Mis filosofías · Unidad 12 de 56

Unidad 12 · TvEDIUM VTTM 55

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table serie de deducciones de que es capaz.

Dejad á Edison y á un hombre medianamente inteligente en la soledad de un paseo. Mientras el hombre medianamente inteligente^ después de mirar los árboles y los prados, querrá irse, escapar al desabrimiento de sus imaginaciones, al tráfago de esas ideas nimias de que hablábamos, Edison habrá cogido un guijarro, lo habrá mirado y remirado, lo habrá hecho objeto de un análisis lleno de acierto, y de inducción en inducción habrá formulado una ley, y de ley en ley habrá ordenado un mundo.

Ni sabrá que ha venido la noche ni sentirá el aletazo del frió. Será preciso que el guarda le diga :

« Señor Edison, vamos á cerrar la verja, vayase á casa, es tarde. »

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Pero hay un hombre todavía más allá del

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sabio, un hombre que no solo no sabrá que existe el fastidio, sino que hasta ignorará que existe el tiempo ; un hombre que habrá llegado á la plena abstracción : el asceta, así se trate del estilita del Ganges como del monje cristiano en éxtasis.

; Este hombre vivirá en otro plano, en el plano superior en que misteriosamente radia nuestro subconsciente, en la esfera de la serenidad absoluta, en donde ya no existen las ilusiones de espacio y del tiempo, donde Siddharta Gautama halló después de la completa renuncia de sí mismo, la finalidad suprema de todas las cosas ,

LOS RIPIOS PROVIDENCIALES

LOS RIPIOS PROVIDENCIALES

El simpático Carlos Diaz Dufóo gustaba en otro tiempo de recordar en sus conversaciones á no sé qué personaje galdosiano, que llegó á ocupar altos puestos sin otros conocimientos ni habilidades que el ensartar á cada paso esta palabra : « ¡Verdaderamente! »

Con ella resolvió las situaciones más intrincadas y logró hacer creer al mundo que era un pozo de discreción y de sabiduría.

Hay palabras así, verdaderamente providenciales. Recuerdo aún que en cierta época, en que Luis Urbina y yo nos dividíamos las crónicas teatrales de « El Imparcial », á fin de ensamblar bien, tñ un solo artículo, nuestras diversas

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notas, habíamos convenido en que aquel de los dos que llegase más temprano á la redacción, empezaría la crónica, dejándola suspensa hasta donde la alcanzasen sus notas, para que el otro la concluyese con las suyas ; y á fin de bien soldar los dos cabos, el que tenía que concluirla comenzaba su parte con las palabras :

« Por lo demás »...

Este « por lo demás » nos sirvió siempre de un modo admirable, no marró nunca. Urbina decía lo que tenía que decir y se iba tranquilamente á su casa. I

Yo llegaba, pedía la última cuartilla de su original, la leía de una ojeada, ponía un asterisco y escribía enseguida :

« Por lo demás »,... etcétera, etc., etc.

Os aseguro que nadie habría notado la solución de continuidad, la ensambladura de las dos piezas. ,

« Por lo demás » Urbina y yo habíamos logrado asemejarnos mucho en nuestro estilo de entrefilet.