Memorias de un setenton · Capítulo real 8 de 9

CAPITULO XXIV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 30 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XXIV.

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE. (832-1833.

PEEIPECIA.

Un acontecimiento gravísimo vino á tnrbar, á mediados de Setiembre de 1832, aquella tranquilidad material, impresionando fuertemente los ánimos. El rey Fernando VII, que se hallaba en el Real sitio de San Ildefonso, vióse bruscamente acometido de un ataque de gota, que en pocas horas puso en peligro su existencia. En tan críticos momentos, previstos y calculados de antemano por los partidarios del infante D. Carlos, para quienes era letra muerta la pragmática-sanción de 1789, que declaraba vigente la ley de Partida sobre sucesión de las hembras á la Corona á falta de hijo varón, concentraron sus esfuerzos para dar el último golpe, que se dirigía nada menos que á arrancar del Monarca moribundo la derogación de aquella ley; y apoyados por todas las eminencias palaciegas, y hasta por los dos ministros presentes en el Real sitio, lograron intimidar á la joven Reina con la horrible amenaza de una inmediata guerra civil, hasta el punto de decidirla á prestarse al terrible sacri-

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íicio de inclinar el ánimo de su esposo, en los angustiosos instantes de la agonía, á derogar aquella ley, lo cual suponia nada menos que el desheredamiento de su propia hija. Pero apartemos la vista de este drama lúgubre y criminal, que la historia ha dado á conocer en todos sus detalles j que no puede ser desenvuelto en estas 3Ie~ morías, porque ni su objeto es esencialmente histórico, ni mi propósito en ellas fué otro que el de narrar los sucesos que pasaron á mi vista.

Siguiendo, pues, en este propósito, y contrayéndome únicamente á Madrid, diré que desde los primeros instantes en que llegó á noticia de la población el estado crítico de la salud de S. M., el terror, la zozobra y el espanto fueron generales, lo cual no era, en verdad, de extrañar, si se atiende á que el funesto acontecimiento que se anunciaba era evidentemente la señal de un verdadero cataclismo social, no siendo desconocidos de nadie la intensidad de los planes preparados en uno y otro sentido, la efervescencia de las pasiones contrarias, y lo tenebroso, en fin, que se presentaba el horizonte ante aquella crisis suprema.

En los dias que siguieron á la grave acometida del accidente, la población entera de Madrid estacionaba en las calles y plazas, interrogándose mutuamente sobre la marcha de la enfermedad, inquiriendo noticias en todos los centros donde pudieran existir, é interrogando mentalmente al telégrafo óptico que estaba colocado en la Torre de los Lujanes, plazuela de la Villa, como queriendo arrancarle de hora en hora la noticia fatal. Añadíanse á ella las que , aunque con muy diversas versiones, empezaron á circular sobre la presión que se estaba ejerciendo cerca del Monarca moribundo para arrancarle la nulidad de la ley de sucesión; la arrogancia visible de los voluntarios realistas, que suponían conseguido el objeto

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de aquel atentado; la ira ó el desaliento de los sostenedores de la ley de Partida; el temor ó la indecisión de los gobernantes; el ardor en los unos, la tibieza en los otros, y la suspensión, en fin, y el espasmo general.

Este llegó á su colmo cuando el dia 18 se tuvo noticia de que el Rey estaba materialmente agonizando, y que no saldria de la noche, al tiempo mismo que se susurraba, aunque vagamente, la consumación del funesto codicilo.

El pueblo de Madrid corrió entonces á las iglesias donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, y en la Beal de San Isidro el cuerpo del santo Patrono, alternando en su vela los regidores capitulares de la villa. Entre tanto los ministros residentes en la Granja, Calomarde y Alcudia, infieles á su soberano, apresuráronse á comunicar al Presidente del Consejo de Castilla, Sr. Puig Samper, y al Ministro de la Guerra, Marqués de ZamIjrano, y con el fin de que la hiciesen saber al pueblo y al ejército, la terminante retractación arrancada ?'/i artículo tnortis al desdichado Monarca. Pero el patriotismo y la entereza del primero de aquellos personajes, y el sincero afecto hacia Fernando del segundo, les hizo suspender muy cuerdamente el dar publicidad á aquel mandato ministerial, por lo menos hasta tener conocimiento de la muerte del Monarca.

Pero esta funesta nueva, aunque tan inminente, no se confirmó por fortuna; antes bien, al siguiente dia 19 súpose con asombro que el Rey habia vuelto en sí de su letargo, y que seguía con algún síntoma de alivio; que esta mejoría inverosímil continuaba en progreso en los siguientes días, ofreciendo razonables esperanzas de salvación; súpose también, aunque envuelta en sombras, la abominable intrio^a frao-uada en torno del lecho fúnebre, el desconsuelo y abatimiento de la joven Reina, y la lie-

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gada á la Granja de la infanta D.^ Luisa Carlota, que estaba en Andalucía, la cual, con la energía j superioridad de su carácter, corrió presurosa á deshacer de mano maestra aquel complot, á romper el funesto codicilo, á reanimar á la Reina, á confortar al Eey y á variar por completo la situación del palacio Real. Súpose, en fin, con inmensa satisfacción j júbilo, que la Facultad de Medicina habia declarado al Rey fuera de peligro con fecha 28 de Setiembre, precisamente un año antes, dia por dia, de su futuro fallecimiento.

Suro;iendo desde este momento los sucesos con vertiginosa rapidez, diariamente llegaban á noticia del pueblo de Madrid la separación del Ministerio Calomarde y la fuga de este Ministro, primero á Olva, su pueblo natal, en la provincia de Teruel, y luego á Francia, disfrazado de monje Bernardo; — el reemplazo de dicho Ministerio por otro, compuesto de los Sres. Cea Bermudez, Caf ranga, Encima y Piedra, y los generales Monet y Lahorde ; — hízose, en fin, público el Real decreto de 6 de Octubre, confiando S. M. el Gobierno del Estado, durante su enfermedad, á la Reina María Cristina; decreto refrendado por el nuevo Ministro D. José Cafranga y firmado por el Rey en su lecho sobre el mismo sombrero de aquél, c|ue le conservó toda su vida y le enseñaba con patriótico orgullo.

Grande fué la satisfacción que estos sucesos causaron en el pueblo de Madrid ; pero ésta subió de todo punto cuando vio surgir de las manos benéficas de Cristina las disposiciones y decretos anhelados largo tiempo hacía por la pública opinión. — Fué el primero de éstos el que dispuso la apertura de las Universidades, cerradas dos años hacía : siguieron á este Real decreto la separación de varios jefes militares, entre los cuales se contaban los generales Conde de España, Eguía y González Moreno, tan

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odiados por sus horribles actos contra los liberales ; el licénciamiento de más de 300 guardias de Corps afectos á don Carlos; uu indulto general á los presos que fuesen capaces de él, Y finalmente, el célebre decreto de amnistía en favor de los emigrados, c(á excepción únicamente, bien á jyesar mió (según la sentida expresión de S. M.), de la de los votantes de la Regencia de Sevilla j los que posteriormente hubiesen hecho armas contra el Gobierno de S. M. )) — Este célebre decreto causó la impresión más favorable en la opinión, j la musa castellana le celebró en sentidas composiciones, entre las cuales merecen especial mención la magnífica oda de D. Antonio Gil Zarate,

«Vuelve á mis manos, descuidada lira»,

que conservo autógrafa y que merece figurar entre las más clásicas inspiraciones de la musa moderna; y la que se recibió en la redacción de la Revista, fechada en Ecija, con las modestas iniciales J. F. P. , y á las cuales, al insertarla, sustituí yo el ilustre nombre que por primera vez sonaba en España : Joaquín Francisco Pacheco.

La creación del Ministerio de Fomento , encargando de él al Conde de Ofalia, dio la señal de las reformas trascendentales que iba á sufrir la Administración, y por todos lados se respiraba ya otra atmósfera en sentido progresivo, otra expansión en las ideas políticas, que la corriente de los sucesos se encargaba de alimentar. El entusiasmo y simpatía de la gran mayoría del pueblo hacia la Reina y sus acertadas disposiciones no tenía límites : por todas partes resonaban cánticos y manifestaciones en su loor : los elementos de publicidad se desarrollaban, siendo el primero la Revista Fsjyañola, que sustituyó á las Cartas Españolas, y en que yo continué, aunque limitándome

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á la parte literaria ó de amenidad : la juventud ardiente se reuuia y organizaba bajo el nombre de Cristínos, y hasta se armaba en presencia de los batallones de voluntarios realistas, que, ardiendo en ira, tenian, sin embargo, que contenerla ante la explosión del entusiasmo general.

Este, en fin, llegó á su colmo el dia 18 de Octubre, al reo-reso de la corte desde el Sitio de San Ildefonso. — Fernando VII, que, acompañado de su esposa la inmortal Cristina, venía en un coche cerrado, dejando entrever en su semblante sus gravísimos padecimientos, pudo convencerse entonces, por las entusiastas aclamaciones públicas, especialmente dirigidas á la Eeina, hacia qué lado soplaban las corrientes y á dónde le conducían, hien á j^esar suyo, si había de aspirar á robustecer el trono de su hija. — No dejaría de repetir en su angustia, viéndola confirmada en perspectiva, su comparación favorita : — «España es una botella de cerveza, y yo soy el tapón : en el momento que éste salte, todo el líquido contenido se derramará, sabe Dios en qué derrotero.»

Siguiendo desde entonces la Reina su ilustrada y patriótica tarea , continuó expidiendo un sinnúmero de disposiciones análogas á esta nueva marcha del Gobierno, variando por completo el alto personal de la Administración y confiándola á manos más ilustradas y expansivas; y aunque algún tanto contrariada por la excesiva timidez y hasta tenacidad del ministro Cea Bermudez, á quien parecía peligroso marchar fuera de la órbita de lo que él llamaba absolutismo ilustrado, llevó á cabo una trasformacion completa en la vida y administración del país. — Finalmente, en el último dia de aquel año, Fernando VII, ya más fortalecido en su convalecencia, reunió en palacio una Junta magna, compuesta de los proceres y. altos funcionarios, de jefes militares y civiles, del

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Cuerpo diplomático extranjero y del alto clero, en la cual hizo la declaración explícita de la péi'fida agresión de que tabia sido víctima cuando se hallaba privado de razón y al borde del sepulcro, obligándole á firmar un codicilo derogando— como si él pudiei-a hacerlo — la ley del Reino relativa á la sucesión á la Corona y desheredando á su propia hija; pero que, aliviado, por la misericordia divina, en su grave enfermedad, había tenido á bien anular aquel nefando documento y confiar á su cara y amada esposa las riendas del Estado; que esta augusta señora habia correspondido dignamente á tan insigne confianza, por lo que, para darla una prueba más de su cariño y satisfacción, era su voluntad que desde aquel mismo dia , en que volvía á encargarse personalmente del despacho de los negocios del Estado, continuase asistiendo al Consejo dicha augusta señora para la más completa instrucción de los negocios que hubieran de ventilarse; — y luego, en una sentidísima carta, dirigida á la misma Reina, la daba las más sinceras gracias por su inseparable compañía y asiduos cuidados que le habia dispensado en su grave enfermedad. — «Jamas abrí los ojos (decia el Rey) sin que os viese á )) mi lado y hallase en vuestro semblante y vuestras pa- 3) labras lenitivos á mi dolor : jamas recibí socorros que no aviniesen de vuestra mano : os debo los consuelos en mi )) aflicción y los alivios en mis dolencias. — Debilitado por »tan largo padecer, y obligado por una convalecencia de- 3)licada y prolija, os confié luego las riendas del Go-

» bienio y he visto con júbilo la singular diligencia y

)) sabiduría con que los habéis dirigido y satisfecho sobre-

)) abundantemente ámi confianza todos los decretos que

7> habéis expedido, ya para facilitar la enseñanza pública, ya y>patri enjugar las lágrimas de los desgraciados , ya pxira ^fomentar la riqueza general y los ingresos en mi Halicienda; en suma, todas vuestras determinaciones, sin.

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y> excepción, han sido cíe mi mayor agracio, como las más y> sabias y oportunas para la felicidad de los p>uehlos'», etc. No se puede hacer retractación más solemne del sistema seguido durante todo un reinado, que la que hizo Fernando en este solemne documento. En él se ve claramente lo que habia podido vislumbrar entre las sombras de la muerte, á saber : que el trono de su bija peligraba si no «ra sólidamente apoyado por los amigos de las instituciones liberales.

II.

LA JURA.

Como era de esperar , toda la atención de Fernando, al volver á encargarse de las riendas del Gobierno después de su milagrosa y casi verdadera resurrección, se dirigió á asegurar por todos los medios legales la sucesión de su augusta bija y á desbaratar las esperanzas y los planes de sus contrarios.

A este fin, lo primero que bubo de preocuparle fué la necesidad de convocar las Cortes del Reino para que prestasen el juramento bistórico y legal á la Piñncesa de Asturias. Y á pesar de la repugnancia que en el ánimo del Monarca dominaba bácia todo lo que á Cortes sonase, y en medio de las dudas y vacilaciones que le combatian sobre la forma y modo de verificar dicha convocación, después de consultar al Supremo Consejo y á todas las corporaciones y personas más autorizadas, resolvióse al fin á firmar el Eeal Decreto de 6 de Abril de aquel año (1833), por el cual se convocaba, en la forma antigua, á los Prelados, Grandes, Títulos y Procuradores de las ciudades

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de voto, para el dia 20 de Junio, en que, con arreglo al uso constante, habían de prestar juramento (1).

Hecha la convocatoria y expedidos los llamamientos, la primera j grave dificultad en que Iraho de tropezarse fué la negativa rotunda del infante D. Carlos, y la consiguiente de sus hijos y del infante D. Sebastian, á someterse á este acto ; mas á ella se acudió expidiéndoles una Real licencia, en la cual se expresaba que habiendo solicitado el Rey de Portugal el regreso de la Princesa de la Beyra, libre ya de la tutela de su hijo el inñuite D. Sebastian por el reciente matrimonio de éste con la Infanta de Ñapóles (hermana de Cristina), venía S. M. en acceder á ello, autorizando á dicha señora para verificarlo así, y también se jyennitia al infante D. Carlos y su familia acompañar á su hermana á Lisboa. — En su consecuencia, y con este decoroso pretexto, salieron todos para la vecina capital portuguesa, de donde no regresaron más, á pesar de las reiteradas amonestaciones del Rey para que acudiesen á prestar el juramento, verificándolo sólo el infante D. Sebastian, contra la expresa voluntad de su madre la Princesa de la Beyra.

El acto de la jura tuvo, en fin, efecto con una esplen-

(1) Para comprender lo tímido y desigual de este método de convocación de las Cortes del Reino , bastará decir que á ella eran l'amados, en primer lugar, el clero, por sus prelados ó altas dignidades; en segundo, los infantes, grandes y títulos, sin decirse ni expresarse en qué número , y en tercero y último , los procuradores ó diputados de las ciudades y villa siguientes : Avila, Burgos, Soria, Segovia, León, Zamora, Toro, Falencia, Salamanca, Valladolid, Guadalajara, Villa de Madrid, Cuenca, Toledo, Herida, Trujillo, Granada, Sevilla, Córdoba, Jaén, Galicia, Murcia, Zaragoza, Fraga, Calatayud, Tarazona, Jaca, Teruel, Borja, Palma de Mallorca, Valencia, Peñíscola, Barcelona, Cervera , Tortosa, Lérida, Gerona y Tarragona: en todo, 37 ciudades con 76 procuradores.

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didez j solemnidad de que sólo conservaban memoria los ancianos que hablan presenciado, en 1789, la del príncipe don Fernando.

En la antigua y monumental iglesia de San Jerónimo del Prado, única pagina del arte en el estilo ojival que se conserva en Madrid (y que por una negligencia incomprensible se halla hoy en el más lamentable abandono y casi en ruina), preparada al efecto de una manera ostentosa hasta lo indecible con magníficas colgaduras (1) y elegantes tribunas en los costados y á los pies de la iglesia ■para las diversas clases y personas convidadas, se hallaban reunidos, á las diez de la mañana del 20 de Junio, los Cardenales , Arzobispos y Obispos revestidos con magnificencia al lado del Evangelio, ocupando las cabeceras de los bancos, v en el de la Epístola, los Grandes y Títulos del Reino con sus variados uniformes de gentiles hombres ó, de maestrantes; seguían en ambos lados los procuradores de las ciudades, vestidos de rigorosa etiqueta, casaca redonda, algunas de seda ó terciopelo negro, calzón y media del mismo color, y sombrero de tres picos; y á los pies de la iglesia, los Procuradores de Toledo, que habían de sostener la competencia con Burgos para prestar el juramento.

En el presbiterio, al lado de la Epístola y bajo un rico dosel, se colocaron en tres sillones SS. MM. y la Princesa Isabel, que era conducida de la mano por su augusta madre, y todos riquísimamente ataviados y seguidos de vistosa comitiva, en la cual llamaba la atención, por sus pintorescas y ricas sayas, el ama de lactancia que habla criado á la Princesa y que habia de sostenerla du-

(1) Sólo en telas de terciopelo, rasos y oro para decorarla se emplearon más de 20.000 dm-os.

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rante la ceremonia del juramento j besamanos. — Cuatro sillones inmediatos fueron ocupados por los infantes don Francisco de Paula j sus hijos D. Francisco de Asís y don Enrique, y el infante D. Sebastian, y á los lados del trono, el Duque de Frias, como Conde de Oropesa, con el estoque Real levantado, j el Duque de Medinaceli, designado para recibir el pleito-homenaje. Detras, el capitán de guardias, los jefes de palacio y los gentiles hombres de cámara, los reyes de armas, colocados en lo alto de la escalera del presbiterio, y los maceros de la casa Real. Enfrente se hallaban los Ministros del Consejo y Cámara de Castilla, de Indias, de Hacienda y de las Ordenes, y detras los capellanes de la capilla Real, formando el todo, con el conjunto de capisayos, togas y uniformes, un magnífico cuadro de solemnidad y de grandeza.

En las elegantes y suntuosas tribunas, formadas á uno y otro lado y á los pies de la iglesia, hallábanse espléndidamente ataviadas las infantas D.^ Luisa Carlota y doña Amalia, tipo aquélla de majestad y gentileza, y ésta de hermosura y también de obesidad; las damas de la corte, el Cuerpo diplomático y los altos funcionarios civiles y militares, con las demás personas invitadas para asistir á esta solemnidad. — Yo merecí este favor á la amistad del gentilhombre D. Juan de Montenegro (el futuro Ministro de la Guerra de D. Carlos, en Oñate), y puedo asegurar, según mis recuerdos, que, á pesar de haber presenciado después muchas solemnidades, en ninguna como en ésta hallé representado todo el esplendor y la grandeza de la antigua monarquía castellana.

Celebrada que fué la misa de pontifical por el Patriarca de las Indias, y entonado luego el himno Veni Creedor por la excelente música de la Real Capilla, se retiraron los reyes por un breve espacio de tiempo, durante el cual se dispuso, delante del altar y dando frente á la iglesia,.

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una mesa cubierta de terciopelo carmesí con el misal abierto j crucifijo, y á su frente un rico sillón para el reverendo Patriarca, nombrado para recibir el juramento; y previa la lectura de la Escritura de éste, que hizo en alta voz el Ministro más antiguo de la Beal Cámara de Castilla (que, si mal no recuerdo, era D. José Manuel de Arjona), los reyes de armas llamaron en primer lugar al iníimte D. Francisco. Éste, haciendo una reverencia al altar, otra á SS. MM. y otra á las Cortes (reverencias sui generis, que consistían en encoger las corvas con bien poco airosa actitud), fué á arrodillarse delante de la mesa del Patriarca, y poniendo una mano sobre los Evangelios, pronunció el juramento : pasó luego á hincar la rodilla delante del Rey, y puestas las manos entre las de S. M., prestó el pleito homenaje, besando su mano, la de la Reina y la de la Princesa, verificado lo cual Fernando echó sus brazos al cuello del Infante, y éste se retiró para dar lugar á que le siguiesen en igual ceremonia sus hijos V D. Sebastian. — Seguidamente los Cardenales y prelados hicieron igual ceremonia, en pié delante del Rey; luego los Grandes y Títulos , y, en fin, los Procuradores de las Cortes, subiendo al presbiterio de dos en dos, mientras los reyes de armas decían en alta voz : iiJura Avila, jura Segoviai) , etc. — Los de Burgos y Toledo subieron emparejados para prestar el juramento en competencia; pero el Rey pronunció la sabida fórmula a Jure Burgos , inies Toledo jurará cumíelo yo lo man(ley>, y así se hizo.

Toda esta prolija ceremonia se verificó con la mayor gravedad y compostura, y no sin visible cansancio y hasta repugnancia de la augusta niña objeto de la solemnidad, que á las veces, viendo llegar á ella á los Obispos y personajes para besar su mano, la escondía, y la cara también, ó prorumpia en llanto, que sus augustos padres jDrocuraban calmar con su sonrisa. Terminada, en fin, la

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ceremonia, entonado el Te Deum por el Cardenal Arzobispo de Sevilla y la grandiosa Capilla Real, se retiraron SS. MM., en medio de las más fervorosas aclamaciones, al contiguo palacio de San Juan , en el Buen Retiro, donde comieron , y á la tarde , marchando por el paseo del Prado, hicieron su entrada pública en Madrid con toda la magnífica comitiva que la corte de España ofrece en tales ocasiones, cubierta la carrera de tropas y de un gentío inmenso hasta el Real palacio, adonde llegaron á las ocho de la tarde en medio de las más entusiastas aclamaciones del pueblo.

Ijíxs funciones reales, que se inauguraron aquel mismo dia y duraron los restantes del mes, fueron en verdad sorprendentes y renovaron con creces las más solemnes del tiempo de la dinastía austríaca. Las corridas de toros, por mañana y tarde durante cuatro días, en la plaza Mayor, decorada con asombroso lujo y elegancia y dispuestas por el Ayuntamiento con todos los requisitos propios, de caballeros en plaza, apadrinados por la Grandeza y la villa de Madrid ; comparsas vistosas acompañando á los padrinos; toros de las mejores ganaderías; los lidiadores más acreditados, entre los cuales brilló, acaso por primera vez, el joven Francisco Montes, alumno déla escuela sevillana; y todo, en fin, el aparato que desplegaba en casos tales nuestra corte, fueron realmente un espectáculo sorprendente y grandioso. — Con él alternaban, en los días de descanso, las ostentosas justas de carrera y sortijas á la antigua usanza, en el circo de la puerta de Alcalá, por los caballeros maestrautes de Ronda, de Sevilla, de Granada, de Valencia y Zaragoza, en que brillaron muchos por su destreza y gallardía.

La municipalidad matritense dispuso también solemnes funciones teatrales en ambos coliseos, de la Cruz y del

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Príncipe, magníficos fuegos de artificio, cucañas, bailes y comparsas vistosísimas, j una suntuosa Mascarada Real en Carros alegóricos, en cuya composición se habia agotado todo el arsenal de la risueña mitología (1).

Las iluminaciones de los edificios y palacios de la Grandeza dejó atrás todo lo anteriormente conocido, y también por su índole especial eran más pintorescas que todas las

(1) Al hacer mención de estos carros, no puedo menos de acompañarla con una anécdota que á ellos se refiere, y también á una hermosísima moza, muy conocida entonces, bajo todos conceptos, de la población de Madrid , la famosa Pepa la Naranjera , que se hizo célebre , no sólo por su hermosm-a y desenvuelta vida , sino también por el chiste y agudeza de sus dichos y hechos. — Llamada por el corregidor Barraf on para proponerla que representase en los grupos de aquellos carros, no recuerdo bien si el papel de Madre España^ de Diosa del Olimpo, ó de alguna de las Virtudes Teologales (porque todos estos emblemas entraban en su composición), respondió con su ordinario desenfado : aAve María Purísima ; Sefioría, esas cerimonias no son p)ropias de gentes de honor. y> — Anda, no seas tonta (la replicó Barrafon , que era hombre de genio chancero y muy tentado de la risa) ; anda, que nada perderás, antes bien te ganarás media onza y un traje, amén de algunos parroquianos.— ((.Pues si eso es asi (replicó Pepa), no hay más que hablar, y Su, Señoría j^uede hacer de mis p>ertinencías lo que se le antoje.D

Muchos dichos igualmente gráficos que se referían de la tal moza retozan en mi memoria y como que quieren deslizarse á la pluma, pero ni el espacio ni el decoro lo consienten. Limitaréme sólo á uno, que escuché de boca del mismo interlocutor, el caballero don Diego de Biezma y Fonseca , antiguo diplomático , persona muy apreciable, pero tan dado á la afectada imitación del continente y maneras extranjeras , como melifluo y atildado en su lenguaje ; el cual pasando un dia lluvioso y de barros por delante del puesto de Pepa (que le tenía ordinariamente en la esquina de las calles del Prado y del Príncipe), no sé bien si porque en realidad le estorbasen los cestos de naranjas, ó por cambiar tal vez algunas palabras con la hermosa vendedora, díjola en su acento afrancesado : «¿Me permite V. echar un pié? — Por mi (contestó Pepa apartando los cestos), eche Y. aunque sean los cuatro. y>

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que hemos visto después. Prolijo sería el intentar reseñarlas, y sólo haré mención de la que ofreció el espléndido Comisario de Cruzada, Sr. Várela, en su palacio de la plazuela del Conde de Barajas. Esta perspectiva, dispuesta con el mayor gusto y rica de accesorios, habia sido dirigida por el eminente pintor de cámara D. Vicente López, j en su centro brillaba un inmenso cuadro, admirablemente ejecutado al temple por el mismo pintor, en que se veia á la insigne reina Isabel la Católica, copia del único retrato contemporáneo de Rincón, señalando á la Princesa niña el templo de la inmortalidad, con esta inscripción :

«LA CATÓLICA REIXA, CUYA HISTORIA

LLENA DE NOBLE ORGULLO AL PUEBLO IBERO,

MUESTRA Á SU NIETA EL TEMPLO DE LA GLORIA. »

veíanse á los lados un sinnúmero de alegorías referentes á la toma de Granada, al descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., y remataba la perspectiva con un ave fénix renaciendo de sus cenizas, con el lema á sus pies : Post fata resurgo, todo ello con tan brillante ejecución y exquisito gusto, que hacía honor al grande artista que la ejecutó y al ilustre procer que la dispuso.

A los últimos dias del mes terminaron las fiestas con un magnífico simulacro en las afueras de la Puerta de Alcalá hasta las eras de Vicálvaro, figurando dos ejércitos, al mando de los generales Sarsjiel y Freiré el de ataque, y al del conde de San Román y Quesada el de defensa, que presenció Fernando y su corte á la distancia prudente á que siempre le plugo colocarse, no sin decir con su acostumbrada socarronería y aludiendo al respectivo mérito

militar de los generales de ambas divisiones : — <í.Rues

ine j^ctso al enemigo. ))

Concluidos que fueron los Reales festejos, y desemba-

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razado de otras atenciones personales, creí llegado el momento de realizar el proyecto que de mucho tiempo antes venía acariciando, y era el de emprender un largo viaje de recreo, de observación y de estudio por los países extranjeros; en su consecuencia, en los primeros dias del mes de Julio salí de Madrid con el firme propósito de no regresar hasta pasado un año de ausencia.

íío me permitiré abusar de la paciencia del lector haciéndole confidente de la relación del tal viaje, y sólo por lo que tiene relación con este artículo, diré que, hallándome el dia 2 ó 3 de Octubre en la hermosa ciudad de Marsella, y su hotel de la Cannebiere, entró bruscamente en mi cuarto un camarada ó compañero de viaje, con quien habia hecho conocimiento en mis correrías por aquella deliciosa comarca provenzal, M. Philipe Barkensteín, austríaco (de Yiena), diciéndome alborotado :

«.Monsieur, grande nouvelle. Votre Roí est mort. Quel est done votre Roí? — Isahelle Deux (contesté yo). — Maís cependant )) (replicó el austríaco con aire dubitativo).

La campana del hotel sonó á este tiempo, llamándonos al desayuno; bajamos al comedor y hallamos ocupada la mesa por una docena ó más de militares, con sus uniformes pintorescos de zuavos ó de spahis, que discurrían todos á un tiempo, y con desusada animación, sobre la noticia del dia : la muerte del Rey de España. Pero ¡cuál no sería mi asombro al escuchar que toda esta conversación era en castellano corriente, salpimentada con los apostrofes é interjecciones tan comunes en nuestras plazas y cuarteles! — Y era pura y simplemente que todos aquellos militares pertenecían á la legión extranjera que regresaba de Argel, y eran españoles é italianos refugiados.— Abrumáronme á preguntas al saber que era español y procedente de Madrid; pero yo les dije que hacía

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tres meses que había salido de esta villa; mas^ para satisfacerles en alguu modo, les aseguré que, según todas las señales , el despotismo había concluido en España con la muerte de Fernando VIL — Pocos días después, j no hallando motivos para suspender mi comenzado viaje, contínuéle, en compañía de mi camarada BarJcenstein, en dirección á Tolón y Niza.

CAPÍTULO XXV.

CAMBIO DE DECORACIÓN. 1834-1835.

EL CÓLERA MORBO.

Al regresar á Madrid de mi largo viaje por el extranjero, en los primeros dias de Mayo de 1834, todo Labia cambiado de aspecto en el orden político y administrativo del país. Al Gobierno absoluto del último monarca habia sucedido el ilustrado y liberal de la Eeina Gobernadora : esta augusta señora Labia otor o;ado , con la fecLa de 1 6 de Abril, el famoso Estatuto Real, disponiendo la convo- •cacion de las Cortes del Reino en sus dos estamentos de Proceres y de Procuradores ; importantísimo documento, que, firmado por los ministros Martínez de la Rosa, JBúrgos, Garelli, Zarco del Valle, Aranaldej Vázquez Figueroa, iniciaba una nueva época en la marcLa Listórica y política del Reino. Consecuencia de él eran las radicales reformas emprendidas en la administración pública, la ameva división del territorio, la creación de los Jefes políticos (Subdelegados de Fomento), la diversa organización <le los tribunales y centros gubernativos, descartados de

EL CÓLERA MORBO. 411

todos ellos los elementos y formas absolutistas, j la mayor latitud, en fin, dada á la manifestación de las ideas por medio de la imprenta j de la discusión.

No hay necesidad de repetir que por mi parte, y dentro de la esfera de mi insignificancia política, veia con placer el giro que tomaban las cosas, y que, deseoso de contribuir con mis débiles fuerzas al desarrollo de la cultiira patria — aunque siempre contenido dentro de los límites que me trazaban la prudencia y el amor puramente platónico y desinteresado bácia las reformas útiles — me dispuse á poner desde luego al servicio de mi pueblo natal los estudios y observaciones que babia podido hacer en mis viajes á los países extranjeros, sobre las mejoras materiales y la administración de las capitales que habia visitado.

Al efecto, y haciendo absoluta abstracción de las circunstancias del momento, dediquéme á ordenar mis apuntes y documentos y á trazar un cuadro comparativo de aquellas extranjeras poblaciones con la nuestra, tan atrasada á la sazón, y que continuaba, poco más ó menos, ofreciendo el aspecto con que ya la describí en anteriores artículos de estas Memorias, y muy particularmente en la primera edición, en 1831, de mi Manual; de esta obrilla, en la que (al decir de Larra en uno de sus artículos) C( habia acertado á sacar la mascarilla del Madrid moribundo y próximo á desaparecer de nuestra vista. ))

Terminado tenía ya mi concienzudo trabajo, y me disponía á darlo á la estampa en los primeros dias del mes de Julio de dicho año, cuando un acontecimiento funesto vino, no solamente á impedirlo, sino también á turbar la existencia misma del pueblo madrileño, y muy particularmente la mia propia; y aunque con inmensa repugnancia á ocuparme de aquella terrible catástrofe, especialmente en cuanto dice relación con mi persona, no me es posible

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presciudir de consagrarla algunas líneas de estas Memorias retros2)ectivas , por la intima relación que guardó entre ambos aspectos, público y privado.

En la noche del 9 ó del 10 de Julio, después de asistir á la tertulia, ó soiree, que en ciertos dias de la semana reunia en su casa, calle de Relatores, el ilustrado jurisconsulto, estadista j consejero E-eal, D. Vicente González Arnao (el amigo y heredero de los manuscritos de Moratin), salí de ella acompañado de mis amigos Larra, Salas y Quiroga y Bustamante; y siendo la noche en extremo calurosa, y no muy avanzada la hora, entramos á. refrescar en el café de San Sebastian, sin tener para nada en cuenta los vagos rumores que ya empezaban á circular de haberse observado algunos casos de cólera morbo asiático; casos que eran desmentidos, y por lo menos desdeñados, del público y de los facultativos, fiándose en la notoria salubridad de nuestro clima, que en todos tiempo» habia resistido á la invasión de las epidemias. — Mas por lo que á mí toca, no sé si por efecto del inoportuno refresco ó de la preocupación aprensiva de que me hallaba dominado, es lo cierto que desde aquel mismo momento me sentí indispuesto , y así continué en los dias sucesivos, aimque sin darle gran importancia; pero en el dia 15, mi médico, que hasta aquí habia negado resueltamente la existencia de la enfermedad, vino azorado diciendo que ésta se habia desarrollado en tan terribles términos, que en aquel mismo dia se calculaban hasta el número de mil y quinientos los atacados, con lo cual era general la consternación.— Esta imprudente noticia, disparada que me fué, como suele decirse, á boca de jarro, por el indiscreto facultativo, produjo en mí, como era natural, un recrudescimiento en el progreso del mal ; y éste subió de todo punto cuando el funesto dia 17 llegué á entender que, desbordada la muchedumbre del pueblo bajo, y no sa-

EL COLERA MORBO. 413

Liendo á quién atribuir ó achacar la repentina y horrible calamidad que se le echaba encima, dio oidos al absurdo rumor, propalado tal vez con aviesa intención, de hallarse envenenadas las fuentes públicas (rumor, sin embargo, que no por lo absurdo dejaba de tener precedentes en Manila y en otros pueblos á la primera aparición de la terrible enfermedad) ; y en vez de declararse en hostilidad, como en París y San Petersburgo, contra los médicos ó los panaderos, hicieron aquí blanco de sus iras á los inocentes religiosos de las órdenes monásticas, y asaltando las turbas feroces los conventos de los jesuítas (San Isidro), de San Francisco, de la Merced y de Santo Tomás, inmolaron sacrilegamente á un centenar casi de aquellas víctimas inocentes.

La noticia de tan horrible catástrofe, difundida portodos los ámbitos de la capital, ayudó tan poderosamente á la plaga desoladora, que, tomando un vuelo indecible, añadió algunos miles á la cifra de la mortandad. — Aunque quisiera, no podria reseñar aquí el espantoso estado de la población en tan críticos momentos, porque, aletargado y casi exánime, sólo era sensible á los tiernos cuidados que me dispensaba mi amantísima madre, la cual llevó su abnegación á tal extremo, que al verme materialmente espirar en la noche del 19, hubieron de arrancarla violentamente de mi lado ; pero ¿de qué modo? Cuando un ataque fulminante de la terrible enfermedad la hirió súbitamente y acabó en breves horas con su existir. ¡Testimonio sublime de abnegación y de amor maternal, que no puedo menos de consignar aquí, y á cua^o recuerdo (aun á tan larga distancia) siento agol2:)arse á mis ojos lágrimas de ternura !

Pero apartando la vista de tan lastimoso episodio, que empañó los anales de Madrid, sólo diré que, vuelto algún tanto del paroxismo, é ignorando aún la terrible pérdida

414 MEMOEIAS DE UN SETENTÓN.

que acababa de sufrir, pude escuchar con cierto interés, de boca de mi dependiente ó administrador, D. Jacinto Monje (que volvia de la formación, armado de punta en blanco, con su uniforme de miliciano), la relación de la apertura de las Cortes por la Reina Gobernadora, el dia 24, en que, despreciando el inminente peligro, se habia trasladado á Madrid desde el Sitio del Pardo para cumplir aquella histórica solemnidad.

Entrado, en fin, en la penosa convalecencia, hube de enterarme de toda la profundidad de mi desgracia, que me habia privado de la más tierna de las madres, de muchos amigos, y hasta de casi todos los vecinos de mi casa (1). Pude, en fin, enterarme de la coincidencia de la horrible plaga con la recrudescencia de la guerra civil iniciada á la muerte de Fernando ; la presencia en Navarra del Pretendiente D. Carlos ; el encarnizamiento de los partidos políticos, y el descenso considerable de los fondos públicos, en que á mí también me alcanzaba una buena parte de mi fortuna particular.

II.

MEJORAS LOCALES.

Toda esta serie de desgracias públicas y privadas, el consiguiente desconsuelo que me inspiraban éstas, y el temor del giro que pudieran tomar los sucesos, no hicieron más que remachar más y más mi ingénita aversión á la política, y el firme propósito de conservarme en el retrai-

(1) En el pequeño trozo de la calle del Olivo, entre las del Carmen y la de la Abada, fallecieron veintiuna personas, entre ellas cuatro de los inc^uilinos de mi propia casa.

MEJORAS LOCALES. 415

miento más absoluto, aunque sin renunciar á mis opiniones de siempre ; refugiándome en mis caiññosas afecciones hacia las letras, y también hacia las nobles ideas del verdadero progreso social. A este fin, y venciendo con energía y fuerza de voluntad mi abatimiento físico y moral, me ocupé, aun antes que de arreglar mis intereses propios, en dar la última mano á mis observaciones de^ viaje, dignas, á mi entender, de ser sometidas á la opinión de mis convecinos, y las di á la estampa en una extensa Memoria, á la que puse el título de Rápida ojeada de la capital, y de los medios de mejorarla, y con el fin de darla más pronta circulación, la publiqué como Apéndice á la última edición del Manual de Madrid.

Dicha memoria estaba dividida en cuatro secciones^ con los epígrafes de Salubridad, Comodidad, Ornato. — Seguridad, Vigilancia, Beneficencia. — Trabajo é Industria.— Instrucción y Recreo. — En ellas iba recorriendo uno por uno todos los ramos del servicio municipal, y comparando su estado actual (que era por demás deplorable) con los adelantos respectivos que habia observado en las capitales extranjeras, proponía sin exageración y sin acrimonia aquellas mejoras que á mi juicio eran aceptables en nuestro pueblo, para acercarle en lo posible al estado de adelanto en que se hallaban los extranjeros.

Contrayéndome en la primera sección á la parte material de la villa de Madrid, encarecía la necesidad de su ampliación por los lados del Norte y Levante, y la adopción de alguno de los planes propuestos para el abastecimiento de aguas, bastantes al consumo de la población y al riego de sus campiñas, con los datos curiosos que pude allegar sobre este asunto. — Pasaba después á ocuparme en el abastecimiento de los mercados, y la construcción de algunos de éstos en los sitios que designaba.

416 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

haciendo desaparecer los miserables cajones para la venta, que obstruian y afeaban las encrucijadas y calles, algunas tan importantes como la de la Montera (Red de San Luis) y la de Atocha (Antón jMartin). — Trataba luego de la necesidad de romper, nivelar y ensanchar varias calles y plazas, adornando éstas con el plantío de arbustos y flores, á imitación de los squares de Londres; — la reforma del empedrado, que era entonces pésimo y formado con guijarros de pedernal desiguales y con el arroyo en el centro de la calle, sustituyéndole por la forma convexa, con vertientes á los lados, y la colocación de aceras algún tanto elevadas , según lo habia observado en París , Londres y otras capitales, y hasta en la misma Barcelona. — - La sustitución de los mezquinos farolillos del alumbrado público por un buen sistema de reverberos (el f/as no era toda"saa accesible por su gran coste, y de él sólo se hablan hecho ligeros ensayos en las fiestas del nacimiento y de la jura de la Princesa). — Lisistí también en la reforma completa de la numeración de ¡as casas, que ya habia propuesto en el Manual, adoptando el sistema de los números pares á la derecha é impares á la izquierda, para evitar la absurda confusión del establecido desde 1750, dando vuelta á las manzanas de las casas. — La fijación de nuevas lápidas claras y consistentes con el nomhre de cada calle á la entrada y salida de ella, y la variación de muchos nombres duplicados y aun triplicados, ridículos y hasta obscenos, sustituyéndolos con los de hechos históricos y personajes notables del país. — La limpieza diaria, que entonces era semanal, de dichas calles, y la supresión de los basureros de los portales ; la de los canalones exteriores y la de las buhardillas en las nuevas construcciones de casas particulares, y la recomendación de ciertas condiciones en éstas, para la debida seguridad, salubridad y ornato de la .población. — Hablé también de la conveniencia de erigir

MEJORAS LOCALES. 417

eu las plazas públicas algunos monuinentos para conmemorar hechos gloriosos y hombres célebres, y con este motivo, y haciendo la descripción de los cementerios de París y de la célebre Abadía de Westminstei' en Londres, me detenía en denunciar la mezqiiindez, insalubridad y repugnante aspecto de nuestros dos únicos cementerios generales, proponiendo en este punto las radicales reformas qne juzgué necesarias.

En la segunda sección, de Seguridad , Vigilancia y Beneficencia, propuse la nueva división civil y eclesiástica de Madrid, que eran por demás absurdas (y esta última continúa siéndolo aún); — la formación por la Municipalidad de un censo exacto del vecindario ; — el levantamiento de un j^lano topográfico de la villa , en grande escala y detallado, para servir á su reforma y alineaciones sucesivas, con arreglo á un sistema general; — la adopción de una Ordenanza nmnicipal para el mejor orden y buen gobierno de la villa. — Hablaba también de la reducción de muchos albergues y hospitales especiales, que yacían en desuso, y su reunión á los generales, la mayor extensión de la hospitalidad domiciliaria y la reforma de los hospicios, albergues. Inclusa y demás establecimientos benéficos. — Propuse también la supresión de ambas cárceles de Corte y de Villa, situadas en las casas de la Audiencia y del Ayuntamiento, y la apremiante necesidad de construir otra ú otras con mejores condiciones. — Tratando luego de nuestro benéfico Monte de Piedad (que era gratuito entonces , y por lo tanto, insuficiente para atender á las públicas necesidades), propuse que fuese autorizado para exigir en los préstamos un módico interés. — De aquí pasé á proponer la creación de una Caja de Ahorros, tal como las que había visto en los países extranjeros, cabiéndome la satisfacción de ser el primero que llamó la atención del público y del Gobierno hacia tan benéfica institución, á

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cuya creación tuve también la suerte de concurrir cuatro años más tarde.

En la sección de Industria y Comercio excitaba el interés individual y el espíritu de asociación hacia la creación de Compañías de Seguros de vida, de muebles y de trasportes de comestibles, y discurriendo sobre nuestra proverbial indolencia y la necesidad del aprovechamiento del tiempo, me atreví á indicar la disminución de los días festivos, la supresión de \^% fiestas de toros en los dias laborables (los hiñes), y hasta la mejor distribución del dia, comiendo más tarde, ampliando las horas de trabajo en las oficinas, en los tribunales y hasta en las Cortes, que entonces terminaban sus sesiones á las dos ó las tres de la tarde (que era la hora de comer) , y la necesidad, en fin, de estimular al trabajo y aprovechar el tiempo, de que éramos entonces pródigos derrochadores. — Dirigiéndome al interés privado, proponía el acometimiento de empresas mercantiles ; la apertura de establecimientos decorosos de comercio, entonces por extremo desaliñados y primitivos; la formación de jiasajes j hazares , de los cuales sólo existían en Madrid las covachuelas de fSan Felipe ó la 2)Iaza del Rastro; el establecimiento de buenas fondas y hoteles , de que sólo eran representantes posadas ó paradores como los del Peine, en la calle de Postas; de la Gallega, en la de la Montera; de los Huevos, en la de la Concepción Jerónima, y de los Segovianos , en la del Carmen, ademas de los anacronímicos que aun existen en las de Toledo y Cava Baja. — Propuse igualmente el establecimiento de los coches de plaza ó de punto fijo, absolutamente ignorado en Madrid, y otras' muchas reformas en el servicio público, que recomendaba al celo de las autoridades inunicipales y al cálculo del ínteres particular.

Por último , en la sección que titulé de Instrucción y Recreo abogaba — no sé sí indiscretamente — por la tras-

MEJORAS LOCALES. 419

lacion á Madrid de la Universidad de Alcalá de Henares ; la formación de sociedades científicas j literarias, especialmente del primitivo Ateneo; estimulaba á los industriales para la apertura de gabinetes de lectura, j la publicación de periódicos ilustrados j baratos, tales como el Penny Magazine de Londres, ó el Magasin p)ittoresque á.Q París; la apertura de teatrillos y espectáculos populares, jardines públicos y otros establecimientos propios para la distracción y honesto recreo de las clases más modestas, que emplean sus ahorros en la disipación ó en la holganza.

Por la enumeración que antecede de las mejoras que me decidí á proponer en mi citada Memoria, puede colegirse el estado material y administrativo de la capital de España en el año de gracia 1835. — Quizás hoy, y después del trascurso de casi medio siglo, y de realizadas todas aquellas mejoras y otras muchas que han ido sugiriendo las nuevas necesidades de la sociedad, puedan ser calificadas de incompletas, mezquinas ó baladíes aquellas indicaciones ; pero hay que tener en cuenta que á la fecha en que hube de hacerlas no lo eran tal; antes bien suponían esfuerzos gigantescos para su realización, y no escaso mérito en quien , apartándose de la indolencia general, tenía la audacia — que tal podia parecer entonces — de proponerlas y propagarlas. — Diez años más tarde tuve ocasión de proseguirlas en mayor escala desde el seno de la Corporación municipal.

420 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

EL MARQUÉS DE PONTEJOS.

A la fecha de la publicación de mi citada Memoria, que fué, según la portada, el 1.° de Enero de dicho año, hallábase hacía dos ó tres meses al frente de la Administración Municipal, como Corregidor de la villa, el insigne D. Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Ponféjos. — Este dignísimo funcionario, cuyo nombre no olvidará jamas la población de Madrid, fué el que inició una verdadera revolución en pro de la cultura en la capital del reino; y sin ser hombre de grandes estudios y conocimientos superiores, bastóle la energía de su carácter, la penetración de su buen instinto y la influencia y atracción que ejercían sobre todo el vecindario sus modales simpáticos y caballerescos , para emprender y plantear mejoras sustanciales , no solamente en lo material de la villa, sino también en sus establecimientos más útiles y morales. — Colocado inopinadamente, en los últimos meses de 1834, al frente de la administración de la heroica villa ; sin proceder, como sus antecesores, de las aulas universitarias, de las salas de los consejos ni de las antecámaras de palacio, antes bien de la parte más culta, ilustrada y vital de nuestra sociedad; conocedor práctico de sus necesidades y deseos, observador diligente de los adelantos realizados en otros pueblos, y dotado de una mirada certera y de un instinto de buen gusto, de un don de autoridad irresistible, de una franqueza y caballerosidad de trato singulares , y hasta de una hermosa y simpática persona , supo romper la cadena que venían arrastrando los que le precedieron en el mando, sobreponerse á las preocupaciones

EL MARQUÉS DE PONTEJOS. 421

vulgares, y salvando con increíble constancia y fuerza de voluntad los innumerables obstáculos que la ignorancia y la mala fe le oponían al paso, acertó á asentar sobre ancha y sólida base el grandioso pensamiento de reforma material y administrativa de Madrid, que después pudieron continuar sin tan gigantescos esfuerzos sus sucesores en el mando.

Por desgracia para esta población, las revueltas políticas y las implacables disidencias de los partidos apartaron demasiado pronto de la autoridad á aquel dignísimo funcionario, el cual, en medio de sus reconocidas y excelentes cualidades de mando, tenía para aquéllos el achaque imperdonable de no pertenecer á bandería determinada, limitándose únicamente á la especialidad administrativa de la localidad (1).

(1) Para probar esta injusta ingratitud de los partidos políticos bastaráme citar dos hechos. — Hallándose al frente del Gobierno el célebre Conde de Toreno , jefe reconocido á la sazón de la fracción moderada, ocurrió en Agosto de 1835 una de las infinitas asonadas tan comunes en aquella época ; y diciéndole que por disposición del Corregidor se habia dado un refresco á los batallones de la Milicia Nacional estacionados en las plazas , prorumpió en esta desdeñosa exclamación : a ¿Y quién le mete á Poniéjos en esos dibujos? Que se contente con ser una notabilidad de cal y canto.y)— Posteriormente, en 1836, cuando, á consecuencia del motin de los sargentos en la Granja, fué restablecida la Constitución de 1812,. y cesaron, por consiguiente, los corregidores, siendo reemplazados por los alcaldes electivos, no mereció un solo voto del partido dominante el insigne ciudadano que cesaba en su memorable administración.

A estas injusticias de los partidos podia, sin embargo, oponer Pontéjos la simpatía y el aprecio del país en general y hasta de los extraños. Por aquel tiempo decía un célebre periódico inglés que en España sólo tres personas cumplian con su obligación : el caudillo Cabrera, el torero Montes, y el Marqués de Pontéjos^, corregidor de Madrid.

422 MEMOKIAS DE UN SETENTÓN.

A los pocos dias de publicada mi Memoria, que se difundió y obtuvo la misma acogida que el Manual, cuyo Apéndice formaba, el Marqués de Pontéjos me hizo la honra de venir á mi casa con el objeto de felicitarme por aquel trabajo, y también «para solicitar (fueron sus palabras) mi patriótica cooperación á sus designios y planes de mejoras de Madrid», añadiéndome que aceptaba una por una todas las propuestas por mí; y que si para aviidarle á llevarlas á cabo queria yo ocupar alguna posición, ya en el Ayuntamiento como concejal, ya en su secretaría, etc., estaba pronto á hacer que se me confiriese.

A tan franca y espontánea invitación del Marqués le contesté que desde luego podia contar con mi modesta cooperación á sus patrióticos fines ; que en mis ideas y trabajos en pro de mis convecinos no me guiaba otro móvil que el de contribuir con mi escaso entendimiento y fuerte voluntad á la mayor cultura de un pueblo á que me hallaba ligado por los sagrados vínculos de la cuna, de la familia y de la propiedad. Y que, independiente por carácter y fortuna, no anhelaba posición oficial, sino trabajar privadamente en hacer aceptables esas ideas; por lo tanto podia disponer de mi decidida y amistosa correspondencia para preparar la opinión, facilitando de este modo la realización de sus laudables proyectos desde el punto de su simpática autoridad.

Hice más : deseoso de apoyar y desenvolver con alguna extensión mis ideas, tomé de mi cuenta, con el impresor D. Tomás Jordán, el Diario de Madrid desde 1.° de Mayo de 1835; díle nueva forma; le dupliqué en tamaño, y reservándome un espacio conveniente, empecé á pubhcar en él un Boletín diario sobre todos los ramos de la Administración municipal , desde los referentes á policía urbana, hasta los de los diversos establecimientos útiles de instrucción, de beneficencia y de recreo. Y como contaba

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de antemano con la aquiescencia del Corregidor, con quien mantenia estrecha relación amistosa, me atreví á proponer en mis artículos reformas sustanciales, que al dia siguiente se veian convertidas en bando con la firma del Corregidor.

De este modo se llevó á cabo en todo aquel año la nueva división civil de Madrid; la nueva numeración de las casas; la rotulación de las calles, iniciando la reforma del empedrado y aceras elevadas; la renovación del alumbrado por medio de reverberos; la desaparición de tinglados j cajones de venta en las plazuelas; la de los basureros de los portales, y el nuevo servicio de limpieza, todo en los términos que yo liabia propuesto en mi Mem^oria y que continué desenvolviendo en los artículos del Diario. — Alzando á más elevados horizontes el pensamiento y la acción, el mismo Pontéjos, por impulso propio, y poniéndose al frente del movimiento hacia la cultura que se desarrollaba rápidamente en la nueva sociedad, creó, puede decirse, con indecible celo, el filantrópico albergue de mendicidad de San Bernardino, que recibió planteado en «mbriou en los angustiosos dias del cólera morbo , é iniciando el espíritu de asociación y de caridad en el vecindario, inventó una suscricion módica y voluntaria de 4 reales, que le permitió desarrollar sus planes y dotar á aquel útilísimo albergue de condiciones materiales, administración y régimen inmejorables.

Pontéjos, ademas, en el espacio relativamente corto de su benéfica administración, procuró mejorar el servicio de los hospitales, la posible reforma de nuestras horribles cárceles , impulsando la creación de una Junta de personas de posición , ilustradas y benéficas , que promovió en ellas algunas mejoras. — Más adelante, y cuando ya habia cesado en el cargo de Corregidor de la Vüla, influyó grandemente en la Sociedad Económica Matritense (que

424 MEMORIAS DE UX SETENTÓN.

había recobrado su antiguo esplendor, reforzada por toda la juventud ilustrada de la capital) para formar una nueva institución, ó sea la Sociedad para propagar y mejoi'ar la educación del pueblo, que llegó á contar más de 700 asociados entre lo más distinguido de la población de Madrid por su jerarquía , riqueza, talento y probidad, los cuales se impusieron una suscricion voluntaria de 20 reales anuales, y la obligación de asistir al trabajo material que exigiese la institución. Al frente de esta filantrópica Sociedad se puso una Junta directiva, compuesta del Duque de Gor, presidente; el Arzobispo de Toledo, los Marqueses de Pontéjos y de Santa Cruz, y D. Manuel José Quintana, vicepresidentes; D. Mateo Seoane, secretario, y D. Francisco del Acebal y Arratia , tesorero ; y vocales los Obispos de Astorga y de Córdoba ; el vicario eclesiástico, Sr. Caldera; Quijana, cura de San Sebastian; Gil y Zarate, Montesino, Mesonero Romanos, Quinto, Saínz de Baranda, Ballesteros, Acevedo, Escario, Campo, Alós, Campuzano, Magallon, Yallgornera y Ponzoa, que en muy breve tiempo consiguió establecer las cinco primeras Escuelas de párvulos (salas de asilo), bajo las advocaciones de Virio (antiguo diplomático, que había hecho un legado de 40.000 reales para este objeto), de Pontejos, de Sandalio Arias, de Montesino y de Gil y Zarate, en las cuales llegaron á reunirse hasta 700 niños de dos á seis años, para recibir gratuitamente los primeros gérmenes de su educación, con arreglo á las bases de este novísimo instituto, que consisten en educar el corazón, fortalecer el cuerpo y despertar el entendimiento; y para el uso de maestros y discípulos escribió un excelente Manual D. Pablo Montesino, y el insigne D. Francisco Martínez de la Bosa redactó su popular Libro de los JS'iños.

Pero lo que más acrisola el nombre de Pontejos fué la creación ds la Coja de Ahorros de Madrid, que desde mis

EL MARQUÉS DE PONTEJOS. 425

primeras indicaciones vino á constituir su desiderátum ó bello ideal. Aprovechando con su acostumbrada actividad los pocos dias que en 1838 se vio al frente de la provincia como Jefe político , propuso al ilustrado Marqués de Vallgornera, á la sazón Ministro de la Gobernación del Reino , dicha creación , basada en la incorporación ó simultaneidad de la misma Caja con el Monte de Piedad, á quien se autorizaría á cobrar interés de los préstamos para pagar los réditos de los capitales que habia de recibir de aquélla; admirable combinación, ideada por el malogrado joven D. Francisco Que vedo y San Cristóbal, que resolvía la dificultad que hasta entonces se habia opuesto al establecimiento en nuestro país de esta importantísima institución , una de las mayores glorias del siglo actual.

A consecuencia de estas gestiones , recayó el Real decreto de 31 de Octubre de 1838, disponiendo dicha fundación y creando para su dirección una Junta, compuesta de los Sres. Marqués de Pontéjos, Acebal Arratia, Goiri, Guillermo Moreno, Fagoagaj Mesonero Romanos , que efectivamente tuvo la gloría de abrirla al público el domingo 17 de Febrero de 1839.

Si el espacio de que puedo disponer lo permitiese, muy grato me sería hacer aquí mención de los obstáculos con que hubimos de luchar, de los medios ingeniosos de que hubimos de valemos para llamar la ateucion del público hacia esta nueva y moral institución, y para atraernos también la cooperación amistosa, en nuestra filantrópica tarea, de las personas más caracterizadas de la sociedad, con el fin de realzar ante los ojos del público tan interesante y benéfico establecimiento (1).

(1) «No siendo bastantes las manos de los vocales de la Junta 3) (dice el ilustrado é inteligentísimo Sr. D. Braulio Antón RaD mirez en su extensa y luminosa Memoria histórica sobre el Mon-

42G MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

No acabaría nunca este ya largo y enojoso artículo si hubiese de describir el entusiasmo , la abnegación y el celo con que todas las clases de la sociedad matritense se consagraban por aquellos dias á desarrollar las más fecundas ideas , aplicándolas á todos los ramos de la instrucción, de la beneficencia y la cultura; iniciando de este modo una nueva era en el progreso verdadero y en los intereses morales y materiales de la sociedad. — En cuanto al renacimiento de las letras, la verdadera revolución literaria que surgió naturalmente del gran sacudimiento político, me reservo explayarla en el siguiente capítulo.

» te de Piedad y la Caja de Ahorros de Madrid), llamaron, con el » cariñoso título de amanuenses, á los personajes más distinguidos » de la sociedad madrileña. Pontéjos se encargó de atraer á la arís- » tocracia de la cuna; Arratia, á la del caudal; Mesonero Romanos, » á la de las letras , y todos, á las eminencias del clero y la políti- » ca. — Mercedá esta prudente y á la vez humorística combinación, » que dio á la Caja de Ahorros la fuerza moral que la ha vigoriza- » do, allí alternaban , allí servían al público (cosa que muchos igno- )) rarán ) los venerables arzobispos Bonel y Orbe , y Tarancon, mu- )) chos párrocos de Madrid, los ilustres Duques de Osuna, de Gor, ))de Eivas, de Medinaceli , de Abrán tes y de Frías; los Marqueses )) del Socorro, de Miraflores, de Santa Cruz y de Povar; los Condes »de Oñate, de Guaqui, Altanara y Torre Muzquiz; los banqueros » Sevillano, Ceriola, Caballero, Pérez Seoane , Calderón, Remisa y »Safont; eminencias políticas como Arguelles, Mendizábal, Martij)nez de la Rosa, Heros, Calatrava, Barrio Ayuso y Olózaga; emi- )) neucias literarias como Lista, Gallego, Bretón, Gil Zarate, Vega » y Hartzenbusch, etc. d

CAPITULO XXVI.

REVOLUCIÓN LITERARIA. 1835 Á 1840.

EL ROMANTICISMO.

A par que la trasformacion política que se verificaba por aquellos años eu nuestro país, y como consecueucia natural de ella, llegó á operarse también en la esfera literaria una verdadera revolución. — Y no podia menos de ser así. — La libertad del pensamiento, exento ya de toda • traba de previa censura ; el aumento de vitalidad y de energía propia de las épocas de trasformaciones políticas, de discusión j de lucha ; el vigor y el entusiasmo de una juventud ardiente y apasionada, que entraba á figurar en un mundo agitado por las nuevas ideas ; el brillo y esplendor con que éstas se engalanaban, brindando á sus cultivadores un risueño porvenir ; — todas estas causas reunidas produjeron en nuestra juventud una excitación febril hacia la gloria política, literaria, artística; hacia toda gloria, en fin, ó más bien hacia toda fama y popularidad.— Una parte de aquélla, dedicada á las luchas políticas, á seguir la marcha histórica de los sucesos, corrió

428 MEMORIAS DE UN SETENTÓN.

decididamente á verter su sangre generosa en los campos de batalla en defensa de sus contrarias opiniones y teorías, ó bien á ostentar su elocuente voz en la tribuna, su bien cortada pluma en la prensa periódica, su energía y capacidad en los altos puestos del Estado. — Otra, más inclinada al halagüeño cultivo de las letras y las artes, se reunía en sociedades numerosas, fundaba Ateneos, Liceos, Institutos y Academias ; hacía brillar en ellos su talento y su entusiasmo, y ofrecía en aquellos magníficos torneos un público alarde de sus medios intelectuales, un espectáculo seductor, que imprimió su fisonomía especial á aquella fecunda época de vitalidad y de energía.

Precisamente al movimiento político de nuestro país había precedido la revolución de Julio en Francia , y con ella también habíase desarrollado la revolución literaria en una esfera hasta entonces desconocida. — A la clásica musa de Delille y de Moliere, de Corneille y de Racine, había sustituido otra escuela de distinto vuelo y más atrevidas tendencias : á los severos preceptos de Aristóteles, de Horacio y de Boileau, las enérgicas é indisciplinadas concepciones de Shakespeare, de Byron, de Groethe y Calderón. Estos eran los nuevos ídolos poéticos, el romanticismo era el símbolo, y Víctor Hugo, su gran sacerdote y profeta. — ¿Quién podría negar sin injusticia el tributo de admiración y de entusiasmo al autor de Nuestra Señora de París y de Lucrecia Borgia, de las Orientales y del Angelo'? ¿ Quién resistir al impulso de la época, que, conmoviendo todas las imaginaciones, todos los talentos, todas las creencias en política, en ciencias, en literatura y artes, ofrecía nuevos y dilatados horizontes á nuestra entusiasta juventud ? — Esta, que, ademas de su apasionamiento y calor meridional, tenía dentro de casa el germen de la nueva escuela literaria, tan hábilmente desenvuelto en las inmortales creaciones de Calderón y de Rojas, de

EL ROMANTICISMO. 429

Tirso y de Alarcon, uo podia menos de abandonar las buellas de los Garcilasos y Melendez , de los Luzanes y Moratines, dando al olvido las anacreónticas y églogas candorosas, las acompasadas odas y tiernos idilios, las modestas y afrancesadas comedias de nuestros autores modernos; y con ellas todos los libros, todas las artes poéticas, todas las disertaciones de los eruditos de escuela, para dar otro giro al pensamiento, otras bases á la forma y otra entonación al estilo en sus composiciones líricas y dramáticas.

Y viniendo ya á señalar los primeros, y sin duda alguna más gloriosos triunfos del romanticismo en nuestra escena patria, habré de citar en primer lugar el drama representado en la noche del 22 de Abril de 1834, titulado La Conjuración de Venecia , obra del ilustre repúblico D. Francisco Martínez de la Rosa, que en aquellos mismos dias, como primer ministro y alma de la nueva situación, habia dotado al país del Estatuto Real, obra también de su elegante pluma y acendrado patriotismo. El éxito del drama en cuestión fué tan grande como merecido, y el público, subyugado por el interés palpitante de la acción, el choque de los caracteres y la vigorosa expresión del estilo, hizo la debida justicia al mérito singular de su esclarecido autor.

Un año más tarde, el 22 de Marzo de 1835, ofrecióse á la apreciación de este mismo público, á quien ya, por otro lado, eran ñimiliares los dramas de Víctor Hugo y Dumas , y estaba acostumbrado á las grandes sensaciones que le ofrecía la nueva escuela, otro drama de atrevido pensamiento y magistral desarrollo, debido á la brillante pluma de D. Ángel de Saavedra, reciente Duque de Rivas. — Era el titulado Don Alvaro ó la fuerza del sino, grandiosa producción en su esencia y en su forma, en la que se veían aunados el aliento y osadía de la nueva es-

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cuela con el exquisito gusto j brillante colorido propio de nuestros antiguos dramaturgos. Su ilustre autor (que habia tenido la amabilidad de leerme algunas escenas de Su drama en París, en 1833) abrigaba sus dudas sobre la buena ó mala acogida que pudiera obtener de nuestro público su atrevida composición; yo procuré tranquilizarle sobre ello, pues sin negar lo arriesgado de la idea primordial del fatalismo, que campeaba en el drama, j lo atrevido de algunas situaciones j caracteres, era tal á mis ojos el sinnúmero de bellezas que aquella composición atesora, que no dudaba de que saldría airosa en su primera exposición ante el público español. — Así sucedió en efecto; mas, sin embargo, debo confesarlo, no se apreciaron por de pronto en su justo valor todas aquellas condiciones que enaltecen el drama j que cada dia fueron apareciendo mayores, basta ser considerado hoy como una de las primeras joyas de nuestro teatro moderno.

Algunos meses después, en la noche de 1.° de Marzo de 1836, tuvo efecto un verdadero acontecimiento teatral, que acabó de imprimir un sello de entusiasmo á esta época de renacimiento de la escena. — Un joven absolutamente desconocido en el campo literario se presentaba al público con una composición, también por el nuevo estilo, que de algunos meses atrás yacia arrumbada en los estantes de la Compañía, hasta que el actor Guzman, con su sagacidad práctica, y á pesar de que en ella no tenía papel, acertó á escogerla para la noche de su beneficio. — Muchos altercados mediaban entre los intelio^entes del café del Príncipe y de los bastidores del teatro sobre el mérito ó extravagancia de la tal pieza, y muy particularmente acerca de su joven autor, de quien se decia que era un pobre soldado, ó quinto, que por el momento se hallaba aprendiendo el ejercicio en el depósito de Leganés.

Estimulada la curiosidad con este aperitivo, la concur-

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rencia aquella noche fué grande, é imponente la actitud del público. Alzóse el telón y empezáronse á escuchar con agrado las primeras escenas, y á medida que el drama avanzaba y crecia en interés, reforzábase también el del público, viendo desplegarse ante sus ojos un cuadro lleno de originalidad y lozanía, de interés dramático, de armónica concepción y expresión delicada, en términos tales, que, fascinado el auditorio ante aquel cúmulo de bellezas, hijo de una rica fantasía, y aguijoneado ademas por la curiosidad de conocer al ingenio que así acertaba á seducirle y conmoverle (y que, según corrían voces, se hallaba entre bastidores del teatro con su chaqueta amarilla y gorra de cuartel), empezó á pedir, en medio de atronadores aplausos , no solamente el nombre del autor, sino también que éste se presentase en las tablas á recibir la ovación que el público le dispensaba — testimonio de entusiasmo que por j^'^i^nera vez se ofreció en nuestra escena, y que después ha venido prodigándose hasta quedar completamente desprestigiado. — Verificóse al fin dicha presentación, y apareció, tímido y conducido por los primeros actores Carlos Latorre y Concepción Rodríguez, y vestido con el saco de miliciano que al efecto le prestó Ventura de la Vega, el novel y ya eminente poeta Antonio García Gutiérrez, autor del inspirado drama El Trovador, de esta joya dramática, que desde entonces brilla en el cénit de nuestra escena patria, y que, armonizada luego con las preciosas melodías de Verdi, es hoy tan popular en todos los teatros de Europa y América.

Otra sorpresa de igual género ofreció la escena nacional un año después , y otro genio , desconocido también y de humilde condición, llamaba á las puertas de la inmortalidad, una de las últimas noches del mes de Enero de 1837. Estrenábase en ella un drama nuevo, obra, según se decia, de un joven artesano, cuya modestia, retrai-

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miento y esquivo carácter prometia bien poco sabor á los frutos de su pluma ; y con este motivo los críticos maleantes se despachaban á su gusto en el coliseo de la Cruz en bromas y chascarrillos sobre la persona y posición del autor, presagiando una segura derrota al pobre menestral metido á poeta. — Yo, que le conocía, aunque muy ligeramente (y conocía también algunos trozos del drama, y con la ocasión que luego diré), opinaba todo lo contrario, y efectivamente, no bien se escucharon las primeras escenas del apasionado drama Los Amantes de Teruel, no bien fueron desarrollándose ante los ojos del público aquellas bellezas de primer orden en sus interesantes situaciones, sus simpáticos caracteres y poética elocución, el público, entusiasmado, prorumpió, como en el caso anterior, en atronadores aplausos, y pretendió igualmente la presentación del autor en las tablas ; pero éste, cuitado y receloso, habia huido á esconderse y no se hallaba en el teatro, habiéndose de contentar el público con saber únicamente que el nombre del autor era el poco eufónico y castizo de Juan Eugenio Hartzenhuscli, nombre glorioso, que desde aquel dia suena en nuestros oidos como imo de los más preclaros de la patria literatura.

He dicho que le conocía de antemano, y así es la verdad, y no puedo rehusarme el placer de estampar aquí la ocasión que lo motivó. — Este modestísimo ingenio, hijo, como es sabido, de un ebanista alemán, seguía el oficio de su padre, trabajando á la sazón, como él mismo se envanece repitiéndolo, en los bancos ó escaños del futuro Senado ; pero su irresistible vocación le conduela en distinto rumbo hacia el estudio y cultivo de las letras. Habíase ensayado privadamente en ellas desde muy niño, y entre los varios trabajos que emprendiera, fué uno la refundición de cierta comedia desatinada de N. Laviano (autor de últimos del siglo pasado), que se titulaba La

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Conquista de Madrid, y que» estaba basada en el milagro atribuido á la Virgen de Atocha resucitando á las hijas de Gracian Eamirez. — Esta desdichada comedia pareció al público, como era de esperar, detestable, y fué silbada despiadadamente ; y yo , en mi calidad de crítico teatral, inserté en la Revista Esjjañola un artículo también despiadado, que dio en manos del mísero autor de la reftmdicion, el cual, atribulado, se me presentó al siguiente dia, y queriéndole yo desenojar con mis corteses excusas, me contestó : — «No, señor, no; la comedia es abominable, y su refundición todavía peor; pero como me sería sensible que V. me juzgase por este desdichado trabajo, le traigo aquí algunas composiciones poéticas mias y que quisiera que Y. tuviese la bondad de leer. » — Con esto, y con dejarme sobre la mesa un envoltorio de manuscritos, diciendo que volverla á recogerlos, se marchó, dejándome en la persuasión de que los tales versos podrían ser primos hermanos de la comedia; pero ¡cuál no sería mi sorpresa al hallarme con una multitud, un verdadero ramillete de flores poéticas, en que se revelaba un exquisito gusto literario, y entre ellas algunos parlamentos ó escenas del ideado drama Los Amantes de Teruel! — «¿Y es posible — (dije al atribulado joven cuando volvió á visitarme) — que hombre que sabe hacer esto se ocupe en trabajos baladíes y sin gloria, tales como la refundición de malas comedias? Usted, amigo mió, puede marchar sin andadores, y aun desplegar poderosas alas hasta encumbrarse á las alturas del Parnaso.» — Y el público en aquella noche del mes de Enero de 1837 me dio la razón. — Por mi parte, después de felicitar cordialmente al modestísimo y eminente autor, me apresuré á hacer en la Junta Directiva del Ateneo, de que era vocal, una pi'oposicion, que firmaron conmigo todos mis compañeros y aun todos los socios del Ateneo, declarando la simpatía y entusiasmo

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con que la corporación acogía ó llamaba á su seno al laureado poeta con el título de socio honorífico, y yo mismo hice á la noche siguiente su presentación á la Sociedad. íTo podía hacer menos por el que después llegó á ser mi cordial amigo y compañero, y hoy aún, vivientes ambos, aparecemos como dos fúnebres cipreses en el cementerio de nuestra ya añeja literatura contemporánea.

Otra aparición de un nuevo astro luminoso en el cielo de nuestra poesía — en cuyo campo parecía como que brotaban por encanto nuevas y olorosas flores — tuvo efecto pocos días después del triunfo de Hartzenbusch, si bien aquélla fuera motivada en ima ocasión lamentable. — El día 13 de Fel)rero de 1837 me hacía una de sus frecuentes visitas D. Mariano José de Larra, el ingenioso Fígaro, que siempre me manifestó decidida inclinación, y en esta, como en todas nuestras entrevistas, giró la conversación sobre materias literarias, sobre nuestros propios escritos, sin celos ni emulación de ninguna especie, si bien asomando siempre en las palabras de Larra aquel escepticismo que le dominaba, y en sus labios aquella s*arcástíca sonrisa que nunca pudo echar de sí, y que yo procuraba en vano combatir con mis bromas festivas y mi halagüeña persuasiva : aquel día, empero, le hallé más templado que de costumbre, y animado, ademas, hablándome del proyecto de un drama que tenía ya bosquejado, en que quería presentar en la escena al inmortal Quevedo, y hasta me invitó á su colaboración, que yo rehusé por mi poca inclinación á los trabajos colectivos ; pero en ninguna de sus palabras pude vislumbrar la más leve preocupación extraña, y hubiérale instado, como en otros días, á quedarse á almorzar conmigo, si ya no lo hubiera hecho por ser pasada la hora.

¡Cuál no sería mi asombro á la mañana siguiente, al presentárseme D. Manuel Delgado (el famoso editor que •

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hizo SU fortuna á costa de todos los ingenios de aquella época), diciéndome que la noche anterior, es decir, la del mismo dia 13, en que habia estado en mi casa, se habia suicidado Larra en su propia habitación, calle de Santa Clara, núm. 3, y que él (Delgado) j otros amigos se hal)ian encargado de tributarle los fúnebres honores, para lo cual allegaban en el acto por suscricion los fondos necesarios!— Contribuí, pues, inmediatamente, y en la misma tarde del 14 estábamos reunidos todos los amantes de las letras, ó por mejor decir, toda la juventud madrileña, en la parroquia de Santiago, ante el sangriento cadáver del malogrado Fígaro; colocado que fué en un carro fúnebre, sobre el que se ostentaban cien coronas en torno de sus preciados escritos, seguimos todos á pié, enlutados y llenos de sincero dolor, tributando de este modo el primer homenaje público, acaso desde Lope de Vega, rendido entre nosotros al ingenio, Y llegados que fuimos al camposanto de la puerta de Fuencarral, y antes de introducir el ataúd en su modesto nicho, D. Mariano Roca de Togores (actual Marqués de Molins) pronunció algunaS' sentidas frases en loor del desdichado suicida ; adelantóse luego con tímido continente un joven, un niño aún, pálido, macilento, de breve persona y melancólica voz; pidió permiso para leer una composición, y obtenido, hízolo de un modo solemne, patético, en aquellos versos que empiezan :

«Ese vago clamor que rasga el viento

Es el son funeral de una campana!!

Vano remedo del postrer lamento De un cadáver sombrío y macilento , Que en sucio polvo dormirá mañana. »

Aquella sentida composición sorprendió á los circunstantes; aquel niño inspirado hizo vibrar las fibras de'

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nuestros coi'azones, j el nombre de José Zorrilla, circulando de boca en boca, consiguió inspirar desde aquel instante las mayores simpatías. Subieron éstas de todo punto cuando, á contar desde aquel dia, la sublime inspiración de aquel naciente genio, derramándose cual abundoso torrente en el carñpo literario, ya en la poesía lírica, en composiciones de tan atrevido vuelo y desusada tendencia como Recuerdos de Toledo, La Catedral, Las Pirámides, A Granada, El Reloj, Don Pedro Calderón y cien interesantísimas leyendas y tradiciones patrias ; ya en la dramática, desde las tituladas La Mejor razón la espada, Sancho García, El Puñcd del Godo, hasta Don Juan Tenorio y El Zapatero y el Rey, elevaron entre nosotros el nombre de Zorrilla á la misma altura que el de Víctor Hugo en Francia, y le conquistaron el puesto de nuestro primer poeta popular.

La profunda influencia, empero, que la aparición de este grande ingenio ejerció en todos los cultivadores del arte acaloró las cabezas de nuestros jóvenes poetas, que, si bien con honrosas excepciones, dejáronse sub}T.igar, por lo general, en servil imitación, y exageraron por sistema lo que en aquél era obra de un instinto excepcional ; esforzaron su ingenio en aberraciones infinitas ; poblaron nuestra atmósfera poética de lúgubres y fantásticas visiones, cuadros sanguinolentos, víctimas y verdugos, castillos feudales, buhos agoreros, puñales y venenos, féretros y responsos, en vez de las zagalas, pellicos, cayados, apacibles florestas y mansos rios, que escucharon en otro tiempo

(( El dulce lamentar de dos pastores » ;

é influyeron de tal modo con aquellas tétricas composiciones en la tendencia, en la inclinación y hasta en el as-

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pecto de nuestra sociedad literaria, que hubo momentos en que más semejaba á un manicomio que á cosa seria y de gente formal.

Este movimiento vertiginoso de nuestros vates, y estos momentos de delirio, fueron los que, con no poca osadía, escogió para castigarle por medio del ridículo el autor de las Escenas Matritenses, en el conocido cuadro satírico que tituló El Romanticismo y los roínánticos , llevando su valor hasta el extremo de leerle en la riiisma tribuna del Liceo de Madrid, foco de las nuevas doctrinas literarias y magnífico palenque de sus más aventajados adalides.

Por fortuna para él, hizo asomar la risa á los labios de los mismos censurados, y en gracia de ella, y en prenda también de su buena amistad, le perdonaron sin duda aquella festiva y bien intencionada fraterna. Hubo, sin embargo, algunos pérfidos instigadores de mala ley, que achacando al autor intenciones gratuitas de retratar en sus líneas á algunos de nuestros más peregrinos ingenios, procuraron indisponerle con ellos y hacerles tomar por aplicaciones á su persona los rasgos generales con que aparecía presentado al público el tipo del poeta romántico ; pero el grande y verdadero talento de aquéllos les dio á conocer, no sólo la inexactitud de tal supuesto, sino la buena intención del autor y la rectitud de su juicio literario.— Algo cree haber contribuido á fijar la opinión hacia un término justo entre ambas exageraciones clásica y romántica; por lo menos, coincidió su sátira con el apogeo de la última de éstas, y desde entonces fué retrocediendo sensiblemente hacia un punto racional y admisible para todos los hombres de conciencia y de estudio. Dio ademas la señal de otros ataques semejantes, en el teatro y en la prensa, que minando sucesivamente aquel ridículo de secta, acabó por hacerle desaparecer, y que fructificasen en el verdadero terreno de la razón y del arte ta-

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lentos privilegiados, que llegaron á adquirir una inmortal corona.

La fundación del Aten-eo y del Liceo, verificada en 1835 y 37, fueron el resultado, la condensación, digámoslo así, de las emanaciones del ingenio en aquella época de transición j de gloria. Las cátedras y discusiones de la primera de aquellas Sociedades ; las sesiones de competencia, representaciones dramáticas y exposiciones de la segunda, ofrecían tan halagüeño espectáculo para la ciencia, la literatura y las artes, que parecía inconcebible, dada su simultánea existencia con la de una guerra civil encarnizada y asoladora ; y no sólo produjeron enseñanzas útiles en las ciencias política, artística y literaria ; no sólo dieron por resultado adelantos especiales en todos los ramos del saber, sino que, presentadas con un aparato y magnificencia singulares en suntuosos salones , frecuentados por lo más escogido é ilustrado de la sociedad, excitaron hasta un jDunto indecible el entusiasmo público, y realzaron la condición del hombre estudioso , del literato , del artista, ofreciéndolos á la vista de aquél con su aureola de gloria, con sus frescos laureles en la frente, su doctrina en el labio, y en la mano su libro ó su pincel. — Y como quiera que en la fundación y desarrollo de ambas Sociedades cúpome tomar alguna parte, siendo conocedor, por tanto, de su origen, historia y vicisitudes, paréceme del caso hacer una ligera reseña de ellas en estas Memorias, que, aunque personales, están relacionadas con los sucesos exteriores, especialmente en lo concerniente á las letras y á los adelantamientos de la cultura social.

EL ATENEO. 439

II.

EL ATENEO.

«La Sociedad Económica Matritense, en Junta extra- )) ordinaria de 31 de Octubre de 1835, siendo director y> I). Juan Alvarez Guerra , y á propuesta de D. Juan Mi- » guel de los Rios , acordó gestionar con el Gobierno el )) establecimiento del Ateneo, ó si se quiere, la restauración ))del que habla existido de 1820 á 1823; y para procurar- ))lo basta su logro, nombró una Comisión, compuesta de 5)01óz;iga, Duque de Rivas, Alcalá Galiano, D. J. Mi- )) guel de los Rios , cierto D. Francisco López Olavarrieta, )) anciano muy dado á este género de reuniones, rico y res- 5)petable propietario; D. Francisco Fabra, y finalmente, )) D. Ramón de Mesonero Romanos, á la sazón verdadero )) motor del proyecto , y único que boy sobrevive, grato ))á la patria literatura, honrado y querido de todos» (1).

Y más adelante , después de consignar los trabajos de esta Comisión para obtener de la Reina Gobernadora la Real orden de 16 de Noviembre, autorizando la creación dal Ateneo, y de describir la gran reunión verificada la noche del 26 del mismo mes para constituir la Sociedad, mi ilustre amigo y contemporáneo el Sr. Marqués de MoIhis añade estas benévolas palabras , que agradezco sobremanera : «El iniciador, pues, del pensamiento habia )) sido el Sr. Rios ; el verdadero autor y promovedor del 3) proyecto era Mesonero, el cual habia hablado á la ma- )>yor parte de los concurrentes y buscado el local, que

(1) Palabras del discurso leído por el Excmo. Sr. Marqués de Molins el 18 de Noviembre de 1874, como presidente del Ateneo y con motivo de la apertura de sus cátedras.

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))fué en la calle del Prado, núm. 2S, esquina á la de San » Agustín , casa llamada de Abrántes , en que á la sazón )) tenía su establecimiento tipográfico D. Tomas Jordán, )) que cortésmente cedió sus salones. »

Efectivamente, á mi excitación, y valiéndome de las relaciones editoriales y amistosas que me unian con Jordán, pude obtener de él la cesión del magnífico salón oblongo de dicha casa, y otros contiguos, para la inauguración del Ateneo.

En ellos se celebró la citada Junta magua la noche del 26, á que asistieron todas las notabilidades políticas y literarias de la época , entre ellas los Duques de Bailen, de Veragua y de Gror; los señores Arguelles, Istúriz, Alcalá Galiano, Martínez de la Eosa, Héros, Donoso Cortés, Caballero y otros; los jurisconsultos Cambronero. Pacheco, Pérez Hernández; el matemático Vallejo; el naturalista Lagasca; el médico Seoane; los ingenieros Otero y Miranda; los literatos Gallego, Quintana, Gil Zarate, Vega, Espronceda, Bretón, Larra, Ocho^, Duran, Vedia, Re villa, Musso, Corradi, y el mismo Roca de Togores; los artistas Madrazo, Villaamil, Carderera, Latorre, Romea, Grimaldi y Masarnau.

En dicha reunión quedó nombrada la Junta directiva de la Sociedad, siendo elegido Presidente el Duque de Rivas; Consiliarios , los Sres. Olózaga y Alcalá Galiano; Tesorero, Olavarrieta; Contador, Fabra, y Secretarios, J. M. de los Ríos y Mesonero; es decir, los mismos individuos que compusieron la Comisión nombrada por la Sociedad Económica. — A los pocos días , en la noche del 6 de Diciembre de 1835 , se verificó la solemne inauguración del Ateneo, tomando posesión los individuos nombrados para los cargos de la Junta directiva, y pronunciando un excelente discurso el Presidente, D. Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, sobre el objeto y tendencia

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civilizadora de la Sociedad que se inauguraba, y que creció instantáneamente, hasta el punto de que, según la lista impresa en 1." de Marzo siguiente, llegaba á contar doscientos noventa y cinco socios, entre los cuales figuraban los nombres más eminentes en jerarquía , en política, en ciencia, literatura y artes (1).

En la discusión del reglamento y en la formación de proyectos gigantescos de grandioso local, establecimiento de cátedras, biblioteca, salas de lectura y publicación de obras científicas y literarias , se pasaron los dias y los meses del primer medio año de 1836; pero nada se establecía sólidamente , y por de pronto estábamos amenazados de vernos, como quien dice, en medio de la calle, porque el impresor Jordán, que, cediendo sólo á mi amistad, había consentido en la instalación de la Sociedad en sus salones, me instaba diariamente á que procurásemos otro local, por los graves perjuicios que se le originaban de aquella permanencia, que él había juzgado muy breve, y ya se prolongaba demasiado; y no hubo más remedio que ceder á la necesidad, trasladando provisionalmente el Ateneo al cuarto principal de la casa frontera, núm. 27, que por su pequeño espacio y mezquina distribución no se prestaba á ser convertida en centro de tan importante reunión.

Otros acontecimientos exteriores vinieron muy luego á comprometer la existencia del Ateneo. — En 15 de Mayo

(1) Tengo delante dicha lista impresa (y su original manuscrito también), y no puedo menos de consignar con dolor que de los 295 individuos que en ella constan, sólo sobrevivimos quince, á saber: el Infante D. Francisco de Asís (después Rey consorte), y los señores Borrego, Carderera, Castro (ü. Alejandro), Castellanos^ Corradi, Hisern, Madraza (D. Federico y D. Pedro), Masarnau, Mayans, Mesonero, Perales (Marqués de), Roca de Togores y Seoane (D. Juan Antonio).

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ide 1836 cesó el Ministerio Mendizábal, siendo sustituido por el de Istúriz, el cual asoció á él al Duque de Rivas y á Alcalá Galiano, Presidente j Consiliario del Ateneo. — Quedó, pues, de hecho al frente de éste D. Salustiano Olózaga, que por sus ideas avanzadas en política no estaba de acuerdo con las que predominaban ya en la corporación ; y como á los tres meses justos , y á consecuencia del motin de la Granja y restablecimiento de la Constitución de 1812, cayó estrepitosamente el Ministerio Istúriz, Rivas y Galiano (que tuvieron que huir disfrazados), y fué nombrado Olózaga jefe político de Madrid, quedó el Ateneo acéfalo, y puedo decir que absolutamente en mis manos, porque los demás individuos, Ríos y Olavarrieta no le veían tampoco con buenos ojos, como progresistas que eran, y el médico Fabra había fallecido.

A consecuencia de esta serie de desmanes, el entusiasmo primitivo se convirtió en desaliento completo de la Sociedad; los individuos de ella se fueron retirando, hasta quedar en cuadro ; y tanto , que el pequeño local de la casa, que antes se juzgaba mezquino , bastaba ya y sobraba para lo que había quedado, reducido á un menguado gabinete de lectura.

En esta situación lastimosa, Olózaga, pi-esidente ya y jefe político, que continuaba entendiéndose exclusivamente conmigo, á causa de los lazos de amistad que de antes nos ligaban, llamóme á San Martín (Gobierno civil), y me dijo que, supuesta la casi imposibilidad y aun la inconveniencia, á su juicio, de prolongar la existencia de la corporación , era su opinión que debía suspenderse y aun anularla definitivamente. — Yo, que entonces y después me he encariñado siempre con las ideas una vez admitidas, no pude dejar de oponerme francamente á semejante resolución, que no se llevaría á efecto (añadí),

EL ATENEO. 443

por lo menos, mientras yo estuviese en la Junta directiva ; antes bien tenía proyectos para dar un gran desarrollo, una nueva vida á la moribunda Sociedad. — «Pues si eso es así, veamos cuáles son esos proyectos» (replicó Olózaga con la deferencia que siempre le merecí). — Entonces le hice presente que, respondiendo á la adversidad con audacia , babia pensado en trasladar el Ateneo á otra casa mayor (calle de Carretas, núm. 27), y establecer en grande escala el salón de lectura, la biblioteca, y, sobre todo , las ceded ras 2^úhl'icas, regentadas por las primeras notabilidades de la época, á quienes creia deber invitar para su desempeño. — c( Pues ya que tan felices se las promete V. , tráigame V. una nota de esas personas á quienes pueden, á su juicio, encomendarse dichas cátedras», con lo cual al siguiente dia le contesté con una lista que comprendía á los Sres. Donoso Cortés, Lista, Pacheco, Pérez Hernández, Benavides, Ponzoa, Revilla, Puch y Bautista, etc. — ce Todo esto está muy bien, me dijo Olózaga al examinarla , y son, seguramente, muy á propósito para ello ; pero sólo veo un inconveniente , y es que todos ellos pertenecen á una opinión política (el partido moderado). Si V. pudiese hallar algunos de otro color que

proponer — Ya lo he pensado, y no lo encuentro fácil;

sin embargo , si V. me autoriza , invitaré á V. en primer lugar; á D. Fermín Caballero, luego; á los eclesiásticos Rico y Santaella (que entonces pasaba por muy avanzado en sus opiniones políticas y hasta teológicas), y á D. Fernando Corradi , que son los únicos entre los socios que estimo competentes de ese color político. » — Convino en ello Olózaga (aunque excusándose personalmente por sus ocupaciones de la jefatura), y se hizo la invitación á los propuestos por mí. Todos, ó casi todos, admitieron, y desde la primera noche volvió á reanimarse la Sociedad, volvió á reinar el entusiasmo, y volvió también á imperar

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en ella el matiz moderado, que era su pecado original. De los exaltados ó progresistas, Olózaga, Caballero y el Padre Rico rehusaron ; Corradi admitió la asignatura de literatura extranjera, y el presbítero Santaella, en su primera disertación Sobre la hifluencia de la religión en la política, se mostró tan extremadamente retrógrado , que Olózaga, contrariado, no volvia en sí de su asombro, j Donoso Cortés, que estaba á mi lado, me decia: — «Pues, señor, si este hombre es cismático , entonces también lo soy yo.)) — Tan ortodoxa ftié la disertación del futuro Comisario general de Cruzada.

A fines de 1837 ya volvia á dominar en la esfera del Gobierno el partido moderado, que habia aceptado la Constitución hecha con sus ideas por el progresista; y el Ateneo, eligiendo para su presidencia á Martínez de la Posa en competencia con Olózaga , lo indicaba así claramente.— Aquel ilustre patricio tomó á pechos el engrandecimiento de la Sociedad, é impulsó, entre otras medidas, la mudanza de la casa, ó sea la traslación á la de la plazuela del Ángel, núm. 1, propia del Marqués de Falces, quien para ello se entendió exclusivamente conmigo, y aun quiso que á mi nombre se verificase el arrendamiento.— Allí, con más amplitud, fué donde empezó á moverse el Ateneo en ancha esfera, tanto bajo su aspecto académico ó doctrinal de las cátedras y de las discusiones científicas y literarias, como en la de su comodidad y recreo, salón de lectura, biblioteca y salas de amenísima tertulia. — En los años siguientes, hasta su traslación á la casa del antiguo Banco de San Carlos , en la calle de la Montera, núm. 22, que hoy sigue ocupando, continué desempeñando como Dios me dio á entender los cargos que me tocaron en la Junta directiva, pero en 1840 (y hallándome viajando nuevamente por el extranjero) caí con el Ministerio, ó sea Presidencia de Martínez de la

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Rosa, quedando en la simple condición de soldado raso, quiero decir, de socio amantísimo y asiduo concurrente, hasta que la edad y los achaques me han apartado de la comunicación de esta Sociedad, por la que conservo un recuerdo paternal. — Hoy sólo aparece en sus salones mi vetusta faz trazada en lienzo por el eminente artista señor Casado, á invitación de la Junta directiva de 1870 ó 71, en la que figuraban los Sres. Figuerola, Moi-eno Nieto, Molinero, etc., que me dispensó la honra de ser de los primeros á quien juzgó dignos de esta distinción. Aprovecho, pues, la ocasión presente para tributarles las más expresivas gracias , así como también al socio Sr. D. Rafael María de Lal)ra ])or la honrosa mención que suele hacer de mi nombre en su discreto libro El Ateneo de Madrid , publicado recientemente, y que ha tenido la bondad de remitirme.

EL LICEO.

En el capítulo xxi de estas Memorias, tratando del JParnasiUo del café del Príncipe, decia que de él salieron las sociedades científicas, literarias y artísticas que, con los nombres de Ateneo, Liceo, Instituto y Academia Filarmónica, Aagorizaron nuestro movimiento intelectual. Y por cierto que en la larga nomenclatura de los concurrentes á aquella gratísima tertulia del Parnasillo, padecí la imperdonable omisión del nombre de un ilustrado y entusiasta joven, D. José Fernandez de la Vega, en cuya acalorada fantasía se engendró la idea de fundar una reunión periódica de literatos y artistas , inaugurándola en su propia habitación, calle de la Gorgnera, núm. 13,

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cuarto tercero, aunque siu soñar él mismo, seguramente, la gigantesca proporción que con el tiempo habia de alcanzar su pensamiento.

La primera noche Je reunión, que, según mi cálculo, pudo ser en los últimos dias del mes de Marzo de 1837, sólo la formábamos basta una docena de personas, entre las cuales recuerdo á D. Juan Mcasio Gallego , D. Antonio Gil Zarate , D. Patricio de la Escosura , D. Miguel de los Santos Alvarez , Ventura de la Vega , Espronceda, D. Juan Eugenio Eguizabal , D. Carlos Ortiz de Taranco , j los pintores Esquivel , Villaamil , Elbo y Camarón ; y como objeto preferente, al joven poeta Zorrilla, que pocos dias antes, y con la triste ocasión que dejé consignada, se habia dado á conocer tan ventajosamente. — En aquella primera reunión se leyeron por éste algunas de sus originales y bellísimas poesías , y por los pintores se hicieron algunos dibujos , despidiéndose muy cordialmente para el jueves próximo. — En éste se duplicó la concurrencia, triplicóse al tercero, y no cabiendo en aquella modesta habitación, el intrépido Fernandez de la Vega se trasladó al cuarto principal de la misma casa, donde pudo funcionar la tertulia con algún más desahogo unas cuantas semanas más. — En ellas se trató ya formalmente de constituir la sociedad con el nombre de Liceo artútlco y literario , y allegar los fondos necesarios por medio de una suscricion de 20 reales mensuales entre los socios. — Con ellos, y hallándose desocupado el piso principal de la casa calle del León, núm. 36, en que habia antes una escuela de niños y tenía un mediano salón , nos trasladamos á ella en son de triunfo y de activa propaganda. A las pocas semanas ya mudamos de albergue y plantamos la bandera en la calle de las Huertas, en una buena casa frente á la plazuela de Matute, y de allí, siempre en progresión ascendente , dimos con nuestros cachivaches artís-

EL LICEO. 447

ticos y literarios en la calle de Atocha , casa llamada de Balmaseda (hoy sucursal del Banco de España).

Una vez en este hermoso local, comenzó á funcionar en grande escala la entusiasta Sociedad , bajo la presidencia primero del iniciador Fernandez de la Vega , y luego la de los Sres. Duque de Gor, Marqueses de Pontéjos y de Falces, Duque de Osuna, Roca de Togores y Escosura , y la fructuosa cooperación de los acaudalados banqueros D. Graspar Eemisa y D. José de Salamanca, entusiastas por las artes , que no titubearon en abrir sus arcas para subvenir al esplendor de la Sociedad.

Estableciéronse, pues, las sesiones de competencia; las lecturas públicas desde la tribuna, de poetas y prosistas; las discusiones privadas en las secciones ; las cátedras públicas, regentadas por los mismos socios; los trabajos de pintores y escultores, y la exposición, en fin, de obras artísticas, llegando á tal altura, que ya se juzgó oportuno invitar á su apertura á la Reina Gobernadora y solicitar su protección y apoyo. — Era esto , si mal no recuerdo, en el invierno de 1838, y hallábase entonces de Ministro de la Gobernación el Marqués de Someruelos, el cual, por conducto del subsecretario D. Alejandro Olivan (ambos amigos mios), me llamó una noche al Ministerio para decirme que la Reina, invitada por el Liceo, le habia pregmitado qué sociedad era ésa y qué podia ó debia hacer por ella, y como entre los individuos de la Junta, el que más conocía era yo (que desempeñaba á la sazón el cargo de bibliotecario), me llamaba para enterarse de todo y de lo que debia aconsejar á Su Majestad.

Hícelo , como puede suponerse, ampliamente y en el sentido más encomiástico , asegurándole que sería recudida la Reina dignamente; que sin duda alguna mereceria su Real aprecio la Sociedad, tanto por su objeto y medios como por las clases distinguidas y beneméritas que la

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componían; y en cuanto á lo de qué podía aconsejar á S. M. que hiciese por ella j por su fundador , el joven Fernandez de la Yega (á quien Someruelos había confundido con Ventura), díjele que aquélla se consideraría muy honrada con la asistencia y protección de la Reina y con algún cuadro ó libro que se sirviese regalarla; y su fundador con una condecoración de las que entonces se prodigaban tan poco. A la mañana siguiente se presentó S. M. en los salones de la Exposición con los Ministros y servidumbre, y al pasar junto á mí, díjome Someruelos que todo estaba acordado según mis indicaciones; y, en efecto, en aquel mismo día se recibió una copia de un lienzo de Correggío, superiormente ejecutada por S. M., y la magnífica obra Los Museos de Europa , elegantemente encuadernada. En cuanto á la persona del fundador, fué agraciado con la cruz supernumeraria de Carlos III; pero cuando yo se lo anuncié, me contestó que esperaba recibir una gran cruz , que le permitiese presidir dignamente la Sociedad. Esta , en fin, llegó á su apogeo cuando se trasladó al palacio de los Duques de Víllahermosa, adquiriendo una animación, una solemnidad artística y literaria con la que seguramente no podía rivalizar ninguno de los establecimientos privados del extranjero , y que daba á la fisonomía de la sociedad matritense un sello especial de vitalidad y de cultura.

Allí, en aquellos espléndidos salones, decorados y alumbrados con profusión y henchidos de toda la más brillante sociedad de la corte, y en muchas ocasiones con asistencia de la Reina y la familia Real , el Gobierno y el cuerpo diplomático extranjero , se celebraban aquellos inolvidables jueves del Liceo , aquellas sesiones de competencia artística y literaria, aquellos juegos florales, aquellos conciertos y representaciones dramáticas y líricas, en que brillaban alternativamente los antiguos campeones de

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la literatura j del arte con los nuevos ingenios que surgieron como por encanto en aquella época fecunda; — Zorrilla, Vega, Bretón, Gil Zarate, Espronceda, Rubí, Escosura, Pelegrin, Hartzenbusch, Roca de Togores, Tassara, Villalta, Enrique Gil, Bermudez de Castro, Campoamor, El Duque de Eivas, las señoritas Avellaneda y Coronado, Cañete, Pastor Diaz, Navarrete, Romero Larrañaga, Laíüente, Segovia y El Curioso Parlante, con otros ciento que no recuerdo , ocupaban periódicamente la tribuna erigida en el centro del salón , leyendo sus composiciones en verso y prosa.

Allí , en los otros departamentos , los célebres pintores de Cámara López y Madrazo, y sus hijos; Esquivel, Gutiérrez de la Vega, Villaamil, Elbo, Jimeno, Tejeo, cruzaban sus pinceles con aficionados ilustres, como los Du- (|ues de Gor y de Rivas y las señoritas Weis y Menchaca. — Allí, en su elegantísimo teatro, ostentaban su talento escénico, á par de Matilde Diez, Isabel Luna, la Tablares, la Chafino y otras artistas de profesión; Joaquina Romea, la señora de Ojeda, Manolita Lema, Natividad Rojas y Antonia Montenegro, con Ventura de la Vega, Ruiz de Arana, Piquer, Escobar (D. Telesforo y D. Ignacio), Marraci, Segovia y Sartorius. Allí, en fin, ayudados por una brillante orquesta de profesores y aficionados, se hicieron oir, en magníficos conciertos y óperas, el incomparable Ruhini, la Paulina García (Mme. Viardot), llamados expresamente por la Sociedad, y los admirables concertistas Listz , Talberg y otras celebridades europeas.

Pero, pasados aquellos momentos (ó sean años) de ardiente fe y de sed entusiasta de gloria, la tendencia del siglo se inclinó á materializar los goces y á utilizar prosaicamente las inteligencias ; por eso los institutos de esta clase fueron amenguando; por eso fueron desamparándo-

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los SUS expansivos y sobradamente generosos ingenios, corriendo á las redacciones de los periódicos políticos , á la tribuna ó á la plaza pública , á conquistar , no aquellos modestos y espontáneos laureles, que en otro tiempo bastaron á su ambición , sino los atributos del poder y los dones de la fortuna. — De los nombres que arriba cité como sostenedores de la tribuna del Liceo, según se presentaron á mi memoria, casi todos ellos figuraron después como ministros, embajadores, consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos bandos y épocas, según la marcha de los sucesos; y sólo Zorrilla y el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su nombre exclusivamente literario , sin aspirar á su engrandecimiento por otros caminos , con la circunstancia, en pro del ilustre Zorrilla, de que á mí sólo me faltaba la ambición, y á él le faltaban la ambición y la fortuna.