Memorias de un setenton · Sección preliminar
INTRODUCCIÓN
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 41 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
INTRODUCCIÓN.
:áos ni los cubiletes electorales ; no ha sido , en fin , ni orador parlamentario ; ni tribuno de plaza pública ; ni periodista de oposición, ni de orquesta ; ni, por consecuencia, ministro ni «osa tal ; no ha probado el amargo pan de la emigración , ni el dulcísimo turrón del presupuesto ; ni firmado en toda su vida una mala nómina, ni recibido la más humilde credencial?
Alto ahí , señores mios , contestará el autor ; todo eso que ustedes dicen es verdad , pero también lo es que esta misma insignificancia política de su persona , combinada con su independencia de posición j de carácter, le brindan con mayor dosis de imparcialidad , al mismo tiempo que le reducen á considerar los sucesos políticos únicamente bajo su aspecto exterior, digámoslo así, fijando particularmente su atención en los que corresponden á la vida literaria y á la cultura social, á que dedicó su especial estudio.
Pero el escollo verdaderamente formidable con que tropieza €l autor de esta narración histórico-anecdótica , el obstáculo material que acorta y amengua el vuelo de su pluma, es la necesidad imprescindible , fatal , en que ss encuentra de hablar en nombre propio, de usar del safá?iico yo (que diría su amigo Donoso Cortés ) , y haber de confundir en cierto modo los sucesos extraños que relata con su propia modestísima biografía.
Esta circunstancia sine qua non (si ha de dar á sus narraciones las cualidades de veracidad y frescura que desea) es una terrible pesadilla , que gravita sobre la frente del narrador por lo que se opone y contradice á su repugnancia hacia toda exhibición personal.
Mas ¿ qué remedio? Dada la ocasión presente, y habiendo de renunciar por completo á creaciones , que ya no le sugiere su senil imaginación ; habiendo , en fin , de tratar y retratar sucesos efectivos y hombres tangibles y de carne y hueso , no hay sino prescindir de pseudónimos y caretas, apellidar á cada uno por su nombre propio, empezando por los que rodearon al escritor en el hogar doméstico, cuando estaba muy lejos de sospechar que había de llegar un día , muy lejano , en que le asaltase la temeraria idea de convertirse en el maese Pedro de este retablo.
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Hechas, pues, estas salvedades imprescindibles, y previala venia del lector, renunciando hasta al socorrido Nos periodístico ó archi-episcopal , procederé desde luego al ligero bosquejo que reclama el interés de la narración , de la vida íntima, de la manera de ser, como ahora se dice, de mi casa y familia, y que cuando no pueda inspirar por sí misma al lector interés alguno, servirále al menos para aspirar, hasta cierto punto, aquella atmósfera lejana, poniéndole así en el caso de apreciar las circunstancias de carácter y condición de las clases medias acomodadas é independientes en aquella época. — Y puesto que me sería muy más grato aprovechar la ocasión de rendir á mis buenos padres el debido tributo de respeto y ternura filial, consignando aquí la pintura de su apacible existencia, su religiosidad, sin gazmoñería, su carácter alegre , su honrada laboriosidad y su ameno trato , habré de renunciar á ello, porque me asalta el temor de que viéndome deslizar en el terreno bucólico y pintoresco , arroje el lector el papel de la mano , diciendo con irónica sonrisa : — Basta, basta de idilio, señor maese Pedro ; «no se meta en dibujos, que se suelen quebrar de puro sotiles.»
Atajando, pues, aquella tendencia un tanto bíblica, qu& parecía tomar la pluma, limitaréme sólo á consignar los datos conducentes á la inteligencia de las narraciones sucesivas y prestar animación á los obligados interlocutores que han de figurar en ellas, especialmente en los primeros capítulos, que se refieren á los años 1808 á 1820. — Diré, pues, que mi padre, D. Matías Mesonero y Herrera, nacido en Salamanca al principiar la segunda mitad del siglo pasado, pertenecía, por consiguiente, á aquella feliz generación que logró llegar hasta la edad provecta , en una vida tranquila y bonancible , no interrumpida por las agitaciones políticas, ni por las peripecias de la historia. Hallábase, pues, en 1808, avecindado en Madrid hacía ya una veintena de años, y al frente de una casa de muchos é importantes negocios, que por su probidad é inteligencia había sabido granjear, elevando mi despacho á la altura y consideración de los primeros de la Corte. Veíase, por lo tanto, frecuentada su casa por no escaso número de amigos.
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que por su carácter franco y bondadoso de castellano viejo, como él solia decir, y el de mi excelente madre, D.^ Teresa Romanos, brindaba á las personas y familias (muy abundantes entonces) de iguales condiciones ; también asistian frecuentemente los muchos corresponsales ó comitentes de mi padre en todas las provincias del reino y aun de los dilatados dominios españoles en ambas Amé ricas (para ejercer en cuyo nombre estaba autorizado por el Consejo con el carácter, entonces muy valioso , de Agente de Indias ) , asi como igualmente era favorecida su casa por otras personas de diversas categorías de la Corte, que apreciaban su trato y amistad.
Alternaban, pues, en ella toda clase de sujetos, desde el Consejero de empolvado peluquín hasta el humilde paje de bolsa; — desde la bordada casaca del covacliuelista (oficial de las Secretarías del Despacho), hasta el diligente escribano ó procurador; — desde el opulento Cubano ó Perulero que venía á pretender la merced de un hábito de las Ordenes, ó por lo menos una cruz chica (supernumeraria de Carlos III ), hasta el anciano labriego que solicitaba la exención de su hijo único del servicio militar; — desde el Alcalde mayor ca-pitan á guerra, que, cumplido su sexenio, acudía á la Real Cámara de Castilla en demanda de un primer lugar en la terna para una vara de ascenso , hasta el travieso patán, que, sin más letras que las del alfabeto, ni más gramática que la parda, se atrevía á presentarse á examen de Escribano Real, Notario de los Reinos, nada menos que ante la majestad del Supremo Consejo (que en todo entendía, así en las Reales pragmáticas sobre sucesión á la Corona, como en los privilegios de caza y pesca) ; — desde el acaudalado montaraz de la tierra de Salamanca, que acudía á pleitear en estrados contra los odiosos privilegios del honrado Concejo de la Mesta ó de la Real Cabana de Carreteros del Reino , hasta el modesto cosechero de Zamora ó Fuente Saúco, que traía al mercado unas fanegas de garbanzos y judías; — desde el reverendo monje de San Jerónimo, que pasaba al capítulo de Lupíana para la elección de General de la Orden, hasta el adinerado droguero de la calle de Postas ó mercader de la subida de Santa Cruz y por-
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tales de Guadalajara, úaicos girantes (casas de giro) de aquellos tiempos ; padres y abuelos de los que hoy ostentan el título de banqueros, habitan suntuosos palacios, arrastran doradas carretelas y timbran sus cartas con heráldicos blasones, realzados con una corona de Conde ó de Marqués (1).
Trazada, pues, esta obligada descripción del escenario en que la suerte me colocó al nacer , y hecha indicación de las personas que han de servir de interlocutores en los primeros capítulos de esta narración, daréla comienzo con la del magno suceso que , á par que causó la impresión primera en mi infantil imaginación, fué también la portada, el prospecto, digámoslo así , del libro de nuestra historia contemporánea. — Me refiero al Id de Marzo de 1808, fecha memorable, en que, rotos los lazos y tradiciones que unían á una y otra generación y quebrantados los cimientos de la antigua sociedad española, la lanzó á una vida nueva, agitada, vertiginosa, en que la
(1) Entre las personas que recuerdo haber visto en mis primeros afios en casa de mis padres , y contrayéndome sólo á las que más adelante figuraron en la política ó en las letras, citaré á los señores D. José Cafranga y 1). José Pando (ambos salamanquiíios), oficiales entonces de una Secretaria del Despacho (covachuelistas), y que llegaron años después á ser ministros ; asi como también al celebérrimo D. Tadeo Francisco de Calomarde , agregado entonces á la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias ; los abogados D. Martin González de Yillalaz , D. Wenceslao de Argumosa y D. Tiburcio Hernández, gallitos del Foro Matritense, y que tan diversos rumbos en política' siguieron después ; los líeverendísimos PP. Agustinos Fr. Domingo González Salmón , autor de la primera y menguada Historia de la guerra de Independencia, y Fr. Miguel Huerta, afamado predicador después; y los célebres abates D. Juan Antonio Melón y D. Cristóbal Cladera, amigo inseparable aquél y protector del insigne Moratin, y reconocido.y confesado modelo el segundo, que sirvió á este esclarecido ingenio para pintar el personaje D. Hermógencs, aquel delicioso pedante de la «Comedia Nueva», que hablaba en griego 2)ara mayor claridad, y que, si viviera hoy, adoptarla la jerigonza filosófico-alemana, qu3 viene á ser lo mismo para el caso de darse á entender.
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esperaban tantas lágrimas y laureles, tantas victorias y desastres, tantas coronas de triunfo como palmas de sufrimiento y de martirio.
Pero al trazar el anciano la reseña de suceso tan remoto, dispensaráse al niño de entonces se reduzca á presentarla en los términos sencillos, infantiles, casi risueños con que quedó grabada indeleblemente en mi memoria.
CAPITULO PRIMERO.
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Al toque de oraciones de la tarde de aquel dia en que conmemora la Iglesia al patriarca San Joseph, hallábase reunida toda mi familia en la sala de la casa, frente al obligado cuadro que pendía en el testero representando la Purísima Concepción, y rezando en actitud religiosa el Santo Rosario, operación cotidiana cjue dirigía mi padre, y á que contestábamos todos los demás, inclusos — ¿se creería ahora? — los sirvientes de ambos sexos, que para el caso eran llamados á capítulo.
Y aquella tarde, como dia de tan gran solemnidad, reforzábase el piadoso ejercicio con un buen aditamento de Pater Noster y Ave-María, especialmente dedicados al Esposo de Nuestra Señora.
Cuando nos hallábamos todos más ó menos místicamente entregados á tan santa ocupación, vino á interrumpirla un desusado resplandor que entraba por los balcones, una algazara inaudita que se sentía en la calle, unos gritos desentonados, formidables, de alegría ó de furor.
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/ Viva el Rey! ¡ Viva el Príncipe de Asturias! ¡Muera el Choricero! Estos eran los que sobresalían entre las roncas voces de aquella muchedumbre desatentada. No hay (|ue decir que todos los balcones se abrieron y atestaron de gente, que con vivas y apasionadas aclamaciones respondían á tal algazara, agitaban los pañuelos, y con las palmas de las manos, con panderos, clarines y tambores de Navidad, reproducían hasta lo infinito aquel estallido del entusiasmo popular.
Para mis hermanos y para mí, todos de tierna edad, aquello era un espectáculo admirable, embriagador; aquellas voces, aquellos instrumentos, aquellas carreras, aquellos hachones de viento, hacían nuestras delicias y producían en nuestros sentidos acaso la primera emoción profunda é indeleble. A mí, sin embargo, algo se me indigestaba en aquel vocerío, y este algo no era otra cosa sino el grito que sobresalía entre todos de ¡Muera el Choricero !
— Pero, padre (pronuncié al fin, dirigiéndome á su merced) ; ¿por qué dicen que muera el choricero? ¿Qué mal les ha hecho el pobre Peña para querer que se
MUERA?
Y decía esto con alusión al honrado fabricante extremeño que surtía la casa, y que, como todos los demás del pueblo de Candelario , pertenecía á una de las tres dinastías, Peña, Rico y Bejarano, que monopolizan de siglos atrás el surtido de la capital.
— No se trata de él, hijo mío (me contestó mi madre nmy conmovida) ; se trata del pobre Godoy, del Príncipe de la
— De las tinieblas (interrumpió mí padre bruscamente).
— ¿Cómo, qué? (dije yo sobresaltado), ¿del Príncipe de la Paz ?
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Y sin darme un momento de espera empecé á cantar:
«Viva, viva, viva, Nuestro protector. De la infancia padre, De la patria honor, Y del Instituto Noble creador.»
— Cállate, maldito do cocer (replicó mi padre con su expresión favorita, y era la más terrible que nunca escuché de su labio ) : ¿ qué estás ahí cantando ?
— ¡Toma! (repliqué yo), lo que cantan los colegiales en casa de mi padrino. (Para comprender esta respuesta me veo obligado á dar una explicación.)
Entre las muchas disposiciones benéficas dirigidas á la pública instrucción, que sin injusticia no podrían negarse al Gobierno de Godoy, figuraba airosamente (y él mismo en sus Memorias se detiene á gloriarse de ella ) la importación en nuestro suelo del sistema de educación moral, intelectual y físict establecido en su país ( Suiza ) por el eminente institutor Enrique Pestalozzi, que por entonces, era adoptado con entusiasmo en toda la culta Europa. — El Príncipe de la Paz, creando la Institución Real Pestaloziana, con grandes elementos de vida y no común ostentación, confió su cuidado al célebre coronel D. Francisco Amorós (el mismo que, emigrado algunos años después, la introdujo en París, fundando el Gimnasio que lleva su nombre, y es uno de los establecimientos del Estado).— Pues bien, esta famosa Institución se hallaba establecida en Madrid en la calle del Pez, y casa que hoy lleva el núm. 6, que se conserva absolutamente como entonces, con solo piso principal, que han ocupado sucesivamente colegios y redacciones de periódicos, como La Esperanza, La Prensa, etc., porque su inmensa extensión ó pro-
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fuudidad, que llega hasta la calle del Molino de Viento^ la permite esta clase de establecimientos. Este caserón pertenecía por entonces al mayorazgo del hidalgo montañés D. Pablo Malla de Salceda y Palacios, personaje un tanto figurón, que encarnaba, por decirlo así, no pocas de las cualidades de ambos Lúeas, el del Cigarral y el Dómine, que inmortalizaron con su donaire las regocijadas plumas de Rojas y Cañizares. Era el tal D. Pablo Malla grande amigo de mi padre, á quien tenía confiados sus pleitos ; me habia tenido en la pila bautismal, y me solia agasajar llevándome alguna tarde á merendar con los colegiales, sus huéspedes, de los cuales aprendí algunos saltos y gambadas, no pocas jugarretas, y aquel coro que entonaban al rededor del Gimnasio, y que en hora tan menguada intenté reproducir.
Pero dando de mano á este episodio puramente infantil, proseguiré diciendo que la animación y la alegría en las calles y en las casas iba en aumento ; que los vecinos, no bien cerrada la noche, sacaron á los balcones los candeleros de peltre, los velones de cuatro pábilos y hasta los candiles de garabato de las cocinas, improvisando una iluminación sui generis, como cuando pasa el Viático por las calles de la Comadre ó de la Arganzuela ; que otros, y entre ellos mi padre, enviaron á la cerería de la esquina por blandones de cera, sin cuidarse de si era blanca ó amarilla, y que los muchachos nos extasiábamos ante aquel espectáculo tan desusado, no sólo para nosotros, sino para nuestros mismos padres nuevo y original. — Mas como todo concluye en este mundo, cesó también aquella función, y á eso de las diez de la noche, roncas las gargantas de chillar y agotadas las fuerzas, el hambre y el sueño consiguieron aplacarnos, y despachada que fué la frugal cena, compuesta de la consabida ensalada, el guisado de vaca y huevo pasado por agua, nos entregamos
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con la mayor voluntad en brazos de Morfeo, y por mi parte perfectamente tranquilo, supuesto que el motín no rezaba para nada con mi amado Peña el choricero.
Y en tanto que el niño duerme el sueño de la inocencia, aprovecha el hombre su silencio para trazar en algún modo el episodio local de aquel célebre motin, con todos los pormenores de la mise en scene por primera vez empleados en este siglo, en nuestro teatro madrileño.
El Príncipe de la Paz, que durante largo tiempo había habitado el palacio contiguo al convento de D." María de Aragón, construido expresamente en el reinado anterior para los ministros de Estado, había sido obsequiado en 1807 por la villa de Madrid con el de Buenavista, que adquirióal efecto de los herederos déla Duquesa de Alba (1), y entre tanto que se realizaban las obras convenientes en «sta regia morada, habíase trasladado á las casas contiguas, propias de su esposa la infanta D.* Teresa, Condesa de Chinchón, en la calle del Barquillo, esquina hoy á la plaza del Rey, y entonces á una mezquina callejuela en escuadra que se formaba entre la huerta del Carmen y la Casa de las Siete Chimeneas. — La omnímoda voluntad del privado hizo desaparecer esta callejuela, cercenando la dicha huerta y dejando espacio bastante para formar la que entonces se tituló jylazuela del Almirante, y hoy se llama plaza del Rey. — Quedaron, pues, al descubierto y en ambos términos de la escuadra la antigua Casa de las JSiete Chimeneas y la nueva de Chinchón ; y es de observar la coincidencia de que 42 años antes, casi día por dia
(1) Según el testimonio de la escritura de donación de este palacio y sus accesorios , que se halla en el Archivo de la villa , otorgada en IG de Mayo de 1807, consta que fué comprado en la cantidad de 9.800.000 reales, pagando ademas Madrid por las cargas que sobre él gravitaban, 367.669 reales. Total, más de diez millones de reales. ,
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(el 23 de Marzo de 1766), ocurriese delante de aquélla y á la vista de ésta el famoso motin (único que los ancianos recordaban) contra el Ministro favorito Marqués de Esquilache; así como hoy se dirigía el pueblo de Madrid contra el favorito Ministro, Príncipe de la Paz. — La casa que ya queda designada, enlazaba por medio de un pasadizo á la altura de los balcones principales (1) con la frontera (boy señalada con el núm. 8 de la calle del Barquillo), que también era y es de la Condesa de Chinchón; y de este modo el Príncipe de la Paz (si hubiera estado á la sazón en Madrid ) podia haber escapado por sus posesiones, sin poner el pié en la calle, desde la del Barquillo hasta el convento de monjas de San Pascual, pues la casa y jardín (hoy suprimidos) á la esquina de la calle de Alcalá también le pertenecía, y era habitada por su hermano D. Diego Godoy, coronel de las Reales Guardias Españolas.
A este sitio, pues, fatídico y memorable, acudió frenética la multitud á desplegar su enojo contra el infeliz magnate, que durante diez y seis años habia ejercido tan omnímoda autoridad; sus papeles, alhajas y muebles, arrojados por los balcones, fueron pábulo de las llamas, y sin que nadie se opusieran ello ni intentase contener un ardor que entonces se creía patriótico, quedó establecida la pauta de las venganzas populares, que andando los tiempos habían de reproducirse y perfeccionarse hasta el más bello ideal. — Ala mañana siguiente, y habiendo la
(1) Este arco ó pasadizo, que asombraba la entrada de la calle del Barquillo, desapareció en 1846 en la reforma de aquel extenso distrito, propuesta por mí entre otras muchas en el Proyexto (jeneral de mejoras de Madrid^ que presenté como concejal del Ayuntamiento y que se ha llevado á cabo en casi todas sus partes. ,
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muchedumbre tomado el gusto á este inocente desahogo, aplicólo también á las casas de los hermanos y madre de Godoy, del corregidor Marquina, de los ministros Soler, Sixto y otros que suponían sus hechuras y allegados, así como también alcanzó algún chispazo á la del preclaro ingenio D. Leandro Fernandez de Moratin, en la calle de Fuencarral (que lleva hoy el número 17), de donde tuvo que escapar el insigne vate, huyendo de las vociferaciones con que excitaba á las turbas una cabrera tuerta que vivia en la casa de enfrente.
Díjose entonces, como se ha repetido después en ocasiones semejantes, que la furia del pueblo se contenia, ó limitaba á la destrucción y quema de los efectos , sin interesarse ni apropiarse ninguno de ellos. Y así debe creerse , atendido el vértigo que impulsaba á las masas , todavía no desmoralizadas; pero algo, y aun mucho, sospecho que pudo sustraerse á la común destrucción , cuando á manos de mi padre, y no sé por qué medio, pudo llegar un precioso lienzo de media vara de alto , representando á la Purísima Concepción, obra excelente de la escuela de Mengs, pintada por alguno de sus buenos imitadores, como Bayeu ó Maella ; lienzo oval , arrancado evidentemente de algún oratorio portátil del Príncipe (acaso antes de incendiar éste), así como también un título original de Regidor perpetuo de la ciudad de Llerena, preciosamente miniado y escrito en vitela, objetos ambos que después de setenta años conservo en mi poder.
Y mientras por fuera continuaba la algazara todo aquel dia, y se aumentaba y enloquecía con las deseadas noticias sucesivas de la captura del reo, de la abdicación de Carlos IV y exaltación al trono del príncipe D. Fernando , mi casa se llenaba de amigos y vecinos de la reducida calle del Olivo bajo (que así se llamaba entonces el
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trozo que media entre las del Carmen y la Abada), y que formaban por este solo concepto una cordial sociedad; pero como sería largo y enojoso el citarlos á todos, sólo apuntaré aquellos que en esta ocasión tomaron más parte en las conversaciones y algazara común. — Sea el primero D. Juan de Dios de Campos, caballero de la Habana , hermano de D. Nicolás , primer Conde de Santovenia, padre del segundo D. José María, y abuelo del actual, de cuyos negocios y pleitos estaba encargado mi padre y con quien le unia tan estrecha amistad , que siempre que residía en Madrid (y era muy frecuentemente) vivia en su propia casa; su sobrino D. Luis Montenegro, para quien había obtenido mi padre una bandolera de la compañía americana de los Guardias de Corps (1); D. Juan Bautista Torres, honrado fabricante catalán, que fué, puede decirse, el fundador del valioso comercio de la calle del Carmen; D. Clemente Cavia y D. Valerio Cortijo, escríbanos de la Cámara y Supremo Consejo; el afamado grabador D. Esteban Boix, émulo de los Esteves y Atmeller; el diamantista D. Vicente Goldoui; el agente don Tadeo Sánchez Escanden, y el presbítero D. Manuel Gil de la Cuesta, vecinos ó inquilínos de mi padre en su propia casa.
Fijaréme especialmente en este último personaje, que venía á ser el bufo de la comparsa, pero altamente simpático á los muchachos por su genio alegre y decidor, aunque, como familiar del Santo Oficio, ostentaba sobre el hábito y pendiente de una cinta verde la venera fatal, que consistía en una medalla oval en que aparecía una
(1) Este cuerpo constaba de tres compañías, española, americana, é italiana, y se distinguian entre sí por los cuadretes de la bandolera, que en la primera eran rojos, morados en la segunda, y azules celestes en la tercera.
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cruz entre una espada y una palma , y en el reverso la inscripción Exiirge, Domine, et jíidica causam tuam. — Era el tal señor, á pesar de su hábito y venera, el hombre más chistoso del mundo, y su manía principal consistía en repentizar coplas á roso y velloso; poeta callejero de los que entonces abundaban tanto y que tan donosamente ridiculizó Moratin en su Derrota. Hacía , sin embargo, nuestras delicias cuando, sentándonos á los más pequeñuelos sobre sus rodillas, nos decia misteriosamente algunas de sus improvisaciones , que demostraban bien á las claras la estúpida candidez del autor y aun de la época :
« El que leyere á Frayjoó, El que traduce el francés
Y el que gasta capingote
Hugonote.»
Y cuando todos los circunstantes, risueños y burlones, le felicitaban irónicamente porque le soplaba la musa, solia él replicar entusiasmado :
«Aunque vengan los Melones, Estalas y Moratines ,
Y se aprieten los botines , No llegan á mis tacones.»
Y lo más chistoso del caso era que entre los que le escuchaban solíanse hallar el mismo abate D. Juan Antonio Melón, que ya queda dicho visitaba mi casa, y un anciano apellidado Fernandez de Moratin , que debia ser, á lo que infiero , D. Manuel , tio del insigne D. Leandro.
En aquella memorable ocasión , el buen clérigo Gil de la Cuesta se despachó á su gusto redoblando las elucubraciones de su macarrónico rabel, y chorreaba acrósti-
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eos j ovillejos disparando dardos y saetas contra el infeliz magnate víctima del furor popular; j entre los papeles que sacaba del bolsillo y que han llegado á mis manos, sólo ofreceré para muestra un desdichado soneto, que acaso no sería suyo, pues atendida su blanda condición, contrasta con el estilo grosero y procaz del tal soneto; mas para dar una idea de la injusticia y pasión con que era tratado el mismo que dias antes se veia objeto de las más humillantes adulaciones, me parece del caso trascribir este desdichado soneto, que decia así :
« Por tí murió el de Aranda perseguido ; Floridablanca vive desterrado ; Jovellános en vida sepultado, Y muchos grandes yacen en olvido.
De la madre, del padre, del marido Arrancaste el honor, y has profanado. Polígamo brutal , aquel sagrado Que indigno tú pisar no has merecido.
Calumnias , muertes , robos y atentados Con descaro insolente cometiste, ¡ Oh , tú , el más ruin de los malvados !
Si almirante , si grande te creaste , Cuando eras el más vil de los malvados , Hoy el cielo te vuelve á lo que fuiste. »
Para templar en lo posible el disgusto que esta grosera composición pueda producir, quisiera estampar aquí otro soneto que leia el eclesiástico poeta; pero éste no era suyo, según él mismo decia, ni producido en aquella ocasión; aludia á la famosa guerra de Portugal, apellidada de las naranjas, y atribuíase á un cierto D. Pascual Canuto (que ignoro si era ó no pseudónimo), pero que de seguro mostraba otro donaire epigramático. Siento el extravío de este soneto; pero al menos, y para dar una idea de su agudeza, reproduciré aquí los versos últi-
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mos , en que osaba decir al poderoso valido generalísimo lo siguiente :
« Pero al mirar que ya desnuda brilla La española tizona en vuestras manos, Se me ofrece, señor, una dudilla : ¿Irán á Portugal los castellanos, O vendrán portugueses á Castilla ? »
De esta suerte, y de todas las bocas y de todas las plumas llovian imprecaciones y denuestos contra aquel mismo hombre á quien poco antes aclamaba Melendez Valdes como el atlante que sostenía sobre sus hombros el peso de la monarquía, y á quien el ilustre Moratin dirigía aquella preciosa epístola en antigua ftibla:
« A vos , el apuesto, cumplido garzón. »
Hoy el odio, el rencor y la envidia que por tanto tiempo habia excitado, especialmente en ciertas clases elevadas de la sociedad, cundía y se derramaba por las masas del pueblo, que sin saber por qué, y sin tener ningún agravio que vengar, se deshacían en improperios contra aquel magnate, únicamente porque le veían caído ; y acaudilladas, primero en Aranjuez por el turbulento Conde del Montijo disfrazado de El Tio Pedro, y en Madrid después por otros no menos interesados, consiguieron elevar en breves horas aquel motín cortesano, y puramente de clase , hasta el punto de un verdadero y formidable levantamiento nacional.
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Treinta años después, hallándome en París y en la más cordial comunicación con el venerable y complaciente se-
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ñor D. Juan Antonio Melón, á quien, como queda dicho, Labia conocido en casa de mis padres, y estimulado por el deseo de conocer personalmente á aquella notable ruina, á aquel célebre personaje histórico que llevó el nombre de Príncipe de la Paz , roguéle al Sr. Melón que se sirviera presentarme á él para ofrecerle mis respetos ; y accediendo á mis deseos , tuve el gusto de verlos cumplidos. — Dirigímonos , pues , á la humilde morada del
que aun se titulaba Príncipe de Basano , que era en
una calle detras del pasaje de la Opera, cuyo nombre no recuerdo , en un modestísimo piso cuarto , donde el insiga ne personaje hallábase albergado. — Recibiónos con la mayor cortesía , y habiéndole dicho Melón el objeto de mi deseo y también mi cualidad de escritor, aunque no político, se mostró agradecido y me habló de sus desgracias, de la injusticia con que habia sido tratado por los historiadores, especialmente por el Conde de Toreno (contra quien mostraba el mayor encono), me preguntó si habia leido sus Memorias y qué juicio formaba de él la nueva generación.
Yo procuré demostrarle que ésta no conservaba nada de los apasionados odios y preocupaciones de nuestros padres, y que más bien, después de haber sufrido el Gobierno de Fernando VII con sus Macanaces, Eguías, Lozano de Torres, Víctor Saez, Españas y Calomardes, cedia á un sentimiento de envidia hacia aquellos que hablan vivido bajo Gobiernos más ilustrados y tolerantes;— hablóle con interés de sus benéficas disposiciones en pro de la ciencia y de la cultura nacional; de la protección que dispensó á los grandes ingenios de la época; de los viajes que encomendó á Rojas Clemente y á Badía (Alí-bey-el Abassi); de la expedición de Balmis á América para propagar la vacuna, que alcanzó á desarrugar la frente del gran poeta Quintana, y hasta de la Institu-
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cion Pestaloziana, deque antes hice mención; — todo lo cual pareció complacerle en extremo, dándome expresivas gracias en un lenguaje cuyos giros y pronunciación recordaban mucho la lengua italiana, de que habitualmente se servia hacía treinta años, y repitiendo que su más vivo deseo era regresar á España y dar una vuelta por el salón del Prado; pero que el Gobierno y los tribunales, dilatando su rehabilitación, le privaban absolutamente de este placer; que todo lo esperaba todavía de la justicia de su causa y del talento de sus defensores;, los Sres. Pérez Hernández y Pacheco. — Yo le contesté que, honrándome con la amistad de ambos ilustres jurisconsultos, procuraría interesarles á redoblar sus esfuerzos en favor del Príncipe, á quien por su parte, y en mi modesta esfera, le ofrecía hacer en mis escritos la justicia que me inspiraba mi convencimiento. A&í lo cumplí en diversas ocasiones, particularmente en la Reseña histórnca que precede al Antiguo Madrid; y al dar cuenta en una revista de actualidad de la muerte del Príncipe de la Paz , ocurrida en París en 8 de Abril de 1852, me expresaba en los términos siguientes, que me tomo la libertad de reproducir, como epílogo de este capítulo :
«Elevado personaje en la escena política, aunque alejado de ella hacía ya cuarenta y cuatro años, D. Manuel de Godoy, que era el decano hoy viviente de nuestra historia contemporánea, apenas ha excitado la curiosidad de la generación actual, que sólo le ha conocido en los libros, y eso con no poca pasión y encarnizamiento.
))¿ Quién hubiera predicho al serenísimo Príncipe de la Paz, al Gran Almirante, Generalísimo y Ministrouniversal de España é Indias; al Duque de la Alcudia y de Evoramonte, Señor del Soto de Eoma y de la Albu-
26 MEMORIAS DE ÜN SETENTÓN.
fera de Valencia; aquel que podía llenar de sus títulos cien pergaminos, y ostentaba pendientes de su cuello la regia insignia del Toisón de Oro y todas las grandes condecoraciones de Europa; al poderoso valido ó más bien dueño de sus reyes, ¿quién le hubiera dicho que desde sus palacios de D/ María de Aragón ó de Buenavista, donde regía á su antojo los destinos de veinticinco millones de hombres en ambos mundos; donde guardias especiales custodiaban su persona ó abrían paso á su carroza regía; donde los primeros magnates del Reino asistían todos los miércoles á su corte y se disputaban una mirada ó una sonrisa de su augusta faz; donde hasta los mismos monarcas venían á visitarle como pariente y amigo ; ¿quién le hubiera dicho, repetimos, que á casi luedío siglo de distancia había de acabar su abandonada y triste vejez en una reducida habitación de la Mué Michcmdüre, núm. 20, cuarto tercero, y en un miércoles también, y servido únicamente por una cocinera y un ayuda de cámara?
» Nosotros hemos visto á aquel coloso que vieron nuestros padres regir omnímodamente durante quince años los destinos de la Monarquía y los tesoros del Nuevo Mundo, reducido á la triste pensión de seis mil francos que le señaló Luis XVIII, viviendo pobremente en un piso cuarto; y tan resignado, al parecer, con su suerte y las asombrosas peripecias de su vida, que no era difícil hallarle sentado en una silla de los jardines del Palais Royal ó de las Tullerías, entretenido con los niños que jugaban en derredor suyo, recogerles los aros y las peonzas, prestarles su bastón para cabalgar y sentarles sobre sus rodillas para recibir sus caricias infantiles. Otros de sus comensales en dicho jardín solían ser los cómicos de provincia, que se reúnen allí como en Madrid en la plaza de Santa Ana, los cuales solüín to-
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marle por un actor jubilado ó un aficionado veterano, y le conocían únicamente por Monsieur Manuel, sin sospechar jamas que sobre aquella hermosa cabeza habla descansado una corona efectiva de Príncipe; que aquellos hombros, hoy encorvados, hablan llevado suspendido un manto verdaderamente regio ; que aquel anillo que aun brillaba en su mano era el anillo nupcial que colocara en ella una nieta de Felipe V y de Luis XIV. Viendo su sonrisa placentera, de benevolencia € interés, ¿cuántas veces llegarían á proponerle una plaza de regisseur ó una covacha de apunte á aquel á quien hablan obedecido ejércitos y armadas, que habla hecho la guerra á la gran república, y que habla celebrado tratados de potencia á potencia con el grande Emperador !
)) Ciertamente que la suerte singular de este hombre, tanto en su rápida y asombrosa elevación, como en su profunda calda y dilatada agonía, es notabilísima y única acaso en los anales de la Historia. — La nuestra especialmente, tan próvida en azares de esta especie, no presenta, sin embargo, uno idéntico en ambos casos. — Don Alvaro de Luna y D. Rodrigo Calderón, muriendo en un cadalso en las plazas de Valladolid y de Madrid , concluyeron lógicamente su trágica historia. Antonio Pérez, sublevando el reino é intrigando en los extranjeros contra su perseguidor, sólo se le parece en haber dejado sus huesos en la vecina capital francesa. — El Conde-Duque de Olivares y el de Lerma , refugiados en sus estados ó bajo la sagrada púrpura romana , apenas sobrevivieron á su desgracia. — El Padre Nithard, D. Fernando Valenzuela, Alberoni, Riperdá, la Princesa de los Ursinos y el Marqués de Esquilache , todos murieron alejados, sí, del teatro de sus triunfos, pero no olvidados ni anulados completamente en grandeza política. — Grodoy solo ha ar-
28 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
rastrado durante casi medio siglo una existencia incógnita y miserable en presencia de los grandes acontecimientos europeos y sin figurar en ninguno de ellos : ha sobrevivido á su propia historia : ha oido sobre ella los juicios de la posteridad : ha asistido á sus propias exequias , j ha visto indiferente el olvido de tres generaciones. Sólo su muerte, á los ochenta y cuatro años de edad y cuarenta y cuatro de su caida , volvió á hacer resonar su nombre por un momento y á revelar á la capital vecina su existencia en ella. ¡ Sólo algunos españoles, testigos de aquella respetable ruina, acompañaron su cadáver á la bóveda de San Roque , donde fué depositado lyiiéntras se le traslada á su patria ! \ Sólo las presentes líneas ha merecido á la prensa española la memoria del Príncipe de la Paz ! »
Esto decia yo en 1852 al ocurrir la muerte de D. Manuel Godoy, y sólo me resta añadir que este su último deseo de que sus restos fuesen trasladados á su patria, tampoco se vio realizado. — En mi último viaje á París en 1865 , visitando como de costumbre el cementerio del P. Lachaise , y más especialmente aquel recinto que se extiende á la izquierda de la capilla, y que por el número de nuestros paisanos que allí descansan suelen llamar los dependientes del Cementerio La Isla de los Españoles; allí donde se encuentran, entre otros muchos enterramientos, los de Moratin, Urquijo, Fernan-Nuñez , García Suelto y el tenor Manuel García , y no lejos del sitio en que se ve la sepultura del general Ballesteros con su busto en bronce sobre una media columna, hay un pequeño espacio cercado por una reja , y al frente de él se lee en una humilde losa que allí reposan los restos de D. Manuel Godoy, de aquel monstruo de la fortuna, y ejemplo también asombroso de la desdicha humana.
CAPITULO lí.
1808.
EL DOS DE MAYO.
En los cuarenta días que median entre el 19 de Marzo y el 2 de Mayo ocurrieron notables sucesos , que iban desarrollando el terrible drama de 1808, iniciado por aquel alzamiento nacional. Pero , como vuelvo á repetir que ni mi propósito ni la tierna edad en que me encontraba sean conducentes á escribir historia , que por otro lado está hecha y repetida hasta la saciedad , sólo habré de limitarme á trazar impresiones propias , á narrar algunos incidentes de los que pude presenciar ó estaban al alcance de mi limitadísima comprensión. — Fácil me sería, consultando libros y periódicos , reproducir bien ó mal una de tantas relaciones de aquellos trascendentales sucesos ; pero esto, lejos de acrecer, entiendo que debilitaría el interés de este relato, que si alguno tiene, no puede ser otro más que la forma sencilla , veraz , íntima é infantil con que brota espontáneamente de mi pluma.
Sea el primero de aquellos incidentes ó episodios (y acaso el único que pude presenciar materialmente) la
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entrada en Madrid del nuevo rey Fernando VII, verificada el día 24 de Marzo , á los cinco dias del famoso motín contra el favorito y la abdicación de Carlos IV. Esta entrada, verdaderamente triunfal , y acaso única en su género, dejó tan honda huella en mi memoria, que hoy, después del tiempo trascurrido, la veo reproducida en ella con toda lucidez , como en el mismo momento de su acción.
Trasladado, como toda la familia, á un balcón de la calle Mayor y casa, hoy derribada, esquina á la de la Caza , que habitaba el sastre Domingo N. , que solia vestirnos á los chicos, pude contemplar á mansalva y con toda la avidez propia de una criatura aquel solemnísimo suceso, en que un pueblo delirante, ebrio de entusiasmo, recibía al Monarca que alcanzaba á excitar todas sus simpatías y en quien cifraba todas sus esperanzas. — Venía á caballo, ostentando su juvenil persona, no exenta de arrogancia y dignidad ; precedíanle cuatro batidores de Guardias de Corps y le seguían en un coche cerrado su hermano D. Carlos y su tio D. Antonio Pascual, con lo cual y una ligera escolta de la misma Guardia concluía todo el cortejo, sin más carrozas ni comitiva, sin más tropas tendidas en la carrera, sin más arcos ni decoraciones de las que con harta menos espontaneidad le fueron prodigadas después.
Pero, á cambio de estas demostraciones oficiales, ¡qué sinceridad de aplauso, qué delirio de entusiasmo, qué vértigo de pasión, de idolatría! — He dicho que venía á caballo , y no es exacta la expresión ; venía, sí, montado en un blanco corcel ; pero ambos eran llevados materialmente en vilo por la inmensa muchedumbre , que apenas permitía al bruto poner los pies en el suelo, ni al jinete saludar con la mano ni con el sombrero á la apiñada multitud ; hombres y mujeres, niños y ancianos se abalanza-
ÉL 2 DE MAYO. 31
ban á él, á besar sus manos, sus ropas, sus estribos; otros arrojaban al aire sus sombreros, ó despojándose de sus capas y mantillas las tendían á los pies del caballo , y hubiéranse arrojado ellos mismos como los indios budistas bajo las ruedas del carro de Jagrenat. En tanto, de los balcones, buhardillas y tejados de las casas, no menos henchidos de gente, llovían flores y palomas, agitábanse los pañuelos, ó subiéndose muchos á las torres de las iglesias, volteaban con frenesí las campanas, ó disparaban cohetes y tiros de arcabuz. — No es posible describir esta escena, pero bastará decir que desde que se observó el movimiento ocasionado por la presencia de Fernando en la Puerta del Sol y Gradas de San Felipe el Real, hasta que llegó á pasar por bajo de los balcones en que yo estaba, medió más de una hora, y otra por lo menos debió trascurrir hasta su llegada al Palacio Real.
Embriagados con el entusiasmo los fidelísimos madrileños , apenas hablan echado de ver que las tropas francesas, que al mando del Príncipe Murat, cuñado del Emperador y Gran Duque de Berg , haljian entrado el dia antes en la Capital , y que, según la más general é insensata creencia , venían exprofeso á colocar sólidamente á Fernando en el Trono, no habían hecho la más mínima demostración de cortesía, no se habían presentado en la carrera ni fuera de ella , dando á conocer con este desvío la más absoluta reserva , cuando no una marcada hostilidad á la persona del nuevo Bey.
Y desde aquel mismo instante empezó á caer la venda de los ojos de los obcecados españoles , y empezó á germinar la sospecha sobre la verdadera índole de la presencia en España del ejércto francés; al paso que desde aquel punto también empezó á verificarse la vergonzosa serie de humillaciones de parte de Fernando y su Corte, á que correspondía el arrogante Murat con el desvío y reserva
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<jue sin duda le estaban recomendados por su cuñado el Emperador.
Esta humillante puja de mísera adulación y de artera falsía consignada está en la historia, y sería inoportuno reproducirla aquí , tanto más , cuanto que sólo por ecos vagos podia llegar hasta mi tierna comprensión. Estos ecos no eran otros que los animados debates que escuchaba ■constantemente, sostenidos entre mi padre y sus amigos y comensales ordinarios. Distinguíanse especialmente en estos diálogos y acaloradas disputas de sobremesa, iniciadas generalmente por el americano D. Juan de Dios de Campos (Santo venia), hombre culto y de alguna, aunque superficial, instrucción, grande admirador de Napoleón (cuya historia tenía sobre la mesa) , partidario también de Fernando y adverso al favoritismo de Godoy; el cual tenía, ó decia tener, algunas relaciones con los que rodeaban al nuevo Rey , y especialmente con el funesto personaje (D. Juan de Escoiquiz) que habíale servido de ayo, de preceptor y de consejero áulico (digno Mefistófeles de tal Fausto), y que con las indiscretas inspiraciones de su torpe vanidad no paró hasta llevarle desde la prision-celda del Escorial hasta que le hubo entregado indefenso en Bayona, en manos de Napoleón. — Las humillantes cartas de Fernando, como príncipe y como rey, solicitando la amistad y protección del Emperador y la mano de una princesa de su familia ; las vergonzosas adulaciones á Murat, llevadas hasta el extremo de entregarle con gran pompa la espada de Francisco I, rendido en Pavía, á la menor insinuación de c( que le sería muy grato poseerla á su cuñado el Emperador», ó prestándose á la superchería de la próxima venida á Madrid del mismo Napoleón, con el objeto de saludar á Fernando y afirmarle en el trono, á cuya sola idea respondía presuroso éste, enviando primero á la frontera tres de los más caracteriza-
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dos Grandes de España, luego á su hermano I). Carlos, y por último, arrojándose en sus brazos él mismo con inca lificable imprudencia j ceguedad; obra era todo de la fatuidad, ignorancia y ambición del canónigo toledano, de iiquel nuevo D. Opas, cuyo orgullo fanático precipitó en semejante abismo al Rey y á la nación.
Todos estos fatídicos pormenores llegaban á noticia de mi padre por boca del americano Campos, obcecado todavía en aquellos errores de apreciación; pero mi padre, más receloso y chapado á la antigua, y que sólo consultaba á su propia conciencia y patriotismo, revolvíase diariamente contra estos sucesos, y apoyado con los naturales argumentos de los amigos y vecinos los Sres. Cavia (1), Cortijo, Gil de la Cuesta, Escandon y otros, armaban tales disputas, que aunque yo no alcanzaba á comprenderlas por el pronto, los años y la historia vinieron luego á hacérmelas descifrar.
Sólo recuerdo una mañana en que el amanuense de mi padre, D. José N. (á quien los chicos conocíamos por .D. José Bnjeros, á causa de los innumerables hoyos de las viruelas que desfiguraban su rostro y le convertían en una esponja), vino muy entusiasmado diciendo que ixqiiel mismo día llegaba el Emperador á Madrid, á consecuencia de lo cual estaban ya colgados los edificios de Correos, Aduana, Consejos, etc., y que el Rey en persona iba á salir á esperarle. — Pero el Emperador, que á la sazón no se
(1) Este D. Clemente Cavia, cuyos balcones daban frente á los (le mi casa, era el tronco de la famosa familia de este apellido, que, andando los años, produjo tan acendrados defensores al despotismo de Fernando VII, ya en la persona de D. Juan, obispo de Osma y regente del reino en la regencia de Urgel , ya en la de D. Alfonso, celebérrimo alcalde de Casa y Corte; de D. Mariano, diplomático en varias Cortes y en el Ministerio de Estado , y do D. Vicente, apasionado jefe de voluntarios realistas en .1823. ; :
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había movido de París ó de Milán, no llegó, como era de presmnir, j en su lugar sólo se recibieron un par de botas j un sombrero (petit chapean ) de los que él acostumbraba á usar, todo lo cual fue solemnemente colocado en Palacio al lado de la cama imperial preparada para que descansase su imperialísima majestad (1).
El pueblo de Madrid, testigo de tan insólitas ridiculeces, y agriado en lo más vivo de su orgullo por la insultante presencia de las tropas francesas y de su caudillo, el altanero Murat, se enredaba á cada paso en serias controversias, burletas y demasías con sus petulantes huéspedes, y la más mínima ocasión era un pretexto para que se iniciasen conflictos, que, si no graves por el pronta, auguraban bien inminentes otros mayores. Hombres y mujeres dirigían á los soldados franceses enconados apostrofes ó insultantes equívocos , animados por la seguridad de no ser comprendidos, y en toda la población surgieron de improviso cauciones y tonadillas en loor de Fernando y de España. La más popular y primera en el orden de su aparición fué la que por su misma simplicidad llegó á verse reproducida hasta lo infinito desde Lavapiés hasta Maravillas, y desde la puerta de la Vega hasta la de Alcalá. Esta dichosa cantilena , que no se caia de los labios de mujeres y niños, tenía por estribillo la ridicula muletilla de « Juana y Manuela » en estos términos :
Cuando el rey D. Feraando Larena Va á la Florida,
Juana y Manuela ,
Va á la Florida, Prenda
(1) Histórico.
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Hasta los paj.aritos
Larena Le dicen ¡ Viva !
Juana y Manuela, Le dicen ¡ Viva !
Premia (1).
Con esüís y otras coplas de inocente rusticidad, acompañadas de panderos y guitarras, con que ensordecían la población, procurábanse acercar todo lo posible á la antigua mansión del favorito, á la sazón del príncipe Murat (palacio contiguo á doña María de Aragón), acompañando esta alíjazara con entusiastas vivas á Fernando , á la Religión, á la España, y á la Virgen de Atocha, todo con el piadoso objeto de mortificar en lo posible al enfadoso huésped , á quien por instinto cordialmente detestaban. — Este, por su parte, ganoso de recoger el guante, ostentábase casi diariamente al frente de sus tropas , luciendo su gentil persona, lujosa y casi extravagantemente ataviada, y su hermosa cabellera rizada en tirabuzones, que, al decir de algún historiador francés, hacíanle aparecer como el Apolo de Bellvedere á caballo. Pasaba aparatosas revistas en el Prado, los domingos, después de la misa, á que asistían en la iglesia del Carmen Descalzo , hoy parroquia de San José, en la calle de Alcalá.
Especialmente desde la salida de Fernando de Madrid, el pueblo no sabía ya contener su encono y ojeriza contra los franceses; en las calles, en los mercados, en los paseos, chocaba diariamente con ellos, y á pesar de la extremada vigilancia y precaución de las autoridades españolas , cada día era señalado con un nuevo choque, que estaba á punto de convertirse en serio conflicto , ya en la
(1) De esta canción y de las demás que recordaré más adelante retengo perfectamente la música ó tonillo, que siento no saber estampar en el papel.
30 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.
Plaza Mayor ó en la plazuela de la Cebada entre vendedores y soldados, ya en Carabancliel con motivo de una función del pueblo, ya en las revistas del Prado; hasta en la misma iglesia, de donde se salia todo el mundo cuando veia entrar á los franceses con redobles de tambores y músicas y conservando en la cabeza sus gorras de pelo, profanación que á los ojos del pueblo era signo de su impiedad.
Todo esto por lo que respecta á las clases más populares, los manólos de Lavapiés y los chisperos del Barquillo, que se deshacían á entonar la consabida cantilena de Juana y Manuela, entre expresivos adjetivos de su cosecha. Por lo que hace á las clases más decentes, y en el interior de las casas, puedo juzgar por la de mi padre cuan cercanas estaban á expresar aquellos mismos afectos. El ejército francés no era ya en su boca sino la tropa de gabachos j franchutes; el emperador Napoleón se habia convertido en el Corso Bona ó Malaparte , y en cuanto á su cuñado el Gran Duque de Berg, era ya designado como el Gran troncho de Berzas ó cosa tal.
Entre tanto, iban siendo conocidas las repugnantes escenas del drama que se estaba representando en Bayona ; drama vergonzoso, en el cual todos los personajes, desde el Emperador á los Reyes padres, y desde Fernando á sus míseros consejeros, no parece sino que se esforzaron en inaudita puja de indignidad y de vergüenza.
Una tarde de los últimos dias de Abril presentóse en casa muy azorado el ya referido amanuense Bujeros, que venía de la imprenta de Ensebio Alvarez, donde habia ido por encargo de mi padre, y volvia diciendo que acababa de presenciar un verdadero motin delante de aquella imprenta, porque habiendo llevado unos oficiales franceses, para hacerla imprimir, la proclama de Carlos lY, en que se reti'actaba de su abdicación , y negándose, como era
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natural, el referido Alvarez á imprimirla sin orden del Consejo, hubo de llegar á noticias del pueblo el altercado, tomando éste tales proporciones, que á duras penas pudieron escapar los oficiales franceses , estando en un tris que no empezase allí mismo el Dos de Mayo (1).
La escena, pues, habia cambiado completamente, basta convertirse, de afrentosa y ridicula, en altamente trágica y solemne , y hasta el mismo americano Campos, desengañado ya de sus ilusiones , convenia en la perfidia del Emperador de los franceses y en la incapacidad do Fernando y sus consejeros ; hasta que en la tarde del domingo, 1.° de Mayo, regresó á casa muy agitado, prediciendo el riesgo de una inminente colisión sangrienta entre el pueblo y las tropas francesas , á quien habia visto silbar estrepitosamente aquella tarde, al pasar, con Murat á su cabeza, por la Puerta del Sol.
Todo el mundo sabe cómo y en qué proporciones tan inmensas estalló aquel movimiento en la mañana del siguiente dia 2, y la Historia lo ha reproducido hasta en sus más mínimos detalles. Especialmente el Conde de Toreno , testigo presencial y activo en aquella heroica jornada, la pinta con sentida animación, y la lira del poeta y del músico la han ensalzado hasta convertirla en el poema é himno verdaderamente nacional.
Por mi parte, pobre criatura de cinco años escasos (los
(1) Histórico. — Este impresor, Ensebio Alvarez, que tenía su imprenta en el Postigo de San Martin, era el mismo de que se valia mi padre para imprimir las Relaciones de méritos, títulos y grados que acostumbraban á presentar los pretendientes á judicaturas y piezas eclesiásticas, y pocos años después oí de la misma boca del impresor este ruidoso acontecimiento, de que hace mención el Conde de Toreno. Casualmente en esta imprenta hice yo mis primeras armas literarias en 1822, y del mismo Alvarez conservo algunos folletos d«? aquella época, de que haré meogipo en su lugar.
38 MEMOKIÁS DE UN SETENTÓN.
cumplí el día 19 de Julio de aquel año, tan célebre por la gloriosa jornada de Bailen , como nacido que era en igual fecha de 1803), sólo habré de limitarme á consignar la fiel pintura del interior de mi casa y familia en tan tremendas horas , lo que , á falta de importancia general, habrá de ofrecer al menos algún interés relativo por su veracidad y su colorido. Y para trazarla en sus términos propios, vuelvo, pues, á abrazarme con el faldellín y la
chichonera, y ¡ ojalá me la hubieran puesto aquella
mañana !
II.
Las diez poco más ó menos serian de ella, cuando se dejó sentir en la modesta calle del Olivo la agitación popular y el paso de los grupos de paisanos armados , que con voces atronadoras decian : / Vecinos , armarse ! ¡ Viva Fernando VII ! ¡Mueran los franceses! — Toda la gente de casa corrió presurosa á los balcones, y yo con tan mala suerte, que al querer franquear el dintel con mis piernecillas , fui á estrellarme la frente en los hierros de la barandilla, causándome una terrible herida, que me privó de sentido y me inundó en sangre toda la cara. Mis padres y hermauitos , acudiendo presurosos al peligro más inmediato, me arrancaron del balcón, me rociaron , que supongo, con agua y vinagre (árnica de aquellos tiempos), me cubrieron con yesca y una pieza de dos cuartos la herida y me colocaron en un canapé, á donde volví en mí entre ayes y quejidos lastimeros.
Este episodio distrajo á todos por el momento de la agitación exterior; pero arreciando el tumulto y escuchándose mas ó menos cercanos algunos disparos , hubieron de decidirse á cerrar los balcones, reforzando el cierre
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Gon Jos gruesos barrotes ó trancas, que entonces eran de general uso en todos ellos, en gracia sin duda de la seguridad personal que ofrecia aquella sociedad. Mi madre, sin desatender el cuidado del herido , acudió presurosa á encender algunas velas delante de una imagen del Niño Jesús, que encerrada en una urna de cristal campeaba sobre la cómoda, por bajo del tremor ó espejo, y sacando luego su rosario , se puso á rezar con fervor. Mi padre fué, sin conseguirlo, á detener al amanuense (Bujeros), que se empeñaba en ir á la calle á ver lo que pasaba ; j el americano Campos j su sobrino el Guardia Montenegro también se marcharon , porque — decia este último — que á la menor señal de tumulto tenian orden expresa de encerrarse en su cuartel.
Pocos momentos después de haber salido de casa, se presentó en ella muy azorado otro individuo del Cuerpo, que por lo que pude entender se llamaba Butrón, y no sé si sería el mismo que después figuró en la guerra con el grado de general (1) ; pero éste no sólo venía á recoger á Montenegro, sino también á dejar su espada y alguna prenda de vestuario, para evitar, según decia, que los grupos de paisanos le obligasen á ponerse á su cabeza; pintando de paso lo formidable del alzamiento , con que dejó á mis padres en congoja extrema , é hizo á mi pobre madre reforzar con otro par de velas la imagen del Niño Jesús.
Pasaban las horas en üm crítica ansiedad, cuando vino
(1) Bien considerado, me persuado que sí; en la Guía de aquel año leo como garzón del Cuerpo de Reales Guardias á D. Fernando Butrón , y el Conde de Toreno dice que era ayudante del Capitán general de Alabarderos, Marqués del Castelar. Y como mi padre era apoderado general de dicha casa y estados, acaso la presencia de Butrón en la mia tuviera algún objeto en este sentido.
4o MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
á exacerbarla otro incidente aun más fatal, y fué el escucharse un tiro, disparado, al parecer, de la propia casa, á que contestaron otros varios desde fuera, dirigidos á los balcones de ella, algunas de cuyas balas se estrellaron en las fuertes maderas de cuarterones ó en los infinitos clavos de la puerta del portal , que habia tenido cuidado de cerrar el zapatero remendón que hacía las veces de portero.
Aquí la consternación se hizo general, y creció de todo punto cuando á pocos momentos presentóse muy demudado el inquilino del cuarto tercero (D. Tadeo Sánchez Escandon ) , confesando que él habia sido el que habia disparado su escopeta contra un centinela ó piquete de franceses que estaba en la esquina de la calle del Carmen , y que sin duda éste era el motivo de que los aludidos hubiesen contestado con otros disparos á los balcones y fuertes culatazos á la puerta, que, según después se supo, marcaron con las bayonetas con una X fatal (1).
En medio de la angustia general y de las recriminaciones hechas al causante inadvertido de este desmán, hubo que atender por el pronto á su evasión , que verificó por una buliardilla ó desván interior de la casa , en que mi madre tenía su bien provista dispensa, con lo cual quedaron algún tanto apaciguados los ánimos , si bien con el recelo que es de suponer.
Bien entrada la tarde, aparecieron patrullas de caballería, á cuyo frente iban las autoridades civiles y militares, varios consejeros de Castilla y hasta los ministro.s^
(1) Los hijos de este caballero, Sres. D. Dionisio y D. Manuel, que entonces no habian nacido y ocupan hoy un lugar muy distinguido en nuestra sociedad , ignoran de todo punto que yo conservo esta triste reminiscencia de su señor padre, el que, emigrado después á Cádiz , llegó á una gran fortuna y distinguida consideración hasta su muerte , acaecida en 1841.
EL 2 DE MAYO. 41
Urquijo , Azanza y otros , que, enarbolando pañuelos blancos, decían : « Vecinos, paz, paz, que todo está com" puesto y>; cuyas voces parecían derramar unas gotas de bálsamo sobre los angustiados corazones; pero acabada de cerrar la noche, comenzaron á oírse de nuevo descargas más ó menos lejanas y nutridas, que parecían (y éranlo en efecto ) producidas por los franceses , que inmolaban á los infelices paisanos á quienes suponían haber cogido con las armas en la mano. Estos cruentos sacrificios se verificaban simultáneamente en el patio del Buen Suceso , en el Prado á la subida del Retiro y delante de las tapias del convento de Jesús , en la Montaña del Príncipe Pío y en otros varios sitios de la población.
A todo esto , mí madre redoblaba sus rosarios y letanías; mí padre se paseaba agitadísimo, y los chicos, y yo especialmente, por el dolor de mi herida, llorábamos y gemíamos, faltos de alimento, que nadie se cuidaba de prepararnos, y de sueño, que no podíamos de modo alguno conciliar. — Y las descargas cerradas de fusilería continuaban en diversas direcciones , lo que , supuesta la falta de resistencia y la sujeción del pueblo, daba lugar á presumir que los inhumanos franceses se habían propuesto exterminar á Madrid entero. — Y era, según se dijo después , que el sanguinario Murat , aplicando en esta ocasión el procedimiento seguido por su cuñado Bonaparte en las célebres jornadas del Vendimiario , había dispuesto que en las plazas y calles principales , así céntricas como extremas , continuase durante toda la noche aquel horrible fuego, aunque sin dirección, y con el objeto de sobrecoger y aterrorizar más y más al vecindario. — ¡Qué noche, Santo Dios! Setenta años se cumplen cuando escribo estas líneas , y siglos enteros no bastarían á borrarla jamas de mí menioria.
42 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
Muy entrada ya la mañana del siguiente dia o , apareció en casa el amanuense, á quien ya todos creiamos en el otro mundo, contando los incidentes del trágico drama del dia anterior, y de que Dios se habia dignado libertarle. Hablaba atropelladamente y como fuera de sí de las varias espantosas escenas de que decia haber sido testigo en la plaza de Palacio, donde, como es sabido, empezó el alzamiento del pueblo, cortando los tiros de los coches en que iban á ser trasladados los Infantes á Francia , y acometiendo con insano furor á la escolta de caballería francesa ; hablaba de haber visto más tarde en la Puerta del Sol la desesperada y casi salvaje lucha de la Hianolería con la odiada y repugnante tropa de los Mamelukos franceses, á quienes apellidaban los moros, por su traje oriental ; — decia haber visto meterse á las mujeres por bajo de los caballos para hundir en sus tripas las navajas, y encaramarse á los hombres á la grupa de los mismos para hacer á los jinetes el propio agasajo. Referíase también á la más seria y enconada lucha del Parque de Monteleon, y á las horribles venganzas del francés en revancha de la resistencia de aquellos héroes. De todo esto, que narraba Bujeros con su natural verbosidad, habia, según mi padre, que rebajar no poco, haciéndole, sin embargo, las concesiones que reclamaba su natural andaluz ; pero yo creo más bien que en la ocasión presente se quedó muy por bajo de la realidad.
Poco después llegó á casa el americano Campos , que habia pasado la noche y gran parte del dia encerrado en el cuartel de Guardias de Corps; pero éste, en vez de calmar con su presencia y sus palabras la congoja de mis padres, la acreció sobremanera, trayendo en BUS manos la horrible orden del dia ó proclama de Joaquín Murat, que no se publicó hasta el dia 4, es
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decir, después de haber recibido su bárbara ejecución (1). Un grito de horror y de desesperación levantóse en-
(1) ORDRE DU JOUR.
Soldáis : La populace de Madrid égarée s'est portee á la revolte et á Vassassinat. Je sais que les bons Espagnols ont gémi de ees désordres ,je siiis loin de les confondre avec des miserables avides de crimes et de pillage. Mais le sang f raneáis a coulé; il demande vengance. En conséquence fordonne ce qui suit :
ARTICLE I. Le General Grouchi convoquera cette nuit la Commission milil-aire.
ART. 11. l^oux ceux qui dans la renolte ont été arretes les armes á la main ser 07). t fusillés.
ART. III.
La Junta d'Etatvafaire désarmer la Ville de Madrid. Tous les habitans qui apres Vexécution de cette mesure seront trouvés armes, ou conservrront des armes sans une permission spéciale, seront fusillés.
ART. IV.
Toute reunión de pZ¿ts de Iiuit personnes sera regardée comme mi, rassemblement séditieux, et dispersée á coups de fusil.
ART. V. Tout Village oú sera assassiné un frangais sera brülé.
ART. VI. Les Maitres demeurent responsables de leurs domestiques, les Chefs d'A feliers de leurs ouvriers , les peres de leurs enfans , et les Supérieurs des Convenís de leurs Religieux.
ART. VII.
Les auteurs , distributeurs ou vendeitrs de libelles imprimes ou manuscrits provoquant á la sédiíion , seront regardés comme Agens de U Angleterre , et fusillés. Donné en notre Quarti.r Géaéral de Madrid , le 2 Mai 1808.
Signé, JoACHiM. Par Moiiaeignear , Le Chef d'État Major General,
Belliard.
4'4 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
tónces en toda la familia, considerando la inminencia del peligro de ver asaltada la casa de donde se había hecho fuego , y cuando no quemada , saqueada implaca])lemente y asesinados todos sus moradores; pero la ocasión no era sólo lamentable , sino angustiosa y fatal por extremo , y siguiendo el parecer autorizado del americano Campos, no habia más partido que tomar que decidirse á al^andonarla, repartiéndose la familia en las casas de los amigos más allegados. — Y no hubo más, sino que con el sobresalto y angustia que puede presumirse, verificóse este obligado abandono, yendo mi padre con parte de los niños á casa del Marqués del Castelar, y tocándome á mí con mi angustiada madre ir á refugiarnos á casa de don José Fernandez y Garrida, que estaba casado con una hermana del futuro orador y presidente del Congreso D. Alvaro Gómez Becerra; esta casa se hallaba y se halla situada en la pequeña plazuela de Trujillos, formando escuadra con la del Sr. D. Cándido Alejandro Palacio, Conde de Berlanga de Duero , mi actual y querido amigo, y en ella permanecimos no sé cuántos dias, hasta que publicada , con fecha del dia 6 , la nueva y sarcástica proclama del pro-cónsul Murat (1), en que ofrecía ciertas
(1) SOLDADOS :
El dia 2 os fué preciso acudir á las amias para repeler la fuerza con la fuerza.
Habéis hecho vuestro deber : satisfecho de vuestra conducta, he dado cuenta de ella al Emperador.
Tres soldados se han dexado quitar sus armas : ya no merecen estar en el exército francés , y se les ha declarado indignos de servir con vosotros.
Aliora todo está ya tranquilo. Los culpados , ó los que se dexaron seducir están castigados, ó han conocido su error. Restablézcase, pues, la confianza pública, y échese un velo sobre lo pasado.
Soldados , renovad vuestras relaciones amistosas con el pueblo español.
EL 2 DE MAYO. 45
seguridades, pudimos regresar á nuestros abandonados Logares, reuniéndose en ellos toda la familia, aunt^ue en el estado deplorable á que nos reduela nuestra triste situación.
Por lo que á mí toca, es natural suponer que me distraerla pronto, con mis liermanitos, de tan horribles sensaciones, j que sólo me preocupase algún tanto el dolor de la herida, que aun sentia en la frente ; pero cuando, muchos años después, j ya hombre, contemplaba al espejo su profunda cicatriz, un sentimiento de orgullo se apoderaba de mí, exclamando como el Corregió: — dAncliio son pittore.y) — Yo también fui una de las víctimas del Dos de Mayo.
Es acreedora á muchos elogios la conducta de las tropas españolas que se hallaban en esta Corte ; y debe , por lo mismo , cimentarse cada dia más la buena inteligencia que ha reynado entre los dos exércitos.
Vecinos de Madrid, españoles de toda la Península, que descanse vuestro espíritu, y deseche todo rezelo infundido por los malévolos. Seguid vuestros negocios, vuestras costumbres, y no consideréis á los soldados del Gran Napoleón , protector de las Españas, sino como á unos soldados amigos , unos verdaderos aliados.
Los ciudadanos de todas clases pueden usar la capa , según su costumbre : nadie deberá detenerlos ni incomodarlos por este motivo.
Firmado, JOACHIM.
Por orden de S. A. I. y R. ,
El General de División , Gefe del Estado Mayor,
Agustín Belliard.
CAPITULO III.
1808.
DEL 2 DE MAYO AL 4 DE DICIEMBRE.
La tercera y última jornada del gran drama de 1808 en Madrid tuvo su desenlace en los primeros dias de Diciembre, cuando Napoleón en persona, al frente de un ejército numeroso, penetró en ella, no ya (como un tiempo se imaginaron sus moradores) cual amigo y aliado , sino como dominador y dueño absoluto de imponerla su yugo.
Pero antes de realizarse esta gran desdicha , y en los meses que mediaron desde el 2 de Mayo , ocurrieron sucesos, alternaron vicisitudes tales, que sería imposible de todo punto prescindir de ellas , si ha de darse el enlace debido á esta sencilla narración, por mucho que pretenda reducirla á los términos que me propuse.
Conviene, por lo tanto, trasladarnos en imaginación á los dias que siguieron á aquel inmortal en que, ahogado en sangre el heroico ardimiento de los madrileños, hubieron de ceder necesariamente ante fuerzas tan superiores, á la inicua tiranía del pérfido Murat.
Arrojada ya la máscara , violadas y escarnecidas todas
DEL 2 DE MAYO AL 4 DE DICIEMBBE. 47
las seguridades del amigo, del protector, del huésped, y convertido el ejército francés y su odiado jefe en tiránico opresor de la capital, aprovechó los primeros momentos del terror producido por su crueldad para desembarazarse hasta del menor asomo de competencia en su autoridad omnímoda y exclusiva ; dispuso la traslación inmediata á Francia de las personas de la Real familia que aun quedaban entre nosotros, entre ellas las del Infante D. Antonio Pascual, presidente de la Junta Suprema d'e Estado^ que estaba encargada de la gobernación durante la ausencia del Rey, y la anuló virtualmente, poniéndose á su frente con el título de Lugarteniente general del Reino. — Por cierto que al desprenderse de su autoridad aquel menguado del infante D. Antonio, y al poner el pié en el estribo del carruaje el dia 4 de Mayo, tuvo la infeliz ocurrencia de despedirse de sus compañeros de la Suprema Junta, con aquella donosa carta, denuuciable ante el tribunal del sentido común, que empezaba con estas palabras : €A los señores de la Junta digo cómo me he marchado á Bayona » ; y concluía : « Dios nos la depare buena. Adiós, señores, hasta el Valle de Josafati>; documento verdaderamente incalificable, que provocarla la risa si no produjese un hondo sentimiento d<í indignación y de lástima al contemplar en qué manos habia caido la suerte y dirección de una nación heroica y animosa , arrojada de este modo á los pies del altivo dominador del continente europeo.
El pueblo de Madrid y el de España entera, respondiendo instantáneamente con viril energía á los impulsos de su patriotismo y de su honor, anatematizó de la ma^ ñera más solemne tamañas ruindades como ofrecían simultáneamente en Madrid y Bayona todos los individuos de la familia Real. Pero por de pronto no podia hacer más que ahogar la voz de su encono y lamentarse en silencio de su inmerecida y horrorosa esclavitud.
48 MEMORIAS DE UN SETENTÓN'.
Por lo que puedo recordar (y prescindiendo de estas indicaciones generales, que acaso contra mi propósito se escaparon de mi pluma ) , la situación de Madrid en aquellos infaustos dias, ante el cambio tan brusco de situación, no podia ser más terrible y angustiosa. Retraído el vecindario en sus casas , sin comunicarse apenas entre sí, y huyendo instintivamente de calles y paseos, donde pudiera ofenderle la odiada presencia de sus verdugos, éstos y sus jefes pudieron á mansalva desplegar todo el lujo de su arrogancia y dar á conocer en sus Boletines los odiosos Manifiestos de Bayona; la renuncia vergonzosa de la corona de España en la persona de Napoleón; la trasmisión que éste tuvo á bien hacer de ella á favor de su hermano José; la formación del ridículo Congreso y la presentación de una Constitución otorgada que habia <le regir en los extendidos dominios de España é Indias. Todo esto, acompañado de los correspondientes firmanes del gran Emperador, del flamante Rey y de sus lugartenientes generales Murat y Sabary, que sucedió á nquél en su pro-consulado. Estas disposiciones, publicadas en la Gaceta , eran recibidas por la mayor parte del vecindario con la más profunda indignación, y en otros sitios con la más absoluta indiferencia ó desprecio.
Así pasó todo Mayo, todo Junio y gran parte de Julio, aunque reanimándose algún tanto los espíritus con las noticias más ó menos vagas que iban llegando del alzamiento general de las provincias , del aspecto formidable de la resistencia que se ostentaba ya desde las cumbres de Covadonga hasta las playas gaditanas , desde las gargantas del Pirineo hasta los pensiles valencianos ó las llanuras de Castilla; del entusiasmo con que todos los pueblos unánimemente y con un impulso sobrenatural , espontáneo y enérgico , iban respondiendo al heroico grito lanzado el 2 de Mayo. por el pueblo de Madrid. .'.
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Entre tanto el nuevo rey José, á quien la voluntad soberana de su hermano habia arrancado del solio de Ná^ polas (donde estaba por lo menos tolerado), para llamarle á servir de blanco á las iras, ó más bien al menosprecio de los españoles , colocando sobre su cabeza el I. N. R. I. ignominioso , resignábase á tomar posesión de una corona que tan de espinas se le anunciaba; y adelantándose hasta la capital con fuerzas suficientes, llegó á Chamartin el dia 20 de Julio, j en el siguiente hizo su entrada en Madrid, en medio del más profundo desvío de la población ; contraste verdaderamente asombroso con la recepción hecha á Fernando el 24 de Marzo. — ¡Y las tropas francesas , que hablan presenciado uno y otro suceso, mentalmente hubieron de compararle, y no dejarían de vaticinar las funestas consecuencias que de esta comparación se deducían!
Repitióse , pues , absolutamente y en términos idénticos el espectáculo que habia ofrecido el pueblo madrileño en 1710, cuando por una de las vicisitudes de la guerra de sucesión hubo de penetrar en su recinto el odiado Archiduque de Austria. Pero al menos éste, en su buen criterio , viendo el silencio de las calles , la ausencia absoluta de la población , y el desairado papel que le tocaba representar, tuvo la feliz inspiración de volverse desdé" la Plaza por la calle Mayor, diciendo que Madrid era nn hfffar desierto; mas el pobre José, á quien estaba impuesta de orden superior la irrisoria corona, no pudo adoptar aquel partido, y entró en Palacio, si bien por entonces hubo de ocuparle muy contados dias. — El Ayuntamiento de Madrid y el Consejo de Castilla, cediendo al miedo más bien que á la convicción, dispusieron, sin embargo , que el próximo dia 25 , en que se celebra el Apóstol Santiago, se verificase la solemne proclamación de José, y se alzasen pendones por él en los balcones de la
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Panadería; ceremonia irrisoria, que se celebró en medio de la mayor indiferencia , ostentando el estandarte Real el Conde de Campo Alange, por haberse negado á ello y huido el de Altamira, á quien correspondía como alférez Real (1).
i y en qué ocasión subia á la picota , más bien que al trono de las Españas, este desdichado! Cuando ya empezaba á extenderse el rumor de una gran victoria alcanzada por las armas españolas (la gloriosa de Bailen, librada el 19 de Julio ) ; rumores que creciendo de dia en dia alentaban el ánimo de los patriotas, al paso que acongojaban el de los pocos y atribulados parciales del francés.
Pero estos rumores tomaron consistencia; la verdad se abrió paso , y adquiriendo el carácter de absoluta evidencia, infundió tal desconcierto y pavura en las huestes invictas de Austerlitz y de Jena , que apresuradamente se dispusieron á levantar el campo y abandonar con su rey José la capital del Reino , como así lo verificaron el . dia 1.° de Agosto.
(1) No hace muchos años que cayó en mis manos un periódico inglés de aquella época (^The Morning Chronicle^ , en el cual, hablando de esta ridicula farsa y de la actitud del pueblo! de Madrid en aquella ocasión , transcribía en castellano y con todas sus letras un donoso pasquín que apareció aquella misma mañana, y que por la demasiada libertad de su expresión renunciaría á estampar aquí, si ya no lo hubiera hecho en mi libro El Antiguo Madrid, disculpando lo atrevido de la frase con lo gráfico del pensamiento. Decia, pues , así :
« En la plaza hay nn cartel Que nos dice en castellano Que José , rey italiano, Viene de España al dosel. Y al leer este cartel , Dixo una maja á sn majo : Manolo , pon ahí abajo Que me C... en esa ley ; Porque aqui queremos rey Que sepa decir : ¡C I»
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Puede figurarse cualquiera la explosión del delirio universal á tan inesperado acontecimiento. — El pueblo del Dos de Mayo, libre de sus tiranos dominadores, vuelto á la vida patria, á los objetos de su cariño, de su admiración y de su culto; recibiendo sucesivamente y con muy cortos intervalos las asombrosas noticias del efecto producido por su heroico grito en todo el ámbito de la monarquía, que hoy celebraba la gloriosa jornada de Bailen; otro dia la inmortal defensa de Zaragoza; ora el apresamiento en Cádiz de la escuadra francesa; ora la seguridad del auxilio de Inglaterra obtenida por los asturianos; ya la formación de Juntas provisionales; ya la improvisación de ejércitos enteros; el sacudimiento, en fin, general, unánime, y tal como no ha ofrecido jamas la historia de pueblo alginio , se entregaba, como es natural, á todas las demostraciones de su entusiasmo , y (preciso es también decirlo) á algunas deplorables demasías, hijas de su rencor y resentimientos contra las situaciones pasadas. — Pocas, sin embargo, fueron estas lamentables escenas, dirigidas contra los que, ó por mala apreciación de los medios de resistencia, ó por miedo, ó por cálculo, se habían adherido á la causa francesa : entre ellas la más señalada y vituperable fué el bárbaro asesinato cometido en la persona del ex-intendente de la Habana D. Luis Viguri, grande amigo que suponían de Godoy, á quien arrastraron inhumanamente por las calles de Madrid, estableciendo un precedente que la gente aviesa se complacía en llamar La Viguriana, amenazando con igual suerte á todos los que calificaba de traidores.
Entre tanto el Consejo de Castilla (en quien por cierto hubiera sido de desear algún más tesón y valor enfrente de la dominación francesa) alentaba, hasta cierto punto, aquellas demasías, y como que hacía alarde de autorizarlas, faltando á todas las leyes y conveniencias. Hé aquí
52 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
el papelito que encuentro entre los viejos de mi padre, y que copio á la letra hasta con su viciada ortografía :
c( Casas confiscadas y mandadas vender ■por el Consejo para gastos de guerra : de diferentes traydores de la nación que marcharon con los franceses, como también los ^muebles hallados en ellas : — Primeramente la del Duque de Frias. — Las de los Negretes, padre é hijo. — Mazarredo. — Urquijo. — Azanza. — Ofarrill. — Marques Caballero. — Cabarrus. — Marquina, Consejero de Castilla.— Duran, también de Castilla. — Amorós, de Indias. — García Suelto. — Moratin. — Ángulo y Belasco. — Melón, juez de Imprentas. — Monota, agente de Negocios. — Moratus, canónigo de San Isidro. — Estala j Llórente, canónioros de Toledo. — Ervás. — Zea. — Romero. — Arribas. — Salinas. — San Felices. — La Condesa Jaruco. — Y hoy han prendido al Consejero Navarro j Vidal, que tantos favores hizo á Valencia quando el Duque de la Roca , j este ha escapado. »
Véase cómo el Consejo envolvía en la misma proscripción desde las personas de los ministros y superiores gobernantes, hasta las inofensivas de los literatos y hombres de ningún carácter político.
Pero apartemos la AÍsta de esta parte sombría del cuadro, para fijarla en el espectáculo indescriptible de entusiasmo y regocijo que presentaba en su conjunto el pueblo de Madrid. — Este no podia ser más halagüeño, y quisiera que mi pluma pudiera alcanzar á imprimirle su espléndido colorido. Diríase tal vez que el intentar siquiera trasladarle al papel es una temeridad, atendidos mis cortos años ; pero á esto habré de contestar que ante tal espectáculo no habia niños ni edades ni condiciones; todos éramog hombres, todos nos crecimos al sublime fuego del patriotismo , y sin gran dificultad hallo clara y distintamente estampado en mi imaginación el cuadro
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sublime que en aquellos momentos se desplegaba á mi vista.
A levantar y sostener aquel entusiasmo popular alzáronse las voces de nuestros más esclarecidos ingenios, los himnos del combate, las preces de la Iglesia j los cantos del pueblo en general. — El gran Quintana, apoderándose con segura mano de la lira de Tirteo, prorumpió en aquella inmortal oda que empezaba :
« ¿ Qué era , decidme , la nación que un dia » ,
la cual no tiene precedente en nuestro Parnaso, por lo atrevido y patriótico del pensamiento, por lo vigoroso del estilo y lo apasionado del acento, no arrancado hasta entonces de las cuerdas de lira castellana.
Don Juan Nicasio Galleólo exhaló de un modo incomparable los quejidos de la patria en su admirable y popular elegía a Al Dos de Mayo.D — Don Juan Bautista de Arriaza entonaba su magnífica ^Profecía del Pirineoí», — y D. Francisco Sánchez Barbero, D. Antonio Sabiñon, D. Cristóbal Beña, todos, en fin, los predilectos hijos de las Musas hicieron estremecerse á un tiempo todos los corazones , hiriendo las fibras del patriotismo y del honor. La música, esta expresión sublime de los afectos del alma, vino á secundar aquella explosión del público sentimiento; y música y poesía, derramándose por la atmósfera, convirtieron en un concierto armonioso y unánime aquella explosión del entusiasmo popular.
En tanto empezaron á refluir á Madrid las tropas improvisadas en las provincias , ostentando , más bien que la organización militar y la apostura guerrera, sus pintorescos trajes berberiscos á par que los destellos de su valor y patriotismo. — Vinieron primeramente los valencianos y aragoneses con sus anchos zaragüelles, fajas, man-
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tas y pañuelos en la cabeza á guisa de turbante, entonando aquella estrofa inmortal de la clásica jota :
« La Virgen del Pilar dice Que no quiere ser francesa ; Que quiere ser capitana De la tropa aragonesa»,
Ó bien el himno de la heroica Zaragoza, libre recientemente de los horrores de su primer sitio :
((.Zagalas del Ehro, Laureles tejed
Y á nuestros guerreros Ciñamos la sien. y)
«El sol quince veces Batida la vido ,
Y quince vencido Tornar vio al francés. El héroe animoso Que nos acaudilla Tuviera á mancilla Dejarse vencer.»
Zagalas del Ehro, etc. (1).
Siguiéronles en 23 de Agosto las tropas andaluzas, las gloriosas triunfadoras de Bailen, algo más organizadas j
(1) No puedo menos de repetir que todas estas canciones (que no creo llegasen á ser impresas) las retengo desde entonces en mi memoria, con su música respectiva, á la manera que el novísimo invento del Fonógrafo diz que conserva los sonidos, y que los repite á voluntad luego que se le da cuerda ó mueven el resorte. Yo he aplicado al fonógrafo de mi memoria el registro del año 1808, y encuentro reproducidos con música y letra estos cantos patrióticos, que escuché en mi tierna edad. Si mis amigos los señores artistas quieren trasladarlos al papel , tendré el gusto de repetírselos. A esta excitación me respondieron , honrándome con su risita , los Sres. Inzenga y Esperanza.
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vestidas militarmente, con el general Castaños á su cabeza, las cuales fueron recibidas con una inmensa ovación, al eco armonioso del himno de la victoria :
« Dupont, terror del Norte, Fué vencido en Bailen ,
Y todos sus secuaces Prisioneros con él. Toda la Francia entera Llorará este baldón ,
Al son de la Carmañola j Muera Napoleón ! ¡ Muera Napoleón !
Reunidos unos y otros á los jóvenes voluntarios castellanos y al inmenso concurso del pueblo entero de Madrid, cuyo entusiasmo delirante llegó entonces á su apogeo, celebraron al siguiente dia 24 de Agosto la solemne y verdadera proclamación de Fernando VII, que contrastaba brillantemente con la pálida farsa representada en el mes anterior á nombre del intruso José.
Todo era efusión y sincero alarde de patriotismo ; hombres y mujeres, niños y ancianos, radiantes de alegría, ostentaban en sus sombreros y mantillas, en sus pechos y peinados, sendas escarapelas encarnadas con el retrato de Fernando VII en su centro; y prorumpian en el famoso himno de guerra, cuya letra (que no es fácil saber á quién se debe) aplicaron, para mayor escarnio, á la música de la Marsellesa :
« A las armas corred, patriotas,
A lidiar, á morir ó á vencer ;
Guerra eterna al infame tirano ,
Odio eterno al impío francés.»
Patriotas guerreros, Blandid los aceros
Y unidos marchad
Por la patria á morir ó triunfar.
¡ A morir ó triunfar! »
56 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
La población indígena madrileña, fiel, sin embargo, á, sus primeros amores, volvia entusiasmada á requerir su Juana y Manuela, permitiéndose, sin embargo, algún otro escarceo más sentimental :
Virgen de Atocha , La Capitana, Que del Rey tienes Puesta la banda, Haz que pronto Femando Vuelva de Francia»;
Ó dando rienda suelta á su sarcástico natural, cebábase en el desdichado Rey intruso, á quien apenas habia podida conocer, pero que desde luego calificó de ebrio y disoluto, y ademas tuerto; enderezándole estas y otras coplillas :
«Tráelo, Marica, tráelo A Napoleón, Tráelo y le pagaremos La Constitución.»
«Ya viene por la Ronda José Primero Con un ojo postizo Y el otro huero» (1).
(1) La absurda creencia universal de que José era tuerto pudo' tener origen en que, según parece , solia mirar con un lente y cerrar al mismo tiempo el otro ojo. En este sentido decian también las manólas :
Eos en la ca... Uno en la ma...
Y otro en el cu...
Y bueno ningu...
En cuanto á lo de la embriaguez es absolutamente voluntario, pues sabido es que no probaba el vino.
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(( Ya se f ut^ por las Ventas El Rey Pepino Con un par de botellas Para el camino.»
He citado antes las inmortales composiciones de nuestros egregios vates en esta ocasión ; pero como el pueblo no está á la altura, que digamos, de los Píndaros y Tirteos, no es de extrañar que á par de aquellos levantados intérpretes del entusiasmo nacional apareciese la falange de copleros, polilla del Parnaso y del sentido común, inundando la población con innumerables folletos , romances y jácaras, de que tengo á la vista un gran caudal, pero de los cuales me abstengo de hacer uso en gracia de sus autores y del paciente lector. — « Del sublime al ridículo, se ha dicho con razón, no hay más que un paso», — y este paso se dio á trote largo hasta el último confín. — De todas estas elucubraciones sólo quiero hacer excepción con una en que no sin cierto gracejo y donosura se hacía una parodia de la nueva Constitución de Bayona; y como es posible que no exista más ejemplar que el que yo tengo me permitiré hacer un extracto de él (1). Decia pues :
La Constitución de España, puesta en canciones de música conocida, para que pueda cantarse al piano, al órgano, alviolin, al hajo, á la flauta, á la guitarra, á los timbales, al arpa, á la bandurria, á la pandereta, á la zampofia, al rabel y toda clase de instrumentos rústicos.
INTRODUCCIÓN.
{Polo del contrabandista.) « Yo, que soy Napoleón, Emperador de la Francia, Quiero y es mi voluntad Que haya jaleo en España. »
(1) Tengo entendido que esta graciosa sátira fué escrita por don Eugenio de Tapia.
58 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
«¡ Al jaleo, jaleo, soldados! Mis planes están ya hechos , Su buen éxito depende Sólo de vuestros esfuerzos.»
(( ¡ Ay, ay ! por vida de tantos. No hay remedio, será así. j Ay , ay ! ¿ La España sería Quien se burlase de mí? ¡Ay,ay,ay !))(!).
(^Fandango.') ce Sólo habrá una religión, La católica será. Quien guste la seguirá, Sobre esto no habrá cuestión.»
« Es mi voluntad y quiero, Ha dicho Napoleón, Que sea Rey de esta nación Mi hermano José Primero.»
« Es mi voluntad y quiero, Responde la España ufana, Que se vaya á cardar lana Ese rey José postrero.»
(^Seguidillas.) « La sucesión al trono De las Españas Irá de macho en macho. Dice la Carta. )) Si macho falta, Napoleón primero Lleva la carga.»
(1) Parece que sabiendo Napoleón lo mal que iban saliendo 8ua
planes, dijo, después de una exclamación de soldado Serait ce
VEspagne qui me donnerait un soujletf
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( Zorongo.)
« Cuatro millones de pesos AI año tendrá José , ¿Quién pondrá puertas al campo Si quisiere más tener ?
»Zoronguito, zorongo, zorongo; Como rey de España de todo dispongo.»
( Mamhrü.)
«Doscientos mil duritos, ¡ Qué dicha , qué dicha la nuestra !
» Doscientos mil duritos El Príncipe tendrá (J)is) Para sus devociones , ¡ Qué dicha, que dicha la nuestra ! Divertirse y cazar , etc.»
{La ]}ia y la paz.)
((. Chusma de ministros Al trono honrarán ; Silencio, chitito. Que voy á cantar.»
La pía y la paz.
(í Nueve ministerios En la corte habrá En que los asuntos Se despacharán.»
La pía y la paz.
( El Marinerito.) « Habrá un Consejo de personas De probidad á mafaqon ( bis). Que no podrán ni bostezar Sino según Constitución (^his).y>
(( Serán, pues, todos presididos, Cuando se forme gran sesión. Por el rey Pepe, y obrar deben Siempre según Constitución.»
60 MEMORIAS f>E UN SETENTÓN.
«Luego que Pepe diga (íqideroD Nadie osará decir « Sir non », A fin que todo se despache Siempre según Constitución, etc.»
(Charandel.) (( Las colonias españolas Y posesiones del Asia Gozan los mismos derechos Que gozará toda España.»
(( Ole charandel, podrá cada uno, Ole charandel, libre comerciar, Ole charandel, á fin que el rey Pepe, Charandel y ole, pueda atesorar.»
« El derecho que el verdugo Tenía de dar tormento Se anula, y en adelante El derecho será nuestro.»
« Ole charandel, Napoleoncito, Ole charandel, eso lo veremos. Ole charandel, pues algunas cuentas, Charandel y ole, que ajustar tenemos, etc., etc.»
Las caricaturas, ó más bien aleluyas groseras, chabacanas j hasta obscenas, no abundaban menos que los folletos chocarreros; y todos, ó casi todos, iban encaminados á la persona del pobre José, á quien se pintaba metido en una botella y sacando la cabeza por el cuello de ésta, ataviado como en un naipe y con una copa en la mano, con el título El nuevo Rey de copas; en otro, danzando ó haciendo ejercicios acróbatas sobre botellas, y otras tonterías de esta especie. — Sólo en una (que no pude por el pronto juzgar, pero que exhumada años después debajo de un ladrillo en que con otras muchas mi madre cui-
DEL 2 DE MAYO AL 4 DE DICIEMBRE. Gl
(ló de enterrarla durante la ocupación francesa), sólo en una, repito, aunque groseramente dibujada, hallé un pensamiento agudo y gráfico que alabar.
Representaba, pues, unas montañas sobre las que había un cartel que decia : € Roncesvallesy) , y al pié de un peñascal se hallaba un moceton medio soldado, medio contrabandista, fumando su cigarrito y con el trabuco al brazo, en tanto que por el desfiladero aparecía un soldado francés, el cual, echando mano al bolsillo, preguntaba al centinela : — c( Monsieur , comhien Ventrée ? i) — A lo cual contestaba el otro : — « Compare, aquí no ze paga la en~ trda, que lo que ze paga ez la zalía.'»
El entusiasmo, en fin, y la confianza de los madrileños no conocía límites : creían \ pobres ilusos ! que con las parciales victorias obtenidas habían logrado terrorízar y hacer huir á los franceses ; que todo habia concluido ya, merced á la intervención de las Vírgenes de Atocha , del Pilar y de Covadonga, y que el mismo Napoleón no tardaría en devolverles sano y salvo á su adorado Fernando.
El Gobierno, empero, que no debía participar de aquella confianza , que era conocedor de la escasez y desbarajuste de nuestros medios de defensa ; de lo improvisado, desnudo y falto de instrucción de nuestros ejércitos , y de los reveses parciales que sufrían en diversas partes del territorio, procuraba, sin embargo, encauzar el entusiasmo público, promoviendo alistamientos numerosos de voluntarios, suscricíones nacionales, á que todas las clases se apresuraban á concurrir para atender á los gastos de la guerra, y sacar, en fin, el partido posible de los elementos de que podía disponer.
Para atender, pues, á estos inmensos compromisos, para regularizar la resistencia, para crear un Gobierno superior, que asumiese el poder y la responsabilidad, dise-.
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minados hasta entonces en las Juntas provinciales, se formó la Suprema central, que tomó posesión el dia 25 de Setiembre en el palacio de Aranjuez, figurando en ella nombres tan respetables y queridos como los de Floridablanca, Jovellános, Graray, Campo-Sagrado y otros, y á la que más tarde ó más temprano hubieron de acatar las Juntas provinciales y sus tropas y caudillos respectivos.
Napoleón, en tanto, en quien los nombres de Madrid, Bailen y Zaragoza debian producir sin duda el más profundo despecho, sonando en sus oidos como el primer eco de la desgracia , revolvióse agitado contra aquel inesperado y formidable contratiempo, y dando con su ojo certero á la insurrección española toda la importancia que tenía, determinó marchar en persona, á fin de contenerla y dominarla.
Penetró, pues, en España al frente de un aguerrido ejército y seguido de su hermano José y de sus más ilustres generales; y aunque el Gobierno español procuró salir á disputarle el paso con los pocos y discordes elementos de que disponía, éstos fueron arrollados, como no podía menos, ante tan formidable acometida : dispersas y destruidas delante de Burgos las escasas fuerzas al mando del joven é inexperto Conde de Bellveder (hijo del Marqués de Castelar), salvadas las gargantas de Somosierra con el arrojo é intrepidez con que habia salvado los Alpes en la primer guerra de Itaha, en medio del estupor y aturdimiento del Gobierno español, se presentó el dia 1.* de Diciembre á las puertas de Madrid, intimándola su rendición.
La situación del Gobierno, ó más bien de las autoridades de Madrid (porque la Junta Central habia abandonado á Aranjuez precipitadamente), ante tan formidable apresto de tormenta próxima á descargar, y también ante la insensata temeridad del pueblo, que, sin conocer ni
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medir toda la extensión del peligro que se le echaba encima, resolvía denodadamente acometer una imposible resistencia; la situación, repito, de las autoridades de Madrid era la más comprometida y fatal. De un lado las intimaciones perentorias del Emperador, que les ordenaba la rendición; por otro, las vociferaciones y febril entusiasmo de la muchedumbre; la absoluta escasez de fuerzas propiamente militares, que no llegaban á 400 hombres; la presión de las masas del paisanaje, que acusándoles de traición y cobardía, les pedian armas y municiones , de que carecían por completo, y la decisión y arrojo suficiente para defender un pueblo abierto , extenso y absolutamente virgen en esta clase de conflictos.
Procuróse contemporizar por el momento con ambos extremos. El Marqués de Castelar, capitán general de Castilla la Nueva, procuraba entretener al Emperador con respuestas respetuosas de que iba á consultar á las demás autoridades para en su vista determinar lo conveniente; mientras que el Duque del Infantado, el Marqués de San Simón y el general D. Tomás Moría procuraban dar alguna unidad á la defensa intentada por las masas populares, abriendo zanjas y formando parapetos en las inmediaciones de las puertas, distribuyendo el armamento y municiones de que podían disponer, y procurando, en fin, calmar aquella excitación nerviosa, arrogante é insensata que dominaba al vecindario. — Éste, que en un principio desconocía y hasta negaba el peligro , desempedraba las calles, armaba parapetos inútiles y hasta salía con denodado ademan por las afueras en dirección al campamento para habérselas cara á cara con el ejército francés; á los primeros reveses volvía exasperado su encono contra las autoridades, á quienes acusaba de traidoras, y hasta llegó al lamentable exceso de asesinar y arrastrar por las calles al regidor Marqués de Perales, hombre, por otro lado, fa-
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vorito hasta entonces de la plebe , cuyo traje , modales y costumbres procuraba imitar, levantándole la absurda calumnia de haber hecho rellenar de arena los cartuchos repartidos al pueblo (1).
Napoleón , mientras tanto, instalado en el vecino pueblo de Chamartin y palacio del Duque del Infantado (2), ardia en ira con semejante dilación, y con excitaciones continuas á las autoridades españolas, las intimaba de hora en hora la rendición, con apercibimiento de tratar á la población de Madrid con el más terrible rigor. — En todo el dia 2 hizo diferentes alardes de acometida, especialmente por las puertas de los Pozos, de Fuencarral y del CondeDuque, contenidas en lo posible por los sitiados; hasta que el dia 3 acometió decididamente por el sitio más vulnerable é indefenso , por el Retiro , y abriendo una ancha brecha en sus tapias, se encontraron las tropas francesas dominando completamente á Madrid. — Entonces fué cuando las autoridades se pusieron completamente á merced del Emperador, que (justo es decirlo) no abusó de su victoriosa posición, concediendo á Madrid una capitulación honrosa, que en casi todas sus partes fué religiosamente cumplida, pues no sólo no hubo las represalias, saqueos é incendios que se temian, sino que tam-
(1) Esta horrible catástrofe tuvo, por desgracia, eco en casa de mi padre, porque, poseedor de unas letras de Zamora por valor de 24.000 reales, aceptadas ya por el Marqués, no pudo hacerlas efectivas el dia del cumplimiento, á consecuencia de aquel inesperado suceso, ni después tampoco, á pesar de las reclamaciones de mi padre y mias con posterioridad á su muerte.
(2) Hasta hace pocos años se hallaban conservadas las habitaciones que ocupó el Emperador, con el mismo mobiliario y decorado que teuian en 1808, y supongo que el señor Duque de Pastrana, hijo del del Infantado, y que hoy le posee, habrá continuado manteniéndolas en aquella disposición.
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poco fué gravada con ninguna extraordinaria Imposición. — Todo esto, á no dudarlo, fué debido á las reiteradas súplicas de su hermano José, que no podia entrar en su C4ipital devastada ó destruida, y también al propósito que <lesde luego se advierte en Napoleón de anunciarse como protector y regenerador, antes que como dueño victo^ rioso.
A este fin obedecían seguramente los nueve decretos que á su nombre, y prescindiendo absolutamente de su hermano, lanzó en los siguientes dias desde su cuartel general de Chamartin, en los cuales, y á excepción de los dos primeros, altamente censurables, en que fulminó ima proscripción contra varios Grandes de España y consejeros de Castilla (proscripción, por fortuna , que 7io tuvo resultado), los demás encarnaban nada ínénos que un completo programa revolucionario aplicado á la nación española.— Suprimíase por ellos el Tribunal de la Inquisición, los derechos señoriales y las aduanas interiores; so disponía la reducción á una tercera parte de las comunidades religiosas, declarando sus propiedades bienes del Estado; se renovaba la venta suspendida de las Memorias pías ; se prohibía la reunión de encomiendas en una sola persona, y se hacía, en fin, con el breve espacio de ocho dias, lo que las Cortes de Cádiz tardaron en discutir y aprobar más de tres años.
Pero no es sólo lo sustancial de estos decretos lo que debió llamar la atención de los hombres pensadores y que anhelaban vivamente todas aquellas innovaciones, sino que fueron acompañadas de un Manifiesto del mismo Emperador á los españoles, documento de importancia suma por su espíritu y por su forma, y que con extrañeza hallo omitido por el Conde de Toreno cuando hace mención lie aquellos decretos.
En dicho iniportantísimo manifiesto, escrito con una
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templanza desusada por el dominador de Europa , se reconoce bien el convencimiento que habia adquirido de lo arriesgado de la empresa en que estaba empeñado, á par (jue sus deseos de aparecer con un carácter altamente liberal y progresivo, que esperaba le conquistara, antes que las armas, las simpatías del pueblo español. — Después de decir á éste que habia sido extraviado y conducido á una imposible resistencia por las pérfidas sugestiones de Inglaterra , hacíale ver lo inútil de la resistencia, y continuaba con estas textuales palabras:
« ¿Cuál pudiera sei- el resultado aun del suceso de algunas caiu- )) pañas ? Una guen-a de tien-a sin fin, una larga incertidumbre so- » bre la suerte de vuestras propiedades y vuestra existencia. En » pocos meses os habéis entregado á la agonía de las facciones pospulares. Algunas marchas han bastado para la defección de » vuestros ejércitos. He entrado en Madrid. Los derechos de la )) guerra me autorizaban á dar un grande ejemplo y á lavar con )) sangre los ultrajes hechos á Mí y ámi nación. Sólo he escuchado
)) la clemencia Os habia dicho en mi proclamación de 4 de Ju-
»nio que quería ser vuestro regenerador, mas habéis querido que » á los derechos que me habían cedido los Príncipes de la última » dinastía, añadiese los de la guerra. Nada, sin embargo, alterará ))mis disposiciones. Quiero aún reconocer lo que haya podido hay> ber de generoso en vuestros esfuerzos. Quiero reconocer que se os )) han ocultado vuestros verdaderos intereses, que se os ha oculta- )) do el verdadero estado de las cosas. Españoles : vuestro destino » está en mis manos : desechad el veneno que los ingleses han » derramado entre vosotros; que vuestro Eey esté seguro de vues- » tro amor y vuestra confianza, y seréis más poderosos, más fuer- ))tes que no lo habéis sido hasta aquí. He destruido cuanto se » opone á vuestra prosperidad y grandeza; he roto las trabas que )) pesaban sobre el pueblo : una Constitución liberal os asegura una y> Monarquía dulce y constitucional en vez de una absoluta; depen- » de sólo de vosotros que esta Constitución sea vuestra ley, etc. »
Hechas estas solemnes declaraciones, que sin duda debieron llenar de indignación á unos, de esperanza á otros
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y Je asombro á todos en general, un dia, á mediados de Diciembre, muy de mañana , Napoleón , acompañado de su hermano y numeroso séquito, abandonó la mansión de Chamartin, y penetrando en Madrid por la puerta de Recoletos, atravesó el Prado, calle de Alcalá, puerta del Sol y calle Mayor , dirigiéndose al Palacio Real. — Subió pausadamente la escalera, y al llegar á la primer meseta, puso la mano sobre uno de los leones que asientan en la balaustrada, y dijo : a Je la tiens en fin, cette Espagne si desirée... )) Paseó después sus miradas por la magnífica escj^lera, y añadió, volviéndose á su hermano José : (íMoh frere, vous ser ais niieuíc lo(jé que moi » (1).
Penetrando después en los salones de Palacio, se hizo enseñar el retrato de Felipe II, ante el cual permaneció silencioso algunos minutos : poco después regresaba á su campamento de Chamartin , y al siguiente dia emprendía su marcha á Galicia , con el objeto de hacer reembarcar á los ingleses.
Tal fué la rapidísima y única visita de Napoleón á la capital de España.
(1) Este curioso detalle de la visita de Napoleón al Palacio de Madrid le leí yo en 1830 en una obrilla francesa que, si mal no recuerdo, se intitulaba Le Diahle rose, y estaba escrita por un Mr. N., Aide de camp de S. A. i?. Monseigneur le Duc d^Angotdéme. Hallábame ocupado entonces en escribir el Manual de Madrid, y llegando á hablar de Palacio, estampé esta anécdota, que hizo fortuna, y ha sido después reproducida por muchos escritores.
Mi conciencia literajia me impone el deber de declarar aquí su origen.
CAPITULO IV.
1809-1812.
LA OCUPACIÓN FRANCESA.
Los trascendentales acontecimientos acaecidos dux*ante la segunda mitad del ano 1808, y la vertiginosa rapidez con que se sucedieron, me obligaron á mi pesar en el capítulo anterior á extralimitarme de mi propósito, penetrando algún tanto en el dominio de la Historia, siquiera no fuese más que para señalar la marcha de los asuntos exteriores con relación al cuadro íntimo que me propuse trazar en el presente relato.
Pero encerrado boy éste en sus propios límites, habiendo sucedido á la agitación pasada el desaliento y la congoja de una situación absolutamente pasiva; reducido el vecindario de Madrid á la estrecha esfera de una triste cautividad, dentro de sus hogares ;xLhogadas. las. voces de su pasada alegría, é interrumpido bruscamente su sistema de vida, sus negocios y sus expansiones más naturales, el cuadro que hoy me toca reseñar no puede ser ni más íntimo, ni más limitado al doméstico techo. Y en este supuesto, no sé si mi pluma acertará á prestarle algún ínteres que mitigue ó atenúe en parte su obligada
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monotonía y desaliento. Cuatro años mortales de cautiverio , de agonía y de incomunicación absoluta con el resto de España, no son en verdad elementos muy propios para darle la animación y movimiento que pude acaso ofrecer al lector en los capítulos anteriores.
Tendiendo, pues, la vista en derredor mió, en el primer período de aquella tristísima situación, ó sea á los principios de 1809, veo á mi huen padre, patriota basta el fanatismo, sumido en el mayor abatimiento y amargura. Habiendo becbo alto por completo en su vida laboriosa y animada, abandonado de casi todos los amigos y comensales de que anteriormente bice mención, varios de los cuales babian corrido á Sevilla y Cádiz á la sombra del Gobierno Nacional, otros á encerrarse en sus apartadas provincias, y algunos, en fin, cediendo ala necesidad más bien que á la convicción, adberídose, en su cualidad de empleados, á una bandera que en el fondo de su corazón rechazaban ; la animación y la alegría buyeíon de la casa, y mis excelentes padres, que no podían abandonarla con su dilatada familia de cinco hijos menores , no tuvieron más remedio que agruparlos en su derredor, prodigándoles las muestras de su ternura, y confiando á la Divina Providencia el amparo y auxilio en su desgracia, entretenían sus obligados ocios con lecturas piadosas y morales, tales como el Año Cristiano y las Dominicas , del P. Croiset; el Evangelio en triunfo, de Olavide, ó las Soledades de la vida y desengaños del mundo, del doctor Cristóbal Lozano; alternadas de vez en cuando con alguna historia , como la de Mariana ó la de Ortiz, y la Monarquía Hebrea, del Marqués de San Felices.— Toda otra lectura que pudiera recordarles la dominación extranjera, tal como el Diario y la Gaceta de Madrid, era absolutamente rechazada por mi padre , que llevó la exageración en este punto hasta rayar en el su-
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blime del ridículo, asentando sucesivamente en la Guía de Forasteros del año 1808 (que tengo á la vista) una nota que decia : — «Valga para 1809)), — «Valga para 1810», etc., — sin tener en cuenta que no habia ya un solo nombre colocado en la posición en que en ella aparecia.
Así pasaban meses y meses en aquella tristísima inacción, y así trascurrió todo el año de 1800, en el que, cumplidos los seis de mi edad, empecé á ir á la escuela de primeras letras, á cargo de D. Tomás Antonio del Campo y Fernandez (que la tenía en la próxima calle del Carmen, frente á las covachuelas del convento), y alK, bajo la férula de aquel clásico tipo del pedagogo, cuya estampa y discurso no hubieran desdeñado Quevedo ni el Padre Isla para sus donosos protagonistas, y con el obligado acompañamiento de palmeta y disciplinas, empecé á balbucir el 88 J ^^ declinar maquinalmente nominativos y conjugar verbos con aquella ramplona monotonía que regalaba nada menos que el período de tres años para las primeras letras , ó sea el arte de leer , escribir y contar.
Pero al fin, como todas las situaciones, aun las más tirantes, no pueden ser eternas, tendiendo naturalmente á modificarse, ó por lo menos á neutralizar sus efectos con el bálsamo de la conformidad y de la esperanza , aquel angustioso estado iba poco á poco perdiendo su carácter agudo para pasar al de crónico y tolerable; y los espíritus, sobrecogidos por la común desgracia, iban dando lugar á cierta expansión de confianza y de consuelo.
Volvieron, pues, á reunirse y comunicarse, aunque con las necesarias precauciones, los desdichados patriotas que contra su voluntad hubieron de quedar en Madrid, y en su consecuencia , tornó á verse frecuentada la casa de mi
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]);idre por un reducido número de amigos y vecinos, de absoluta conformidad en ideas y propósitos. Venian, pues, ganosos de comunicarse sus ensueños patrióticos , sus esperanzas y sus deseos , y no ya con el rencor ni el desaliento que antes les dominái-an, sino con cierta satisfacción, cierta entera y hasta alegre confianza, que contrastaba con la amargura y abatimiento anteriores. — ■ Mas como también sea cierto que todas las cosas, aun las más serias y solemnes, tienen siempre su lado cómico, según el punto desde donde se las mira, no quiero ocultar á mis lectores que yo , aunque tierna criatura, inclinado por sentimiento innato á buscar en todo y por todo este lado cómico-satírico, presenciaba con fruición aquellas reuniones de mi buen padre y sus amigos.
Paréceme, pues, estarlos viendo en las primeras horas <le la noche , y antes de entregarse á las dulces emociones del clásico Mediator, en tanto que mi madre y las respectivas esposas, agrupadas en torno del brasero, hacían sus labores ó comunicaban con el grupo infantil en inocentes cuentos ó en juegos propios de la edad; los señores mayores se despachaban á su gusto, complaciéndose en tejer fábulas sobre la situación de los negocios públicos, fábulas, por supuesto, análogas á sus esperanzas y deseos, y que á pocos instantes de concebidas pasaban por axiomas á los ojos de sus mismos inventores.
Lo más chistoso de esta escena era cuando se ponían á glosar los Boletines y Diarios del Gobierno . francés (que alguno de los asistentes habia logrado introducir en casa de mi padre contra su voluntad), comentándolos á su manera y siempre por el lado favorable é inspirado por aquel c< No importa » característico de nuestra nación, que tantas veces la hizo triunfar de sus enemigos.
Decían, v. gr., aquellos Boletines : — En la acción de
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tal perecieron quinientos franceses. i> — Al instante no faltaba uno que exclamaba : « Algunos más serán. 5) — Continuaba luego el Boletin diciendo : — €Y cinco mil de los españoles'», — y todos prorumpian exclamando : — <í¡Ya se ve! ellos ¿qué han de decir? y> — Aseguraban que tal plaza habia sido ocupada por los enemigos. — c( Imposible. 5) — Hombre, que lo dicen las cartas. — uSe equivocan las cartas. )) — Que lo dan de oficio los periódicos. — c( Mienten los periódicos. )) — Que los franceses han forzado el paso de Despeñaperros. — « / Qué han de forzar ! y> — Que ban entrado en Andújar, en Córdoba, en Sevilla — Entonces mi padre solia acortar la relación, diciendo con aire misterioso y satisfecho : — uNo hay cuidado, todo eso no es más que un ardid del Lord; dejarlos que se internen. )) — Con lo que todos se daban por satisfechos y conformes, y se disponían á entablar su partida.— Estando en esto, solia entrar otro de los contertulios, y dirigiéndole todos los circunstantes el saludo ordinario— l Qué hay de nuevo? — no dejaba nunca de contestar : — « ¡Hombre , yo no sé, dicen que se van.... dicen que vienen los nuestros » — Con lo cual todas las esperanzas se fortalecían, y aun no faltaba alguno de los tertuliantes que, descolgando el mapa de España, probaba geográfica y estratégicamente que no era posible que el ejército francés pudiera pasar por aquella angostura que señalaba el plano á las gargantas de Sierra-Morena; y suponiendo colocada nuestra caballería en lo más empinado de la Sierra, hacía acampar la artillería en medio del Guadalquivir.
Entre tanto mi padre, haciendo suspender por algunos minutos estos planes estratégicos , tomaba de manos de alguno de ellos la Gaceta de Madrid, y con cierta soflama mezclada de ironía (que como buen salamanquino poseía en alto grado) leia por acaso alguno de los decretos
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(le José, diciendo : — <iD, José Napoleón, por la gracia
DEL DIABLO, rey de las Kspañas COMO de las Indias )>
— y á las pocas líneas arrojaba el diario, diciendo : ¡Cosas de esa canalla !
Y por cierto que este desden, ó más bien este encarnizamiento de mi padre j los demás patriotas contra las disposiciones del llamado Rey intruso, si pudieron tener razón de ser en los momentos y condiciones en que se promulgaron, el tiempo y la reflexión lian venido á modificar mucho aquel concepto. ,
A la vista tengo en este momento los dos tomos únicos publicados de dichos decretos ( que comprenden solamente el año de 1809 y medio de 1810), y forzoso es reconocer que , aparte del pecado original de su procedencia, no eran otra cosa que el desenvolvimiento lógico del programa liberal iniciado por Napoleón en su manifiesto y decretos de Chamartin; y que, inspirado José por sus naturales inclinaciones y sus buenos deseos, y firmemente secundado por un Ministerio compuesto de hombres ilustrados y de ideas tan avanzadas como D. Mariano ' Luis de Urquijo, D. Miguel de Azanza, D. Gonzalo Ofarrill, el conde de Cabarrús, el general de marina Mazarredo, el Marqués de Almenara, y D. Sebastian Piñuela (los mismos que hablan sido nombrados ministros por Fernando VII á su advenimiento al trono), aplicaban á la gobernación del Reino las ideas, las disposiciones y los hechos que después hablan de discutir y adoptar las Cortes de Cádiz, y que eran el desiderátum de la porción de españoles (corta en verdad á la sazón) que suspiraba por substraerse á la dominación del poder absoluto.
Así vemos que por aquellos decretos de José quedaban suprimidos (ademas de la Inquisición y el Consejo
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de Castilla, los derechos señoriales, las aduanas interiores y otros que ya lo hablan sido por Napoleón en Chamartin) el Voto de Santiago, el Concejo de la Mesta, los fueros y juzgados privativos, las comunidades regulares de hombres en general, el tormento y la pena de muerte en horca, y la de baquetas en el ejército. — Mandábase ademas establecer una nueva y más lógica división territorial en treinta y ocho prefecturas ó departamentos; — se creaba la Guardia Cívica, tímido ensayo, pero ensayo al fin, de la Milicia Nacional ; — se daba nueva forma á los sistemas de Beneficencia y de Instrucción pública, declarándolos exentos en sus bienes de la desamortización ; — se creaba un colegio de niñas huérfanas, un Conservatorio de Artes y un taller de Óptica. — Se ampliaba el Jardin Botánico con la huerta de San Jerónimo ; — se mandaba crear en Madrid la Bolsa y Tribunal de Comercio, reglamentándolos y estableciéndolos provisionalmente en San Felipe el Real, mientras se levantaba el edificio propio en el terreno del Buen Suceso. — Se disponía asimismo la creación de un Museo Nacional, donde habían de colocarse las pinturas de los célebres autores que adornaban los palacios Reales y las iglesias de los conventos suprimidos, y se disponía trasladar á las catedrales los monumentos ó entierros de los hombres célebres que estaban en dichos conventos. — Otro museo se mandaba formar en el Alcázar de Sevilla con los cuadros de su famosa escuela;— ordenóse asimismo restaurar la Alhambra de Grana- <la y concluir el palacio de Carlos V ; — promulgábase también un buen reglamento de teatros, mandándose colocar en los de Madrid los bustos de Lope y Calderón, Moreto y Guillen de Castro; — subvencionó ademas el rey José al insigne actor Isidoro Maiquez ( á quien hizo venir de Francia, donde se hallaba emigrado desde la gloriosa jomada del 2 de Mayo, en que tomó parte activa,),
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— y dispuso abrir una información científica, compuesta <le los médicos Morejon y Arrieta j del arquitecto don Silvestre Pérez, para buscar en la iglesia de las Trinitarias los restos de Cervantes, mandando colocar su estatua en la plaza de Alcalá de Henares. — Por último (y acaso fué la única de estas acertadas disposiciones que pudo llevar á cabo), se suprimieron los enterramientos en las iglesias, prohibición mandada desde el tiempo de Carlos III, y que no tuvo efecto hasta que se construyeron los dos cementerios generales de Madrid al Norte y Mediodía (1).
Paréceme, pues, que ahora que han pasado las circunstancias aflictivas en que fueron proclamadas por primera vez esas ideas y dictadas aquellas disposiciones (que con <>1 trascurso del tiempo han venido á ser otros tantos hechos consumados), no habrá quien en este punto deje de
(1) Respecto al cementerio del Norte, construido por el arquitecto Villanueva, apuntaré aquí una curiosa anécdota. — Conocida era la preferencia que daba el rey José á una hermosa dama, la Condesa Jaruco, viuda del capitán general de la isla de Cuba; esta señora, que habitaba en su casa propia (que hoy lleva el número 11 de la calle del Clavel), falleció á la sazón que se inauguraba dicho cementerio, y que acaso lo fué con su cadáver ; pero la misma noche del sepelio fué aquél exhumado (puede inferirse por orden de quién) y trasladado bajo un árbol frondoso en el jardin de la propia casa, en cuyo solar fué construida, en 1846, la que hoy lleva el núm. 13, con vuelta á la plaza de Bilbao (ambas propiedad del Sr. Maquieira), y al tiempo de la construcción de la nueva casa se derribó el árbol, que todos hemos conocido, y que era el único que quedaba en dicho jardin. — Esta señora era madre de una preciosa niña, á quien José casó con el general Merlin, y es la misma discreta y bella Condesa de este título, que por sus excelentes escritos sobre la isla de Cuba, su patria, y por la elegancia y buen tono de sus salones en París durante el reinado de Luis Felipe, alcanzó tan merecida y envidiable celebridad.
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hacer justicia á la Administración de José Bona parte, y que los mismos hombres insignes reunidos en Cádiz, que poco después discutían y elaboraban aquel propio sistema, habrían de reconocer que el intruso José, con sus ministros y consejeros, les indicaban el rumbo hacia una situación más conforme con las ideas modernas.
Y de este modo se explica también que muchos hombres ilustrados, seducidos por éstas y preocupados también con la casi imposibilidad de la resistencia, se inclinasen á este lado de las banderas militantes, contándose entre ellos sujetos tan eminentes por su saber y merecimientos como Melendez Valdés, Cambronero, Moratin, Salas, Hervás, Viegas, Silvela, García Suelto, Marchena, Burgos, Keinoso, González Arnao, Melón, Araorós, Badía y Leblich, Centeno, Hermosilla, Lista, Muriel, Miñano, Estala, Llórente y otros mil que sería prolijo citar, que si disentían de los patriotas refugiados en Cádiz sobre la posibilidad del triunfo de las armas nacionales, no les quedaban á la zaga en sentimientos de liberalismo y de progreso.
Pero el Gobierno de José tenía su pecado original, que era la odiosa usurpación que representaba ; y por otro lado, estas ideas revolucionarias, que se proclamaban en Madrid ó discutían en Cádiz, eran — ¿por qué negarlo? — completamente repulsivas á la inmensa mayoría del pueblo español, como lo demostró claramente al regreso de Fernando -Vil en 1814, y lo experimentaron, bien á su costa, los hombres ilustres de una y otra procedencia, confundidos y envueltos en la desgracia común. — De este modo los liberales del Gobierno de Madrid, que iniciaban la revolución, fueron vencidos por sus correligionarios de Cádiz, que la proclamaban también, y éstos, á su vez, enviados á presidio por Fernando VII ; con lo que todos quedaron iguales, y punto concluido.
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Desgraciadamente (y conviene repetirlo muy alto), entre los que siguieron las banderas de Napoleón, entre los afrancesados, como gráficamente les apellidó el público entonces, y después ha confirmado la Historia, no todos eran movidos por la disculpable desconfianza del triunfo nacional ; ni tampoco por la risueña perspectiva de un sistema de Gobierno más de acuerdo con las ideas del siglo, sino por cálculos de interés egoísta, de ambición de mando ó de refinada maldad. — Entre éstos descollaban los jefes, comisarios y agentes de aquella abominable policía ; los vocales de las juntas criminales y comisiones militares ; los alcaldes de Corte ( estos con alguna honrosísima excepción) y los militares juramentados, que por cobardía ó por despecho se alistaron bajo las banderas de José. — Los inicuos procedimientos de estos malos hijos de España contra sus infelices convecinos, caldos en sus redes por denuncias ó sospechas de connivencia con los emigrados á Cádiz, ó por simple parentesco con los patriotas, eran obra exclusiva de los pérfidos esbirros, de los monstruos sanguinarios que, por equivocación sin duda, se llamaban españoles. Los nombres de Arribas, ministro de Policía, del intendente general Satini, del comisario Ángulo y otros, que resonaban constantemente en mis oídos infantiles, reaparecen en mi memoria con los más odiosos colores, y merecen ser objeto hoy, como entonces, de la execración general.
La tendencia fatal que inclinaba á un Gobierno usurpador á la propia defensa y á dictar medidas completamente contrarias á la voluntad nacional, á su historia y á> sus sentimientos más arraigados, tales como el imponer sacrilegos juramentos de adhesión, bajóla pena de odiosas confiscaciones y persecuciones de todo género ; los forzosos empréstitos, impuestos y estancos ideados por el ministro, de Hacienda Cabarrús para sostener una Hacien-
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(la que no tenía más horizonte que el término de Madrid ; la creación de Cédulas hipotecarias, especie de asignáis, por que habían de canjearse los vales Reales y todos los demás valores fiduciarios; la depreciación consiguiente de éstos, y por consecuencia, la ruina de la Caja de consolidación, del Banco de San Carlos, de las Compañías de los Cinco gremios, de Filipinas, de la Habana, de la villa de Madrid y demás establecimientos que guardaban y sostenían la fortuna nacional, y los nuevos y onerosos impuestos á la propiedad, á los alquileres y los consumos, redujeron á la población de Madrid á un extremo indecible de miseria. — Y alternando con estas ruinosas medidas otras injustas ó pueriles, como la supresión de todos los títulos y grandezas, sustituyéndolas por otros de la nueva aristocracia Josefina ; las de las antiguas Ordenes militares y civiles, inclusa la del Toisón de Oro, que fueron reducidas á una sola y única, titulada Orden Real de España, — aunque en el público era conocida por Orden de la Berengena, — y otras á este tenor, á cual más desatentada, constituían el reverso de la medalla y formaban contraste en la práctica con la teoría ilustrada, liberal y tolerante, explanada en los decretos de José.
Este desdichado, á quien sin duda cabia la menor parte en los odiosos procedimientos de sus ministros y satélites, venía á asumir, sin embargo, sobre su cabeza los efectos del odio universal, y hasta sus mismas buenas cualidades, que reconoce el Conde de Toreno cuando le pinta suave de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y delicado en sus modales, éranle imputadas como graves y repugnantes defectos. — Su afición á la molicie y los placeres le había granjeado entre la multitud el concepto de ebrio y disoluto ; su genio afable y comunicativo le valió el título de charlatán de feria y digno de aparecer en la escena (como sucedió años después) en farsas provo-
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cativas á la risa ó al desprecio ; y cerrando los ojos á la misma evidencia, continuaron creyéndole tuerto y contrahecho, y demás lindezas por el estilo, todas contrarias á la verdad (1).
Ni sirvió tampoco para mitigar aquel odio, ni para modificar este concepto, el celoso entusiasmo con que José (cuyo reino, como el de León de Armenia, en tiempos de Juan I , se encerraba dentro de las tapias de Madrid) se entregó con todo ardor al intento de rejuvenecerlo, haciendo ensanches considerables, trazando planes magníficos y forjándose la ilusión de un largo y próspero reinado.
A este efecto empezó por hacer derribar las manzanas de casas números 431, 32 y 33, que ocupaban, con el jardin llamado de la Priora , todo el espacio que hoy abarca la plaza de Oriente del Real Palacio, y que ahogaban su vista y dificultaban su acceso ; cayeron también
(1) Hallándome eu Londres en 1833, y pasando nn dia por la Plaza (s^'Mrt/r) llamada de Lincons Lis Fields, con el Sr. Arcos, oficial de Ingenieros emigrado, que me servia de cicerone, díjome éste que en tal hotel de dicha plaza vivia el Conde Survilliers (José Bonaparte), y como viésemos un carruaje á la puerta, y al pié de él el portero (suisse) con su gran banda , sombrero y bastón, mi impaciente curiosidad me movió á preguntarle si el Sr. Conde iba á subir en aquel carruaje ; contestóme afirmativamente, y manifestándole mis deseos de conocer personalmente á tan elevado personaje, diciéndole la causa de mi curiosidad, aunque al principio observé en él alguna extrañeza, no tardó en decirme que pasase á la portería, donde podría esperar á que bajase y verle desde allí á mi sabor. Hícelo así en efecto, y á los pocos momentos apareció Bonaparte en la meseta de la escalera, en compañía de otro sujeto, con quien cambió algunas palabras de despedida antes de subir al coche , y pude contemplar atentamente aquel anciano, lleno de distinción y de elegancia, aquel semblante expresivo del tipo napoleónico, tan diverso del que me habia hecho imaginar en rai infancia una ridicula vulgaridad.
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las que le estrechaban por el arco de la Armería, y desenterrando del archivo de Palacio el proyecto del arquitecto Saquetti, se proponía echar un puente desde la Cuesta de la Vega á las Vistillas de San Francisco, cuyo grandioso templo habia designado como salón de las futuras Cortes. — Volviendo al lado oriental, intentaba derribar el teatro de los Caños , y ensanchando la calle del Arenal hasta la Puerta del Sol, formar con la calle de Alcalá un magnífico boulevard, — Otros muchos derribos (algunos ciertamente no tan indicados por la necesidad), tilles como el de las parroquias de San Martin, Santiago, San Juan y San Miguel, y el de los conventos de Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y los Mostenses (éste ciertamente lamentable, por la pérdida de su preciosa fachada, obra del célebre arquitecto D. Ventura Rodríguez), para ensanchar los sitios ó abrir las plazuelas que aun llevan sus nombres , le valió entre la plebe el nuevo epíteto de JEl Rey Plazuelas, y le atrajo más y más la animadversión de las almas piadosas y la general del pueblo de Madrid.
Su situación en medio de él era insostenible, y justamente desconfiado por las muestras de descortesía ó menosprecio que obtenía de la población, se aisló completamente de ella; renunció á presentarse en calles y paseos; y limitando sus excursiones á la vecina Casa de Campo, hizo construir la balaustrada de piedra que termina la plaza del Mediodía , ó del Reloj ; suavizó las bajadas al Campo del Moro, y abrió el túnel que por debajo del paseo de la Virgen del Puerto conduce más directamente á aquella Real posesión. De este modo fué como José Napoleón permaneció en Madrid durante cuatro años, sin que apenas la población notase su presencia.
Pero nada más propio para dar á conocer la opinión del vecindario sobre su persona y las de los franceses qua
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la siguiente anécdota, que yo lie oido muchas veces en boca de su mismo protagonista, el Sr. D. Carlos Gutiérrez de la Torre, mi buen amigo, persona tan conocida y apreciada en la buena sociedad de Madrid, y que falleció Lace pocos años.
Era hijo del corregidor D. Dámaso de la Torre, el cual, queriendo sin duda congraciarse más y más con su soberano y darle un sahumerio de incensario cortesano, llevó un dia á su presencia á su hijo único Garlitos, niño á la sazón de siete á ocho años de edad, vestido con el uniforme de la Guardia Cívica creada por José ; y al presentar á éste á su hijo ataviado do aquella manera, correspondió el Rey acariciando al muchacho y diciéndole en su lenguaje franco-italiano : / Oh bravo, bravo enfant! ¿ E per qué tienes tú qüesta spada ? — c( Para matar francesesD, — dijo resueltamente el hijo del Corregidor, el
cual, todo turbado y balbuciente, acabó de echarlo á
perder (que decia aun más gráficamente D. Carlos), diciendo : « Señor, perdone V. M. : cosas de chicos : lo
que oye á los criados y por ahí »; con lo cual acabó
de remachar el clavo y hacer más sensible al Rey el delicioso epigrama del hijo del Corregidor de Madrid.
II.
EL HAMBRE DE MADRID.
Pero una calamidad, superior aún á la dominación extranjera, á sus ruinosas exacciones y á los rigores de su abominable policía, principió á dibujarse desde el verano del año 11 en el horizonte matritense; esta calamidad suprema y jamas sospechada en la villa del Oso y el Ma-
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droño era ¡el hambre! el hambre cruel, no sufrida acas» en tan largo período por pueblo alguno, y con tan espantosa intensidad. — Las causas ocasionales de esta pla^ ga asoladora, que llegó á amenazar la existencia de toda esta población, no podian ser ni más lógicas ni más naturales. Cuatro años de guerra encarnizada, en que, abandonados los campos por la juventud, que habia corrido á las armas, dificultaba cuando no suprimía del todo su cultivo; las escasas cosechas, arrebatadas por unos y otros ejércitos y partidas de guerrilleros; interrumpidas ademas casi del todo las comunicaciones por los azares de la guerra y lo intransitable de los caminos, y aislada de laS' demás provincias la capital del Reino, cuya producción es insuficiente para su abastecimiento, no era necesaria gran perspicacia para pronosticar que en un término dado, y sin recurrir á otras presunciones más ó menos vulgares y temerarias, habia de resultar la escasez más absoluta, y comparable sólo á la de una plaza rigorosamente sitiada.
Este momento angustioso llegó al fin, hacia Setiembre de 1811, y á pesar de los medios empíricos adoptadospor el Gobierno para luchar con la calamidad, tales como arrebatar de los graneros de los pueblos circunvecinos todas las mieses y frutos para traerlos á Madrid, obligar á los tahoneros á cocer un grano que no tenían y á fijar para su venta un precio imposible de sostener, la escasez iba creciendo de dia en dia, y los precios en el mercado subiendo proporcionalmente, en términos tales, que para la mayor parte del vecindario equivalía á una absoluta prohibición. — En vano la industria y la necesidad hacían redoblar el ingenio para sustituir con otros más ó menos adecuados los más indispensables artículos del alimento usual; en vano el pan de trigo candeal, que tan justo renombre vahó siempre á la fabricación de Ma-
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drid, fué sustituido por otro mezclado con centeno, maíz, cebada y almortas; en vano se adoptó, para compensar la falta de aquél, á la nueva y providencial planta de la patata, desconocida hasta entonces en nuestro pueblo; en vano se llegó al extremo de dar patente de comestibles á las materias y animales más repugnantes; la escasez iba subiendo, subiendo, y la carestía en proporción, colocando el necesario alimento fuera del alcance, no sólo del pueblo infeliz, sino de las personas ó familias más acomodadas. — Baste decir que en los primeros meses del año 12 llegó á venderse en la plaza de la Cebada la fanega de trigo candeal á 540 rs., lo que daba una proporción de 18 y 20 rs. el pan de dos libras (que sólo se vendia de esta calidad en las dos tahonas de la calle del Lobo y plazuela de Antón Martin), y los garbanzos, judías, arroz, hasta la misma patata, todo seguia en sus precios la misma espantosa proporción.
En situación tan angustiosa y desesperada, las familias más pudientes, á costa de inmensos sacrificios, podian apenas probar, nada más que probar, un pan mezclado, agrio y amarillento , y que sin embargo les costaba á ocho y diez reales, ó sustituirle con una galleta durísima é insípida, ó una patata cocida; pero el pueblo infeliz, los artesanos y jornaleros, faltos absolutamente de trabajo y de ahorro alguno, no podian siquiera proporcionarse un pedazo del pan inverosímil que el tahonero les ofrecía al ínfimo precio de veinte cuartos (1).
(1) Obedeciendo, sin dudca por inspiración, á mi carácter instintivo de observación y de estudio, lie conservado durante sesenta y seis años un pequeño trozo de este llamado pan (que más parece masa de estiércol petrificada), envuelto en un papelito rugoso, roto y amarillento, que en mi letra de escolar de nueve años lleva escritas estas palabras : a Pan vendido á 20 cuartos en Julio de 1812, cuando estaba el otro mejor ú 40.» Deseoso de conocer las mate-
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Quisiera en esta ocasión tener á mi servicio la pluma del insigne Manzoni (incomparable pintor de la peste de Milán) para hacer sentir á mis lectores el aspecto horrible y nauseabundo que tan funesta calamidad prestaba á la población entera de Madrid; pero á falta de la del ilustre autor de / Promessi spossi, sólo puedo ofrecerle la de un niño , también relativamente hambriento , y que ha conservado la profunda memoria á par que la prueba material de aquella inmensa desdicha (1).
El espectáculo, en verdad, que presentaba entonces la población de Madrid, es de aquellos que no se ohádan jamas.— Hombres, mujeres y niños de todas condiciones, abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose rnoribundos á la calle para implorar la caridad pública , para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos hocadiUos de cebolla con harina de almortas que vendian los antiguos barquilleros, ó algimas castañas ó bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos
lias (le que puede componerse este repugnante alimento , me dirigí á lui amigo el ilustre químico Sr. Masarnau, el cual me lo devolvió diciendo que para sujetarle al an;ilisis que yo pretendía era necesario destruirle, y no habiéndome determinado ;í perder este precioso testimonio histórico, le he conservado y guardo en mi poder; y por si algún curioso quisiera conocerle, le pongo á su disposición.
(1) Mi padre nos animaba ú soportar la escasez diciéndonoe que tenía en su panera de Salamanca sobre quinientas fanegas de trigo, de sus cosechas, y que pronto las haría venir á Madrid, siu sospechar el buen señor que habian sido arrebatadas ya por los ejércitos beligerantes.
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que íbamos á la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando en medio de las calles y en pleno dia ; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al dia por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba á los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible, y daba á sus facciones el propio aspecto cadavérico. — La misma atmósfera , impregnada de gases mefíticos, parecía extender un manto fúnebre sobre toda la población, á cuyo recuerdo solo siento helarse mi imaginación y embotarse la pluma en mi mano. — Bastaráme decir, como un simple recuerdo, que en el corto ' trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un dia hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando á mi casa á arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver á la escuela.
Los esfuerzos, que supongo, de las autoridades municipales, de las juntas de caridad, de las diputaciones de los barrios (creadas por el inmortal Carlos III) y de los hombres benéficos, en fin, que aun podían disponer de una peseta para atender á las necesidades ajenas, todo era insuficiente para hacer frente á aquella tremenda y prolongada calamidad. — Mi padre, que, como todos los vecinos de alguna significación, pertenecía á la diputación de su líarrio (el Carmen Calzado), recorría diariamente, casa por casa, las más infelices moradas, y en vista del número y condiciones de la familia, aplicaba económicamente las limosnas que la caridad pública había depositado en sus manos, y raro era el dia en que no
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regresaba derramando lágrimas y angustiado el corazón con los espectáculos horribles que habia presenciado. Dia hubo, por ejemplo, que habiendo tomado nota en una buhardilla de los individuos que componían la familia hasta el número de ocho, cuando volvió al siguiente dia para aplicarles las limosnas correspondientes, halló que ?«ío solo habia sobrevivido á los efectos del hambre en la noche anterior.
Los mismos soldados franceses, que también debian participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos j terrorizados, y se apresuraban á contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que en algunas ocasiones soliau éstos rechazar, no sé si heroica ó temerariamente, por venir de manos de sus enemigos; j en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica , como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió á la exposición de este -cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815.
El mismo rey José, que á su vuelta de París, adonde habia ido á felicitar al Emperador por el nacimiento de su hijo el Rey de Roma, ó más bien para impetrar algún auxilio pecuniario, que le fué concedido, y se halló con esta angustiosa situación del pueblo de Madrid, desde el primer momento acudió con subvenciones ó limosnas, dispensadas á la Munici]3alidad, á los curas párrocos y á las diputaciones de los barrios. — Quiso ademas reunir en su presencia á estas tres clases, y las convocó con este objeto en el Palacio Real. Allí acudió mi padre, como todos los demás, y á su regreso á casa no podia menos de ma-
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oifestar la sorpresa que le habia causado la presencia del Rey, que, según él mismo decia con sincera extrañeza, ni era tuerto, ni parecia borracho , ni dominado tampoco por el orgullo de su posición; antes bien, en la sentida arenga que les dirigió en su lenguaje chapurrado (y que ani padre remedaba con suma gracia) , se manifestó proiiindamente afligido por la miseria del pueblo, haciéndo- '^es saber su decisión de contribuir á aliviarla hasta donde le fuera posible, rogándoles encarecidamente se sirvieran ayudarle á realizar sus propósitos j sus disposiciones benéficas, para lo cual habia destinado una crecida suma, que se repartió á prorata entre las clases congregadas. — Seauramente (decia mi padre) este hombre es bíieno : ¡lás- ■tiina que se llame Bonaparte!
Pero ni todos estos socorros ni todas aquellas benéficas disposiciones eran más que ligeros sorbos de agua diTÍgidos al incendio voraz, y éste siguió su curso siempre ascendente, hasta bien entrada la segunda mitad de 1812 (año fatal, que en la historia matritense es sinónimo de aquella horrible calamidad), y arrastró al sepulcro, según los cálculos más aproximados, más de 20.000 de sus habitantes.
Hasta que por fin llegó un dia feliz (el 12 de Agosto), en que. cambió por completo la situación de Madrid con la evacuación por los franceses y la entrada en la capital del ejército aliado anglo-hispano-portugues , á consecuencia de la famosa batalla de los Arapiles. — Pero este acontecimiento y sus resultados inmediatos no caben ya en los límites del presente capítulo, y ofrecerán materia sobrada para el siguiente.
Baste sólo, pai-a concluir éste, decir que en tan solemne dia, galvanizado el cadáver del pueblo de Madrid con la presencia de sus libertadores, facilitadas algún tanto
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las comunicaciones y abastecimientos, y tomadas por la nueva Municipalidad las disposiciones instantáneas convenientes, empezó á bajar el precio del pan; y que en medio de las aclamaciones con que el pueblo saludaba á los ejércitos españoles, á los ingleses, á lord Wellingthon, á los Empecinados y al rey Fernando VII , se escapaba de alguna garganta angustiada, de algún labio mortecino el. más regocijado é instintivo grito de : / Viva el pan d peseta/ .