Misterio · Unidad 11 de 196

Unidad 11 · 32 MISTEUIO

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fié dónde ni cuándo, i>ero afirmaría que le había visto á usted no una sola vez, mil veces. Cuando abrí los ojos y la lámpara iluminó su cara de usted, me parecía la de un conocido muy antiguo. Es raro, pero es así.

En efecto, de Brezé había experimentado esa impresión en presencia del padre de su amada y volvía á experimentarla ahora. Aunque el amor confisca los sentidos y fija la atención en una sola persona, Renato prescindía de Amelia en aquel momento y sólo tenía ojos para Carlos Luis. iíjSte parecía frisar en los treinta y seis ó treinta y ocho años; su cabeza era grande, su frente espaciosa y descubierta, sus cejas arqueadas; su cabellera do un rubio ceniza, con algunos hilos de plata, rizada en naturales bucles. En su barba un hoyo recordaba la niñez; su esternón era alto y saliente, su talle empezaba á desfigurarse con un poco de obesidad, pero delataba aún contornos esbeltos; RUS manos eran de exquisita finura. La expresión de su cara consistía en una mezcla de dignidad, amargura y desconfianza honda. Grandes desdichas habrían caído sobre aquel ser, pues sus facciones estaban como devastadas por el paso de un torrente de lágrimas. Jja semejanza con Amelia consistía más bien en eso que se llama aire de familia que en verdaderas similitudes físicas; diferenciábanse bastante el padre y la hija, y sin embargo Renato no podía aislar las figuras de los dos: unidas se le presentaban, insei)arables. Así es que cavilaba, con una especie de angustia:

— Pero ¿dónde he visto yo á este hombre, hace tiemix)? ¿Dónde su rostro junto al de Amelia?

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Dorff se había quedado pensativo, sentado en un sillón al lado del sofá, en el cual ya se incorporaba Eenato; sus pupilas continuaban interrogando gravemente. El marqués no sabía qué decir, pero su cortesía le ordenaba poner término á aquella situación.

— Ya me siento muy firme... Con licencia de mi bondadoso huésped voy á retirarme; tomando un cab ahí cerca, en Wi-

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ilington Street, llegaré á mi hotel en veinte minutos... y mañana, si la calentura no me postra, me permitirán ustedes que venga á saludarles y á saber cómo siguen. Sólo me resta pre gujitar á usted, señor Dorff, si le parece que demos parte de esta agresión, para que echen el guante á los dos pillastres, á uno de los cuales hemos dejado tendido ahí y acaso todavía roncará estrangulado sobre el césped del squaix.

Esta proposición, muy natural, produjo en Dorff explosión de susto...

Su boca se crispó al objetar:

— ;Dar parte! No, no; todo antes que la justicia humana. Déjela usted en sus antros, déjela usted en sus cubiles. ¡Prefiero á los malvados que estuvieron á punto de acabar cpn nosotros! Al menos — añadió con exaltación que sacudía sus nervios y enronquecía su voz antes pastosa — al menos esos descargarían pronto el golpe y nos matarían de una vez; nada de lentos martirios, nada de destrozar nuestras carnes fibra por fibra. ;E1 fin rápido, el descanso después; la justicia de Dios certera, infalible, vengadora! ¡La única, la que reparará en ^ ci^lo los crímenes y las iniquidades de la tierra!

Al oirle hablar así, levantóse Amelia y se arrojó en sus brazos, escondiendo la cara en su seno. Juana , conmovida, se tapaba con un pañuelo los ojos para ocultar el llanto; sin emibargo, Eenato observó que la esposa era menos allegada, por decirlo así, que la hija; Amelia y su padre formaban el Verdadero grupo psicológico de seres afines, las almas unidas por una misma vibración. Cuando deshicieron el abrazo, después