Mis filosofías · Unidad 18 de 56

Unidad 18 · * EL SEÑOR SALVAJE 85

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* EL SEÑOR SALVAJE 85

todas aquellas confusiones y rumores, relampagueantes de velocidad, nerviosos de premura, ágiles, imperiosos, entreverándose, asaltando el espacio libre, hormiguean los automóviles, los incontables automóviles, los de lujo y los taxi, los populares taxi^ que por unos cuantos francos dan al viajero ó al burgués atareado su encantadora ración de confort y de vértigo elegante.

Y entre la babel de estridencias, de rumores, de gritos, de campanillazos, que tienen una continuación subterránea : el metropolitano ; entre aquella balumba, entre aquelía calentura vibrátil, se desliza, corre, vacila, tantea, el peatón, el transeúnte, que aún se ajusta al secular procedimiento de locomoción bípeda, de marcha adámica.

El curioso observador contempla á este atrevido viandante y murmura : ¿ á qué hora lo matarán?

¿Cómo no lo han matado aún ? :^

í Ah I yertamente el parisiense cs[ágil, sabe á

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86 MIS filosofías

qué atenerse : todos sus sentidos se aguzan, se distienden, se afinan, en esos pasos laboriosos de una acera á otra. Pero por astuto y flexible que lo supongamos, hay imprevistos nudos gordianos, conflictos de circulación inminentes y desconcertadores. « ¿Cómo no lo matan? » sigue murmurando el curioso observador.

Por otra parte, no todos los parisienses tienen esta agilidad, no todos poseen la previsión del momento difícil en la calle. Os repito que hay filósofos, y artistas, y poetas y maniacos ó inventores que se distraen, y os diré también que esta muchacha que veis salir de un taller de modas con su caja de cartón colgada del brazo, va pensando en todas las posibilidades de tropezar con un millonario, va construyendo aladas arquitecturas resplandecientes

, « ¿Cómo no la matan? »

Aquí, el curioso observador recuerda lo que dice Maeterlinck del instinto. '

Hay en las profundidades de nuestro ser.

^ ^ EL SEÑOR SALVAJE lly^

adonde la civilización lo ha arrojado, un salvaje, hosco, violento, peludo, que se llama el Instinto. Casi nunca lo dejamos salir porque nos desacredita y compromete. Pero en los supremos instantes del peligro : cuando, por ejemplo, el automóvil en que volamos va á estrellarse contra el obstáculo, mientras la inteligencia, platónica y fría, se da cuenta de todo y tiene hasta tiempo de ensartar pensamientos indiferentes en el hilo vital que va á romperse, he aquí que surge, brutal, autoritario, momentáneo, el salvaje recluso. Con celeridad milagrosa se da cuenta del riesgo y procede : pone en acción los dos frenos, desvía con habilidad admirable el auto, prevée hasta la imposibilidad del éxito de su maniobra, y busca el lugar en que el choque, ó la caída, serán menos terribles... Un segundo, dos, tres, dura todo, y el salvaje, el instinto, nos ha salvado. '

El alma : la princesa distraída é indiferente, habíase entretenido entre tanto en contemplar el sitio de la posible catástrofe : vio que el

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árbol contra el cual iba á estrellarse el auto, era un enorme álamo cuyas hojas parecían de plata y temblaban como alas de mariposa...

Y vio también que en una rama había un nido...

■ Pues bien, este señor salvaje, padre del movimiento reflejo, es el que nos salva en las calles de París, á pesar de todas las divagaciones.

Gracias á él, hay todavía músicos, poetas, inventores, filósofos, y obreritas de taller que pasean por los bulevares su esperanza de ser princesas. . .