Memorias de un setenton · Capítulo real 6 de 9

CAPITULO XX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 24 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XX.

1828-1830.

OJEADA Á LA ÉPOCA CALOMARDINA.

La famosa década de 1823 al 33, que por antonomasia lia recibido de la historia el epíteto de Ccdomardina, puede dividirse en dos períodos; el primero, comprendido entre los años 23 al 27 inclusive, y el segundo, desde 1828 al 33. — Del primero, en que reinó el terror propio déla espantosa reacción política, dije ya las razones por las que esquivaba su narración , y que me determinaron á llenar aquel hueco con la exposición del cuadro más halagüeño de la vida social y literaria en nuestra capital. Del segundo período, en que, calmadas algún tanto las pasiones políticas, quedó el gobierno absoluto entregado sólo á su vergonzosa inacción y á su insensato encono <5ontra la ilustración y la cultura, es del que me cumple hoy, aunque brevemente, tratar.

Feniando VII, en quien los acontecimientos anteriores del período constitucional parecían no haber producido otro efecto que el de enconar su saña contra la idea liberal y avivar su espíritu de venganza por los desacatos cometidos contra su persona, pareció, sin embargo, vaci-

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lar al "•un tanto en un principio sobre el sistema que seguir debia, y se propuso ensayar uno más conciliador^, llamando á su Gobierno á hombres de ideas templadas^ como Ofalia, Casa-Irujo, Zea Bermudez, general Cruz, Infantado y López Ballesteros; pero muy luego hubo de volver á su innata intolerancia, reemplazando aquellosMinistros con otros más análogos á sus propias ideas, hasta que al fin, escogiendo entre unos y otros, fijóse en un Ministerio hasta cierto punto mixto (si bien prevaleciendo en él la idea absolutista), compuesto de Calomarde, en Gracia v Justicia; González Salmón, en Estado; JBaUesteros, en Hacienda; Zambrano, en Guerra, y Solazar ^ en Marina, — Este fué el famoso Ministerio de los diez: años, con el que Fernando, curado de su antigua manía de frecuentes mudanzas , se propuso gobernar , y lo hizo, no sin cierta destreza para hacer frente á los sucesos que sobrevinieron, sirviéndose, con su ordiraria sagacidad, de las opuestas tendencias de sus ministros, haciéndolas; subordinarse á la suya propia.

En su hábil manejo de este teclado de cinco octavas, el Ministro de Gracia y Justicia , Calomarde, parecía el más influyente é identificado con el pensamiento del Monarca, y era, por consiguiente, el encargado por éste de la represión de las ideas liberales ó revolucionarias, de la persecución ó anulación de sus partidarios, y de la intolerancia conti'a todo lo que pudiera dar vuelo al saber , al talento y á la ilustración, colocando para ello, en cabildos, tribunales y cátedras, á todo lo más fanático del bando absolutista, cerrando ó abriendo á su antojo las. Universidades, y dotándolas de planes de estudios los más retrógados y mezquinos, con tendencia todo al apagamiento del espíritu público y vuelo de las inteligencias privilegiadas. Encargábase también el Ministro de ejercer el monopolio de gracias y mercedes, para concederlas á

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la ignorancia ó al fanatismo político, y lo que es aun peor, al favoritismo y al colieclio.

En esta última aplicación del poder auxiliaban á Caloiiiarde todos, ó casi todos, los funcionarios de su hechura, desde el Presidente del Consejo de Castilla, Martínez de Villela, hasta el portero mayor de su Ministerio, eslabonados entre sí por personajes intermedios , de codicia é intriga, muy semejantes á los Gil Blases y Escipiones de la novela. — Todo esto lo sabía muy bien Fernando, y hacía, como suele decirse, sobre ello la vista gorda, salvas algunas ocasiones en que se permitía el placer de oponer .su veto á tales fechorías , como en aquella bien conocida en que, presentándole una propuesta de la Cámara para la vacante de una mitra, y sabedor de la parte que habia tomado en ella una ama de gobierno, ó cosa tal, del presidente Yillela, apellidada Inés (mulata por más señas), puso el Rey, de su propia mano, al margen de la propuesta, este decreto : «.La mitra de es para D

(^distinto del 'proTpuesto),i/ perdone por esta vez doña Inés.»

Dejaba al Ministro de Estado (^González Salmón), antiguo diplomático y hombre de buen seso, entenderse, bien ó mal, con los Gobiernos extranjeros, los cuales, á decir verdad , hacian poquísimo caso de lo que pasaba en España , y después de habernos desquiciado y envilecido, aparentaban hacia nosotros una actitud de insultante desden.

Confiaba al Ministro de la Guerra (Alargues de Zamhrano) el cuidado de organizar á su modo el ejército, empezando por imparijicaí' á toda la oficialidad y reemplazarla por sus hechuras; llevando á tal extremo su intran- ¿jigencia, que, á falta de hombres de que disponer, cubrió todas las vacantes de la Guardia Real con niños imberbes , aunque de las primeras familias de Madrid , lo cual dio margen al chistoso pasquín colocado á la puerta del

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Ministro, que decia : « Se hiiscan algunas docenas de nodrizas para acabar de criar á los oficiales de la Guardia Real.-»

Al Ministro de Marina (^Salazar^ dejábale entregado á su dolce far niente, viendo acabarse de podrir en los arsenales los restos de los mezquinos buques comprados á Rusia, y al personal de la Armada (inútil ciertamente por entonces) dejábale morirse de hambre, con la supresión absoluta del percibo de sus haberes.

Dejaba, en fin, al Ministro de Hacienda, Ballesteros (el único representante en aquel quinteto de la ilustración y tendencia civilizadora , y que amalgamaba en su departamento, ademas de la Hacienda, todos los ramos que hoy constituyen los Ministerios de Fomento y de Gobernación y mucha parte del de Ultramar) ; dejábale, digo, que desplegase su celo y buen sentido , adoptando medidas sensatas y ñivorables , tales como la formación por primera vez, bajo el gobierno absoluto, de un presupuesto financiero; el fomento y regularizacion de varios ramos, como los de Minería, Pósitos, Ingenieros civiles y otros; la publicación de un Código de Comercio (el mismo que aun hoy dia rige); la creación del Consulado y Bolsa de Comercio en Madrid, y sus cátedras; la del Conservatorio de Artes, con las suyas, y la celebración de la primera Exposición pública de la Industria española, verificada en 1828.

Por cierto que, á propósito de esta Exposición, no puedo dejar de estampar aquí una anécdota, que prueba la poca importancia que daba Fernando á estos esfuerzos de su ilustrado Ministro.

Celebrábase dicha Exposición en las estrechas y mezquinas salas del Conservatorio de Artes (sito en la calle del Turco), y era tan pobre y desconsoladora, que más que Exposición pública semejaba al interior ó trastienda

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de algwn buen almacén. Invitado, empero, Fernando á ^ásita^la oficialmente , presentóse un dia en ella , siendo recibido y acompañado en la visita por el ministro Ballesteros y el director D. Juan López Peñalver, los cuales cuidaban de hacer presente al Monarca los adelantamientos de nuestra naciente industria, lo que esperaba de su protección j de la del Gobierno, etc. — Todo esto lo escuchaba Fernando con aire distraído y fijándose sólo de vez en cuando en los objetos más haladles, hasta que, llegados que fueron á las salas donde se ostentaban los tejidos de las fábricas catalanas , y redoblando entonces el Ministro y el Director sus esfuerzos para llamar su atención sobre ellas, contestó desdeñosamente á las observaciones de ambos con un Ci/Bahl todas e'stas son cosas de mujeres D, y precipitó su salida para irse á dar un paseo por el Retiro, dejando á Ballesteros y Peñalver encogerse de hombros^ y dirigirse una mirada harto expresiva, que parecía querer decir : «/ Qué rey! )) — Esta anécdota la oí deboca del mismo Peñalver, que no volvia en sí del asombro que le causó esta salida de tono del Monarca.

Por lo demás, en cuanto al estado miserable de lo que entonces se llamaba la Real Hacienda^ la absoluta desaparición del crédito público y la penuria general, Fernando cerraba los ojos, así como también ante los onerosos contratos y arrendamientos de las rentas públicas , ante los empréstitos ruinosos en el extranjero, á cuya sombra se elevaron colosales fortunas, tales como las de los modernos Fúcares, Riera, Aguado y otros.

Sólo cuando solia estallar algún chispazo revolucionario (lo cual sucedía muy frecuentemente) era cuando Fernando recobraba su enerva , logrando ahoorar en sangre aquellos movimientos ; pero muy luego echó de ver que no eran sólo los liberales á quienes temer debía, sino que más cerca de sí tenía otros elementos valiosos de iusurrec-

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cion y rebeldía, j contra ellos hubo de convertir toda su -iitencion y desvelo. — El bando cq)ostólico, compuesto de lo más fanático del partido absolutista, poco satisfecho íiún con el despotismo de Fernando, le acosaba con sus exao-eraciones, le pretendía dominar con su influencia exclusiva ; y por medio de osadas exposiciones de comunidades, prelados y cabildos, le imponía aún mayor rigor é intolerancia, exigíale el restablecimiento de la Inquisición (único punto acaso en que Fernando se creyó comprometido con los gabinetes extranjeros), el cierre de las Universidades, la supresión de las imprentas, y en fin, todo lo que significa una gráfica expresión estampada en cierta exposición de la Universidad de Cervera , que decía textualmente : « Lejos de nosotros la jyeligrosa novedad de discurrir. ^^- — Y no contento el partido furibundo con estas absurdas manifestaciones, se lanzó resueltamente á la rebelión, proclamando en solemnes manifiestos la abdicación del Rey y el advenimiento al trono del infante don Carlos, en quien tenían cifradas sus esperanzas.

ISo carecían éstas de muy sólido fundamento, pues la falta de sucesión directa de Fernando y la esterilidad de María Josefa Amalia , después de siete años de matrimonio, aseguraban al Infante su futura elevación, al paso que acibaraban los días del Monarca y los de su regia y desdichada esposa. Esta augusta señora , más propia, por su carácter angelical y su acendrada piedad, para vegetar en un claustro, orando al pié de los altares, que para ocupar un trono, arrastraba una existencia lánguida y melancólica, entregada exclusivamente á sus ejercicios religiosos ; no ejercía sobre su esposo influencia alguna, si bien era considerada y hasta estimada por éste con marcada delicadeza; visitaba diariamente los conventos de monjas, y aunque sin gran criterio para hermanar su devoción con la verdadera caridad cristiana hacia el alivio

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y consuelo de las necesidades del pobre, no dejaba de acudir á él con algunas limosnas, no siempre las más oportunas ni discretas. — Habia llegado á coimaturalizarse con su nueva patria ; hablaba correctamente nuestro idioma, y hasta se ocupaba en esci'ibir composiciones poéticas y místicas , no indignas algunas de nuestra lira religiosa. Tal era la que en una docena de octavas dedicó al Santísimo Cristo del Pardo , y que , escrita de su propia mano, figuraba en un cuadro en la iglesia de aquel convento. Y para dar una prueba, tanto de la claridad del estilo y lenguaje de esta augusta poetisa, como de la ingenuidad de su carácter candoroso, estamparé aquí — no ])udiendo hacerlo de todas — la última de unas décimas publicadas entonces, y de que tengo á la vista un ejemplar, escritas por la Reina Nuestra Señora, con la deservpcion del sitio de Solan de Cabras , y con ocasión de haberla aconsejado los médicos el uso de estas aguas, como eficaces contra la esterilidad; cuya última décima decia así :

« No el buscar una salud , Que Dios nunca me ha negado; Otros fines me han guiado De esta fuente á la virtud. Busco en nú solicitud La pública conveniencia; Sigo á una probada ciencia Y cumplo con mi deber; Por mí no quedó qué hacer; Obre Dios con su clemencia. »

Pero ni aquellas aguas milagrosas, ni las rogativas, novenas y ex-votos, fueron bastantes á conjurar el mal; y en tanto los impacientes partidarios del Infante, lanzándose resueltamente á la pelea, primero en las insurrecciones acaudilladas por Capajyé, Bessíeres y otros,

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que fueron ahogadas muy pronto en su propia sangre .. y después en la más formidable de la montaña de Catíiluña (1827), pusieron á Fernando en el caso de desplegar su energía, j acompañado de su ministro Calomarde (á quien llevaba en su propio coche), partió rápidamente del Escorial para Tarragona, con el resuelto propósito de terminar de cualquier modo la rebelión. Consiguiólo, en efecto , no tanto por el empuje de las tropas que mandaba el funesto Conde de España, como por la publicación de amplios indultos, á que se acogieron los principales cabecillas; indultos, por cierto, que fueron indignamente violados después, y sacrificados sin piedad aquellos infelices.

Fernando, luego que vio apagado el formidable incendio de aquel alzamiento, regresó á Madrid, pasando por Aragón , Navarra , las Provincias Vascongadas y Castellanas, y proporcionándose á su entrada en la corte, el dia 11 de Agosto de 1828, el cuarto de sus triunfos caseros (1808, 1814, 1823, 1828) sobre una parte alternativa de sus propios subditos ó vasallos. — Los poetas de la nueva generación, que creyeron vislumbrar en este suceso alguna esperanza para las ideas liberales, celebraron en sentidas composiciones aquel triunfo , y en una Corona ¡poética, entonces impresa, se leen al pié de aquéllas los nombres de Ventura ele la Vega, Juan Bautista Alonso, Bretón ele los Herreros, etc., sobresaliendo entre todos ellos el magnífico Canto épico, escrito por el primero de aquellos jóvenes, con el cual pareció recoger el cetro de la moderna lira castellana.

' Pero la dificultad quedaba siempre en pié; la rebelión carlista, bien ó mal, estaba dominada; mas la esterilidad de la Reina no hacía otra cosa más que aplazar la realización de aquellas esperanzas. La Divina Providencia, empero, en sus inescrutables designios, halló la solución

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tle aquel nvido, llamando á sí á la angelical señora, involuntario obstáculo que contrariaba los deseos del Rey y de la nación entera. El dia 17 de Mayo de 1829 falleció en Madrid la reina María Josefa Amalia, y á tan inesperado como trascendental acontecimiento reaviváronse las esperanzas de los unos y el desconsuelo de los otros, ofreciéndose á la vista un nuevo horizonte en la marcha histórica del país.

II.

Fernando VII, en quien el deseo de ver asegurada su sucesión directa predominaba sobre todos los demás, sintiéndose, aunque entrado ya en los cuarenta y cinco años de su edad, con fuerzas para determinarse á encender por cuarta vez la antorcha de Himeneo, no vaciló un momento en tal resolución, y escogió resueltamente para compartir su lecho á la princesa María Ckistixa, hija de los reyes de las Dos Sicilias, y su sobrina carnal. Y tan acucioso anduvo en ello , que aun sin dar á la memoria de Josefa Amalia el tiempo necesario que el uso y la etiqueta, cuando noel sentimiento, imponen, emprendió la demanda, aceleró los trámites del negocio, y tanto, que aun no habían trascurrido siete meses desde el fallecimiento de aquella señora, cuando el 11 de Diciembre de 1829 enti-aba en Madrid y se unía á él en conyugal lazo la excelsa y hermosísima Cristina.

Venía acompañada por sus augustos padres Fernando IV de Ñapóles, y de su esposa María Luisa, hermana de Fernando VII, y un hermanito en lactancia, el Conde de Trápani ; y llegaba precedida de gran fama (que por cierto uo defraudó) de su extremada discreción, hermosura \ ííeutileza. Un vestido azul celeste — color

340 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

que desde entonces fué adoptado por sus numerosos partidarios, con el epíteto de azul Cristina — y un sombrero blanco con plumas del propio color del vestido realzaban su deslumbradora belleza, al paso que su afabilidad y continente majestuoso y digno arrastraban tras sí todos los corazones. — Al lado de la portezuela del coche cabalgaba airosamente el rey Fernando , que con su figura semi-colosal y su expresiva fisonomía no deslucía personalmente la majestad de la Corona, y seguía toda la Real familia y suntuosa comitiva, que atravesó el largo tra- 3'ecto que medía entre la puerta de Atocha y el Real palacio, por entre vistosos arcos, templetes, guirnaldas y banderolas, dispuestos con mejor gusto que en otras ocasiones por la Municipalidad matritense, y de una lluvia de flores, palomas y versos con que el inmenso pueblo saludaba á la nueva Reina , de quien esperaba su redención.

Las musas castellanas, por medio de sus más egregios representantes, entonaron cien y cíen preciosos cánticos en su loor ; Gallego, el Duque de Frias, Arriaza, D71- v-íí/i, hasta el mismo Quintana (solicitado expresamente j)or el Rey) (1), rom})íeron en obsequio de Cristina su obstinado silencio ; y la nueva generación poética, Vega,

(1) ft¿Y Quintana f (preguntó Fernando al Ministro BallesteJj ros ) : ¿ Cómo no dice nada en esta, ocasión? — Señor (le contestó )>el Ministro), Quintana está en desgracia y oscurecido, y no es )) de creer rompa el silencio que se ha impuesto. — ¿Cómo qué? » (replicó Fernando) : Arregla tú esto de cualquier modo ^ y dile y>que yo deseo haga escuchar su voz en obsequio de la Reina. y> — Con lo cual el Ministro comunicó este deseo , ó más bien esta ór- <len del Monarca, al mismo Quintana, y pudo recabar de él que (sin desmentir en modo alguno su sincero patriotismo) prorumpiese en aquella admirable oda, que recordaba, por su virilidad y entonada poesía , los mejores tiempos del sublime cantor del 3far y de la América, de la Imprenta y de la Hermosura.

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Esproneeda, Bretón, Alonso, Gil Zarate y Pezuela secundaron decorosamente aquellas solemnes manifestaciones de los maestros del arte. ¿Qué más? Hasta mi pobre musa, que tan apartada se mantuvo siempre de estas demostraciones Lacia objetos augustos , seducida por el entusiasmo general y venciendo su natural retraimiento, saludó á Cristina con este trivial y descolorido soneto :

«Pura como la luz de la mañana, Bella como la flor de la azucena, Feliz trasunto de la Italia amena, Que en tu beldad se rellejó lozana;

» Tal, dando vida á la región hispana. Vienes ¡ Cristina! y á tu vista suena El eco del placer ; calma la pena Y huye y se esconde la discordia insana.

»Llega ¡ oh Reina ! á triunfar ; y la amargura Que á la ibera nación entristecía Disipa con tu faz encantadora ;

»Cual suele aparecer en el altura, Tras el horror de la tormenta umbría , Iris alegi'e que el zenit colora. »

El entusiasmo, en fin, hacia la persona de la Reina, producido por el instinto público, que acertó á adivinar en ella la futura restauradora de sus libertades , no decayó un solo momento; antes bien se acreció de dia en dia con la declaración oficial del embarazo de S. M. (8 de Mayo). Fernando, que tenía fija su atención en esta esperanza, habia hecbo publicar en 20 de Marzo la paagmática sanción de las Cortes del reino de 1789, no promulgada, en que se derogaba la llamada ley sálica, impuesta por Felipe V acerca de la sucesión exclusiva á la Corona en la rama masculina; y restablecía la antigua ley de Partida , no interrumpida jamas, por la que se declaraba la sucesión natural de las hembras á falta de hijo varón ; ley veneranda y nunca contradicha , que ofreció á

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nuestra historia los ilustres nombres de las Berenguelas é Isabeles , y que era la misma que habian decretado en la Constitución de 1812 las Cortes de Cádiz, esto es, la que la o])inion adoptaba como ley nacional.

Y cuando el 10 de Octubre del mismo año, 1830 , dio ú luz la lieina á la princesa Isabel, la inmensa mayoría <le los españoles aclamó con entusiasmo á la que un dia liabia de llevar el título de Isabel II. — Imposible es describir el regocijo general y el suntuoso aparato de las espléndidas fiestas celebradas con este motivo. La Corte, la Grandeza, el Ayuntamiento y los particulares rivalizaron en ostentación con las demostraciones de alegría; la voz de los poetas prorumpió en sentidos cantos encomiásticos, entre los cuales merece especial mención la magnífica oda del eminente Nicasio Gallego, y la bella octava del joven poeta Ventura de la Vega, estampada en un trasj>arente de la Casa Consistorial y que conservo íielmente en la memoria :

«Bajo tu imperio, religioa sagrada, Otra Isabel, orgullo de Castilla, Las rojas cruces tremoló en Granada, Lanzando al moro á la africana orilla : Esta que hoy nace , de la patria amada Destina el cielo á la paterna silla ; ¡ Sagrada religión , tú la acompaña , Y el siglo de Isabel reluzca á España ! »

"^odo hacía esperar que tan fausto acontecimiento, y la notoria influencia que habia de ejercer en el ánimo de Fernando , contribuirían á acelerar un movimiento de tolerancia y de clemencia hacia la idea liberal y sus partidarios proscriptos; pero la impaciencia de éstos (que por otro lado no era de extrañar después de siete años de ostracismo), recrudecida por el ejemplo de la revolución de Julio en Francia, les arrastró en mal hora, y sin dar

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lugar á espera, á la temeraria empresa de hacer una irrup- ■ciou á mano armada para derribar al Gobierno , entrando en España por la frontera de Navarra el famoso Mina, al frente de sus huestes, j San Miguel y Grurrea por la de Cataluña. Pero muy pronto , y no hallando cordial acogida en las poblaciones, viérouse derrotados miserablemente y con riesgo inminente de sus vidas, consiguiendo tan sólo , con esta funesta algarada , recrudecer en Fernando y sus ministros las ideas más sanguinarias, que estaban algún tanto amortiguadas. — Volvióse á reproducir el terror de 1824; creáronse de nuevo las comisiones militares, que tornaron á ejercer desde luego sus horribles funciones; promulgáronse nuevos decretos de proscripción y de muerte ; sorprendiéronse correspondencias y conspiraciones más ó menos auténticas, de que fueron víctimas el librero D. Aiitouio Mijar, el médico Torrecilla, y hubiéraulo sido también el ingeniero Marcoartú y D. Salustiano Olózaga , á no haberse arrojado aquél por un balcón para evitar su prisión , y evadido éste milagrosamente de la cárcel de Villa , donde estaba incomvinicado. — Y llegó á tal extremo el ensañamiento del bando dominante, que condujo al patíbulo á un infeliz zapatero de la calle de 8an Antón, llamado Juan de la Torre, por haber exclamado en un momento de exasperación: d Libertad, ¿dónale estás, que no i-ienes?y>, y desterró al alcalde de corte don Andrés 011er, por haberse negado á firmar este jurídico asesinato. — Cerráronse las Universidades, prohibióse rigorosamente la entrada de los diarios extranjeros, y cesó, en fin, la publicación de todo lo que pudiese oler á ilustración y patriotismo.

Tal era la condición ineludible de aquel Gobierno arbitrario : la de pasar alternativamente desde el más sangriento período de persecución y de lucha al oprobioso de abyección y saña contra todo lo que pareciera conducir á

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la pública ilustración. Parapetados en el irresponsable ejercicio de la autoridad, sin trabas de ninguna especie ni en las leyes ni en la opinión (que no tenía medio alguno de manifestarse); seguros, por lo tanto, de la impunidad más escandalosa los magnates y funcionarios, más absolutos aún que el mismo Monarca, gobernaban á su antojo ; hacian y deshacian leyes, y disponían en favor de sus hechuras y paniaguados, de los destinos, gracias y mercedes que debian ser el premio del talento y la laboriosidad; y auxiliados por una larga cadena de parásitos intermedios de uno y otro sexo, habian convertido en fructuosa granjeria, desde las altas dignidades de la Iglesia V de la magistratura hasta los cordones de cadete ó los estanquillos de tabaco. — Ya hemos visto con qué desenvoltura ejercían esta omnímoda facultad, desde el Presidente de Castilla, autoridad la más excelsa en aquel Gobierno, hasta los subalternos y porteros, adjudicando al mejor postor grados y mercedes, en tanto que el hombre modesto v de verdadero merecimiento yacia oscurecido, sin hallar medio alguno de darse siquiera á conocer.

Al mismo tiempo los grandes servicios del Estado , el ejército, la marina, la magistratura, la instrucción, la beneficencia V las obras públicas yacían en el más indecoroso abandono; el crédito público puesto en olvido, y el comercio y la industria entregados á la más abyecta nulidad.

La moralidad privada corría parejas con la pública del Gobierno y los magnates. La falta de cumplimiento de sus deberes y compromisos, autorizada por el ejemplo del Gobierno, era cosa corriente, desde el Grande de España, amparado contra sus acreedores con una cédula de moratoria, hasta el ínquílino de una habitación ó arrendatario de una heredad, que se creía autorizado para no pagar al propietario, por aquella regla de a que al que nada tiene,

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el Reij le hace lihreD; y las quiebras fraudulentas y las violaciones de depósitos entre particulares eran una consecuencia lógica de las ejercidas por aquel Gobierno paternal.

La seguridad privada de la propiedad y de las personas era completamente un nombre vano , i)or falta de vigilancia en la autoridad. Conocidos son los nombres de .Taime el Barbudo, José María y los ^'oíos de Ecija, y otros héroes legendarios de esta calaña, que eran dueños absolutos de carreteras y travesías, y con quienes las empresas de trasportes, y hasta el mismo Gobierno y la Real familia tenian necesidad de entrar en acomodos y pagar tributos, á manera de seguro, para no ser molestados ; ó bien que, indultados alguna vez de las penas merecidas, venian con ciertas condiciones á convertirse en escolta de los mismos viajeros que antes desbalijaban ó liacian perecer. — En las ciudades y en el mismo Madrid no eran menos frecuentes los ataques contra la propiedad y las personas, ejecutados, no con ingeniosos procedimientos ni estudiada astucia, sino franca y descaradamente, en medio del dia, en las calles un tanto extraviadas, y escalando por las noches los balcones de las casas , violentando las puertas y penetrando en las habitaciones; y en cuanto á las personas, recuerdo, entre otros varios, el secuestro de una señora, vecina de mi casa, arrancada violentamente del brazo mismo de su marido en una noche de verbena de San Antonio, y el de otra, muy conocida también, que saliendo de tertulia en la calle de Atocha, acompañada por un criado, fué arrastrada por dos audaces libertinos hasta el alto de San Blas, donde saciaron en ella su brutal apetito , bien que, sorprendidos á pocos pasos por unos serenos (únicos vigilantes de aquel tiempo), fueron reducidos á prisión, y á los ocho dias pagaron en el mismo sitio con sus vidas aquel infame aten-

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tado. — Pero ¿qué más? Hasta el mismo claustro se vio contagiado de este desenfreno, siendo teatro del horrible asesinato del Abad de San Basilio, perpetrado por su misma comunidad ; y pudiera recordar también otro fraile, no sé de qué Orden, que vi conducir al patíbulo por haber dado muerte, y con los más repugnantes detalles, á una mujer con quien tenía relaciones.

La decantada religiosidad de aquellos tiempos sólo se manifestaba en rosarios, procesiones j solemnidades; pero precisamente en ellas era también mayor el escándalo que la ignorancia de los predicadores producia en el templo del Señor, con manifestaciones de que hoy no se puede formar idea. La indiscreta juventud, que hacía alarde — no del escepticismo moderno, más aparente que real — sino de la más cínica impiedad, seguía este instinto fatal, no contenida, antes bien sobreexcitada por las persecuciones y anatemas, y leía con avidez, por espíritu de oposición ó resistencia , las obras de Voltaire y Diderot, de Dupuis y de Yolney, La Religiosa y La Doncella de Oi'leans , El Citaclor, Las Ruinas de Ralmira, El Origen de los cultos, La Guerra de los dioses, las obscenas novelas de Pigault Lehrun y la escandalosa de El Baroncito de Fohlas, y otras muchas á este tenor, que hoy nadie conoce, ó que sólo excitan desprecio é indiferencia.

Seguro estoy de que si los ilustrados jóvenes que hoy aparentan echar de menos aquella época, de la cual, por un fantástico espejismo, se forman tan bello ideal, pudiesen retrotraer á ella sus miradas inteligentes, retrocederían avergonzados ante espectáculo semejante, ante una situación en que ellos, hombres de superior talento y de sólida instrucción, que tan bien escriben, que hablan tan bien, no hubieran encontrado medio de manifestai'se, como hoy lo hacen , por medio de la palabra ó de la pluma, y hubieran quedado oscurecidos y perseguidos tal

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vez por esta misma afición al estudio. — Y si sus ilustres padres — algunos de los cuales me honraron con su amistad, si no con sus favores, que nunca les pedí — volvieran á la vida, seguro estoy, re^iito, de que harian conocer á sus dignos hijos lo equivocados que andaban en sus apreciaciones. Y cuenta que todo esto lo dice, casi al borde del sepulcro, un testigo imparcial de aquella época y también de las sucesivas, con sus vicisitudes, excesos y desvarios respectivos ; pero que , independiente por carácter y por posición, y no habiendo recibido, ni de unos ni otros hombres, favores que agradecer, ni agravios que lamentar, sabe hacerse superior á la inñuéncia de la edad, que impulsa ordinariamente á los ancianos á ensalzar lo pasado á expensas de lo presente, y tiene el valor de renílir sólo tributo á la verdad.

CAPITULO XXL

KPISODIOS LITERARIOS. 1830-1831.

EL PARNASILLO.

De todos los cafés existentes en Madrid por los años 1830 y 31, el más destartalado, sombrío y solitario era, sin duda alguna, el que, situado en la planta baja de la casita contigua al teatro del Prínc'qje, se pavoneaba con el mismo título, aunque ni siquiera tenía entonces comunicación con el coliseo. — Esta salita, pues, de escasa superficie, estrecha y desigual (que es la misma que hoy se halla ocupada por la contaduría del teatro Español), estaba á la sazón, en su cualidad de café, destituida de todo adorno de lujo, y aun de comodidad. Una docena de mesas de pino pintadas de color de chocolate, con unas cuantas sillas de Vitoria, formaban su principal mobiliario; el resto le completaban una lámpara de candilones pendiente del techo , y en las paredes hasta media docena de los entonces apellidados quinquets, del nombre de su inventor, cerrando el local unas sencillas puertas vidrieras con su ventilador de hojalata en la parte superior. En el fondo de la salita, y aprovechando el hueco

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de una escalera, se hallaba colocado el mezquino aparador, y á su innjediacion había dos mesas con su correspondiente dotación de sillas vitorianas, — Estas dos mesitas eran las únicas ordinariamente ocupadas por unos cuantos comensales, personas de cierta gravedad, diplomáticos antiguos en su mayor parte , y eran los señores Cuadra, Arriaza, Onis, Agu'dar, Pereyra, Dehesa y Carii.erero, los cuales, por costumbre inveterada, venian todas las noches á tomar su taza de café ó su jicara de chocolate, que se hacían servir á la mano desde el contiguo aparador, sin tomar para nada en cuenta la mezquindez V suciedad de los trebejos de cristal ó de loza en que aquellos confortantes les eran administrados. — El resto de la sala permanecía constantemente desierto, y alumbrado tibiamente por la tétrica luz de los candilones el empolvado pavimento de baldosa de la ribera, en cuyos intersticios crecia la hierba, que acudían ganosos ájxistar los ratones y correderas con la misma franqueza que si fueran ganado de la Mesta en prado comunal.

Pues bien, á pesar de todas estas condiciones negativas, y tal vez á causa de ellas mismas, este miserable tugurio, sombrío y desierto, llamó la atención y obtuvo la preferencia de los jóvenes poetas, literatos, artistas y aficionados, que á la sazón andaban diseminados en los varios cafés de aquella zona, tales como el llamado de Ve- 7iecia, en la esquina de la calle del Prado; el de Sólito, en la manzana frontera (que hoy no existe), y el de Morenillo, en la plaza de Santa Ana. — Y á pesar de lo extraño que puede parecer, es natural que así sucediera, porque todos aquellos aprecíables jóvenes, dados por vocación irresistible al culto de las Musas, y un sí no es también al de las nuevas ideas políticas, que no eran á la sazón moneda corriente, no se sentían á gusto y desahogo en locales que, si bien más halagüeños y decorosos,

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solían estar ocupados por una concurrencia heterogénea Y desconocida, compuesta de pisaverdes ó ¡eclmguinos insípidos; de militares más ó menos indefinidos ó indefinibles; de tal cual parásito que olfateaba adonde se consumía un holl de ponche ó destapaban unas botellas de cerveza; de algún honrado droguero de la calle de Postas ó aprecíable mercadante de los portales de Santa Cruz; y ¿quién sabe también si un taimado polizonte^ tranquilamente sentado y con aire distraído en la mesa contigua, se codeaba con un grupo de jóvenes poetas, y escuchaba su plática, que seguramente no trascendía, que digamos, á ningún olor de santidad?

En caso tal, los alumnos de Apolo, ganosos de establecer, como ahora se dice, su autonomía, y absolutamente faltos de círculos, ateneos, liceos y casinos (que por entónces ni aun siquiera de nombre eran conocidos), pensaron, y pensaron bien, que les convenia encerrarse (como los cristianos de la Iglesia primitiva en las catacumbas de Roma) en algún recinto solitario, que, á falta de otras ventajas, les pudiera brindar con la independencia y seguridad necesarias para su franca y leal comunicación; y echando el ojo por todos aquellos contornos, ninguno hallaron más á proj^ósito que la sombría y desierta sala del café del Príncipe.

Y hé aquí la razón por la cual cierta noche de invierno (no sabré fijar si fué el de 1830 ó 31), una numerosa falange de tan despiertos y animados jóvenes tomó posesión (le aquella tierra incógnita, y nuevos Colones, plantaron en ella el estandarte de las Musas, imponiéndola, en su consecuencia, el título de El Parnasillo.

A la cabeza de aquella fuerza pacíficamente invasora descollaba la fracción de más empuje en ella, fracción señalada, tanto por el agudo ingenio de sus individuos, como por la juvenil y donairosa excentricidad con que se

EL PARNASILLO. 351

entregaban á cultas y alegres jugarretas, que solían interrumpir el acompasado movimiento de aquella descolorida sociedad, granjeándose con ellas el exorbitante título, que ellos mismos alardeaban, de La Partida del Trueno. — En ella figuraban ingenios tan privilegiados como Espronceda, Vega, Escosura, Ortiz, Pezuela, Bautista Alonso, Santos Alvarez, y otros que ahora no recuerdo (1). — En pos de este grupo, verdadera charanga de aquella legión poética, venían, como soldados de fila, FeJegrin, Segovia, Vdlalta, Oclioa, Castejon, Tirado, Las Heras, Larra, Doncel, Valladares, Diaz, Madrazo (D. Pedro j D. Francisco de Pauhi), los hermanos Mayo, Olona, Diana, Pérez Calvo, Ferrer del Rio, González Elípe, Romero Larrañaga, Peral, Navarrete y Salas y Quiroga. — Seguía después la cohorte artística de los adscritos á la Academia de San Fernando, la cual era capitaneada por el entusiasta arquitecto de la villa, Mariátegui, cuya obesidad haríale pasar por bombo, sí su prosopopeya y coraní vobis no le dispensaran el carácter de tambor mayor. — En esta leo-ion fio-nrabau los pintores Madrazo, Rivera, Texeo, Carderera, Jimeno, Camarón, Villaamil, Esquivel, Mendoza, Maea y Gutiérrez de la Vega; los arquitectos Colomer y Aníbal Alvarez; los ingenieros Areytio y Echevarría; los grabadores Peleguer, Castelló, Ortega, y los impresores Burgos, Sancha, y el editor Delgado. — Ocupando el sitio de respeto, como quien dice la presidencia de aquella procesión, venían los protectores, entusiastas é inteligentes señores Acebal Arratia, Ortiz de Taranco, Carlos Calderón y Guillen Buzarán, y cerraba la marcha una escogida comitiva de personas distinguidas en nuestra buena sociedad, amigos todos y aficionados á las letras y á las artes, tales como los Sres. Gutiérrez de la Torre {D. Carlos) ,

(1) Los nombres subrayados son los de los fallecidos.

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Heredia (D. Narciso y D. Pablo), Hidalgo, Bañuelos, Perales, Rio (D. Andrés), Quintana (D. Lorenzo), Fehrer de la Torre, Pahon, Milans del Bosch, Berriozáhal , Vizmanos, Sancho Larrea, Estrada, López Berges, Pérez Vento, etc., etc.; y, en fin, como maestro de cereinonias ó bastonero, encargado de facilitar su comunicación y colocación oportuna, aparecía el imprescindible D. Joaquín Marrad y Soto.

No pretendo, por supuesto, decir con esta prolija exhibición, que en una misma noche y hora determinada, cual si llamados fuesen á campana comunal, tuviera efecto esta formidable agrupación, como ni tampoco que fuese improvisada sin la necesaria preparación ó programa. Nada menos que eso, y para explicarlo bastará observar que algunas noches antes se habia establecido imnediata á la mesa única de los diplomáticos otra con el carácter exclusivamente literario, compuesta del célebre D. José María de Carnerero, que, en su calidad de antiguo diplomático y moderno periodista , reunia ambos conceptos , y que ademas estaba, como quien dice, en su casa, como que habitaba el cuarto principal del café ; de D. Juan de Grimaldi, director ó autócrata del teatro del Príncipe; D. Manuel Bretón de los Herreros y D. Antonio GU Zarate, únicos poetas que por entonces surtían á la escena con sus producciones originales, y D. Serafín Calderón y mi humilde persona, que colaborábamos con Carnerero en la redacción de la única Revista literaria, titulada Cartas Españolas.

Entre esta mesa propiamente literaria y el dueño del café (que para mayor seguridad acumulaba las augustas funciones de alcalde de barrio), mediante también la intervención del consabido Marraci, fueron entabladas negociaciones relativas á la próxima ocupación del local por la falange poética; y el interesado y amable Anfitrión,

ET, PARNASILLO. 353

dispuesto á dejarse invadir ó conquistar por la nueva clientela, trató de mejorar algún tanto las condiciones materiales del establecimiento, reforzando el viejo mobiliario , añadiendo una lámpara más á la antigua funeraria, haciendo algún acopio de botellas j garrafones , j lo que es más filosófico — supuestos los escasos posibles de la mayor parte de los nuevos parroquianos — inventando en su favor el sorbete metafórico , el medio soi'hete á dos reales vellón, y á la misma módica cuota el juego completo de taza de café con su ¡jliis ó tostada, á discreción. — ítem más, para la mejor asistencia, á su antiguo y único camarero ó maestresala Romo, mozo (de sesenta abriles que así escanciaba el garrafón como agitaba la chocolatera), añadió otro mancebo de servilleta y mandil para servir de Ganimédes á los nuevos concurrentes. Este tal mozo, llamado Pepe, fué confirmado de consuno y con ligera variación con el clásico y tradicional nombre de Pipí.

Dispuestas así las cosas, y verificada que fué la solemne inauguración, procedióse á repartir las mesas y sillas lo más equitativamente posiljle, quedando en el centro el espacio suficiente para no poder mover un pié. — Dividiéronse luego los asociados en las correspondientes secciones (ó pandillas, si place al lector) de los líricos, de los dramáticos, de los bucólicos, de los críticos, de los prosistas, de los satíricos, de los afines, de los discordes, de los entusiastas (todavía no se habían inventado los románticos), de los innumerables matices , bandos y comuniones, en fin, con que en nuestra tierra de España es uso y costumbre subdividirse toda agrupación que pase de tres individuos; y pudieron entregarse á sus animadas polémicas, sus desenñidados diálogos, punzantes epigramas y galas ingeniosas del buen decir. — Allí, al frente de la mesa que pudiéramos llamar presidencial , el dictador teatral, Grimaldi, tendía el paño y disertaba con gran inteligencia

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sobre el arte dramático y la poesía; — allí Carnerero, con su amena j sabrosa conversación , sus animados cuentos, chistes j chascarrillos, que por su color demasiado subido no me atrevo á compulsar aquí, formaba las delicias de los jóvenes poetas; — allí Bretón de los Hei'reros, con su alegre y franca espontaneidad característica, su prodigiosa facultad para versificar, aunque fuese una noche entera, y la homérica y comunicativa carcajada con que él mismo celebraba sus propios chistes; — allí Serafín Calderón, con su lengua estropajosa y su lenguaje macareno y de gemianía , contando lances y percances á la alta escuela, ó entonando por lo bajo una playera del Perchel; — allí Gil Zarate formando contraste con su grave seriedad y su poco simpática elocuencia; — allí Ventura Vega, con aquel aplomo y cómica seriedad que le eran característicos, soltando un epigrama, un chiste agudo, que algunas horas después eran como proverbiales en nuestra culta sociedad; — allí Espronceda, con su entonada y un tanto pedantesca actitud, lanzando epigramas contra todo lo existente, lo ¡casado y lo futuro; — allí Larra, con su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba; — allí Escosura, con la agitada movilidad de su lengua, de súmente y hasta de su corazón; — allí Bautista Alonso , con su palabra inagotable , que participaba de arenga forense y de égloga virgiliana ; — allí , en fin , todos los concurrentes á aquel certamen del talento alardeaban sus respectivas facultades y convertían aquella modesta sala en una lucha animada, en un torneo del ingenio, y casi casi en una literaria institución.

¿Quién habia de predecir, sin embargo, entonces que, andando el tiempo y verificadas las trasformaciones políticas, aquella modesta reunión, reforzada por nuevos ingenios tan valiosos como Hartzenbusch, García Gutiérrez, Zorrilla, Eoca de Togores, Campoamor, Rubí, La-

EL PARNASILLO. 355

faerde, Tassara, BermuJez de Castro, Ros de Olano, los hermanos Asqueriuo, Vedia, Enrique Gil y Cayetano Cortés, sería tambieu favorecida con la presencia de los grandes oradores, de los encumbrados políticos Caballero, Olózaga, González Bravo, Sartorius, Pacheco, Pérez Hernández, López i^D. Joaquhi), Bravo Murillo, Moreno Lopez y Donoso Cortés, j que llegaría un dia, ó una noche, en que el autor aplaudido, el artista premiado, el fogoso tribuno , el periodista audaz no se darían por satisfechos si no venían á depositar sus laureles en aquel oscuro recinto j á recibir en él la confirmación ó el "sasto bueno de sus triunfos literarios ó artísticos, periodísticos ó parlamentarios ; y que hasta el Ministro cesante ó dimisionario, al abandonar la dorada poltrona, tornaría muy satisfecho á ocupar su acostumbrada silla en un rincón del ParnasiUo?

Y, sin embargo, todo esto sucedió, reconcentrándose en aquellas estrechas paredes lo más vital de nuestra sociedad, hasta que, rebasando sus límites, partió de ellas el rayo luminoso que había de cambiar por completo la faz de nuestra vida intelectual. — De allí , de aquel modesto tugurio, salió la renovación ó el renacimiento de nuestro teatro moderno; de allí surgieron el importantísimo Ateneo cientíjico; de alK el brillante Liceo artístico, el Instituto, y otras varias agrupaciones literarias; de allí la renovación de las Academias, de la cátedra y de la prensa periódica; d? allí los oradores parlamentarios y los fogosos tribunos, que promovieron, en fin, una completa trasto rmacion social.— Este movimiento en nuestra cultura, que se desarrolló en el período de 1835 al 40, merece seguramente, y lo tendrá, un capítulo especial. — Por ahora sólo me cumple señalar en éste su origen, iniciado en la modesta y hoy silenciosa y olvidada sala del café del Principe.

356 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

11.

EL TExVTRO Y LOS POETAS.

El teatro moderno español liabia quedado huérfano con la emigración de su último digno intérprete D. Manuel Eduardo de Gorostiza, á fines de 1823; mas, por fortuna, no fué duradera esta orfandad; antes bien serió remediada con creces pocos dias después.

El 14 de Octubre de 1824, dia de gala por el aniversario del nacimiento de Fernando VII, apareció anunciada en los carteles del Príncipe una comedia nueva, en prosa, original de D. M. D. de los Herreros, titulada ^4 la vejez viruelas , que fué escuchada con gusto por el público, sin cuidarse poco ni mucho de su originalidad, ni tampoco de averiguar la persona de su autor. — Éste, como puede adivinarse, no era otro que el inmortal Bretón, que, reducido á la escasez por su cesantía en un destino de provincias, hubo de recurrir á su feliz ingenio para subvenir á sus más apremiantes necesidades , desenterrando para ello dos comedias que de antemano y por distracción tenía escritas, una la ya citada, y otra la que con el título de Los Dos Sobrinos, ó lo que sojí los pariejifes, también se representó por entonces y fué recibida con agrado, que era todo lo que podia exigirse de un público poco entusiasta y que no hacía distinción entre lo que se le ofrecia original y lo que era sólo traducido. — Mayor fué el éxito de la tercera comedia de Bretón , representada en la noche del 19 de Abril de 1828 con el título de A Madrid me vuelvo, hasta que el último dia de 1831, con la aparición en la escena de su bellísima comedia Marcela ó ¿á cuál de los tres? acabó de subyugar el ánimo del público, que previo los triunfos posteriores que en la escena

EL TEATRO Y LOS POETAS. 357

patria aguardaban al fecundo autor de Muérete y verás, El Cuarto de hora, El Qué dirán, El Pelo de la dehesa y ¿ Qíiiéu es ella ?

Casi al mismo tiempo que Bretón, aparecia en la escena otro campeón dramático, D. Antonio Gil Zarate (182G), con una linda comedia, titulada Un año después de la boda, que por cierto tiene mucha semejanza en su argumento con la que mucho después habia de inmortalizar el nombre de Vesa con el título de El Hombre de mundo. — Gil Zarate presentó también por entonces otras dos comedias de costumbres, tituladas ¡Cuidado con las novias! j El Entretenido, y recorriendo en adelante todos los géneros del arte dramático, desde el ya citado, de costumbres ó de carácter, hasta la tragedia clásica en Don Pedro de Portugal y Blanca de Borbon ; desde el drama histórico, como en Masaniello , Don Alvaro de Luna, El Gran Capitán, Guillermo Tell y Guzman el Bueno, al sentimental, como Rosniunda, Cecilia ó la Cieguecita, Afatilde ó Dama y esposa; desde el político, como Un Amigo en candelero. Un Monarca y su privado, hasta el más ultra-romántico, en Carlos II el Hechizado ; variado y precioso repertorio , hoy injustamente olvidado.

Pero por entonces, es decir, en los momentos en que empezaba á iniciarse el renacimiento de la escena patria, no bastaba todo el talento y la laboriosidad de Bretón y de Gil Zarate para atraer al público al teatro de verso , y distraerle de su excesiva afición á la ópera italiana, que con gran donaire combatió Bretón en su preciosa Sátira contra el furor jil armónico. Y por otro lado, los actores ó comediantes-empresarios no podían por su parte estimular á los ingenios con el premio decoroso que su trabajo merecía, ni estimular á otros autores á que siguiesen las huellas de los ya citados ; creyendo hacer un sacrificio brindándoles la escasa remuneración de 1.500 ó 2.000

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reales por uua sola vez; j en cuanto á la impresión de las piezas, bastará decir que yo mismo, por mi propia mano y á nombre de mi amigo el impresor Burgos, entregué á Bretón á razón de 500 rs. por la impresión de cada una de sus tres citadas comedias , y lo mismo hice á Gil Zarate por la suya de Un año desjmes de la boda.

Los actuales poetas dramáticos, que en tan distintas condiciones emplean hoy su ingenio, se asombrarán sin duda al leer estos pormenores, y admirarán la perseverancia, el valor heroico de aquellos verdaderos fundadores de nuestro teatro contemporáneo para continuar impertérritos en sus laudables tareas. — Y por eso también no habrán de extrañar que, considerando que en la remuneración no se hacía, ni por los actores ni por el público, la distinción debida entre las obras originales y las traducidas, se ocu^^asen simultáneamente en ambas tareas, repartiendo este trabajo con Ventura de la Vega y D. José María de Carnerero.

Este personaje, á quien sin injusticia no puede negarse notable influencia en el progreso de la literatura y del teatro español, no era, seguramente, un ingenio notable ni un crítico profundo; pero su variada, aunque superficial instrucción, la amenidad de su trato y de su conversación seductora, y su laboriosidad y buen gusto le habían granjeado una especie de aureola, no sólo en la buena sociedad, de la que era frecuente comensal, sino también de todo el gremio literario y artístico de la época.

Desde que en 1821, de vuelta de su emigración afrancesada , estuvo encargado de la dirección de ambos teatros, empezó á ejercer en ellos una especie de dictadura, que continuó después con el carácter de abastecedor de piezas, generalmente traducidas del francés y arregladas á nuestra escena con notable habilidad. Esto lo hacía Carnerero á las mil maravillas, tanto por el buen gusto en la elección de los originales, cuanto por la facilidad difícil

EL TEATRO Y LOS POETAS. 359

cou que, según la feliz expresión de Moratin, las vestía de mantilla y basquina. — Recuerdo, entre otras, las tituladas El Amhicioso , El Afán de figurar (del Sr. Carnerero, como decían los chuscos). Los Títeres, ó lo que es el mundo, El Marido á ¡yicos pardos , j otras varias de Picard, Duval, Bonjour, j muchas del fecundo Eugenio Scrihe, tales como La Cuarentena, El Joven de sesenta aTíos, El Peluquero de antaño y el de ogaño, El Dijylomdtico, El Secretario y el cocinero. El Testamento, j otras cíen ingeniosas composiciones en un acto, que, realzadas e:i la escena por el incomparable actor Antonio Guzman, formaron las delicias del público y suministraron á Carnerero medios decorosos de subsistencia.

Bajo el aspecto político, este biforme personaje era un tipo especial de volubilidad y travesura. — Protegido en sus primeros años por el poderoso valido Príncipe de la Paz, que le envió como agregado á nuestra legación de Constantinopla, ensayó ante sus aras el humeante incensario, que luego habia de manejar en la corte de José Napoleón, como uno de sus áulicos, y redactor literario de la Gaceta de Madrid ; posteriormente , en la emigración, haciendo la corte al Duque de Orleans (después Luis Felipe I), que le colocó en su Biblioteca al lado de Casimiro de Lavigne ; y á su vuelta de la emigración, consagrando su lisonjera pluma á los corifeos de las diversas opiniones liberales, desde Martínez de la Rosa y Conde de Toreno hasta el bando comunero y la sociedad demagógica titulada Zyo Landahuriana. — Concluido aquel sistema, Carnerero, que, á pesar de su posición avanzada en la prensa como redactor del periódico El Patriota Español, no siguió al Grobierno á Cádiz , hizo un cuarto de conversión, y halló el modo de sentarse á la mesa del Duque de Angulema, declarándose furibundo realista, y tanto, que al regreso del Monarca escribió é hizo representar una comedia titulada

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La Noticia feliz , que por lo ultra-exagerada podía arder en un candil. — Desdeñado, empero, por aquel Gobierno durante largo tiempo, tardó mucho en rehabilitarse y penetrar en las antecámaras del Palacio ; pero al fin penetró por la mediación del ministro Ballesteros j el Comisario de Cruzada Várela, y pudo obtener de Fernando VII el privilegio exclusivo de publicar un periódico ó revista literaria, que tituló Cartas Españolas , y que, como buen cortesano, puso bajo el amparo y protección de la reina María Cristina ; y cuando esta augusta señora se encargó de la gobernación del Reino, á consecuencia de la muerte de Fernando VII, Carnerero, obediente como un girasol, fundó el periódico La Revista Española, hallando en ella el medio de prodigar el humo de su incienso á los diversos matices políticos que se sucedieron, hasta que en 1838, falto de fuerzas físicas y sobrado de achaques adquiridos en su vida accidentada , arrojó su incensario á las plantas (que no á las narices) del altísimo Mendizábal. Otro nombre que antes cité vino á influir también poderosamente en el campo de la literatura, y en especial de la patria escena; me refiero á D. Juan de Grimalcli, 6 Mr. de Grimaldi , que habia venido en 1823 con el ejército de Angulema, en calidad de comisario, ó cosa tal, de una división, y quedádose entre nosotros después de la marcha de los franceses. Dotado de un talento superior y de una perspicacia suma , habia encarnado de tal modo en nuestro idioma, en nuestra sociedad y nuestras costumbres, que muy luego, y siguiendo su irresistible vocación al teatro y sus profundos conocimientos literarios y artísticos , no sólo vino á convertirse en oráculo de poetas y comediantes , no sólo se alzó con el dominio y dirección material de la escena , sino que , lanzándose él mismo á la lucha, hizo versiones de dramas franceses con una originalidad verdaderamente pasmosa. Basta recordar el

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aplaudido drama de La Huérfana de Bruselas j otros en los primeros años de su permanencia en Madrid , hasta que en 1828 tuvo la inspiración de convertir la insípida y descolorida comedia de magia de Mr. Martenville , titulada Pied de mouton, en la donosísima, original y popular Pata de cabra. — ¿Qué pensar de un extranjero que, ademas de los innumerables chistes castizos y típicos de que salpicó esta producción , llegó á imponer á su protagonista el gráfico y popular nombre de D. Simplicio Bohadilla de Majaderano y Cabeza de Buey ? — Grimaldi, que con este verdadero triunfo de su gran talento consiguió despertar el apetito del público español y atraerle al teatro por espacio de meses , de años enteros', se encontró ipso facto al frente de nuestra escena, promovió en ella importantísimas mejoras, levantó y sostuvo á los grandes actores, especialmente Carlos Latorre, Romea y Guzman; hizo de la Concepción Rodriguez una admirable actriz , y casándose después con ella, se identificó de tal modo con nuestra patria, que llegó á tener gran influencia, no sólo en el teatro y la literatura, sino también en la prensa política, riñendo rudos combates en pro del trono de Isabel II y de la Reina Gobernadora, hasta que, vuelto á París, y con el carácter de apoderado de aquella augusta señora y cónsul de España en dicha capital, falleció pocos años há.

No he podido menos de detenerme algún tanto en estos dos hombres privilegiados, que se hallaron colocados, por decirlo así , á la cabeza del naciente movimiento literario, y que venían á ser los estanqueros de la literatura y del teatro, en cuyo derredor hubieron de agruparse todos los que por vocación ó por necesidad se sentían inclinados al cultivo de las letras. — 'Mas como ellas eran tales en aquella desdichada época, que antes que refugio y sostenimiento decoroso, sólo ofrecían á sus afiliados esca-

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SO aplauso y aun más escasa recompensa, claro es que habían de alternar en su servicio con otros más fructuosos, aunque tal vez ajenos á su inclinación ; así que Gil Zarate, ganoso de adquirir una posición oficial menos precaria que la de autor de comedias j poeta lírico, acometió j ganó por oposición la cátedra de francés en el recien establecido consulado; Ortiz, la plaza de intérprete del mismo; Espronceda ingresó en el Real cuerpo de Guardias de Corps; Escosura era alférez de artillería de la Guardia Real, y Pezuela, oficial de caballería; Alonso asistía con éxito al despacho del famoso abogado Cambronero; Larra cursaba medicina; Calderón, abogado j pretendiente, se entregaba con ardor al estudio del árabe en la cátedra de San Isidro, que regentaba el P. Artigas (jesuíta), al paso que publicaba un tomo de preciosas poesías , que parecen arrancadas al Romancero; j así los demas, con la única excepción de Bretón y Vega, que fiaban á su solo ingenio, dedicado al teatro, la satisfacción de sus más apremiantes necesidades.

Réstame, pues, hablar de mi humilde persona, en la cualidad de literato incipiente, y por mucha que sea mi repugnancia, como quiera que la casualidad me colocó en aquella fecha en posición de tomar no poca parte en el movimiento literario que hoy pretendo reseñar, y como también algunas de mis primeras obrecillas adquirieron cierta importancia y celebridad relativa, no tanto por su mérito intrínseco, como por las circunstancias con que á su aparición fueron acompañadas, y que acreditan las contradicciones y percances que entonces encontraba el ingenio en su vuelo y desarrollo, cúmpleme ocuparme en ellas, siquiera no sea más que para bosquejar un dato característico de aquella época desdichada para las letras, aurora, sin embargo, de otra mejor.

CAPITULO XXIL

EPISODIOS LITERARIOS.

(SIGUE.)

EN PEOSA LLANA.

(í.De la prosa de vuesa merced, Señor ]\]iguel de Cervantes, se j^uede esperar muclio; de sus versos, nada. ))

Así decía un librero al príncipe de los ingenios españoles, j esto mismo, salvadas las distancias, se dijo á sí propio el autor de estas Memorias. — Y no ciertamente porque en aquella su primera edad juvenil no se sintiese fuertemente inclinado á cultivar el lenguaje de las musas; no porque, arrastrado por el ejemplo de todos sus compañeros, los jóvenes poetas", dejase de probar sus fuerzas en este sentido, lanzándose atrevidamente á pulsar las cuerdas de una lira mal templada ; sino porque, en medio de sus numerosas tentativas y trabajosos ensayos, llegó á convencerse de que no había recibido del cielo aquel fuego sagrado de la inspiración y el entusiasmo, que no puede suplir jamas en las composiciones poéticas la corrección de la forma, el estudio y la discreción del autor, porque, según la expresión de Horacio :

Mediocrihus esse poetis Non Dli , non homlnes, non concessere columnce.

364 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

Muclio tiempo, sin embargo, hubo de trascurrir para hacerle renunciar á sus aspiraciones poéticas. Muchas, muchísimas composiciones métricas saHeron con esfuerzo y ahogos de su incorrecta pluma ; y como la escuela de entonces, clásica y doctrinaria, recetaba las cualidades propias á cada género, endosaba á sus discípulos el estilo, los ingredientes y hasta el traje propio para cada situación; vistió pellico y empuñó cayado para entonar églogas, idilios y madrigales al son del cáramo pastoril; coronó su cabeza de pámpanos para prorumpir en anacreónticas y cantilenas; de hiedra y de ciprés, para salmodiar fúnebres elegías y endechas ; pidió á Apolo para sus odas el estro y el fuego celestial, al sol sus rayos, á la luna su plateado disco y á las estrellas su trémulo fulgor ; ajustó exactamente á la falsilla de catorce líneas cien conceptos alambicados en estudiados sonetos; martirizó su pensamiento con glosas, dtcirnas , ovillejos y coplas de pié quehrado ; cantó amores, lamentó ausencias, rabió celos, derramó lágrimas, y ¿quién sabe el consumo que hizo su pluma de Filis y Corinas más ó menos fantásticas ó tangibles? — Y aunque todos estos engendros de su imaginación no se diferenciaban gran cosa de los que, con contadas excepciones, corrían como moneda corriente entre sus jóvenes camaradas , con todo eso , la reflexión y el buen sentido le dieron á conocer que en todas aquellas poéticas elucubraciones no había asomos de lo que él juzgaba verdadera inspiración; esto es, de aquella originalidad y altivez de pensamiento , de aquel vigoroso y levantado estilo que caracterizan al poeta creador y verdaderamente inspirado; y recogiendo por ende, y colgando en un rincón el menguado laúd que hasta entonces tomara por dorada y armoniosa lira, cogió una pajuela (todavía no se habían inventado los fósforos), aplicóla á toda aquella papelería de mal pergeñados

EN PROSA LLANA. 365

trovos, y dio con ellos, ó con sus cenizas, en el carro de la limpieza.

Sólo concedió á su intemperancia poética la licencia de expresarse de vez en cuando en tal cual romance jacarandino, en tal cual letrilla burlesca, en tal cual sátira intencionada ó desenfadado epigrama ; mas para todo esto sobrábale la lira , Ijastándole sólo una modesta vihuela ó una estridente bandurria. — Descargada, en fin, su imaginación de todo bagaje pindárico ; abandonada la florida senda por donde marchaban todos aquellos jóvenes , sus camaradas, los cuales bastaban y sobraban, á su juicio, á convertir en un verjel de flores las escabrosas sendas del Parnaso; con ánimo decidido y resolución heroica pasóse con armas y bagajes á la humilde prosa, en la cual un instinto misterioso le pronosticaba que habia de hallar mejor acogida, siquiera no fuera más que por lo insólito del caso.

Mas para justificar en algún modo aquella brusca deserción del campo de las musas, y antes de encaminar su imaginación en la nueva dirección que pretendia dar á su prosaico ingenio, pensó que sería bien ensayarle en una obra que, sin carecer en absoluto de ciertas dotes literarias, pudiese, por su objeto de reconocida utilidad, atraer á su autor las simpatías del público ; y aprovechando á este fin el prolijo y concienzudo estudio que llevaba hecho de su pueblo natal, bajo los diversos aspectos histórico, topográfico, administrativo y artístico, llegó á producir una obrilla, á que dio el título de Manual de Madrid, descripción de la corte y de la villa.

Seguramente que al trazar este libro, por demás prosaico y limitado á una descripción más ó menos amena, no pudo ser mi intento (y dejemos ya la narración afectada en tercera persona) aspirar á un triunfo literario, sino más bien á un pensamiento patriótico, en obsequio y pro de mi pueblo natal, apartándome al mismo tiempo de

366 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

la frivolidad, que por entonces era el carácter de todas las producciones del ingenio. — Pero no contaba con que , á pesar de mi buena fe j recta intención, habia de experimentar contratiempos oficiales para su publicación ; contratiempos que, siquiera no sea más que para mostrar con este caso práctico á qué punto de esclavitud habia llegado el ingenio en aquella lastimosa época, habré de consignar aquí.

A fines de 1830, hallándose ya concluida esta obrita, j en disposición de darse á la estampa, con arreglo á lo prevenido entonces por las leyes , acudí á solicitar del Supremo Consejo de Castilla la Real cédula necesaria para su publicación, entregando el manuscrito en la Escribanía de Cámara y de Gobierno, á cargo de D. Manuel Abad, con la solicitud correspondiente, para que, previa la censura privada, legal entonces, me fuese concedida la autorización; pero volviendo á los pocos dias á saber el resultado , hálleme nada menos que con una rotunda negativa de dicha licencia.

Cualquiera puede figurarse el efecto que semejante injusticia baria en un novel autor, que, después de haber trabajado con entusiasmo y por largo tiempo en lo que creia hacer un servicio público, y en el que fiaba algún título para obtener el aprecio de sus convecinos , se le negase ahora la publicidad, para la cual tenía hechos ademas los gastos de láminas é imprenta, no pudiendo siqviiera sospechar que ofreciese el menor inconveniente una obrita tan inofensiva y ajena á las cuestiones políticas ó religiosas; y que se le negase, en fin, pura y simplemente, sin decirle siquiera las razones más ó menos fundadas de semejante crueldad. — Por los pocos dias trascurridos entre la solicitud y la negativa, se conocía claramente que motivos de animosidad personal, más bien que causas suficientes en la misma obra ( que ni siquiera habia habido

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tiempo de leer), ocasionaban aquella negativa. Pero ¿qué enemistad podia tener un joven hasta entonces apenas conocido en las letras ni en la política , aunque bien relacionado por su posición y su ñimilia ?

Por fortuna, no me desalenté ni detuve en cálculos y consideraciones; antes bien, dando por supuesta cualquiera intriga de escalera abajo, resolví valerme de todas mis relaciones, de toda mi actividad juvenil para descubrirla y desbaratarla. — En su consecuencia, visité uno por uno á todos los Consejeros de Castilla, desde el gobernador Sr, Puig Samper, hasta el fiscal Sr. Pérez Juana; desde el juez de Imprentas Sr. Hevia y Noriega, al relator Sr. Fernandez Llamazares, y haciéndoles una relación verídica y enérgica del caso, y enterándoles del objeto y ejecución de la obra reprobada, vine á saber confidencialmente de aquellos señores que ni tal censura, ni tal repulsa, habían sido obra del Consejo, el cual ni siquiera tenía noticia de ella , ni dádose cuenta del libro por el escribano de cámara. — En obsequio de aquellos respetables magistrados debo consignar aquí que merecí de todos ellos la más cordial acogida, y muy especialmente del ilustrado y severo gobernador Sr. Puig Samper, el cual llevó su complacencia hasta el extremo de pedii-me el borrador y leerle todo, y después de mil parabienes y expresiones lisonjeras para mí, se dignó trazarme la marcha que debía seguir para pedir la revisión por el Consejo (supuesta la primera negativa), para no dejar en descubierto á los subalternos que habían intervenido en ella.

Parapetado, pues, con esta autorización, presentóme al siofuiente día con mi alefato al escribano de cámara Abad , el cual afectó admirarse de la osadía de un joven que se atrevía á rebelarse contra las decisiones del Supremo Consejo de Castilla, y se propuso sin duda contestar con un (ívístoy) á tan inaudita pretensión. — Pero grande

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debió ser su asombro cuando, acabado el despacho general de aquel día, el mismo Presidente gobernador le preguntó si tenía para dar cuenta un pedimento del autor del Manual de Madrid, — á lo que hubo de responder, no sin turbación, que lo habia dejado en la escribanía. — «Hágalo recoger y dé cuenta al Consejo inmediatamente )) (dijo el Gobernador) ; y mientras el escribano se disponia á cumplir aquel mandato, hizo aquel recto magistrado una lisonjera reseña de la obra, que habia leido, y de la superchería de que habia sido víctima el autor, con mengua de la reputación de rectitud del Consejo. — Con lo que, y en vista del pedimento, y previa una buena reprimenda al secretario, se acordó pasar la obra en aquel mismo dia, y con tres luégos, á censura del Ayuntamiento de Madrid. — Esta corporación acordó nombrar una Comisión, compuesta de los ilustrados concejales D. Antonio Cabanilles, don Severiano Paez Jaramillo y D. Rafael Pérez de Guzman el Bueno , los cuales dieron una censura tan cumplida, que el Consejo, en su vista, acordó insertarla en la Real cédula de licencia y privilegio exclusivo, que más que esto era una ejecutoria para mí.

Pero en todas estas idas y venidas pasaron muchos meses, de suerte que no pudo publicarse la obra hasta Octubre de 1831. — Como á consecuencia de aquellos incidentes habia adquirido de antemano cierta celebridad, procuré darla en su confección material bastante esmero y aun lujo, muy poco en uso en aquella época, y concluida que fué la impresión, creíme obligado á ofrecer sendos ejemplares de ella al Rey y Real familia, á los Ministros, Consejeros y Regidores que hablan intervenido en la hcencia, y á este fin pasé á la Granja, donde á la sazón se hallaba la corte , y por mediación del ayuda de cámara ó mayordomo D. Juan de Montenegro, amigo mió, y que me habia ayudado no poco en mis reclamaciones, pude lie-

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gar á la presencia de Fernando VII en audiencia privada. — Hallábase á la sazón el Monarca vestido con harta sencillez : pantalón j chaqueta redonda de mahon, y sentado al lado de una mesa ; y al serle j)resentada la obrita con algunas explicaciones de Montenegro, Fernando dijo, hojeándola : d Me parece muy hien y muy útil; ya sé que has tenido ah/ujias triquiñuelas con los golillas: son mala gente.')') — Señor, contesté, sin duda una mala inteligencia ó equivocación... pero, en fin, esto pasó, y sólo deseo que mi pobre trabajo merezca la aprobación de V. M. y la del público. — Pedido luego permiso para entregar otro ejemplar á la reina Cristina, me fué concedido, mereciendo de esta augusta señora la acogida más bondadosa. — Pasé luego al cuai'to del infante D. Carlos con igual objeto; pero el mayordomo ó jefe, que, según recuerdo, era el señor Plazaola, me dijo que S. A. no 7'ecibia, á lo cual repliqué que no venía á pedirle nada, sino más bien á entregarle Tin ejemplar de mi libro ; pero que, mediante su repulsa, me volvia con él y punto concluido. — Muy distinta acogida hallé en el infante D. Francisco, el cual, con su franqueza característica, me hizo mil preguntas sobre el libro y las contradicciones que habia sufrido su publicación.

A los Ministros, Consejeros y demás les remití los correspondientes ejemplares, é inmediatamente se anunció su venta , siendo tal el apresuramiento del público para adquirir el libro, que en el primer dia se agotó la remesa de trescientos ejemplares encuadernados que juzgué bastantes para muchas semanas, y hubo que suspender la venta hasta preparar la encuademación de los demás. El librero Cuesta me instaba diariamente para recibir nuevas remesas, y por último, en pocas semanas quedó completamente agotada ima copiosa edición. — Caso rarísimo, cuando no único, que pudiera citarse en los fastos de nuestra librería.

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Este éxito material no fué el solo triunfo que obtuve con mi modesta obrilla. Llovían ademas sobre mí felicitaciones las más lisonjeras de corporaciones, autoridades y particulares , y entre otras varias que recuerdo , me bastará citar una que acaba de caracterizar aquella época extravagante.— Pocos días después de la publicación, se me presentó el librero Cuesta pidiéndome un ejemplar de lujo como los entregados á la familia Real. — c(Diga V. al infante D. Carlos, contesté, que no puedo complacerle, porque su ejemplar, que no quiso recibir de mi mano, lo he colocado ya.» — Y así era la verdad, porque el ministro Calomarde, por medio de su paisano y amigo, y mió también, el coronel D. Pablo Cabrero, me liizo saber su deseo de recibir otro ejemplar, por haber tenido necesidad de regalar el suyo al embajador D. Pedro Labrador, que regresaba á Ñapóles ; pero que era condición expresa de que el autor en persona habia de entregárselo , porque deseaba conocerle. — Hube, pues, de acudir á la Secretaría de Gracia y Justicia, donde fui recibido por Calomarde con la mayor franqueza y cortesía ; hízome sentar y me expresó que recordaba á mi padre , á quien habia tratado como agente de Lidias muchos años hacía; elogió mucho mi laboriosidad, y me preguntó ¿en qué podia serme útil el Ministro de Gracia y Justicia? A lo que contesté agradeciéndole su voluntad, pero que no siendo letrado ni eclesiástico, no podia hacerme magistrado ni canónigo; ademas de que, poseyendo una regular fortuna, pensaba dedicarme exclusivamente á mis aficiones literarias, con lo cual, y después de reiterar sus felicitaciones y parabienes , y yo las gracias, me despedí de aquel formidable personaje, que tuvo la bondad de acompañarme hasta la puerta de la sala.

Otras demostraciones de simpatía obtuve también de altos funcionarios, entre ellos el ministro de Hacienda,

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Ballesteros, el comisario de Cruzada, Várela, el f^oljernador del Consejo, Puig Samper,y el corregidor Barrafon: el Ayuntamiento de Madrid me pasó una honrosísima comunicación, poniendo á mi disposición su archivo j oficinas para buscar y obtener los datos y noticias que juzgase necesarios eu caso de hacer nueva edición de la obrita; la escasa prensa periódica de Madrid y provincias se apresuró á prodigar á aquélla mil encomios ; el gran Diccionario Geográfico Universal, que á la sazón se publicaba en Barcelona con la colaboración de D. Pascual Madoz y otros muchos escritores, no halló nada mejor (según su nota) que el adoptarla, trascribiéndola casi por completo en el artículo Madrid; y todas las capitales principales de las provincias, Barcelona, Sevilla, Valencia, Zaragoza, Granada, Cádiz, Burgos y Valladolid se apresuraron á publicar sus Manuales descriptivos, siguiendo el ejemplo y la forma del de Madrid.

Por último, el librero Cuesta, apartándose por primera vez del retraimiento usual en el gremio , y haciendo alarde de una inaudita magnificencia, se me presentó (concluida que fué la primera edición) con la pretensión de hacer de su cuenta y riesgo la segunda, y para apovar materialmente la demanda puso ademas sobre la mesa de mi despacho una talega de mil pesos duros, contantes, sonantes y de cordoncillo (no se habian todavía inventado los billetes de banco); con lo cual hube de recordar el dicho del otro librero homónimo {Juan de la Cuesta) á Cervantes, que arriba estampé, y lisonjearme de que si al genio poético de Bretón le fué dada la gloria de llevar la gente al teatro, á mi pobre y prosaico ingenio le cupo en suerte el no menos difícil triunfo, inverosímil entonces, de enseñar al público el camino de la librería.

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IV.

LOS PSEUDÓNIMOS.

Alentado, que no envanecido, por el éxito de mi primera campaña prosaica, determinóme á seguir por este camino, á que me inclinaba también mi irresistible instinto, y consagrarme á una obra de imaginación, aunque hija también de mi acendrado amor á mi pueblo natal , que me diese ocasión para aprovechar mi observación y estudio sobre el carácter y costumbres de sus habitantes.— Habia pintado en mi primera obrilla el Madrid físico : quise aspirar en esta segunda á j)intar el Madrid moral.

Mas ¿cómo hacerlo con toda la extensión que cumplía á mi propósito? Varios caminos se ofrecían á mi vista para ello, mas ninguno me satisfacía: unos, por lo anticuados ó extemporáneos ; otros , por escasos y limitados para mi objeto. — La novela satírica de costumbres al corte de la de Gil-Blas, que era lo que más me seducía, estaba enterrada hacía dos siglos entre nosotros, y no era dado á ningún escritor desenterrarla repentinamente ante un público apasionado á la novela romántica de D'Arlaincourt ó la histórica de Walter Scoot, y el mismo autor del Quijote, que entonces apareciera con su inmortal novela, hubiera corrido el riesgo de ser recibido con indiferencia ó desden. — El teatro, que seguramente es el medio más eficaz para reflejar las costumbres sociales , era insuficiente para recorrer, como yo deseaba, todas las clases, desde las más humildes á las más elevadas, y adolecía ya de cierta tendencia al drama romántico , que empezaba á ser el favorito del público. Por otro lado, yo no podía

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competir tampoco con la gracia, la espontaneidad y galanura del insigne Bretón , único adalid que se atrevía á sostener esta lucha desigual. — Los cuentos y narraciones ñmtásticas, los apólogos, los sueños y alegorías á la manera de Quevedo y D. Diego de Torres, los viajes de Wanthon y de Gulliver, las Cartas Marruecas de Cadalso , y otras formas literarias adoptadas por escritores anteriores para describir las costumbres patrias, no eran ya propias de este siglo, más explícito; preciso era inventar otra cosa, que no exigiese la lectura seguida de un libro, sino que le fuese ofrecida en cuadros sueltos é independientes , valiéndose de la prensa periódica, que es la dominante en el dia, porque el público gustaba ya de aprender andando, y todavía tampoco se le Labia acostumbrado á endosarle las páginas del libro por debajo de las puertas en entregas ó pliegos sueltos.

Dada esta situación, pues, y deseando, como es natural á todo autor, procurar á mi obrilla preconcebida la popularidad y simpatía del público , propúseme desarrollar mi plan por medio de ligeros bosquejos ó cuadros de caballete, en que, ayudado de una acción dramática y sencilla, caracteres verosímiles y variados y diálogo animado y castizo, procurase reunir, en lo posible, el interés y las condiciones principales de la novela y del drama. Al mismo tiempo, este plan, por su variedad sin límite obligado, me permitía recorrer á placer todas las clases, todas las condiciones, todos los tipos ó caracteres sociales, desde el Grande de España basta el mendigo de San Bernardino ; desde el literato al bolsista ; desde el médico al abogado ; desde la manóla á la duquesa ; desde el comediante al industrial; desde el pretendiente al empleado ; desde la viuda al cesante ; desde el seductor á la zurcidora; desde el artista al menestral; desde el magistrado al alguacil; desde el alcalde de barrio al cofrade; y

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desde el cortesano al paleto; y alternando en la exhibición de estos tipos sociales con la de los usos j costumbres populares y exteriores, tales como paseos, romerías, procesiones, viajatas, ferias y diversiones públicas, al par que otros se contrajesen á las escenas privadas de la vida íntima; la sociedad, en fin, bajo todas sus fases, con la posible exactitud y variado colorido. — Y dominado por esta idea y trazado mentalmente mi plan literario, puse inmediatamente manos á la obra, publicando en las Cartas Españolas (iinica revista de aquella época), en los primeros dias del mes de Enero de 1832, el primer artículo ó cuadro de costumbres madrileñas , titulado El Retrato, y fírmelo con el pseudónimo «Un Curioso Parlante. »

En descargo de mi conciencia y en prueba de mi sinceridad, debo confesar aquí que no fui solo en lanzarme por este camino, absolutamente nuevo entre nosotros; á mi lado tuve un insigne compañero, un modelo de ingenio y de buen decir , el erudito D. Serafín Estévanez Calderón, que, bajo el pseudónimo de El Solitario, empezó á trazar por entonces, en las mismas Cartas Españolas, sus preciosísimos cuadros de costumbres andaluzas con una gracia y desenfado tales , que pudieran adoptar y firmar como suyos un Cervantes ó un Quevedo — si bien el extremado sabor clásico y anticuado que plugo dar á sus preciosos bocetos el erudito Solitario, perjudicaba á éstos para adquirir popularidad, por no poder ser apreciado en lo que valia por la masa común de lectores aquel esfuerzo del ingenio. — De todos modos, el autor de las Escenas Matritenses, que procuraba seguir en la exposición de éstas una marcha más sencilla y modesta, un estilo más usual, reconoce como su gloria mayor la de haber alternado semanalmente en

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SU primer período con el insigne Solitario, con aquel ingenio singular, en quien parecía haberse trasmitido el espíritu, el estilo y hasta la forma propia del autor de Monipodio j de la GitaniUa. Por desgracia para las letras ¡patrias, este fecundo talento hubo de consagrarse muy luego á otros diversos destinos, abandonando el campo literario, en donde era llamado á recoger tantos laureles.

Algunos meses después (á fines de 1832), y cuando ya llevaba yo publicada casi toda la primera serie de las Escenas — que se reimprimió por entonces con el título común de Panorama Matritense — apareció en el palenque de la prosa humorística otro nuevo campeón , D. Mariano Jo Si' de Larra, que, bajo el pseudónimo de El PoBRECITO Hablador, empezó á dar á la estampa varios folletos sin período fijo, insertando artículos, ó más bien sátiras, en verso y prosa, sobre determinadas clases, tales como autores, comediantes y composiciones dramáticas, haciéndolas extensivas de vez en cuando á la pintura délas costumbres — (í aunque no tengo para ello el buen talento de mi antecesor El Curioso Parlante )) — según modestamente estampaba en uno de sus primeros artículos y repitió después en otros, indicando claramente el propósito de seguir mi camino. — Estas primeras producciones de aquel agudo ingenio, que más adelante y por el campo virgen de la sátira política habia de rayar á tan inmensa altura, carecían ciertamente de originalidad y de plan, y sólo en fuerza de la inmensa popularidad, justamente alcanzada después por Larra, pueden hoy obtener un puesto en la colección de sus escritos. Sin embarofo , la crítica moderna no sólo ha tratado de establecer cierta comparación entre ambos autores con el benévolo objeto de enaltecerlos de consuno, sino que, sin tener en cuenta la fecha de su aparición, no ha titubeado

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en asegurar que a El C^irioso Parlante era el más digno sucesor de Fígaro » , siendo así que él mismo , en diversas ocasiones, se da como posterior á aquél, y hasta en dos preciosos artículos críticos favoreció, contra su costumbre, con sentidos elogios al autor del Panorama Matritense, ó sea primera serie de las Escenas, única que alcanzó á conocer, por su desastroso fin en 1837. — Ademas, como el objeto de ambos escritores y la manera de desenvolver su pensamiento sean tan diversos, no cabe término equitativo de comparación, pues mientras que el intento de Fígaro fué principalmente la sátira política contra determinadas épocas y personas. El Curioso Parlante se contuvo siempre dentro de los límites de la pintura jovial y sencilla de la sociedad en su estado normal, procurando, al describirla, corregir con blandui-a sus defectos. Esto va en temperamentos, y el de Larra distaba lo bastante del mió para conducirle al suicidio á los treinta y un años, mientras que á mí ¡Dios sea loado! me ha permitido emprender, á los quince lustros, las Memorias de un Setentón.

Por lo demás, siempre estuvimos ambos en la mejor armonía y comunicación, y tanto, que cuando, á mediados de 1833, hube yo de suspender mi tarea con el objeto de emprender un largo viaje por el extranjero, presenté á Carnerero, director de La Revista que habia sustituido á las Cartas Españolas , al mismo Larra para que ocupase mi lugar en la parte literaria, que me estaba encomendada en aquel periódico , y en su consecuencia publicó en él á los pocos dias su primer artículo con el título de « Ya soy redactor )) ; pero como habia de firmarle con un pseudónimo, siguiendo la costumbre de los escritores humorísticos, abandonados los tres ó cuatro que antes habia usado , sometió á una Junta expresa , reunida en el café del Príncipe, la facultad de darle la investidu-

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ra de otro nuevo, más expresivo y cadencioso. Discutiéronse varios, hasta que la autorizada voz de Grimaldi pronunció el de « Fígaro )) , que adoptó Larra con entusiasmo, á pesar de que yo expuse las razones por las cuales no opinaba favorablemente hacia un nombre de invención extranjera, lo que era á mi entender tan impropio como si á un periodista francés se le antojase firmar con el pseudónimo de Sancho Panza. — Larra, en fin, desde entonces, variando completamente de rumbo y entregándose al que le marcaban los vientos reinantes y su instinto natural, se lanzó atrevidamente en el mar proceloso de la sátira política, publicando desde luego sus preciosos artículos « La Junta de Castellio-hranco » y (.(.Nadie pase sin hablar al j^ortero y) , que tuvo la amabilidad de remitirme á París, y á que le contesté señalándolos como la primera etapa de la marcha triunfal que esperaba á su ingenio en el campo satírico-político, donde le pronosticaba que no habia de hallar valiosa competencia.

Tres escritores, pseudónimos también, la intentaron, aunque sin éxito notable , en los años subsiguientes. — Fué el primero y el que más se le aproximó por lo incisivo de la frase y la gracia del estilo, y aun le sobrepujó en la pureza del lenguaje y la cultura de los chistes , don Antonio M. Segoria, que supo hacer sumamente grato á los ojos del público el pseudónimo El Estudiante. — A su lado marchaba su compañero y colaborador en el periódico que titularon Nosotros, D. Santos López Pelegrin (Abenamar), aunque, si va á decir verdad, distaba mucho del gracejo culto y atildada expresión de Segovia, dejándose llevar por demás de su extremada afición á los retruécanos y chistes chabacanos. — Y, por iiltimo, allá, hacia 1838 , apareció en León , y se trasladó luego á Madrid, D. Modesto Lafuente, con la firma popular de

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Fray Gerundio en sus famosas capilladas , que tan saboreadas habían de ser entre las masas populares : y es que estas masas, poco dadas de suyo á la sal ática, lo eran más , por su temperamento , á la de cocina conventual, con que solia aderezar sus guisados el fantástico lego Tirabeque. — Lafuente , pues , tuvo la singular oportunidad de hablar á estas masas en un lenguaje adecuado, y, siguiendo en el desarrollo de su pensamiento la forma y la expresión chistosa, aunque chabacana, que plugo dar al padre Isla á su homónimo el héroe de Canipazas, se apoderó por completo del entusiasmo y simpatía de la muchedumbre. Y ésta le prodigó tan estrepitosa acogida, que, no contenta con devorar miles y miles de aquellos folletos de tan aperitivo sabor y que penetraban hasta los últimos fogones de la más mísera aldea, y no satisfecha con procurar de este modo al escritor una pingüe fortuna, llevó su extravagancia hasta convertir á su persona en un verdadero ídolo , y tanto , que en sus viajes por las poblaciones españolas era objeto de las más entusiastas demostraciones de aplauso y simpatía; y ciudad hubo , y por cierto de las más importantes capitales de Andalucía, que á la entrada en ella del famoso Fray Gerundio se formaron las tropas en la carrera, volteáronse las campanas y salió el Ayuntamiento á felicitarle con su arenga de cajón. — Muchas veces escuché después al esclarecido y laborioso autor de la Historia general de Kspaña la narración de tales y tan extravagantes demostraciones, que él mismo explicaba por la natural propensión de las masas populares á simpatizar con el que sabe halagar sus debilidades ó sus manías.

Todos estos marcados ejemplos de popularidad y de fortuna no fueron parte á distraer al autor de las Escenas Matritenses de su objeto exclusivo , que era, como queda dicho, pintar la sociedad común, la vida íntima del pue-

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blo en su estado normal, sin tener para nada en cuenta las circunstancias del momento ; renunciar á sabiendas á lisonjeros triunfos presentes , confiado acaso en la idea de alcanzar en lo sucesivo una simpatía más sólida j duradera, una vida más larga, exenta de remordimiento y sinsabor.

Por fortuna puede decir que acertó en su raciocinio; las circunstancias febriles de aquella época pasaron, y con ellas desaparecieron los escritos que les fueron consagrados y las palmas tempestuosas que valieron á sus autores. Los hombres desaparecieron también ; pero el hombre queda siempre, y el pintor de la sociedad sustituye al retratista de la historia. — La simpática acogida que durante medio siglo ha merecido á tres generaciones el autor de estas sus juveniles producciones, las múltiples ediciones hechas de ellas, y la favorable crítica que en todas ocasiones mereció de nacionales y extranjeros, demuestran, cuando no un mérito que acaso no tengan, la solidez del raciocinio y la precisión del cálculo del que, en circunstancias excepcionales y durante el dilatado período de diez años de agitación y de lucha (1832 á 1842), tuvo la abnegación suficiente para hacer abstracción de aquéllas, negarse al aplauso monuntáneo, y aplicar su modesto lente al estudio de la sociedad , procurando en sus cuadros acercarse, en cuanto le fué dado, á las cualidades que aseguran la permanencia á las obras del ingenio; esto es, la verdad y la moral en el fondo, la amenidad en la forma y la pureza y la cultura en el estilo.