Memorias de un setenton · Capítulo real 7 de 9

CAPITULO XXIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XXIII.

LA CORTE DE FERNANDO Y DE CRISTINA.

Í83I-I833.

MADRID FILARMÓNICO Y SOCIAL.

Si la influencia de la reina Cristina no alcanzó desde luego á modificar la marcha política de aquel desatentado Gobierno, ni á dominar de todo al todo el carácter iracundo del Monarca, exacerbado á la sazón con las recientes intentonas de los liberales emigrados, en 1830 y 31, por lo menos no puede negarse que á su gran talento y á su tacto especial debióse una trasformacion completa en el aspecto lúgubre de aquella corte suspicaz y recelosa, inclinándola á comunicarse con la sociedad exterior y participar en algún modo de su movimiento y su cultura.

Esta sociedad, cohibida y contrariada por el Gobierno en sus aspiraciones políticas, en su expansión y progreso intelectual, á falta de objeto más importante en que ocuparse, habia concentrado toda su vitalidad en el movimiento y los placeres de la vida social, y emancipándose del apocamiento y la estrechez en que antes vegetara, modificaba de dia en dia su actitud primitiva, extendía su mirada á más halagüeños horizontes, y seguia, por un

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irresistible instinto, la marclia civilizadora del siglo, dejándose dominar por de pronto por el encanto del arte divino de la música, que, al decir de Feijóo, des el único hechizo jiermitido que hay en el mundo'», j cccitr/a dulzura (según Cervantes) compone los. ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del esp>iritu.'»

Esta afición de la sociedad matritense hacia la filarmonía no era, como ahora, la expresión de una moda j)asajera y de buen tono, sino un verdadero culto, una devoción entusiasta hacia el arte que tan preclaros genios ostentaba á la sazón en un KossiNi, un Donizetti, un Bellini, un Meyerbeer (en su primera época rossiniana), j sus acertados imitadores Paccini, Vacaj, Ricci, Mercadante , Morlacid, j Carnicer.

Y cuando las magníficas creaciones de estos genios insignes tenían en nuestra capital intérpretes tan valiosos como Galli, Maggiorotti, Inckindi, Passini, Trezzini, y las divas Marieta Albini, la Lorenzani, la Cortessi, la Fabiñca, la Naldi, la Tossi j la A ferie Lalande, no es de extrañar que el público matritense adquiriese, escuchándoles, un exquisito gusto artístico, recibiese una educación musical que produjo una pléyade de excelentes artistas más bien que aficionados, de ambos sexos, que formaron por entonces el encanto de nuestros salones. — Y pues que en estos recuerdos trato de evocar todas las notabilidades de aquella sociedad en sus diversos aspectos, político, literario y artístico, permítaseme que cite entre las de este último género á las señoritas Baldomera Cruz, Concha Mariátegui, Luisa Zarate, Petra Campuzano , las hermanas Rives, Paulina Cabrero, Antonia Montenegro y Josefa Azcona, y á los señores Ojeda, Diaz, Pérez Moltó, Cajigal, Llorens, Senfiel, Unaniie, Reguer, etc., que amaestrados y dirigidos en gran parte por el caballero Reart y Cop)ons, insigue dilettante, y por los maes-

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tros Carnicer, Mercadante, Saldoni, Iradier , Alheniz , Masarnau, Espin, Genovés, y otros que no recuerdo, les pusieron en aptitud de competir con los más célebres artistas en la ejecución de aquellas sublimes creaciones del arte musical (1).

La reina Cristina, italiana y artista de corazón, comprendió desde luego la predisposición natural de los hijos de España para el cultivo del arte, y dispuso levantarle un templo digno, creando á los pocos meses de su llegada á Madrid el magnífico (2ons€rvatorio de Música y Declamación (2), que llevó su nombre, confiando su direc-

(1) El trascurso de los tiempos, la variación del gusto, y la moda, en fin, que se deja sentir en la música más que en ninguna otra de las bellas artes, lia hecho olvidar ó envejecer muchas de aquellas primorosas obras, y sería tarea excusada la de pretender rehabilitarlas en el concepto de un público que apenas las conoce. De Rossini, por ejemplo, sólo quedan hoy en el repertorio de nuestros teatros El Barbero de Sevilla, Otello y Guillermo Tell, y todo lo más, Semiramis, Moisés y La Cenerentola, quedando absolutamente desconocidas La Donna del Lago, La Gazza Ladra , La Italiana en Argel, Tancredo, Mahomeüo, Celmira, Coradino, Elisabetka , y otras cien creaciones de aquel genio inmortal.

Más afortimado su continuador Donizetti , ha conseguido abrirse camino hasta el dia con diversas de sus más valiosas producciones, como Lucia, Lucrecia, Favorita y Elixir d' amor e; pero quedaii en el olvido Anna Bolena, Belisario, Torcuata Tasso, Gemma di Vergi, y otras, que ciertamente no merecían este desden, así como ni tampoco la rica partitura de Meyerheer , II Crocciato in Egitto; ni Tehaldo é Isolina, de Morlachi ; Gli arabi nelle Galle, de Vacaj ; Elisa y Claudio y Los Dos Fígaros, de Mercadante; Elena y Malvina, Cristóbal Colon, y otras de nuestro Carnicer, y, sobre todo, los inspirados idilios Pirata, Straniera y Capuletti, del sublime autor de Norma, Sonámbula y Los Puritanos.

(2) Este Conservatorio, inaugurado en 1830, estaba situado en la casa llamada de la Patriarcal, en la plazuela de los Mostenses, y era la misma que en 1823 habia ocupado la Gran Asamblea de los Comuneros. ■

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cion al inteligente tenor Piermarini y á su esposa, los cuales en poco tiempo le hicieron ocupar un elevado rango entre los de esta clase en el extranjero, y ofrecer en los primeros exámenes y funciones celebradas en su teatro un plantel de jóvenes artistas líricos y dramáticos, entre los que descollaban nombres tan célebres luego como los de Manolita Oreiro de Lema, la Pieri, la Villó, la Plañol, Peguer, Calvete y otros cantantes, y los de Julián y Florencio Pomea y Mariano Fernandez , en la declamación teatral.

Fernando, estimulado por el ejemplo de su esposa, quiso también fundar algún establecimiento de instrucción que respondiese á necesidades de otro género, y creó,

por aquellos mismos dias la Escuela de Tauromaquia

en Sevilla; pero, sin embargo, dejándose fascinar por las gracias y el talento de Cristina, concurría con ella á las funciones del Conservatorio (aunque tal vez lo hubiera hecho de mejor gana á las del liceo taurino de Sevilla) ; escuchaba con interés á los jóvenes alumnos, músicos y dramáticos, y es fama que al presenciar la ejecución de la piececita titulada Fl Testamento, en que se ensayó el precoz

^ talento de Julián Romea, dijo á los cortesanos que le rodeaban, y que cuidaron de hacer circular la frase : «Este muchacho que hace El Testamento empieza por donde otros acaban.»

La llegada de EossiNi á Madrid en el Carnaval de 1831 fué objeto de interés general. Venía acompañado del famoso banquero D. Alejandro Aguado, y fué recilndo con

' el mayor entusiasmo, no sólo por el infinito número de sus apasionados, sino por la corte misma y los altos dignatarios, que se disputaban el placer de agasajar al inmortal autor de El Barbero de Sevilla. El, por su parte, parecía simpatizar con nuestro país, que era también la patria de su esposa Isabel Colbran ; gozaba mucho al ver-

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se objeto de aquellas atenciones, j para corresponder en algún modo á ellas, compuso j dedicó á la reina Cristina una bellísima canzone titulada La Passeggiata (que conservo impresa) , j prestándosig al deseo manifestado por el Comisario de Cruzada, Sr. Várela, que fué el que se excedió en recibirle magníficamente, escribió para él expresamente su obra maestra, el Stahat Mater, que, ajuicio de muchos, es el mejor florón de la corona del Cisne de Pessaro. Aquel espléndido magnate correspondió cumplidamente á tan inapreciable obsequio , y conservaba con exquisito cuidado en un precioso estuche la pluma con que el gran maestro escribió esta inmortal composición, que después dio la vuelta al mundo artístico, y fué estrenada en Madrid la tarde de Viernes Santo del año siguiente (1832) en la iglesia del San Felipe el Real, con el aplauso y entusiasmo á que es merecedora.

Rossini, asistiendo á las funciones expresas que le dedicó el Conservatorio, se manifestaba sorprendido al ver la predisposición natural y artística de los españoles para la música, y no se cansaba de expresar su satisfacción al hallarse en la patria de su grande amigo y colaborador Manuel García. Yo mismo se lo oí repetir en un baile de máscaras en casa del Duque de Híjar : por cierto que, animado por mi entusiasmo filarmónico rossiniano, me atreví á dirigirle un soneto improvisado, que escuchó con señaladas muestras de satisfacción, rogándome que se lo diese por escrito, como así lo hice, remitiéndoselo al siguiente dia á la casa en que habitaba (1).

(1) Esta casa (¡íroi^iedad hoy de mi excelente amigo el señor D. Alejandro Ramírez de Villamnitia) es la señalada con el número 8 moderno en la calle de la Reina, y en ella estaba á la sazón la fonda de Genieys. También habia albergado en 1809 al general francés Abel Hugo y á su hijo Víctor, á quien colocó en el Seminario de Nobles.

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Mi soneto decia así :

Á ROSSINI EN MADRID.

«¿Dónde, Rossini, irás, que el peregrino Son de tu lira, que envidiara Orfeo, No te renueve el público trofeo Que á tu genio sin par unió el destino?

)) Vuela tu nombre, salva el Apenino, Traspasa el Alpe, cruza el Pirineo; Ni el ancho mar, ni el Atlas giganteo Límite oponen al cantor divino.

)) Tú , empero, de tu fama el raudo vuelo No pretendas seguir , la patria mia , Que hoy te recibe, goce tu tesoro.

)) Pulsa tu lira en el hispano suelo; Repetirá su mágica armonía El eco fiel del matritense coro. »

No eran sólo los goces de la filarmonía á los que se entregaba con entusiasmo la sociedad madrileña, sino también á los que le brindaban sus condiciones innatas de amabilidad j de franqueza en agradables saraos, bailes y tertulias, en que, desterrado el apocamiento primitivo de la antigua sociedad, que dejé consignado en capítulos anteriores, se matizaba ya con ese agradable colorido de elegancia sin sequedad, cortesía sin afectación, franqueza sin exceso ; con ese buen tono, en fin, que aun boy la distingue y forma el encanto de nacionales y extranjeros.— No habia entonces periódicos ni gacetillas que anunciasen urhi et orhi que los señores de Tal se quedahan en casa los lunes; — que en los salones de la Duquesa de Cual se haría música los martes ; — que los miércoles ahñría sus salones la embajada Tal, ó en la de Cual se ofrecerla un the dansant los jueves; — que los Marqueses de X. barian las delicias de todo Madrid los viernes, ni que los sábados ó domingos darían una de sus maravillosas soirées los opulentos banqueros Tal ó Cual. — Mas, á pesar de

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la falta de estas formas cancillerescas, si mi amigo Asmodeo hubiera estado por aquel entonces en edad y condiciones de escribir sus amenas Revistas, mucho j muy bueno pudiera haber dicho de los magníficos conciertos y espléndidos bailes dados por el coronel D. Pablo Cabrero, dueño de la fábrica platería de Martínez , en cuyo inmenso salón, que permitía una concurrencia de 800 personas, se reunía, en días señalados, todo lo más escogido de niiestra sociedad; los de los Sres. Vallarhio, Villavicencioy Aristizábal, EUmyar, Maricdegui, Cambronero, Gayángos, Valdésj otras varias casas de la clase medía, en que se pasaban las horas en animado y agradabilísimo solaz.

La aristocracia nobiliaria, reducida entonces á la condición de servidora de Palacio, no había abierto aún sus salones, no queriendo sin duda rivalizar entre sí, ni aspirar tampoco á la honra (que no le hubiera sido dispensada) de recibir al Monarca en sus respectivos domicilios; pero uniéndose para festejar el Carnaval y obsequiar á SS. MM., celebraron magníficos bailes en la casa llamada de Trastamara , calle hoy de Isabel la Católica, en cuya planta baja había luias singulares y primorosas estancias, llamadas las cuadras , todas revestidas de grutescos y follajes, y con grandes surtidores de agua en el centro, lo cual, combinado con una profusa y bien entendida iluminación, les daba un aspecto mágico y digno de las Mil y una noches, á '^ü.x que los trajes riquísimos y de todos los tiempos que vestía la aristocrática concurrencia producían un espectáculo encantador.

A ejemplo de ésta , aunque con más modestas condiciones, formáronse en el Carnaval de 1832 multitud de reuniones ó sociedades , que celebraban sus bailes de máscaras en los salones del gran café de Solis, calle de Alcalá, donde hoy el teatro de Apolo; en los de Santa Catalina, La Fontcíxia y La Cruz de Malta, y en las casas

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llamadas de Ahnintes , calle del Prado , y de Santa Cruz, calle de San Bernardino, con el entusiasmo que era de esperar de la privación en que habia estado el público durante diez años de esta grata diversión. — Limitándome sólo á la primera de estas sociedades, á que pertenecí, diré que estaba compuesta de 150 suscritores de las clases más distinguidas y vitales de la población , y que para disponer estas fiestas con toda brillantez se formó una Junta ó Comité, en que figuraban los Sres. Peñalver, . Gutiérrez de la Torre, Escosura, Santoyo, Urbina y otros, y que en ella me tocó la suerte de ser designado como vocal depositario, honra especial, que por cierto me costó algunos sacrificios por ausentes ó rezagados.

Y aconteció una noche de baile (creo que era la del domingo de Carnaval), que estando en lo más animado de él, con la concurrencia de todo lo más distinguido de la corte, empezando por los infantes D. Francisco de Paula y D.^ Luisa Carlota, grandes, títulos y cortesanos, con toda la brillante juventud de la clase media, rivalizando todos en el lujo de los disfraces, en lo animado de los chistes y bromas y en el clasicismo de la danza (porque entonces se bailaba de verdad), acertóse á presentar en la sala , vestido de frac y con la cara descubierta j el actor Valero, el mismo que aun hoy ostenta sobre su frente artística tan preciados laureles. — Todo el mundo sabe el injusto desden ó menosprecio en que hasta estos últimos tiempos se tuvo la profesión escénica, y lo que entonces quería decir un cómico , á quien se le negaba hasta el mezquino Don. Pues bien, en esta sociedad, compuesta, como queda dicho, de palaciegos y personajes, chocó la arrogancia del actor, y empezó un bisbiseo general sobre esta incongruencia, que pasando á manifestaciones descorteses, y después á verdadera agresión contra el cómico que así se atrevía á hombrearse con aquella sociedad,'

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le fueron acosando con sus indirectas nada henévolas y empujándole hacia la puerta , hasta que le obligaron á salir del salón. Indignado, como es natural, el actor ultrajado, corrió al teatro del Príncipe, donde á la sazón se hallaban el Rey j la Reina, j penetrando hasta su presencia, quejóse amargamente del insulto que acababa de sufrir en una sociedad compuesta en su mayor parte de personajes de la corte. Fernando, que en esta como en otras ocasiones no escrupulizaba en declararse en contra de sus propios servidores, habló al corregidor Barrafon á fin de que arreglase este asunto á satisfacción del actor , y hé aquí la razón por la cual, hallándome yo durmiendo sosegadamente , á eso de las diez de la mañana del siguiente dia me hallé con una cita del Corregidor , en que se me mandaba presentarme á S. S. inmediatamente. Hícelo así, y el corregidor Barrafon, que desde la publicación reciente del alamud de Madrid me habia tomado afecto, me dijo que siendo el único de los que componian la Junta del baile de Solís á quien conocía, me llamaba para averiguar qué era lo que la noche antes habia sucedido con el actor Valero, y sobre quién debia recaer la responsabilidad de aquel desmán. Yo le manifesté lo poco que me era conocido, y que no podía designar persona ó personas que fuesen los iniciadores del atropello; sólo sí que los individuos de la Junta lo habíamos sentido en extremo, y que la concurrencia estaba formada en su mayor parte de magnates de la corte, Guardia Real, etc. «Pues bien, á pesar de esto, dijo Barrafon, yo tengo orden expresa de S. M. para arreglarlo (y entonces me contó la queja producida por Valero ante la Real presencia), y en su consecuencia, prevengo á V. para que lo ponga en conocimiento de la Junta, á fin de que el insultado reciba una justa satisfacción , que es la voluntad de S. M. que para el baile de mañana la Junta invite oficialmente á Valero, remítién-

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dolé SU billete personal, y V. me dará cuenta de haberlo verificado en los términos que expresa esta comunicación.

Cuando regresé á la Junta, que tenía sus reuniones en la casa del Conservatorio de Artes, calle del Turco, j puse en su conocimiento la orden terminante de la autoridad , se armó una de mil demonios entre sus individuos, entre los cuales Labia varios de cabeza caliente; pero todo fué inútil; S. M. lo manda, y aquí traigo la orden del Corregidor; conque no hay más remedio que cumplirla, y remitir á Valero su billete con el correspondiente oficio.— BUzose así, y llegada que fué la nocbe, se presentó Valero en la sala , de frac como en la anterior, paseó dos ó tres veces el salón en distintas direcciones, y todo el mundo calló, sin decir esta boca es mia (1).

Una vez rota la valla de la etiqueta y el desden, no eran ya inaccesibles las salas del Palacio á los artistas y literatos, apadrinados por la nueva señora que tan entusiasta se mostraba hacia todas las manifestaciones del talento. Fernando , que siempre tuvo bastante inclinación á las bellas artes, como lo demostró en su perseverancia en fundar y sostener con enormes sacrificios, y á expensas

(1) No fué esta ocasión sola en la que demostró Fernando sus instintos democráticos , poniéndose resueltamente al lado del ofendido por las clases elevadas, y gustando de alardear su autoridad suprema , á la manera de D. Pedro de Castilla. Recuerdo ,, entre otras nuichas que sería prolijo citar, una, cuando al Duque de la Roca, su gentil-hombre de cámara , por haber seducido á la prima donna Marietta Albini , y no pudiéndole hacer casar con ella por estarlo ya , le envió al desierto de la Cabrera á hacer penitencia en la Cartuja; y otra, más chistosa, cuando acudiendo en queja á S. M. en la escalera de Palacio un pobre aguador á quien el corregidor Barrafon habia mandado quitar su puesto del descampado , que era entonces lo que hoy es Plaza de Oriente , le mandó que le volviese á poner, colocando (como así lo hizo) sobre loscántai'os un letrero ([ue deciu : Aqui se vende agua de Real urden.

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de sus propios palacios , el magnífico Museo del Prado, favorecia grandemente á los distinguidos pintores de Cámara D. Vicente López, D. José Madrazo j D. Juan Rivera, j á sus hijos respectivos, dignos herederos de sus nombres; encargaba obras de arte á otros, y acudia en los últimos dias de su existencia, trémulo y fatigoso, á la solemne repartición de premios de la Real Academia de San Fernando, escuchando con interés, de los labios del joven D. Mariano Roca de Togores, la oda sublime de su tio el Duque de Frias, una de cuyas estrofas, dedicadas á los americanos, hizo brotar las lágrimas de los cadavéricos ojos de Fernando.

No contento éste con dispensar su protección á los artistas vivos , y apartándose de la costumbre recibida, y hasta recientemente establecida como ley en la vecina capital francesa , cuando se negó el permiso para erigir una estatua á Moliere con el absurdo concepto de que este honor estaba sólo reservado á los soberanos, mandó al escultor español Sola esculpir la estatua de Cervantes, que, fundida en bronce, habia de elevarse (como después se verificó) en una plaza de Madrid , y mandó colocar en la fachada de la casa en que murió aquel príncipe de los ingenios españoles una inscripción que así lo recordase.

En este último y laudable acto de Fernando VII no puedo menos de reproducir la parte que me tocó en su iniciativa, y que ya consigné en otra de mis obrillas (1).

El dia 23 de Abril de 1833^ (aniversario de la muerte de Cervantes), y en ocasión de hallarse derribando como ruinosa la casa de la calle de Francos con melta á la del León, señalada con el núm. 20 antiguo, en la que falleció aquel esclarecido ingenio, en 1616, tuvo el autor de estas Memorias la feliz inspiración de llamar por pirimera

(1) El Antiguo Madrid.

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vez (y de ello se gloría sin riesgo de ser desmentido) la atención y el interés del público sobre esta fecha memorable,,que tan solemnizada viene siendo después en ambos hemisferios. Al efecto estampó en La Revista Española un sentido artículo de costumbres, titulado La casa de Cervantes, que después formó parte de las Escenas Matritenses, consagrado á deplorar aquel suceso y llamar la atención del Gobierno y las autoridades hacia tan venerandos restos. — Y ¡ cosa rara en aquellos tiempos de indiferencia general ! — alcanzó la fortuna de que aquel escrito, no sólo llamase la atención del público sobre el objeto que le motivaba, sino que cayendo en manos del rey D. Fernando VII, le afectó tan hondamente, que aquella misma noche llamó al ilustrado comisario de Cruzada D. Manuel Fernandez Várela, ordenándole que por todos los medios posibles ocurriese á evitar aquel desmán, y procurase conservar la veneranda mansión del príncipe de los ingenios españoles. El Sr. Várela, en efecto, poniéndose de acuerdo con el Ministro de Fomento, Conde de Ofalia, y con el Corregidor de Madrid, que lo consultó conmigo, hizo que éste llamase al dueño de la casa en cuestión (que era, si mal no recuerdo, un honrado almacenista de carbón, llamado N. Franco), el cual se negó resueltamente á la cesión que le propusieron de dicha finca al Estado, porque convenia á sus intereses reconstruirla, y porque (según repetía con mucha gracia el corregidor Barrafon) también él tenía mucho gusto en poseerla, porque sabía «que en ella habia vivido el famoso D. Quijote de la Mancha, de quien era muy apasionado. »

Vista, pues , esta negativa , y dada cuenta de ella al Rey, se expidió, con fecha 4 de Mayo (á los diez dias justos de la publicación de mi artículo), una notabiKsima Real orden, expresando, casi en los mismos términos que yo proponía, la determinación de que, caso de no poder

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ser adquirida por el Gobierno, se colocase en su fachada un monumento mural con el busto de Cerrantes y la inscripción correspondiente , lo cual tuvo efecto en 23 de Junio de 1834 (ya muerto el rey Fernando YII); posteriormente, en la reforma de los nombres de muchas calles de Madrid, verificada por su celoso corregidor el Marqués viudo de Pontéjos , se dio á la dicha de Francos el nombre de calle de Cervantes, aunque, para proceder con exactitud, este nombre lo merecía más bien la del León (en que estaba la casa y su antigua puerta), el sitio llamado entonces el Mentidero de los comediantes , ó la contigua de Cantarrancis — hoy mal llamada de Lope de Vega — en que está el convento de las Trinitarias, donde fué sepultado Cervantes; y con eso se le hubiera podido dar á la de Francos el nombre de Lope de Vega, que vivió muchos años y falleció en ella, en su casa propia (número 15 nuevo), donde en 25 de Noviembre de 1862 erigió, á mi propuesta, la Real Academia Española ijn digno monumento al Fénix de los Ingenios.

Pero veo que me extravío, halagado por aquellos recuerdos juveniles, y que dejo correr la pluma, deteniéndome involuntariamente en este grato remanso de la vida social , cuando me proponía reseñar en este capítulo, que titulo La Corte de Fernando y de Cristina, no sólo el aspecto de nuestra sociedad en aquel período, sino también, y penetrando (acaso por última vez en estas Memorias} en el dominio de la historia, consignar las singulares peripecias políticas que se desplegaron en aquellos años últimos del reinado de Fernando VIL Pero temiendo, bien lo sabe Dios, abusar de la paciencia del lector, hago un alto aquí , aplazando mi narración en este sentido para el capítulo siguiente, y pidiéndole me disimule si, en vez de un capítulo histórico-político, le ofrezco hoy solamente una semi-secular y desaHñada Gacetilla.