Memorias de un setenton · Capítulo real 4 de 9

CAPITULO XIV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 22 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XIV.

1821,

SEGUNDO DEL PEKÍODO CONSTITUCIONAL.

Difícil por extremo habrá de serme condensar en este capítulo los múltiples acontecimientos y extrañas peripecias que presenció nuestra capital en el año segundo del período constitucional (1821); pero habré por lo menos de intentarlo, aunque repitiendo una y otra vez que no pretendo escribir historia, sino pura y simplemente reseñar su parte ostensible y pintoresca (digámoslo así), sin meterme á investigar- los ocultos móviles ó misteriosos resortes á que obedeciera.

En este sentido, pues, y habiendo trazado en los capítulos anteriores el bosquejo de los personajes, la exposición y la marcha de los sucesos hasta fines de 1820, voy á continuar el desarrollo de la acción en los dos años siguientes, reservándome para otro capítulo tratar del desenlace, ósea la catástrofe de 1823.

Al principiar el 21 , según vimos en el capítulo anterior, quedaba ya empeñada la lucha enti-e la corte y el sistema constitucional, habiendo bastado solos diez meses para que, provocada aquélla casi simultáneamente

238 MEMOEIAS DE UN SETENTÓN.

por ambos bandos, se produjese un cambio radical en los espíritus, disipándose basta la más ligera aureola de aquella sentimental concordia, de aquel puro ambiente de abnegación patriótica que parecía respirarse en los albores de la revolución.

No contentos, ademas, los partidarios de ésta con luchar contra sus naturales adversarios, dividiéronse muy pronto entre sí, hasta el extremo de hacerse cruda guerra bajo las diversas enseñas de exaltados y '¡noderados. Vimos también cómo, iniciada esta división á la llegada dí|, Riego á Madrid, y aprovechada por el bando reaccionario, intentó convertirla en pro de su causa, y comprometió al Monarca á presentarse al frente de un movimiento marcado de reacción. Vimos, por último, el resultado inmediato de aquella insensata conducta de los partidos liberales, esto es, que desbordadas las pasiones, el odio y los rencores, y soliviantados los ánimos por la acción deletérea de las sociedades públicas y secretas y de la prensa periódica, emprendieron un ataque duro, intolerante y grosero, nada menos que contra la sagrada é inviolable persona del Rey, á quien en los términos más injuriosos ultrajaron públicamente á su vuelta del Escorial en la tarde del 4 de Diciembre del año anterior. ¡ Contraste lamentable con las expresiones de entusiasmo y gratitud que le prodigaron diez meses antes ! I

Continuando, pues, los directores de esta abominable tarea extraviando en el sentido de sus fines las masas populares, inconscientes y siempre apasionadas — que así empuñan el fusil como el pendón; que así cubren su cabeza con la boina blanca ó con el gorro colorado ; que así, en fin, como entonces, entonaban el Trágala al destemplado grito de / Viva Riego /, más tarde hablan de cantar la Pitita y gritar / Vivan las caenas I — lograron al fin comprometerlas en la acción agresiva de los partidos,

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 239

arrastrándolas á los mayores excesos y estableciendo desde luego sus baterías contra la persona del Rey, que apenas era dueño de salir de su palacio sin verse expuesto á los ultrajes más groseros ; espectáculo que , con profunda indio-nación de las personas sensatas, se reproducía diariamente , y era precursor de conflictos serios y trascendentales.

Los guardias de la Real Persona, jóvenes y pundonorosos caballeros, no podian ver y tolerar impasibles semejante desmán, y varias veces intentaron corregirle, contenidos sólo por su respeto á la disciplina militar; basta que en la tarde del 4 de Febrero, cuando, formada la escolta á las puertas de Palacio , esperaba la salida del Rey, se reprodujeron de tal manera aquellos insultos soeces y destemplados , que no pudiendo los guardias hacerse superiores á su indignación — y luego que recibieron la orden de retirarse que les dio el Rey, porque no salia aquella tarde — tiraron las espadas é hicieron ademan de castigar á los insolentes provocadores. — Pero eran éstos en número inmensamente superior, y no sólo hicieron frente , sino que cargando en su retirada á los guardias, obligáronles á encerrarse en su cuartel. Comunicada que fué á sus compañeros aquella injusta agresión, todos, por movimiento irresistible , se declararon en decidida, aunque impotente insurrección, dispuestos á la defensa de su honor y el del Monarca, áuu á costa de sus propias vidas. Mas, conocida esta actitud por las autoridades, por la Milicia y la tropa de la guarnición, procedióse á cercar el cuartel, asestando contra él las piezas de artillería, é intimando la rendición á los desdichados guardias, los cuales, en el más absoluto aislamiento y sin medio alguno de defensa, al fin de un dia entero de incomunicación absoluta , no tuvieron más remedio que rendirse y entregar las armas. Poco después quedó extinguido el Real Cuerpo

240 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

y encomendada la guardia exterior de Palacio á la Real de Infantería, la alta á los alabarderos , y la escolta de las Personas Reales á los diversos cuerpos de caballería de la guarnición.

Déjase presumir la indignación y el encono que estos repetidos atentados produciriau en el ánimo de Fernando, predispuesto ya, por su innata enemistad contra el orden de cosas que le habia sido impuesto, contra la Constitución, las Cortes, el Ministerio, y todo, en fin, lo que le rodeaba; indignación y encono que le decidieron á dar un paso que no carece de gracia, ó por lo menos de oriofinalidad. — Habiendo de asistir el 1.° de Marzo á la apertura de la segunda legislatura del Congreso , presentóse en él, no ya con el risueño semblante que en la sesión del 9 de Julio del año anterior, sino antes bien con aire sombrío y ceñudo, leyendo con voz pausada el discurso que el Ministerio habia puesto en sus manos; pero al terminarle hizo señal de que iba á continuar, y en efecto lo verificó, añadiendo por su cuenta un párrafo, en que se quejaba amargamente de los desacatos é insultos inferidos á su persona; «insultos y desacatos (añadió) »que no se hubieran realizado si el Poder Ejecutivo hu- ))biera tenido toda la autoridad y energía que la Consti- ))tucion previene y las Cortes desean. » — Dichas estas palabras bajó del solio y se retiró, dejando al Congreso en un estado de sorpresa y desazón; pero mucho mayor fué la de los ministros que le rodeaban (Arguelles, Canga, García Herreros, etc.), que se hallaron con este imprevisto ataque tan brusco y personal del Monarca. Retiráronse , pues, á Palacio, disponiéndose á presentar al Rey su dimisión; pero se hallaron con que ya éste los habia dimitido en uso de su regia prerogativa. — Era una simple reminiscencia de lo que acostumbraba á hacer en

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 241

otro tiempo con sus ministros, aunque sin aditamento del pasaporte para el castillo de San Antón.

Aquel acto personal del Monarca, y tan extraño á las prácticas parlamentarias, no podia menos de alarmar y sorprender al Congreso y á los amantes del sistema constitucional; pero no fué esto lo mejor, sino que el Rey, desconociendo ó afectando desconocer su libérrima prerogativa para formar nuevo Ministerio, envió un mensaje á las Cortes solicitando que éstas le designasen las personas que hablan de componerle; extraña pretensión, á la cual ni por un momento podia acceder el Congreso. El Rey entonces, en vista de su negativa, acudió al Consejo de Estado, y por fin, con acuerdo de este alto Cuerpo, pudo completarse un nuevo Gabinete , compuesto de hombres de templadas ideas, aunque liberales : D. Ensebio Bardaxi, para Estado; D. Ramón Feliu, para Ultramar; don Antonio Barata, para Hacienda; D. Mateo Valdemoros, Gobernación; D. Vicente Cano Manuel, Gracia y Justicia, y D. Tomás Moreno Daoiz, que poco después cedió el puesto al general Sánchez Salvador, para Guerra.

El más conocido é influyente de todos ellos era Feliu, antiguo diputado en las Cortes de Cádiz (porque, según la Constitución vigente , no podiau los diputados actuales ser nombrados ministros ), y era el que llevaba la mayor representación en el nuevo Ministerio. Por algunos dias éste pareció marchar de acuerdo con las Cortes y aun con el mismo Monarca, que, á trueque de verse libre de la presencia de Arguelles y consortes (á quienes odiaba de muerte), daba por buenos, ó tolerables al menos, á sus sucesores.

Los patriotas exaltados no podian ver, empero, con buenos ojos este cambio, contrario á los arranques de su entusiasmo, y las sociedades públicas y secretas y la prensa periódica le combatían también por todos los me-

242 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

dios á SU alcance, al paso que los moderados tampoco velan con indiferencia el apartamiento de Arguelles, que por entonces los representaba.

En tal estado las cosas, un heclio abominable vino á deslustrar la marcha de la revolución, hasta entonces honrada, aunque indiscreta.

Desde mediados de Enero hallábase preso en la cárcel de la Corona un capellán de honor, llamado D. Matías Vinuesa, antiguo cura de Tamajon, de quien se decia habérsele encontrado un plan desatinado de contrarevolucion, basado en la cooperación nada menos que del Emperador de Rusia, con otros despropósitos á este tenor, que revelaban bien, á par que un celo fanático, cierta monomam'a en el desdichado sacerdote, que se acercaba mucho á la demencia. — Puedo atestiguar, por casualidad, que tal era, en efecto, el carácter del desgraciado Vinuesa, porque la circunstancia de habitar en el cuarto bajo de la casa núm. 2 de la calle de San Pedro Mártir, á cuyo piso principal iba yo todas las tardes á reunirme con un amigo y cámara da de estudios y de paseos, encontrándome algmias de ellas de visita al capellán, me proporcionó la ocasión de conocerle personalmente, y aun de clasificarle como un hombre de cortos alcances y continente vulgar. — Pero, apoderadas de este incidente las sociedades, la prensa y la opinión artificial que suelen crear los partidos exagerados y virulentos, armaron un tolle tolle contra el desdichado sacerdote en los tres meses que duró la sustanciacion del proceso en primera instancia, que exigía nada menos que la condenación del infeliz á la pena de muerte ; y á tal extremo llegó el furor de aquellos desalmados, que divulgada en la tarde del 4 de Mayo la sentencia del Juez, que condenaba á Vinuesa á diez años de presidio, corrieron á la cárcel de la Corona, sita en la calle de la Cabeza, arrollaron la escasa guardia de la Mi-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 243

licia Nacional que la custodiaba, y asesinaron al desdichado Vinuesa , valiéndose para ello de un martillo de los picapedreros que á la sazón trabajaban en la calle; sin que las autoridades, que pudieron tener noticia anticipada del atentado que se projectaba, obrasen en consecuencia con la energía que reclamaba tan escandaloso ultraje liecbo á la ley y á la humanidad. — Esta debilidad privó al Gobierno, ante las Cortes y la opinión de las gentes honradas, de toda fuerza moral; descorazonó á los que de buena fe profesaban las ideas liberales, y fué la causa inmediata de la exacerbación de las ideas absolutistas, cuyos partidarios miraron, con razón, al desdichado Vinuesa como un mártir de su causa (1).

Las autoridades de Madrid , que tan punible descuido habian mostrado para prevenir aquel atentado, fueron destituidas y reemplazadas por dos hombres de distinto temple, D. Pablo Morillo para la capitanía general, y el brigadier y antiguo guerrillero contra los franceses, don José Martínez de San Martin, para el gobierno político; los cuales desde el primer momento se dispusieron á combatir rudamente á los trastornadores del orden. Estos, viéndose amenazados en Madrid, diéronse á la tarea en

(1) Algunos años después oí de boca del mismo juez de la causa, D. Juan García Arias, que desempeñaba el cargo de Agente fiscal del Supremo Consejo de las Indias , la narración desapasionada de este suceso ; diciendo lo absurdo del plan , lo verosímil de la casi demencia y monomanía de Vinuesa,yque cuando él se determinó á sentenciarle á la grave pena de presidio , fué contra su convicción y sólo por apaciguar en algún modo la excitación popular : pero esto no le aprovechó para conseguir su intento ; antes bien, sólo le sirvió para quedar mal con su conciencia y con el populacho , el cual , después de inferido el sacrilego asesinato, corrió á casa del mismo juez, que vivía en Puerta de Moros, con objeto de sacrificarle también, lo que afortunadamente pudo evitar salvándose por el tejado.

244 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

las provincias, especialmente en las levantinas, j por el pronto en Aragón, donde la actitud de Riego, como capitán general, parecia alentarles de algún modo á violentas fechorías. Las Cortes, reunidas en sesión extraordinaria (por haber terminado en fin de Junio la ordinaria legislatura), entablaron sus empeñadas discusiones sobre aquellas inconcebibles revueltas , y el Gobierno, por boca del ministro D. Ramón Feliu , manifestó su importancia y trascendencia, diciendo que el Gobierno era dueño de los Míos de aquella trama; dicho fatídico, que fué, como de costumbre, parodiado por los zurriaguistas, los cuales, aludiendo á las otras reticencias de Arguelles en la sesión del 7 de Setiembre, decían :

« En una y otra sesión Sonaron con retintín Las 2>áginas de Agustin Y los hilos de Eamon.»

Estas acaloradas sesiones , en que naturalmente se quebrantó ya la calma anterior y compostura del Congreso, viéronse también interrumpidas , dominadas por los gritos, y hasta insultos, de los concurrentes á las galerías, que llegaron al extremo de silbar y escarnecer á patriotas tan eminentes como Martínez de la Rosa, Toreuo, Calatrava y otros defensores esclarecidos del orden y de la verdadera libertad. Y no contentos con esta brutal embestida , persiguieron á los mismos con criminal intento, y hasta se presentaron en turba sediciosa — yo mismo lo presencié — delante de las casas de Martínez de la Rosa, calle de Fuencarral, y del Conde de Toreno, en la de la Luna, armados de cuerdas, con que decían iban á arrastrarlos; y penetrando en dichas casas, aunque frustrado su horrible intento por no haberles hallado en ellas, atrepellaron á las personas de las familias , sin respetar si-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 245

quiera á la ilustre viuda del desgraciado Porlier, hermana del Conde de Toreno.

Pero al fin, con la energía j decisión de las nuevas autoridades j del Gobierno, pudo conjurarse aquella sedición escandalosa : la sociedad de la Fontana quedó suspendida; Biego fué destituido de la capitanía general de Aragón, y enfrenados en todas partes los alborotadores. Éstos, atrevidos é indómitos, aceptaron el reto, y para demostrarlo se prometieron celebrar una especie de función de desagravios en honor del general Eiego , y más bien con el carácter de insulto al Gobierno que le habia destituido; y pai-a hacerlo más ostentoso, acordaron salir en procesión ó paseo triiuifal en la tarde del 18 de Setiembre con el retrato del General : y aunque el jefe político San Martin y el capitán general Morillo {Tin-tin y Trabuco, con cuyos motes les apellidaba El Zurriagó), conocedores de tan descabellado proyecto, les amonestaron, en bando de aquel mismo dia, para que no lo realizasen, prometiéndoles una dura represión si tal intentaban, ellos no se dieron por notificados, aparentando la mayor indiferencia por tales amenazas. — Emprendieron, pues, su paseo triunfal con el malhadado retrato; pero el jefe político San Martin (que era hombre que lo entendía) les esperaba delante de la Casa Consistorial con un batallón de la Milicia Nacional al mando de D. Pedro de Surrá y EuU (el mismo que veinte años después fué ministro de Hacienda de Espartero), y al llegar los amotinados á aquel punto de la calle Mayor, conocido por las Platerías, y después de hechas por San Martin las intimaciones convenientes, mandó calar bayoneta al batallón, y avanzó decidido á recibir en sus puntas aquella turba desaforada.-^-Y sucedió lo que era de esperar , que á semejante insinuación se pronunció aquélla en comple-

246 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

ta derrota, y no pararon de correr hasta la Puerta del Sol ó hasta la de Alcalá , quedando abandonado en medio del arroyo el malparado retrato del héroe, que fué recogido por la Milicia y custodiado en la Casa Consistorial.— De este modo terminó la famosa batalla de las Platerías, como con cierta gracia la calificó El Imparcial , á la que no faltó más que un Lucano para cantar su gloria y hacerla llegar á los oidos de la posteridad.

Vencidos, pues, de este modo en Madrid, los turbulentos inocularon su venenoso espíritu en las provincias andaluzas, especialmente en Sevilla y Cádiz, también con el pretexto de pasear el retrato de Riego; sólo que allí las autoridades, lejos de perseguirlos, se pusieron á su lado, y de buenas á primeras se declararon en abierta rebehon, que produjo por de pronto la alarma del Gobierno, de las Cortes, próximas á terminar sus tareas, y de todas las personas sensatas y verdaderamente amantes de la libertad. Pudo, sin embargo, disiparse también aquella nube formidable, aunque para ello hubo que emplear más de dos meses en ^'iolentas demostraciones, que dejaron lastimado al Gobierno y j^erdida su fuerza moral, así como también el prestigio de las mismas Cortes y de la revolución.

Quiere decir, en suma, que al terminarse el año 21, segundo del período constitucional, la situación del país no podia ser más complicada ni aflictiva. — Los partidos extremos, exaltado y absolutista, desplegaban al viento sus banderas; el Monarca, en abierta pugna con el Gobierno, y éste desprestigiado y vencido también en la opinión; las Cortes, moderadas y prudentes, cediendo el paso á las nuevamente elegidas, en que dominaba el elemento exaltado, sin que los diputados y honrados patriotas que compusieron las primeras pudieran ser reelegidos, según la Constitución; las sociedades secretas, omni-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 247

potentes hasta entonces, divididas j debilitadas por sus contrarias tendencias; la prensa periódica desatentada y sin freno, contribuyendo á crear una atmósfera mefítica de extravío revolucionario ; y para que nada faltase á este sombrío cuadro, la fiebre amarilla paseando nuesti'os pueblos de la costa desde Cádiz á Barcelona; y colocado, en fin, en la. frontera del Pirineo, bajo el título de cordón sanitario, un ejército, que amenazaba trasformarse en ejército de observación , y más tarde en el de ocMpacion, encargado de realizar los acuerdos sucesivos de Tropeau, de Laiback y de Verona.

Pero apartemos la Alista de este cuadro tenebroso para reposarla algún tanto en la especie de tregua ó tranquilidad relativa que se disfrutó en Madrid durante la primera mitad de 1822; tregua providencial, que al paso que babrá de servir para desenojar en algTin modo el ánimo del lector, cansado sin duda de la narración descarnada de aquellos desagradables sucesos, permita á la pluma del escritor — poco dado á trazar escenas políticas y lamentables— bosquejar con más risueños colores otras que alcancen á reflejar el progreso (que sin duda lo hubo) de la cultura social en aquel turbulento período.

II.

En medio de las azarosas circunstancias que quedan descritas , al través del sacudimiento político , y tal vez á consecuencia de él, Madrid salia, puede decirse, de su letargo secular, y arrojando el sudario en que yacia envuelto por la mano de un Gobierno refractario á toda expansión de la vitalidad propia de los pueblos modernos, revelaba el propósito de reivindicar, fiado en sus propios esfuerzos , el puesto distinguido de capital del reino.

248 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

Estimulábale para ello la mayor importancia que adquiría á virtud del nuevo Gobierno constitucional, con la presencia de las Cortes, que atraían á él la parte más vital del país , las capacidades de la política , de la ciencia y de la industria, y los capitales del comercio, al paso que, emancipado, por el nuevo sistema de administración, de la rutinaria y estéril acción de sus Ayuntamientos perpetuos, de sus corregidores ^oZz7?as, y de un Gobierno, en fin, tímido y suspicaz, podía desarrollar, por medio de sus propios y más señalados ciudadanos , los gérmenes de prosperidad que encerraba en su seno , y que antes no le era dado cultivar.

El espíritu de asociación, de discusión y de examen, aplicado á este propósito, era la mejor garantía de un feliz resultado; y con efecto, desde los primeros meses de la promulgación del nuevo sistema pudo observarse que los capitales, saliendo de sus escondrijos, se dedicaban á empresas de utilidad , de instrucción y de recreo ; viéndose á los Hombres más distinguidos por su probidad y patriotismo aportar el concurso de su inteligencia á proyectos y planes de la mayor importancia. Los propietarios de las casas, por ejemplo , congregados á la voz de su honrado convecino D. Manuel María de Goiri, establecieron sólidamente la excelente Sociedad de Seguros mutuos, que en siglos anteriores no habia sabido ó podido plantear el Gobierno absoluto , y con la cual quedó garantizada la propiedad urbana , duplicando de este modo ó triplicando su valor. A consectiencia también de esta salvadora institución, y de la trasmisión de una parte del mezquino y raquítico caserío de la villa desde las manos muertas de comunidades y mayorazgos á otras más activas ó inteligentes , empezó desde luego la renovación decorosa en el aspecto de la población , al paso que la autoridad municipal, compuesta de los mismos vecinos, pro-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 249

pietarios ó industriales, emprendió, aunque tímidamente por la escasez de sus medios, el saneamiento j la comodidad de la via pública ; y los establecimientos industriales y mercantiles, siguiendo aquel irresistible movimiento de emulación, se arrojaron á empresas valiosas, ya para abastecer á Madrid de los frutos de las diversas provincias j de las costas, ya para facilitar sus comunicaciones, con la creación de las Diligencias generales en las tres líneas de Irun, Sevilla y Barcelona, ya, en íin, estableciendo en nuestra villa fabricaciones antes desconocidas en ella, ó abriendo y decorando cumplidamente establecimientos públicos de utilidad, de comodidad y de recreo. El Gobierno por su parte, y las Cortes, dando la debida preferencia al desarrollo de la pública instrucción, creó la Dirección general de Estudios, á cuvo frente colocó al eminente Kterato D. Manuel José Quintana; dispuso la creación de la Universidad Central, que por entonces no llegó á tener efecto; pero modificó entre tanto, y elevó casi á tal categoría los Estudios de San Isidro y del Seminario de Nobles, bajo un ])lan más conforme con lo» adelantamientos modernos de la ciencia. Creó también la Academia Nacional , á imitación del Instituto de Francia, dividiéndola en tres secciones, á saber : Ciencias morales y políticas, físicas y naturales. Literatura y Bellas Artes , dando cabida en ellas á las eminencias respectivas de los diversos ramos del saber. — Los particulares á su vez, instituyendo el primitivo Ateneo (calle de Atocha, frente á la de Relatores), bajo la presidencia del insigne general Castaños, abrieron á la juventud cátedras gratuitas, regentadas por los mismos socios, al paso que ellos se ilustraban y recreaban mutuamente en sesiones científicas y literarias , y á veces reuniendo á la buena sociedad matritense en conciertos brillantes y propios de tan culta Asociación. — Otros esüiblecimientos particulares

250 MEMOEIAS DE UN SETENTÓN.

contribuyeron también á despertar el amor á la ciencia y á las buenas letras, y entre ellos no puedo menos de recordar aquí el afamado colegio de la calle de San Mateo, dirigido por los eminentes literatos Lista y Eeinoso, fructífero plantel de tantas inteligencias juveniles como más adelante ilustraron el Parnaso español con los nombres de José de Esjyronceda, Ventura de la Vega , Juan de la Pezuela, Patricio de la Escosura, Felipe Pardo, etc.

El teatro nacional, signo ostensible de la civilización ó de la cultura de los pueblos modernos, también tomó desde entonces un nuevo carácter, acercándose en lo posible á corresponder á la exigencia del arte. Salvado mercantilmente, por empresas capitalistas, de la precaria existencia que arrastraba en manos de los propios actores, aspiró á desenvolverse con mayor propiedad y decoro, y se propuso exhumar y reproducir sobre la escena patria las grandes creaciones de nuestros insignes dramaturgos del siglo XVII, que yacian en injusto olvido. Tirso, Lope, Calderón, Moreto, Montalban, Rojas y otros ciento de tan privilegiada nombradla, con sus admirables producciones, discretamente escogidas y depuradas por el eminente literato D. Dionisio Solís, tornaron á seducir, á avasallar la inteligencia del público español, que apenas tenía noticia de ellas : La Villana de Vallecas, Marta la Piadosa, Por el sótano y el torno, El Vergonzoso en Palacio, Mari-Hernayidez la Gallega y otras varias del primero; La Moza de Cántaro, El Premio del bien hablar. Lo cierto por lo dudoso, El mejor alcalde el Rey, de Lope; La Vida es sueño. El Alcalde de Zalamea, El Médico de su honra, de Calderón; El Parecido, El Desden y El Pico-hombre, de Moreto; La Loquera vizcaína. Marica la del pucJiero, de Montalban, y otras infinitas joyas de nuestro Parnaso, prohibidas ó arrumbadas, aparecieron en la escena después de un silencio

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 251

secular, dándola la animación y el esplendor á que tenía derecho : y la musa clásica moderna, interpretada por García de la Huerta, Moratin, Quintana, Ayala, Martínez de la Rosa, Saavedra, Solís y Gorostiza, procuró sostener con decoro y valentía la lucha digna y noble con aquellos egregios creadores de la antigua escuela. La celebérrima tragedia Raquel, que no había sido representada desde la vida de su autor — como ni tampoco lo ha vuelto á ser después por razones políticas — fué dignamente desempeñada en 1822 por la excelente actriz Antera Baus : las comedias de Moratin, El Sí de las Niñas y La Mojigata, salvadas de la prohibición que pesaba sobre ellas; las de Martínez de la Rosa, Lo que puede un emj^leo, La Niña en casa y la madre en la incíscara , y la tragedia La Viuda de Padilla ; Lanuza , de D. Ángel Saavedra; Juan de Calas, de D. Dionisio Solís, pudieron alternar con las ya conocidas de Quintana, Ayala y Gorostiza, con que dieron á la escena española favorable animación y lozanía.

Pero, preciso es confesai-lo, la novedad, la moda y el capricho seducían y apartaban el favor del público de nuestra escena dramática, encaminándole hacia la ópera italiana, que, después de un paréntesis de muchos años, acababa de inaugurarse en Madrid por una empresa particular. Formada la compañía por artistas distinguidos, tales como Lorenza Correa, Adelaida Sala, Dahnani Naldij Loreto García; Mari Váccani, Capitanij García de Paredes, puso en escena las recientes creaciones del Cisne de Pésaro, del inmortal RossiNi, encanto á la sazón de la Europa entera. U Inganno felice. La Italiana en Argel, Tancredo, La Gazza ladra, El Barbero de Sevilla, Otello, Ellisahetha, etc., produjei'on en el gusto del público una verdadera revolución. — Especialmente Adelaida Sala, arrogante y hermosísima donna, en el Tan-

252 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

credo; la Dahnani JValdi, de admirable voz y maestría, aunque de ingrata figura, en ElisabetJia, eran los ídolos del público madrileño, y recibían todas las noches los más fervientes testimonios del entusiasmo popular. La primera, ó sea la Sala, no sólo consiguió con su talento y bizarría cautivar el ánimo del público míidrileño, sino que avasalló la voluntad de uno de nuestros más ilustres títulos, el joven Conde de Fuentes, Grande de España de primera clase, quien, previa la Real licencia, la hizo su esposa; y la segunda mereció que el poeta Arriaza improvisase un bellísimo soneto, que por conservarle en la memoria (y no hallarse impreso en la colección de sus poesías, publicadas por el mismo Arriaza en 1826), me atrevo á reproducir aquí :

Á ROSSINI.

¡ Oh tú, que á la región de la armonía Me elevas, y en acentos sedvictores, Nuevo Orfeo, mitigas los horrores Que atormentan sin fin la mente mia !

Si admiro ¡ oh gran EossiNi ! cada dia En la gentil La Sala tus primores. Su labio de coral volviendo en flores Los frutos de tu amena fantasía ,

En La Naldi tu magia aun más campea Cuando en tu canto, de sin par ternura, « Belle alme generóse y), nos recrea;

Pues parece que, absorta en su dulzura, Baja la misma Venus Citerea Y la concede en premio la hermosura (1).

Ademas de esta animación que ambos teatros, de verso y ópera, producían en la sociedad matritense, ésta disfru-

(1) No se puede decir con más delicadeza á una mujer que es fea. Alúdese al rondó final de la ópera UEllisahetlia, que cantaba admirablemente la Naldi.

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 253

taba también otros círculos j establecimientos de recreo que la hacian olvidar la tétrica monotonía de su existencia anterior. El espléndido Tívoli, en el paseo del Prado, con su anchurosa rotonda j ameno jardín, atraía todas las noches inmensa concurrencia ; los conciertos del Ateneo j de La Gran Cruz de Malta; los para entonces magníficos, saraos de la sociedad aristocrática de la calle de Jardines (número 16, en la misma casa que en estos días acaba de venir al suelo), y hasta los bailes de máscaras en ambos teatros de la Cruz y del Príncipe, durante el Carnaval, que, como cosa nueva, y prohibida ademas hacía muchos años, renacía con grande entusiasmo, alegría y animación, todo contribuía á hacer olvidar ó borrar el aspecto triste ó monótono de la capital en años anteriores.

Madrid, pues, según dije al principio de este episodio, se rejuvenecía y regeneraba, y aunque, atendida la situación política del país, pudiera decirse con la moderna fraseología que danzaba sobre un volcan, el hecho es que parecía ó aparentaba ignorarlo, dándosele un ardite de las facciones absolutistas ó de \a,?¡ jaranas revolucionarias (1).

La literatura, empero, estaba de todo punto abandonada; las ocurrencias políticas llamal)an á otra parte la acción de sus dignos cultivadores ; y los editores de obras literarias, que hacian, como siempre, de ellas una interesada granjeria, dedicábanse, á falta de originales, á inundar el mercado con traducciones de las extranjeras, que,

(1) Si no sobre un volean, parte del público, en la noche del 3 de Febrero de aquel año, danzó sobre un foso , y aun se hundió en él, quebrándose la parte del tablado correspondiente á la escena en el teatro del Príncipe, y bajando por escotillón centenares de máscaras, con no pocos quebrantamientos de piernas y cabezas. El baile, sin embargo, continuó como si tal cosa.

254 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

á causa del Gobierno anterior, eran desconocidas entre nosotros ; j aunque estas traducciones, sobre otros inconvenientes, tenian también el de contribuir á estragar el gusto j la pureza del lenguaje, los imberbes adolescentes nos entregábamos, sin embargo, con ardor á su lectura; pero yo de mí sé decir que en medio de ella conservaba siempre tan arraigado el amor á nuestros clásicos, que no eran bastantes á separarme de él las bellezas de los extraños.— Saboreaba ademas con fruición las producciones de nuestros escritores contemporáneos, castizas, desenfadadas y aun sarcásticas, de Moratin, Gallardo, Miñano y el autor de las Semblanzas de los diputados; y seducido especialmente por la gracia y donosura de este último folleto, me arrojé á borrajear semblanzas también, aunque sólo fueran para mi uso particular ó el de mis amigos; — pero ¿quiénes hablan de ser los retratados, tratándose de un muchacho de diez y siete años, sino ellos mismos, mis propios camaradas de estudios y algunos de los concurrentes á la Academia de baile del célebre maestro Belluzzi? — Verdad es que á esta academia asistían los jóvenes de las casas más distinguidas de Madrid y muchos de los que en adelante honraron sus nombres como celebridades de la política, de las armas y de las letras ; pero entonces todos éramos nada más que muchachos juguetones y traviesos, sólo conocidos en nuestras casas, por todas las cuales pasearon en carrera triunfal mis semblanzas, con grande regocijo de las familias de los originales (1).

La buena, aunque confidencial, acogida que tuvo mi primera jugarreta escribomana, me animó á repetirla, y

(1) Todos han muerto ya, con la única excepción de uno de ellos, cadete á la sazón agregado al regimiento de caballería de Famesio, y hoy teniente general, ex-ministro y ex-presidente del Supremo Consejo de la Guerra, mi querido y casi secular amigo, D. José María Marchesi.

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 255

prescindiendo ya de la personalidad, borrajeé una serie de doce artículos de costumbres (uno para cada mes del año 1821), en que, preludiando ya mi natural instinto de observación satírica, me propuse trazar cuadros festivos de la sociedad que apenas conocia, y corrí presuroso á comunicárselos á mis amigos y camaradas; pero ¡olí dolor! en este trasiego, una noche hubo de caérseme del bolsillo el abultado manusci*ito ; quiero decir que lo perdí. — ¡No es fácil describir el desconsuelo y la desesperación del novel autorcete en este amargo caso ! ¡ Lo que menos sospechaba era que algún follón ó malandrín, celoso de mis futuras glorias, me habia sustraído el autógrafo para darlo á la imprenta y pavonearse luego con las galas de mi pluma! — En vano publiqué la pérdida en el Diario de Madrid. Nadie acudió á devolverle, con lo cual se corroboró mi recelo déla siniestra suplantación. — En tal caso, acudiendo con toda la intensidad de mi dolor al arsenal de mi memoria, encerróme en mi despacho, y merced á una noche de insomnio y de trabajo, logré reproducir fielmente el tal folleto desde la cruz ala fecha, y contra mi propósito primitivo corrí á ponerle en manos del impresor, bajo el título de.... Pero tate;no quiero decir cuál era el tal título, no sea que algún ejemplar de aquel engendro haya logrado escapar de los dientss del ratón ó del cesto del trapero, y venga muy serio á sacarme los colores á la cara.— Pero lo más chistoso del caso es que, publicado que fué dicho folleto (por supuesto bajo el modesto anónimo) , acertó á abrirse paso entre la turba de papeluchos, quier políticos, quier literarios, que diariamente vomitaban las prensas, y hubo de llamar la atención del público (que consumió la edición en pocos dias) y de los periódicos, que ponían en las nubes el tal borrón. — Esto prueba lo medradas que andaban las letras por aquellas calendas.— Entre dichos periódicos, el que más se significó en

256 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

SU alabanza, j aun insertó uno de los artículos del folleto, fué el único literario que entonces se publicaba en Madrid, con el título de El Indicador. Era su director dojí José fiaría de Carnerero, hombre singular, mitad literato, mitad cortesano, con sus puntas de Tenorio y sus fondos de Kaleidescopio político, de quien habré. de ocuparme en otra ocasión: por ahora bastaráme decir que, halagada mi precoz vanidad con aquel golpe de incensario (tan habitual en Carnerero), corrí á espontanearme en su presencia como autor del supradicho folleto ; oido lo cual por el amable periodista, y después de remachar de palabra sus elogios y parabienes, me invitó nada menos que á colaborar, gratis et amore, en sii compañía y en la del apreciable literato D. José Joaquín de Mora, en el insípido periódico El Indicador. — Déjase conocer que, oida que fué por mí tal invitación, no me hice de pencas, antes bien acepté con júbilo tal ofrecimiento, — y hé aquí la razón, Sr. D. Andrés Borrego, mi excelente amigo (que con tan legítimo derecho ostenta Y. sobre su cuello el Gran Collar de la Orden del periodismo), como entre los vivientes aún, y para disputarle el decanato de la prensa periódica (aunque sólo en su parte literaria), se le ha escabullido aquel muchachuelo de otros tiempos, y que hoy, como V., es un asendereado viejo setentón. — \'erdad es que fué por pocos meses esta mi primera campaña periodística, porque los Sres. Carnerero y Mora, á quienes no satisfacía un amor puramente platónico hacia la literatura, dieron á poco al periódico un carácter político, ¡ y qué carácter ! nada menos que el de órgano de la Sociedad Landahuriana y de los Comuneros, bajo el título de El Patriota Español. Visto lo cual por mi impolítica personilla, no me di reposo hasta presentar y ver aceptada mi dimisión.

CAPITULO xy.

(822,

TERCERO DEL PERÍODO CONSTITUCIONAL.

Después de este largo episodio de la vida social, que me ha parecido oportuno reseñar, vuelvo, no sin repugnancia, á la narración de los sucesos políticos en aquel año.

En las elecciones de diputados para las legislaturas de 1822 j 23 quedaron eliminados, con arreglo á la ley vigente, todos los insignes varones que compusieron las anteriores, resultando, como no podia menos, con inmensa mayoría el elemento exaltado ó ultra-liberal , que providencialmente parecia destinado á ver hundirse en sus manos la causa constitucional. — Esto mismo sucedió por igual razón el año 14, cuando la renovación de las Cortes gaditanas , que dejó eliminados á los fundadores de la libertad para dar cabida á una mayoría reaccionaria ó absolutista, que bajo la denominación délos persas acabó con aquélla.

Pero como esta anomalía de la renovación absoluta del Congreso, en medio de sus grandes inconvenientes, ofrecía la ventaja de dejar en situación de reemplazo á los diputados salientes, entre los cuales sobresalían los defensores del orden y de la templanza, Fernando VII,

258 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

aprovechando sagazmente estas circunstancias , formó un nuevo Ministerio , compuesto de los más insignes adalides de este carácter : Martínez de la Rosa, para Estado; Moscoso de ^í¿am¿Va, Gobernación ; Garelli, Gracia y Justicia; Sierra Pamhley, de Hacienda; Bodega, de \]\- tviimar ; Sahmzat , de Guerra, j Romarate , de Marina: todos los cuales, por sus opiniones templadas, eran mirados con agrado por el Monarca, siendo, por el contrario, blanco del odio j los denuestos de los partidos exagerados. Pero ellos no se desalentaron; antes bien, fiados en sus profundas convicciones políticas, en su valor cívico y en su conducta persuasiva y firme , se congratularon con la idea de llegar á contener las exigencias de los exaltados y de reconciliar al mismo tiempo al Monarca con el sistema constitucional. Hasta qué punto lograron realizar en la práctica estos loables intentos, es lo que vamos á ver. Por de pronto, halláronse con unas Cortes medianamente hostiles , que empezaron por elevar á la Presidencia (que entonces se renova1)a mensualmente) nada menos que á D. Rafael del Riego, por cuya significativa elección hubo naturalmente de retraerse Fernando de concurrir á la apertura de aquellas Cortes el dia 1.° de Marzo, por no hallarse en careo y mano á mano con el turbulento caudillo, á quien sinceramente odiaba. — En honor de la verdad, con\'iene, sin embargo, decir que estas Cortes, que tan amenazadoras se anunciaban, por entrar en ellas los primeros caudillos del alzamiento , los jefes y personajes más influyentes de las sociedades secretas y públicas, los periodistas más avanzados , hasta los promovedores y jefes de las recientes insurrecciones de Cádiz y Sevilla , no se señalaron por sus excesos revolucionarios, como ni tampoco emprendieron una campaña acerba contra lo pasado ; antes bien acometieron discusiones serias sobre leyes importantes, tales como la divi-

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 239

sion del territorio , el Código penal , los señoríos, la instrucción pública j la reforma posible de la Hacienda , teniendo al propio tiempo que atender vigorosamente á la defensa de la Constitución , combatida ya á mano armada por bandas numerosas, casi un ejército, que, bajo la bandera de la fe (feotas), infestaban ya las montañas de Cataluña y de Navarra , el país vascongado , las provincias de Aragón , Valencia y ambas Castillas; todo en los propios términos que hemos visto reproducidos después en las últimas sangrientas guerras civiles de 1<S34 y 1872, — por donde se ve que estas desastrosas luchas, sostenidas contra el absolutismo en el presente siglo , no han sido dos, como ordinariamente se dice en los periódicos y hasta en el Parlamento, sino tres, igualmente encarnizadas y funestas.

Fernando, por su parte, apoyado en los esfuerzos de sus parciales, que seguramente sostenía ó dirigía él mismo por bajo de cuerda, y confiando también en la posible intervención extranjera (que asimismo preparaba), aunque parecía deferir y hasta congeniar con sus ministros, pa^/í'/^roí;, frt//írtri'7/í?ro.9, cuitUet'os, como él mismo les llamaba en tono de broma, siguiendo la nomenclatura de Él Zurriago, especialmente con Martínez de la Rosa, á quien mostraba particular afición, no cejaba por eso en sus propósitos, con el ])iadoso fin de volverlos á los presidios de África ó al patíbulo , si posible fuera (1).

(1) Esta inclinación excepcional de Fernando hacia Martínez de la Eosa la escuché dos ó tres años después de boca de uno de los asiduos áulicos de la camarilla en 1825, que era el teniente de rey de la plaza de Madrid, coronel D. Francisca Malhn, uno de los más furibundos realistas, qnelialña guerreado en Valencia á las (ordenes de Sampere.

<( Noches pasadas , decia , estábamos en la cámara del Rey el capitán general Liñan , el general Aymerich y algunos otros conmi-

260 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Resulta natural de este juego misterioso del Monarca fué el maleaniiento de la Guardia Real de infantería que tenía más inmediata, y de que ya se vieron síntomas marcados en Aranjuez durante la jornada de Mayo , hasta que, bien maduros sus planes , decidieron dar el golpe en una ocasión solemne é inmediata. Tal era la que se presentó el dia 30 de Junio, en que terminaban las Cortes su primera legislatura , á cuya solemnidad asistió Fernando para pronunciar el discurso de costumbre; pero á su vuelta á Palacio se halló sorprendido con la sublevación de sus guardias, que aclamaban al Key ahsohdo, y que por primera diligencia habian asesinado cobardemente, y dentro del mismo Palacio, al pundonoroso oficial D. Mamerto Landaburu, que pretendió hacerles entrar en razón, apostrofándoles duramente por su indisciplina.

Es tan conocida la historia de aquellos siete memorables dias primeros de Julio de 1822, que sería inoportuno el reproducirla aquí, tanto por oponerse á ello mi constante propósito de no invadir los límites de la historia propiamente dicha, como por el corto espacio que me prometo dedicar al presente capítulo. Limitaréme, por lo tanto, á consignar el hecho en los términos más concisos, diciendo que, iniciado el movimiento, á mi juicio prematuramente, por los batallones que daban

go; tratábase con cierta chunga de los sucesos pasados en tiempo de la negra (la Constitución), y cada cual salia con su chiste sobre los sujetos que entonces figuraban ,. llamándoles por los motes que les dada El Zurriago, como Trabuco á Morillo , Tintín á San Martin , El DóinÁne Lúcaa á Arguelles, etc. — Y ¿dónde andará ahora, dije yo, Rosita la Pastelera f — ¡ Alto ahi ! (me interrumpió S. M. ) : Martinez de la Rosa es el hombre más honrado y más caballero que se ha acercado á mi desde que soy Rey , — con lo que me dejó escachifollado y con un palmo de narices.»

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 261

la guardia del Palacio , y secundados por los demás del Real Cuerpo, que se hallaban en sus cuarteles , titubearon ó no acertaron á acometer desde luego su agresión, como acaso lo hubieran podido hacer por sorpresa con algún resultado; antes bien, en la noche del dia 1.'' de Julio se retiraron al Pardo cuatro batallones, dejando los otros dos encastillados en la plaza del Mediodía de Palacio. Esta torpeza dio lugar á las autoridades , á la Milicia y la guarnición para reponerse de la sorpresa y aparejarse á la defensa, ocupando para ello la plaza Mayor y los demás puntos estratégicos de la población. — En esta singular actitud de expectativa é irresolución para ambas partes trascurrieron los cinco dias siguientes , ocupados en contestaciones entre el capitán general Morillo y los sublevados ; contestaciones que á nada conduelan ; conservándose unos y otros en su respectiva inacción, hasta que, en la madrugada del dia 7, los batallones del Pardo cayeron silenciosamente sobre Madrid , penetraron por el Portillo del Conde-Duque, y llegando sin contratiempo á presentarse delante de la plaza de la Constitución , ocupada por la Milicia Nacional, acometiéronla por sus tres avenidas que dan á la calle Mayor.

La heroica resistencia de aquellos beneméritos ciudadanos en defensa de sus familias y de sus hogares , dirigida y secundada por las autoridades militares y tropas de la guarnición , evitó á Madrid un dia de luto , que hubiera hecho olvidar el terrible 2 de Mayo, y produjo en los agresores tal indecisión , decaimiento y pavura , que no tardaron en darse á vergonzosa fuga : viéndose con dolor á un Cuerpo numeroso y aguerrido , que aun estaba formado en gran parte de los briosos soldados de la guerra de la Independencia, de los harhones de Ballesteros, y que ostentaban sobre sus pechos las honrosas condecoraciones ganadas en cien combates, huir avergonzados á

262 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

refugiarse á la sombra del Palacio , dejando sembradas de cadáveres las calles de la capital. Allí les siguieron las tropas de caballería y artillería ; intimáronles la rendición, que hicieron ademan de aceptar; pero, de repente, mudando de parecer, con tan mal acuerdo como en la noche anterior, rompieron el fuego sobre las fuerzas vencedoras, y diéronse luego á huir en dispei'sion por las bajadas del Palacio á la Casa de Campo , siendo acuchillados enérgicamente por la caballería de Almansa y otros regimientos : — y es fiíma que, contemplando este espectáculo Fernando VII detras de los cristales de sus balcocones , deeia muy satisfecho : «Anda , ¡ que se fastidien )>por tontos I ¡A bien que yo soy invioJahle ! »

Y lo fué, en efecto ; preciso es hacer esta justicia al vencedor, que, lejos de abusar de su victoria, y cuando todos, y acaso el mismo Monarca, pudieron temer la repetición de un nuevo 10 de Agosto de 1792, la Milicia y guarnición de Madrid, y á su frente los enérgicos y valerosos caudillos, descansaron sobre sus armas, detuviéronse sobre los muros del Palacio regio , y aun se apresuraron á cumplir la orden de retirarse que les dio el mismo Monarca, que sin duda alguna era el autor de la sedición. Tan inverosímil como patriótico desenlace de aquella espantosa intentona honra sobremanera el carácter de nuestro pueblo, siempre noble y generoso, aun en los períodos más álgidos de las revoluciones.

A la vista tengo una alocución del Ayuntamiento á los madrileños, con fecha 10 de Julio, en que, después de congratularse con ellos por el triunfo ol)tenido, « aunque » deseoso de evitar todo motivo de disensión y disgustos, )>áun de los más leves», los encarga y manda, así dice textualmente, « que contengan en sus pechos el justo tri- » buto de agradecimiento al héroe de las Cabezas , victo- /> reando únicamente (como él mismo ha suplicado en este

PERÍODO CONSTITUCIONAL. 263

» diii á la benemérita Milicia Nacional desde el balcón prinDDcipal de estas Casas Consistoriales), á la Constitución, á ))la Nación y al Rey Constitucional, y de ningún modo á ))su persona, para que nuestros enemigos no tengan pre- ))texto alguno en su resistencia á entrar en sus deberes , y ^asimismo que olvidéis la. canción del Trágala, que, aun- ))que patriótica, se ha tomado por causa para dividir los ))ánimos y fomentar disensiones ,. etc. »

El entusiasmo y júbilo del pueblo de Madrid, en tan solemne ocasión, se contuvo pues en los justos límites de una patriótica alegría , que con demostraciones expresivas se prolongó durante muchos dias, hasta que por disposición de su Ayuntamiento se celebró solemnemente, el 24 de Setiembre (aniversario de la primera instalación de las Cortes), con un banquete monstruo en el Salón del Prado, á que fueron invitadas toda la Milicia Nacional y las tropas de la guarnición ; espectáculo interesante y animado, que por su fondo y por su forma no tenía precedente en nuestros anales.

Pero como era necesario que alguno de los matices en que se hablan dividido los partidarios de la Constitución sufriese las consecuencias de aquella tremenda jornada, recayó naturalmente este desmán sobre el Gobierno y el partido moderado, que representaba el Ministerio Martínez de la Rosa. Cayeron por consecuencia éste y sus compañeros de Gabinete , entrando á ejercer el pode'r los representantes genuinos de la fracción exaltada, los generales San Miguel, Lojwz Baños y Capaz, en Estado, Guerra y Marina; Gaseo, en la Gobernación; Vadillo, en Ultramar; '^5^m, en Hacienda, y Benieio Navarro, G\\ Gracia y Justicia. — Mas esto no quiere decir que triunñisen las ideas exageradas y ultra-liberales de que antes hablan hecho alarde, ni que se dedicasen á satisfacer ven-

264 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

ganzas contra la corte j el bando moderado, siquier retrógado en su opinión; no, preciso es confesarlo; antes bien , más cautos ó más patiiotas , convirtieron todas sus fuerzas á promover el entusiasmo patriótico y á desplegar una enérgica defensa contra las fuerzas absolutistas, que ya contaban con numerosas huestes y hasta con un Gobierno-Regencia en la plaza fuerte de La Seo de Urgel. Y hay que convenir también en que hasta cierto punto lo consiguieron, derrotando, por medio de sus generales Mina, Torrijos y Zarco del Valle, aquellas fuerzas orgullosas, tomándoles los fuertes que ocupaban y haciendo inminente su ruina total, si no hubieran hallado más adelante el poderoso auxilio de un ejército extranjero de cien mil hombres.

Las Cortes, en fin, asociándose al pensamiento dominante en el Gobierno, decretaron un armamento general, que tal puede llamarse la obligación impuesta á todo español que hubiese cumplido diez y ocho años , de ser afiliado forzosamente en la Milicia Nacional. Y como esta cláusula de miliciano forzoso no sonaba bien á todos los comprendidos en ella, originóse una recrudescencia en el alistamiento voluntario durante los últimos meses de aquel año : y hé aquí la razón por la que, contra mi escasa aptitud bélica, mi mediano entusiasmo hacia ¡a carga en once voces, el tacto de codos y el i^aso regidar ó redoblado , y venciendo asimismo la oposición de mi amantísima madre, se diera el caso de que entre otros muchos, célebres después ( Olózaga uno de ellos), en el Diario de Madrid del mes de Diciembre, en las listas de alistados voluntarios, se leyese este oscuro nombre: — Ramón de Mesonero Romanos.

CAPITULO XVL

1823.

POSTRIMEKÍAS DE LA CONSTITUCIÓN.

(íAl viento tremola El patrio ¡yemlon Que fija el destino De la gran nacion.y>

« A su sombra el fuego De Bravo y Padilla Se siente en Castilla De nuevo vivir ;

Y el eco repite Que maldito sea Quien hollarle vea Sin antes morir. Al viento tremola, etc. »

«Si antes al esclavo Se daba por pena La infame cadena O el noble fusil ,

Hoy honran las armas Al buen ciudadano, Porque un miliciano No puede ser-vil. A I viento tremola , etc. »

A los sonoros acordes de este himno marcial, compuesto para tal ocasión por el músico mayor de la Milicia, don

266 - MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

José Gomis Colomer, con letra de D. Bernardo Borjas y Tarrius, hallábanse formados los batallones de dicha Milicia en el paseo de Atocha la mañana del 1.° de Enero de 1823, para asistir á la ceremonia de la jura de banderas, que era de costumbre en semejante fecha, aniversario del alzamiento constitucional. Celebrábase ademas en aquel dia la victoria del 7 de Julio anterior, para lo cual se presentaban en el seno de las Cortes las autoridades de Madrid y los jefes de la misma Milicia y de la guarnición á recibir la felicitación del Congreso por triunfo tan señalado ; y los batallones de la Milicia ciudadana, luego de terminada la bendición de banderas, desfilaron, recorriendo el largo trayecto hasta pasar por delante del palacio de Doña María de Aragón, donde el Congreso, que celebraba su sesión, se presentó en masa á recibirlos, sin que en tan señalada solemnidad se interrumpiese un momento el júbilo y la alegría.

Trocáronse, empero, estos halagüeños sentimientos en otros muy distintos, cuando al dia siguiente circuló la noticia de haberse presentado al Gobierno, por los embajadores de Austria, Prusia, Rusia y Francia, las notas colectivas en que en términos harto severos indicaban , ó imponían más bien, la modificación del sistema constitucional, amenazando resueltamente con la intervención armada de las potencias en el caso de no ser escuchadas sus reclamaciones. El Gobierno español, á cuyo frente se hallaba el pundonoroso y valiente general D. Evaristo San Miguel , no titubeó un momento en responder á tan inaudita exigencia en los términos más dignos y levantados; y en las sesiones del Congreso de los días 9 y 1 1 del mismo Enero puso en conocimiento de las Cortes las arrogantes notas y la no menos arrogante contestación.

El efecto producido por ambos documentos en la Representación nacional fué, como no podía menos de serlo,

POSTEIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 267

iipasionado y ardiciito : produjéronse los argumentos más naturales contra aquella inaudita ingerencia de los gobiernos extranjeros en nuestros propios negocios : extremáronse los cargos de ingratitud contra las naciones que así pagaban el esfuerzo j heroísmo de España, que tanto Labia contribuido á librarlas del yugo del dominador del continente europeo, y salieron á relucir las victorias de Bailen y de Zaragoza, el beroismo del 2 de Mayo y demas páginas gloriosas de nuestra liistoria moderna, todo en términos tan elevados y patrióticos , que produjeron entre los diputados y los concurrentes á las tribunas un movimiento mágico de entusiasmo y patriotismo.

Paréceme aún estar oyendo la ardiente y poderosa voz del joven diputado D. Ángel de Saavedra — después por tantos conceptos ilustre Duque de Rivas — demostrando hasta la evidencia el derecho que asistía á la nación para gol)ernarse á sí propia y rechazar la ingerencia del extranjero, terminando su oración con estas ó semejantes palabras : « Sepan las naciones que aun es ésta aquella )) misma España que resistió durante siete siglos la domi- )) nación de los agarenos, y en nuestros mismos dias ha » luchado siete años con las huestes del dominador de )) Europa : la misma España que aun encierra la virtud y »el valor en el pecho de sus hijos y el hierro en el seno » de sus montañas. ))

En tan enérgico sentido, y con voz no menos elocuente, hablaron también Arguelles y Alcalá Galiano, produciéndose un verdadero delirio de efusión y de entusiasmo en todos los diputados, que se abrazaban cordialmente aun los de más encontradas opiniones, y en el piil>lico, ([ue aplaudía con frenesí y acudía luego á las puertas del Congreso para alzar sobre sus hombros á tan ilustres oradores, paseándolos triunfalmente en desusada ovación.

Pero esta efervescencia del patriótico entusiasmo tenía

268 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

que amortiguarse necesariamente ante la formidable perspectiva de una invasión segura é inmediata , cuando al sio-uiente dia los embajadores de las potencias pidieron sus jjasaportes, que les fueron inmediatamente despachados; item más, al Nuncio de S. S., en recípi'oca correspondencia de no haber sido recibido por la Sede Pontificia el enviado español D. Joaquin Lorenzo Villanueva, con lo cual se estableció el precedente, que después se ha reproducido en otras ocasiones, y que el Sr. Moyano acaba de calificar gráficamente en el Congreso, haciendo observar la sinonimia entre el himno de Riego j la marcha del Nimcio.

No quedaron circunscritos estos funestos preliminares al rompimiento con todas ó casi todas las potencias de Europa, sino que se presentaron también síntomas más tangibles de la próxima catástrofe. El 23 del mismo Enero, una de las más fuertes partidas de facciosos que inundaban el país, al mando de D. Jorge Bessieres, osado cabecilla antes de los más exaltados revolucionarios, y ahora caudillo del absolutismo, tuvo la audacia de acercarse á Madrid, invadiendo la provincia de Guadalajara ; el Gobierno, sorprendido por aquella osadía , hizo salir al Capitán General con una columna de tropa y una parte de Milicia Nacional, mas con tan desgraciado éxito, que se vio derrotada cerca de Brihuega por el caudillo Bessieres, si bien éste lo fué inmediatamente , al siguiente dia, por otra coliunna al mando del Conde de La Bisbal. Pero esta osada intentona y desdichada jornada, de que fueron víctimas algunos de los milicianos madrileños, infundió una gran alarma y disgusto en la población y en la Milicia Nacional , acudiendo ésta á las armas y estableciendo en varios puntos sus batallones en retenes permanentes, que se prolongaron durante una semana. — Al mió, recientemente formado y que recibió en esta ocasión su mezquino

POSTRIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 269

armamento, tocóle vivaquear las primeras noches en los claustros del convento de San Felipe el Real, teniendo yo la suerte de recibir grata hospitalidad en la celda del Reverendísimo P. Fray Miguel Huerta, vicario general de San Agustín, paisano y amigo de mi difunto padre. Otras noches estuvimos en el cuartel de Santa Isabel custodiando los prisioneros hechos por La Bisbal; otras, en el portalón y cuerpo de guardia de la casa de los Consejos, y otra, en el polvorín, fuera de la Puerta de los Pozos; con lo cual, y dada la estación rigorosa en los últimos dias de Enero, tuve ocasión de saborear los placeres y percances de la vida militar, á la que voluntaria ó forzosamente me habia lanzado.

Los sucesos entre tanto seguían precipitando su curso fatal, y aunque sin previa declaración de guerra, presentábase ya como cosa inminente el paso de los Pirineos por el ejército francés. Ante tal perspectiva , el Gobierno, presidido por el general San Miguel, se preparó para la defensa, que contaba fuera una reproducción de la famosa de la Independencia en 1808, sin tener en cuenta la variación de las circunstancias, y que ahora no era ya, como entonces, unánime la voluntad del pueblo español. Dispuso la formación de cuatro grandes ejércitos, al mando de los generales Mina en Cataluña, Morillo en Galicia, Ballesteros en Aragón, y La Bisbal en el Centro, que, con excepción del primero, hablan de corresponder tan mal á la confianza del Gobierno y á lo que prometían sus gloriosos antecedentes. El justificar éstos hubiera sido más digno que no el calificar de imprudente resistencia y de baladronada la arrogante contestación á las notas dada por el general San Miguel (1).

(1) «Si todos hubieran hediólo que yo (decia aquel prosci'íto en la emigración), esa respuesta, que la historia condenará tal vez

270 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Considerándose inconveniente la permanencia en Madrid del Rey v de las Cortes, éstas, en sesión del 3 de Marzo , discutieron y aprobaron la traslación á Sevilla, j aunque Fernando, como era de suponer, se negó por de pronto á salir de Madrid, achacando su falta de salud según los facultativos de cámara, no faltaron otros, enviados por las Cortes j el Gobierno , que opinaron todo lo contrario, sosteniendo que estaba muy indicada la necesidad de la mudanza de aires, y esta declaración higiénica, apoyada oportunamente con algún otro remedio casero, como amagos de asonada ó cosa tal, decidió á S. M. á consentir en el viaje, saliendo de Madrid el dia 20 de Marzo en dirección á Sevilla, seguido del Gobierno, las Cortes y uno ó dos batallones de Milicia Nacional.

Los franceses pasaron el puente del Bidasoa el dia 7 de Abril, y haciéndose cada vez más apremiante la evacuación de Madrid \)0y lo que aun quedaba en él del Gobierno y oficinas generales, acordóse formar un inmenso convoy, conduciendo el personal y el material de las inspecciones y otras oficinas, que no bajaría de trescientos vehículos, entre coches, galeras, carros, etc., bajo el mando del Ministro de la Guerra, D. Estanislao Sánchez Salvador, y la custodia de la parte de Milicia Nacional que aun quedaba en Madrid.

Al efecto, y reunida ésta en el paseo de Recoletos en la tarde del 22 de Abril por el Capitán General La Bisbal , se le hizo la proposición , alternativa , de ó disolver-

corno insensata , sería, por su feliz éxito, calificada de digna de Roma ó de Esparta. » Y con efecto, tal pedia decir el ilustre General, que abandonando el Ministerio que ocupaba, corrió al ejército de Cataluña á incorporarse á Mina , y combatiendo allí temerariamente contra los franceses , cayó acribillado de heridas en el cañipo de batalla, siendo recogido prisionero por el mariscal Moncey, que le prodigó las mayores atenciones, dignas de su heroismo.

POSTRIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 271

se entregando las armas, ó pasar á Sevilla custodiando el convoy. La contestación no era dudosa , atendido el entusiasmo de aquella patriótica juventud, compuesta en su mayor parte de lo más brillante y vital de la población, y que acaso parecerá increíble á la más escéptica y positiva de estos tiempos. — Dividiéronse, pues, en dos secciones , una que había de marchar directamente custodiando al convoy y bajo los órdenes de su comandante D. José Luis de Amandi , y otra que iria por Extremadura, llevando las banderas , presos y caudales , y lo que es más gráfico ó significativo de aquel momento , las urnas que encerraban los restos de Daoiz , Velarde y las demás víctimas del 2 de Mayo, que custodiaba el Ayuntamiento Constitucional, para sustraerlas á la profanación posible del ejército francés. Esta columna iba á las órdenes del futuro víctima de la libertad D, Pablo Iglesias.

En la mañana del 24 de Abril , reunidas ambas columnas á las orillas del Manzanares para emprender la marcha , ofrecieron el tierno espectáculo de la despedida de aquellos beneméritos ciudadanos, que abandonaban el regalo de sus casas, la cariñosa ternura de sus madres, de sus esposas, de sus amadas, para consagrarse á la defensa de una idea generosa , que consideraban patriótica y nacional.— ¡Pobre madre mia! aun no he desechado el remordimiento por el pesar y la desolación en que la dejé agobiada al arrancarme de sus l)razos y sustraerme á sus tiernas caricias; y á par que las lágrimas á mis ojos, una dulce sonrisa asoma á mis labios al recuerdo de aquella escena, cuando , después de estrecharme contra su seno y de llenar de fiambres y golosinas mis bolsillos y mi mochila, me echó al cuello un escapulario de la Virgen de la Vega, de Calatayud, su patrona, y — ¿me atreveré á decirlo ? — puso en mis manos un billete de la diligencia que de allí á dos dias saldría de Madrid, por si, como

272 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

ella suponía, me quedaba cansado en Aranjuez li Ocaña, pudiese ocuparla, por supuesto con fusil y todo, para hacer con más comodidad la campaña que emprendía.

II.

Aparte de las extremadas precauciones de mi buena madre , yo habia tomado también las mias , á fin de bacerme menos fatigosa la jornada, consiguiendo formar parte del pelotón de boleteros ó itinerarios encargado de preparar los alojamientos del batallón , al cual precedíamos en su marcha, con mayor holgura y sin sujeción á las filas. Componían esta partida el capitán de ejército, agregado á la Milicia, D. Manuel Conesa, y los milicianos D. Fermín Sánchez Toscano, banquero acaudalado, D. José Robleda García de la Huerta, mi amigo y compañero desde la cuna, D. Pascual de Unceta y D. Marcelo Sánchez Sevillano , que más adelante figuraron como jefes de Administración; D. N. Aragón, y algún otro que no recuerdo, uniéndosenos en Valdemoro los itinerarios de la caballería de la Milicia , D. Rafael Amandi, don Fausto Galvez y D. Francisco España, personas todas de la mayor consideración y simpatía, y tanto, que, merced á ella y á la buena armonía que reinaba en la partida, se nos fueron agregando sucesivamente otras personas ajenas á la Milicia, de las que venían en el convoy, tales como los dos marinos D. Saturnino Montojo, sabio director que llegó á ser del Observatorio astronómico de San Fernando, é ilustre tronco de tantos distinguidos oficiales de la Armada del mismo apellido, y D, Francisco Lallave , capitán de fragata, y el que lo era de caballería , D. Antonio Van-Haleu, después teniente general, Conde de Peracamps.

POSTEIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 273

En tan armónica reunión liaciamos nuestras jornadas, generalmente de noche, para adelantarnos algunas horas al batallón y descansar mientras llegaba. Así lo hicimos desde los primeros dias en Aranjuez , Ocaña , Tembleque y Madridejos , sin otro inconveniente que la molestia causada por la marcha de noche — que no todas eran serenas — aunque nunca faltaba algún bagaje de carreta ó caballería, en cuyo disfrute sobamos alternar; pero al atravesar la Mancha se nos ofrecía otro grave accidente, y era la necesidad de sortear la presencia de las partidas facciosas que, al mando de El Locho, Orejita, Palillos, y otros héroes de esta calaña, infestaban la comarca, y que pudieron habernos copado muy á mansalva y con facilidad ; pero, á Dios gracias, no cayeron en la cuenta de nuestro paso nocturno, y en la mañana del 28 llegamos á Manzanares sin novedad. Aquí descansamos con el batallón todo el dia 29, y, gracias á la diligencia y desparpajo del banquero Sánchez Toscano, que se encargó aquel dia de la esportilla, pudimos disfrutar de un opíparo banquete Camachesco de quinqp ó diez y seis cubiei'tos — de palo por supuesto — á que asistieron todos los sujetos arriba mencionados, item más el benemérito alcalde ó régulo de Madrid D. Pedro Sainz de Baranda, y el Marqués de Alcañíces, comandante del escuadrón de Milicia Nacional.

Durante esta permanencia en Manzanares tuve ocasión de ejercer una obra de misericordia , pues sabedor de que se hallaba preso en la cárcel el cabecilla D. Francisco Lasso, capitán retirado y persona de grande influencia en la Mancha, al cual conocía yo mucho, como inquilino de mi casa en Madrid, me presenté al encargado de la guardia con objeto de visitarle, lo que me fué permitido, gracias á mi uniforme, y hallé al desdichado Lasso tendido en un jergón y con grillos en los pies. Recibióme con las mayores muestras de ternura y agradecimiento, y

274 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

sintiendo sólo que su miserable situación no le permitiese corresponder á aquel acto de humanidad de su caserito, de quien se despedía con el presentimiento de su próxima sentencia, de lo cual procuré disuadirle en los términos que se me alcanzaron. A su tiempo se verá cómo esta obra de caridad no me fué del todo inútil.

Al dia siguiente fuimos á Valdepeñas, en donde el opulento regidor y cosechero Prieto nos hizo saborear los frutos más prehistóricos de sus viñas, que él hacía ascender hasta al mismo Noé ; con lo cual comprometió algún tanto la seguridad de nuestros pies y de nuestras cabezas para la próxima jornada nocturna , si no hubiera tenido la bondad de proporcionarnos uno de sus carros de labor á guisa de bagaje. Pasados Santa Cruz y El Viso, nos internamos en la Sierra-Morena, desde cuyas alturas disfrutamos el imponente espectáculo del paso del convoy por aquella tortuosa y pintoresca vía; y hecha jornada en La Carolina, linda capital de las nuevas poblaciones , el dia 2 de Mayo , llegamos en la mañana del 3 á Bailen. Allí hizo alto el batallón durante todo el dia 4 , que era domingo : por la tarde hubo revista y retreta con música, y por la circunstancia de hallarse en el pueblo el ilustre general Castaños ( que venía en el convoy), se le dio una serenata, á que correspondió, recibiendo con la mayor cordialidad á la Comisión que subió á felicitarle , y animando á la Milicia á proseguir en su patriótica actitud (1).

(1) El experto y sesudo general escogió este punto, término medio del camino entre Madrid y Sevilla , y teatro de su gloria, para fijarse, ínterin que veia el giro que tomaban los sucesos, y obrar en consecuencia ; y como la entrada inmediata del Duque de Angulema con el ejército francés en Madrid , sin resistencia alguna, diérale á conocer lo desesperado de la causa constitucional , deseoso sin duda de serla útil en algún modo, regresó á la ca-

POSTRIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 275

A las primeras horas del dia 5 dimos con nuestros asendereados cuerpos en Andújar, donde me tocó en alojamiento una miserable casucha de la Corredera de San Pedro ó de San Pablo , en la que su joven dueña, con la escoba en la mano y i'odeada de chicuelos , « que no la dejan á una parecer según es », según se apresuró á decir con la gracia andaluza que escuchaba yo por primera vez, y á fuerza de mis instancias , me deparó un nada mullido lecho en uno de los poyos laterales de la cocina, donde, teniendo por almohada la mochila, me entre o-ué á las delicias de un sueño reparador. Estando en él, y pasadas tres ó cuatro horas de verdadero letargo , ábrese de pronto la puerta, inundando la estancia el brillante sol de Andalucía, y oigo la voz de la 'patrona que decia : — « Melitar, melitar» (á que yo no daba contestación, bien ajeno de que tenía semejante investidura), hasta que un suave empujón, que me hizo poco menos que caer al suelo, me dio á conocer que á mí se dirigía el llamamiento , tanto más , cuanto que la patrona continuó diciéndome : « Ahí fuera hay un lacayo de la Duquesa ó Marquesa de (no recuerdo el título) , que trae un recado para V. — ¿Para mí? contesté yo entre risueño y confuso. — Sí, señor. — «¡A mí leoncitos y á tales horas! ¿Qué tengo yo que ver con las duquesas ni con las alcarrazas de Andújar?» — Pero en esto el lacayo entró en la cocina, y saludando respetuosamente, me dijo

que la Sra. Duquesa de y el Marqués de Alcañíces,

su pariente, nos esperaban á comer á todos los que componíamos la partida de itinerario ; visto lo cual no pude negarme á la evidencia, con la consideración de que el

pital , donde fué recibido con gran entusiasmo por el Príncipe francés , á quien sin duda empeñaría en favor de la causa que podía considerarse ya vencida.

276 MEMORIAS DE UN SETENTÓN".

Marqués quería corresponder de este modo al banquete manchego de Manzanares. Prepáreme, pues, todo lo más decentemente posible , y marché á reunirme con los compañeros, pasando todos á la casa-palacio, donde fuimos cordialmente recibidos y obsequiados con esplendidez y buen tono.

En Córdoba, en donde nos detuvimos todo el dia 8, jueves de la Ascensión, pudimos admirar todos los primores arquitectónicos que aun conserva la antigua corte de los Califas. Las demás paradas ó estaciones, en la Carlota, Ecija, Luisiana y Carmona, no ofrecieron cosa que de contar sea, hasta que en la mañana del 14 llegamos á dar frente á la gran Sevilla, é incorporándonos allí con el batallón y el que anteriormente habia ido acompañando al Rey, y salió á recibirnos con otros de Sevilla, inclusa una compañía de niños, y previo un abundante refresco en la Cruz del Campo, entramos, interpolados y cambiadas las banderas, al son de los himnos marciales que eran de cajón :

« Corramos á las armas , Milicianos valientes, Por conservar vigentes La ley y libertad.»

A que contestaban los de Sevilla :

«Somos liberales, Somos ciudadanos. Somos milicianos De la nacional. Nuestro juramento, Nuestra voluntad Es el morir todos Por la libertad» (1).

(1) A propósito de la intemperancia filarmónica que distinguió á este período constitucional, no puedo menos de estampar 'una

POSTKIMERÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 277

Pocos dias después de nuestra llegada á Sevilla, y cuando aun duraban las ilusiones más halagüeñas del próximo arreglo de la cuestión política y del inmediato regreso nuestro á Madrid, hice yo, en unión de mi inseparable compañero el capitán López Conesa, una excursión á Cádiz con el objeto de conocer aquella hermosa ciudad y hacer uso para mis atenciones de la carta de crédito que recibí de mi madre sobre la casa del banquero D. Ignacio Casal, corresponsal que habia sido de mi difunto padre. Proponíame regresar á Sevilla en los primeros dias del mes de Junio, pero el horizonte iba anublándose con las noticias que recibíamos de Madrid y de Sevilla, y el avance del ejército francés, sin que nuestros ejércitos ni las poblaciones del tránsito les ofrecieran la más mínima resistencia. Súpose también que las bandas ó partidas de facciosos que precedían á los franceses intentaron penetrar en Madrid en la mañana del dia 20, apoyados ó convenidos con las turbas del pueblo bajo, que salieron á recibirlos; aunque unos y otros hubieron de sufrir una rudísima lección por las tropas del general Zayas, que sólo convino en entregar la Capital, el dia 24, al Duque de Angu-

anécdota que me contó un amigo de los que se quedaron en Madrid, y que aun vive por más señas. Decíame que después que las tropas extranjeras y las realistas ocuparon la capital, y cuando el pueblo bajo de Madrid, olvidando sus gloriosos antecedentes y el heroísmo del 2 de Mayo , fraternizaba con los franceses, obsequiándolos, entre otros agasajos, con la inmunda y obscena canción de La Pitifa, un ciego furibundo, de los que entonces se usaban, hallábase berreando esta canción en la esquina de la calle entonces llamada ¡Ancha! de Peligros, y ahora estrechísima de Sevilla; y llegándose á él mi amigo , poniéndole algunos cuartos en las manos , le decía :— w«Pero ¿ por qué no cantáis alguna cosa más decente y más bonita que eso ? » — « ¡ Qué tenemos de cantar, señor, le

respondió el ciego, sí esos de liberales se han llevado toda la

■/HÚsica ! ! »

278 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

lema, que mandaba el ejército francés. Supimos tamhien por la multitud de cartas y fugitivos que iban llegando á Sevilla y Cádiz , la instalación del nuevo Gobierno-Regencia, sus atroces medidas reaccionarias y los excesos á que se entregaba la plebe contra las personas, casas ó intereses de los reputados por liberales, de los milicianos y sus familias : todo lo cual produjo el sentimiento de indignación y de despecho que es de presumir. Esta angustiosa situación subió de todo punto al saber que los franceses, prosiguiendo su marcha, ó más bien paseo militar, penetraban en Sierra-Morena, pasaban sin obstáculo el formidable punto de Despeñaperros, y se extendían por las llanuras andaluzas hasta penetrar en Córdoba. Aquí la turbación y el desconcierto del Gobierno y de las Cortes llegó á su colmo, viéndose clara la necesidad, la urgencia, de trasladarse con el Il3y á la plaza de Cádiz, en donde todavía habia quien se })rometiese salvar la causa constitucional.

En este conflicto, é insistiendo yo, sin embargo, en regresar á Sevilla, me disuadía de ello mi compañero, en estos términos : « Quedémonos en Cádiz, me decia, antes 3)que asistir á la catástrofe que amenaza resolverse en Servilla.— Soy sevillano (1) y conozco muy bien á mis pairsanos de Triana y Macarena; no dude usted que así que ))vean cerca á los franceses salen á recibirlos con palmas, 3)y el Rey á su cabeza, y que se opondrán á que le traigan »á Cádiz , á donde de todos modos vendremos á parar.» Esto mismo me aconsejaba mi madre en su última angustiosa carta, y en consecuencia, nos decidimos á permanecer en Cádiz, adonde no tardó en llegar la noticia de la

(1) Su hermana era la señora viuda de Moreno, madre del que después fué tan conocido como hombre político, diputado y Ministro de la Corona, D. Manuel Moreno López.

POSTRIMEKÍAS DE LA CONSTITUCIÓN. 279

solemne sesión de las Cortes el dia 11, en la que, previa la negativa del Rey á trasladarse á esta plaza, tomaron aquéllas la atrevida resolución de declararle incapacitado, nombrando una Regencia, compuesta de los generales Valdés, Vigodet y Ciscar, para que ejerciese el supremo poder durante la traslación del Rey, de las Cortes y del Gobierno á la isla gaditana. Esta tuvo efecto, saliendo el Rey por tierra, en la tarde del 12, y al mismo tiempo las Cortes por el rio en el vapor acaso único que entonces habia en España, denominado, si mal no recuerdo. El Trajano; pero el populacho de Sevilla, sublevado en la mañana del funesto dia 13, acometió y saqueó la multitud de barcos en que iban infinitos emigrantes con el material de las oficinas y los equipajes, causando destrozos y pérdidas irreparables.— Y aquí doy un descanso á la pluma para narrar el último funesto cuadro de aquel drama, que terminó en la plaza de Cádiz.