Memorias de un setenton · Capítulo real 3 de 9

CAPITULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 75 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO V.

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LOS ALIADOS EN MADRID.

Grande animación y concurrencia oírecia la casa de mis padres la noche del 11 de Agosto de 1812. — Conocida era ya de todos la próxima evacuación de la capital por el Gobierno y las tropas francesas, y cada uno de los concurrentes á la tertulia aportaba su contingente de noticias referentes á tan fausto suceso. — Quién, aseguraba haber presenciado el embargo de coches , carros y calesas para formar un convoy; cuál, decia que en casado su vecino, el alcalde de corte, hablan pasado toda la noche hando el petate ; éste, afirmaba que en los ministerios y oficinas se observaba igual movimiento; aquél, sabía de buena tinta que en la noche misma salian el rey José y las tropas, y el otro leia cartas y otros papeles que no dejaban duda de la rota de los franceses en las cercanías de Salamanca.

Todo era plácemes y enhorabuenas : todo entusiasmo y regocijo. Mi padre no cabia en sí de gozo, y se esponjaba y engreía al considerar que su pueblo natal hal)ia sido testigo de una jornada tan gloriosa como la de Bailen.— « Pero esperemos (decia con satisfacción) á (jue venga D. Esteban, que nos pondrá al corriente de toda la verdad; pues aunque tan buen patriota como es, tiene

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la desgracia de ser cuñado de uno de los jefes del Ministerio del Interior, y por consecuencia bebe en buenas fuentes, aunque nada claras para nosotros.» — Y con efecto, de allí á poco llegó D. Esteban B , hombre de especial despejo y donaire, que era el conducto por donde en aquella casa se hablan sabido las noticias íntimas de la situación en los cuatro aciagos años anteriores. — Todos se apresuraron á interrogarle, á colmarle de abrazos y parabienes , diciéndole : — «Ahora, amigo D. Esteban, parece que va de veras, gracias á Dios; ahora ya no cabe duda en que de una hora á otra nos vamos á ver libres del cautiverio, y que los franceses y su rey intruso toman al fin las de Villadiego.»

— Xo son ésas mis noticias ( respondió gravemente D. Esteban ). — Pues ¿ qué novedad hay ? — Que no se van. — ¡ Ave María purísima ! \ Que no se van ! — No, señores. — ¿Por qué? — ¿ Porqué? ¡Porque se han ido!

Aquí un grito general de regocijo , xiw nuevo asalto de abrazos y apretones de manos casi ahogaron la voz del interrogado, que prosiguió diciendo : — «Sí, señores; ahora mismo vengo de despedir á mi pobre cuñado , que sale en este momento en una mala calesa con dirección á su pueblo natal , adonde acaso sea recibido á pedradas ó cosa peor. El rey José y su servidumbre han salido también, ignoro en qué dirección, y la tropa de los diversos cuarteles se ha ido retirando, creo que camino de Toledo, quedando tan sólo en Madrid la que guarnece el Retiro. Todo este movimiento reconoce por causa (como ustedes saben) el terrible desastre ocurrido á los franceses en la batalla de Salamanca, ganada por el ejército aliado, al mando de Lord Wellingthon. La derrota ha sido completa; y en su consecuencia, el general inglés y el ejército vencedor se dirigen á Madrid con tal premura, que llegarán esta noche á las Rozas y Aravaca , para hacer ma-

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ñaña temprano su entrada en la capital. Esto es todo lo que hay de verdad, y si les parece aún poco, pueden vuesas mercedes pedir por esas bocas, que les será servido con prontitud. »

A tales palabras del buen D. Esteban, la tertulia se convirtió en lo que años después se llamó un lívominciamiento ; los hombres las repetian y aderezaban con vivas á España, á los ingleses y á VveUintón , Belintóti y Vellíston, que de todos modos le pronunciaban. — Las señoras lloraban de alegría , ofreciendo, <?uál una vela á la Virgen de la Paloma , cuál vestir un hábito del Carmen, y cuál costear una función á Nuestra Señora del Pilar ( y ésta era mi madre, aragonesa de pura raza )," al mismo tiempo que acudia á encender las consabidas velas al Kiño Jesús , y hasta las de las cornucopias que adornaban la sala. — Los chicos gritábamos también, diciendo que íbamos á encender el altar, que lo teníamos (como todos los niños de entonces) muy historiado y lujoso, campeando en su centro el lienzo de la inmaculada Concepción, obra de Bayeu, el mismo que habia adquirido mi padre, procedente del saqueo de la casa de Godoy, y al cual la piadosa ignorancia de mi madre habia hecho encerrar en un marco dorado con su correspondiente cristal, en cuyos términos le conservo todavía; — y obedeciendo luego á la voz de mi padre, que dijo solemnemente : «Señores, ante todas cosas demos gracias á Dios y á la Virgen por tan señalado favor.» Puestos en pié los hombres, y las mujeres y niños de rodillas , prorumpimos en un Padre JS^uestro y nnsiSalve ante la imagen del altar, espléndidamente iluminado a giorno por multitud de candelillas de colores.

Concluido que fué este tierno episodio, varios de los •concurrentes dijeron : «Ahora es tiempo de retirarnos, que estos señores querrán recogerse y madrugar, porque

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mañana no es dia de dormir.» — «No, señores, en verdad,— repuso mi padre; — mañana ( si Dios quiere) todo el mundo estará en pié al amanecer, para ver la entrada de los nuestros , que en balde hemos estado esperando durante cuatro años mortales. » Y dicho esto , y previa la renovación de los abrazos y enhorabuenas anteriores , sft retiraron todos los tertulianos.

En efecto , á la mañana siguiente á primera hora, grandes y pequeños , todos estábamos vestidos , y servido ([ue fué el indispensable chocolate , salimos en dirección á la Puerta del Sol , no sin asistir antes á la primera misa en la iglesia del Carmen Calzado. — Un gran gentío esperaba la llegada del ejército aliado : los balcones de la» casas de Correos , Aduana y Academia , y todos los particulares en general, estaban engalanados con sendas colgaduras , y la alegría y animación del pueblo contrastaban sobremanera con el lúgubre cuadro que ofrecía los (lias anteriores. — Pasaban, sin embargo, las horas y daban las siete, las ocho, las nueve, apareciendo solo á largos intervalos alguno que otro soldado de caballería, procedente de las partidas ó guerrillas próximas á entrar, y í[ue parecía dirigirse hacia el Ayuntamiento, dando vivas atronadores á España y á Fernando VII, que eran contestados con igual fervor : hasta que poco después de las nueve un gran vocerío y el repique de campanas nos anunció la presencia en la calle de Alcalá de las famosas ])artidas castellanas, á cuya cabeza venían sus ilustres jejes D. Juan Martin Diez ( el Empecinado) , D. Juan Palarea (el Médico), D. Manuel Hernández {el Abuelo) y D. Francisco Abad (Chaleco), las cuales, desfilando por la Puerta del Sol y calle Mayor, siguieron en medio de una entusiasta ovación hasta el Ayuntamiento , desde

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donde , poniéndose á su frente esta corporación con sus maceros y timbales, continuaron luego á la puerta de San Vicente , llegando á ella á la misma hora en que se presentaba el ejército anglo-bispano-portugues con su ilustre jefe lord Wellingthon y los generales Álava, España ;v" Conde de Amarante.

Llegados que fueron todos á la Casa Consistorial , en donde la Municipalidad tenía preparado un sencillo obsequio á los ilustres caudillos, presentáronse éstos en el balcón principal, procurando el Lord corresponder á las aclamaciones del puel^lo con toda la cortesía compatible con la aspereza del carácter inglés j el orgullo especial de jSh Gracia ; j los generales y guerrilleros españoles con toda la efusión y marcialidad propias de nuestro carácter meridional. El Empecinado, sobretodo, fué el verdadero héroe del dia, como el objeto más culminante á quien se dirigían los ecos del entusiasmo popular, en justa recompensa de la celebridad que le hablan granjeado sus hazañas (1).

Las tropas inglesas desfilaron eu distintas direcciones, ya para acuartelarse , ya para concurrir á los puntos convenientes á los designios del ilustre Lord, y éste, por disposición de la Municipalidad, quedó instalado en el Palacio Real : al mismo tiempo aparecía fijada en las esquinas una lacónica alocución ú orden del dia tan áspera é indigesta, que más parecía firmada por el feroz Murat que por el general en jefe del ejército libertador. Hela aquí.

(1) El apodo de Emjiecu'nadu, aiilicado de tiempo inmemorial á los vecinos del pueblo de Castrillo de Duero, patria del ilustre don Juan Martin, no sólo quedó ennoblecido y aplicado como apellido para él mismo y sus descendientes , sino que vino á serlo también genéricamente á todos los guerrilleros , en especial del centro de España.

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copiada del único ejemplar que se conserva en el Archivo de la Villa :

'.QV ARTEL GENERAL DE MADRID, 12 DE AGOSTO DE 1812.

yy Los habitantes de Madrid deben tener bien presente que su primera obligación es la de mantener el orden y jyrestar á los exércitos aliados quantos a^ixilios estén en su poder para continuar sus operaciones.

yy La CONSTITUCIÓN establecida por las Cortes en nombre de S. M. Fernando VII será proclamada mañana, é inmediatamente sejyrocederd á la formación del Gobierno de la Villa, según la forma que ella prescribe.

)) Entre tanto deben continuar las Autoridades existentes en el ejercicio de sus funciones.

LORD WELLINGTHON,

nUQUE DE CIUDAD-RODRIGO.

No se durmió, empero, sobre sns laureles, ni se ofuscó con el incienso de la aclamación popular el invicto jefe, sino que desde el primer instante se dispuso á cercar y atacar el Retiro, donde aun quedaba guarnición francesa ; j después de algunos amagos y parlamentos, que duraron todo el siguiente dia, se rindió prisionera aquélla en número de 2.000 hombres , dejando en poder de los ingleses más de doscientas piezas de artillería.

Con esto quedó completamente asegurada la confianza y la satisfacción del pueblo de Madrid, y las nuevas autoridades pudieron citar á las iglesias al dia siguiente ( domingo ) á los cabezas de ñimilia para jurar la Constitución, á cuyo acto acudió presuroso el vecindario, sin darse cuenta de su importancia, pero entusiasmado sólo con la idea de que aquello representaba la libertad del yugo francés^ la victoria del Gobierno Nacional y

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la próxima vuelta de su legítimo rey Fernando VII. Poco , muy poco , puedo recordar de los días que sucedieron á aquellos memorables. La población de Madrid, no aliviada aún del todo, ni mucho menos, de su pasada angustia, se complacía en contemplar con entusiasmo á los guerrilleros y con ínteres á las tropas inglesas , cuyos bizarros uniformes encarnados y marcial apostura le agradaban sobremanera; distinguiendo sobre todo á los Jdghlanders, briosos y elegantes soldados con su traje tradicional, su tonelete corto, su pierna desnuda, sus mantas escocesas y bizarros plumeros; y éstos también eran los preferidos entre la multitud, porque habia corrido la voz de que eran los menos herejes de todas las tropas británicas, antes bien solia vérseles entrar en las iglesias y áuu ostentar al cuello algún escapulario ó insignia religiosa. — En cuanto al ilustre Lord , poco , á lo que entiendo, se dejaba contemplar; y no faltaban comentarios sobre su despego con las autoridades y personajes que le visitaban, y la poca importancia que daba á los obsequios que se le hacían ; empezábase también á censurar su inacción, pues que ya iba de remate el mes de Agosto sin que manifestase intención de volver á campaña á acabar con los franceses, cosa que á todos parecía natural y hacedera. — A pesar de todo y de la tristeza y el abatimiento del pueblo de Madrid, no faltó la musa popular á dedicarle su correspondiente canción, que aunque no con la efusión y unanimidad de las anteriores , solía oírse repetir por las calles y paseos.

<(. Velintón en Arapíles A ^larmon y á sus parciales Para almorzar les dispuso Un gran pisto de tomaááátes. Y tanto les dio , Que les fastidió ;

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Y á contarlo fueron A Napoleón :

¡ Y viva la nación ! ¡ Y viva Velintón !

Para concluir lo poco que puedo narrar de la estancia en Madrid de este ilustre personaje, estamparé aquí una anécdota, que pudo tener las más graves consecuencias, y que muchos años después escuché de los labios de uno de los más importantes interlocutores de la escena.

Deseando Wellingthon (no sé si por impulso propio ó por excitación ajena) tener su retrato pintado por el celebérrimo Goya, pasó, acompañado de su amigo predilecto, el general Álava, á casa del artista, que, como es sabido , era una quinta de recreo y de labor orillas del Manzanares, camino de San Isidro. — Sabe todo el mundo también la excentricidad y braveza del carácter de Goya, que le habia granjeado tanta popularidad como sus mismas inmortales obras; y que esta condición, verdaderamente excepcional, se habia exacerbado con una sordera tan profunda, que no alcanzaba á oir á cuatro pasos el estampido de un cañón. — Pues bien , dadas estas premisas, presentóse el Lord, acompañado de Álava, en el estudio de Goya, á quien le bastaba una hora de sesión para bosquejar un retrato, y éste puso inmediatamente manos á la obra. — Cuando ya lo creyó en estado de poderle enseñar, lo presentó ál Lord, el cual, ó sea por escasa inteligencia, ó sea por natural despego, hizo x\n gesto despreciativo y añadió no pocas palabras expresivas de que no le gustaba el retrato , que era un verdadero mamarracho y que no podia aceptarlo de modo alguno; todo lo cual decia en inglés al general Álava, para que lo trasladase al artista por conducto de su hijo don Javier, que estaba presente, y por el lenguaje de los dedos, que era el único que podia servir á Goya. — Obser-

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vaba éste con recelo j disgusto los gestos del Lord y sus contestaciones con Álava; y el hijo de Goya, persona muy instruida y que conocia.la lengua inglesa, se negaba políticamente á poner en conocimiento de su padre ninguna de las apreciaciones ni palabras del Lord, procurando convencer á éste de su equivocado concepto respecto á la pintura; pero ni las juiciosas observaciones del D. Javier, ni la prudente intervención del general Álava bastaban á mitigar la desdeñosa y altiva actitud de Wellingthon, como ni tampoco los accesos mal reprimidos de ira que se dibujaban en el rostro del artista ; y á todo esto D. Javier, que observaba al uno y al otro, que veia á su padre echar siniestras ojeadas ú las pistolas — que tenía siempre cargadas sobre la mesa, — y que temia un desenlace espantoso de aquel conflicto , no sabía á cuál acudir; hasta que vio levantarse al Lord con mucha arrogancia y ponerse el sombrero en actitud de partir. Entonces Goya, sin poderse ya contener, echó mano á las pistolas, mientras el Lord requería el puño de su espada, y sólo merced á los gigantescos esfuerzos del general Álava, diciéndole que el artista estaba atacado de enajenación mental, y los del hijo de Goya conteniendo por fuerza la mano de su padre, pudo al fin tei'minar una escena lamentable, que acaso hubiera atajado inopinadamente la serie de triunfos del vencedor de los Arapíles, del héroe futuro de Vitoria , de Toulouse y Waterlóo.

El dia 1." de Setiembre salió al fin de Madrid el Duque de Ciudad- Rodrigo , con la fuerza principal de sus tropas, no sin haberse dignado Su Gracia en la noche anterior dar un baile al Ayuntamiento y sociedad madrileña , correspondiendo de este modo á los repetidos obsequios, festines, serenatas, corridas de toros y demás que le había dedicado la MunícipaHdad de Madrid. — Las par-

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tidas Ó divisiones de los guerrilleros salieron también á continuar sus operaciones, y sólo quedó en la capital una corta guarnición inglesa, acuartelada en el Retiro. También quedó al frente del Gobierno militar de Madrid el general D. Carlos España , aquel mismo personaje famoso, persegTiidor más adelante de las ideas liberales, y que ahora las proclamaba con ridículos extremos y alocuciones, al paso que desplegaba su índole despótica y cruel con los pocos infelices comprometidos en la causa francesa que hablan permanecido en Madrid, y con sus inocentes familias, á quienes sometía á las más duras pruebas de sufrimiento y de amargura. Por fortuna la población, aunque tenía motivos más inmediatos de queja que el futuro Conde de España, y aunque no circulaba por sus venas, como en las de éste, la sangre francesa, no se prestaba á apoyar aquellas demasías , que por otro lado,, ademas de injustas, la exponían, en ca^o de desastre, á duras represalias, que por desgracia no tardaron en suceder.

Ibase también modificando el entusiasmo al ver que con la entrada de los aliados no disminuía la miseria pública; que el pan no bajaba de los treinta y cuatro á cuarenta cuartos; que las contribuciones y gabelas impuestas por los franceses continuaban ; que las noticias de nuevos triunfos no venían; que las tropas inglesas, lejos de defender á Madrid, se alejaban cada vez más, hasta meterse en Portugal ; que las que hablan quedado en Madrid (y que nunca fueron muy simpáticas á su vecindario) estaban con respecto á la población con el mismo carácter de huéspedes exóticos con que están en todas partes los ingleses, así en la India como en Malta, así en la Jamaica como en Gibraltar; y que, en fin, empezaba á dibujarse en el horizonte la negra perspectiva de una nueva ocupación de la capital por el francés.

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No pasó mucho tiempo sin que esta siniestra sombra adquiriese carácter de evidencia, cuando, con sorpresa del vecindario, súpose la llegada del general Hill, con el objeto de recoger la corta guarnición inglesa acantonada en el Retiro, para incorporarla al ejército de su mando, lo cual verificó el dia 30 de Octubre, no sin tomar antes la desastrosa disposición de volar la Real fábrica de porcelana, Uamada de la China, establecida en dicho Real sitio, bajo el pretexto de que pudiera ser\'ir á los franceses de baluarte ó fortaleza; pretexto más ó menos fundado , pero que no fué bastante á contener la indignación del pueblo madrileño, que creyó ver en ello un ataque alevoso á una importantísima manufactura nacional. — Este fué el recuerdo que dejó á Madrid la visita de nuestros caros aliados.

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Quedó, pues, Madrid absolutamente abandonado de toda guarnición, j hasta de toda autoridad, pues así las militares como las civiles, todas huyeron á la proximidad de los franceses, y hasta el mismo A^ynintamiento Constitucional quedó reducido á tres ó cuatro de sus individuos.— Pero surgió de entre ellos uno poco conocido hasta entonces, llamado D. Pedro Sainz de Baranda, que abrigando un alma superior y dotado de ardiente patriotismo y valor cí^dco, asumió toda autoridad, y cargando sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de tal resolución, supo contener con mano fuerte todo asomo de discordia y de bullicio. Con el solo ejemplo de su abnegación y patriotismo, que le atraia la cooperación de los vecinos honrados, y sin otra fuerza que la compañía de veteranos inválidos, acuartelada en San Nicolás, atendió á la conservación del orden, á la custodia de los edificios públicos y á la trasmisión pacífica de la capital á las tropas y autoridades francesas. Estas hicieron su entrada el dia 2 de Noviembre en medio del silencio universal, sólo alterado por el tañido de las campanas de las parroquias , que celebraban la Conmemoración de los fieles difuntos; pasando todo tranquilamente en los cinco

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(lias qne por entonces permanecieron en Madrid, hasta el 7 , que salieron de nuevo para dirigirse á sus respectivos puntos de operaciones.

Volvió á quedar la capital huérfana de toda autoridad, y volvió de nuevo el Régulo Baranda á su puesto de honor y de heroica abnegación. Secundado luego por algunas tropas de la división del Empecinado, alcanzó á mantener el orden durante todo el mes de Noviembre, mereciendo la admiración y el respeto del vecindario y hasta del Gobierno de Cádiz, que le confirió el título de Jefe político de la provincia, aunque por entonces no pudo llegar á ejercerlo (1).

En efecto, por las vicisitudes de la guerra y las combinaciones de los ejércitos , tornó el francés á ocupar á Madrid, con su rey José al frente, en I.'* de Diciembre de aquel mismo año, y esta vez, aunque la última, se dilató algunos meses su permanencia en nuestra capital.

No eran ya, empero, aquellas tropas altaneras y despóticas de 1808, y su presencia en la capital no causaba ya el terror ni el espanto del vecindario. Los reveses de la guerra prolongada habíanles dado á conocer lo precario de su dominación, y al vecindario de Madrid inclinaba á mirarlos como huéspedes transitorios, y de modo alguno como tiranos dominadores. El mismo rey José, que parecia halagado por la fortuna con algunos triunfos parciales de sus tropas, y la simulada retirada del inglés hacia Portugal, mostrábase ora más expansivo y afectuoso; dejábase ver con frecuencia en paseos y teatros; hacía celebrar bailes de máscaras en el de los Caños del Peral, y aun asistió á uno de ellos, según se dijo, disfra-

(1) Años después, y en ocasión que diré á su tiempo, tuve motivo de conocer y tratar á este benemérito ciudadano, en cuyo elogio mucho pudiera decir aún.

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zado de aguador de París. Permitiéronse también durante los tres días del Carnaval máscaras públicas por calles y paseos, y — ¿para qué negarlo? — recuerdo muy bien que el salón del Prado ofrecía en aquellos dias un espectáculo animado y deslumbrador con lo caprichoso y lucido de los disfraces.

Por último, para hacer más sensible la observación de cuánto habia cambiado la opinión en su encono y ojeriza contra los franceses, y cómo iba renaciendo el buen humor propio de la juventud madrileña, reseñaré aquí un rasgo anecdótico, que lo demuestra palpablemente.

Algunos dias antes de los tres de Carnaval empezaron á verse en el Diario varios anuncios, concebidos en estos ó semejantes términos : — «El que quiera surtirse de tal 3) ó cual artículo (de comer ó vestir) á precios equitati- ))vos, acuda á la plazuela de San Ildefonso, número tanates, cuarto principal, donde hallará tal ó cual cosa. Se » preguntará por D. Gruillermo, que es el encargado de ))su venta.»

Con este simple anuncio, los especuladores y aficionados acudieron al reclamo como moscas á la miel, llegando uno auno, en cuyo orden eran recibidos, y abierta que les era por mano invisible la puerta de la habitación, penetraban en una sala con los balcones cerrados y alumbrada sólo con luz artificial, en cuyo fondo descollaba un figurón ó pelele, que tenía un letrero que decia : <( Yo soy D. Guillermo: ¿qué me quiere usted? y>

El visitador, sorprendido con semejante aparición, volvíase mohíno en demanda de la puerta de la calle, que hallaba cerrada ; no veia á nadie á quien poderse dirigir, sintiendo sólo el formidable estruendo que formaban los vendedores de la plazuela con las pesas y balanzas, interrumpido por silbidos y vocerío, todo en señal de que

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Labia caído un ratón en la ratonera; hasta que, después «de un rato de confusión, acertaba á encontrar, cubierta con un tapiz, la salida á un callejón y escalera interior, •en cuyas paredes leia escritas estas palabras : « Dispen- ■se usted, y guarde el secreto : es una broma de Carnaval. y>

Repitióse esta operación basta lo infinito en los siguientes dias, anunciándose unas veces D. Guillermo como vendedor de frutos, otras como comprador de papel •de crédito (de una de las víctimas de esta clase, que frecuentaba mucho mi casa, escuché esta pintoresca relación), otras como encargado de proporcionar acomodos, huéspedes, etc. ; y ya que se hubo agotado el caudal de estos {7iocenfes , se acudió á buscar víctimas en otras clases, llamando privadamente al zapatero, al peluquero, al barbero y al sastre ; — D. Guillermo hubo luego de enfermar, y se llamó al médico, al cirujano, al comadrón '(no sé si se detuvieron aquí ) ; sólo sí que suponiéndole muerto acudieron á los sepultureros para que viniesen á recogerlo, encontrándose al pelele metido en un ataúd, con un letrero en que les decia que se prestasen á esta <( broma de Carnaval. » — Ésta , en fin , tuvo su desenlace en la tarde del martes de Carnestolendas, saliendo el entierro, con una vistosa comitiva, de la plaza de San Ildefonso, y marchando por las calles principales y paseo del Prado en dirección al Canal : y recuerdo, como si lo estuviera viendo, el inmenso y lujoso acompañamiento, con vistosos trajes de máscaras, entre los cuales figuraban no pocos oficiales franceses con trajes á la antigua, desde los guerreros de Carlo-Magno hasta los guardias franceses de Luis XV. — El entierro, pues, de D. Guillermo íué el suceso memorable de aquel Carnaval.

Venida la pascua de Resurrección, en que comienzan las corridas de toros , el mismo rey José asistió un dia á ellas, aunque, según se dijo, con tan exageradas precau-

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ciones, como fueron las de colocar avanzadas hasta la venta del Espíritu-Santo y la Alameda, y centinelas ó vigías hasta sobre el tejado de la plaza, para observar los movimientos que pudieran hacer los guerrilleros Fermín, el Empecinado j otros, que recorrían las llanuras entre Alcalá y Torrejon de Ardoz.

Pero ¿qué más? hasta mi padre mismo aflojó algún tanto su severidad intransigente, permitiéndonos asistir y aun asistiendo él mismo á las representaciones teatrales de la Cruz y del Príncipe ; bien es la verdad que esto lo verificaba haciendo , como suele decirse , de tripas corazón, porque un inquilino que no le pagaba su alquiler, y que en su calidad de director de orquesta de ambos teatros sólo recibía en pago de su sueldo boletines de palcos y lunetas con qne poder saldar sus compromisos , nos favorecia casi diariamente con alguno de aquéllos, con gran contentamiento de la gente menuda, que veía el cielo abierto cuando penetraba en los solitarios y sombríos aposentos de cualquiera de estos dos coliseos. Con este motivo vi las primeras representaciones teatrales, y entre muchas que pudiera citar, sólo lo haré de dos en el teatro del Príncipe , en que por primera vez pude admirar al insigne actor Isidoro Maiquez, una la tragedia titulada Los Templarios , y otra el drama Fenelon ó las religiosas de Cambra?/. En la Cruz, las que más impresionaron mi infantil imaginación fueron las dos comedias de magia tituladas Marta la Romarantina y Juana la Rahicortona, que hicieron muchos años después las delicias de la multitud.

A todo esto entrábase á más andar el mes de Mayo, y las graves noticias que se recibían del Norte de Europa, y que no podían ocultar del todo los Boletines oficiales, daban á conocer el inmenso desastre de las tropas impe-

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ríales en la campaña de Rusia; y por otro lado, las nuevas recibidas también sobre la reconcentración de nuestros ejércitos aliados para combatir á los franceses, producían en éstos una zozobra y' un pánico que no ponian empeño en ocultar, avivando con ello las esperanzas de los patriotas y su convencimiento de una liberación definitiva y próxima.

Ésta, pues, no se hizo esperar mucho, y hacia los últimos dias del mes de Mayo vióse reproducido con creces el conflicto de Agosto anterior, con la circunstancia de que ahora era verdaderamente general ; — Rey, tropas, empleados y adictos , todos á una se disponían á evacuar á Madrid, y sólo se escuchaba el fatídico grito de «sálvese el que pueda.» — Y como aquélla, á juicio de los mismos franceses, era la última despedida, se dispuso el gigantesco convoy que habia de conducir todas las personas comprometidas, con sus familias y bienes, dando la señal el mismo rey José, que barrió los palacios de todos los objetos de valor artístico y material , y encargando al general Hugo , comandante militar de la plaza (padre del egregio poeta Víctor, á quien habia colocado en el Seminario de Nobles de Madrid ) , que hiciera un verdadero saqueo por todas las iglesias y palacios de Madrid, el Escorial , Toledo y otros puntos, que fueron despojados de todas las preciosidades artísticas , de todas las alhajas de valor que pudieron haber á las manos ; hecho lo cual salió de Madrid el valioso convoy, con dirección á Francia; pero la batalla de Vitoi'ia, hábilmente mandada por lord Wellingthon, desbarató los propósitos de José, quedando en manos del vencedor gran parte del tesoro que aportaba aquel convoy, y hasta el coche del mismo Rey , que huyó precipitado á refugiarse en Francia , para no volver á pisar más el suelo español.

Entre tanto, el 28 de Mayo, libre Madrid definitiva-

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mente de los invasores, filé ocupado por la división de D. Juan Martin (?/ J^mpecinado j otras, j pudo celebrar con júbilo su completa libertad.

Pero estas emociones, pbr lo repetidas j alternadas, no revestían ya el mismo carácter de entusiasmo febril que anteriormente, y la población, aunque recibió con sincero cariño y profunda simpatía á sus libertadores, no se evaporaba ni enloquecía ya con canciones patrióticas ni otros actos de regocijo, sino que esperaba y exigia de las nuevas autoridades el alivio inmediato de las cargas que pesaban sobre la industria, el comercio y la propiedad; la baratura del pan y los demás alimentos, y la mejora, en fin, de su condición material.

Mas por de pronto, el Grobierno de Cádiz y sus autoridades delegadas sólo podian brindarle con una Constitución sumamente liberal, que adjudicaba á cada ciudadano su parte alícuota de soberanía, con amplias garantías de su dignidad , libertades y derechos imprescriptibles , que así comprendía el vulgo como si hablado le fuera en hebreo,— y cuenta que en el vulgo de entonces entraban la mayor parte de los que vestían casaca y calzón corto, media de seda y zapato de oreja con hebillas de plata, — y que aun en el caso de comprenderlo, lo hubieran, á mi ver, trocado de buena gana por un plato de lentejas, quiero decir, por un pan candeal de dos libras bien pesadas, y íil precio de ocho cuartos de vellón.

En vez de esto, vióse aparecer como llovidos multitud de periódicos, folletos y hojas sueltas, de diversos colores y banderías, desde El Patriota, que redactaba D. José Mor de Fuentes, y que era el más simpático á la generalidad, hasta La Pajarera, del festivo escritor don Manuel Casal, que bajo el feliz anagrama de D. Lúeas Alemán estaba en posesión del aura popular con sus ri- .sueñas y candorosas elucubraciones poéticas,, un tanto

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chabacanas, pero no exentas de gracia y donosimi : desde El Redactor general y El Amigo de las leyes , acérrimos defensores de la banda liberal, basta la Atalaya de la Mancha, furibundo atleta ultra-realista, en que esgrimía sus armas el padre Castro , monje de San Jerónimo. — De este modo se inauguraba en la Villa del oso y el madroño la encarnizada lucha política que Aenía riñéndose en Cádiz entre los partidos apellidados servil y liberal.

Hasta en la misma modesta tertulia de mi padre tuvo eco inmediato esta nueva dirección de las ideas, inoculadas por los amigos que regresaban de Cádiz , y que casi todos venian contagiados de esta enfermedad en el sentído más avanzado; no faltando, empero, alguno de ellos, como D. Diego García de Tovar, antiguo é íntimo amigo de la familia, que se mostraba abiertamente opuesto á las nuevas instituciones, combatiéndolai> con las poderosas armas del ridículo y la ironía. — Agregáronse á éste desde luego todos ó casi todos los sedentarios, ó sean los que hablan permanecido en Madrid, asistiendo á la tertulia en los cuatro años anteriores; diciendo éstos que la tal Constitución de Cádiz era, como la de Bayona, una importación francesa (y en esto no les faltaba del todo la razón) ; que los decretos de las Cortes no eran otra cosa que la reproducción de los del rey José (y en lo cual tampoco iban descaminados), y se desvivían y agitaban por encontrar en éstos y en aquélla un espíritu anti-religioso y anti -monárquico, que ciertamente no existia más que en su imaginación. — A lo cual mi padre, más tolerante y confiado , decíales que mal podia ser tachada de irreligiosa una Constitución que encabezaba En el nombre de la Santísima Trinidad; que declaraba en uno de sus artículos á la religión C. A. R. única verdadera, proliihiendo el ejercicio de cualquier otra, y que ademas recomendaba á los españoles el evangélico precepto de ser justos y henr'-

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Jicos; así también como bajo el aspecto monárquico aseguraba la corona en las sienes de Fernando VII y sus descendientes.

A todo esto sonreia malignamente el cáustico Tovar, que decia á mi padre : — « ¡ Qué bueno y qué candido es usted, D. Matías!»; — y dirigiéndose risueño al grupo de los muchachos (cuyas delicias hacía con su genio jovial y chancero), contábanos los lances y chascarrillos del sitio y las canciones que entonaban los gaditanos durante él :

c( Con las balas que tira El Mariscal Sul Hace la gaditana Mantillas de tul.»

<t Con las bombas que envian Los fanfarrones Hace la gaditana Tirabuzones. »

Diónos también á oir por la vez primera la famosa Cachucha, nacida al calor de las bombas y al estruendo de la metralla; pero ésta — al menos en los labios de don Diego — venía saturada de un olorcillo anti-liberal harto pronunciado, como se advertirá por las siguientes estrofas :

«Tengo yo una cachuchita Que siempre está suspirando , Y sus ayes y suspiros Se dirigen á Fernando.

» Vamonos, cachucha mia, Vamonos á Puerto Real , Que para pasar trabajos Lo mismo es aquí que allá.

LOS FEANCESES POR ULTIMA VEZ. 109

)> Muchos que se dicen sabios Llaman preocupación La lealtad que domina Por Femando á la Nación.

)) Vamonos , cachucha mia , Vamonos á la frontera , ,Y haremos que besen éstos De Fernando la correa. »

El elemento, en fin, de discordia, que se reflejaba basta en la modesta é inofensiva tertulia de mi padre, desarrollábase con más animosidad en el público en general, y tanto, que apenas si nadie bacía ya mención de los franceses, para ocuparse tan sólo de las cuestiones entre liberales y serviles. — Quiere decir : que concluia la guerra extranjera, pero surgía al mismo tiempo la más intestina y porfiada de los españoles entre sí — lucba fatal entre lo pasado y lo porvenir, que dura todavía; que nosotros heredamos de nuestros padres y trasmitimos á nuestros hijos y nietos, y que. Dios mediante, trasmitirán estos últimos á los suyos en toda su integridad. — Pero entonces

lo pasado seremos nosotros, y el porvenir já saber

quién será!

CAPITULO VIL

18(3.

SALAMANCA Y LOS ARAPILES.

Cansado de ir, como quien dice, á la zaga de la Historia en los capítulos anteriores, porque así lo requería la magnitud de los acontecimientos durante los seis años de la guerra de la Independencia, permitido me sea (si no lo há por enojo el benévolo lector) reposar algún tanto de aquella narración histórico-anecdótica , para trazar en la presente un episodio que, aunque puramente personal y de índole doméstica ó privada, tiene relación con aquella época , como que se refiere al viaje que en compañía de mis padres y hermanos hice al teatro de uno de los sucesos más trascendentales de la guerra, con el cual ligaban á mi familia circunstancias especiales. — Con esto aprovecharé la ocasión de volver por el momento á mi propósito primitivo, que no fué ni pudo ser otro que el de reflejar en estos apuntes el colorido característico de aquella sociedad, su manera de ser, como ahora se dice, sus costumbres , sus deseos y modestas satisfacciones.

Aunque nacido en Madrid , y con fija residencia en esta villa, á cuyo desinteresado servicio he procurado con-

SALAJTANCA Y LOS ARÁPILES. lll

sagrar mi escasa inteligencia y sincera voluntad; aunque en el curso de mi dilatada vida he tenido ocasión de conocer y apreciar las respectivas excelencias de todas á casi todas las principales ciudades de España, y muchasdel extranjero, todavía queda un lugar señalado en mi corazón, un recuerdo indeleble en mi memoria, consagrados á la insigne ciudad que baña el Tórmes , y que por sus afamadas escuelas mereció ser conocida con el epítetode Atenas española, y por sus grandiosos monumentos artísticos con el no menos preciado de Roma la chica.

Y no podia menos de ser así, por las circunstanciasespeciales que me rodearon desde la cuna respecto á esta celebérrima ciudad. — Oriundo de ella por mi padre don Matías Mesonero Herrera , — según fué dicho ya en la Introducción á estas «Memorias», — puede decirse que existia en mi sangre el germen de este filial cariño, que se fué desarrollando á la vista de todos los objetos, de todas las personas que rodearon mi infancia , de todas las gratas impresiones que mi buen padre, entusiasta salmantino, cuidaba de excitar en mi corazón.

Desde los primeros arrullos que escuché de sus labios cuando me dormia en sus brazos, á los sencillos y animados ecos de las canciones de la Tierra, — « Torito de la )) Puente — déjame pasar, — que tengo mis amores — en el arrabal )), — ó la popular de las Habas verdes — «Ayer me » dijiste que hoy — hoy me dices que mañana », etc. , — hasta los cuentos, refranes é idiotismos locales con que amenizaba sus narraciones; desde los sabrosos frutos de aquella feraz comarca, que abundaban en nuestra mesa, hasta el traje de charro, con que gustaba adornar las infantiles personas de sus hijos de uno y otro sexo; desde los muebles, estampas y demás objetos que adornaban la casa, hasta la secular escribanía, obra de uno de los famosos artífices salamanquinos , y marcada con el Toro y

112 . MEMORIAS DE UN SEl'ENTON.

la Puente, armas de la ciudad , — que es la misma que conservo y que he usado toda mi vida , — todo conspiraba á crearnos en la imaginación una segunda naturaleza, un verdadero entusiasmo salmantino.

Ademas de este cariño, muy propio de un hijo bien nacido hacia su pueblo natal, reunia también mi padre otras circunstancias que le ligaban más j más á su país. Formando el núcleo de los importantes negocios puestos á su cuidado, representaba en la corte los de aquella ciudad y provincia; era apoderado general de los Ayuntamientos, Cabildo eclesiástico. Universidad y Sexmeros de la tierra, y en general de todas las corporaciones, títulos y personas de cuenta en ella ; y tanto, que cuando en ocasiones acertaban á ponerse en pugna los intereses respectivos, tenía que optar por una de las partes para representarla en su defensa.

Consecuencia de todo esto y de la natural franqueza del carácter castellano, era que su casa viniese á ser para los salmantinos una sucursal de la propia , y que se viese constantemente frecuentada por las personas más autorizadas de aquella sociedad , por los insignes doctores del gremio Universitario, por las dignidades del cabildo y clero regular, por los opulentos ganaderos y labradores, verdaderos dueños señoriales de aquel territorio, por los humildes charros de la tierra, á quienes se complacia en recibir indistintamente y sentar á su mesa con igual franqueza, sirviéndoles en sus negocios con la más sincera voluntad.

Sobre todo esto (que acaso á nadie puede interesar más que á mí) habré de pasar rápidamente en obsequio del bondadoso lector, para contraerme al objeto que en esto instante mueve mi pluma, que no es otro que el de ofrecer al público un cuadro sencillo de alguno de los accidentes característicos de aquella sociedad, valiéndome

SALAMANCA Y LOS ARAPILES. 113

para ello de la coincidencia al terminar la guerra con la primer visita qne en compañía de mi familia hice á la región salamanquina.

II.

En el mes de Agosto de 1813, apenas evacuada por los franceses la capital del reino á consecuencia de la gloriosa jornada de los Arapiles, mi buen padre, que con suma impaciencia Labia permanecido incomunicado durante cinco años con su país, aunque sabedor por el rumor público de la desdichada parte que en los desastres de la guerra habia alcanzado ] que se complacía en referirnos los pormenores de tan importante jornada , mostrándonos en el mapa con el dedo los pueblos de Arapiles y sus colindantes, las Torres (donde radicaban sus bienes), Calvarrasa , Babilafuente y demás que fueron campo glorioso de aquella sangrienta batalla ; que suspiraba y gemía, no por sus frutos perdidos, no por sus tierras, incultas ó abandonadas, sino por los desmanes causados á su país natal á consecuencia de los frecuentes encuentros de los ejércitos franceses con los aliados anglo-hispanoportugues , no pudo resistir por más tiempo á su deseo de visitarle y convencerse por su misma vista de tanta calamidad y desventura.

Arrostrando los terribles obstáculos que á la sazón ofrecían los caminos destruidos, los pueblos, las ventas y caseríos incendiados , el ataque probable de las bandas de salteadores que habia dejado la guerra en pos de sí, y los escasos é inverosímiles medios de comunicación que por entonces eran posibles, ajustó una galera (no recuerdo cuál de las dos que hacían el ordinario servicio entre Madrid y Salamanca, á cargo de los respectivos capataces Picota

114 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

y Fa'co Brocas), j al rayar el alba de una mañanita de Agosto, previa la saludable y muy prudente preparación con los auxilios espirituales, y probablemente la de arreglar también sus negocios temporales, embanastó en el ya dicho vehículo á toda la familia, compuesta del matrimonio y cinco hijos, todos de tierna edad — yo, que era el segundo, contaba á la sazón diez años — y emprendimos con la ayuda de Dios una marcha heroica, que ofrecía á la sazón más peligro que el que hoy suelen arrostrar los osados exploradores de las regiones polares.

Difícil, cuando no imposible, será detallar por menor los diversos accidentes de tan arriesgado viaje, en las condiciones que quedan indicadas; y ademas de empresa larga y enojosa, acaso será inútil, porque por mucho que me los recuerde mi infantil memoria, no he de alcanzar probablemente á diseñarlos con toda exactitud, como ni tampoco conseguiré persuadir al lector de hoy de lo que era un viaje por tierras españolas en el año de gracia de 1813, esto es, 64 años há y á raíz de la famosa guerra de la Independencia.

Limi táreme, por lo tanto á decir, que en las 33 leguas que separan á Madrid de Salamanca — y que hoy se salvan en diez horas, por ferro-carril — empleó nuestra galera cinco dias mortales, á razón de cinco á seis leguas en cada uno, y andando desde antes de amanecer hasta bien cerrada la noche. — La primera de éstas la pasamos en la venta de la Trinidad, ó más bien en su portalón, porque la absoluta ausencia de puertas y ventanas, incendiadaspor unas y otras tropas , de camas y de muebles de ninguna clase , nos obligó á permanecer á bordo de la galera y consumir en ella las provisiones de boca que llevábamos de Madrid , y que buscar en la venta fuera pedir cotufas en el eolfo. — Pasamos al siguiente dia el famoso puerto de Guadarrama, divisorio de ambas Castillas, á

SALAMANCA Y LOS ARAPILES. 115

pié enjuto, por estar á la sazón limpio de nieves, y escoltando modestamente la galera para librar de toda fatiga á las escuálidas muías, que á las cinco ó seis horas dieron en los pesebres de la desmantelada fonda de San Rafael. — Blasco Sandio, Villanneva de Gómez, Miiñoz Sancho y Peñaranda de Bracamonte fueron las regaladas etapas en los dias subsiguientes ; y mi padre, que era gran andarín y no podia sufrir el traqueteo de la galera, no bien salimos al amanecer el último dia de Peñaranda de Bracamonte, nos empeñó á emprender á pié, y por vía de paseo, la marcha á la ciudad, de la que aun distábamos siete leguas mortales , y luego que hubimos llegado á Ventosa y Huerta, pueblos más cercanos, todo se le volvía enristrar el catalejo para ver si alcanzaba á descubrir alguna de las torres que él tenía impresas en la imaginación; pero á medida que íbamos acercándonos se iba también anublando su semblante, y lanzaba suspiros y exclamaciones, porque echaba de menos muchas de ellas, que habían desaparecido en los horrores de la guerra.

Llegamos al íin á Salamanca sanos y salvos (casi sin ejemplar), en la tarde de la jornada quinta, y luego que descansamos aquella noche , fué su primer cuidado á la mañana sio;uiente marchar con toda la familia á recorrer los barrios extremos , señaladamente los que dan al rio Tórmes y que ofrecían un inmenso montón de ruinas, una absoluta y espantosa soledad.

A su vista, mi buen padre, bañado en lágrimas el rostro y con la voz ahogada por la más profunda pena, nos hacía engolfar por aquellas sombrías encrucijadas , encaramarnos á aquellas peligrosas ruinas, indicándonos la situación y los restos de los monumentales edificios que representaban. — «Aquí, nos decia (sin saber él mismo que parodiaba á Rioja en su célebre composición A las ruinas de Itálica), era el magnífico monasterio de San

116 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

Vicente ; aquí el de San Cayetano ; allá los de San Agustín, la Merced, la Penitencia y San Francisco — éstos fueron los espléndidos colegios mayores de Cuenca, Oviedo , Trilingüe y Militar del Rey. — Aquí estaba el Hospicio, la casa Galera, y por aquí cruzaban las calles Larga, de los Angeles, de Santa Ana, de la Esgrima, de la Sierpe, y otras que habían desaparecido del todo. — Tanta desolación hacía estremecer al buen patricio, y su llanto y sus gemidos nos obligaban á nosotros á gemir y á llorar también.

La verdad es que esta antiquísima y monumental ciudad había sucumbido casi en su mitad, como si un inmenso terremoto, semejante al de Lisboa á mediados del pasado siglo, la hubiese querido borrar del mapa. El sitio puesto por los ingleses antes de la batalla de los Arapiles ; la toma de los monasterios fortificados de San Vicente y de San Cayetano, y el incendio del polvorín y la feroz revancha tomada por los franceses la noche de San Eugenio, 15 de Noviembre, á su \-uelta á la ciudad, fueron sucesos ocasionales de tanta ruina, y que no se borrarán jamas de la memoria de los salmantinos.

Angustiados nuestros corazones con tan tétrico espectáculo, y no pudieudo mí padre soportarle por muchos dias, sacónos al fin de la ciudad para los pueblos inmediatos de las Torres y Pelabrabo, donde, según dije antes, tenía sus propiedades, más bien que con el propósito de visitarlas, con el deseo de recorrer aquellos campos gloriosos, en que se verificó el 22 de Julio del año anterior la tremenda lucha entre los ejércitos aliados y el del invasor, que dio por resultado el señalado triunfo de los primeros.

Pisamos, pues, aquellas célebres, aunque modestas heredades, hallándolas casi yermas, si bien sembradas de huesos y esqueletos de hombres y caballos, de balería de

SALAMANCA Y LOS AEAPILES. 117

todos calibres, y de infinitos restos del equipo militar. Era un inmenso cementerio al descubierto, que se extendía por algunas leguas á la redonda, j que ofrecía un horroroso espectáculo , capaz de poner miedo en el ánimo más esforzado. — Pero los muchachos lo apreciábamos de otro modo, convirtiéndolo todo en provecho de nuestros juegos y escarceos. Mis hermanitos y yo , unidos con los chicos de los renteros de mi padre, y con la mejor voluntad y patriótica algazara, reuníamos aquellos horribles restos, apilándolos en formas caprichosas y pegándoles fuego con los rastrojos, porque todos aquellos huesos, á nuestro entender, « eran de los picaros franceses», y porque, segim nos aseguraban los labriegos, aquellas cenizas eran muy convenientes para el abono de las tierras ; otras veces, dedicándonos al acopio de proyectiles, les colocábamos en sendas pilas, como suelen verse en los parques y maestranzas, y recogiendo entre ellos aquellos más pequeños que podíamos llevar en los bolsillos, tornábamos á la aldea muy satisfechos de nuestra jornada y ostentando nuestro surtido de municiones. Otro dia, conducidos por mi padre, nos dirigíamos á las dos célebres colinas, el Arapil grande y el de las Fuentes, teatro principal de aquella sangrienta jornada, y cuya nombradía alcanza á los tiempos heroicos de nuestra historia, según el Romancero :

« Bernardo estaba en el Carpió Y el moro en el Arapil ; Como el Tórmes va por medio , No se pueden combatir. »

Visitábamos después la humilde aldea que lleva este nombre, y en ella la casa de Francisco N., apelhdado el Cojo de Arapiles, porque una bala de cañón le llevó una pierna cuando, según él decia, estaba dirigiendo al Lord

118 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

en sus exploraciones por aquellos campos. Mostrábanos la ventana desde la cual asomado el mismo Wellingthon asestaba su anteojo en diferentes direcciones, j por más señas nos enseñaba uno que decia ser el mismo, j que, por cierto, era demasiado vulgar j poco digno de haber sido usado por tan ilustre general.

De vuelta á casa la alegre comparsa de mucbaclios, comentábamos á nuestro modo los detalles de la batalla ó la parodiábamos en las eras del pueblo, entonando al mismo tiempo la canción especial de que queda hecho mérito en el capítulo anterior : <( WeUmgton en Arapiles, — á Marmon y sus secicacesyy, etc., ó bien tomándolo por otro tono j estribillo, prorumpiamos en la otra cantilena local dedicada á D. Julián Sánchez , el célebre guerrillero j héroe legendario de aquella comarca, j que decia de esta manera :

((Cuando D. Julián Sánchez Monta á caballo , Se dicen los franceses, «Ya viene el diablo.

))Ea, ea, ea, Ea , ea , eh , Era un lancerito Que me viene á ver, El me quiere mucho , Yo le quiero á él.

))Un lancero me lleva Puesta en su lanza. ¿ Si querrá que yo vaya Con él á Francia?

))Ea, ea, ea, Ea, ea, eh, etc.»

Habiendo citado á este ilustre partidario, cuya bravura le conquistó la estimación del general inglés, per mi-

SALAMANCA Y LOS ARAPILES. 119

tiéndele cooperar con su división, no sólo á la batalla de los Arapiles, sino á las de Vitoria, San Marcial, y hasta penetrar en Francia, trascribiré aquí un párrafo de una carta que D. José Somoza, excelente escritor y poeta, amigo y condiscípvilo de Melendez y de Quintana, me dirigió desde Piedrahita, su residencia ordinaria, en contestación á ciertas preguntas que le hacía sobre este famoso caudillo; decía, pues, así :

«Tienen fama las charras de Castilla, no sólo de buenas mozas, sino de enamoradas y sensibles en sus sombrías soledades. En virtud de este concepto y por exageración, cuentan (y será cuento estudiantino) que en tiempo de la guerra de la Independencia, cuando los lanceros de D. Julián Sánchez, todos mozos del país, defendían la provincia contra los franceses, referia, lamentándose, una madre al fraile de cuaresma los devaneos de una hija con los dichosos lanceros, para que reprendiese á la muchacha. Pero el fraile exclamaba á cada paso : / Cuánto me alegro yo de eso ! — Tantas veces exclamó, que le preguntó la madre por qué razón se alegraba, á lo que contestó el fraile : <i Porque no salía yo que tenía tanta gente D. Julián. »

Para terminar con este personaje, celebérrimo en aquella comarca (y cuya suerte posterior nunca pude saber), diré que cinco años después, en 1818, hallándome de nuevo en Salamanca, en una expedición hecha en compañía de otros jóvenes á la villa de Tamámes, teatro de una de las más señaladas proezas del D. Julián , tuve ocasión de conocerle personalmente, presidiendo una corrida de toros dada en su obsequio en la plaza de dicha villa : por cierto que en ella se dio el singular espectáculo de que no habiendo quien concluyese con el último toro , como quiera que fuese entrada ya 'la noche, el guerrillero presidente dispuso acudir á su acostumbrado expediente de fusi-

120 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

lar al enemigo , á cuyo efecto y de su orden salieron de todos los ángulos de la plaza multitud de tiros que acabaron en breve con la fiera, no sin algún susto (aunque con mayor contentamiento) de los espectadores, que hallaban muy natural la adopción de este remedio casero y muy propio para terminar la función taurina.

Y ya que el giro de mi discurso me ba conducido , sin saber cómo, desde 1813 á 1818, aludiendo á mi nueva estancia en Salamanca en esta última fecha, no quiero despedirme de aquella ilustre ciudad y tierra sin consignar alguna de las impresiones que en la citada época, y ya en edad más propia, produjeron en mi ánimo y conserva cariñosamente mi memoria las singulares dotes que realzan á aquella interesante localidad.

Necesariamente ha de dominar en mis recuerdos el de su celebérrima Universidad , que, aunque grandemente decaída de su antiguo esplendor, todavía en 1818 ofrecía una fisonomía característica y animada. En sus antiguas aulas parece aspirarse aún el acento y la doctrina de un Luis de León, de un Francisco Sánchez, el Brócense; de un Melchor Cano, de un Diego de Deza y de cíen ilustres varones, gloria de los siglos xvi y XVli; todavía hasta fines del pasado descollaban en la enseñanza D. Diego de Torres, Fr. Diego González, Forner, Melendez Valdes y otros, que, con el coronel Cadalso, el insigne Jovelláuos, Cienfuegos, Quintana y Sánchez Barbero, presidieron al renacimiento del buen gusto y de las letras españolas, formando lo que con justo título fué apellidada í'ííííí^/a Salmantina. — Mí imaginación juvenil y mí asombrosa memoria se complacían en recordar bajo aque-

SALAMANCA Y LOS ARAPILES. 121

lias sombrías bóvedas las magníficas composiciones de aquellos ilustres vates, maestros del buen decir y de la poesía castellana; deleitábame en recitar en alta voz la Noche serena, de Fr. Luis de León; El Murciélago alevoso, de Fr. Diego González; las punzantes letrillas y sarcásticos epigramas de Iglesias, y, sobre todo, las incomparables églogas y romances de mi autor favorito el dulcísimo Melendez Valdés, el cantor de La Vida del campo j de La Flor del Zurc/ifén (1).

(1) No me es posible citar á Melendez sin consignar aquí nna circunstancia que me hace más halagüeña la memoria de este delicado poeta, el primero sin duda alguna de su tiempo y el sucesor inmediato de Garcilaso de la Vega. — Hallábase en 1816 de temporada en casa de mis padres, con quienes la ligaba estrecha amistad , la ilustre señora D.^ Bosa cíe la Nueva y Tajna , que solia habitar en el pueblo de Cantalapiedra , su patria, como las otras distinguidas familias de Onis, Salmón , etc. , y que á pesar de sus sesenta años conservaba aún restos preciados de su asombrosa belleza. — Una noche en que yo, niño á la sazón de trece años, acababa de recitar, según mi costumbre , varias composiciones de los celebrados vates salmantinos , acerté á comprender entre ellas el bellísimo romance de Melendez titulado aRosana en los fuegosy>, y no bien lo hube acabado , cuando la Sra. D.* Rosa , con las lágrimas en los ojos y colmándome de besos y de abrazos, sacó de su escritorio un precioso retrato en tai-jeta, delicadamente miniado, que representaba una singular beldad, con el cabello corto y ensortijado y un traje verdaderamente escultural; y dirigiéndose á mi, — ((Toma, hijo mió (me dijo), este retrato, grabado en París hace más de treinta años ; — es el retrato de la Rosana de Melendez, la misma que te lo regala, para que lo guardes en memoria suya y de su tierno cantor. » — Así lo he hecho en efecto , y aun comunicádole á los insignes literatos á quienes he tratado después, desde el gran Quintana y el enérgico Gallego (que me dijeron haberla conocido en su juventud) , hasta todos los contemporáneos que me favorecen hoy con su amistad, felicitándome todos por poseer este señalado recuerdo del gran poeta y de la incomparable beldad que acertó á inspirar la tierna lii-a de Datilo.

122 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

La espléndida pléyade de aquellos ilustres profesores de la Universidad Salmantina era todavía, en 1818, representada por los sabios doctores D. Toribio Nuñez, D. Miguel Martel, D. Martin Hinojosa, D. Tomás González, D. José Mintegui, D. Juan Justo García, D. Diego González Alonso, j otros que no recuerdo ahora; pero casi todos ellos se hallaban á la sazón separados de las cátedras , á consecuencia de la injusta causa que les suscitó, en 1815, el fenático ministro de Fernando VII, Lozano de Torres , á pretexto de sus ideas políticas y de cierto plan de estudios que habían presentado á las Cortes del año anterior; causa y persecución que me eran muy conocidas por haber sido testigo de las gestiones de mi padre en defensa de dichos doctores, que le tenían condados sus poderes (1).

Recorriendo luego los magníficos monumentos que aun quedan, y que á pesar de la sensible pérdida de tantos otros, todavía conservan á la ciudad de Salamanca su ca-

(1) Casi todos ellos, como los Sres. Martel, Hinojosa, Mintegui , CaiTasco y González Alonso, vinieron de diputados á las Cortes de 1820 y 21, y muerto ya entonces mi padre, me distinguieron, aunque tan joven era, con su confianza y amistad. También obtuve la misma distinción del célebre deán de aquella Santa Iglesia, D. Benito Lobato y Caballero, que por sus ideas absolutistas •exageradas venía á ser el Ostolaza de aquellas Cortes, hasta el punto de que en el célebre folleto titulado Condiciones y semblanzas de los diputados en aquella legislatura, le enderezasen la siguiente estrofa :

a. Defiende á los frailes , Defiende los diezmos , Defiende señores , Defiende realengos, Defiende prebendas , Defiende abolengos , Defiende baldíos , Defiende mostrencos. »

SALAMANCA Y LOS AEAPILES. 123

rácter excepcional, admiraba su bellísima Catedral; la elegante fábrica del templo y convento de la Compañía, que pudiera muy bien disputarla aquel título; el artístico Santo Domingo (^San Estéhaii), que tuvo la gloria de albergar á Cristóbal Colon, bajo la protección de fray Diego de Deza, — y en el cual discutió y aun convenció á los doctores allí reunidos de la verdad de sus inmortales proyectos; — la magnífica iglesia de las Agustinas y el palacio contiguo de Monterey; los espléndidos colegios mayores, Viejo y del Arzobispo, y otros grandiosos edificios de la mayor importancia; las casas de Las Conchas, la de La Salina, La Torre del Clavero, etc., realzadas por interesantes bechos históricos y románticas leyendas ; El Puente romano y la inmensa y monumental Plaza Mayor, que es sin disputa la primera de España, y a quien pudiera hacerse la misma pregunta que Madame Stael dirigía á la capital de Rusia : ((.San Petershurgo, ¿qué haces aquí? y)

En ella presencié, durante la animada feria de Setiembre de aquel año, las famosas corridas de toros, las más concurridas y aparatosas que be presenciado en España, aunque estén en corro las de Madrid, Sevilla y Valencia; por cierto que en una de ellas quedó gravemente herido el célebre ¡jrimer espada que, si no me engaña la memoria, se llamaba Curro Guillen, y en ella habia quedado muerto algunos años antes un hijo del insigne matador Pedro Romero. — Estas catástrofes, muy probables en aquella plaza por su desmedida extensión; la altura y corpulencia de los toros de Peñaranda de Bracamonte, y la presencia de un pueblo numeroso é inteligente, que excitaba imprudentemente el ardor de los lidiadores, hacían á éstos retraerse de concurrir á ella y aun poner ciertas condiciones, de lo que era buen testigo mi padre, <\xie solía ser el encargado por el Ayuntamiento de con-

124 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

tratar las cuadrillas en Madrid. Hoy, más cuerdamente, no se celebi-a tal función en la plaza Mayor, y sí en un circo más proporcionado, construido al efecto.

El carácter, en fin, alegre, franco y decidor de los salamanquinos, salpimentado con ciertos dejos epigramáticos y aun sarcásticos, y los favores y distinción que (sin duda en obsequio de mi buen padre) me prodigaron todas las clases de la sociedad en mi tierna juventud, me hicieron, repito, conservar de ellos una memoria halagüeña y contraer amistades que sólo la muerte ha podido borrar. — Con ellos, con mis jóvenes camaradas, pude conocer también y apreciar las costumbres de la tierra , asistir á fiestas y romerías, y á los peligrosos herraderos , en que lucían su destreza y hasta su temeridad ; con ellos recorrí también aquellos fértiles campos, aquellas opulentas granjas y caseríos, en que sus dueños y arrendatarios los Lasos de Rodas Viejas, los Sánchez de Terrones y los Venturas de Gallegos de Huebra, con su campesina magnificencia, sus animados festines, sus pintorescas bodas, su natural ingenio, y hasta su cultura y distinción, traían á mi memoria las bucólicas descripciones de Rojas en el García del Castañar, que acababa de oír en Madrid de los labios del incomparable actor Isidoro Mayquez.

Sin duda alguna que el trascurso de sesenta años y la diversa índole de nuestra sociedad actual habrán alterado aquellas costumbres, entonces verdaderamente patriarcales; pero, á pesar de tantas y tantas vicisitudes, todavía habrá al menos que rendir el debido homenaje á mi pueblo cuya sensatez, ilustración y cultura ha sabido resistir á las terribles pruel)as de tres guerras civiles, sin tomar parte en ninguna de ellas, sin haber regado sus campiñas con la sangre de sus hijos, ni añadido una página sola á nuestra lúgubre historia contemporánea.

CAPITULO VIIL

(814.

LAS CORTES EN MADRID.

Entre los años memorables por lo accidentados para la nación española, y muy especialmente para el pueblo de Madrid en la primera mitad del siglo actual, — que es el período que han de comprender estas « Memorias », — ocupa el segundo lugar, después de 1808, el de 1814. En él volvió á ser la capital del Reino mansión del Gobierno Supremo de la monarquía; en él miró reunidas las Cortes, j promulgada la Constitución política de la nación española; en él se celebraron las últimas y solemnes manifestaciones de aquel Gobierno, basta que cayó derrocado á mano Real, y con él las instituciones que representaba; en él, finalmente, y después del profundo sacudimiento que produjo aquel desatentado acto político, vio penetrar en sus muros al deseado Fernando VII, por el que tanta sangre habia derramado y tantos sacrificios habia hecho desde el memorable 2 de Mayo de 1808. — Todo ello en el breve espacio de cinco meses, que es el período que abraza el presente capítulo de esta ojeada retrospectiva.

El dia 5 de Enero de aquel año verificóse la entrada en Madrid de la Regencia del Reino, compuesta del cardenal Luis de Borbon, arzobispo de Toledo, y de los generales de mar y tierra D. Gabriel Ciscar y D. Pedro Agar,

126 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

colocados en tan alto puesto, aquél por su augusta alcurnia y elevada dignidad, y éstos por su experimentada ciencia, valor y patriotismo.

El pueblo de Madrid , que por el momento sólo pensaba en congratularse por la terminación de su largo y penoso cautiverio, no debia prestar, á lo que infiero, grande atención á la radical trasformacion verificada en el Gobierno de la Monarquía, y á las trascendentales ideas que engendraba la nueva Constitución, recien promulgada en Cádiz; asistia, sin embargo, con verdadero interés á las demostraciones oficiales , á la colocación de la lápida de la Constitución en la plaza Mayor, á las Juntas de parroquia, de distrito y de provincia para la elección de diputado á Cortes, y leia, no sé si con indiferencia ó con entusiasmo, los varios papeles, periódicos y volantes que daba de sí la imprenta en su reciente libertad. — Esto es cuanto respecto de la gente provecta y sesuda puedo colegir; pero por lo que hace á la niñez y á la más tierna juventud, no dudo en aventurarme á juzgarla, como que me hallaba comprendido en ella, próximo á entrar en el undécimo año de mi vida.

Aseguro, pues, con sinceridad que todos, absolutamente todos los muchachos, desde los ocho á los quince años de edad, á pesar de que no habíamos podido conocer, por estar en la cuna, el Grobierno absoluto de Carlos IV y de su odiado favorito , éramos decididamente patriotas, anti-afrancesados, anti-serviles, liberales hasta la médula de los huesos, y en nuestras escuelas, en nuestros juegos, en nuestros paseos revelábamos este sentimiento por medio de canciones, vivas y peroratas que harían estremecer sin duda á nuestros padres y abuelos (1).

(1) Para probar esta actitud de la nueva generación ante las recientes ideas, permítaseme citar el hecho siguiente : En 25 de Fe-

LAS CORTES EN MADRID. 127

El pueblo madrileño acudió, pues, con gran golpe de gente á presenciar la entrada de la Regencia del Reino^ á cuyo frente por lo menos veía á un ilustre prelado tan estrechamente unido al Rey por Iqs vínculos de la sangre; y á pesar de la crudeza extraordinaria del dia y del inmenso aguacero con que nos regalaron las nubes, ocupó presuroso y alegre toda la carrera hasta el puente de Toledo, por donde vino la Regencia, Por disposición del Ayuntamiento habíase levantado un arco de triunfo en el punto mismo que hoy ocupa la nueva puerta, dándose la singularidad de que ésta, que acababa de ser inaugurada por los franceses con pomposo aparato, colocando en suscimientos las monedas y leyes de José I, vino después de muchos años y trasiegos de medallas y constituciones á ostentarse en su inscripción dedicatoria como arco triun-

brero del mismo año 14 tuvo lugar en la capilla de los Estudiosde San Isidro la inauguración de la nueva cátedra de Constitución,. á que asistí con mi hermano mayor (de trece años), no menos entusiasta y de mayor talento que yo, y que falleció poco tiempo después. En dicha inauguración, el profesor, que lo era el insigne poeta D. Francisco Sánchez Barbero, leyó una magnífica oda á la Constitución, que electrizó á la infantil concurrencia en términos indescriptibles. Todos la aprendimos de memoria; todos repetíamos sus magníficos versos, y de mí sé decir que la he conservado en ella á pesar del trascurso de 64 años. — Como sería en extrema cansado el verterla a([m en toda su extensión de 144 versos, me limitaré á estampar las últimas estrofas, en que más especialmente se dirigía el autor á la juventud. Helas aquí :

<( Hijos de España, juventud dichosa, Si en aqueste Liceo El grito retumbó del despotismo, Eu aqueste, con fuerza prodigiosa, Derrocado su altar, el patriotismo Levanta su magnifico trofeo; El fanático error vencido cede, y la sin par Constitución sucede.

,128 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

fal, consagrado al deseado Fernando , en señal de fidelidad, de triunfo, de alegría.

Instalado ya definitivamente en Madrid el Supremo Gobierno, las Cortes extraordinarias continuaron sus sesiones hasta que fueron elegidas las nuevas ordinarias, teniendo que aprovechar para aquéllas el vetusto y desmantelado teatro de los Caños del Peral, mientras se llevaba á cabo la obra conveniente para habilitar al efecto la iglesia del convento de Agustinos, fundado por doña María de Aragón, en las Vistillas del Rio; la cual, por su figura oval, amplitud y sonoridad, fué escogida para convertirla en salón de sesiones de la representación nacional.

Recuerdo aún (á pesar de mi tierna edad) la apertura solemne de las nuevas Cortes ordinarias en el teatro de

»¡ Constitución ! j Constitución ! resuena Do quiera ya; Constitución inflama Los españoles pechos

Y contra el crimen espantosa truena.

»¡ Vén, vén, oh juventud 1 Ella te llama, Tus sagrados derechos A revelarte fie\ i Cómo desdeña Al déspota y tirano ! I Cómo á ser ciudadano

Y á conocer enseña

Tu excelsa dignidad y poderlo!

»Las ominosas trabas Con que hasta aqui, de la opresión esclavas, Las agraviadas artes lamentaron, Con indecible brio Desbarata y destroza ,

Y en la común felicidad se goza.

1 Oh jóvenes 1 Venid, y el ornamento

De vuestra patria sed; la patria os llama,

Que ya en vuestro heroísmo y docto acento

Su gloria y su baluarte

Mirando está; mirando

En cada cual un denodado Marte;

Y al tirano y al déspota doblando

A vuestros pies sus trémulas rodillas,

Y animarse en vosotros

A los Lanuzas ve y á los Padillas. »

LAS CORTES EN MADRID. 129

los Caños. Habíase designado para ella el dia 19 de Marzo, sin duda para conmemorar el doble aniversario de la exaltación al trono de Fernando VII (1808) y de la promulgación en Cádiz (1812) de la Constitución política de la Monarquía. Colocados los escaños, ó más bien lunetas, en semicírculo, y ocupados por los diputados, entró la Regencia y atravesó el salón basta colocarse cerca del solio, bajo el cual lucia un retrato de Fernando Vil á caballo— acaso el pintado por Goya , que todos conocemos, — y según puedo colegir (pues no llegué á conocer el antiguo teatro), el foro podia estar hacia donde hoy es el vestíbulo del Real, y la entrada debia ser por el frente que miraba á la calle del Arenal.

Venía el Arzobispo revestido de la púrpura cardenalicia, y los dos generales co-regentes á-los lados con sus respectivos uniformes : por cierto que recuerdo muy bien la alta estatura y avinagrado gesto del marino Ciscar y la cojera muy pronunciada de D. Pedro Agar. Sentados, pues, en sendos sillones, el Cardenal de Borbon, cuya insignificante persona y exigua capacidad son bien conocidas, pronunció ó leyó — no tengo presente — un breve discurso , que versó principalmente sobre la coincidencia en aquel dia de ambos aniversarios : la abdicación de Carlos IV (su tio carnal), la caida del odioso favorito (su cuñado), y la promulgación en Cádiz de la nueva Constitución; concluyendo por congratularse por la feliz terminación de la guerra y la próxima entrada, cinco dias después — 24 de Marzo — del anhelado Fernando en el territorio español; á cuyo desaliñado discurso contestó con la consiguiente paráfrasis otro eclesiástico, que, si no recuerdo mal, era el que después fué electo obispo de Puebla de los Angeles, D. Antonio Joaquín Pérez.

Continuando después las Cortes sus agitadas y aun tumultuosas sesiones, quedaron claramente designados am-

130 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

bos bandos , liberal j servil, únicos en que por entonces estaban divididos los españoles. Esta separación y antagonismo , cada dia más acentuados por la duda en que estaban todos de los propósitos del rey Fernando á su entrada en España, esperando unos que se prestaría á aceptar y jurar la Constitución, y conspirando descaradamente otros para apartarle de semejante propósito, si le traia , dio lugar al poco edificante espectáculo de aquellas sesiones y al tumultuoso acompañamiento de los concurrentes á las tribunas (palcos), á los repetidos mensajes al Rey de la parte liberal de la Asamblea, y á las incesantes representaciones del bando servil dirigidas al mismo. Entre estas últimas, la más famosa fué la suscrita por sesenta y nueve diputados, que parece redactó, ó por lo menos firmó el primero, D. Bernardo Mozo Rosales (agraciado después por Fernando YII con el título de Marqués de Mata Florida), que empezaba con esta frase : «Era costumbre entre los antiguos j!?en<ías )), lo cual valió á sus

firmantes este apodo, con que después fueron conocidos en la historia.

El celebérrimo y cáustico escritor D. Bartolomé José Gallardo, en el periódico que á la sazón dirigía, y que titulaba La Abeja Madrileña, solia dar cuenta con su babitual ingenioso desenfado de las sesiones de aquellas Cortes , figurando escarceos y escaramuzas militares entre ambas tuestes liberal y servil, y apellidando con apodos de su cosecha á los diversos jefes ó paladines de ambos campos. Decíale á Arguelles, el Divino; á Calatrava, el Maestre; al obispo de Puebla, el Preste Juan; á Mozo Rosales, Muelle Jiojo ; á Calderón, Caldo 'pútrido; á Ostolaza. Ostiones, y á Martínez de la Rosa, que era el que siempre firmaba los partes, El Barón del Bello Rosal, general en jefe.

En medio, empero, de esta agitación febril, de esta

EXHUM. DE LAS VÍCTIMAS DEL DOS DE MAYO. 131

lucha encarnizada de las banderías pob'ticas, el solo recuerdo de una fecha vino á calmar las enconadas pasiones; vino á establecer una tregua, siquiera breve, en las intrigas políticas ; y esta fecha providencial, que acertaba á reunir á todos en un solo pensamiento, espontáneo, nacional, sublime, era la por siempre memorable del Dos DE Mayo.

Aproximábase, pues, el sexto aniversario de tan glorioso dia , y era el primero en que la capital del Reino, libre de franceses, podia conmemorarle. Las Cortes soberanas, que hablan declarado fiesta nacional aquella fecha, mártires de la patria á las víctimas madrileñas, y capitanes generales de ejército á los dos heroicos artilleros don Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, cometieron al Gobierno, al Ayuntamiento de Madrid y al Real Cuerpo de Artillería el encargo de celebrar con toda ostentación la memoria de tan gloriosa jornada, primera página de la sublime epopeya de la independencia española ; y preciso es confesar qxie el Gobierno , el Ayuntamiento , y sobre todo el Cuerpo de Artillería, acertaron á cumplir el precepto de las Cortes de una manera tal , que puede asegurarse que ni antes ni después ha tenido semejante en nuestras fiestas nacionales.

EXHUMACIÓN DE LAS VICTIMAS DEL DOS DE MAYO.

Habían acordado también las Cortes que el mismo dia 2 se trasladarían á celebrar sus sesiones en el edificio de D.* María de Aragón, preceptuando que para tal fecha había de estar terminado y habilitado completamente dicho edificio ; y no fué menester más para que el Ayun-

132 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

tamiento y el pueblo entero de Madrid, ante la mágica evocación del Dos de Mayo, acudiesen al llamamiento.

Hombres , mujeres y niños presentáronse en formidable falange á trabajar en el nuevo salón de Cortes ; los menestrales, los artesanos, los artistas acudían á contribuir con sus talentos á tan patriótica tarea; los obreros prestaban gratuitamente su cooperación material, y la gente acomodada pagaba jornales , ó enviaba á su costa los maestros y oficiales de su devoción. Con este concurso universal, espontáneo, patriótico, quedó en breves dias concluido y convenientemente decorado el grandioso salón, y terminada la fachada, pudo lucir, entre las estatuas de la Religión . la Patria y la Libertad , en una elegante lápida de mármol, escrito en letras de oro, el artículo de la Constitución que decia : «La potestad de

HACER LAS LEYES RESIDE EN LAS CORTES CON EL ReY.»

Al propio tiempo, en los dias que precedieron al célebre Dos , se procedió á la exhumación de los restos de los dos heroicos capitanes, que hablan sido inhumados en la iglesia parroquial de San Martin. Pero como esta iglesia habia sido derribada por los franceses, yacian bajo el solar que resultó anejo, como hoy lo está, de la plazuela de las Descalzas, Dicha iglesia tenía delantera, como casi todas las parroquias de Madrid, una lonja ó cementerio, que avanzaba hasta la embocadura de la calle de los Trujillos; y me fijo en este detalle porque recuerdo muy bien que esta parte del solar estaba cubierta de lápidas, algunas con epitafios y otras sin ellos, y recuerdo también que habia entre ellas dos pareadas , muy lisas y blancas y sin inscripción ni labor alguna, que nos servían maravillosamente para nuestras partidas de peón á los chicos, mis condiscípulos , y á mí cuando nos dirigíamos á cursar latinidad en la escuela de D. Blas Sánchez Puertas y D. Ramón Estabiel, en la vecina calle de las Hileras.

EXHUM. DE LAS VÍCTIMAS DEL DOS DE MATO. 133

Quizás bajo estas dos piedras se encubrían los féretros ({ue contenían los restos mortales de ambos capitanes , y de todos modos no me cabe duda en atestiguar que ellas y las demás lápidas fueron removidas en esta ocasión , tal vez para buscar la bajada á la bóveda de la iglesia. — Otra porción aun más numerosa del pueblo acudia principalmente en tales dias á aquella parte del Prado en que tantos infelices fueron inhumanamente sacrificados, y es aquella misma en donde boy se eleva el munumento fúnebre que soporta las urnas que contienen sus restos venerandos y es conocida por el Campo de la Lealtad. Habíase preparado una mesa de altar, colocándose encima una ancha urna para recibir los fúnebres testimonios de aquella horrible carnicería ; á medida que eran extraídos de los profundos fosos abiertos en derredor, y recogidos por los sacerdotes , y á su cabeza el virtuoso obispo auxiliar de Madrid , D. Anastasio Puyal , eran colocados en la urna fúnebre entre las oraciones del clero y los sollozos de apiñada muchedumbre , compuesta en gran parte de parientes inmediatos de aquellos infelices ; los cuales , á la vista de los cráneos deshechos, de las manos extendidas, de los pechos acribillados por las balas, prorumpian en profundos gemidos é imprecaciones contra sus verdugos, y caian de rodillas á los pies de los sacerdotes. Era una escena realmente terrible, conmovedora, que , fija hondamente en mi infantil imaginación, no ha podido borrar de ella el trascurso de tantos años.

Encargado, en fin, definitivamente de la fúnebre y patriótica solemnidad el Real Cuerpo de Artillería, habia hecho construir un magnífico carro triunfal. Componíase de un ancho zócalo, decorado en sus costados con relieves ó pinturas representando la escena de la defensa del Parque por los dos ilustres capitanes, sobre el cual, en sendos y elegantes féretros, reposaban los restos de am-

134 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

bos héroes, cubiertos aquéllos con armas j trofeos, palmas j coronas de laurel. A la parte delantera asentaba una estatua, que podía representar la Religión, por el símbolo de la cruz que tenía delante, ó la Patria , por el libro abierto que ostentaba entre sus manos, que, según algunos, era la Constitución, j yo creo más bien que significaba la Historia. En su página abierta se leia en gruesos caracteres esta palabra : c( Imitadlos. )) El león de España reposaba á los pies de la estatua, bollando con sus garras las águilas francesas , y unos vasos ó pebeteros inmensos lanzaban al aire aromáticos perfumes. A la espalda del carro se completaban las armas nacionales con el emblema de ambos mundos entre las colmnnas de Hércules, con el Plus Ultra de Colon, y por bajo de ellas cañones, banderas y trofeos militares terminaban armoniosamente la perspectiva. Este magnífico carro, que estuvo expuesto al público todo el dia 1.° de Mayo en el parque de Monteleon, honraba sobremanera á los artistas que lo ejecutaron y al Cuerpo militar que lo costeó.

SOLEMNE FUNCIÓN CÍVICO-RELIGIOSA.

Amaneció, en fin , la nueva aurora de aquel dia memorable, y por sexta vez los hermosos árboles del Prado veíanse esmaltados de un claro verdor : el estampido del cañón y el fúnebre clamor de las campanas vino á despertar á los madrileños y á recordarles que iban á celebrar por primera vez el glorioso sacrificio de sus padres, de sus hijos y hermanos. Todos acudieron presurosos á la cita al glorioso Campo de la Lealtad , en el cual se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa en un altar improvi-

SOLEMNE FUNCIÓN CÍVICO-RELIGIOSA. 135

sado, que sostenía la urna con los restos venerandos de las heroicas víctimas inmoladas en aquel sitio. Otra parte de la multitud dirigíase al parque de Monteleon, de donde habia de arrancar la fúnebre comitiva triunfal, representada principalmente por el Cuerpo de Artillería, que acertó á imprimirla un carácter verdaderamente clásico, magnífico j digno de la ciudad de Rómulo.

Precedida de banderas, palmas y trofeos militares, y de armoniosas músicas, que henchian el aire con marchas fúnebres y coros patrióticos y marciales, arrastrada por ocho caballos lujosamente enlutados y empenachados, marchaba la triunfal carroza, que soportaba los restos de Velarde y Daoiz. Ocho oficiales de igual ó superior graduación sostenían los cordones que pendían de las urnas, y el Cuerpo entero con sus numerosas baterías de cañones formaba el cortejo de sus dos ilustres capitanes. — Dirigióse, pues , la marcial comitiva por la calle Ancha de San Bernardo y Bajada de Santo Domingo al nuevo palacio de las Cortes, donde esperaban todos los diputados para incorporarse á ella ; después , y al frente de las Casas Consistoriales , las autoridades y el Ayuntamiento de Madrid con sus maceres y acompañado de los parientes de las víctimas , entonces muy numerosos ; y en estos términos se encaminó la fúnebre comitiva al Prado y Campo de la Lealtad. — Allí, y después de las preces religiosas entonadas por el clero delante del santo altar, incorporóse á ella otro carro asaz modesto, llevando la urna que contenia los restos mortales de los madrileños sacrificados en aquel sitio , con lo que completa ya la magnífica procesión , empezó á desfilar por la Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol, calles de Carretas y de Atocha á la de Toledo , hasta la iglesia del Santo Patrono de Madrid. En ella, en fin, y colocadas las tres urnas en un suntuoso catafalco, iluminado con cien blandones, cele-

136 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

bráronse las solemnes honras y oración fúnebre, concluyendo tan solemnísimo acto, á las cinco de la tarde, con las descargas de fusilería y el incesante estampido del cañón.

Imposible sería pintar aquí con sus vivísimos colores el entusiasmo patriótico, la unción religiosa con que el pueblo entero de Madrid asistió, ó más bien funcionó, en tan sublime ceremonia, nueva absolutamente en sus anales, por su origen, por su significación y por su forma. — Muchas y ostentosas solemnidades, más ó menos oficiales, ha presenciado después este pueblo sin tomar parte activa en ellas, y asistiendo como simple espectador á una representación teatral; muchos triunfos más ó menos justificados ha visto desfilar ante sus ojos; muchas ovaciones entusiastas ha prodigado una parte de la población, mientras que acaso la otra yacia encerrada, proscrita, ó huyendo de la arrogante triunfadora; muchas ostentaciones de adulación ha tributado ó visto tributar á monarcas, tribunos ó jefes de bandería; pero siempre ha quedado en la sombra otra parte del vecindario, que representaba con pena el papel del vencido ó humillado. — Pero el Dos de Mayo de 1814, todos los habitantes de Madrid, sin excepción alguna, se sentían animados de un mismo sentimiento, de una misma, aunque dolorosa satisfacción ; y hasta las diversas banderías de liberales y serviles venían á confundir su pensamiento ante una misma idea ; venían á rendir su tributo ante un mismo altar.

Unidos en armonioso grupo, por el momento, veíanse en la misma comitiva á los Ballesteros y á los Egm'as; á los Españas y á los Villacampas; á los Castaños y á los Empecinados ; á los Arguelles y á los Ostolazas ; los Calatravas y los Muñoz Torrero , con los Inguanzos y Mozo Rosales; á todos, en fin, los que militaban en tan opuestos bandos.

Al desfilar la imponente comitiva , la apiñada multitud

SOLEMNE FUNCIÓN CÍVICO-KELIGIOSA. 137

de espectadores se mostraba ganosa de conocer á muchos de aquellos ilustres varones, que tan alto renombre habían adquirido por su valor en el campo de batalla ó por su poderosa elocuencia en las Cortes gaditanas. — Pero entre todos los que llamaban sucesivamente la atención y las codiciosas miradas de la multitud, ninguno consiguió cautivar aquéllas y fijar tan hondamente su estampa en mi infantil imaginación como la de un joven apuesto y distinguido, de señoril talante, medianamente alto, de rostro enjuto y moreno, ojos árabes y rasgados, cabello negro y espeso, y cuyas facciones en general, aunque bastante abultadas, formaban, sin embargo, un semblante agradable y simpático. Vestia este diputado de rigoroso luto y etiqueta, calzón y media negra, casaca redonda con botón de azabache y abierta por delante , por donde dejaba ver una rica pechera de encaje, de cuyo tejido eran también los puños ó vuelos que asomaban á las bocamangas, con lo cual y el sombrero apuntado y elástico bajo del brazo , concluía la estampa de este personaje, que no era otro que el joven y ya célebre orador D. Francisco Martínez de la Rosa, á quien reconocía por caudillo la mayoría del Congreso , y por ídolo la juventud apasionada de la libertad.

i Quién habia de sospechar siquiera que aquellos ilustres varones, que aquellos acrisolados patriotas que hoy se mostraban á nuestros ojos sobre el pedestal de su gloria, hablan de verse pocos dias después aherrojados en inmundos calabozos, lanzados á los presidios africanos, ó escapando otros á extranjero suelo , huyendo tal vez del patíbulo que les preparaban sus perseguidores! (1).

(1) El Conde de Toreno, uno de los pocos que lograron escapar, vio premiados sus distinguidos servicios en favor de la independencia nacional con una sentencia de muerte. Arguelles , de

138 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Pero esta sangrienta fase de nuestra desgraciada historia forma ya capítulo aparte, y pertenece á otros dias distintos (aunque muy cercanos entre sí) del memorable que hoy me propuse reseñar.

Para terminar, pues, lo más dignamente posible mi narración, nada me ocurre mejor que estampar aquí el himno verdaderamente inspirado y patriótico que se cantó por los coros en aquel dia. Esta preciosa composición poética era obra del presbítero D. Antonio Sabiflon (autor de la tragedia Numancia), y que hoy, absolutamente desconocida, lo sería por siempre si mi fiel memoria infantil no la hubiera retenido durante más de sesenta años para proporcionarme la satisfacción de estamparla aquí :

Renovando la augusta memoria De aquel dia de luto y de espanto, Hoy sucedan al fúnebre llanto Ledos himnos de grato placer;

Y laureles de eterna victoria Den honor á las victimas fuertes , Que muriendo con inditas muertes, Libre á España lograron hacer.

Aun resuena confuso al oído El crujir de las armas feroces ,

acrisolada lealtad y severa elocuencia, fué destinado á servar en el fijo de Ceuta; Martínez de la Rosa y otros, al Peñón de la Gomera; Canga Arguelles y García Herreros , á Alhucemas; Gallego , Quintana , Beña y Sabiñon , ilustres cantores del Dos de Mayo, y hasta el eminente actor Isidoro Mayquez , que peleó en aquel glorioso dia , fueron encarcelados y proscritos ; y el insigne poeta Sánchez Barbero , autor de la famosa oda de que arriba se hizo mención, fué lanzado á expiar su patriotismo en el presidio de Melilla , donde le cogió la muerte en los brazos de Calatrava.

SOLEMNE FUNCIÓN CÍVICO-KELIGIOSA. 139

Aun se miran los hechos atroces Con que al pueblo el tirano irritó ;

Y se escucha el fatal alarido,

Y del bronce el estrépito hueco ;

Pero á par zumba plácido el eco

Que ¡venganza ! implacable gritó.

II.

A las armas el pueblo sañudo Corrió presto, y lidiando vaUente, De la pérfida y bárbara gente La insolencia llegó á castigar ;

Mas traición quebrantóle su escudo,

Y á traición ¡ ay ! cien héroes murieron. Que animosos é intrépidos dieron

Por la patria el postrer alentar.

Y empezamos la lucha gloriosa Que abatió á los esclavos guerreros,

Y entre tanto seis giros enteros Nuestro globo dio en torno del sol.

Y vencimos la gente orgullosa,

Y cayó de su trono el tirano,

Y á la Europa arrancó el yugo insano La energía del brazo español.

IV.

Y la sangre que un tiempo vertieran Esos hoy esqueletos callados.

Cada gota un millar de soldados , Cada herida produjo un laurel.

Vedlos ahí los primeros que dieran Nudo el pecho á la bala homicida ,

Y supieron sellar con su vida,

140 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Odio al déspota, amor á su Rey.

Clave en ellos el trémulo anciano, Clave en ellos el joven la vista,

Y su pecho en valor se revista ,

Y apelliden do quier ¡ Libertad !

¡ Libertad ! ¡ Libertad ! que no en vano Tanta sangre nos cuesta gozarla ; j Libertad ! que jamas derrocarla Será dado á la inicua maldad.

VI.

Esos restos de tanto valiente Que recibe la gloria en su templo. Sean siempre dignísimo ejemplo De valor é indomable tesón.

Si otra vez un tirano insolente Los derechos de España derrumba , Se alzarán de la cóncava tumba Por vengar otra vez la nación.

Mas por desgracia no se alzaron. — Dos dias después ( el 4 de Mayo) el ingrato Fernando firmaba en Valencia el funesto decreto por el que abolía la Constitución, las Cortes y todos sus actos, pretendiendo hacer retroceder la historia hasta 1808 y borrar de la serie de los tiempos los seis gloriosos años de la guerra de la Independencia española. — Ingratitud y torpeza política que no tiene semejante en la historia moderna, y que fueron, á no dudarlo, las generadoras de tantos levantamientos insensatos, de tantas reacciones horribles como ensangrentaron las páginas de aquel reinado ; y lo que es más sensible aún, que infiltrando en la sangre de una y otra genera-

SOLEMNE FUNCIÓN CÍVICO-RELIGIOSA. 141

cion sucesiva un espíritu levantisco de discordia, de intolerancia y encono, nos ha ofrecido desde entonces por resultado tres guerras civiles, media docena de Constituciones y un sinnúmero de pronunciamientos j de trastornos, que nos hacen aparecer ante los ojos de Europa como un pueblo ingobernable, como una raza turbulenta, condenada á perpetua lucha é insensata y febril agitación.

CAPITULO IX.

1814.

REGRESO DE FERNANDO VII.

Extraño j formidable contraste con el de la solemne ceremonia del dia 2, que queda descrita en el capítulo anterior, formaba el espectáculo repugnante que le tocó presenciar á Madrid nueve dias después, el 11 del mismo Mayo ; y hago esta distinción, porque en aquél el pueblo entero de la heroica villa era el que se movia, guiado por los instintos del más noble patriotismo, y en éste veia con dolor usurpado su nombre y hollada su dignidad por una turba grosera y alquilada, que se entregaba á los más abominables excesos.

Por muy opuesto que sea á mi carácter y al tenaz propósito con que he sabido conservar á mi modesta pluma en el más absoluto apartamiento de la política, no es posible en ocasiones como la presente prescindir de tomar en cuenta aquellos hechos históricos, que tanta influencia tuvieron en la marcha, ya progresiva ó ya retrógrada, de la civihzacion y de la cultura — que es lo que bien ó mal me propuse reflejar en estas Memorias, ayudado únicamente de mi buena fe, de mi independencia de los parti-

REGRESO DE FERNANDO VII. 143

dos y de la más absoluta veracidad. — Hecha esta sincera protesta, entro en la narración del grave suceso que en la primera quincena del mes de Mayo de 1814 dio un inesperado giro á la historia patria, y que tan funesta influencia tuvo en su desarrollo ulterior.

Sabido es que en la noche del 10 de Mayo de aquel año , y cuando las Cortes, aunque convencidas de la resistencia que ofrecía el Rey á jurar la Constitución, habian celebrado su sesión ordinaria, y retirádose á sus casas los diputados, bien ajenos por cierto de que el desenlace de esta situación habia de ser tan violento y fatal, el capitán general de Castilla la Nueva, D. Francisco Egm'a, nombrado previa y secretamente por el Rey para este encargo, y auxiliado de los alcaldes de Casa y Corte, se presentó en la morada de los Regentes — que la tenian en las habitaciones bajas del Real Palacio — y sucesivamente en las de los diputados conocidos por sus ideas políticas en sentido constitucional, las de los periodistas, literatos. y otras personas de diversas categorías, desde la de Grande de España hasta la de insignes comediantes ; todos losf cuales, conducidos á las diversas cárceles y cuarteles de la capital, quedaron reducidos á la más rigorosa prisión. A la mañana siguiente apareció el célebre decreto, firmado por el Rey en Valencia el 4 del mismo mes, en que, á vuelta de algunas frases consoladoras, tales como las de « ahorrezco y detesto el despotismo ; ni las luces y cidtura de las naciones de Europa lo sufren ya; ni en España fueron déspotas jamas sus reyes; ni sus buenas leyes y constitución lo han autorizado )) « Yo trataré con los procuradores de España y de las Indias y en Cortes legítimamente convocadas de establecer sólida y legítimamente caíanlo convenga al bien de mis reiiWs )), con otras muchas

declaraciones y protestas, todas en el sentido más lato y conciliador, concluia por anular las llamadas Cortes, la

144 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

Constitución y todos sus decretos y disposiciones, mandando que todo volviese al ser y estado que tenía en 1808.

Al aparecer en La Gaceta del 11 este Real decreto, la población de Madrid quedó suspensa y vacilante entre las más opuestas apreciaciones y dudosas esperanzas; pero muy luego hubo de salir de su error al saber las prisiones verificadas en la noche anterior y el terrible aparato con que se habia cuidado de revestir el golpe de Estado. Faltábala aún conocer la segunda parte del programa, elaborado, acaso sin su conocimiento, — quiero hacerle esta justicia, — por los pérfidos consejeros de Fernando; y esta segunda parte era el movimiento y manifestación j90- pular preparada con dos ó tres centenares de personas, de la ínfima plebe, reclutadas al efecto en las tabernas y mataderos, para salir por las calles ultrajando todos los objetos relacionados con el Gobierno constitucional, atacando á todas las personas que les cuadrase señalar con los epítetos de flamasones, herejes y judíos, al compás de los correspondientes gritos de / viva la Religión! ¡ahajo las Cortes I ¡viva Fernando VII! ¡viva la Inquisición! etc. — Con tales disposiciones, la turba hostil y desenfrenada corrió á la Plaza Mayor, invadió la casa Panadería, y arrancando la lápida de la Constitución (que se les señaló como símbolo), la hicieron mil pedazos, que metidos luego en un serón arrastraron por todo Madrid, y muy especialmente por delante de las cárceles y cuarteles, en donde se les dijo que estaban presos los liberales, redoblando allí los insultos, amenazas y tentativas más hostiles. Trasladáronse luego al palacio de las Cortes, — á aquel mismo edificio que pocos dias antes habia contribuido á decorar el vecindario de Madrid, — apedrearon y mutilaron las estatuas y letreros, invadieron la sala de sesiones y rompieron é inutilizaron todos los efectos que pudieron haber á las

EEGKESO DE FERNANDO VII. 145

mauos : todo con el encarnizamiento j saña propios de una horda de salvajes, y como si estuvieran — que sí lo estarían — embriagados de furor, contra objetos y personas que desconocian completamente y de los que no hablan recibido el menor agravio; y al paso, no satisfechos con las vociferaciones más horribles contra las personas de los presos y con las amenazas de muerte y exterminio, detenían á todo transeúnte que no se unia á ellos, y queen su semblante, su traje ó sus modales daba á conocer que no pertenecía á su clase y sentimientos ; y siguiendo sus dañados impulsos, arrancaban á unos el sombrero blanco ó la corbata negra, que eran, según decian, señales de jiamas07i; cortaban á otros las borlas de las botas, que entonces se llevaban por encima del pantalón ajustado, y á las mujeres las galgas, ó sean las cintas con que sujetaban el zapato, y llevaban entonces entrelazadas hasta la pantorrilla, echando todos estos objetos en el serón en medio de las carcajadas y los insultos más groseros contra los pobres pacientes. — Siento haber de decirlo, pero de todos los espectáculos de extravío popular más ó menos espontáneo que he presenciado en mi larga vida, el más grosero, repugnante y antipático fué sin duda alguna el que en aquel funesto dia me tocó contemplar en la plazuela de Herradores á mi salida del aula de latinidad, cuando se dirigían las turbas al monasterio de San Martin. Terminada al caer del dia aquella brutal algarada, los apalabrados tornaron satisfechos á sus tabernas á liquidar el precio de su hazaña, ó tal vez á recibir el jornal para repetirla al siguiente dia.

146 MEMOEIAS DE UN SETENTÓN.

II.

« ¡ Fernando ! ¡ Fernando ! ¡ Fernando !

Elegiste el cautiverio , y abandonar tu cuello inocente

A la cuchilla de un verdugo,

Antes de derramar la sangre de tu indefenso pueblo.

Pero de éste la prodigiosa constancia

Fatigó á la ambición misma;

Desmayaron los brazos del atónito tirano;

Madrid decora con el arco triunfal de Tito

El camino de tu libertad : Entra y descansa en el trono de tus mayores.»

Así decia en mediana prosa el tierno poeta D. Juan Bautista de Arriaza — único de los dignos de este nombre que habia podido escapar á la general proscripción — en el arco levantado en lo alto de la calle de Alcalá; y preciso es reconocer que por mucho que le autorizara la licencia poética, y por mucho que ligasen á este pundonoroso caballero sus compromisos de gratitud hacia Fernando, no es posible absolverle de haber llevado la hipérbole hasta falsear completamente la verdad histórica,, suponiendo en aquél hechos y propósitos que nunca tuvo ; así como también era un verdadero contrasentido el dedicar el arco triunfal del clemente Tito — las delicias del género humano — á quien venía fulminando proscripciones contra los mismos que hablan contribuido á salvar su trono.— Otras inscripciones en verso, no más exactas ni mejor inspiradas, ofrecía el tal arco , y los levantados en la Puerta de Atocha y en otros puntos de la población; obra todas ellas del citado Arriaza, quien desde este momento tomó, á lo que parece, á su cargo el papel de poeta oficial para ocasiones semejantes; cargo que por cierto no acertó á desempeñar, ya porque á su carácter repug-

REGKESO DE FEKNANDO Vil. 147

nára esta aduladora servidumbre, ó ya porque el tierno cantor de Silvia quiso acreditar aquel pensamiento que emitia en sus primeras composiciones :

«Mi musa no halla tonos Para cantar los tronos ,

Que cantar la beldad es mi destino.'»

Fernando hizo la entrada el dia 13, á las doce de la mañana, por la puerta de Atocha, engalanada y disfrazada también con emblemas y trofeos , y empezó á recorrer la extensa carrera, que no concluyó hasta dos horas después.— Las Cortes, en su inconcebible ceguedad sobre las verdaderas tendencias del Monarca y con su extremada suspicacia para obligarle á jurar la Constitución antes de entrar en su palacio, hablan tenido la donosa ocurrencia de cambiar esta carrera de una manera extraña, disponiendo, por consecuencia, que al llegar Fernando á la Puerta del Sol habia de torcer á la derecha para subir por las calles de la Montera, de Fuencarral, ¡del Desengaño!, de la Luna á la Ancha de San Bernardo y plaza de Santo Domingo hasta el Congreso, situado, como queda dicho, en el edificio de D." María de Aragón, donde habia de prestar el juramento, y seguir luego por la bajada de las Caballerizas — hoy calle de Bailen — al palacio Real.

No hay que decir que Fernando lo dispuso de otro modo, y llegado que hubo á la Puerta del Sol, en vez de torcer sobre la derecha lo hizo sobre la izquierda, subiendo por la calle de Carretas al templo de Santo Tomás, adonde habia sido trasladada la imagen de Nuestra Señora de Atocha, cuya iglesia y convento hablan convertido los franceses en cuartel y caballerizas; y cumplida esta piadosa costumbre de los monarcas españoles siempre que

148 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

entran en Madrid, siguió el Rey su marclia por la Plaza Mayor, donde los vendedores de comestibles, que la ocupaban casi por completo con sus cajones y tinglados, abrieron una calle central , que engalanaron con dos — si no eran tres — arcos de verdura, de los cuales se desprendieron coronas de flores sobre el carruaje Real á su paso por bajo de ellos.

Salió después la Real comitiva á las Platerías, y aquí, en el sitio mismo en que me tocó ver con mi familia la entrada de este mismo Fernando el 24 de Marzo de 1808, ó sea desde los balcones del sastre Domingo N. , que era en la misma casa , boy derribada , esquina á la calle de la Caza, fué también donde presencié el paso de la Real familia en este solemne dia , y pude apreciar (aunque niño todavía de pocos años) la diferencia substancial entre uno y otro recibimiento.

Aquél, como tuve ocasión de describir en el capítulo primero de estas Memorias, se distinguió principalmente por lo general y espontáneo; por la ausencia de accesorios preparados de antemano , tales como arcos de triunfo, formación de tropas, suntuosa comitiva y demás demostraciones oficiales; bastando sólo el entusiasmo público — que entonces rayó en frenesí — para ofrecer al monarca el testimonio más elocuente de una verdadera idolatría. Pero en la ocasión actual se comprende bien que no podia haber aquella unanimidad de sentimientos, después de los sucesos de los dias anteriores, que afectaban á mucha parte de la población. Sin embargo, no habré de negar que el concurso era numeroso y, en general, simpático al Monarca en la ocasión solemne de su llegada; que la parte más humilde y bulliciosa de la población se habia asociado con entusiasmo al movimiento, y que las autoridades, con sus disposiciones previas, habían cuidado de revestir el acto de modo que pudiera aplicarse-

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le la frase sacramental Je un entusiasmo imposible de describir.— Delante del coche cerrado en que venía Fernando con su hermano D. Carlos y su tio D. Antonio, marchaba una numerosa muchedumbre formando danzas vistosas y paloteos al son de la gaita y del tamboril ; grupos de desenvueltas manólas de Lavapiés con su traje clásico — que entonces brillaba en todo su esplendor — repicaban panderos y castañuelas; otros de robustos chisperos del Barquillo y Maravillas haciendo suertes de gimnasia, y aun pretendiendo abalanzarse al coche para arrastrarle por sus propias manos, á lo que se opuso muy cuerdamente Fernando, prefiriendo fiar su seguridad á la sensatez de sus muías, á ensayar los patrióticos arranques de este tiro casi racional. Seguia, en fin, al carruaje, no como de costumbre una escolta de Guardias de Corps, sino una verdadera división de ejército, al mando del general D. Santiago Witinghan, que se ofreció á escoltar al Rey hasta dejarle en el palacio de sus antepasados, que tan imprudentemente habia abandonado seis años antes.

Los festejos con que el pueblo y el Ayuntamiento de Madrid celebraron tan notable acontecimiento se limitaron á las acostumbradas iluminaciones (harto mezquinas entonces y primitivas ), á músicas y danzas de manólas por las calles (para lo cual se alzó expresamente la prohibición de semejantes bailotees , que según el bando de los alcaldes prevenían nuestras sabias leyes), á alguna que otra función de iglesia y corrida de toros; y hasta hubo que prescindir de las dispuestas en los dos únicos teatros, del Príncipe y de la Cruz, que eran Athalia, de

150 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Racine, y el Desden con el desden, de Moreto, po7' cierto acontecimiento acaecido á las compañías (según decia el anuncio), y este acontecimiento era simplemente la prisión de los dos actores principales y autores de ambas compañías, como entonces se decia, Isidoro Mayquez y Bernardo Gil, que á la sazón purgaban sus opiniones políticas en los calabozos de la cárcel de Villa.

Como ellos también, y repartidos en las diversas prisiones y cuarteles de Madrid, hallábanse aprisionados los eminentes poetas, los insignes cantores de la patria, de la libertad é independencia española y del mismo Fernando VII; Quintana y Grallego, Beña y Sánchez Barbero, Sabiñon, Solís, Tapia, etc., así como brillaban por su ausencia los que, como Melendez Valdés, Moratin, Reinóse, Lista y otros, tuvieron la desgracia de seguir el partido francés; con que quedaba el Parnaso Español desamparado y baldío, y el templo de las Musas falto de sacerdotes y entregado á los buhos y lechuzas que se albergaban en sus desvanes y quebraduras.

Estas alimañas, luego que se vieron solas y pudieron campear á su sabor en aquel sagrado recinto, agitando sus alas y extremando sus graznidos , diéronse á la más irreverente orgía é infernal aquelarre ; y apoderándose J insensatos I de las doradas liras y trompas épicas, que yacían abandonadas, y esforzándose á profanarlas con sus torpes dedos y con sus groseros labios, produjeron la más abominable algarabía , capaz de aturdir y sonrojar al mismo Apolo. Pero ellos, no obstante, pugnaron por salir á luz, y no encontrando para realizar sus pujos de publicidad otro vehículo que el vetusto Diario de Madrid (único periódico que con la Gaceta tercianaria, ó publicada cada dos dias, habia sobrevivido á la previsora prohibición del capitán general D. Francisco de Eguía y Letona), llenaron aquellas mezquinas páginas con cien macar-

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roñicas elucubraciones que llamaban poéticas ; décimas, sonetos, acrósticos y ovillejos, que así abundaban en inspiración como sus menguadas cabezas en seso. Todo en ■obsequio del suceso del dia, del regreso del Monarca y Real familia, llevando el apoteosis hasta los límites de la adulación más empalagosa.

Al frente de aquella cohorte de coplistas, madrigaleros, anacreónticos y elegiacos, descollaba el célebre don Diego Rabadán, que por sus circunstancias especiales ofrecía un delicioso tipo, que parece haber predicho Moratin en el retrato que hace del vate tuerto que arenga á Apolo en la ingeniosa sátira que tituló La Derrota de los pedantes. — No era, en verdad. Rabadán uno de aquellos copleros que con el solo auxilio de un consonante improvisan cuartetas, décimas y quintillas, no; era un ingenio original, aunque limitado; era todo un poeta extravagante, formado por múltiples y estragadas lecturas; que habia tenido la habilidad de identificarse con todo lo más ridículo, por lo altisonante ó chabacano, que habia leido; los retruécanos de León Marchante; los picantes equivoquillos, las sales culinarias de Gerardo Lobo; el hiperbólico estilo de Gracian ; la claridad tineblaria del Polifemo de Góugora; las agudezas de sor Juana; el laberinto de Villamediana ; todo esto habia encarnado en aquella mente, todo habia tomado en aquella prodigiosa memoria carta de vecindad. — Su escuálida figura y su carácter bondadoso y comunicativo ; su conversación amena y hasta interesante, en que se descubría un cierto devaneo de cabeza cuando trataba de materias poéticas, traian á la memoria al Ligenioso Hidalgo, bueno, apacible y hasta sensato no tratándose de sus desdichados libros de caballería. — Todavía recuerdo los buenos ratos que el amable Rabadán nos hacía pasar á mis condiscípulos y á mí cuando de vuelta del aula nos deteníamos á con-

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versar con él , sentado á la sazón en un banquillo, delante de su puesto de libros viejos, que le tenía en la fachada de la casa del Monte de Piedad, plazuela de las Descalzas.

Me he detenido algún tanto en bosquejar á este singular personaje casi literario, porque en el eclipse total que por entonces sufrieron las letras, la cultura j hasta el buen sentido, en aquella época de verdadero sueño intelectual, era Rabadán el representante genuino de ella, formando una verdadera secta ó escuela , que, seguida por otros muchos discípulos y admiradores, « de cuyos nombres no quiero acordarme », se encargaron de trabajar á su manera la musa castellana , que así como en el siglo xvii se apellidó Gon^orina á causa del inventor y patriarca del culteranismo, en los primeros años del siglo actual pudo y debió llamarse Rahadanesca en honor y gracia de su fundador.

Aplicando éste su insensata fecundidad al apoteosis del Monarca recien llegado, formó la asonantada crónica de sus hechos, de sus dichos, de sus pensamientos, estampando cotidianamente en las mezquinas páginas del Diario de Madrid cien sonetos, décimas, quintillas y laberintos, en que discurría á su modo sobre la entrada del Rey, sobre sus decretos y disposiciones, sobre sus visitas á los conventos, sobre su encuentro con el Viático, su asistencia á las procesiones, sus besamanos y ceremonias palacianas, etc. , etc. De este modo el nuevo Homero-Rabadán iba formando poquito á poquito , y casi sin sospecharlo, una nueva Odisea, digna por todos títulos de su protagonista. Y para que no se me tache de adolecer del achaque de satírico burlón, permitiráme el lector trascribir aquí algunas de aquellas composiciones /mgitivas del insigne D, Diego, á quien la picara posteridad ha descuidado, relegándole al olvido, que ciertamente na

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merecía : helas aquí, tomadas á la suerte Je las amarillentas páginas del .Diario de Madrid :

k LA LLEGADA DEL REY NUESTRO SEÑOR. ¡ Oh Fernando ! por tu amor Hoy este pueblo glorioso !áe muestra tan obsequioso Como antes en el valor, j Oh qué asombro ! ¡ qué fervor De júbilos é invenciones ! Y pues largas relaciones No las pueden explicar, Pongamos en su lugar Un millón de admiraciones!!!!!!!!

Este sí que es nuestro Rey, y no el intruso Pepino , Sin más Dios que el dios del vino , Baco, Cupido y su grey; Sin derecho , amor , ni ley ;

Pero este punto dejando

Vamos todos entonando Con voces muy expresivas ¡Veinte millones de vivas A nuestro amado Fernando !

SONETO.

España triste por su Rey ausente. En horrores de fuego , sangre y llanto Sufrió seis años el mayor quebranto , Pues no hay historia que un igual nos cuente.

¡ Oh vil Napoleón ! i Voraz serpiente !!! ¡Oh fiero monstruo de infernal espanto !!! El móvil eres de trastorno tanto , Y el orbe entero tus rigores siente.

El hispano valor y su constancia, Por Religión y Patria peleando , Humillaron ¡ tirano ! tu arrogancia.

Dios á tan justa causa prosperando. Libró del cautiverio de la Francia A nuestro amado Rey. / Viva Fernando!

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Y aunque apartándome algún tanto de la época que recorro, j con el objeto de dar á conocer la segunda manera ó estilo de este insigne vate, estamparé aquí el lúgubre soneto en que prorumpió á la muerte del infante D. Antonio, en 1817 :

Ya vencidos de Aquario los rigores Que aprisionan á líquidos cristales ,

Y del Aries y Tauro criminales Eesultas de los eólicos fiu-ores :

Cuando Febo aproxima sus ardores, Desatando á Neptuno los raudales,

Y Amalthea sus galas y caudales Manifiesta con célicos primores :

Quiso el cierzo terrible y dominante De su cruel aridez dar testimonio , Arruinando á la España su Almirante.

¡ Neptuno, Thétis, Céfiro y Favonio Eterno mostrarán llanto abundante. Pues falleció el infante D. Antonio ü!

Este capítulo, que va se va haciendo algo pesado, j que empezó con achaques de drama , habrá de concluir con un divertido saínete, en que le tocó hacer la triste figura de víctima al pobre muchacho de once años escasos, que con otros sesenta j cuatro encima se atreve hov á consignar sus recuerdos infantiles.

Con el ademan resuelto y paso acelerado del escolar que se dirige al aula, sonadas ya las ocho de la mañana, alta la cabeza j cubierta con la gorrilla apellidada entonces de cachucha , llevando á su espalda el enorme cartapacio henchido de Nebrijas j Florilegios, Tesauros y Calepinos, Horacios y Cicerones, descolgábase el susodicho rapaz, una de las mañanitas del mes de Junio de 1814, de la altura en que estuvo la antigua parroquia de San Martin, para entrar en la callejuela que corre por lo bajo

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y que entonces llevaba el título de la Bodega, y hoy, considerada como prolongación de la de las Hileras, que tiene al frente, ha compartido con ella este último nombre. Iba ya muy próximo á cruzar la del Arenal para dirigirse á lo alto de la de las Hileras, en donde, como ya se dijo, estaba el aula de latin, cuando se vio de improviso bruscamente detenido en su marcha por dos personas de elevada estatura y solemne andar, vestidas ambas de paisano y con la casaca-frak de ancho cuello y solapas vueltas , que era entonces de uso general y á todas las horas del dia; marchaba, pues, el más corpulento al lado de la acera, ó más bien de las casas — porque entonces sólo algunas calles poseian unas cuantas estrechas y desquebrajadas losas, ó piedras de molino con pretensiones de acera — y ala parte del arroyo ( que á la sazón corria por enmedio de la calle ) el más estirado y marcial. — El muchacho, que se vio detenido en su atrevida marcha por aquel par de colosales figuras, detúvose algunos momentos como indeciso entre echarse afuera ó penetrar por enmedio de ambos con natural é infantil descortesía; lo que observado por el que marchaba hacia el medio de la calle, y también que el muchacho imprudente fijaba la vista con señales de sorpresa en el semblante de su acompañado — que solia encubrirle de vez en cuando con su pañuelo blanco — alargó bonitamente su mano hacia el chico, y «con la pacífica violencia é incontrastable rigidez de la trompa de un elefante» — como diria mi buen amigo el ilustre autor del Sombrero de tres picos — impulsó hacia afuera á la humilde personilla, hasta hacerle dar con las posaderas en medio del arroyo, que por fortuna «staba en seco á la sazón.

' Ambos personajes — porque ya no cabia dudar que lo eran — siguieron tranquilamente su camino en dirección á la plazuela de las Descalzas, y hasta tuvieron la digna-

156 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

cion ¡ oh bondad ! de volver de vez en cuando el risueño semblante á contemplar al pobre chico , que sentado en medio de la calle les siguió con miradas codiciosas hasta que doblaron la esquina; sacudió entonces lo mejor posible sus empolvadas asentaderas, recogió y compuso su cartapacio repleto de grandes hombres , y corrió al aula vecina, adonde entró con grande algazara, diciendo que acababa de tener un encuentro — pero ¡qué encuentro! — nada menos que con el rey D. Fernando VII en su misma mismidad, y para hacer más sensible la verdad de su aserto, avanzaba el labio inferior y con el dedo índice oprimía la punta de la nariz , hasta hacerla casi tocar con él; y los muchachos á reir que reirás, negándole la verdad de su relato, y el dómine, entre risueño también y severo, amenazándole con las disciplinas que en la mano tenía, con acabar de espolvorearle el envés; y el muchacho á jurar y perjurar que era cierto lo que decia; y la escuela, en fin, convertida en una leonera, ó como si dijéramos, en un Parlamento el dia de interpelación.

A la mañana siguiente apareció en el Diario de Madrid el cotidiano soneto del insigne Habadan con el epígrafe que le encabeza , y decia de esta manera :

c( Noticioso el Rey nuestro Señor ( Dios le guarde ) »que las monjas (en general) tenian vivas ansias de co- ))nocer y tratar á S. M. , ha tenido á bien el complacer- ))las, visitando á todos los conventos en varios dias.»

SONETO JOCO-SERIO.

«Nuestro benigno Rey (¡que de los cielos Parece que ha venido en coyuntura Que los llantos , la pena y amargura •

Tenian á Madrid ahogado en duelos ! )

))Con piadosos benéficos anhelos, Y de su amable trato la dulzura

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Por mil caminos nuestro bien procura , Haciendo generales los consuelos.

)) Las pobrecitas vírgenes claustrales (No menos que de Dios santas esposas, Y por cuya oración cura los males )

» De tratar á su Rey están ansiosas : Fernando, con entrañas paternales, ¡¡ Ha dado en visitar las religiosas!!»

— ¡Tate! — dije yo entonces para mi capote, al leer este soneto — pues ya está sabida la razón del jwr qué Fernando YII iba tan de mañanita por la calle de la Bodega de San Martin con su inseparable capitán de Gruardias duque de Alagon, Sin duda iba á visitar á las señoras Descalzas Reales. Yo se lo preguntaré mañana á mi amigo Rabadán. — Pero al dia siguiente ¡cosas de muchaclios! se me olvidó.

De todos modos, y aunque algún indigesto crítico ridiculice por lo trivial, aunque frecuente y característica en aquellos tiempos, esta entrevista, aproximación, encaramiento ó como quiera llamarse, con el que entonces encabezaba sus Reales Cédulas, no sólo con los títulos de Rey de Castilla, de León, de Aragón, etc., sino también con los de Las Dos Sicüias , de Jerusalen, de Cerdeña, de Córcega, de Gih'altar y de los Algarhes , Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, Conde de Harspourg , Flándes y el Tirol, dicha escena no puede calificarse de modo alguno de humillante ni provocativa á la risa, antes bien muy honorífica para el muchacho, que, cubierto y sentado en la presencia del Monarca, no hubo de aguardar á que éste le autorizase para ello con la fórmula acostumbrada de dSentaos y mdjrios.'»

CAPITULO X.

1815-1816.

MADRID Y LOS MADRILE5fOS.

Aprovechando el período de calma relativa, y exento de grandes peripecias históricas, que empezó en 1815, paréceme del caso desplegar ante los ojos del lector un traslado fiel, y según me lo refleja mi memoria, del estado material y social de la villa que entonces todavía se titulaba « la capital de dos mundos » ; arrogante dictado, que contrastaba ciertamente con el escaso desarrollo de sus condiciones materiales, de su prosperidad y de su cultura. — De este modo, y señalando el punto de partida de esta ojeada retrospectiva , podré luego, en las ocasiones convenientes , ir consignando el progreso sucesivo de la civilización en todas sus manifestaciones, y dar á conocer los adelantos que una Administración más celosa y entendida ha podido realizar, correspondiendo á las justas exigencias de una sociedad más adelantada.

El mismo dia 13 de Marzo de 1814, en que entró Fernando VII en la capital, publicóse la Real Carta dirigida *íÁ los Alcaldes, Regidores y Ayuntamiento de la mi Villa

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. 159

"» de Madrid'», en que, «dándose S. M. por muy servido »?/ obligado de las pruebas de valor y de fidelidad hacia »su Real persona dadas por esta Villa, y especialmente en ))el memorable Dos de Mayo, tenía á bien concederla el ))dictado de Heroica, para añadir á sus timbres de Muy Dnohle, Muy leal y Coronada, y á su Corporación muni- ))cipal el tratamiento de ExcelenciaD, etc.; cuya Real Carta fué publicada en los singulares términos siguientes : (i Sabio y prudente pueblo de Madrid : Tu Ayuntamiento y>ha recibido con esta fecha la Real Carta siguiente», etc.

Pero al mismo tiempo que esta distinción , harto merecida, recibía Madrid, como veremos, con arreglo al Real decreto de 4 de Mayo, que ordenaba «volver las cosas al ser y estado que tenian en 1808» — otra disposición que, aunque lisonjeara su orgullo histórico, tendia á constituirla de nuevo en su secular imnovilidad, retrogradando no sólo á dicha fecha de 1808, sino hasta veinte años más allá, ó sea hasta 1788, en que falleció Carlos III, único monarca que imprimió á Madrid algún movimiento, y la dotó de casi todo lo grande que aun hoy dia ostenta. Porque ni durante el largo reinado de Carlos lY apenas se sostuvo aquel movimiento, ni tampoco el Gobierno de José Bonaparte pudo hacer otra cosa que preparar proyectos de mejora, convirtiendo por de pronto en ruinas, siempre lamentables , los espacios que se consideraron oportunos para efectuarlos.

El Ayuntamiento perpetuo de Madrid, pues, cuyos regidores tenian sus títulos ú oficios , enajenados de la Corona, por juro de heredad, y que muchas veces, arrendados por sus propietarios, viudas y menores, eran servidos por tenientes ó sustitutos, podia considerar dichos oficios naturalmente como una finca de su propiedad, dotada con sus correspondientes consignaciones y rentas; y por consiguiente — salvas algunas honrosísimas excep-

160 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Clones — solia descuidar en todo ó en parte el desempeño de un cargo delicado, y que, ademas del sentimiento patrio y de amor á la localidad, exige condiciones especiales de carácter, de observación y de estudio.

Si tenemos ademas en cuenta que la ciencia de la administración económica de las poblaciones no habia aún nacido, ó estaba, puede decirse, en mantillas, y que el Ayuntamiento de Madrid, influido y casi dominado por la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, y abrumado bajo el peso del omnipotente Consejo de Castilla , estaba presidido por un corregidor, por lo regular salido de las salas de aquellos tribunales ó de las antecámaras de palacio , nada entendido por cierto en materia administrativa ; que compartía con dos tenientes letrados y con los alcaldes de Casa y Corte la jurisdicción ordinaria de la villa; no habrá de extrañarse que en tan intrincado laberinto y mezcla de atribuciones, la Corporación municipal, que apenas hallaba espacio para moverse dentro de la estrecha órbita que le dejaba libre aquella máquina complicada, poco ó nada pudiese hacer para plantear con mano poderosa cualquiera idea de mejora positiva, cualquier adelanto en la prosperidad de la villa bajo los diversos aspectos de su seguridad , salubridad, comodidad y ornato, que son los objetivos de toda buena administración municipal.

II.

Encerrado Madrid desde principios del siglo xvii en su antiguo recinto— cuyos límites no ha llegado á traspasar hasta la última veintena — conteniendo á la sazón una población que no excedía de 160.000 habitantes — casi la tercera parte de la que hoy sustenta — hallaba ocupado entonces su perímetro en su parte principal por unos se-

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tenta conventos (aun después de los cinco ó seis derriba-: dos por los franceses), que no sólo llenaban, por lo general, sendas manzanas, sino que poseían ademas las contiguas, que estaban reducidas á la más raquítica condición como propiedades explotables, en casas mezquinas, ruinosas ó descuidadas ; del mismo abandono participaba ademas el resto del caserío, por lo regular afecto á capellanías, mayorazgos ó mostrencos (ignorados), ó sea á manos muertas, como entonces se decia, y cuyo aspecto repugnante y ruinoso denunciaba la fecha de un par de centurias.

Formaba dicho caserío, con mil irregularidades de alineación , calles estrechas, tortuosas y desniveladas , asombradas por las paredes de los conventos y sus extendidos huertos, sin empedrado muchas de ellas, y las demás cubiertas de una capa movediza de agudos y desiguales guijarros y algunas losas estrechas y resquebrajadas á guisa de aceras. — Obstruidas dichas calles por los puntales y escombros de las fincas ruinosas, y por la preparación de los materiales para las obras ; por las basuras que en medio de ellas colocaban los vecinos, para que dos veces por semana fuesen recogidas alternativamente por los barrenderos; rebosando los pozos inmundos por encima de las losas, y ensuciadas las esquinas y los quicios de las puertas por causa del desaseo general y de la falta de recipientes ; estas calles, así dispuestas, estaban interceptadas ademas á todas horas por multitud de perros , cabras, corderos, cerdos, pavos y gallinas, que los vecinos de los pisos bajos sacaban á pastar á la vía pública; — por las recuas de asnos retozones que acarreaban el yeso y la cal para las obras; — por las caballerías que, cargadas de inmensos serones llenos de pan ó de reses muertas pendientes de garfios, servían para distribuir á las tiendas estos alimentos , sobre los cuales descansaban los inmun-

162 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

dos pies del jinete conductor; — por los mozos de cuerda cargados de los muebles en las mudanzas de las casas, y con los mismos muebles entrando en ellas por los balcones, porque no permitia otra cosa lo estrecho, empinada y oscuro de las escaleras, y por las bandadas de muchachos baldíos que jugaban al toro ó se apedreaban. Esto durante el dia, que por la noche estaban alumbradas nominalmente por menguados farolillos colocados á largos trechos, y que por su escasa luz sólo servían para hacer perceptibles las tinieblas, y amenizadas ademas con la limpieza de los pozos, que, á falta de alcantarillas ó cloacas, tenía que hacerse á mano y con ayuda de los carros á que dio nombre el general Sabatini. — Tal era el aspecto material de la heroica villa , y tales las condiciones á que la relegaba su menguada policía urbana, y que hoy buscaríamos inútilmente semejantes aun recorriendo las incultas poblaciones de la vecina costa de Berbería.

Esto en cuanto á la salubridad, comodidad y ornato de la corte, que si tocamos en el punto de la seguridad material, sólo habré de decir que era tal, que cada una de las estrechas , mezquinas é indecorosas casas de la población estaba convertida en una fortaleza , con gruesos portones claveteados profusamente, llaves, cerrojos y barrotes de hierro y trancas de madera en todos los balcones y ventanas , para defenderlos de cualquier asalto á mano armada ; que el tránsito por las calles, oscuras y solitarias desde las primeras horas de la noche, podia considerarse como temerario, á menos de ir acompañado de un sereno, de un criado, ó por lo menos de un estoque en la mano derecha y una linterna en la izquierda. — Aun por el dia estaba limitado el movimiento de la población á las calles centrales entre las de Atocha, de Alcalá y de la Montera: todo lo que era salir de allí y penetrar en las barriadas hostiles de Lavapiés y la Inclusa al Sur, ó del Barquillo

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. 163

y Maravillas al Norte, era imprudente y arriesgado. En vano la autoridad, que por otra parte estaba desarmada, sin más fuerza que la de algunos alguaciles con sus varas de junco, desplegaba el más terrible rigor contra los malhechores ; en vano se reprodujo la tremenda ley recopilada sobre robos en la corte y despoblado; en vano los severos alcaldes de Casa y Corte , distribuidos por cuarteles, sentenciaban diariamente y condenaban á la última pena á los reos; en vano la Comisión militar permanente les ayudaba en este riguroso ejercicio ; en vano unos y otros ahorcaban , fusilaban, descuartizaban y colocaban en los caminos los restos de los penados ; restos que, recogidos el Sábado de Eamos por las hermandades de la Paz y Caridad, eran expuestos al público al pié de la torre de Santa Cruz ; horrible espectácvdo que corría parejas con el que soKa haber enfrente , delante del edificio de la Cárcel de corte , donde se veia casi diariamente algún cadáver desconocido hallado en las calles ó en los campos, y ocasionado en riña ó accidente — casi ninguno por suicidio, que entonces eran muy raros — siendo más bien resultas de la miseria y abandono. Porque entonces el enfermo, á pesar de tantos hospitales con cuantiosas rentas y con encopetadas juntas, no solía encontrar en ellos la necesaria asistencia ; los indigentes carecían de asilos, y la mendicidad estaba amparada sólo por la sopa de los conventos ó la ronda de pan y huevo.

Y para hacer más perceptible este desorden, este abandono de todos los principios más rudimentarios de la ciencia administrativa, me permitiré rasguear aquí alguno de los casos ó episodios acaecidos en aquel mismo año (1815), que prueba hasta la evidencia lo desamparadas que estaban por la autoridad la vida y hacienda de los habitantes.

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En la noche del 17 de Abril de aquel año estalló un •violento incendio en las casas situadas en la Puerta del Sol, frente á la casa de Correos, tomando desde el principio tan crecidas proporciones, que muy luego pudieron augurarse los más funestos resultados.

Al tañido de las campanas acudieron, como de costumbre, las autoridades municipales j sus dependientes, con los cortos medios que entonces contaban para combatir tales siniestros. Pero ellos eran tales, que no alcanzaban á atajar en poco ni en mucho la marcha del voraz elemento. Seguidamente fueron llegando al sitio de la escena los alcaldes de Casa y Corte, las autoridades militares y civiles , hasta el Presidente del Consejo de Castilla, que era entonces la más encopetada. — Formóse una Junta magna en la casa de Correos, y allí, en presencia del siniestro, procuraron acordar las medidas convenienr tes para combatirle; pero es el caso que ni los medios materiales, ni el personal alcanzaban, y de aquí la razón de que los Alcaldes mandasen embargar á todos los aguadores de las fuentes públicas para que acudiesen al incen- ■dio con sus cántaros de cobre; á todos los carpinteros y albañiles, con sus herramientas, y á todo transeúnte, en -un radio muy extenso , para obligarlos á prestar su auxilio manual. — Pero esta misma confusión producía un gran desorden; y los arquitectos tampoco ofrecían grandes pensamientos para combatir las llamas, que iban apoderándose de toda la manzana. En este conflicto se proponían en la Junta las ideas más extrañas. El Capitán •general, por ejemplo, era de opinión de combatir el fuego con la artillería, á fin de reducir á escombros la manzana incendiada ( histórico ) ; el Vicario opinaba sacar en procesión el Santísimo de la parroquia de Santa Cruz ó la imagen de San Isidro Labrador, como.se hizo en el famoso fuego de la Plaza Mayor en 1790; y los. Alcaldes,

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. 1()5

^ue allí mismo se fusilase al ladrón que quisiese aprovechar el desorden. — Entre tanto , las jeringas de la villa, ó sea los cubetos de la limpieza nocturna, únicos medios de que sepodia disponer, no funcionaban; los operarios se aturdían; todo el mundo mandaba y de nadie era obedecido; los habitantes de las casas, ó arrojaban los muebles por los balcones, ó se arrojaban ellos mismos, y el espanto j la confusión eran generales. — Resultado : que á la mañana siguiente habia desaparecido la manzana entera de casas, que comprendía diez y seis ó diez y siete, y que daba vuelta por las calles de Preciados, de la Zar- 2a y callejón de los Cofreros, que hoy no existen; y como no habia compañía ninguna aseguradora, ni la hubo hasta 1821, en que el honrado y benemérito patricio Z). Manuel María de Goyiñ fundó la Sociedad de Seguros Mutuos, modelo de sencillez y filantropía, quedaron completamente arruinados los propietarios de las casas y los inquilinos ó arrendatarios.

Pocos dias después ocurrió otro desmán, aunque no tan trágico como el anterior, antes bien, tocando en el género cómico con sus puntas y ribetes de grotesco. — Y fué el caso, que en uno de aquellos chaparrones que tan frecuentes eran entonces en Madrid — y ahora, por las razones que explicarán los hombres de ciencia , se han hecho tan raros — se vieron instantáneamente inundadas las calles de la capital por las aguas que recibían en sus arroyos centrales del sinnúmero de canalones salientes que entonces tenían todas las casas, y que formando con sus curvas una vistosa perspectiva — para el que los contemplaba desde su casa — se cruzaban en las calles estrechas, y formaban instantáneamente arroyos, verdaderos rios invadeables, precipitándose por las pendientes hacia los peligrosos sumideros que habia en los extremos de la

166 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

población, tal como á la entrada del Prado en la calle de Alcalá, en la del Arenal cerca del teatro de los Caños, en la famosa alcantarilla ó sima de Leganitos, j otros sitios, los cuales apenas podian dar entrada por sus anchas bocas á los torrentes de agua que se reunían en torno sujo. ■ — En estos casos cesaba casi por completo la circulación de gentes por las calles ; cerrábanse los portales y tiendas, muchas de las cuales eran verdaderos subterráneos ( como aun se ven dos en la Carrera de San Jerónimo , y otras bajo las gradas de la iglesia del Carmen), y se sacaban de los depósitos, custodiados en el portalón del Conde de Oñate, en la casa Aduana y otros puntos, los pontones de ruedas que los mozos de cuerda explotaban, exigiendo al transeúnte la limosna de dos cuartos por arriesgarse á atravesarlos.

Para los muchachos, en general, tales dias eran de jolgorio y de grande espectáculo , y todas las escuelas se velan instantáneamente vacías de la turba infantil, que acudia á cruzar los puentes, siempre por el lado más peligroso, y singularmente á la entrada de la calle Mayor, delante de las gradas de San Felipe el Real, bajo las cuales se abrian treinta y cuatro tenduchos, que, con el nombre de las Covachuelas, eran el depósito envidiado de muñecos, juguetes y cachivaches, y que por su escalinata casi subterránea ofrecía á las aguas la más cordial acogida. — Aquel dia las esperanzas de la gente menuda no quedaron defraudadas, y sus malignos instintos fueron ampliamente satisfechos, porque inundados por completo aquellos chiribitiles, y desamparados por sus atribulados dueños, que se subieron á las Gradas para salvar al menos su vida, el torrente devastador sacó á flote toda la inmensa falange de muñecos, tambores, juguetes y carricoches, que los picaros muchachos — entre los cuales tenía la honra de contarme — contemplábamos con fruición

MADRID Y LOS MADRILEÑOS* 167

flotando rio abajo en demanda de la empinada y agreste cuesta de la Vega, convertida instantáneamente en cascada, para acrecer con sus aguas las escasas del pacífico y hora orgulloso Manzanares. — Así pereció una población entera de figuras y caballos de pasta; una cosecha <le artefactos y utensilios que contaban tener mejor colocación en la próxima feria de San Mateo; un caudal modesto y un plantel de esperanzas para los tristes dueños, cuyas exclamaciones, cuyos gestos y ademanes al contemplar aquel espectáculo desde lo alto de las Gradas, enternecerla el corazón más duro , si los muchachos fueran capaces de enternecimiento. — Y la Corporación municipal, tan fresca é inmutable, y el Conde de Mote zuma , de J^ula y de Tultengo, señor de Tenebron, vizconde de linean, Corregidor de esta M. H. villa, se contentó con publicar al siguiente dia el obligado bando para que los vecinos de las tiendas y cuevas inundadas procediesen á su limpieza y desahogo, y que el que hubiese echado de menos un perro, una cabra, un niño, ó cosa tal, acudiese á dar las señas por si pudieran ser identificados sus cadáveres en las entradas de las alcantarillas ó en las presas del canal (1).

(1) De la insignificante administración ele este personaje, que duró dos años, desde 1814 á 1816, poco puede decirse que merezca aplauso ni censura , y sólo por memoria consignaré la celebridad que bajo otro aspecto adquirió en la opinión de los desocupados de Madrid — que solian ser entonces las dos terceras partes de la población. — S. E. , en su calidad de Juez protector de los teatros del reino , cuyo cargo iba anejo al Corregimiento de Madrid, no consta tampoco que adelantara ni protegiera al arte de Talía; pero era voz general que se esmeraba en j^^oteger á una linda bailarina, llamada Antonia Molino, que formábalas delicias de los aficionados al bolero y la guaracha , el zajjateado y el paspié. Era tan general la opinión del devaneo del señor Corregidor, que los ciegos papeleros desenterraron, para abusar del retruécano,

168 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Tal era el Madrid material que nos dejaron nuestros padres — poco más ó menos, es cierto, del que ellos habían recibido de los suyos. — Nuestros hijos y nuestros nietos, que hoy le habitan en tan distintas condiciones, podrán hacernos, si gustan, la justicia de reconocer que algo hemos hecho en su obsequio, algo hemos servido á la causa de la civilización y de la cultura.

En cuanto á la vida animada de los habitantes de Madrid, dentro del reducido círculo de aquella prosaica sociedad, poco puede decirse que de contar sea, reducida, como lo estaba, á vegetar materialmente y á subvenir á sus escasas necesidades y recreos con el producto de sus diversas profesiones, empleos ú oficios.ÍPueblo entonces sin industria, sin agricultura ni comercio y casi sin propiedad, Umitado en sus aspiraciones á muy estrecho círculo, veia pasar los días, los meses y los años en una inercia

un añejo romance, que iban pregonando y cantando por las calles, en estos términos : A dos cuartos, el famoso romance de el Corregidor y la Molin...era , y luego rompian á cantar en el tonillo sobrado conocido :

En Jerez de la Frontera Habia un molinero honrado, Qne ganaba su sustento Con nu molino arrendado.

Y era casado Con una moza Como una rosa ;

Y era tan bella ,

Que el Corregidor del pueblo Se prendó de ella.y)

. De este romance ha formado mi amigo Alarcon su deliciosa leyenda de El Sombrero de tres picos.

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. l69

verdaderamente oriental. — Contento con su apacible mo^ notonía , sorbía diariamente su chocolate del fabricante Torroba, con su bollo de Jesús; tomaba las once con sii panecillo empapado en vino; comia á las dos en punto su inmemorial olla de garbanzos , consumida la cual, suspendía basta el dia siguiente todo trabajo mental, haciendo su par de horas de siesta j emprendiendo luego sus higiénicos paseos hacia la Florida, en la puerta de San Vicente, ó las Delicias, en la de Atocha (que eran los únicos de las afueras que ostentaban algún arbolado), ó á los Tejares en la parte alta, donde ahora es Chamberí, ó en fin, siguiendo los caprichos de la moda, á la polvorosa j absolutamente desnuda carretera ó camino real de Aragón, fuera de la puerta de Alcalá (1)J

Terminado al anochecer su cuotidiano paseo, el honrado vecino de Madrid , acompañado ó no de su apreciable familia, entrábase á refrescar las fauces con un vaso de limón ó de leche helada en la botillería de Canosa, oscuro

(1) En los primeros meses de 1816 el Rey dio en frecuentar este paseo, y á consecuencia de ello, lo más escogido de la sociedad matritense se lanzaba , ataviada con sus mejores galas , á esta polvorosa y mal cuidada carretera. A cierto punto de ella, y donde llegaban los paseantes, hacia la esquina del Retiro, el Rey se apeaba, y con muy contadas personas se dirigía á pié hasta el Portazgo , ó sea la venta del Espíritu Santo , con el objeto de dar un corto paseo para combatir los ataques de gota, de que ya estaba amagado. Pues este sitio, solitario y sombrío, fué , según se dijo, el escogido por un insensato obscuro, llamado Richard, para perpetrar un atentado contra la vida de Fernando; mas como no había periódico alguno , el pueblo no se enteró de ello hasta que, sustanciada la causa en breves dias, vio á Richard subir al patíbulo, y su cabeza, encerrada en una jaula de hierro , colocada en este mismo sitio , con lo cual los paseantes cambiaron de rumbo, dejando á éste en su antiguo aspecto y condición de solitaria carretera.

170 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

chiribitil situado en el esquinazo de la Carrera de San Jerónimo á la de Santa Catalina, y se retiraba á su casa para entablar con sus amigos la partida de Malilla ó Mediator hasta las diez, en que, después de una modesta cena, íbase á acostar; si no es ya que en los dias más solemnes ó de los santos de la familia se animase á entrar en cualquiera de los dos teatros ó coliseos del Príncipe y de la Cruz, á entusiasmarse con las habilidades del Mágico de Salerno, Pedro Bayalarde , ó con las vivas sensaciones que le producian Las Ruinan de Babilonia. — Tenía ademas el honrado vecino de Madrid, para amenizar algún tanto su vida circular, varias festividades alternativas, según las diversas estaciones : — sus fiestas de Pascua y de entrada del año; — sus manteos de peleles y juegos de gallos en el Carnaval, en los barrios de Lavapiés y de San Antón ; — sus vistosas procesiones de Semana Santa y del Corpus, y otras varias ; — sus rosarios cantados de noche y solfeados á la aurora; — sus agitadas verbenas de San Antonio, San Juan y San Pedro, en las cuales no era caso raro el que un buen padre de familia viese escamoteada , no ya su bolsa ó su reloj , sino su propia esposa ó sus hijas por Tenorios desalmados; — sus corridas enteras de catorce toros todos los lunes, por mañana y tarde ; — sus establecimientos balnearios de esteras sobre las escasas aguas del sebiento Manzanares ; — sus tumultuosas ferias en la plazuela de la Cebada, — y sus agitadas y borrascosas misas del Gallo en la noche de Navidad. — La parte de población más dada á la vida pública ó extramuros de sus casas, á falta de Academias, Ateneos, Liceos y Casinos en que pasar las primeras horas de la noche en sabrosa plática , podia optar entre los ahumados y estrechos aposentos del café de Levante ( calle de Alcalá, frente al Buen Suceso ) , donde engolfarse en una interminable partida de chaquete ó de aje-

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. 171

drez; ó en último recurso, entretener algunas horas de la noche entregándose al ejercicio de disciplina en la bóveda de San Grinés.

Sólo en ocasiones excepcionales, con motivo de fiestas Reales ó cosa tal, solia interrumpir el honrado vecino de Madrid la modesta é insípida monotonía de su vida : tal fué lo que aconteció en los últimos dias de Setiembre de 1816 á causa del matrimonio del Rey.

Con efecto, el dia 28 de dicho, mes se verificó la entrada en Madrid de las dos princesas de Portugal y del Brasil, María Isabel y María Francisca de Braganza, contratadas en matrimonio con el Rey D. Fernando y. su hermano D. Carlos María. — El Gobierno, el Ayuntamiento y la población entera de Madrid, que se asociaron de buen grado al júbilo que este aconteciiíiiento inspiraba, dispusieron solemnizar la entrada con el mayor aparato y ostentación posibles. — Arcos vistosos en varios puntos de la población, carrera engalanada, músicas y alarde de tropas, comparsas de trajes provinciales, cucañas y fuentes de vino, fuegos artificiales, banderas y emblemas de regocijo, nada faltó para solemnizar un suceso que la generalidad veia con placer, porque tendía á asegurar la descendencia de Fernando, y hasta sus perseguidos le esperaban con áusia por ver si la influencia de una esposa joven, bella y bondadosa alcanzaba á modificar las pasiones del Monarca y mitigar el rigor de su Gobierno.

Venían las princesas en una carretela abierta, y cabalgaban á sus lados respectivos el Rey y el infante D. Carlos; su tio D. Antonio acompañaba á las hermanas en el carruaje, siendo éstas objeto en toda la carrera de una aclamación general y espontánea. En varios de los edificios públicos se ostentaban, á par de sus retratos, inscripciones

172 MÉMÓKIAS DE UN SETENTÓN.

más ó menos poéticas, algunas del ya citado D. Juan Báü-^' tista Arriaza, que si no anduvo muy acertado en las de los arcos, revelaba su gusto poético en alguna otra que mi fiel memoria de muchacho me recuerda literalmente. Decía, por ejemplo, la de la imprenta Real, cuyo director era el mismo Arriaza :

« Gloria al dia en que , premiando El valor de un pueblo fiel , Bajo el hispano dosel Une el cielo en lazo blando Las virtudes de Fernando Y las gracias de Isabel. »

Y en un trasparente puesto en los balcones de su propia casa se leia:

c( Por excelsa y por bella , Doble imperio , Isabel , te dio tu estrella. En tu aire soberano Conocerá su reina el pueblo hispano; Pero al ver la beldad que en tí se muestra , Las gracias clamarán : ¡ no , que es la nuestra ! »

Pero á cambio de estos sentidos versos, la turba Rahadanesca empuñó sus rabeles y acometió su bombo con un brío digno de la murga nocturna de músicos festeros. Las páginas del Diario, las portadas de las tiendas, las esquinas de las calles rebosaban en epitalamios y anacreónticas, laberintos, ensueños, raptos, acrósticos y co*- plillas de pié quebrado, capaces de hacer dormir á un manicomio; pero como no es cosa de exhumar aquí estas narcóticas composiciones , ni de cloroformizar con ellas al auditorio, bastará á mi propósito extractar alguna de las más aceptables, si no por la sublimidad del pensamiento,' por la candidez y simplicidad de la forma. — Decia, por ejemplo , el honrado sombrerero D. Domingo Abrial eü;

MADRID Y LOS MADRILEÑOS. 173

unos cartelones con que cubría los cristales de su tienda, situada en la calle de Alcalá, frente al Buen' Suceso, entre otras varias, estas tres décimas :

« Cuando he logrado alcanzar La dicha tan deseada De ver á mi Reina amada Por esta calle pasar , No te puedo ponderar La alegría que he tenido : Yo imagino que ha venido Nuestro ángel tutelar, Para hacernos olvidar Los males que hemos sufrido.»

«Villa heroica y valerosa, Bien te puedes alegrar; Por tus puertas viste entrar La Reina más generosa. Más honesta y más hermosa Que se puede imaginar : Tu fortuna es singular, Pues ya abrigas en tu seno A un Rey, que es el más bueno, Y á una Reina, que es sin par.»

«Tú, de Alcalá calle hermosa. Cuánta ha sido tu fortuna.

Pues vino el Sol y la Luna

Por tu ancha entrada espaciosa !.

Bien puedes estar gozosa , .

Pues tú fuiste la primera

Que esta dicha verdadera

Entre todas has logrado;

Y el arco que has sustentado

Te la hará más duradera.»

Y el párroco de Illescas (cuyo nombre no nos ha trasmitido la fama) prorumpia en estas otras tres :

«De mi retiro he salido ■ , Tan sólo, Señor, por ver

174 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Esa deidad ó mujer Que del Brasil ha venido; Lo logré , y al cielo pido Con todo mi corazón Bendiga tan bella unión , Consuele nuestra esperanza Con Isabel de Braganza

Y Fernando de Borbon.»

«Viva Don Carlos María

Y su esposa muy amada , Que cual hiedra está enlazada Al Infante en este dia.

¡ Con qué gusto y alegría

Los españoles miramos

A estos jóvenes, que amamos

Por su bondad sin igual ,

Que nos alejan el mal ,

De quienes bien esperamos ! »

« El Serenismo Señor, Nuestro infante Don Antonio , Aunque le j}ese al demonio, Merece todo loor : Nos hizo grande favor ,

Y á las esposas , C07i maña , En carretela acompaña,

Y contento y muy gozoso , Entra en el pueblo dichoso De la capital de España.»

Por este botón de muestra puede apreciarse el conjunto de aquella serenata, síii generis, con que era recibida en la capital la excelsa señora que venía á compartir el trono, y de quien se esperaban tantos beneficios y se formaban tantas esperanzas. Si á los oidos de la augusta compatriota del dulcísimo Camoens hubieran podido Degar aquellos disonantes acentos, ¿quién duda que habría manifestado su extrañeza, exclamando : — Y son éstos

MADRID Y LOS MADRILEÍfOS. 175

los poetas españoles, los descendientes de Garcilaso, de Lope y Calderón? — Señora (hubiera podido decírsela), los verdaderos poetas, los dignos representantes de la Musa castellana, yacen hoy en los calabozos y en los presidios, y esperan su redención de vuestras augustas manos. En cuanto á estos cuitados que andan sueltos , y que con la mejor intención del mundo se atreven á dar á V. M. esta

solemne cencerrada, perdónelos V. M., porque no dan

más de sí.

Por fortuna para los regios oidos, pudieron deleitarse aquella misma noche en el teatro de la Cruz con los mágicos acentos del joven Cisne de Pésaro, el inmortal RossiNi, en la preciosa ópera titulada La Italiana en Argel, primera de aquel genio sublime que escucharon los madrileños, y que hizo desde este momento tan popular su nombre en nuestro suelo.

Basta — y acaso sobre también — con lo dicho para dar al lector una idea de las condiciones materiales y de la vida animada de Madrid en aquella época.

En cuanto á la Corte de las Españas en dicho período, cosa es que pica en historia, y que, como diria Cervantes, «Capítulo por sí merece.»

CAPITULO XL

1815-1819. I.

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS.

«Vuelva todo al ser y estado que tenía en 1808.» Tales eran las palabras del Real decreto de 4 de Mayo de 1814, y ya hemos visto en el capítulo anterior cuál era su significación respecto á la Villa capital. — Por lo que hace á la Corte de las Españas y al supremo Gobierno de la Monarquía, aun era más lata y trascendental, pudiendo, sin embargo, reducirse á sustituir al artículo constitucional que decia : « La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey » , la antigua fórmula, más ó menos auténtica, de nuestros códigos, que se resolvía en esta terminante declaración : « El Rey es la suprema autoridad de la nación, y de su Real voluntad emanan todas las leyes y disposiciones relativas al Gobierno de la Monarquía » ; ó sea pura y simplemente la sustitución de un Gobierno absoluto al templado por la cooperación de las Cortes del Reino.

Jjsl Real voluntad volvía, pues, á ser, sin contrapeso alguno, el origen de todas las leyes, el principio de toda autoridad, y esta potestad suprema podía delegarse, á arbitrio del Monarca, en un alter ego ó favorito irresponsa-

LA CORTE DE LAS ESPAXAS. 177

ble ; de suerte que si hubo un emperador romano á quien plugo hacer cónsul á su caballo, al Autócrata español no podia negársele lógicamente la facultad de trasmitir su omnímoda autoridad, en el todo ó en la parte que juzgare conveniente, á otra persona, ya se llamase Olivares ó Lerma, Calderón ó Valenzuela, Godoy ó Calomarde, ligarte ó Pedro Collado ( Chamorro ) , porque á todo podia extenderse esta soberana voluntad.

Por de pronto quedaron reducidos á meros secretarios del Despacho los ministros de Estado, Hacienda, Gracia y Justicia , Guerra y Marina ( suprimidos los dos de la Gobernación de la Península y de Ultramar , que crearon las Cortes), y aquellos cinco ministerios ocuparon, como antiguamente, la planta baja del Palacio, equivalente á las covachuelas del primitivo Alcázar; esto es. Estado y Guerra, á la banda de Poniente; Marina y Gracia y Justicia, al Norte, y Hacienda, en el pabellón saliente de la plaza de Mediodía, recobrando ipso facto sus abigarradas y heterogéneas atribuciones, aunque en definitiva sujetos á la elevada autoridad del Real y Supremo Consejo de Castilla.

Volvió, en su consecuencia, este altísimo Cuerpo á ejercer alguna sombra de poder legislativo, y en sus diversas salas de Gobierno, de Justicia, de Provincia y de Mil y quinientas, voMó á entender como Cuerpo consultivo, como Tribunal y como Autoridad gubernativa en toda clase de asuntos, desde las Reales pragmáticas, referentes á la sucesión á la Corona, hasta los permisos de ferias y mercados, las licencias de caza y pesca ó las corridas de toros ; desde la censura de las obras impresas, hasta la tasa del precio del pan ; desde los litigios sobre mayorazgos, sucesiones, tenutas y moratorias, hasta el examen de los escribanos y procuradores; y en su Real Cámara abrazaba también la propuesta en terna para to-

178 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

(los los cargos de la Iglesia y de la magistratura, y la consulta personal con el Rey sobre los altos negocios de Estado. — Volvieron también los otros Consejos Supremos de las Indias, de Hacienda, de las Ordenes, de la Guerra y de la Suprema y general Inquisición, con sus atribuciones, no menos anómalas, aunque no tan extensas como el de Castilla; y á sus órdenes respectivas la multitud de superintendencias, subdelegaciones , conservadurías, protectorías y juzgados privativos, que hacian la desesperación de los que pretendian desenredar aquel laberinto, y la fortuna de los abogados y demás curiales,, que bailaban en tal mina un rico íilon que explotar.

Seguramente que si yo, á mi tierna edad, hubiera podido apreciar la importancia de esta oi'ganizacion del Gobierno de la Monarquía para los intereses materiales de mi casa, babria, sin duda alguna, celebrado con regocijo una situación que devolvia al despacho de mi padre toda su antigua actividad. Llovian sobre él los poderes, los litigios, las demandas, las solicitudes de toda especie en las diversas regiones forense y administrativa, y acrecían, por consecuencia, las utilidades de su bufete, que le constituían en una desahogada posición.

Pero en medio de este activo y fructuoso espectáculo que se pre^ntaba á mi vista, mi sinceridad infantil no acertaba á mirarle por el prisma del mezquino ínteres, y más bien servia á mi natural perspicacia y espíritu de observación para estudiar aquel teatro social, aquellos hombres, aquellas cosas, que se me ofrecían bajo un aspecto tan dramático y animado. — Aprovechando la presencia de tantas y tan variadas figuras y personajes (algunos de verdadera importancia ) , oyendo á unos , observando á otros, procuraba formarme una idea aproximada de la marcha de los negocios públicos, y de aquella sociedad, en que me tocaba abrir los ojos á la luz de la razón.

LA CORTE DE LAS ESP AÑAS. 179

Había también otra circunstancia, que ensanchaba, digámoslo así, el objetivo de mi observatorio, y era la presencia en la misma casa de mi padre de su íntimo amigo el americano D. Juan de Dios de Campos (Santovenia), de que ya hice mención en los primeros capítulos de estas Memorias, y que habiendo regresado de Cádiz á fines de 1813, donde contrajo muchas relaciones de amistad con no corto número de los personajes que allí figuraron en las Cortes y en los diversos bandos políticos, era visitado por los Sres. Larrazábal, Inca-Yupangui, O'Gavan, Ramos- Arispe (americanos), Espiga, Cepero, Mozo Rosales, Arias Prada, García Coronel, Pelegrin, etc., que más adelante se con\'irtieron en perseguidores y víctimas unos de otros; y muy especiabiiente cultivaba la amistad del famoso canónigo IJ. Blas Ostolaza, caudillo en las Cortes ferviente y reconocido del bando apellidado servil, y después de la vuelta del Rey el más enconado perseguidor de sus compañeros en diputación ; el cual, por sus virulentos escritos, sus sermones y sus denuncias en contra de los liberales , alcanzaba á la sazón el regio favor, ascendiendo á los puestos de predicador de S. M. , capellán de honor, deán de la catedral de Murcia y confesor del infante D. Carlos (1).

(1) Esta última circunstancia fué sin duda la causa de su estrepitosa caida en 1818, y su confinamiento al convento y desierto de las Batuecas, en donde tuve ocasión de verle en una excursión que con otros camaradas de Salamanca hice á este pintoresco sitio.— Hallábase arrodillado y en oración al pié del presbiterio, llamándonos la atención el mirarle ataviado con todas sus placas, cintas y condecoraciones, hasta que calmos en la cuenta de que era el dia 14 de Octubre (cumpleaños del Rey), y el cortesano sacerdote estívba por esta razón de gala, aunque confinado entre pobres anacoretas y en un desierto á dos leguas de descenso. — En la borrascosa carrera de este hombre singular también hubo de sufrir otras reclusiones en los Toribios de Sevilla y en las cárceles

180 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Mi indiscreta curiosidad infantil aprovechaba la ocasión de escucliar las conversaciones de todos estos señores y de los muchos amigos y compañeros de mi padre, abogados, hombres de negocios y de mundo, entre los cuales habia alguno tan allegado al favor Real, que podia conocer sobradamente las intimidades de Palacio y las intrigas cortesanas. Escuchaba también los chismes j chascarrillos que llegaban á mis oidos de boca de otras personas más subalternas, como los dependientes de mi padre, especialmente de uno (D. Jacinto Monge), que podia dar quince y falta al Donado hablador; y hasta los del barbero y el peluquero (únicos periodistas gacetilleros de aquella época), que se despachaban á su gusto al tiempo que hacian la barba ó empolvaban el tupé de mi padre y del americano. Y con todos estos datos, serios unos, desenfadados otros, hacía yo mi composición de lugar, y me persuadía de que ocupaba gratis, como espectador, una luneta de primera fila.

Este interesante drama cortesano, este animado teatro social es, pues, amados lectores, lo que hoy me propongo trazar en mi desaliñada narración.

II.

Empezando, como es de rigor en todo drama, por la exposición, en que se da á conocer el carácter y semblanza del protagonista — cuyo papel nadie disputaría á

(le la Inquisición de Murcia, de donde le sacó el movimiento constitucional de 1820 en compañía de sujetos tan opuestos como Romero Alpuente y Torrijos; pero él, siguiendo su turbulenta vida de perpetua conspiración, vino á parar, en 1835, en las cárceles de Serranos de Valencia , y un dia de tumulto popular fué sacado de ellas y fusilado con otros desdichados.

LA CORTE DE LAS ESPA5fAS. 181

Fernando — y á falta de criterio propio, que por mi tierna edad no podia formar, habréme de limitar á reproducir las apreciaciones y los comentarios que de unos y otros escuchaba sobre dicho carácter, las intenciones, actos y palabras del que en distintos sentidos era objeto del interés general.

Decian, pues, algunos, é intentaban demostrar, que la base de su condición era una extremada suspicacia y recelo de todo el mundo, y que esta cualidad, dominante en él, era, hasta cierto punto, disculpable, por el recuerdo de la opresión y alejamiento de que habia sido víctima en su juventud, cuando príncipe, de parte del odiado favorito y hasta de sus mismos padres; cualidad que, exacerbada después en el cautiverio de Valencey , y acariciada y desenvuelta á su regreso á España por la osada y agresiva falange de sus interesados aduladores y consejeros, que abusaron de su poca experiencia de mundo y de su escaso conocimiento de los hombres, le hablan lanzado en la peligrosa senda de un absurdo despotismo , é hicieron nacer en él un espíritu de saña vengativa contra todos los que se le designaban como enemigos personales ó de la majestad de su corona. A lo cual contestaban otros en diverso sentido y apreciando los procederes del Monarca de muy distinta manei-a (1).

(1) El insigne sacerdote, diputado y literato, D. Joaquin Lorenzo Villanueva (que era uno de los presos), en su Vida jin^í tica y literaria, que publicó en Londres en 1825, y que es apenas conocida, inserta la Real orden de 17 de Diciembre de 1815, por la cual S. M. ( que habia abocado á su conocimiento todas las causas de los presos políticos, unas en pruebas y otras sentenciadas ya, aunque benignamente, pero después de diez y nueve meses de rigorosa prisión ) daba un corte en ellas , disponiendo que « aquey>lla misma noche fuesen extraídos de las prisiones y conducidos » sin excusa alguna á los respectivos destinos , de suerte que en.

182 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Mas prescindiendo — y no es poco prescindir — de esta funesta fase de aquel reinado , y siguiendo á las conversaciones y comentarios que yo escuchaba de boca de aquellos interlocutores , llegué á formar una idea de la manera que Fernando tenía de ejercer la suprema autoridad, y que si bien no se distinguía por lo conducente al buen orden y gobernación del reino, era muy propia para no verse molestado en ella, ni dominado por una influencia superior ; pues que con cierta agudeza y sagacidad sabía desbaratar las intrigas y manejos de sus aduladores y amigos, y también los de los amigos de sus enemigos; oponiéndolos á unos contra otros, alzando á éstos, aba-

» siendo de dia se encuentre el pueblo de Madi'id con esta nove- » dad » ; todo lo cual se verificó en efecto , al tenor de la lista, que acompañaba á la Real orden , y que siendo muy larga, sólo permite extractar algunos de los nombres más conocidos , con sus respec- ' tiras condenas. Helos aquí :

D. Agustín Arguelles, ocho años al Fijo de Ceuta.

D. José María Calatrava , ocho años al presidio de Melilla.

D. Diego Muñoz Torrero, seis años al convento de Erbon.

D. Joaquín Lorenzo Villanueva, seis años al convento de la Salceda.

D. Juan Nicasio Gallego, cuatro años á la Cartuja de Jerez.

D. Ramón Feliu, ocho años al castillo de Benasque.

D. Miguel Ramos Arispe, cuatro años á la Cartuja de Valencia.

D. Manuel García Herreros, ocho años al presidio de Alhucemas.

D. Francisco Martínez de la Rosa , ocho años al presidio del Peñón.

D. Manuel López Cepero , seis años á la Cartuja de Sevilla.

D. José Canga Arguelles, ocho años al castillo de Peñíscola.

D. Francisco Sánchez Barbero, ocho años al presidio de Melilla.

D. Antonio Sabiñon (había muerto en la cárcel), condenado á las costas.

Etc., etc. , etc.

LA CORTE DE LAS ESPASÍAS. 183

tiendo á aquéllos y empuñando con fuerte mano , no las riendas del Estado (como impropia j figuradamente suele •decirse), sino las del tiro que bajo su dirección arrastraba el carro del Estado ; y enarbolando con la otra la fusta, advertía con ella al qu^ intentaba descarriar, ó le remudaba con frecuencia á la primera parada.

De este modo , y despidiendo á unos por cortos de vista (histórico), á otros por largos de manos (id.), á aquél por inepto, á éste por demasiado entendido (id. id.), euA'iándolos unas yeces á tomar aires á Ultramar, ó poniéndolos otras á la sombra en los alcázares ó castillos de la Corulla ó de Segovia , yino á hacer tal consumo de ministros, que pasaron de treinta en sólo los seis años de aquel período, lo cual, atendiendo al número de los ministerios , que era el de cinco , yiene á traducirse en seis juegos completos , ó sea en una duración de unos dos meses por término medio para cada ministro (1).

No contento con esta partida de ajedrez con la plana mayor de su Gobierno, y deseando disponer de otra fuerza que le pudiera auxiliar en sus combinaciones estratégicas, habia establecido ima especie de contra-ministerio, que, á causa de sus reuniones, celebradas en su propia cámara , fué luego conocido con el gráfico nombre de la camarilla, expresión feliz, que hizo fortuna j aun

(1) Fuéronlo de Estarlo en dielio período, el Duque de San Carlos, D. Pedro Ceballos, D. José León y Pizarro , el Marqués de Casa-Irujo y el Duque de San Fernando. — En Gracia y Justicia^ D. Pedro Macanaz , D. Tomás Muñoz , D. Juan Esteban Lozano de Torres , D. Manual Abad y Queipo , el Marqués de Mataflorida y D. José García de la Torre. — En Hacienda, D. Luis Salazar, don ■Cristóbal de Gúngora, D. Juan Pérez Villaamil, D. Felipe Vallejo, D. José Ibarra , D. Manuel Araujo , D. Martin de Garay , D. José de Imaz y D. Antonio González Salmón. — En Guerra, los generales Freyre, Eguía, Ballesteros, Campo Sagrado y Alos ; y en Marina , Salazar, Hidalgo de Cisnéros y Vázquez Figueroa.

184 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

llegó á ser acogida en la mayor parte de los diccionarios^ de Europa ; pero temiendo que esta institución le pudiera conducir hacia el favoritismo (de que conservaba tan vivo recuerdo y que de veras odiaba), plúgole escoger para aquellas codiciadas plazas entre las más humildes condiciones sociales y hasta las más bajas categorías de su propia servidumbre : de este modo improvisó una consulta stii generis, en que figuraban desde los aventureros codiciosos y enredadores hasta los guarda-ropas y mozos de retrete de Palacio; los ügartes y Villares con los Grijalvas y Artiedas , Segovias y Chamorros ; y sirviéndose hábilmente de la travesura y ambición de estos advenedizos, hacíales aparecer constantemente ante los desdichados ministros como el espectro de Banquo, ó la sombra de Damócles con su espada y todo. — Mas cuando llegaba á coger á cualquiera de ellos en algún remmcio, ó más bien en algún accipio, ó se cansaba de verlos fantasear demasiado con su favor, acudía á su acostumbrado remedio casero, enviándoles á hacer penitencia á una cartuja, ó, cuando menos, á un empleo subalterno de algún sitia Real. — El mismo D. Antonio Ugarte y Larrazábal (que era sin duda alguna el más discreto) no pudo excusarse de hacer una visita temporal al alcázar segoviano (de que le sacó por carambola la revolución de 1820), si bien luego se restableció en el favor del Monarca, que no podía pasar sin él. — Pero todo esto lo hacía Fernando con el mayor donaire y socarronería, así como cosa de juego^ amenizando sus mudanzas con cigarros y caramelos ; tecleando con los dedos sobre la mesa, ó rascándose la oreja y la frente; que eran — al decir del palaciego que antes indiqué, visita de mi casa — la señal respectiva de su bueno ó mal humor.

Tenía, ademas, Fernando, según aquellos comentaristas que yo escuchaba, su ministro privado para su serví-

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS. 185

cío personal , que no era otro que el inseparable capitán ó ángel de su guardia, Duque de Alagon, el cual, como Sancho Panza, c(así ensillaba el rocin como tomaba la podadera»; quiero decir, que ora disponía una aventura galante ó una excursión higiénica á los baños de Sacedon , ora montaba á caballo j formaba en el gran patio del cuartel los brillantes escuadrones de Guardias de la Eea'- persona , cuando S. M. se dignaba vestir su elegante uniforme con su gorra granadera de pelo negro y blanco plumero , luciendo en las mangas sus entorchados de generalísimo , y en la mano el bastón de coronel del Cuerpo, y presidir sus evoluciones ó dar un espectáculo á su buena villa de Madrid en un paseo marcial. — Estos eran todos los ejercicios militares que se permitía Fernando, á quien sin duda no llamaba hacia las armas su inclinación ; — desden ó desvío que nunca le perdonó el ejército; — pudiendo asegurarse que aquel Monarca, por quien tanta sangre se había derramado, no llegó por acaso á oír disparar un cañonazo. — Tampoco le dominaba, como á su padre, el ejercicio de la caza, tan propio de los príncipes; y los conejos del Pardo y los ciervos y venados de Riofrío y Balsain pudieron, durante aquel reinado, entregarS3 á una vida verdaderamente canonical.

Todo esto y otras muchísimas cosas más escuchaba yo, aguijoneado por mi innata curiosidad y espíritu de observación y de estudio. Casualmente era en los momentos en que me hallaba embebecido, fascinado, con la lectura de Gil Blas de Santillana — libro que con el del Ingenioso Hidalgo ha compartido siempre mi entusiasmo y simpatía.— Y al oir todos aquellos detalles de augustos galanteos; de comediantas y damas de la corte; de intrigas palaciegas ; de ministros corruptores ; de favoritos corrompidos; de venalidad de los empleos y mercedes; de soborno de funcionarios; de hipócritas y serviles adu-

18G MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

ladores subalternos; de la inmoralidad , en fin, y el desbarajuste de la máquina social; — «Pues señor (exclamaba yo), todo esto es Gil Blas puro, todo esto es la Corte del Buen Retiro, reproducido al pié de la letra á dos simios de distancia, con sus Calderonas y Catalinas; sus Lermas y Guzmanes ; sus Siete Iglesias soberbios j sus Santillanas enaltecidos; sus Scipiones astutos, sus Rafaeles y Lámelas hipócritas y livianos, sin faltar tampoco .sus confinamientos ó sus encierros en el castillo de Peñíscola ó en el Alcázar de Segovia. Todo esto, decia yo con entusiasmo, está reclamando una pluma cervantina, y esta pluma (anadia con la arrogancia propia de muchacho) ha de ser la mia. — Yo voy á escribir un nuevo Gil Blas.D — Pero detenido en mi fervor satírico por el recuerdo de las proscripciones en masa, de la sustitución de la ignorancia al talento y al saber , de las venganzas y

el encono de los bandos políticos , «Esto (exclamaba

vo descorazonado), esto no se cuenta de la corte de Felipe IV, ni cae dentro de la jurisdicción de mi blanda correa.... Pues ya no escribo el Gil Blas):) (1).

(1) Este mi propósito infantil, al que resistí constantemente toda mi vida por no rozarme con la política en mis modestos escritos, le he visto realizado, sin celos, antes bien con gran contentamiento mió, por mi joven amigo D. Benito Pérez Galdós, en uno desús preciosos Episodios nacionales , ({ne tiivXa, <cUn cortesano <le 1815.» — En él ha sabido trazar un cuadro acabado de aquella t'órte y de aquella época, en que no se sabe qué admirar más, si la misteriosa intuición del escritor, que por su edad no pudo conocerla , ó la sagacidad y perspicacia con que , aprovechando cualquiera conversación ó indicaciones que hubo de escuchar de mis labios, ha acertado á crear una acción dramática con tipos verosímiles , casi históricos , y desenvolverla en situaciones interesantes, todo con un estilo lleno de amenidad y galanura.

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS. 18i

El matrimonio de Fernando con Isabel de Braganza vino á modificar en algún modo la situación de la corte, y hacía concebir esperanzas de alguna templanza en el sistema de gobierno. El Rey, á quien sin injusticia no podría negarse la fidelidad conyugal, de que hizo alarde con Isabel, así como después con Amalia y Cristina, cesó de dar páljulo á la chismografía en este punto, y satisfecho y expansivo, gustaba de presentarse al público en los paseos, á pié y acompañado de la Reina, á quien dispensaba todo género de obsequios ; y para hacerla más grata la residencia en Madrid , restauró y embelleció los jardines del Buen Retiro, enriqueciéndoles con multitud de adornos, que hicieron por entonces la delicia de los madrileños, que los miraban como la octava maravilh. El palacio de San Juan, la montaña artificial ó rusa, como entonces se decia , con su templete encima , que aludiendo íi su forma llamaba el pueblo la escribanía; el salón oriental, las casitas rústicas, los estanques y fuentes, la nueva Casa ele fieras y el emharcaclero del estanque grande, sobre cuyas tranquilas aguas paseaba en preciosas falúas la familia Real; todo esto era impulsado por el deseo de Fernando de complacer á su esposa. La villa de Madrid, comprando para ésta la bella posesión del Clérigo Bayo al fin de la calle de Embajadores, dio ocasión á Fernando para trasformarla en el precioso Casino de la Reina, y hasta en las cercanías del Palacio emprendió costosas obras , tales como el parque, el cocheron y otras; y á fin de trasformar el inmenso solar que habia resultado de los derribos de los franceses en lo que hoy es plaza de Oriente, adoptó el pensamiento de su arquitecto D. Isi-

188 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

dro Velazquez, y emprendió la obra de una galería ó columnata semi-circular, remedo de la de la plaza del Vaticano ; pero con tan mezquinas proporciones, que muy luego hiibo de abandonar la idea, aunque no se procedió al derribo de la parte construida basta la muerte de dicbo arquitecto, por no darle este disgusto. — También empleó Fernando considerables sumas en la reforma y embellecimiento del canal del Manzanares y sus contornos ; pero la obra más importante de aquella época, y que, formando la página más bella, ó por mejor decir, excepcional, de aquel reinado , hace sumo bonor á la iniciativa de la reina Isabel de Braganza, fué la habilitación del Museo del Prado y la colocación en él de las inapreciables obras de arte que se encerraban en los Reales palacios, y cuya reunión forma hoy la colección más escogida de Europa y el mejor blasón de la capital del Reino.

Al propio tiempo se procuró dar impulso á algunos establecimientos públicos de Beneficencia é Instrucción ; se creáronlas escuelas primarias de los barrios; se intentaron, aunque tímidamente, algunas otras reformas, y hasta contradiciendo á la formal prohibición de publicar toda clase de periódicos, excepto la Gaceta y el Diario de Madrid, que imponía el Real Decreto de 25 de Abril de 1815, permitióse la publicación de dos, puramente literarios, semanal el uno , con el título La Minerva, y alterno el otro, con el de Crónica Cientíjica y Literaria, dirigido éste por D. José Joaquín de .Mora, y aquél por D. Pedro María Olive ; cuyas dos publicaciones , en medio de su insípida redacción, formaban mis delicias y las de todos mis compañeros de edad.

El teatro también sufrió alguna reforma, tanto en el decoro y propiedad de la parte escénica, como en la elección de las piezas, en cuanto lo permitía la absurda prohibición que pesaba sobre las más señaladas del reperto-

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS. 189

rio, desde La Vida es sueño, de Calderón, hasta LJl Sí de las 7iiñas, de Moratin. — Ya no eran sólo las comedias de magia ó los estrambóticos dramas de Comella los que llamaban al público al teatro ; y aunque á vueltas de algunos dramas traducidos, de grande espectáculo, tales como La Caheza de bronce; Wasldngton, ó los j^risioneros ; .El Perro de Montariiis, j La Urraca ladrona , se alternaba con muchas de nuestro antiguo teatro , de Lope, Tirso y Moreto, y se cantaban óperas desde El Barbero de Sevilla, de Paissiello, hasta la Alina, Reina de Golconda, y La Cenicienta, de Nicolo de Malta; desde El Matrimonio secreto, de Cimarosa, á La Ltaliana en Argel y El Turco en Italia, de Rossini.

En cuanto al decorado y vestido de la escena, también se habia adelantado bastante, y ya no solia verse, como en años anteriores, al que representaba á Caín vestido con tonelete griego y plumas en la cabeza, á guisa de araucano; como ni tam^ioco á Aristóteles con casaca y peluca de bucles en la comedia El Maestro de Alejandro.

A esta trasformacion, á este progreso de nuestra escena, habia presidido la superior inteligencia de un coloso del arte, el insigne actor Isidoro Maiquez, que rayaba por entonces en el cénit de su gloria. — Este genio inmortal, este actor incomparable, habia importado en nuestra escena la tragedia clásica, y en las sublimes creaciones de Racine, de Shakespeare, de Alfieri, de Quintana y de Ayala, se habia colocado á una altura tal, que nadie hasta ahora le ha llegado á disputar, y excitaba en sumo grado el entusiasmo, ó más bien el delirio del público, aunque atrayéndose también la envidia ó los celos de un Gobierno suspicaz y meticuloso por extremo. — Cada vez que Maiquez se presentaba en el papel de Bruto, en la tragedia de Alfieri, en el de Pelayo, en la de Quintana, ó en el de Megara, en La Kumancia, se reforzaba el pique-

190 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

te de guardia del teatro, doblaba el Alcalde de corte, presidente, su ronda de alguaciles ; y cuando Maiquez prorumpia, con aquel acento fascinador, con aquel fuego que le inspiraba su inmenso talento j sus facultades artísticas, en aquellos famosos versos :

«Y escrito está en el libro del destino Que es libre la nación que quiere serlo»;

« A fundar otra España y otra patria -

Más grande, más feliz que la primera» ;

« A impulsos, ó del hambre ó de la espada, ^ ¡ Libres nacimos ! ¡ Libres moriremos ! )) ;

el público, electrizado, se levantaba en masa á aplaudir y victorear ; los soldados de la guardia tomaban las armas, y el Alcalde presidente destacaba sus alguaciles á decir al actor que mitigase su ardimiento ó suprimiese aquellos versos, á lo cual él se negaba con altivez. — En las tragedias de Atalía, Osear, Oréstes, Ótelo, Polinice, y otras, excitaba otro género de interés , luciendo en todas su sin igual talento, su expresión sublime, su figura teatral, su traje escultural y clásico.

Y esta reunión de circunstancias, que rarísima vez se reúnen en una persona, seducían, avasallaban de tal modo á un público apasionado, que no recuerdo haberlo visto igual en nuestro teatro, ni en los extranjeros. Ni eran tan sólo las grandes creaciones de la Musa trágica las que ofrecían á Maiquez sus más preciados laureles ; la festiva Talía, en su diversa expresión, le brindaba también con su favor ; y aquel portentoso talento, de quien decía Solís al final de la magnífica dedicatoria con que le acompañó su traducción de Oréstes :

« Todo en tí es fácil, natural, sublime, Y el alma en tí de los pasados héroes

LA CORTE DE LAS ESPADAS. 191

Aun la sentimos respirar»;

«A tí, que ilustras El español teatro, y radioso Brillas en él cual brilla entre los astros Solo y único el Sol, padre del dia, En la desierta inmensidad del cielo » ;

y el ilustre Moratin, en aquel admirable soneto que le consagró á su muerte :

(( Inimitable actor, que mereciste Entre los tuyos la primera palma , Y amigo, alumno y émulo de Taima , La admiración del mundo dividiste».,

sabía también en las delicadas creaciones dramáticas antiguas expresar, con asombrosa flexibilidad, las personas y caracteres más opuestos. García del Castañar, El Rico lióme de Alcalá, El Pastelero de Madrigal, Cuantas veo tantas quiero. El Astrólogo fingido, etc. ; y hasta en la comedia moderna, tan diversa en su mecanismo y aplicación, se ostentaba el grande Isidoro á una altura superior. El Vano humillado, Castillos en el aire. El Celoso confundido, El Distraido, El Calavera, y otras de carácter y de costumbres, formaron á Maiquez un repertorio tan propio, que el mismo Romea me decia « que no se atrevía á tocarle. »

En el año de 1818, y á causa de un esfuerzo tan continuado, adoleció Maiquez de una terrible enfermedad, que le puso á las puertas de la muerte, y el público de Madrid, consternado, acudia ansioso á su casa á informarse de su salud, demostrando el vivísimo interés que le inspiraba el grande actor; y cuando, restablecido milagrosamente, tornó á pisar la escena, presentándose en la trage-

192 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

día JSlno II, con estos versos que coincidían casualmente con su situación :

« Sí, guerreros, el cielo me ha salvado ; Nuevo don es el aire que respiro, De su inmensa bondad»,

el entusiasmo, los vivas y el frenesí del público no conocieron límites, arrojando al proscenio por primera vez coronas, palomas j versos ; demostración que excitó la suspicacia del Gobierno y de la autoridad. — Era á la sazón corregidor de Madrid D. José Manuel de Arjona, persona de cuenta en aquella época, con sus puntas de literato; y no pudiendo ni resistir ni contemplar impasible aquella continua ovación del soberbio actor — cuyo orgullo era iguala su talento — y pretendiendo dominarle, le propuso, ó intimó, en su calidad de juez protector de los teatros del Reino, la orden de poner en escena una insípida comedia titulada Los Tres iguales, escrita por su amigo el célebre D. Javier de Burgos; y habiéndose negado rotundamente Maiquez á tal exigencia, el corregidor Arjona, achacándolo á desacato, le comunicó la orden de destierro á Ciudad-Real, en los términos que eran usuales en aquella época, es decir, poniéndole un carruaje á la puerta y obligándole á subir en él. En vano el pueblo — que llenaba la calle de Santa Catalina, en que Maiquez tenía su habitación — prorumpió en exclamaciones de indignación ; la tropa dispersó los grupos y acalló estas voces ; y el grande, el inmortal Maiquez fué arrancado de su trono y lanzado á Ciudad-Real, y después á Granada, donde, no pudiendo hacerse superior á tamaña injusticia, contrajo una enfermedad, que primero le hizo perder la razón y después la vida. — Perdóneme el lector si ante la sombra de aquella figura colosal del arte me he distraído ó apartado alsun tanto del curso de mi narración.

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS; 193

Volviendo, pues, á ella, diré que la simpatía y el interés inspirado por Isabel de Braganza creció notablemente cuando se hizo saber al público su embarazo, y llegó á su colmo cuando, en Agosto de 1817, dio á luz una niña, á quien se puso tíimbien por nombre Isabel. Entre las diversas manifestaciones del regocijo público, y de las rogativas y festejos de las autoridades, merece especial mención una harto extraña, ocasionada por la adulación é hipocresía del imbécil ministro de zarzuela Lozano de Torres, que dio mucho que reir á la corte y al mismo Rey; y fué el caso, que anunciado el próximo alumbramiento de la Reina, y declarado ya fuera de cuenta el tiempo de su embarazo, el ya dicho Ministro, por congraciarse sin duda con su soberano (que soberanamente solía burlarse de él), tuvo la idea de exponer de manifiesto el Santísimo Sacramento en la iglesia de San Isidro, permanente día y noche hasta el momento del parto de la Reina, acudiendo él mismo en persona á hacer la vela todas las noches con los más ridículos extremos, que excitaban la hilaridad de la gente moza y maleante que le contemplaba ; pero aconteció que el cálculo de los facultativos hubo de resultar (íquivocado, dilatándose el parto treinta y tantos dias, con que la hipócrita rogativa salió un poco cara al Ministro adulador, que sin duda dijo para sí, como el de Los Diamantes de la Corona :

« Con otro golpe como éste, Me eternizo en el poder.»

Pero no le valió su cálculo, porque á poco tiempo hubo de tomar el camino hacia San Antón de la Coruña, bien que halló el medio de no llegar á él, quedándose confinado en Astorga.

La Infanta recien nacida falleció á los pocos meses; mas el sentimiento que esto causó se vio prontamente

194 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

mitigado con la noticia del nuevo embarazo de S. M., del que todos, y Fernando el primero, deseaban y se prometían ver nacer un príncipe de Asturias ; pero

La noche del 26 de Diciembre de 1818, hallábame con mi familia en una casa de la calle de Barrio Nuevo, donde se celebraba la Pascua de Navidad con comedia casera y baile, cuando á la media noche, y en lo más animado de la fiesta, vimos aparecer al Alcalde de Casa y Corte, con su casaca, bastón y sombrero en facha, seguido de la ronda, con su correspondiente linterna, y cuadrándose aquél en medio de la sala, prommció estas palabras r — «Señores, es preciso que inmediatamente cese esta reunión. La Reina nuestra señora (y se quitó reverentemente el sombrero) acaba de espirar al dar á luz una infanta, que ha resultado muerta también.»

El sentimiento que produjo este infausto suceso fué verdaderamente general, pues hasta los más adversarios de Fernando y su Gobierno se prometían algún alivio^ desde el momento en que viese asegurada la sucesión al trono. Las musas verdaderas acudieron á lamentar esta desdicha, y entre otras se alzó la voz enérgica de don Juan Nicasio Gallego, en una inspirada elegía, digna de SU- sonora lira; pero tal era la intolerancia, ó más bien la insensatez dominante en aquel tiempo, que no permitió la impresión de estos tercetos, en que, dirigiéndose el poeta á la difunta Reina, la decia :

« De tí esperaba el fin de los prolijos Acerbos males, que discordia impura Sembró con larga mano entre tus hijos.

))No pocos hay; no pocos en oscura Mansión, al deudo y amistad cerrada, Kedoblan hoy su llanto y amargura.

)) Otros , ausentes de la patria amada ,

El agua beben de extranjeros rios,

■■ -• MU veces- con sus- lágrimas mezclada», -

LA CORTE DE LAS ESPAÑAS. 195

cuyos versos los tengo escritos de la mano del mismo se^ ñor Grallego en mi ejemplar impreso.

Fernando no por eso se descorazonó; antes bien, perseguido por su idea dominante de asegurar su sucesión directa, entabló su matrimonio con María Josefa Amalia, princesa de Sajonia, joven de 16 años, de gran belleza y angelical carácter, que desde el retiro del convento en que se habia educado, vino en Octubre de 1819 á compartir, más bien que el brillo, los peligros y sinsabores de un trono amenazado, y á recorrer el amargo calvario que preparaba la historia á un monarca que, más ó menos inconsciente, habia conseguido trocar el frenético entusiasmo con que fué aclamado á su advenimiento al trono, en el más absoluto desvío, cuando no en enemiga voluntad.

Porque es lo cierto que todas las clases de la sociedad, ó se veian igualmente desdeñadas, ó eran víctimas del encono de un Gobierno ignorante y opresor. La aristocracia nobiliaria, por ejemplo, reducida á la nulidad política, estaba limitada á figurar sólo en la servidumbre palaciana; el ejército, hambriento y desnudo, y resentido naturalmente (1); la marina, absolutamente reducida á las falúas de Aranjuez ó del estanque del Retiro, — á pesar de los barcos comprados á Rusia, y que luego resultaron podridos; — la ilustración y la ciencia, proscritas y mudas; la propiedad, la industria, el comercio y las artes, no amparadas de modo alguno; y hasta el mismo

(1) A propósito de esto hay que recordar la sabida anécdota del Capitán general Castaños, qne, presentándose en la corte un dia muy riguroso de invierno, con pantalón blanco de hilo, y apostrofado por el Rey á causa de su extravagancia, — «Señor, le contestó el General , con si,i gráfica socarronería , acabo de cobrar la mesada de Julio, y por lo tanto continúo vistiendo como en aquella estación.»

196 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

clero, tan mimado j complacido en un principio, receloso ya con más ó menos motivo , y dirigiendo sus miradas á otro astro diferente, colocaban á Fernando en un vacío absoluto, amenazándole con la próxima expiación de sus errores.

La juventud, por otro lado, que iba á entrar en el ejercicio de sus facultades intelectuales, aparecía animada de un espíritu levantisco y fatal : seguia por fórmula sus estudios de lógica y filosofía, por Jacquier y Baldinoti, con los jesuítas de San Isidro (que sin duda alguna habían logrado merecer su respeto y simpatía) ó con los dominicos de Santo Tomás ; estudiaba las Matemáticas y las Bellas Artes en la Academia de San Fernando, y pare V. de contar. — Pero á vueltas de este estudio oficial, entregábase codiciosamente á otros más acentuados, en la lectura de obras de historia, de ciencia y de literatura, por desgracia no siempre bien escogidas; amamantaba su mente con los más delirantes ensueños, y en odio á lo existente, adoraba, perseguía un porvenir desconocido, lina sombra fantástica de una libertad sin límites, extravío de su febril imaginación (1 ).

(1) Para dar una idea del espíritu que animaba á la juventud en aquellos dias, no puedo resistir á la tentación de insertar un trozo de cierta Carta elegiaca que uno de los confinados en los presidios de África (D. Teodoro de la Calle) escribía á una señora muy conocida; cuya ardiente epístola, repetida en multitud de copias, corría de mano en mano y todos aprendíamos de memoria. Yo la he conservado en la mia hasta hoy, á pesar de sus trescientos y más versos. Mas para dar una idea de su espíritu y de suh condiciones poéticas, bastaráme estampar el siguiente trozo :

«¿ Y á tal afrenta, á tal baldón abates Tn cuello, patria mia ? ¿ y tus guerreros, Tus propios hijos, son los que en coyunda Trasforman tus laureles ? ¿ Para esto Del fiero galo la sangrienta espada

LA CORTE DE LAS ESP ASÍAS. 197

Aquella atmósfera, pues, estaba impregnada de un espíritu revolucionario ; todos , y especialmente la juventud, aspirábamos aquellos vientos, y velamos venir aquella borrasca con entusiasmo, hijo del más sincero patriotismo, y sin asomo de interés egoísta — ¡y quién sospecha ambición en corazones de quince años! — La catástrofe, pues, era inevitable y fatal; acercábase el año de 1820, tan memorable en los fastos de la historia patria ; la tempestad Tugia ya sobre nuestras cabezas; y no tardó en estallar ¡ Cuántas ilusiones desvanecidas, cuántos desengaños esperaban á aquellos sinceros y entusiastas jóvenes! y ellos mismos, convertidos más tarde en hombres de acción, ¡cuántas esperanzas lisonjeras habian de defraudar!

Con impávida frente resistiendo , Viste talar tus fértiles campiñas

Y convertidos tus incautos pueblos , Desde Pirene hasta la hercúlea fauce, En sepulcros, escombros, piras, yermos?

5) En vano Mayo su esplendor esmalta Con nuestra sangre; en vano jactaremos De Astorga, de Rodrigo la^ cenizas; De Bailen los laureles halagüeños; De Gerona el aliento numantino; De Zaragoza el trágico denuedo; De Talayera la dudosa raima; De Medellin los insepultos huesos... 1 Ay ! ¡ en vano sus ondas enrojecen El Tórmes, el Guadiana, el Tajo, el Ebro,

Y al regazo de Tétis precipitan Corazas, cascos, lanzas, esqueletos I

B¿ Qué acerbo fruto coges de tu sangre, Desventurada España ? ¿ Qué, tu intento i ^

A mudar de verdugo se limita, No á ser libre y feliz ? Repara el premio Con que el déspota al fin te galardona : En cárceles, patíbulos, destierros Paga tu amor, y ceba vengativo Su cúl ra en tus hijos predilectos», etc.

CAPITULO XIL

1820.

LA EEVOLUCION.

El dia 4 de Enero de 1820, hallándose mi padre en casa del Marqués de Castelar , adonde le llamaban los negocios forenses como su apoderado general, vióse acometido de un ataque de apoplegía fulminante; y trasladado á casa sin recobrar el conocimiento, falleció á las veinte y cuatro horas, el siguiente dia 5. No me detendré á expresar el sentimiento, la perturbación que tan terrible como inesperada desgracia produjo en mi buena madre, mi hermana — únicos á que habia quedado reducida la familia — y particularmente en mí , que á los diez y seis años de edad me veia lanzado tan repentina como imprevistamente en el mundo social, teniendo que hacer frente á los infinitos cuidados y responsabilidad de una casa importante en negocios y relaciones. Sólo diré que en aquel momento solemne, y con el favor de Dios y de mi excelente madre, parecióme que por un impulso sobrenatural habia vivido diez años más, determinándome á emprender y llevar adelante la inmensa y comprometida misión que de repente gravitaba sobre mis débiles hombros. —

LA REVOLUCIÓN. 199

Todo esto, que á mí solo interesa, liubiéralo omitido, á MO ser porque en esta reseña de mis reminiscencias personales , que me propuse hacer en la presente obra, enlazándolas con los acontecimientos públicos, no creo inoportuno hacer mención de la notable coincidencia que •ofrecia mi entrada en la vida con la inauguración de una época nueva en la marcha histórica de nuestra sociedad.

Con efecto, y en medio de la turbación j desconsuelo de la familia en tan solemnes momentos; al través de los improbos cuidados que me imponía mi nuevo deber, j de las exhortaciones y consejos que me prodigaban los numerosos amigos de mi difunto padre, no dejé de observar en ellos y sus hijos, mis camaradas, cierta preocupación extraña, ciertos apartes misteriosos, que se referían á algún objeto exterior é importantísimo que á todos ocupaba : observaba ademanes y conversaciones agitadas y en diversos sentidos ; veia leer sigilosamente cartas é impresos; decirse al oido misteriosas confianzas, y referirse, en fin, todos á algún suceso extraordinario, que apenas podia yo llegar á sospechar.

Y era, pues, que aquel mismo dia 5 habia llegado á Madrid la noticia de haberse sublevado el dia 1.° el ejército que en la Isla de León y sus contornos se hallaba reunido para marchar á Ultramar, y aclamado nada menos "que la Constitución de 1812. — Esta noticia tan importante y trascendental traia, pues, revueltos los ánimos y preocupados en distintos sentidos todos los pensamientos, calificándola unos de una nueva calaverada, que quedarla muy pronto ahogada en sangre , como las anteriores, promovidas por Mina en Navarra, Porlier en Galicia, Vidal en Valencia, Lacy en Cataluña, y otras varias sucedidas en años anteriores ; al paso que otros disimulaban mal su alegría, porque, atendidas las proporciones del alzamiento actual, prometía feliz suceso.

200 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

De aquí las agitadas reuniones, los comentarios á que todos se entregaban, apoyados en cartas y documentos contradictorios que diariamente iban recibiendo. Los jóvenes, mis amigos, en general disentian de las apreciaciones de sus padres, y si éstos pronosticaban el cercano fin de la insurrección y se holgaban con noticias de derrotas de los sublevados, de disposiciones enérgicas del Gobierno para apagar el incendio, de triunfos señalados de la parte leal del ejército y otras demostraciones de satisfacción; aquéllos (los jóvenes) abultaban las noticias que de público corrían, citaban nombres y regimientos insurreccionados, plazas tomadas, triunfos y sucesos engrandecidos por su deseo : y no hay que decir que yo, como muchacho, me adhería con toda mi alma á este modo de ver las cosas y leia con fruición los papeles que ellos traian entre manos; entre otros que recuerdo, la famosa representación de los alzados, que empezaba : ((Señor : El ejército español, cuya sangre y sacrijicios han colocado á V. M. en el trono de sus antepasados » , etc. , y algunas composiciones poéticas por este estilo :

« De la gloria, guerreros ilustres , Al santuario atrevidos marchad, Y la patria ornará agradecida Vuestras sienes de lauro mortal. »

« Guadalete , que oyó en sus orillas El estruendo del triunfo sonar, Acogió los cantares de gloria, Y llevólos de Alcídes al mar » , etc.

En estas alternativas ó contradicción de esperanzas y temores trascurrió todo Enero, todo Febrero, y unas veces se daba por sublevada toda Andalucía, Galicia y Aragón, y otras por presos los jefes de la rebelión y derrotadas sus tropas. Y á todo esto el Gobierno no habia hablado

LA REVOLUCIÓN. 201

una sola palabra ; y la Gaceta de Madrid, su órgano único, callaba tenazmente sobre todo lo que tuviera relación con tan formidable acontecimiento.

Por fin, el dia 4 de Marzo rompió el silencio la Sibila oficial, y en un Real decreto, precedido de largo y pedantesco preámbulo, que, como todos los anteriores de Fernando, empezaba con esta fórmula : « Desde que la Divina Providencia me restituyó al trono de las Españas », y concluía con «ordenar una nueva organización del Consejo de Estado , y que éste y los tribunales supremos le consultasen lo que creyeren conveniente para el buen gobierno de la monarquía. » — Pero esta disposición tímida, incompleta y evidentemente motivada por lo apremiante de las circunstancias, no bastaba de modo alguno á contenerlas, tanto más, cuanto que al mismo tiempo iban llegando las noticias de que, no sólo las ciudades de Andalucía, sino también las de Galicia, Asturias, Aragón y Cataluña estaban realmente unidas al movimiento del ejército de la Isla; y, por último, que el general Conde de La Bisbal , á quien el Rey habia enviado con algunas tropas á fin de combatir la insurrección, se habia también pronunciado en Ocaña en el mismo sentido. — A este punto ya poco ó nada quedaba que hacer : todavía, sin embargo, por Gaceta extraordinaria de 6 del mismo se hizo pública una Real orden, comunicada al Consejo de Castilla , y firmada por el ministro de Gracia y Justicia, Marqués de Mataflorida (1), en que se decia

(1) Era este ministro el famoso D. Bernardo Mozo Eovsales, el mismo que en 1814 redactó ó firmó el primero la representación al Rey de los sesenta y nneve diputados apellidados los Persas. El título de Marqués de Mataflorida parece que le compró en veinte mil duros á los padres de Atocha, á quienes Fernando lo habia cedido con otros , para que con su producto acudiesen á reedificar su iglesia y convento; pero en el vulgo era apellidado

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que « convencido S. M. de lo conveniente que era la in- » mediata celebración de Cortes, acordaba que el Consejo )) dictase las providencias al efecto. )) Pero también esta resolución (que el 4 de Mayo de 1814 se ofreciera, y entonces hubiera sido suficiente) no lo era ya de modo alguno; y tanto, que llamado apresuradamente por Fernando el general Ballesteros para que le dijese con franqueza lo que podia hacerse, éste manifestó al Rey que, habiendo ya las cosas llegado al último extremo, no habia más que hacer sino jurar la Constitución de 1812. Así se acordó por la Real orden siguiente, publicada también poi" Gaceta extraordinaria á primera hora del dia 7 :

«Para evitar las dilaciones que pudieran tener lugar 3)por las dudas que al Consejo ocurrieren en la ejecución »de mi Decteto de ayer para la inmediata convocación 3)de Cortes, y siendo la voluntad general del pueblo, me he 'í>decidido á jurar la Constitución promulgada por las CórMes generales y extraordinarias en el año 1812.»

No bien esta importantísima resolución se difundió con la velocidad del rayo por todo Madrid, lanzáronse á la calle con un alborozo, una satisfacción indescriptible, todas las personas que representaban la parte más culta y acomodada de la población : grandes y títulos de Castilla, oficiales generales y subalternos , opulentos propietarios, banqueros y todo el comercio en general, abogados, médicos, y hombres de ilustración y de ciencia : todas las clases, en fin, superiores y medias, del vecindario confundíanse en armoniosos grupos, abrazándose y dándose mil parabienes, y sin lanzar gritos ni mucho mé-

Mata-cerrajeros , por no sé qué lance cruento habido en su casa con un oficial de aquel arte. Este ministro , sin embargo, no era el que en la opinión gozaba peor concepto , haciendo todos justicia á fiu relativa moderación y tolerancia.

LA REVOLUCIÓN. 203

nos denuestos contra lo pasado, confundíanse en un inmenso y profundo sentimiento de patriótica satisfacción.

— Aquello no era una asonada como en Marzo de 1808, no era un motin como el de Mayo de 1814, no era tampoco un pronunciamiento como otros que le sucedieron : era una espontánea satisfacción y holgura , más semejante á la simpática y expansiva de los educandos de un colegio en dia de asueto , ó la que expresó el pueblo de Madrid el 7 de Febrero de 1860 al saber la victoria de Tetuan; y si las clases más humildes de la población, los menestrales y artesanos, brillaban ahora por su ausencia,

— porque aun no hablan comprendido la importancia de tamaño acontecimiento , — también por otro lado veíase libre la sensata y patriótica manifestación de las turbas aviesas y desbordadas, que tampoco hablan acudido, porque nadie las habia llamado á ganar un jornal ó echar nn trago , y en realidad , porque ninguna falta hacían. ¡Ojalá que en adelante se hubiese prescindido de ellas! \ Ojalá que nunca hubiesen empañado con su hálito ponzoñoso el puro ambiente de sincero y leal contento que respiraban aquellos inofensivos patriotas y candidos revolucionarios !

Movidos por un sentimiento unánime de esperanza y <ie gratitud, y sin volver la vista á lo pasado, lanzáronse ante todo á las avenidas del Real Palacio, aclamando vigorosamente al Monarca, á quien expresaban de mil maneras sus sentimientos de gratitud y lealtad; ni un solo grito , ni un solo gesto discordante empañaron por un momento aquella escena, y cuando Fernando se presentó en el balcón , y aun les dirigió algunas palabras aconsejándoles que se retirasen, todos obedecieron, respondiendo con atronadores vivas al Rey y á la Constitución.

Entre tanto, los más influyentes en el inmenso concurso dirigiéronse á la casa de la Villa, comprendiendo.

204 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

bien que el primer paso que habia que dar era reponer el Ayuntamiento Constitucional de 1814, ó elegir otro nuevo por el primitivo medio de aclamación popular , y fueron seguidos por la multitud, exclamando todos ¡Al Ayuntamiento ! ¡ Al Ayuntamiento ! — Henchidos los salones consistoriales hasta rebosar, y completamente llenas también las escaleras, el portal y la plaza por los que no lograron penetrar en aquéllos, los allí reunidos, grandes de España, títulos de Castilla, propietarios, comerciantes, abogados y hombres de letras, procedieron á improvisar la lista de los nuevos concejales, que consultada luego desde el balcón con la inmensa multitud que llenaba la plaza, era convertida de este modo en la nueva municipalidad. — Mas en medio de la efusión y algazara de tan singular espectáculo, trasunto del antiguo foro romano ó ateniense, no debo ocultar que á veces tomaba algún tinte poco serio. — Por ejemplo : aparecía en el balcón el poeta Gorostiza (1) con un papel en la mano y reclamando el silencio, decia : — «Ciudadanos, ¿quieren ustedes para alcalde primero constitucional al Sr. Marqués de las Hormazas? — «¡Sí, sí! ¡viva!», decia con entusiasmo el pueblo. — Pero en esto una voz salida de uno de los grupos dice : — «¡No, que es tío de Elío!» — y el pueblo en el instante, recobrado de su primer movimiento, dice : «¡Abajo, fuera las Hormazas! ¡Otro,

(1) Don Manuel Eduardo de Gorostiza, mejicano de nacimiento , amique hijo de padres españoles y avecindado en Madrid , se habia conquistado un buen renombre literario con sus lindas comedias Indulgencia para todos, Don Dieguito, Tal para cual, Las Costumbres de antaño, etc., en las cuales acreditaba dotes muy relevantes, como sucesor más inmediato del insigne Moratin. Pero en estos dias se lanzó decididamente á la política, y en ella continuó hasta 1823, en que emigró á su patria, Méjico, llegando luego por su talento á los más altos puestos en aquel Estado.

LA REVOLUCIÓN. 205

otro!» — Continúa Gorostiza : «¿Quieren W. entonces por Alcalde primero al Sr. D. Pedido Sainz de Baranda? — ¡Muy bienl jviva, viva el alcalde de 1808, el defensor de Madrid! — ¿Quieren W. por alcalde segundo al

8r. D ? — ¡Bravo! ¡bien! ¡bien!, grita la multitud; y

Goroátiza , abriéndose de brazos, exclama : «Pero, señores, si no lo be dicbo todavía. » ( Risa general y palmoteo.)— «Vaya, pues, iba diciendo : ¿quieren ustedes al Sr. D. Rodrigo de Aranda para segundo alcalde?» — ¡Bien, bien! ¡viva Aranda! ¡viva Baranda!» — Y así continuó esta singular elección, siendo de observar que de este modo tan sencillo y primitivo se .improvisó uno de los mejores Ayuntamientos que ba tenido Madrid.

Otros grupos numerosos, más intencionados, compuestos especialmente de la gente joven, dirigiéronse á la casa de la Inquisición, en la calle entonces de su nombre y ahora de Isabel la Católica — y es la que está señalada con el núm. 4 nuevo — con el objeto de penetrar en sus prisiones y dar libertad á los encerrados en ellas. — Invadieron, pues, el portal y escaleras, subieron basta los pisos altos y penetraron con hachones en los subterráneos, ganosos de devorar con la vista el horroroso espectáculo que suponían, de los infelices presos , los tormentos y cadenas; pero (hablando en puridad) nada de esto encontraron, y cuando sallan, medio asfixiados con el humo de los hachones, de aquellos lúgubres subterráneos (que se prolongaban hasta la bajada de Santo Domingo), interrogados por los que quedaban afuera, sobre cuáles y cuántos tormentos y víctimas hablan hallado, sólo respondían, acaso por no darse por burlados, con estasó semejantes palabras : Indicios de horrores ; y era que en algún rincón hablan tropezado con unos clavos, que más parecían haber servido para colgar jamones que para atormentar á los reos; en otros, unos agujeros hondos

206 MEMORIAS DE TJÍí SETENTÓN.

ocupados por sendas cajas de botellas, que podrían tam^ bien haberse habilitado, según ellos, para sepulturas; y no faltó alguno que salió muy enternecido con un zapato de mujer en la mano, que luego resultó reconocer por suyo la hija del portero, que le habia perdido en aquella oscuridad , que ella llamaba la bodega ; y en ninguna parte, en fin, hablan encontrado alma viviente ni cuerpo moribundo. Me equivoco ; en el piso principal , en una salita con reja al patio ( de la que aun se conservan señales), hallaron al presbítero D. Luis Ducós, emigrado francés desde fines del siglo anterior, y rector del hospitalito de San Luis, en la calle de las Tres Cruces : este sacerdote era el más furibundo realista y místico exagerado, como lo prueban bien los libros que habia publicado con los títulos de El Cementerio de la Magdalena, El Judio Errante, La Nueva Antígona, etc., todos dedicados á la princesa, hija de Luis XVI; es decir, el hombre que parecía menos propio para hallarse en aquel sitio. — Esto prueba que la Inquisición por entonces habia descuidado el Santo Oficio, y que los señores inquisidores sólo pensaban en darse regalada \dda y cobrar sus creció das asignaciones. — Otros grupos más atrevidos se dirigieron á la casa del Consejo de la Suprema (calle de Torija), y aun allí diz que hubieron á las manos varios papeles y procesos, entre los cuales adquirió bufa celebridad uno que por entonces se susurró haberse encontrado , en cuya cubierta se leía : «Causa formada á la R. madre

Sor por volar y otros excesos; pero yo recuerdo muy

bien haber oído algún tiempo después esta anécdota de boca del difunto Duque de Veragua y con referencia á la Inquisición de Valládolid.

Durante todo el siguiente día 8 , como la impaciencia del pueblo por que el Rey jurase inmediatamente la Constitución era grande, se publicó el nombramiento de una

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Junta provisional consultiva de Gobierno, compuesta del Cardenal Arzobispo de Toledo, presidente ; el general Ballesteros, el obispo de Mechoacan, Abad y Queipo, y los Sres. Lardizábal , Valdemoros , Tarrius , Crespo de Tejada, Conde de Taboada, Pezuela (D. Ignacio) y don Vicente Sancho ; se arregló provisionalmente también un Ministerio mientras que se elegia el definitivo ; y se nombró jefe político de Madrid al Sr. de Rubianes , grande de España, y á D. Gaspar Vigodet, capitán general de Castilla la Nueva. — Señalóse, en fin, el siguiente dia 9 para el acto solemne del juramento del Rey á la Constitución, que tuvo efecto á las seis de la tarde de aquel dia en el salón de Embajadores del Real Palacio , jurando el Rey en manos del Cardenal Arzobispo de Toledo , presidente de la Junta Consultiva, y en presencia de ésta, del Ayuntamiento y demás autoridades.

Durante la ceremonia una inmensa concurrencia bencbia materialmente la plaza del Mediodía , ó del Reloj , y aclamaba con entusiasmo al Rey constitucional ; las tropas de la guardia formaban en la misma plaza, y las músicas y bandas de tambores ejecutaban la Marcha Real. Un momento de silencio ' sucedió á un ¡viva! prolongado, cuando , abierto el balcón principal , apareció en él Fernando VII con su esposa y toda la Real familia, rodeados de todos los personajes arriba citados; el Rey, con las muestras más expresivas de satisfacción y haciendo señal con la mano para hacerse oír, dijo : — «Ya estáis satisfechos; acabo de jurar la Constitución y sabré cumplirla.» — ¡Viva el Rey! ¡Viva la Constitución! — fué la unánime contestación del público á estas palabras , y entre el clamoreo general, sobresalían diferentes voces, diciendo alternativamente : — Señor , ¡ que haya iluminación y repique de campanas ! — ¡ Que se publique la Constitución ! — ¡Que se ponga en libertad á los presos políticos! — ¡Que

208 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

8e cante el Te Üexim! — ¡ Que se suprima la Inquisición ! <( — Bien, bien está, añadió el Rey; todo eso se hará in- » mediatamente ; ahora retiraos á vuestras casas y pro- » curad conservar el orden. »

No hubo una sola voz malsonante que empañase aquel entusiasmo patriótico ; solamente un indiscreto tuvo la infeliz ocurrencia de alzar en sus brazos á un niño de corta edad diciendo : — ¡ Ciudadanos ! éste es el hijo del general Lacy , víctima del despotismo. — Pero al instante se vio obligado á callar , aplaudiendo empero y acariciando todos al niño , á quien condujeron en un carruaje á casa do su madre , la viuda del General — que era la de las Siete Chimeneas — delante de cuyos balcones, que dan á la plaza del líey, y siendo entrada ya la noche, se improvisó una serenata. — Por último, el dia 10 se hizo público, también por Gaceta extraordinaria, el célebre Manifiesto de Fernando , en que decia : « Habiéndome hecho enten- ))der los deseos del pueblo y del ejército, he oido sus 3> votos, y cual tierno padre he condescendido á lo que )>mis hijos reputan conducente á su felicidad He jurando esa Constihicion por la cual suspirabais , y seré siem-

y)l)re su más firme apoyo Ya he tomado las medidas

:» oportunas para la pronta convocación de las Cortes

~)> Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda '» constitucional , etc.»; con cuya terminante declaración, que por entonces nadie quiso poner en duda, llegó á su colmo el entusiasmo general, con la expansión propia de mi pueblo nuevo en los azares de la política, que le permitían entregarse confiadamente á los ensueños halagüeños de la fantasía y á los impulsos generosos del corazón. Y era que entonces se sabía mucho menos; pero se sentía mucho más.

LA REVOLUCIÓN. 209

II.

El primer uso que naturalmeute hubierou de hacer los ciudadanos de su reciente libertad era el de reunirse para expresar su contento, comunicarse y robustecer sus ideas y sus esperanzas , y disponerse á defenderlas si por acaso las viesen atacadas ó contradichas. La circunstancia de hallarse á la sazón cerrados los teatros, como era entonces costumbre durante la Cuaresma , hizo que la inmensa multitud que por su clase y costumbres no podia continuar su ruidosa manifestación por las calles públicas, acudiese desde aquella noche á los cafés y establecimientos públicos, donde pudiesen comunicarse sus afectos y pensar en alta voz , de cuya facultad se hal)ian visto privados durante seis años. — El llamado de Lorencini, que era el más decente de los pocos que á la sazón había en Madrid, situado en la Puerta del Sol, frente á la fuente y en la casa que hoy lleva el núm. 2, inmediata á la capilla de la Soledad del convento de la Victoria (después derribada, y en cuyo solar se rompió la calle nueva de Espoz y Mina ) , fué el preferido por lo más acentuado de la concurrencia ; y aunque dicho café era relativamente pequeño, consistiendo en un saloncito y galería, en cuyo extremo se abria un patinillo cubierto de cristales y bastante bien decorado, con lindos frescos pintados por Rivelles; y aunque su pequeña entrada por el portal no era tampoco la más á propósito para tan gran concurso, ello fué que se colmó instantáneamente por aquellos entusiastas ciudadanos, hasta el punto de no poderse mover. — A los diálogos animados de los grupos sucedieron las arengas y discursos individuales, subiéndose

210 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

unos atropelladamente sobre las sillas y las mesas^ consiguiendo apenas hacerse oir, leyendo otros cartas y papeles de las provincias levantadas, recitando algunos versos y canciones patrióticas , y enderezando todos vehementes apostrofes contra el despotismo y en pro de la libertad; todo con el más amable desorden y alborozo universal, sin más excepción que el sobresalto que se dibujaba en la cara del propietario, D. Carlos Lorencini, que veia convertidas sus mesas y mostradores en pulpitos y tribunas, y á sus mozos y camareros convertidos en estatuas decorativas, mudos, inertes y en correcta formación. — Por supuesto que unos á otros oradores se embarazaban y oscurecían por completo , y nadie podia hacerse entender de los demás en aquel unísono desconcierto, hasta que el poeta Gorostiza (que tan animado papel desempeñó en aquellos dias) consiguió al fin hacerse escuchar, y en una sentida y vehemente declamación hízose intérprete fiel del público entusiasmo, obteniendo una ovación hiperbólica y aun el título ad honorem de presidente, regulador ó maestro al cémhallo de aquella agrupación, que, de modesta y prosaica de concurrentes á un café, pasó á tomar el título y rango de Sociedad patriótica de los amigos de la libertad, y que, andando los dias (ó las noches), no sólo llegó á influir, y mucho, en descarriar la pública opinión, sino que hubo de llamar la atención del Gobiernocon ciertas excentricidades y desvarios, que acabaron á mano airada con su alegre celebridad.

Otras reuniones análogas se improvisaron en aquellos dias, y como menos borrascosas que la de Lorencini, tuvieron la fortuna de sobreviviría , sin contratiempo. Era una la que funcionaba en el café de San Sebastian, calle de Atocha y plaza del Ángel, formada por lo general de gente de más modesta condición, y por consiguiente, de menor valía y empuje ; era más bien una reunión de bue-

LA REVOLUCIÓN. 211

ñas gentes, que se entregaLun sin pretensión alguna á sus desahogos políticos y á sus libaciones báquicas, alternando las peroratas tribunicias con grotescas manifestaciones de una barbarie de buena fe. — Cierta noclie, por ejemplo , y después de una pindárica arenga de un tribuno incipiente en elogio de la libertad y de la soberanía del pueblo , subió sobre una mesa un honrado tablajero — que tema su puesto en la vecina plaza de Antón Martin— diciendo : «Señores, pido la palabra (cuando él ya se la habia tomado) : todo lo que acaba de icu' el señot propinante es muy santo y muy güeno ; pero yo voy á hablar ahora del despotismo amhidante (textual) ; y sin hacer el menor caso de la risa general que su exordio habia excitado, siguió contando corno que los alguaciles .del repeso le molestaban continuamente con el registro de sus mercancías, ó el contraste de sus pesas, concluyendo por decir candorosamente : — «Si no se quitan los alguaciles, ¿para qué me sirve la libertad?» (Ajdausos.)

Y aquí vemos ya despuntar el contraste del idealismo del Ingenioso Hidalgo con la impura realidad del egoísta Sancho, cuando á los elevados apostrofes del andante caballero replicaba con aquella sencilla pregunta : — «Pero, señor, ¿cuándo viene mi ínsula?»; — ó bien la del galleguito del cuento, que caminaba á pié y descalzo, hasta que un pasajero compadecido le invitó á subir á las ancas de su muía , á lo cual contestó el muchacho : — «Está bien, mi amo ; y ¿cuánto voy ganando ? »

Otra reunión tenía efecto en la fonda-café de la Gran Cruz de Malta, calle del Caballero de Gracia, junto al oratorio ; pero ésta conservó más bien su primitivo carácter de café cantante, sólo que en medio de los dúos y cavatinas de sus programas se improvisaban lecturas de versos patrióticos, se enderezaban arengas tribunicias, harto subidas de color, y entre los raptos y brindis, votos yju-

212 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

ramentos á toda orquesta de la animada concurrencia, concluía el todo con entonar el Himno de Riego (1).

Otra Sociedad patriótica, en fin, más seria é importante, sucedió á la suspensa de Lorencini; pero ésta no fué ya atropelladamente y con indiscreta mezcla de toda clase de personas. Componíanla, pues, bajo el título de Los Amigos del orden, hasta un centenar de sujetos de

(1) La música con que se cantó primeramente este famoso himno (cuya letra habia compuesto D. Evaristo San Miguel) no es la que después ha sido generalmente conocida y aceptada como himno nacional. Aquélla, que está en compás de2/i>es mucho más marcial y propia , y pudo ser compuesta (según noticias de mi amigo el Sr. Saldoni) por un oficial del ejército de la Isla, llamado Miranda. La del que prevaleció , y es la única conocida hoy, está en compás de %, y no es otra cosa que una contradanza que el peritísimo filamiónico coronel de Guardias Walonas, D. José María iJe Reart y Copons, habia compuesto hallándose prisionero en Francia en el depósito de , donde creo que Riego estaba prisionero también. Esta noticia , que varias veces oimos de boca del mismo Reart, nuestro común amigo, el Sr. Saldoni y yo, es de una exactitud incontestable , atendida la modestia y hasta el retraimiento de dicho caballero , el cual cuando vino á Madrid no volvía en sí (son sus palabras) de la sorpresa cjue le causó el ver convertido su juguete en himno nacional. — Ambas músicas, la de Miranda y la de Reart, fueron cantadas por el mismo Riego y sus ayudantes en el teatro la noche que llegaron á Madrid, con la letra conocida de D. Evaristo San Miguel, que dice :

« Soldados, la patria Nos llama á la lid; Juremos por ella Vencer o morir,» etc.

Surge, sin embargo, una duda, y es la de saber cuál de los dos himnos fué el j^rimitivo entonado 2wr la columna de Riego. Si el de Miranda, como es de presumir por su aire marcial, ¿cómo es que el mismo Riego cantó en el teatro el de Reart, y que luego fué adoptado por las bandas de música y la sanción popular ?

LA REVOLUCIÓN. 213

representación y suficientemente conocidos por su ilustración y sus opiniones generalmente templadas; y esta Sociedad escogió para sus reuniones el salón bajo de la fonda titulada La Fontana de Oro, en la Carrera de San Jerónimo, esquina á la calle de la Victoria, cuyo salón, muy prolongado, aunque algo estrecho, formaba un martillo á su final á la calle del Pozo, y por la de la Victoria abria siete ú ocho rejas á la altura del hombro, con cuyo ensanche prestaba á la concurrencia aquel espacio, desde donde podia escuchar al aire libre la voz de los oradores.— Esta Sociedad tenía su reglamento y su Junta presidencial, y por algunos dias se ostentó animada de un espíritu templado, aunque en sentido muy liberal; y los diversos oradores que subieron á la tribuna manifestaban su propósito de no atacar duramente al Gobierno. Los Sres. Gorostiza, Cortabarria, Adán hermanos, Nuñez, Mac-crohon y otros siguieron algún tiempo aquel sistema ; pero dominados por la elocuente voz del joven D. Antonio Alcalá Galiano, que procedente del alzamiento de la Isla, donde habia representado muy importante pajDjel, inició insensiblemente en la Sociedad, y más especialmente en el auditorio (que, como todo público, se prestaba más á la censura que al aplauso), un espíritu hostil, de violenta oposición, que no tardó en llamar la atención y la actitud severa del Gobierno. Era blanco de sus perjidas declamaciones (como el mismo Galiano las calificaba) la presencia en el Ministerio de la Guerra del Marqués de las Amarillas, único que no procedía de la persecución absolutista; y de paso, y aunque oficial de la Secretaría de Estado , no economizaba tampoco á los otros ministros, Arguelles, García Herreros, Canga y Pérez de Castro, á quienes empezó á calificar de sujetos á la influencia palaciega y de ingratos á la causa y á los hombres que los habían sacado de las cárceles y de los presi-

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dios, etc., etc.; sembrando de este modo con su arrebatadora elocuencia los primeros gérmenes de la discordia, que no tardó en convertirse en odio j enconada agresión.

A mediados de Abril llegó á Madrid uno de los primeros caudillos del levantamiento, el comandante del Estado Mayor de aquel ejército D. Felipe del Arco Agüero, ya mariscal de campo, así como sus compañeros Quiroga, Riego y López Baños; persona sumamente simpática por su elegante figura , distinguidos modales é instrucción nada común; venía, pues, á felicitar al Rey, á nombre del ejército, por haber accedido á los deseos del mismo y del pueblo , y al propio tiempo á renunciar, á su nombre y al de sus compañeros, el grado de general que habían recibido no sé de quién. — Las sociedades patrióticas de Lorencini, San Sebastian y la misma de la Gran Cruz de Malta (á cuya fonda vino á parar este jefe) se dispusieron á hacerle una pomposa ovación, y aun se atrevieron á anunciar al público la carrera que habia de llevar desde la puerta de Atocha á Palacio, cosa que disgustó sobremanera á la Municipalidad, según expresó claramente en bando del siguiente dia. Pero , en fin , la entrada verdaderamente triunfal de Arco Agüero tuvo efecto á las doce del dia 18, y la presencia de aquel brillante joven con el uniforme del Cuerpo, su sombrero apuntado con galón y plumero verde (distintivo que habian adoptado los caudillos del ejército de la Isla) y sus modales caballerescos, excitó la simpatía general del numeroso pueblo que ocupaba las calles, y que le agasajaba con vivas, flores y coronas de laurel, arrojando también las palmas del reciente Domingo de Ramos coloca-

LA REVOLUCIÓN. 215

das en los balcones, y formando con ellas los acompañantes una comitiva vistosa é imponente. Llegado á Palacio, fué igualmente bien recibido por el Rey, que le manifestó que no admitía la renuncia j aun confirmaba su ascenso y el de sus compañeros al grado de general (1). Más ordenado y ñistuoso, aunque no tan espontáneo, fué el recibimiento hecho dos meses después (23 de Junio) al general D. Antonio Quiroga, como primer jefe en

(1) Las sociedades patrióticas organizaron también un banquete en la Cruz de Malta y una función en el teatro del Príncipe para obsequiar al simpático jefe. En aquél dirigióle el poeta Gorostiza el siguiente brindis en un soneto , que prueba que la musa castellana habia recobrado el habla :

« Esos gritos de plácida alegría, Gritos de libertad, vivas sinceros, No los pronunciau labios embusteros, Ko los dicta servil hipocresía.

»E1 odio hacia la infame tlrania , El amor á la patria y á sus fueros, Son de los españoles verdaderos La divisa tan sólo en este dia.

«Recibe, pues, valiente ciudadano (Gloria eterna del cuerpo en que serviste). De nuestra gratitud la fe sencilla.

)) Constitución y Rey firmó tu mano, Constitución y Rey ganar supiste. Constitución y Rey diste á Castilla. »

Y en el teatro las Sras. Benita y Francisca Moreno, primeras ahsolutas, después de varias canciones patrióticas en los entreactos de la tragedia T'iVí//?! ¿a, entonaron un nuevo himno, dirigido o Z Ejército libertador, música compuesta por el Director de la orquesta D. Esteban Moreno , y tan patética como poco marcial, cuya melodía (que conservo perfectamente en. la memoria, como todas las demás de aquella época), más que himno guerrero, parecía música de capilla, como antífona ó gozos de San José. El estribillo ó coro de este himno decía así :

« GuciTeros, la patria Os da el parabién Porque sus cadenas Supisteis romper, »

216 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

categoría del levantamiento, el cual venia á tomar posesión de su asiento en las Cortes como diputado por Galicia. El A}Tintamiento le hizo una gran recepción, saliendo á esperarle en corporación, conduciéndole en marcha ostentosa á las Casas Consistoriales, y de allí á Palacio á presentar sus respetos al Rey, y obsequiándole después con un banquete campestre en la alameda de la Virgen del Puerto (1). La población de Madrid también se asoció á este festejo, y simpatizó con el recien venido, especialmente el bello sexo, atendida la hermosa persona de este caudillo , el cual siempre manifestó cierta cordura y circunspección en las Cortes y fuera de ellas.

En este medio tiempo, desde Marzo á Junio, se habia adelantado mucho para el planteamiento del nuevo sistema : habíase formado el Ministerio, compuesto de los señores Pérez de Castro, Arguelles (D. Agustín), Canga

(1) En este banquete y en la función teatral con que aquella noche obsequió el Ayuntamiento de Madrid al general Quiroga, se cantó por primera vez el Himno de la Libertad^ cuya música se encargó al maestro D. Ramón Carnicer, y la letra no sé á quién, pero de segiu-o no fué á ningún poeta inspirado. Decia así el estribillo :

a Llbertafl , libertad sacrosanta , Nuestro numen tú siempre serás; Puedes vernos morir en tus aras, Mas vivir en cadenas , ¡ jamas !

Adoptado después por la Milicia nacional, trocó esta estrofa por esta otra :

« Avauznd, avanzad, compañeros, Con las armas al hombro avanzad, Libertad para siempre clamando, 1 Libertad , libertad , libertad ! »

Pero en ninguno de los dos casos correspondía la letra á la entonación robusta y majestuosa de la música de Carnicer.

LA REVOLUCIÓN. 217

Arguelles, García Herreros, Marqués de las Amarillas, Jabat y Porcel, con aplauso de los amigos de las nuevas instituciones, excepto el ministro de la Guerra, Amarillas, que, como queda dicho ya, no era del agrado de los del ejército de la Isla y de las sociedades patrióticas. — Se habia celebrado la elección de diputados á Cortes por los tres grados de parroquia, de partido y de provincia que prescribía la Constitución, y llevándose á cabo con el mayor orden, dando por resultado una Asamblea compuesta de casi todas las ilustraciones del país en las altas jerarquías de la Iglesia, del Ejército, de la Magistratura y de la Ciencia ; — se habia formado instantáneamente la Milicia Nacional, acudiendo á inscribirse voluntariamente en ella grandes y títulos del Reino (1), acaudalados propietarios, banqueros, fabricantes y profesores de las ciencias y de las letras , con tal decisión y entusiasmo , que en breves dias quedaron organizados dos batallones de infantería y un escuadrón de caballería; y se habia, en fin, reprimido el espíritu descontentadizo, y aun sedicioso, de algunos centros y publicaciones, que empezaban ya á manifestar los síntomas de insubordinación y hostilidad.

En tales condiciones llegó el dia 9 de Julio , señalado para la apertura de las Cortes y el juramento del Rey en el seno de las mismas , y puede decirse que en él concluyó la luna de miel de aquel tierno consorcio de la Constitución ó de la libertad con la Monarquía. — Presentóse el Rey en el seno de la Representación nacional con cierto aire de satisfacción y cordialidad , siendo recibido por las Cortes con no fingidas muestras de respeto y corte-

(1) Sólo de estas clases recuerdo los de Abrántes, Oñate, Arion, Noblejas, Altaniira, Alcañices, Miraflores , Pontejos, Rubianas, Frías, el Parque, Gor, Florídablanca, Isurbieta, Perales, Clavijo, etc. , etc.

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sía. Femando ocupó el trono , y leyó pausadamente y con Yoz clara y marcada intención un discurso muy bien escrito (por el ministro Arguelles), en que expresaba su satisfacción por hallarse en medio de las Cortes del Reino, y su firme propósito de marchar de acuerdo con ellas en el desempeño de las altas atribuciones que le encomendaba la Constitución. A cuyo discurso respondió con otro no menos acentuado y cortés el digno Presidente — que lo era en aquel mes el ilustrado arzobispo electo de Sevilla D. José Espiga y Gadea ; — porque todavía no .se habia establecido la extraña costumbre de empeñar una difusa discusión de dos meses ó más para contestar al discurso del Trono. — Concluido este solemne acto, el primero de su clase que se ofrecía al pueblo español, regresó Fernando á Palacio en medio de una legítima ovación, y siguiendo la carrera que le hablan señalado las Cortes de 1814 — y que él rehusó por entonces — subió por la calle de Torija á la plazuela de Santo Domingo y calles de Silva, Luna, ¡Desengaño!, Fuencarral, Montera y Puerta del Sol , y de allí por la calle Mayor á Palacio.

Ese fué, repito, el último dia de manifestación alegre y cordial , de unidad de sentimientos y de horizonte despejado y tranquilo; algunas nubes, aunque lejanas, se observ^aban en él; algunos presentimientos tristes, algunos síntomas de próxima discordia se dejaban adivinar. ¿De quién era la culpa? ¿De la corte y de los partidarios del antiguo sistema, ó de la exageración y destemplado orgullo de los vencedores? — De todo hubo mucho que condenar; porque, si bien es cierto que la doblez y la falsía se dio á conocer muy pronto por aquel lado, también lo es que la arrogante altivez del triunfador le arrastraba fatalmente al suicidio. — Esto es lo corriente y que sucede siempre en las luchas políticas. La fábrica de un

LA REVOLUCIÓN. 219

partido la tiene el opuesto ; y así como las violencias y desmanes del absolutismo dieron vida á las ideas de libertad, los partidarios de ésta á su vez, con su desvanecimiento y su imprudencia, habían necesariamente de empeñarse en .reverdecer aquella odiosa dominación y rehabilitar las esperanzas de sus adictos.

En cuanto al pueblo inconsciente (como ahora se dice, y que entonces lo era en realidad ) , poco acostumbrado á las teorías y prácticas políticas, contentábase por el pronto con escuchar, abriendo tanta boca, las pindáricas arengas de los tribunos que entonces le lisonjeaban con la idea de su dignidad y de su soberanía, así como ahora le ofuscan y marean con la enumeración de sus derechos imprescriptibles, inmanentes, inalineables é inverosímiles; y cuando más , más, se permitía hacer para sus adentros la sencilla pregunta del galleguito del cuento: — ((¿Y cuánto voy ganando con todo eso?» — Pero, en fin, esta preguntilla no pasaba por entonces de un rinconcito de su cerebro, y luego la daba al olvido y se ponia á cantar á voz en cuello el Himno de Riego. — ¿Conservó en adelante la misma seráfica actitud, y se contentó por ventura con este inocente y filarmónico desahogo? — Esto es lo que vamos á ver en el capítulo siguiente.

CAPITULO XIII.

1820.

TERÍODO CONSTITUCIONAL.

Asi como en los dramas clásicos suele verse observada la costumbre de que el personaje principal, ó sea el protagonista de la acción, no aparezca en la escena hasta la segunda jornada, estimulando de este modo el apetito del auditorio y excitando sus deseos de conocerle , de la misma manera en el interesante drama histórico de aquel memorable trienio no llegó á presentarse en nuestra capital hasta el segundo cuadro, que hoy me toca bosquejar, el héroe principal de aquel argumento, el que le diá vida y forma, el dia 1." de Enero, en las Cabezas de San Juan, D. RafaeVdel Riego, en fin, á quien parece que la fatalidad arrastraba á empujar en rápida pendiente aquella formidable máquina que él propio había osadolevantar.

Hasta el último dia de Agosto de dicho año, es decir, hasta pasados seis meses desde el juramento del Rey á la Constitución, no se presentó Riego en Madrid, dejando, como ya fué dicho, á sus compañeros Arco Agüero y Quiroga recoger las primicias del triunfo en ostentosa ovación : y este raro desden de parte de quien tanto an-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 221

helaba ser objeto del aura popular (á que sin duda alguna tenía mayor derecho en esta ocasión) no procedía en Riego de exceso de modestia, como ni tampoco de que le faltasen deseos de recibir en la capital de la monarquía el entusiasta homenaje á que se consideraba acreedor. Obrando, empero, con especiosa cautela, prefería mantenerse al frente del ejército de la Isla y sostener de este modo una especie de protesta armada con que poder contradecir ó impulsar en cierto sentido la marcha del Gobierno.— Éste, que por su parte veia en Riego un poderoso rival, y en las fuerzas reunidas á sus órdenes un obstáculo material para el desenvolvimiento prudente del sistema recien planteado , hubo al fin de decidirse á disolver aquel ejército , que por su espíritu y tendencias, y hasta por su coste material, se hacía ya insostenible; y por medio de halagos y complacencias , trató de atraerse al general que le comandaba y que tenía en su mano aquella formidable máquina de guerra.

Riego en tanto, desvanecido con su gran popularidad, no se manifestaba dispuesto á cambiar su arrogante actitud, y sin negarse abiertamente á cumplir las órdenes del Gobierno, trató de sortearlas, y al efecto presentóse inesperadamente en Madrid el dia 31 de Agosto , avistándose con los ministros y hablando con sobrada altanería, echándoles en cara que á su esfuerzo era debido el triunfo de la libertad y la alta posición que ellos mismos ocupaban : hecho lo cual se dio al público, ó más bien á sus entusiastas apasionados de las sociedades patrióticas, públicas y secretas, que acudieron en numerosa falange á aclamar al héroe de las Cabezas y darle una ruidosa serenata delante de la fonda del Ángel (plazuela del mismo título, entre las calles de Carretas y de la Cruz), adonde se hallaba hospedado. — No contentos con esto, y de acuerdo con el Ayuntamiento (que ya empezaba á tomar

222 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

aires de Hotel de Ville), resolvieron que, pues que Riego habia entrado de incógnito en Madrid (sin duda para rehusar su modestia darse en espectáculo en triunfal ovación), era necesario — ¡risum teneatis! — volverle á hacer salir fuera de las puertas de la capital, é ir á recibirle en su nueva entrada con las consabidas músicas y acompañamiento.— Así se verificó al siguiente dia en una larga procesión, verdadera parodia de las anteriores, ostentándose las casas engalanadas con colgaduras, por orden del Ayuntamiento, repique de campanas y formación de las guardias — con lo que acabaron de desvanecerla escasa fortaleza de este nuevo Masaniello — y dirigiéndose á la Casa Consistorial, el Ayuntamiento, reunido en sesión solemne, le cedió la presidencia, amenizando el todo con las obligadas peroratas del caso.

La Sociedad de la Fontana, que habia tomado la iniciativa en esta semi-bufa solemnidad, le obsequió después con un banquete en sus mismos salones, y en seguida le condujo al teatro del Príncipe , donde , á vueltas de las más calurosas aclamaciones, llegó á su colmo el desvanecimiento del héroe, hasta el extremo de entonar él y sus ayudantes su propio himno, cantado por todos los tonos y con todas las disonancias posibles; hizo más, y fué disponer que sus ayudantes pusieran en conocimiento del público la insultante y grosera canción del Trágala, que traian de Cádiz y que tan perniciosa influencia llegó á tener en la opinión de las masas populares, y por consiguiente, en la marcha violenta de la revolución (1).

(1) La letrilla de esta canción, que en un principio se aplicaba á una música tan insípida como enojosa, decia en su primer estrofa :

« Por los serviles No hubiera unión.

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 223

El Gobierno, entre tanto, que no podia ver con indiferencia este desvarío é insensafci conducta de Riego y de

Ni , si pudieran , Constitución ;

íPero es preciso Koau el hneso , Y el liberal Les dirá eso.

'» Trágala, trágala, Trágala, trágala. Trágala, trágala, Trágala, perro. r>

Más adelante se adoptaron infinidad de variaciones en la letra y en la música, á cual más insultante, como la siguiente :

« Trágala ó muere, Tú, servilón , Tú , que no quieres Constitución.

B Ya no la arrancas , Ni con palancas. Ni con palancas, De la nación. »

Y hasta se arregló para bandas de música con diferente compás y esta letrilla :

«Antiguamente A los chiquitos Se les vestia De frailecitos ,

» Pero en el dia Los liberales Visten los suyos De nacionales. »

TíTrágala, trágala, trágala. Trágala, trágala, trágala, trágala, Trágala, trágala, trágala. Trágala, trágala, servilón , Traga la CONSTITUCIÓN. » (Bis.)

Esta funesta canción , que vino á ser el ca-iru de la revdlucioa española , la hizo más daño que todas las bandas de facciosos.

224 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

SUS ardientes apasionados, tuvo necesidad de revestirse de saludable firmeza, y sin más miramientos , resolvió no sólo el licénciamiento del ejército de la Isla, sino que ordenó á su caudillo pasar de cuartel á Asturias, su patria; sabido lo cual por las sociedades públicas y secretas , y por la parte bullanguera del pueblo, produjo un verdadero motin, el primero de aquella larga serie de ellos que se sucedió en los tres años siguientes.

La noche del dia 6 de Setiembre, la Sociedad de la Fontana estuvo agitadísima, y el impetuoso Alcalá Galiano pronunció una de sus más atrevidas arengas, á que dio principio con estas palabras, que se grabaron fielmente en mi memoria : — «Censurar firme y moderadamente ))las acciones de los que gobiernan es el deber de todo ))buen ciudadano» (1). Pero ni todas las hipérboles, ni los arrebatos casi convulsivos del orador gaditano, fueron bastantes para contener al auditorio, c( que por cierto (decía Galiano) me abandonó, dejándome solo y corrido como una mona)), mientras que desfilaban á reunirse con los grupos de la calle, gritando desaforadamente contra el Rey, contra el Gobierno, contra los serviles, contra los palaciegos, contra todo el mundo, en fin, porque se desterraba á su ídolo favorito ; y recuerdo muy bien que entre la multitud de gritos (que por entonces no pasaron de inocentes desahogos) oí clara y distintamente uno tan extravagante, que excitó la hilaridad de los mismos amotinados : «¡Viva la República, y Riego Emperador!»

(1) Recordando yo estas palabras al fogoso tribuno en mi primer viaje á Francia é Inglaterra en 1833, cuando aun quedaban allí los emigrados exceptuados de la amnistía, me decía sonriendo : « ¡ Qué buena memoria tiene V. ! Entonces tenía yo su edad y lo

))veia todo de color de fuego ¡ Y que por ese lihraco — y seña-

»laba la Constitución de 1812, que estaba sobre la chimenea — esy> temos aquí tantos hombres de bien ! »

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 225

Pero el Gobierno no se durmió en las pajas, y dejándoles que se desahogasen á su modo, dispuso poner sobre las armas á la guarnición y á la Milicia Nacional, y á la mañana del siguiente dia 7, cuando ya todo estaba tranquilo, aparecieron colocadas en la Puerta del Sol dos ó tres piezas, con los artilleros al pié y la mecha encendida ; espectáculo que por lo raro é inusitado llamó la atención de los madrugadores, y aun de todos los alarmistas déla noche anterior. — Por cuanto aquel mismo dia, por extraña coincidencia, habia eclipse total de sol, y mientras que la mayor parte de la concurrencia se ocupaba en mirar al astro luminoso con cristale.'* ahumados, el Gobierno se presentaba en las Cortes en aquella célebre sesión, que por la misteriosa reticencia con que el ministro Arguelles amenazó con abrir las páginas de aquella historia, fué conocida en adelante por la sesión de las páginas. — Pero el Gobierno acertó á quedar en buen lugar ; Riego y sus ayudantes marcharon á los respectivos puntos de su destino; la sociedad de la Fontana fué suspendida, y la Milicia Nacional y las tropas de la guarnición dieron las más señaladas pruebas de sensatez y de cordura. — Pero la manzana de la discordia estaba lanzada : la levadura habia hecho su efecto en la masa popular, y el partido liberal quedó hondamente dividido entre los viejos doceañistas, patriarcas del mismo y víctimas del despotismo, y los novísimos ó veintenos, que le habían dado nueva vida, ó sea en moderados y exaltados, con cuyas denominaciones empezaron á hacerse cruda guerra, abriendo á los vencidos, á los serviles, la puerta por donde entrar tarde ó temprano á hacerse dueños de la plaza mal defendida.

226 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

11.

Las Cortes, entre tanto, congregadas en una Asamblea única con arreglo á la Constitución, continuaban sus importantes tareas con una calma, con una sensatez que demostraba bien su ilustración j patriotismo. Elegidas por el método de tres grados, prescrito en la misma Constitución (que, á pesar de sus imperfecciones, se prestaba menos á ciertos manejos de los partidos j de los Gobiernos), habia dado por resultado una Asamblea compuesta, como queda dicho, de casi todas las ilustraciones en las altas jerarquías sociales; y la gravedad j compostura que dominaba en sus debates, la abnegación y el celo con que abordaban las más arduas cuestiones dentro del espíritu liberal, la ausencia de violentos choques, hijos de la pasión política, la ilustración, en fin, y la lucidez de sus discusiones, las hacian dignas sucesoras de las inmortales Cortes gaditanas.

Y no es que faltasen en esta Asamblea representantes de todas las opiniones, de todos los ideales, sino que la verdadera ciencia y la respetabilidad de todos los diputados les permitian sostener y debatir aquéllas con abundancia de doctrina y sana y patriótica intención. — No era común en aquellas Cortes emplear largas horas en ardientes y apasionados discursos ; no hacian gala, tal vez, de una deslumbradora elocuencia tribunicia ó académica, sino que, como hombres de profundo saber, y penetrados del argumento que se debatía, haciéndose justicia mutua en cuanto á su común inteligencia, ocupábanse tranquila y reposadamente en el asunto puesto á discusión, sin hacer caso, tal vez, de la presencia de los taquígrafos y del aparato teatral del Parlamento.

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 227

Brillaban allí por sus grandes conocimientos, su rectitud de ideas y su modesta sensatez hasta dos docenas ó más de eclesiásticos, entre los cuales se contaban Martinez Marina, Espiga, Muñoz-Torrero, Castañedo, Villanueva, García Paje; los obispos Vallejo, Castrillo y Freile ; los doctores y catedráticos Martell, Navas, Cortés, Priego y Cepero; el famoso deán de Salamanca Lobato, y otros varios que no recuerdo ahora ; y entre los seglares políticos y literatos, magistrados, militares y hombres científicos, descollaban los Florez Estrada, Calatrava, Vargas Ponce, Moscoso de Altamira, Alvarez Guerra, GareUi, Clemencin, Banqueri, Sierra Pambley, Giraldo, Marcial López, Sancho, Ciscar, Quiroga, Golfín, Palarca, Tapia, Manescau, Azaola, Lagasca y Rojas Clemente, Allí, en fin, ostentaban su persuasiva elocuencia Martínez de la Rosa, Toreno y Alcalá Galiano. — Arguelles, Canga y los demás ministros no podían ser diputados por la Constitución; pero alternaban en los debates, — y hasta la excentricidad y la oposición de los partidos extremos tenían sus representantes respectivos en Romero Alpuente, Moreno Guerra, Lobato y algún otro.

No es, pues, de extrañar que con tan valiosos elementos, y animados todos por el más ardiente espíritu patriótico, emprendiesen serias y fructuosas discusiones, y llevasen á cabo en los cuatro meses de la primera legislatura, que terminó en 9 de Noviembre de aquel mismo año, leyes de la más alta importancia en todos los ramos, entre las cuales merecen contarse la de abolición de las vinculaciones, la del medio diezmo, la de supresión de los monacales y otras órdenes religiosas, la de amnistía á les que siguieron al gobierno intruso, y la de regularizacion de las sociedades patrióticas, y otras varias, que quedaron sancionadas por el Rey dentro de aquel mismo año. Cuando recuerdo la calma y la gravedad en las díscu-

228 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

siones de aquella Asamblea, el espíritu de tolerancia y abnegación que dominaba en aquellos hombres, casi todos víctimas recientes del despotismo, abnegación sublime, que les impulsó á rechazar la formación de causa contra los 69 diputados apellidados Persas; cuando recuerdo, en fin, aquella solemnidad con que celebraban sus sesiones en el salón de D.* María de Aragón — donde hoy el Senado — ■ ordinariamente desde las diez de la mañana á las dos en punto de la tarde, — ti*anquilidad y decoro que se reflejaban también en la tribuna pública ; — no puedo menos de conmoverme y consagrar en mi memoria un respetuoso tributo á tan ilustre Asamblea. De ella quedó, como preciado monumento, el Diario de sus sesiones, y como gráfica y desenfadada pintura de sus dignos miembros, un precioso folleto, en que con intención aguda, sabroso y desenfadado estilo acertó á retratarlos una castiza pluma (1). Hecha ya esta ligera reseña del Congreso, paréceme del caso proceder á otra igual de la j^i'^nsa j^riódica, cual y^a lo hice también anteriormente de las sociedades jyatrióticas, como únicos termómetros que estaban á mi alcance para apreciar y conocer el origen y desenvolvimiento de los sucesos públicos ; y voy á hacerla con la posible detención y el criterio imparcial é independiente á que siempre obedecí.

Los primeros diarios que, aprovechando la libertad de

(1) Titulábase este famoso folleto Condiciones y semblanzas de los Sres. Diputados á Curies en la legislatura de 1820 ?/ 21 , y por entonces y mucho tiempo después fué absolutamente ignorado el nombre de su autor. Mis investigaciones particulares me producen la convicción de que fué escrito por D. Gregorio González Azaola, famoso naturalista, y uno de los diputados retratados en él.

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 229

la prensa, formaron iglesia ó reunieron clientela, hasta el punto de conservarse durante todo ó casi todo aquel memorable trienio, fueron los que fundó el partido afrancesado liberal, compuesto generalmente de hombres de orden y de doctrina, aunque visiblemente desafectos á la Constitución vigente, j por ende mal vistos entre la mayoría del público, que por entonces se declaraba radicalmente afecto á la revolución y sus consecuencias. — El Universal fué el primero que se apoderó de la batida en el concierto de la prensa periódica, apadrinado por sus redactores D. N. Narganes, D. José María Graldeano, don J. Rodríguez, D. J. Caborreluz y otros varios, todos los cuales hicieron sus pruebas de doctrinarismo y de resistencia al desbordamiento de la pasión política; pero eran poco fuertes en la lucha que hubieron de sostener con otros diarios avanzados, si bien defendiendo con decoro sus opiniones y sus doctrinas, y explicando á su modo la Constitución vigente y los decretos de las Cortes. La gravedad y entonamiento de este papel, y su relativa destreza en la confección, atrajeron al Sahanon, apodo con el cual era conocido El Universal, aludiendo á su tamaño desconocido hasta entonces entre nosotros (y que hoy equivaldría escasamente al que tiene La Correspondencia^ , una numerosa clientela, que se apresuraba á suscribirse en su redacción, sita en la calle del Arenal, frente á la plazuela de Celenque, donde hoy se levanta el palacio de los Marqueses de Gaviria.

Un tanto más refractario que El Universal á las doctrinas constitucionales se levantó — taml)ien por los antiguos afrancesados — El Irnparcial, á cuyo frente se hallaba D. Javier de Burgos, el cual, acompañado de otros correligionarios suyos, llegó á ser eco personal de las opiniones de aquel profundo hombre de Estado, que tanto contrastaban con los vientos que corrían á la sazon^

230 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

por lo cual tan poderoso atleta rióse precisado á sostener combates formidables y apasionados con los que entonces, como ahora, se llamaban ecos de la pública opinión. — Y por último, completaba esta trilogía periodística, severa, intransigente y hasta cierto punto retrógrada, la excelente revista titulada El Censor, que bajo la inspiración de su fundador D. León Amarita, que para ello se convirtió de literato en hombre político y hasta en excelente tipógrafo, redactaban con singular acierto y energía poco común los insignes Gómez Hermosilla, Eeinoso, Miñano y Lista , haciendo de ella una publicación que, aunque primera en su género entre nosotros, es digna de aprecio aun en el dia, como lo acreditan los 17 tomos que comprende.

En oposición á esta formidable trinidad periodística, y defendiendo con más vehemencia que acierto los principios revolucionarios, fueron apareciendo multitud de periódicos diarios, terciarios, semanales, quincenos y sin período fijo, bajo los nombres más halagüeños, tales como La Aurora , La Ley, El Constitucional, La Libertad, Kl Sol, El Correo Liheral , El Independiente , El Conservador, El Patriota Español, El Eco de Ladilla, etc., que aparecían y desaparecían alternativamente, ó se refundían unos en otros , despedazándose mutuamente con la mayor cordialidad, y formando un tutti infernal, que dio origen á la discreta y agudísima sátira que les prodigaba á manos llenas el folleto intercadente titulado La Periódico-manía, que redactaba el abogado D. Francisco Camborda.

Preciso será , sin embargo , distinguir entre esta falange de escritores y en este diluvio de publicaciones, algunas que, aunque muy avanzadas, sostenían con algún decoro la lucha con los tres antedichos , y la defensa más ó menos exagerada de la revolución y sus consecuencias.

El primero y más acreditado de estos periódicos era el que llevaba por título El Espectador , y estaba redactado

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 231

con bastante esmero por D. Gabriel José García y don José de San Millan, agregándose á ellos alguna vez el general D. Evaristo San Miguel , por lo que venía á deducirse que este periódico era el verdadero emblema del partido exaltado, en contraposición al moderado, que representaba El Universal ; porque á la sazón eran ya conocidos con estas denominaciones los bandos políticos, así como en el primer período de la libertad se apellidaban sólo serviles y liberales. — El Constitucional, El Redactor Español y algún otro, en que escribían los Sres. Mora, Tapia, Aguilera, Macrohon, Peñalver, Ramajo y otros, sostenían iguales doctrinas y principios que El Espectador; pero , como en este bendito país todo se extrema y adultera, no tardaron en surgir infinidad de periódicos ultra-liberales, como El Trihuno, El Eco de Padilla, El Conservador (por antífrasis), que era uno de los más fanáticos, y en que lucían su pluma los banderines del bando comunero, y otros muchos que no merecen mención. La pequeña prensa, las fuerzas sutiles, digámoslo así, de la armada tipográfica, siguieron los diversos rumbos trazados por aquéllos. Desde los primeros días aparecieron unos folletos publicados por D. Sebastian Miñano, titulados Lamentos políticos de un pohrecito holgazán , que estaba acostumbrado á vivir á costa ajena; discreta y sazonada sátira del Gobierno absoluto , que hermanaba el regocijado gracejo del P. Isla con la cultura y elegante frase de Moratin. A estos popularísimos folletos sucedieron otros muchos , tales como El Compadre del holgazayí, La Cotorrita, El Cajón de sastre. Las Semhlanzas de los dí'putados, Las de los periodistas (1), y por último, el

(1) Tii\x\k\)?iiie éaie. Galería en miniatura de los periodistas, folletinistas y articuJií^fas de Madrid, por dos bachilleres y un dómine (D. Manuel Eduardo de Gorostiza, célebre poeta dramático).

232 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

tristemente célebre Zurriago, j su hermano La Tercerola, que alcanzaron la funesta gloria de desmoralizar políticamente al pueblo y hacer descarrilar la revolución hasta lanzarla al abismo. — Este horrible papel, escrito en verso y prosa con cierto gracejo, aunque por extremo desaliñado y procaz, era obra de D. Luis Mejía y D. Benigno Morales. Este segundo, que habia sido guardia de corps, murió fusilado en Almería en 1824, como cómplice de una intentona para restablecer la Constitución. Mejía falleció muchos años después en el hospital de incurables, sito en la calle de Atocha, no sin haber solicitado y obtenido la visita y perdón del ilustre repúblico D. Francisco Martínez de la Rosa , á quien tan dura guerra habia hecho en el inmundo Zurriago , designándole con el apodo de Rosita la pastelera.

Tal era el cuadro animado del periodismo matritense en sus diversos matices liberales (porque los serviles, ó absolutistas , guardaron largo tiempo un completo silencio, único medio de evitar la agresión de los patriotas); y si bien hoy dia puede contemplarse en su totalidad á dicha prensa con desdeñosa sonrisa , por su poca habilidad, su escaso saber y su forma mezquina y baladí, sobre todo si se compara con la qvie surgió en el nuevo período constitucional , á la muerte de Fernando VII , no puede negarse á aquellos publicistas de 1820 que, si bien por lo general sabian menos y entendían peor su oficio , no enaltecido aún con los pomposos títulos de Sacerdocio y Apostolado , tenían al menos más fe y entusiasmo por los principios que sustentaban , más alniegacion y patriotismo en sus fines , y un conq^leto alejamiento de las sendas del poder y de los impulsos de la ambición. Todavía no se habia dado el caso de pasar desde la redacción de un periódico á un sillón ministerial , á un consejo ó á una embajada; y en efecto, de los cuarenta nombres de perio-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 233

distas citados en el folleto satírico de que queda liecha mención, ninguno vemos condecorado con altas dignidades , con la sola excepción del general San Miguel , que si subió al poder en las postrimerías de aquel período constitucional, fué debido exclusivamente á su intervención militar en el levantamiento de la isla de León. — Por otro lado, los ministros, diputados y hombres importantes de aquella época, y que casi todos procedían de la anterior, de Cádiz, ni Arguelles, ni Martínez de la Rosa, ni Calatrava, ni Toreno, ni Canga, ni Feliu, ni Moscoso, etc., fueron periodistas jamas.

IV.

Al rompimiento del partido liberal en sus acentuados bandos de moderados y exaltados, necesariamente había de seguirse la reaparición en el estadio político del bando absolutista, vencido y humillado en Marzo, y esta manifestación no se hizo esperar mucho, siendo iniciada primero por los escrúpulos ciertos ó aparentes del Monarca á sancionar la ley de las Cortes sobre supresión de los monacales y algunas otras órdenes religiosas. El Gobierno, que, en medio de su moderación, era representante del nuevo orden de cosas, insistió tenazmente, y hasta valiéndose de la intimidación, en obtener, como lo consiguió, dicha sanción, con gran regocijo de los bandos populares, que empezaron por entonces á adoptar una actitud agresiva y marcada contra el Monarca. — Éste por su parte, que sólo por miedo á aquella actitud cedió en tal ocasión, quiso de allí á poco tentar otro registro para convencerse de cuál era en realidad su estado, y el límite que alcanzaba su autoridad , y hallándose de jornada en el Escorial, por una simple orden, y sin autorización ó

234 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

firma del Ministro responsable, nombró capitán general de Madrid al general Carvajal, conocido por sus antecedentes absolutistas ; orden que , recibida que fué por el general Vigodet, que desempeñaba aquel cargo, y previo acuerdo con el Grobierno, no sólo se negó á cumplir, sino que expresó á S. M. lo inconstitucional de tal nombramiento.

Sabido este suceso por la Diputación provincial v el Ayuntamiento de Madrid, y por las sociedades públicas y secretas, se alzó un grito general de indignación, una asonada formidable, que duró algunos dias, mientras que el Gobierno, la Diputación y el Ayuntamiento representaban al Rey en términos altaneros, quejándose de su proceder, bijo, según decían, de las intrigas y manejos de las personas que le rodeaban, y estimulándole á revocar aquel nombramiento, á separar de su lado aquellas personas (entre las cuales se contaba su confesor), y á regresar á Madrid. — Fernando, atemorizado, accedió á todo ello, y al regresar á la capital del reino, el día 4 de Diciembre, las masas populares, soliviantadas y pervertidas ya por las sociedades y la prensa periódica, prodigaron al Monarca los más groseros insultos y desacatos. — Desde este momento no cesó ya un solo dia de recrudecerse más y más aquella enconada lucha entre la corte y el Grobierno, entre el absolutismo y la revolución, en que por ambas partes se jugaron toda clase de armas con reprobada y ardiente hostilidad.

No tardaron en aparecer en aquellos dias algunas partidas armadas, organizadas por antiguos guerrilleros, como el cura Merino, el Abuelo y otros; descubriéronse, ó se supusieron, planes é intrigas palaciegas; aparecieron proclamas más ó menos apócrifas, hasta una ridicula de cierto general ruso, y otras tenebrosas maquinaciones, que, viciando la atmósfera poh'tica, desmoralizaban á las

PEKÍODO CONSTITUCIONAL. 235

clases populares, afligían y alarmaban á los hombres reflexivos, que, aunque partidarios de la libertad, velan con dolor el giro que tomaba la revolución. Los exagerados ó ardientes partidarios de ella empeñábanse, por el contrario , en ahondar más j más aquellas divisiones , que la conduelan al precipicio ; los absolutistas, fiados en un completo pesimismo, aguardal)an arma al brazo el momento de su calda, j el pueblo , bullicioso j deslumhrado con su nuevo poderío , se entregaba á todo género de demostraciones entusiastas, burlábase de los temores de los liberales templados , despreciaba las intrigas del bando absolutista , y con ocasión por aquellos dias de la Pascua de Navidad, en sus alegres festines y báquicas libaciones daba su yoz al viento en el amado Himno de Riego ^ el insultante Trágala, y el no menos ofensivo Lairon (1). A robustecer aquel febril entusiasmo vino como de perlas la noticia de la proclamación de la Constitución es¡)añola en Ñapóles y Palermo (ó sea en el Reino de las Dos Sicilias), después en el Piamonte, y más adelante en Portugal, con que los patriotas españoles se llenaban la boca con la fanfarronada de que (( España iba á dar la liberta,d á toda Europa » ,• y sin tener en cuenta el grave compromiso que nos atraia semejante propaganda, de parte de los soberanos del Norte, constituidos desde luego

(t) «Dicen que vienen los rusos

Por las ventas de Alcorcon, Lairon., lairon. " Y los rusos que venían Eran seras de carbón , Lairon, lairon. y>

Y más adelante se dijo :

«Para ponerse á las órdenes Del cura de Tamajon , Lairon , lairon.'»

236 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

en Santa Alianza para combatirla, acariciaban su entusiasmo, su frenesí revolucionario, vigorizaban sus ideas con espectáculos trágico-sublimes, tales como Moma libre, Lanuza, Virginia , La Viuda de Padilla, etc. , ó con farsas provocativas y de circunstancias , como El 1° de Enero en las Cabezas de San Juan, Las cuatro Coronas, La palabra Constitución, El Hij)ócrita i^ancista, Tribulaciones de un servilón^ Una Noche de alarma en Madrid, y más adelante , cuando ya se encendió de veras la guerra civil , con otras muchas, como Coletilla {Eguía) en Navarra, El Trapense en los campos de Ai/erbe, Mosen Antón en los campos de Monsewj, y otras así , con que la inagotable musa del poeta Gorostiza y la inimitable gracia de los actores Gu^man y Cubas les mantenían en aquel delirio patriótico, y apenas les permitían hacer alto en los sucesos que se iban desarrollando en vertiginosa rapidez.