Misterio · Unidad 10 de 196
Unidad 10 · 30 MISTERIO
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30 MISTERIO
entraba en la habitación trayendo en la diestra un candelero con una bujía encendida, y al reconocer á Renato, pálido, desnudo de cintura arriba, con la ropa manchada de sangre, un grito de pavor se ahogó en su garganta, su mano temblona soltó la luz.
— ¿Qué es eso, Amelia? — preguntó el padre. — No te asustes; no es nada, hija mía; gracias á Dios, este amigo desconocido no corre peligro. Acércate, alumbra. Así... bien. La venda ahora. Baja una de mis camisas; trae mi levita verde, ün vaso de cognac... ó un poco de café, para que recobre fuerzas.
— Ya estoy muy bien — declaró el herido. — Por Dios, no se molesten ustedes más. En el Hotel Douglas tengo mis maletas con ropa...
Al hablar así, los ojos de Renato buscaban apasionadamente los de Amelia, que dilatados de terror no se apartaban de él.
—Es tarde para enviar á nadie al Hotel Douglas; las calles^ como usted ha podido comprobar, ofrecen peligros. Acepte usted por un momento la ropa de un modesto artesano, señor...
— Renato de Giac, marqués de Brezé.
—Carlos Luis Dorff— contestó el artesano á la presentación del marqués. — Mi esposa, mi hija— añadió señalando á Juana y Amelia. — ¿Querrá usted creer que adiviné que era usted francés desde que le vi ó le entrevi lanzándose á protegerme con su cuerpo?
Al oir decir á su padre que Renato le había protegido, Amelia. se acercó al doliente y le envolvió en una mirada que era toda, fuego, toda arrebato de un alma entregándose sin condiciones. Duró un segundo la mirada, que á durar más se derretiría de
HISTEBIO 31
ventura el corazón del enamorado, del que momentos antes pensaba en arrojarse al Támesis de cabeza.
— Francés y héroe por capricho y gusto es uno todo— prosiguió Dorff sonriendo con simpatía. — Usted no me conoce; usted no tiene motivo alguno para arriesgar la vida por mí. Doble es mi reconocimiento, doble la deuda con usted contraída.
Amelia acababa de presentar á Eenato una taza de café, que apuró, y reanimado ya, más por la alegría que por la bebida confortadora, exclamó vivamente:
—Hacía media hora que estábamos emboscados en la plazuela los bandidos y yo; hacía una hora que iba siguiéndoles y presintiendo lo que maquinaban.
— ¿Es posible?— exclamó Dorff.
— Y tan posible. Verá usted cómo... Yo paseaba sin objeta por las orillas del río; oí hablar francés á dos hombres de malísima traza; les seguí la pista; pronunciaron su nombre de usted repetidamente; al ver que yo iba detrás huyeron; apreté el paso^ les alcancé y fui tras ellos con más disimulo; se dirigieron aquí,, se colocaron en acecho... Lo demás, usted no lo ignora.
Dorff miraba atento al herido, que acababa dé cubrirse rápidamente, por cima de la venda colocada ya, con la ropa traída por Juana, y buscaba en su rostro la clave del enigma.
— ¿Segün eso, usted me conocía?
— Sí, señor... le conocía de nombre... y es una cosa rara: ahora que le puedo mirar despacio, me parece que también de vista. Tiene usted, por lo menos, una de esas figuras que nos son familiares y que hasta van unidas á nuestros recuerdos; no