Memorias de un setenton · Capítulo real 5 de 9
CAPITULO XVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 25 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVII.
1823.
EL SITIO DE CÁDIZ.
La entrada en Cádiz de Fernando VII, en la tardé del día 15 de Junio, ofreció un espectáculo verdaderamente deplorable , j muy semejante, sin duda, al que pudo presentar la del infortunado Luis XYI en París al regreso de Varennes.
Sabido es que las Cortes de Sevilla , al acordar la formación de una Regencia por la supuesta incapacidad del Rey, dispusieron qvie, una vez verificada la traslación del Monarca á la isla gaditana, habia de cesar aquel entredicho y recuperar el ejercicio de su autoridad. — Con efecto, verificóse así, y al pasar el puente de Suazo, que une dicha isla al continente, los tres generales que componian la regencia expresaron á S. M. que resignaban en sus manos la autoridad temporal de que se hallaban revestidos ; no sin temer que el Rey, profundamente herido en su amor propio y su dignidad, quisiera negarse á aceptarla , constituyéndose así á los ojos de Europa en una situación de verdadero cautiverio : pero Fernando desaprovechó esta ocasión, ó por falta de valor ó por in-
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teres inmediato en conservar el poder , y se contentó con decirles entre risueño y airado : — « ¡ Hola ! ¿ con que ya no estoy loco ? Bien está » , — y siguió su camino hasta entrar en Cádiz por Puerta de Tierra.
Durante el trayecto entre ésta y el grandioso edificio de la Aduana, donde le estaba preparado su alojamiento, la población gaditana mostró un sentimiento puramente de curiosidad , y basta alguna descortesía , permaneciendo todos en silencio y sin descubrirse; las tropas que estaban formadas en la carrera tampoco hicieron los honores correspondientes, descansando sobre las armas; y hasta en la plaza de San Juan de Dios y calle Nueva se escucharon algunos silbidos , lanzados por la chusma marinera.
Al siguiente dia, las Cortes reanudaron* sus sesiones en aquel mismo Oratorio de San Felipe, que once años antes habia servido de cuna á la Constitución, y que ahora parecía destinado fatalmente á convertirse en su mausoleo. Los ministros Calatrava , Pando, Manzanares, Yandiola y Sánchez Salvador presentáronse á despachar de nuevo con el Rey; pero, qué tal sería la actitud de éste y el aspecto desesperado que ofrecían los negocios públicos, cuando el Ministro de la Guerra, pundonoroso general Sánchez Salvador , se suicidó aquella misma noche, ocasionando esta catástrofe la profunda impresión que es de presumir. — Sin embargo, y á pesar también de las continuas y funestas noticias que diariamente se sucedían acerca de la aproximación de los franceses á Sevilla, y de la retirada del general López Baños con su escasa fuerza, harto débil para disputarles la entrada , que al fin se verificó, el Gobierno de Cádiz adoptaba apresuradamente las medidas propias para la defensa, por lo menos, de la isla gaditana. Reforzaba sus baluartes y murallas; colocaba en las Hneas á las pocas tropas de que podía disponer, juntamente con la Milicia Nacional de Madrid y
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Sevilla, j acariciaba sus esperanzas de obtener auxilio exterior, ya del ejercito de Ballesteros, á quien aun suponía en buen sentido , ya de las expediciones emprendidas por Riego y Yillacampa, y ya, en fin, por la cooperación que se hacía la ilusión de esperar de parte de la Gran Bretaña. El Embajador de S. M. B., sin embargo, único que habia seguido á Sevilla al Gobierno Constitucional, tuvo la precaución de quedarse en ella, con lo cual daba bien claro á entender hasta dónde llegaban sus simpatías.
Toda^-ía los noticieros ú ojalateros de la calle Ancha y del café de Apolo se entretenían agradablemente con ensueños de ejércitos andaluces y de escuadras británicas, y el Diario de la Corte, único periódico en que se habían refundido todos los políticos de Madrid, daba pábulo á aquellas quimeras , sosteniendo de este modo lo que se llamaba entonces, como ahora, la pública opinión.
Entre tanto , el ejército francés y las tropas realistas españolas ocupaban los pueblos de la costa frontera, á las órdenes del mariscal Bourmont , mientras que á la entrada de la bahía se desplegaba una formidable escuadra francesa bajo el mando del almirante Bordesoul , estableciendo un riguroso bloqueo. — En estos términos se pasó todo el mes de Julio, sin más incidentes notables que la heroica salida del día 16 , que, aunque desgraciada en sus consecuencias, sirvió para acreditar la arrogancia y bizarría de la Milicia del 7 de Julio, y la abnegación y sufrimiento con que soportaban sus individuos aquella fatiga, tan ajena á sus hábitos y condición, y que me complazco en recordar aquí, como testigo de aquellos sucesos , de que apenas queda alguno que otro entre los vivientes (1).
(1) Yo sólo conozco al Sr. D. Ildefonso Ponte , que fué uno de los heroicos defensores del Trocadero. (Acaba de morir.)
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También recuerdo, entre otros episodios, uno muy característico, y es el siguiente. Habiendo llegado á Cádiz con parte de la Milicia madrileña las urnas que contenian los restos de Daoiz y Velarde y demás víctimas del Dos de Mayo, que, según dije ya, custodiaba el Ayuntamiento, se dispuso celebrar unas solemnes honras en la Catedral, y en aquel dia aparecieron las banderas á media asta, saludando la plaza con los disparos correspondientes ; lo cual observado por los franceses , enviaron á saber qué ocurria, y si por acaso Labia muerto el Rey; á lo que les fué contestado que aquellas demostraciones fúnebres se hacian en memoria de las víctimas de la libertad y de la independencia española , inmoladas por los franceses en 1808.
Cuando algunas de las compañías ó batallones de la Milicia eran relevados del penoso servicio de la línea exterior, viniendo á darlo en Cádiz y en la guardia del palacio Real, eran muy agasajados por Fernando, que siempre les manifestó cierta predilección. Así lo demostró en las dos únicas salidas que hizo de su palacio ; la una el dia 2 de Agosto, para ir á San Francisco, con ocasión del jubileo de la Porciúncula , y la otra el dia 5 del mismo mes, en que se empeñó (contra su costumbre) en asistir á la sesión de clausura de las Cortes, como si quisiera congratularse en ella dirigiéndolas el último responso. — En ambas ocasiones mandó le acompañase la Milicia Nacional de caballería de Madrid, á cuyo comandante llevaba á la portezuela del coche, como al exento de su antigua Guardia.
Las Cortes cerraron, en íin, su legislatura ordinaria, no sin atreverse á formular una protesta contra toda variación ó modificación de la Constitución vigente. Pero ¡ inútiles ilusiones ! La ruina del sistema constitucional era ya inevitable , y el Gobierno , aun vigente en Cádiz,
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se hallaba en un absoluto aislamiento, formando un terrible contraste con la distinta situación en que se viera en 1810 al 12. Protegido entonces por las simpatías de la nación entera y de sus ejércitos j el auxilio de sus aliados , lo estaba inmediatamente por la escuadra británica, aprestada en su defensa, en tanto que la francesa se hallaba aprisionada en las aguas de Cádiz. Hoy sucedía todo lo contrario : la nación, en su mayoría, se le mostraba hostil ; los ejércitos se negaban á la resistencia, y sus generales capitulaban vergonzosamente con los enemigos. En cuanto al auxilio supuesto de la nación británica, sólo se manifestó en Cádiz con la presencia de un aventurero, Sir Roberto Wilson , especie de lord Byron, excéntrico y audaz, que vino con uno ó dos ayudantes, ofreciendo el auxilio de una legión inglesa (que nunca llegó), paseó por las murallas y fuertes su luenga figura y luenguísimo chafarote , y luego se fué hacia Galicia , á donde llegó á tiempo de ser testigo de la capitulación del general Morillo , con lo cual sin duda alguna hubo de curarse de su achaque quijotesco.
Los franceses entre tanto seguían estrechando el bloqueo, y aguardaban, para emprender la acometida, al Príncipe Generalísimo, cuya venida se anunciaba de un dia á otro, en los primeros del mes de Agosto. Y, sin embargo, la población gaditana aparecía tranquila y hasta contentíi y gozosa; el Rey, confiado y tranquilo también (aunque en diverso sentido), se entretenía en mirar con un anteojo á sus amigos los franceses , que tenía al frente en el Puerto de Santa María, y hasta en corresponderse con ellos por medio de señales, convenidas, sin duda, desde una torrecilla que hizo armar sobre la azotea del edificio de la Aduana, semejante á la que tienen otros muchos edificios de Cádiz. Todo esto lo observaba sin extrañeza, y hasta con indiferencia, la
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risueña población de Cádiz, que habia establecido su paseo en la parte de la muralla que daba frente al palacio, entreteniéndose en escudriñar todas las acciones del Rey y de la familia Real al través de los balcones del palacio, todos abiertos á causa de la estación, y en co-: mentar aquellas acciones con picantes y graciosos remoquetes,
— c( Mii*a, mira, Aurora, Parma, Adela, Frasquita, mira qué pandorgas (cometas) le está echando desde la azotea Narisotas á su querido Angulema. » — « Mira á D. Carlos con su familia resando el rosario, y á don Francisco con la suya asomándose ar barcón, y cómo te mira y te echa el anteojo. — No , sino á tí. — A tí, y por sierto que párese que no le ha sabido ])ien un pellisco que le ha dado su augusta mitad )) — con otros diálogos y chascarrillos propios de aquel juvenil enjambre de curiosas impertinentes ; mientras que los hombres, })oIíticos ó no, se encogían de hombros y se limitaban á decir, con la indiferencia musulmana : — C( ¿Qué va á pasar aquí ? ))
El periódico Diario de la Corte, único que, según queda dicho , se publicaba á la sazón , se entretenía en pronósticos halagüeños ó en fogosas invectivas contra los franceses, contra los rusos, contra los austríacos, contra los prusianos, contra todo el mundo, en fin, y en particular contra los ministros Meternich, Neselrrode, Caning y Chateaubriand, que nos habia hecho el regalo de los cien mil hijos de San Luis.
Al mismo tiempo estampábanse en él diariamente muy escogidos artículos de política por sus redactores D. Gabriel José García y D. Manuel Nargánes, y otros muchos , y discretas poesías del ilustre diputado D. Joaquín Lorenzo Villanueva, y de D. Tiburcio Hernández (diputado también), célebre abogado de Madrid. De este últi-
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mo, íntimo amigo de mi familia, sólo recuerdo un gracioso soneto, publicado en el Diario, con motivo de la llegada á la bahía é incorporación á la escuadra francesa de dos buques enviados por el rey D. Miguel de Portugal; decia así :
« ¡ Temblad , oh gaditanos ! El destino Decretó vuestro fin , no hay que dudarlo ; Los hijos de San Luis, para lograrlo, Tienen en su favor — ¿ al Ser Divino ?
— Esto era poco, y fuera desatino En causa tan injusta el esperarlo. — ¿El oro seductor? — Desparramarlo Les hizo adelantar en su camino;
Pero no alcanza ya. — Pues ¿ qué diablura , Qué enredo , qué embolismo , qué tramoya Ofrece el cierto triunfo á los franceses ?
— ¡ Mirad temblando á la marcial bravura
Con que en su auxilio viene ¡ Aquí fué Troya!
— ¿Quién viene? — ¡ Dos faluchos portugueses !»
Y entre las muchas y discretísimas composiciones que brotaba diariamente la pluma del presbítero Villanueva, sólo recuerdo un irónico programa que trataba de la próxima rendición de Cádiz , en estos términos :
« A los brazos de sus tropas Llega el diez y seis el Nieto; ¡ Qué empavesadas las popas ! ¡ Qué andar rodando las copas Hasta que sude el coleto !
El diez y siete , revista De cristiano y ateísta; El diez y ocho, un bandolero , Sorbiéndose el Ti-ocadero, Abre el paso á la conquista.
Diez y nueve , por su ojal Enfila la Cortadura ,
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Y cual duende, monsieur Tal, Zampándose en él Puntal, Pone el sello á esta aventura.
Al salir la luna á gatas , En navios y fragatas Se aprestan para el combate El patrón y el galafate De estos infames piratas.
El veinte, en áurea falúa Honra de Cádiz el muelle El que echó en San Juan de Ulúa, Por si pega, la ganzúa Que un cetro pudo valelle.
Veintiuno y veintidós, Todos del Príncipe en pos , Que con su faz los engancha. El pelado en calle Ancha Bailan, y en San Juan de Dios.
¡ Vén tú , dia veintitrés ! Cuando entre inmenso gentío. En este emporio francés Descuelle como ciprés El sobrino de su tio.
(í ¡ Voici! (clamará el zorzal) Votre Roy filosofal » ;
Y al ceñir la sien de oliva, Quién en tiple dirá : « / Viva!y>
Y quién , por lo bajo : «/ Cal! »
No me acuerdo de los últimos versos, como ni tampoco de otra curiosa letrilla que el mismo Villauueva estampó en el Diario el dia 25, que empezaba :
«¿Cómo, señor, no venís? ¿No nos hicisteis saber Que de Cádiz al glasís Llegaríais á comer El dia de San Luis ?
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Preparado es el desert Desde ayer, Está en un tris
Que todo se eche á perder.
¿ Cómo, señor, no venís?»
Véase de qué modo aquellos alucinados patriotas mantenian sus ilusiones y se dormian en ellas hasta los últimos momentos de su angustiosa situación. Pero la terrible realidad vino muy pronto á despertarles. El Duque de Angulema llegó, en efecto, al frente del ejército francés, y dando sus disposiciones para acometer, realizó punto por punto, y con escasa diferencia de dias, el burlesco programa trazado por Villanueva. — En la noche del 30 al 31 de Agosto — dia de mi santo — atacaron, con formidable golpe de tropa , el caño del Trocadero , y á pesar de la heroica defensa hecha por la Milicia Nacional de Madrid, defensa que ellos mismos se complacieron en encomiar, celebrando este triunfo como uno de los más señalados de las armas francesas , quedaron dueños de esta importantísima posición , cuya toma fué seguida de la de otros fuertes, no tan vigorosamente defendidos por las tropas que los guarnecian, hasta que el 21 de Setiembre, á la caida de la tarde, se vio ondear la bandera blanca de Francia sobre el castillo de Santi Petri, que era la última salvaguardia de la Isla gaditana.
Con estas sucesivas amarguras, y con la presentación de las perentorias intimaciones consiguientes del sitiador, el Gobierno y las Cortes, que se hablan reunido de nuevo en sesión extraordinaria, cayeron en un profundo desaliento, y más todavía cuando, al amanecer el dia 23 de Setiembre, la escuadra francesa, aproximándose á la plaza, rompió contra ella y á boca de jarro, como suele decirse, un horroroso bombardeo, una verdadera lluvia de proyec-
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tiles, de que no se desperdiciaban más que los que estallaban en el aire, ó salvando la población, iban á caer al otro lado en el mar. La consternación del vecindario á tan insólita acometida fué general ; todos, y especialmente las mujeres, saltando apresuradamente de sus lechos, corrieron á guarecerse á los almacenes á prueba de bomba debajo de la muralla; las tropas y la Milicia, á colocarse en las baterías, á lo largo de ella; y rompiendo éstas y las de los fuertes y nuestras cañoneras un terrible fuego sobre las francesas, les causaron gran destrozo con su acertada puntería. — Era un espectáculo sublime á par que horroroso y que apenas las nubarradas de humo permitían abarcar. — El rey Fernando, haciendo por primera vez alarde de valor, ó confiado acaso en que el fuego de los sitiadores no se dirigiría al palacio de la Aduana, subió á la torre á observarlo con su catalejo, no sin alguna exposición, pues que una de las bombas, estallando en las cocheras Reales, destrozó varios carruajes. Los daños causados en el caserío de Cádiz fueron de la mayor consideración y alcanzaron á un centenar de edificios; pero afortunadamente en las personas no hubo una sola víctima, y cuando á las once de la mañana cesó de todo punto el fuego, la población entera se lanzó á la calle con la más espontánea alegría, y las donosas gaditanas, saliendo de su escondite de los almacenes de la muralla, se mostraron tan halagüeñas, tan graciosas y compuestas como si hubieran empleado aquellas horas angustiosas ocupadas en su tocador.
Pero esta última demostración, y las intimaciones que la siguieron, debieron convencer á las Cortes y al Gobierno que habia sonado la hora de su desaparición, y previas algunas contestaciones con el Príncipe francés, que se negaba á tratar con otra autoridad que no fuera la del Eey, hubieron al fin de resignarse á declarar á éste que
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se hallaba en libertad, presentándole por fórmula un Real decreto en que aseguraba ciertas garantías á los vencidos. — Fernando recibió en la noclie del 30 este Decreto-manifiesto de manos del ministro de la Gobernación D. Salvador Manzanares, y afectando cierto movimiento de generosidad, no sólo le aprobó, sino que añadió de su propio puño algunas cláusulas aun más favorables, y señaló su salida para las diez de la mañana del siguiente dia I," de Octubre. — Verificóse, en fin, ésta con la mayor solemnidad, embarcándose la Real familia á bordo de una vistosa falúa, cuyo timón gobernaba el Capitán general D. Cayetano Valdés, y en medio de las salvas de los fuertes y murallas de Cádiz y de la escuadra francesa , arribó al Puerto de Santa María, recibiéndole en la playa el Príncipe francés con su Estado Mayor y el Gobierno de Madrid (1).
De esta manera terminó aquel interesante drama del período constitucional, que acabo de narrar sencillamente como testigo presencial desde la primera escena del 7 de Marzo de 1820, en que Fernando, asomado á los balcones del Real palacio, ofrecía jurar la Constitución, hasta el 1.*^ de Octubre de 1823, en que le vi embarcarse para el Puerto de Santa María.
No hay que decir, portpie es bien sabido, que Fernando, al pisar tierra, anuló deslealmente su espontáneo Decreto de la noche anterior, y firmó el nefando Manifiesto que le presentó el ministro D. Víctor Saez, en que, siguiendo su costumbre, condenaba todo lo hecho en aquel
(1) El cuadro del pintor de cámara D. José Aparicio , que representa este solemne acto, y que existe en el Museo Nacional de Pinturas, aunque en sitio reservado, es muy notable, si no por su mérito artístico, por el parecido y verdad de los diversos grupos y personas que figuraron en aquella escena.
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período, y estiiblecia el absolutismo más desatentado y sañudo.
Las tropas francesas ocuparon los fuertes y pabellones de Cádiz, y en la tarde del siguiente día 2 formaron en parada á lo largo de la murall-a, llamando la atención la magnífica Guardia Real por su continente marcial y brillantes uniformes. En una de las compañías de granaderos se ostentaba en primera fila, y como cabecera de ella, con sus charreteras de estambre y su fusil al hombro, la imponente figura del Príncipe de Sahoya-Carignan — aquel mismo Carlos Alberto, rey de Cerdeña, que viniendo ahora, como aficionado, á combatir la libertad en España, intentó, muchos años después, darla á su patria; y que, derrotado en los campos de Novara, renunció á ella y abdicó la corona en su hijo Víctor Manuel, retirándose á Portugal, donde murió en las cercanías de Oporto.
Los oficiales franceses fraternizaban con los milicianos y les colmaban de elogios por su bizarro comportamiento. El mariscal Bourmont lo hacía igualmente con el general Valdés, y la población, en fin, repuesta de su sorpresa, tornaba á sus hábitos de expansión y de alegría. Pasaron algunos días sin que se observase en su aspecto material variación alguna, y hasta la misma lápida de la Constitución que se ostentaba en la plaza de San Antonio, y las infinitas que se veian en las fachadas de muchas de las casas, con los artículos más marcados de la misma esculpidos en letras de oro, todo permanecía en tal estado, sin <[ue nadie osase destruir aquellos emblemas de un pueblo eminentemente liberal; baste decir que para arrancar la de la Plaza, en las altas horas de la noche del G, y hallándose formadas en ella las tropas francesas, hubo necesidad de llamar albañiles del vecino Puerto de Santa María, por no haber en Cádiz ningún obrero que á ello se quisiera prestar.
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DE VUELTA A CASA.
Terminado que fué el sitio, j disuelto el Gobierno constitucional, cada cual pensó en el partido que tomar debia. Los diputados y personas más comprometidas huyeron por de pronto á Gribraltar , y los milicianos que, por la incomunicación con sus familias, carecían de recursos, hubieron de aceptar necesariamente la triste condición de regresar á Madrid en pelotones y con un modesto auxilio, lo cual les ofrecía la perspectiva de un peligroso calvario, que habían de recorrer hasta encontrarse en sus hogares.
Nosotros (mi inseparable López Conesayyo), contando con otros recursos propios, nos embarcamos en la tarde del día 7 en un gran lanchen atestado de emigrantes, alguno de ellos muy comprometido, é hicimos rumljo á Málaga, en cuya bahía dimos fondo á la mañana siguiente. Pero el Capitán General, Caro, á quien sin duda hubo de sorprender esta arribada de gente sospechosa, y careciendo de instrucciones sobre lo que debia hacer con ella, nos impuso una especie de cuarentena, sujetando al barco á completa incomunicación y prodigándonos sus visitas la falúa de Sanidad; hasta que, al cabo de seis mortales días, en la mañana del 14, nos permitió desembarcar á tiempo que el castillo de Gíbralfaro hacía salvas en celebridad de ser aquel día cumpleaños del Rey. — Interrogados en la Capitanía del puerto para declarar nuestros nombres, naturaleza, etc., yo tuve la indiscreción, para disimular algún tanto la procedencia, de decir que era natural de Salamanca, y en su consecuencia se me dio pasaporte para aquella ciu-
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dad , con la obligación de salir de Málaga dentro de las veinticuatro horas y de presentarme á las autoridades de los pueblos del tránsito , con otros ribetes muy propios para que cualquier alcalde de montera se creyese autorizado para hacer un atropello. En tan apurada situación, mi compañero, que obtuvo el pasaporte para Ubeda, en cuyo vecino pueblo de San Esteban del Puerto tenía un hermano cura párroco , me brindó á emprender la viajata eü su compañía, pues que al cabo todo era acercarme á mi casa. Acepté, pues, la propuesta, determinándome á marchar á Salamanca, ó más bien á Madrid, aunque fuera por los cerros de Ubeda , y en aquella misma tarde nos pusimos á merced de un arriero, ó sea contrabandista — que en aquella tierra viene á ser una cosa misma — y montados en sendas muías salimos en dirección de las sierras de Competa, é incorporados luego con otros del oficio, en pintoresco grupo y alegre compaña, descendimos de la sierra al siguiente dia hasta tocar en la risueña A^ega de Granada, á cuya hermosa ciudad, que divisamos en lontananza desde Santa Fe , dirigimos un suspiro , no menos sentido que el de Boabdil, porque las circunstancias no nos permitían penetrar en ella. Y como estas circunstancias también alcanzaban, aunque por diverso motivo, á nuestros dignos conductores matuteros, solíamos pernoctar en los ventorrillos y cortijos, y comer á la orilla de algún arroyuelo con la apacible beatitud de pastores virgilianos.
Llegados sin novedad á las puertas de Ubeda, después de cuatro ó cinco dias de caminata, y separándose allí mi compañero, que se dirigia á casa de su hermano el cura de San Esteban del Puerto, y también los arrieros, que terminaban allí su misión , quédeme solo en la morisca ciudad , sin saber absolutamente qué partido tomar que no fuera el de pernoctar en ella y presentarme á la autoridad
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con mi desJicliado pasaporte. Pero esta incertidumbre no duró mucho rato, porque la espontaneidad de una imaginación de veinte años me sugirió la idea de suponerme estudiante que iba á cursar á Alcalá : todo con el objeto, como es de presumir, de irme acercando á Madrid. — Con este pensamiento díme á recorrer posadas y paradores en busca de un arriero que me condujese, y no tardé en hallarle de tan franca voluntad , que se brindó á salir en el momento con sus pollinejos en la dirección que yo le indicaba. No dejó de chocarme esta facilidad y lo módico del estipendio que me exigia; pero bien luego hube de caer de mi burro — aunque apenas montado en él — cuan- <lo ya fuera de la ciudad observé, por la dirección en que caminábamos, que habia en ello algún contrasentido, y iisí era la verdad; porque el pobre hombre, que en su A'ida habia oido nombrará Alcalá de Henares, me llevaba pura y simplemente á la vecina Alcalá la Real. — En tal conflicto , y después de las mutuas explicaciones y ofrecimientos del caso, pude conseguir que se prestase á esta viajata, para él más grave que la de las islas del polo para los atrevidos exploradores ; pero con la condición de que habíamos de ir antes á su pueblo , que estaba cercano á Ubeda, y se llamaba Génave, á lo cual consentí de muy buen talante. Una vez en este pueblecito y en casa de mi conductor, nos detuvimos en ella un par de dias; y como quiera que mi juventud y mi alegría cautivasen los ánimos de aquellas buenas gentes, éntrela cual se contaba el Alcalde del pueblo, pariente de mi arriero conductor, asaltóme la idea, propia de un muchacho, de suponerme escapado de casa de mis padres en Málaga, y que, por consecuencia, no llevaba pasaporte; con lo cual, y mediante algunos tragos de Valdepeñas V dejarme ganar por el Alcalde tal cual partida de tru- <]ui-flor, pude obtener de éste un papelucho, á guisa de
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pasaporte, firmado por Rosendo Nules, Alcalde j^or el Rey absoluto, para poder yiajar con seguridad por toda España é Islas adyacentes.
Con esta salvaguardia, j con romper el ominoso de Málaga, me consideré armado con el escudo de Aquí les para continuar mi caminata por villas y señoríos. — Efectivamente , verifiquéla así en compañía de mi amable espolista asnal, y dirigiéndole yo, merced á la consulta de un mapa de España, que por acaso llevaba conmigo, tocamos, según recuerdo vagamente, en Villacarrillo, Infantes, Tomelloso, Campo Criptana, Quintanar de la Orden y Corral de Almaguer, no sin muchas peripecias y hasta peligros propios del estado de excitación política y febril que reinaba á la sazón en el [)aís, y pasando precisamente por los mismos sitios en que acababan de apresar al infortunado Riego, vilmente entregado por los franceses después de prisionero.
Baste decir que desde Corral me dirigí á Alcalá de Henares, adonde tuve la suerte de llegar sin contratiempo al mes justo de mi salida de Cádiz. Allí me espei-aba mi madre, á quien habia avisado oportunamente, é incorporado con ella pudimos dirigirnos á Madrid, adonde llegamos en la tarde del domingo 9, cual si volviéramos de una expedición á la Alameda de Osuna , ó de la función de novillos celebrada aquella tarde.
Una vez en mi casa, aunque con las debidas precauciones, tuve al siguiente dia la sorpresa de ver entrar en ella al cabecilla realista D. Francisco Lasso , el mismo á quien, según recordará el lector, visité en la cárcel de Manzanares á mi paso con la milicia, y el cual seguia habitando el cuarto tercero de mi casa; y tanto mayor fué mi sorpresa, cuanto que se presentaba vestido de uniforme, con su faja y bastón de general. Díjome que no sabiendo cómo demostrarme su agradecimiento por
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mi buena acción al visitarle en la prisión , y hallándose á la sazón de Comandante general de la Mancha, habia encargado á su segundo , Roque Palomo (que estaba en Manzanares) , que procurase por todos los medios posibles averiguar si yo pasaba por allí para prestarme toda clase de auxilios , y que él por su parte venía á hacerme en persona el mismo ofrecimiento. A lo cual conteste aceptando su proposición y diciéndole que aun podia prestarme algún servicio, cual era el de proporcionarme la carta de seguridad , rigurosamente exigida entonces ; y recibida que fué con gusto la propuesta, al siguiente dia puso en mis manos aquel documento salvador. — De esta manera, con ayuda de Dios y de mi buena estrella, pude sortear los sinsabores y peligros que asaltaron á los que viniendo directamente y agrupados, fueron víctimas de mil atropellos en todos los piieblos del tránsito, y recibidos brutalmente á las puertas de Madrid por los voluntarios realistas y la plebe de los barrios bajos.
LA ENTRADA DEL REY.
Disipados , en fin , los peligros y libre mi imaginación juvenil de temores y sobresaltos , no tardé en ponerme en comunicación con los amigos y amigas de mi propia edad , y aun en salir , especialmente de noche , á recorrer las calles, y ver las iluminaciones y festejos por la entrada del Rey. — Verificóse ésta el dia 13 de Noviembre, y por cierto que, dominado siempre por mi índole satírica y maleante , más bien que en la parte solemne de aquellas demostraciones, fijaba mi atención en tales ó cuales detalles ridículos que se presentaban á mi vista, y de que me voy á permitir consignar aqm' alguna muestra, siquiera
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no sea más que con objeto de desarrugar el entrecejo del lector, fatigado con esta larga y enojosa relación.
En el arco de la calle de Alcalá , por ejemplo , leí con sorpresa y asombro esta inscripción, en la que el poeta Arriaza pretendió decir lo que no dijo, ó no acertó á explicar lo que quiso decir :
«Ya llega el que , de reyes descendiendo,
De rodilla en rodilla
Nació á ser soberano de Castilla; -^
Volad, ingratos, rodead su trono;
Que es muy didce en su labio un / Yo os perduiio /»
(Y hacía seis dias que hablan hecho morir á Riego en afrentoso patíbulo, para lo cual dilató Fernando su entrada en Madrid.) — En cuanto á lo de « nacer de rodilla en rodilla'» , paréceme que, más bien que en el dominio de la poesía , cae en el de la Obstetricia, ó sea el arte de partear.— Pues aun era más chistoso el cartelon ó trasparente que se veia á dos pasos de allí, en la fachada de la casa núm. 46, que sirvió antes de hospedería á los Cartujos , y sobre cuya puerta hubo un nicho con la famosa estatua de Pe reirá, representando á San Bruno, fundador de; la Orden. Decia, pues, así esta donosa inscripción, que yo apunté cuidadosamente , con el piadoso objeto de que no fuera perdida para la posteridad :
«El prodigio de las artes,
El San Bruno de los Brunos,
El perseguido de tunos,
El que asombró en todas partes ;
El que... ¡Oh mi Dios!... ¡no me apartes
De tenerte devoción !
El que dos veces balcón
Vio este nicho convertido,
¡ Gracias á Dios que ha caido
La infame y negra facción !»
Malo.
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Este Malo (con M grande) era ni más ni menos qu» el apellido del autor, que no era otro que el presbítero don Ignacio García Malo.
Por fortuna, y foi-mando contraste con estas necedades, algo más abajo, en la casa donde está el Depósito Hidrográfico, l>rillaba un magnífico trasparente, en que el Cuerpo de la Armada, nada realista por cierto, Labia tenido el buen gusto de representar la persona de Hernán Cortés en actitud de mandar quemar las naves, leyéndose en su parte baja estos dos versos del bello poema de don Nicolás Moratin :
«Ya la grandeza adviertes de esta hazaña; Este es Hernán Cortés, ésta es España. »
Por no hacer pesadas estas citas, me dejaré caer enfrente de un templete ó arco que se alzaba en la plazuela de la Villa , cubriendo la fuente que allí babia , y en que se leia, ni más ni menos, lo siguiente :
(( Viendo esta iluminación Y adorno, que tanto brilla, Como con admiración Dijo un sabio : ¡ Esta función Hacepor su Rey la Villa! »
Ni paraban aquí las efusiones de aquellos bienaventurados, sino que el Diario de Madrid, órgano genuino é inmemorial de tales ingenios, rebosaba en anacreónticas, acrósticos, jaculatorias, ensueños, raptos y logogrifos, en que los Garnier, Diaz de Goveo, Abrial, Alenza (padre), JBahamonde — (el JRabadan de este rebaño habia muerto ya) — se despachaban á su gusto en toda clase de expansiones absolutistas y en tiernos deliquios de humildad y servidumbre. Y tanto , que excitada mi traviesa musa juvenil, é impresionada por los ronquidos de aquella falange de sirenas machos, quiso, como quien dice, echar su cuarto
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á espadas, y me sopló una sentida composición en su mismo macarrónico estilo , y que siento no poder trasladar aquí íntegra, siéndome por esta vez infiel la memoria, que sólo me permite retener algunos de sus versos, en que, dirigiéndome al Monarca, libre de su segunda cautividad, decia :
Ya px)r la grau de Atocha, entrarás, puerta, Que de verdes verás, ramas, cubierta; En la villa del Oso y del Madroño Triunfante penetrando á fin de otoño.
Verás á los realistas voluntarios Presurosos correr con modos varios Para solemnizar en su venida A Aquel que con su vista les da vida. Cual allá los de Ci')rdoba, valientes, Lanzándose á la lanza, diligentes Vuestro carro magnífico arrastraban, Y los que no podiai}, le empujaban (1).
Escritos que fueron estos versos, que , como se ve , estaban impregnados de actualidad y colorido, los deposité ^n el buzón que el Diario, único de Madrid, tenía á la puerta de su Administración , sita en la Puerta del Sol, frente á la fuente; pero ¡ qué lástima I el director ó fundador de tal Diario, el inglés D. Santiago Thewin , hubo, como quien dice, de oler el poste ó sospechar la jugarreta, y no les dio lugar en sus páginas, con notable detriniento de mi futura gloria y del gusto poético con que se inauguraba aquel desdichado período.
(1) Palabras textuales de la Gaceta de Madrid.
CAPITULO XVIIL
1824.
DOBLEMOS LA HOJA.
Confieso de buen grado que en los capítulos anteriores^ referentes al período constitucional de 1820 al 23, rae he extralimitado algún tanto , invadiendo, contra mi propósito, en esta sencilla narración, el dominio de la historia. Pero sírvame de disculpa que, tratando de un período poco conocido, por extremo dramático, y el único también en que durante mi larga vida, y en el albor, puede decirse, de ella, me tocó tomar alguna parte, siquiera no fuese más que en las comparsas de última fila, no supe resistir al deseo de consignar mis reminiscencias juveniles^ enlazándolas con el relato de aquellos sucesos, de que tan contados testigos quedan ya.
Pero, una vez reseñados aquéllos, y llegando fatalmente á otro período más terrible y lastimoso, cual fué el de la sangrienta y feroz reacción absolutista, que lanzó á la nación en todos los horrores de la saña política, de las venganzas personales, de la persecución contra el saber y el patriotismo, mi conciencia literaria y mi pluma nada agresiva se rehusan á seguir por este camino y á trazar un cuadro repugnante, ante el cual (según la frase, más expresiva que. culta, de mi amigo el ilustre Donoso Cortés) « aparto la vista con horror y el estómago con asco.)>
DOBLEMOS LA HOJA. 301
— Porque, á decir verdad, ¿qué desenfado, qué humorismo (y perdóneme nuestra Real Academia esta palabra) cabe ante situación tan violenta; ante la perspectiva del patíbulo casi permanente; ante la saña y la violencia de las malas pasiones suscitadas contra una sociedad entera; ante el embrutecimiento de las turbas; ante la proscripción de las ideas generosas y levantadas; ante las comisiones militares; ante los desafueros políticos de los Chaperones, Herreros-Prieto y Ilecacbos, que reprodujeron entre nosotros, aunque en sentido inverso, el Comité de Salud pública y el Tribunal revolucionario de 1793? — Francamente, yo no veo ninguno; y dado este conflicto, cúmpleme abrir un paréntesis de algunos años en esta parte de mi narración, tornándola á su cauce natural, ([ue, como ya queda repetido, es el más halagüeño campo de la vida social y la progresiva marcha de su cultura en todas sus manifestaciones, y nmy particularmente en el progreso literario y civilizador de la época, á cuyos dos objetos dediqué exclusivamente mi vida entera; sin perder de vista, empero, aunque en segundo término, el giro de los sucesos políticos, que tanta influencia ejercieron en el gran desarrollo de la vida moderna.
Hechas, pues, estas salvedades, y recordando mi edad y condiciones á la sazón (1824 á 27), paso á ofrecer á mis bondadosos lectores un sencillo cuadro de la vida íntima, animada, de aquella sociedad, que si tal vez adolecerá de frivolo é insustancial ante los ojos de algún adusto crítico de los que buscan la política ¡ hasta en mis impolíticos escritos ! acaso logre interesar á otra parte menos áspera de condición, que gustó de sonreír (Dios se lo premie) con los rasgos halagüeños de mi antigua pluma regocijada.
302 MEMOEIAS DE UN SETENTÓN.
USOS, TRAJES Y COSTUMBRES DE LA SOCIEDAD MADRILEÑA EN 1826,
Porque entonces caí en la cuenta de que era un ¡loUo y que me asomaba á una sociedad que por lo inocente, raquítica y enteca era ¡^ollo también ; y para mejor reseñarla bajo todas sus fases, empezaré por la tierna infancia, por los niños, que venian empujando á la antigua generación. — En esta nueva cosecha de fjente menuda germinaba el virus turbulento y levantisco, propio de este siglo agitador , y como por su tierna edad era acaso la única clase que se hallaba exenta de persecuciones y de temor, creíase dispensada de toda subordinación y disciplina, y autorizada por ende para todo género de travesuras.
Para dar una idea de ello, y del desenfado con que la turija muchachil hacía uso de sus derechos jimprescriptibles , bastaráme citar alguna que otra escaramuza de las que por entonces entretenían la risueña malignidad del público , formando alegre contraste con la monotonía y tristura de aquella época sombría.
La salida, por ejemplo, en las primeras horas déla noche, de los numerosos alumnos de la Academia de San Fernando era el motivo de alarma de todo aquel barrio, y las intencionadas jugarretas de los rapaces, á par que sembraban en unos el espanto, excitaban en otros una sonrisa burladora. — Una noche, por ejemplo, que el honrado figurero Cavalcini se retiraba á su chiscón, que lo tenía en una de las buhardillas del edificio de la Academia, llevando sobre su cabeza y sosteniendo con ambas manos el tablero de figurillas de yeso, que iba pregonando al grito de scmti honiti e harati, vióse de repente cercado del enjambre de muchachos que vomitaba el ancho portal; y empujado por ellos hacia el medio de la calle en formi-
usos, TRAJES Y COSTUMBRES. 303
ílable círculo infernal, dirigíanle mil apostrofes y zalamas, quiér cariñosos, quiér burlescos, con la pérfida intención de ver si se descomponía y hacía vacilar el tablero de las figurillas ; entre tanto que otros le iban soltando bonitamente los tirantes del pantalón , bajándosele luego hasta los pies á manera de grillos, con que el infeliz , que no podía defenderse de modo alguno , lanzaba agudas imprecaciones al corro endemoniado, que respondía á ellas abriéndose entre silbidos y risotadas, y dejándole á la intemperie, convertido en la figura más triste de su colección.
Deslizábanse otra noche en derredor de la fuente de ^rarihlanca, en la Puerta del Sol, y ensartando en una cuerda por el asa varios de los cántaros — que entonces oran de cobre los que usaban los aguadores — ataban después la cuerda á un calesin parado allí cerca , y aguijoneaban luego al caballejo , con que salía éste disparado, arrastrando en pos de sí una docena de cántaros por el agudísimo empedrado , con no poco ruido y detrimento, y angustia y sorpresa de los míseros astures.
Destacándose algunos, en corto nvimero, otras veces hacia la bóveda de San CtÍucs ( donde se celebraba todas las noches de los viernes el ejercicio de disciplina), requerían por separado y con disimulo el instrumento de penitencia, y una vez dueños de él, penetraban en la lóbrega capilla, empezando á disparar á diestro y siniestro sendos latigazos , con que ocasionaban tal cual interjección, nada propia de aquel sitio, ó alguna voz plañidera que decía : € acorte, hermano, i?or amor de Diosy>; pero ellos arreciaban en su tarea hasta que se producía un tunuilto, que obligaba al sacristán á presentarse con una luz; mas los pérfidos agresores se habían ya escurrido hacia la puerta, no sin tomar antes la precaución de vaciar en la pililla del agua bendita una botella de tinta
o04 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
Ó uu tarro de unto de botas; con que al salir los piadosos penitentes llevaban en sus manos y en sus caras el sello indeleble de la infernal travesura muchachil.
Más entonados y circunspectos los mancebos imberbes, eran enamorados y bailarines, esperaban á las modistas á la salida del taller para acompañarlas y comprarlas flores, y por la noche asistian á las academias de liaile de Belluci ó de Besuguillo, para ponerse al corriente de la nueva cortesía de la gavota ó del último solo del rigodón.— El sastre Ortet, el zapatero Galán, el peluquero Falconi y el sombrerero Leza cuidaban de apropiar á sus juveniles personas los preceptos inapelables de los figurines parisienses, los carriks de cinco cuellos, las levitas polonesas de cordonadura y pieles , los pantalones plegados, los fracs de faldón largo y mangas de jamón, los sombreros cónicos, las corbatas metálicas y cumplidas, y los cuellos de la camisa en punta agudísima, las botas á la bombé ó á la f aróle, y el cabello levantado y recortado á la inglesa. — ¡Dichosos tiempos, en que no se habían inventado aún las barbas prolongadas, ni el bigote retorcido , ó se habían dejado como patrimonio á los militares y capuchinos ! — El gahan nivelador y la negra corbata no habían aún confundido , como después lo hicieron, todas las clases, todas las edades, todas las condiciones ; el capote de mangas y el rus eran patrimonio de los hombres entrados en años; la capa con embozos escarlata y botonadura de oro, á lo Almaviva, envolvía airosamente la persona de los jóvenes elegantes; la cumplida casaca, el chaleco, calzón y media negra, corbata, pechera y guante blanco, representaban la edad provecta , la alta posición, el severo carácter del funcionario ó padre de familias; el pantalón ajustado, de punto blanco, y la bota de campana, los colores varios y pronunciados
usos, TEA JES Y COSTUMBRES. 305
<1(?1 frac, tales como azul Je Prusia, verde p /.•*/« c/¿ o, gris claro; los chalecos pintorescos cou botonadura de filigrana; los dijes y baratijas en cadenas y sellos, y, finalmente, el hiperbólico y complicado nudo de la corbata, eran los distintivos de la inofensiva y alegre 2^o^^t'ría de tres á cuatro lustros.
El vestido y adorno de las damas era también extremado, aunque, si ha de decirse la verdad, carecía delgusio y variedad que ha adquirido después. El talle, alto por lo general, deslucía los cuerpos y quitaba gracia y flexibilidad al movimiento; las dulletas ó citoyennes de seda, entreteladas y guarnecidas de pieles ó cordonadura, teman, sin embargo, cierto aspecto majestuoso y solemne; los spencevs (corpinos), junquillos ó rosas, luciau bien sobre un vestido de punto, de seda, ceñido al cuerpo; el peinado alto , los bucles huecos y la peineta de concha ó de pedrería, daban á la cabeza cierto carácter monumental; y, sobre todo, el traje de maja andaluza, que consistía en basquina y cuerpo de alepín morado y giiarnecido por bajo y en las bocamangas y en los hombros con sendos golpes de cordonadura y abalorios ; la mantilla blanca y cruzada al pecho, y zapato y toquilla de color de rosa, era realmente un traje expresivo y fascinador, propio exclusivamente de la gracia y donosura del tipo español. — No estaba éste aún desnacional hado en nuestro Prado de entonces por el horrible mantón de cachemir, ni por las capas, albornoces , manteletas, gabanes y casaveks; por las botas atacadas, ni por las capotas y sombreros, que después vinieron á borrar completamente en nuestras damas la fisonomía propia del país ; y si bien por la ausencia de todas estas adiciones, abrigos é hipérboles, soban adolecer algún tanto las reuniones de cierta monotonía y seriedad, por lo menos pesábase en ellas á punto fijo el quilate y valor de cada persona ; medíase á una simple
306 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
ojeada sus ventajas ó desventajas naturales, su proporción y dimensiones ; no habia que hacer para ello abstracción alguna de miriñaques j almidones, armaduras y postizos, prendidos y gasas, ni que adivinar las formas verdaderas á vueltas de veinte varas de tela y del complicado follaje de volantes, cintas y guarniciones.
Aquella espontánea originalidad de nuestro Prado sobre los paseos extranjeros tenía, pues , un halago particular, y marchaba de acuerdo con la sociedad, también original, de aquellas calendas.
A la vista tengo una litografía contemporánea que representa esta sociedad así ataviada á la usanza de entonces.— La verdad del conjunto y la minuciosidad de los detalles declaran la conciencia del autor, cualquiera que fuese, de este dibujo; pues no sólo se limitó á pintar la vista del Salón del Prado, sino que ( si no me engaña la tradición ó la memoria) quiso representar, y representó en efecto, entre los concurrentes , á varias de las notabilidades de ambos sexos que por entonces brillaban en salones y paseos; y más de un curioso, al extender la vista por aquellos animados grupos, creerla reconocer entre ellos las facciones y apostura de un cumplido caballero y célebre Marqués, á quien Madrid debió más adelante altos y distinguidos servicios (1); las de un Grande de España, justamente famoso, que representó luego los primeros papeles en la política, en la diplomacia y en las letras (2) ; las de un periodista afamado y íimable literato, que por entonces formaba las delicias de nuestro teatro y de nuestra sociedad (3) ; las de una graciosa y elegante joven, por quien suspiraban á la sazón las tres cuartas partes
(1) El Marqués de Pontéjos.
(2) El Duque de Frías.
(3) Don José María de Carnerero.
usos, TRAJES Y COSTUMBRES. 307
(le los pollos de Madrid (1) ; las de un tenor italiano, ([ue enloquecía con su figura, su canto y modales á todas las muchachas disponibles y á muchas que no lo eran (2); y las de otras notabilidades, en fin , que por entonces cerraba en sus muros la heroica capital. — A decir verdad, el pincel del autor anduvo un tanto escaso en la exposición de figuras femeniles, ó se consideró poco á propósito para trasladar á su pincel las bellísimas figuras de algunos astros de aquel brillante cielo. — Si esto no fuera, ¿ cómo hubiera prescindido de ofrecer en j)rimer término el majestuoso continente y bella fisonomía de la que entonces era conocida por la Reina de las hermosas? (3). ¿Cómo olvidar á aquellas dos hijas de un elevado diplomático, que en los suntuosos salones de París dejaron tan altamente colocada la fama de la belleza española? (4). ¿Ni aquellas otras tres hermanas, también hijas de un Grande de España, que eran el retrato vivo de las Gracias de la mitología (5), y en cuyo álbiiui escribía el correcto poeta D. Ventura de la Vega (entonces pollo también) esta ingeniosa décima en alusión al juicio de Páris?:
«Las tres diosas, según creo, Que la poma contendian, Tan hermosas no serian Como las tres que aquí veo : Con su difícil empleo Pudo al fin Páris cumplir; Mas si hubiese de elegir Entre tan lindas hermanas, A no tener tres manzanas, No pudiera decidir. »
(1) La Paquita Urquijo.
(2) Montresor.
(3) La Sra. de Montufar.
(4) Las Srtas. de Heredia (Ofalia).
(5) Las de Contamina ó Parsent.
308 MEMORIAS DE UX SETENTÓN.
La mejor hora , la hora propia y más brillante del paseo del Prado era entonces de una á tres en el invierno, en aquel momento en que , bañado completamente por el AÚvo sol de Madrid, dejaba ostentar á los concurrentes la gracia de la persona ó los primores del atavío. Comíase entonces indefectiblemente á las tres , y por lo tanto no podia prolongarse el paseo matutino más de aquel par de horas; pero en ellas el espectáculo que ofrecía el hermoso salón era magnífico y fascinador. Las pieles y bordados, los terciopelos y encajes, los diamantes y pedrerías, que ahora parecerían exageraciones de mal tono y fuera de su lugar en un paseo público, eran entonces requisitos indispensables, obligados adornos de la escogida y brillante sociedad que frecuentaba el Prado á tales horas; y mezclados con los lucidos uniformes de los Guardias de Corps y de infantería, que por entonces no se reservaban exclusivamente para los actos de servicio, antes bien gustaban de ostentar sus colores , galones y bordados entre los grupos de las bellas aficionadas; hasta los reposados y vetustos equipajes en que, á impulsos de dos modestas muías, dejaban conducir por el paseo de la izquierda sus encumbradas personas los altos funcionarios y sublimados magnates; y los mismos silenciosos grupos de ancianos respetables, consejeros y religiosos , que en pausado movimiento se veían deslizar por el lado de San Fermín, todo ello , en fin, constituía un espectáculo tan original y característico de la época , que de ninguna manera podría adivinarse por el que presenta hoy este mismo Prado y esta misma sociedad.
Aquélla, como dijimos arriba, era á la sazón ^^oZ/o también. Todavía no había sido agitada por las revoluciones políticas, sino muy superficial y pasajeramente; todavía no había sentido apenas el movimiento de la vida pública , las osadas aspiraciones al poder, el frenesí del mando
usos, TRAJES Y COSTUMBRES. 309
j el menosprecio de la autoridad : las enconadas disensiones, las asociaciones turbulentas, los pronunciamientos y complots le estaban prohibidos; carecía de prensa periódica, de tribuna y de plaza pública; tampoco habla visto introducido aún el llamado romanticismo en la literatura, el vapor y el gas en las ciencias y en las artes, y el sabor extranjero en las leyes, en los usos y en el idioma vulgar.
Los jóvenes, lechuguinos, elegantes ó tónicos, como entonces eran apellidados, y que representaban la parte más tierna de aquella sociedad, no hablan podido figurar en los anteriores acontecimientos del país, que fueron el génesis de su nueva organización ; no hablan viajado ni aprendido en el extranjero principios ni modales ; no tenían ambiciones políticas, ni tampoco pujos literarios; frecuentaban p>'0 /b?'??ifí las aulas délos PP. Escolapios, de San Isidro ó de Santo Tomás, el Seminario de Nobles ó el Colegio de Cadetes, para seguir con sus pasos contados una carrera que les permitiese en adelante abrir un bufete, entrar en una oficina, ó ceñir la espada y marchar á servir al Rey. — A ninguno le pasaba por las mientes el más mínimo asomo de impaciencia ambiciosa, ni era tampoco posible improvisarse en el mundo á los veinte años, ó poco más, bajo el aspecto de hombre de importancia, de político consumado, de periodista audaz, de fogoso tribuno, ó de distinguido literato; ni tomar por asalto las grandes posiciones de la diplomacia , de la magistratura y de la Administración. — Contentos y satisfechos con su afortunada edad juvenil, dejaban voluntaria y graciosamente aquellas ambiciones, aquellos puestos, aquellos cuidados á sus padres y abuelos; y entre tanto, á vuelta de los indispensables estudios de la Lógica ó de las Matemáticas, de la Ordenanza ó la Partida doble, entregaban las horas de vagar á los devaneos de la edad, al
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cultivo de las modas, al alegre estudio de la música y del baile , al primor del Prado j al halago de los amores de balcón ó de las tertulias de confianza.
Estas (no decoradas aún con el exótico nombre de ¿íoirées ) no ofrecían, es verdad, el magnífico j deslumbrador aparato que posteriormente han presentado á nuestros sentidos, en elegantes salones suntuosamente decorados y alumbrados; ni brindaban, como éstos , á la brillante y numerosa reunión los vivos goces de un bullicioso baile , de un brillante concierto , de un animado festín.— Limitábanse, pues, por lo general, á la reunión de media docena de familias conocidas, cuyos individuos, de diversos sexos, edades y condiciones, se agrupaban y extendian en sabrosas pláticas , en tiernos coloquios , ya en derredor del antiguo y prosaico brasero, en el invierno, ya delante de los balcones y miradores, en verano; ó bien en torno de una ancha y prolongada mesa improvisaban una modesta partida de lotería , ó en móviles y animados grupos armaban alegre zambra en sencillos juegos de prendas , que si ahora parecen pueriles ó vi- •competentes á nuestros encumbrados mancebos , envolvían para los de entonces más ínteres y ocasionaban más peripecias que todos los dramas modernos ; ó bien en ciertos días solemnes, en que se celebraba el santo de la señorita ó la salida del primer diente del mayorazgo , se reforzaba el instrumental del piano de cinco octavas con un mal violíncejo de seis pesetas j^or noche, con que podían lucir sus habilidades é ingeniosas combinaciones los Cabeceras de contradanza, los rigodonistas y. gavoteros, los fundadores de la Greca 6 la Bolangere ; ó bien se convidaba al Sr. Tapia, ó á otros diestros tañedores de vihuela y entonadores primorosos de lindísimas canciones nacionales, para que se sirviesen asistir á amenizar la reunión; y la niña de la casa, venciendo también su na-
usos, TRAJES Y COSTUMBRES. 311
tural timidez, solia alternar al piano con las patéticas canciones de la Átala ó de la Valliere, electrizando luego á la concurrencia con bien diverso tono en la expresiva del ¡Caramba.' ó en la de ¡Madre, unos ojuelos vi!... Tales eran las diversiones privadas , la sociedad íntima de aquella época. Las públicas se reducian á un mal teatro de verso y otro recientemente dedicado á la ópera italiana. El primero , con la muerte de Maiquez , habia olvidado la tragedia clásica; con la ausencia ó desaparición de los buenos escritores, estaba á punto de desaparecer la comedia también. — (jrorostiza estaba emigrado, y su Indulgencia para todos y su Don Dieguito (que le hablan colocado en tan buena fama como continuador de 3Ioratin) estaban ya vistos y oidos ámás no poder. — Bretón, que empezaba entonces su magnífica carrera, aun no habia dado ^1 Madrid me vuelvo, y sólo deja])a adi\-inar sus posteriores triunfos con su primera comedia. ^4 la vejez viruelas. — Gril Zarate empezaba también á llamar la atención con Un año después de la boda; y Carnerero se habia encargado de suplir la falta de originales traduciendo y ampliando con discreción los dramas extranjeros de Picard y Duval , y las piececitas de Scribe. — Todas estas producciones indígenas y extrañas, mezcladas con las de los Comellas y Zavalas, Valladares y Ardíanos, del pasado siglo, eran bastante mal representadas por los actores de la época, entre los que figuraban los Avecillas, jSilvostris, Infantes, Ponces, habiendo, sin embargo, algunos que lucían respectivamente en tal ó cual papel; tales eran, en los de galán, el joven García Luna, que empezaba entonces su carrera ; en las damas , la Agustina Torres, la Manuela Carmona y la Concepción Rodri- (juez; y en los barbas ó característicos, Eugenio Cristiani , Joaquín Copra ra y Rafael Pérez. El gracioso y verdadero actor Guzman era (como lo fué después muchos
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años) la tabla de salvamento de las compañías y el encanto del público. — Pero la palma de la victoria, en el concepto de éste , la llevaba por entonces la comedia antigua, y con especialidad el repertorio del ingenioso y maleante Tirso de Molina, que habia, puede decirse, exhumado del olvido en que yacia, el discreto y erudito poeta D. Dionisio SoHs; aquellas comedias, ademas de su mérito intrínseco y las gracias inagotables de que están sembradas, tuvieron la fortuna de dar con actores que supieron representarlas admirablemente, y la de caer también en gracia al Rey Fernando VII, que las escogía con preferencia cuando había de asistir al teatro. — Don Gil de las calzas verdes, Marta la Piadosa, La Villana de Vallecas, Por el sótano y el torno, Mari-Hernandez la Gallega, El Castigo del Pensé que. El Vergonzoso en Palacio y otros bellos dramas de aquel ingenio peregrino fueron por entonces tan admirablemente presentados en la escena por la Antera Baus, la Josefa Virg, Juan Carretero y Pedro Cubas , que no es nada extraño que conquistasen rápidamente el favor del público.
Este triunfo, sin embargo, no fué duradero, pues tuvo que ceder ante el entusiasmo producido al mismo tiempo con la organización de la ópera italiana por la empresa Gaviria con un esplendor á que no estaba acostumbrada la sociedad de Madrid. Compuesta la nueva compañía del tenor Montresor, el bajo Magiorotti, el bufo Vaccani, la Cortes-^^i, tiple, y la Fabrica, contralto, con el célebre compositor Mercadante de maestro al cémbalo, inauguraron sus trabajos en 1825 con la graciosa ópera del mismo, titulada Elisa y Claudio, que produjo en los madrileños un verdadero frenesí : La Zelmira, El Coradino, La Cenerentola , y la Gazza Ladra , y otras muchas óperas de esta importancia, fueron sucesivamente aumentando aquel entusiasmo , y el aparato escénico y
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la brillantez del espectaculoj la novedad y la moda; basta las anécdotas y dotes personales de los cantantes acabaron de subyugar el gusto público, haciéndole oMdar sus antiguas inclinaciones y caprichos : — se vestia á ¡a Montresor , se peinaba d la Cortessi, se cantaba d la Vaccani, y las mujeres varoniles d la Fabrica causaban efecto en el Prado y en la sociedad. ¡Dichosa aquélla, en que, á falta de razones más hondas de disensión y de rivalidades, se dividían los ánimos entre las modulaciones de un tenor y las arrogancias de un contralto !
En política se ocupaban las gentes en obedecer y callar. Demasiado abusaba, desgraciadamente, el Gobierno de su fuerte posición, y demasiadas lágrimas hacía derramar á una parte de la población, complicada en los acontecimientos anteriores ; pero no es mi objeto el trazar estos sangrientos episodios, y sólo sí presentar el cuadro general de aquella sociedad. Dejemos, pues, á la mínima, parte de ella, que por inclinación ó por desgracia se ocupaba en la política, conspirar secretamente, y con gran peligro, en los subterráneos y calabozos, corresponderse en misteriosos signos con los emigrados en el extranjero, aguzar los puñales de su venganza y recordar con horror las violentas escenas de su derrota. — Esta parte excepcional de la sociedad no entra, afortunadamente, en los risueños términos de este cuadro, ó queda en la sombra para servir de contraste al asunto principal.
La juventud de la época, que es lo que pretendo hoy retratar en él, no conservaba de la política bulliciosa más que un recuerdo vago y repugnante de las asonadas y guerras civiles, de los trágalas y patrióticos cluhs. — Lorencini y La Fontana de Oro, teatros que fueron de aquellas desentonadas escenas, eran entonces dos concurridos y prosaicos cafés, refugio el primero de oficiales indefinidos y de ociosos indefimbles, que se entretenían en co-
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mentar la Gaceta (publicada sólo tres veces en semana) y en hacer sinceros votos por Ipsilanti ó Maurocordato, por Colocotroni ó por Canaria, los héroes del alzamiento de la Grecia moderna; j el segundo (La Fontana), punto de reunión de los hombres graves, ex-políticos, afrancesados j liberales, era un establecimiento donde se servia buen café. — Ya el reducido, contiguo al teatro del Príncipe, comenzaba por aquel tiempo á tomar proporciones de Parnasillo, con que fué conocido después ; pero, á decir la verdad, entonces no podia existir tal Parnaso, ni chicp ni grande, por la sencilla razón de que no existían aún los poetas de la nueva cosecha que después le poblaron, y de los antiguos, sólo el anciano Arriaza era el frecuente comensal. Por lo demás, las opiniones literarias de la época eran no leer ; los escritores en tal orden de ideas venian á ser muebles excusados, y el Juez de imprentas no tenía más ocupación que la que le daba dos veces en semana el insípido Correo Mercantil.
La ocupación más importante de aquel año (182G), y que envolvía cierto carácter á la vez religioso, político y popular, era el jubileo del Año Santo, para celebrar el cual se improvisaban diariamente magníficas procesiones, en que figuraban la corte y los tribunales y oficinas, las comunidades, cofradías y establecimientos públicos, desplegando á porfía su celo religioso y su pompa mundana para ganar, al paso que las indulgencias de la Iglesia, los favores y protección del Grobierno del Estado. — También la juventud de la época, que todo lo convertía en sustancia, que de todo hacía chacota, así de las asonadas de antaño como de las rogativas de ogaño, asistía con entusiasmo á las iglesias y á las procesiones, siquiera no fuera más que para recrear la vista con la prodigiosa variedad de uniformes, hábitos y medallas de las corporaciones, comunidades y cofradías , y para entablar á vuelta de ellas
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SUS amores y galanteos con las devotas muchaclias que poblaban calles y balcones ; para echarla, en fin, de sprUn forts, y armar algazara y reír indecorosamente en el templo del Señor (por desgracia no sin motivo), oyendo las excentricidades del padre Ayusto ó las piadosas blasfemias y ridículos apostrofes de Fr. Gabriel de Madrid (1).
Aquella juventud alegre, descreída, frivola y danzadora, con el trascurso de los años, la experiencia de la vida y las revueltas de los tiempos, se convirtió luego en representante de las nuevas ideas de una nueva sociedad. Una parte de ella, arrastrada por los sucesos de la época, por las opiniones poKticas ó por su pundonor y caballerosidad, desapareció luego, luchando en los campos de batalla, en la tribuna y en la prensa : Diego León, Campo Alavge, Viama7itiel, Ccirlos O'Donnell, Urhistondo, Espronceda, Larra y Donoso Cortés bajaron prematuramente á la tumba. Otros continuaron no sin gloria y pre- •ciado nombre aquellas lides animadas del talento y del valor.— Algunos de los mancebos ó pollos que arriba quedan bosquejados, condujeron después nuestros ejércitos á la victoria, y se llamaron Córdoba y Concha, C Donnell, Narvaez, Peznela, Marchessi y Ros de Olano. Otros brillaron en la tribuna y se sentaron en los consejos de la Corona, como Olózayay Caballero, Escosura, González Bravo y Roca Togores. Otros, en fin, continuaron cultivando modestamente las letras, y firmaron con los nombres de Bretón, Gil Zarate, Ventura de la Vega, Hartzenbusch, Veclia y Ferrer del Rio, ó disfrazaron los suvos
(1) A este pobre y casi mentecato capuchino, apellidado entonces el Guzman de la Cuaresma, es debido el famoso lapsus de «los tres negros llamados años»; con otros infinitos, que dejan muy atrás los chistosos disparates que el satírico Padre Isla pone en boí;a de su protagonista Fray Gerundio de Campazas.
316 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.
con los pseudónimos de Ahenamar, El Estudiante , El
Solitario, Fígaro, j El Curioso Parlante.
Hoy, trascurrido medio siglo, sólo queda con vida media docena : Pezuela, Ros de Olano, Marcliessi, Eoca de Togores, Hartzenbusch, y el autor de estas trasnochadasMemorias. ,
CAPITULO XIX.
1827-1828.
LA JUVENTUD LITERARIA Y POLÍTICA.
Por los años 1827 al 28, en pleno gobierno absoluto del señor Rey D. Fernando VII , y bajo la férula paternal de su gran visir D. Tadeo Francisco de Calomarde, nos reuníamos en grata compañía, los domingos por la mañana , en casa de D. José Gómez de la Cortina , bijo primogénito del Conde del mismo título y bermano mayor del erudito bibliófilo, mi amigo, que después fué conocido por Marqués de Aforante, todos ó casi todos (que no llegaríamos seguramente á una docena) los jóvenes dados por irresistible vocación á conferir con las musas ó á ensuciarnos las manos revolviendo códices y mamotretos; ocupaciones ambas que, atendidos los vientos reinantes á la sazón, tenían más de insensatas que de racionales y especuladoras.
Era , pues , la época en que, envueltas en una densa nube las letras y la ciencia, á impulsos de la ignorancia enaltecida, callaban de todo punto, sin tribuna, sin academias y liceos, sin prensa periódica ni nada que pudiera dar lugar á polémicas ó enseñanza. Una censura suspicaz é ignorante dificultaba la publicación de las obras
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del ingenio y proliibia y anatematizaba hasta las más renombradas de nuestro tesoro literario : los escritores de más valía , los hombres más insignes en las letras , hallábanse oscurecidos, presos ó emigrados : los Quintana, Gallego, Saavedra, Martínez de la Rosa, Toreno, Gallardo, Villanueva y demás eran sustituidos por autores ignorantes y baladíes, que empañaban la atmósfera literaria con sus producciones soporíferas, su desenfreno métrico, sus canto§ de buho, sus absurdos escritos religiosos é históricos, sus novelas insípidas, de las cuales las más divertidas eran las que formaban la colección que, con el extraño título de Galería de espectros y sombras ensangrentadas , publicaba su autor D. Agustín Zaragoza y Godinez.
No es posible, á cincuenta años de distancia, formarse una idea, siquiera aproximada, de aquel silencio completo del ingenio, de aquel sueño de la cultura y vitalidad del pueblo de Cervantes y Lope, de Quevedo y Calderón.
En medio de esta oscura noche intelectual, á despecho de los rigores y suspicacia del Gobierno , y lo que era aun más sensible, de la indiferencia completa del público hacia las producciones del ingenio, no faltaban, sin embargo, algunos espíritus juveniles que, no satisfechos con la indigesta y vulgar instrucción que podían recibir en las aulas de San Isidro ó de Doña María de Aragón, se lanzaban , ávidos de saber , á enriquecer sus conocimientos en el estudio privado de los archivos y bibliotecas, para adquirir una instrucción que por desgracia sólo les brindaba en perspectiva con los rigores de una persecución injusta ó con la cama de un hospital.
Entre estos varios jóvenes, cuyos nombres fueron enaltecidos más adelante por sus trabajos literarios, recuerdo, ademas del amo de la casa, al distinguido diploma-
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tico D. Nicolás Ugalde y Mollinedo , que se ocupaba con aquél en traducir , ampliar y comentar la reciente Historia de la Literatura española, de Bouterveh , que era lo más sustancial publicado hasta entonces en la materia ; al sabio j modesto humanista D. José Miisso y Valiente, encargado, con Cortina, por el rey Fernando, de cuidar y dirigir la magnífica edición de las obras completas de Moratin, costeada por el mismo monarca y estropeada por la censura; á Bretón de los Herreros y Gil y Zarate^ que con sus primeras producciones dramáticas hablan conseguido galvanizar un tanto el cadáver del teatro español; á I). Rafael Humara y Salamanca , discreto autor de muy lindas novelas ; á H. José del Castillo y Ayensa, distinguido helenista, traductor de Píndaro; á H.Patricio de la JEscosura, alférez de la Guardia Real de artillería, que con la publicación de su novela Hl Conde de Candespina acababa de dar la primera prueba de su clarísimo ingenio; y más adelante á D. Mariano José de Larra, alumno de Medicina, á quien yo mismo presenté á Cortina á fin de que le recomendase al Rey para que fuese nombrado individuo de una Comisión facultativa que habia de ir á Viena á estudiar el cólera; pero que en algimos folletos y poesías sueltas revelaba ya la travesura de aquel feliz ingenio que tan alto habia de colocar en adelante el pseudónimo de Fígaro; á D. Manuel de San Pelayo, excelente crítico, que escondía modestamente su vasta instrucción y sólidos trabajos literarios; á LK Enrique de Vedia, elegantísimo poeta y dueño de muchos conocimientos, el mismo que, después de seguir una brillante carrera administrativa , murió en Jerusalen, de cónsul general de España ; á Sei'ojin Calderón {el Solitario), que desde sus primeras producciones revelaba una feliz trasmigración del talento y estilo de los Cervantes y Quevedos; al ingenioso Segovia, que llegó k
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hacer célebre, años después, su firma El Estudiante ; al correcto y jóveu poeta Ventura de la Vega, en fin, que cou sus magníficas octavas dirigidas al Rey á su vuelta de Cataluña , acababa de recoger el cetro de nuestra lírica poesía.
Déjase conocer con sólo esta sencilla enumeración á qué sabrosos y entretenidos debates daria lugar la reunión de aquellos jóvenes estudiosos , impulsados por el entusiasmo patrio, en que á todos nos igualaba y aun excedia el mismo Cortina, á pesar de no ser nacido en España, y sí en Méjico , adonde más adelante regresó y aun desempeñó los más altos cargos en aquella república. — Registrábamos códices y libros viejos en las Bibliotecas públicas y en las privadas de los conventos de la Merced, San Agustín V la Trinidad: olfateábamos los Archivos de los grandes de España , Villaf ranea. Infantado, Altamira, y otros ; y por cierto que no puedo menos de aprovechar la ocasión de consignar aquí la expresión de mi reconocimiento á los amables custodios (fr&iles ó no) de aquellos preciosos depósitos, por la deferencia y amabilidad con que nos eran franqueados; y añadiré más, que á ellos, con su afectuosa condescendencia, y al Gobierno mismo de Calomarde, con su intransigente aversión á las letras, debimos, sin duda alguna , lo poco ó mucho que pudimos aprovechar en nuestro estudio privado durante los diez años que aquel menguado Gobierno tuvo cerradas á la juventud las puertas del saber. — Esto no quita para que en nuestra amena reunión, como por todas partes, penetrase, á despecho délos gobernantes, el ambiente liberal que se respiraba en la atmósfera, y con el cual no podían ellos mismos dejar de transigir hasta cierto punto.
Esta involuntaria transacción, que partía del mismo ]\Ionarca y su Gobierno, se coloreaba en dos distintos matices, de los cuales uno, apoyado ostensiblemente por
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el mismo Fernando , tenía por representantes altas dignidades de la Iglesia y del Estado : el comisario general de Cruzada, Sr. Várela; el confesor del Rey y bibliotecario mayor, D. Francisco Antonio González; los reverendos padres maestros La Canal y Huerta, de San Agustín; Martínez, de la Merced; y Alameda, de San Francisco; los académicos Fernandez de Navarrete, Clemencin, Carvajal y Arriaza, y algún otro, que sostenían, aunque muy débilmente, la bandera de la ilustración; y de otro lado, patrocinados por el ministro de Hacienda López Ballesteros, alzábase, más poderosa y de mayor empuje, otra falange, semi-liberal, política y literaria, compuesta de los hombres más notables del antiguo partido afrancesado : los Hermosillas, Reinosos, Burgos, Listas, Miñanos y Carnereros; y el Rey Fernando, á quien sin duda pueden achacarse otras muchas faltas, pero no la de sagacidad interesada y traviesa para servirse de los hombres de los más opuestos bandos, apoyaba ya á una, ya á otra de las respectivas falanges, y aun echábalas á reñir, con no escasa fruición suya y contentamiento de la corte y de la villa.
Parecía por entonces hallarse en su apogeo la legión afrancesada, y sus más predilectos campeones no sólo ocupaban altos puestos y alcanzaban comisiones lucrativas, sino que se veían ampliamente sostenidos y remunerados para la publicación de sus obras literarias. — Varias eran las que por aquellas calendas aparecieron de esta procedencia, y entre ellas llamaban principalmente la atención tres, no tanto por su importancia ó hábil desempeño, como por la arrogancia y pretensión con que habían sido ofrecidas al público. — Llevaba la una el extraño y pretencioso título de Arte de hablar en j^i'osa y verso, y era debida á la pluma del traductor de Homero , Gómez Hermosilla; apareció la otra en el teatro, con el título de
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Los Tres iguales, en la que su autor, D. Javier de Burgos , pretendía nada menos que haber resuelto el problema de amalgamar en una composición dramática la inspiración y galanura de Lope y Calderón con la rigidez de las reglas de Horacio y Boileau; y por último, era la tercera el celebérrimo Diccionario geográfico y estadístico de España, publicado, á son de clarines y atabales, por el presbítero D. Sebastian Miñano.
En nuestra juvenil y un tanto cáustica reunión no podían menos de chocar aquellas pretensiones, por demás quijotescas, de los que á sí mismos se daban por lumbreras exclusivas de la ciencia patria; y fueron muchas las agudezas, las sátiras y chascarrillos que, publicadas unas y leídos otros sotto voce , entretuvieron agradablemente por aquellos días el amortiguado espíritu público. — Recuerdo, entre otros, los punzantes epigramas de Gallardo contra la obra de Hermosilla; La Leccioncita de modestia al autor de la comedía Los Tres iguales , saladísimas décimas del poeta Arríaza, y — ¿por qué no he de decirlo? — lo que mi juguetona musa se atrevió á improvisar en aquella agradable reunión, en el siguiente ovillejo, que hizo fortuna , aunque nadie llegó á sospechar su ignorado autor :
«¿ Quién es el geógrafo hispano V
Miñano. ¿Quién áa. para hablar cartilla?
Hermosilla. ¿ Quién vence á los dramaturgos ?
Burgos. Tres son los nuevos Licurgos, Sus obras y alientos tales. ¿Si serán Los Tres iguales, Miñano , Hermosilla y Burgos ?tí)
Pero todos estos desenfados fueron puestos en olvido
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con la publicación de las tremendas cartas que, bajo el título de Corrección fraterna al j^i'^^^'ítero Miñano, alzaron de un vuelo la reputación de un nombre hasta entonces desconocido, D. Fermín Caballero.
Como acontecia con todo el que despuntaba en el palenque literario, no tardó este brioso adalid en venir á tomar parte en nuestra amena reunión dominical, y lo más chistoso fué que venía presentado á ella por D. Juan Montenegro, ayuda de cámara y favorecido del Rey (el mismo que después fué ministro de la Guerra con don Carlos), el cual era pariente de Cortina , quien por su intervención gozaba también de mucho favor en la Cámara Real. — El Monarca, que habia colmado de distinciones á Miñano, perdonándole, no sólo su afraucesamiento , sino también sus ideas liberales, discretamente expresadas en las célebres Cartas del Pohrecito Holgazán, en 1820, y favorecídole ampliamente para la formación del Diccionario, tomó el mayor interés en \2iS fraternas que le asestaba Caballero , y procuró conocer y atraerse á éste, y hasta, si mal no recuerdo, le brindó con posiciones que él tuvo el buen gusto de no aceptar.
El hombre que á la sazón era objeto de todas las conversaciones literarias , científicas y hasta políticas (porque de todo esto tenían las aceradas fraternas de Caballero), y que aparecía también en nuestra modesta reunión, era un joven de veintiocho á veintinueve años, oscuro, desaliñado y poco simpático de su presencia, sencillo y hasta tosco en sus modales, tardo y poco elocuente en la palabra ; pero que en sus escritos revelaba bien lo mucho que sabía, su agudo donaire y su intencionada y castiza frase, con las cuales persiguiendo al autor del Diccionario, tomo por tomo, le hundió personal y literariamente hasta un punto que rayaba en la crueldad.
Al final de dichas cartas, y aludiendo á las celebérri-
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mas del Holgazán, endilgó á Miñano el siguiente epitafio :
ftDe un escritor consumido Sombra fatal aquí yace : Su fama de Cartas nace, Y i5or Cartas la ha perdido : Con que, Requiescat in pace. »
Esta primera campaña de Caballero, no sólo le hizo salir de la oscuridad de la modesta posición que ocupaba en la contaduría de un Grande de España, sino que hizo popularísimo su nombre ; é impulsado por su inaudita laboriosidad é infatigable imaginación, se propuso continuar sin interrupción, dando alimento á las prensas con obras muy estimables, aunque contrayéndose por entonces á sus aficiones científicas j literai-ias : tales fueron El Dique crítico contra el torrente geográfico, opuesto á la obra de Geografía de D. Mariano Torrente; Pericia geográfica de Cervantes ; Nomenclatura geográfica de los 2>ueblos de España ; La Turquía, teatro de la guerra presente; Manual geográfico administrativo ; la parte española de la Historia Universal de Anquetil, y otras que ahora no recuerdo, hasta que, muerto Fernando en 1833 y cambiado el sistema de Gobierno, fundó Caballero el celebérrimo periódico titulado El Eco del Comercio, en el cual, auxiliado por otros hombres importantes , levantó y sostuvo por algunos años el pendón del bando exaltado ó progresista, que á tan altas posiciones habia de conducirle.
II.
El recuerdo de aquel insigue patricio me lleva como por la mano á tratar aquí de otra reunión de que por entonces formaba yo parte , no tan platónica ni literaria co-
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mo la de casa del Conde de la Cortina; antes bien, más acentuada y bulliciosa, como compuesta que era de jóvenes de buen humor y mejor apetito, y que por sus ideas y antecedentes (de que podrá juzgarse por la enumeración que de ellos haré) repi'esentaba carácter muy diverso; aunque, á decir la verdad, y para mí al menos, no tenía otro que el de una reunión alegre y bulliciosa, consagrada puramente al placer de una buena mesa, de una gira de campo ó de otro regocijado é inocente solaz.
Hé aquí ahora los nombres y condiciones de los alegres mancebos que formaban la tal reunión. — El alma de ella, por su iniciativa, por su seductora amabilidad y por su carácter simpático y expansivo, era D. Salustiano Olózaga,]6\Q\-\k la sazón, rayando en los veinticuatro de su edad , de gallarda presencia y expresiva fisonomía , que sabía manejar con desembarazo, revolviendo á uno y otro lado sus hermosos ojos, haciendo ondular su rizada cabellera á impulsos de movimientos de cabeza cuidadosamente calculados, y luciendo, en fin, su fácil palabra con la gracia y la expresión más seductora , mezclada de cierta malignidad punzante y socarrona, que le hacía temible al que tomaba por objeto de sus burletas, al paso que ejercía sobre los demás cierta superioridad, que supo conservar en más altas posiciones. — Seguia á su lado su inseparable compañero Pepe Sanz, arrogante estampa, de figura Apolínea, y que entonces, reducido á la humilde condición de empleado subalterno en las oficinas de don Felipe Riera , empresario de los derechos de puertas, sólo era conocido por la heroica temeridad con que arrostraba los continuos ataques de que era objeto de parte de los voluntarios realistas , impulsados, más que por otra cosa, por la envidia de su mérito personal. — Este era tal, que abriéndose camino con el trascurso del tiempo y las revoluciones políticas, llegó á convertirse en el general clon
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José María Sauz, capitán general de Galicia y de Castilla la Nueva. — Seguia á éste D. Ángel Iziiardi, joven gaditano de mucha instrucción y singular gracejo en el decir, que más tarde, desde las columnas de El Eco del Comercio, j al lado de Caballero, hizo una brillante campaña, que le condujo á posiciones elevadas, como jefe político de provincias j director general de Correos. — Tres jóvenes abogados, recien salidos de las aulas, completaban lo que pudiera llamarse el acompañamiento ó zaguanete de Olózaga, á saber : X>. José María de Cambronero, sobrino del célebre jurisconsulto D. Manuel , el cual más adelante llegó también á ser jefe político de Salamanca j fiscal de no sé qué Supremo Tribunal; — J^. José dé Mesa, que alcanzó luego á sentarse nada menos que en los escaños del Consejo Real, — y D. Francisco Laveron, magistrado y regente que fué de Audiencia muchos años después. — Y del otro lado, y con más templado matiz político, formábase otro grupo, á cuyo frente figuraba don Antonio Gil y Zarate, hijo del actor jubilado Bernardo Gil, y que habiendo recibido una brillante educación en un colegio parisiense, por su mucho talento é instrucción en ciencias , en literatura y en administración (de que tan brillantes testimonios habia de dar después en su larga carrera) , y ademas por su mayor edad , era el oráculo de la juventud estudiosa de aquel tiempo. — A su lado asistía I). José de la Revilla, joven igualmente muy ilustrado y laborioso, que andando el tiempo desempeñó altos cargos en Instrucción pública y lució su mucho saber y excelente crítica en Academias y Ateneos; — D. Francisco Javier Ferro de Montaos, futuro diputado y alcalde de Madrid; — D. Anastasio Carrillo y Arango, joven habanero, que más tarde heredó un título de Castilla (creo que el de Marqués de Casa Torres); — D. Domingo Delmonte, cubano también, apreciabilísimo y modesto literato y bi-
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Wiófilo, siendo él y yo (que completábamos la docena) los únicos de todos ellos que no salimos á figurar en la vida política ni obtuvimos por ende empleos ni honores, limitándonos á cultivar obstinadamente las letras.
Desde luego puede comprenderse lo grata y amena que habia de resultar la reunión de tan amables y despiertos comensaleSj tanto más, cuanto que sólo tenian efecto para objetos de esparcimiento y de solaz en determinados dias del año, congregándonos, según la estación, en opíparo festín, ora en las fondas de Geniei/s, de Sa7i Fernando ó ■de La Fontana de Oro, ora en paseos y cabalgatas á la Moncloa, la Casa de Campo y Sitio del Pardo ; ó bien en ambos teatros del Príncipe y de la Cruz asistíamos á las funciones regocijadas de las tardes de Noche-Buena, antes de entregarnos á la clásica colación.
La franca y espontánea agudeza de Olózaga, el gracejo de Iznardi, la arrogancia de Sanz, la instrucción de Gil y Zarate, la animada conversación de todos los demas, y hasta — ¿por qué no he de decirlo? — mi prodigiosa memoria é ingenio burlón y maleante, hacía surgir de nuestros labios como- un torrente de agudeza, de chiste y desenñido ; pero en medio de todo y de los picantes epigramas, brindis burlescos y acentuados chascarrillos (que ciertamente no podrían tomarse por apotegmas de moralidad y buen seso), procurábamos, por lo menos, huir de toda alusión pohtica, que no era prudente, dadas las circunstancias de la época, si bien algún tanto dulcificadas desde el reciente casamiento de Fernando con María Cristina; pero siempre dejábase traslucir á tiro de ballesta, especialmente en Olózaga, la adhesión vivísima hacia la libertad, suspirada Dulcinea á la sazón de todos los corazones juveniles.
No pudiendo aquél , sin embargo, desplegar estas ideas más que á la sombra de nuestra alegría, y dominado siem-
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pre por su innato deseo de formar en su derredor un círculo á quien inspirar, no sólo inventó la reunión, no sólo agrupó á los que la formábamos, sino que queriendo darla algún matiz, siquiera fuese burlesco, de sociedad ó de gremio , dispuso ciertas solemnidades cómicas en el acto de la recepción de los socios , llamándonos á la modesta casa de su padre el médico D. Celestino (sita en la calle de Preciados, número 7 antiguo, cuarto segundo, entre la tapia de la huerta de las Descalzas Reales y el Postigo de San Martin), adonde con cierto entonaraiento y prosopopeya imponía á los confederados la insignia y título dé Caballeros de la Cuchara (1).
En esta grata armonía y en este delicioso abandono continuaron nuestras reuniones durante casi dos años, hasta los fines de 1830, y su memoria no se borrará jamas de mi imaginación como una de las más halagüeñas de mi vida ; pero llegó un momento en que no sólo vimos interrumpidas bruscamente nuestras alegres tareas, sino que una nube siniestra apareció sobre nuestras cabezas, amenazadora y sombría. — Un dia de los postreros de Diciembre de aquel año, que teníamos convenida la reunión, vinieron á avisarme que no podia ésta tener efecto porque hablan preso al Sr. Iznardi, lo cual no dejé de extrañar, atendido el carácter inofensivo y candoroso de aquel jó-
(1) A estas gráficas denominaciones fué siempre muy dado Olózaga, y no ima vez sola las aplicó con feliz éxito en su larga carrera política. A él debió el partido exaltado ver trocado este título por el de progresista. Resellados llamó después á otros políticos tornadizos, y puros á los que, camo él , no quisieron adherirse á la unión liberal. El inventó también los obstáculos tradicionales, el retraimiento y la familia desheredada ; él calificó á la jornada del 10 de Abril del 65 con el distintivo de la noche de San Daniel; al Ministro Posada Herrera aplicó el dictado de Grande Elector, y á Donoso Cortés el de D. Quiquiriqui de Extremadura.
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ven ; pero pocos dias después supe por la voz pública que habían preso también á Olózaga y algún otro ; con lo cual no dejaron de asaltarme fuertes escrúpulos j temor, diciendo para mi capote, como Bartolo en El 7nédico á palos: <í.¿Si seré médico ij no habré reparado en ello? y) ¿Si habré estado conspirando, ¡ pobre de mí! sin tener siquiera la menor intención? — Recordaba de un lado la aleírría y la franqueza, puramente juvenil, de nuestras reuniones, j esto me aseguraba; pero también me venian á la memoria las farsas de la recepción en casa de Olózao-a, las actas burlescas de nuestras francachelas, que éste redactaba y que nos hacían desternillar de risa , y no me llegaba, como suele decirse, la camisa al cuerpo, hasta saber si todos estos papeluchos existian ó hablan tal vez caido en manos de la odiosa y estúpida policía, que acaso los habría tomado por un plan completo de revolución.
Inquieto y desasosegado, me espontaneé con mi buena madre, haciéndola referencia de todo el caso, para que no se sorprendiese si tal vez me veía mezclado en un negocio de tan mala índole : procuramos por de pronto hacer iin escrupuloso escrutinio de mis libros y papeles, é inutilizar todo lo que pudiera parecer favorable á ciertas ideas, y valiéndonos de nuestras relaciones, procuramos averiguar si había motivo de temor ; por fortuna supimos que no, pues que Olózaga había cuidado de inutilizar aquellas ridiculas actas, y que su causa, y la de otros muchos, como el librero Miyar, el ingeniero Marcoatiú, etc., estaba relacionada con la desdichada intentona de los emigrados impacientes, que á raíz de la revolución de Julio, en Francia, se habían lanzado á ella con tan desastroso éxito; y que, en fin, yo, que en toda mi vida me propuse no tomar parte alguna en las lides políticas, podía entregarme descansadamente á mis aficiones literarias. — Entonces fué cuandoj dando otra dirección á mis tareas, en-
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«aminándolas, á imitación de Caballero, hacia un objeto de utilidad reconocida, me consagré con ahinco á la formación de mi primer obrilla prosaica, á que di el título de Manual de Madrid: Descripción de la corte y de la villa. Pero este suceso vino á hacerme más cauto en adelante , dándome á conocer que en todas ocasiones , y especialmente en aquélla, era muy peligroso jugar con fuego.