatro meses; él con toda la barba, y yo con el estómago perdido.

Díaz estaba en un Sanatorio. Desde^entonces — la crisis a que asistí duró dos días— no había tenido nada. Cuando fui a visitarlo me recibió efusivamente.

—Creía no verlo más. ¿Estuvo afuera?

—Sí, un tiempo. . . ¿Vamos bien?

—Perfectamente; espero sanar del todo antes de fin de año.

No pude menos de mirarlo.

— Sí — se sonrió.— Aunque no siento absolutamente nada, me parece prudente esperar unos cuantos meses. Y en el fondo, desde aquella noche no he tenido ninguna otra cosa.

— ¿ Sa acuerda?. . .

— No, pero me contaron. Debería de quedar muy gracioso desnudo.

Nos entretuvimos un rato más.

— Vea— me dijo seriamente al despedirnos—. Voy a pedirle un favor: Venga a verme a menudo. No sabe el fastidio que me dan estos señores con sus inocentes cuestionarios y trampas... Lo que consiguen es agriarme, suscitándome ideas de las cuales no quiero acordarme. Estoy seguro de que en una compañía un poco más inteligente me curaré del todo.

30 Horacio Qoikoga

Se lo prometí honradamente. Durante dos meses volví con frecuencia, sin que acusara jamás la menor falla, y aún tocando a veces nuestras viejas cosas.

Un día hallé con él a un médico interno. Díaz me hizo uua ligera guiñada y me presentó gravemente a su tutor. Charlamos bien como tres amigos juiciosos. No obstante, notaba en Díaz Vélez — con algún placer, lo confieso — cierta endiablada ironía en todo lo que decía a su médico. Encaminó hábilmente la conversasión a los pensionistas y pronto puso en tablas su propio caso.

—Pero Vd. es distinto — objetó el galeno. — Vd. está curado.

—No tanto, puesto que consideran que aún debo estar aquí.

—Simple precaución... Vd. mismo comprende.

—¿De que vuelva aquello. . .? Pero ¿Vd. no cree que será imposible, absolutamente imposible conocer nunca cuando estaré cuerdo —sin precaución, como Vd. dice? ¡No puedo, yo creo, ser más cuerdo que ahora!

— ¡Por ese lado, no! — se rió alegremente.

Díaz tornó a hacerme otra perceptible guiñada.

—No me parece -continuó— que se pueda tener mayor cordura consciente que ésta— permítame: Ustedes saben, como yo, que he sido perseguido, que una noche tuve una crisis, que estoy aquí hace seis meses, y que todo tiempo es corto para una garantía absoluta de que las cosas no retornarán. Perfectamente. Esta precaución sería sensata si yo no viera claro todo esto y no argumentara buenamente... Sé que Vd. recuerda en este momento las locuras lucidas, y me compara a aquél loco de La Plata que normalmente se burlaba de una escoba a la cual creía su mujer en los malos momentos, pero que riéndose y todo de sí mismo, no apartaba de ella la vista, para que nadie la tocara... Sé también que esta