Misterio · Unidad 9 de 196

Unidad 9 · MISTERIO 27

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MISTERIO 27

reloj de desgranar en el aire nueve campanadas, cuando por el extremo de la plaza opuesto al que guardaba Renato asomó un hombre. Su andar era mesurado, tranquilo, y al aparecer 61, los dos que acechaban á un tiempo salieron del escondite. Con movimiento coordinado y hábil, describiendo un semicírculo, vinieron á colocarse uno á su derecha, otro á su izquierda. Fué momentáneo; apenas pudo Renato darse cuenta de lo que pasaba, cuando los malhechores acometieron. El alto, del capotón, describió un molinete con el garrote que llevaba escondido y amagó á la cabeza; al volverse la víctima para evitar el golpe, el rechoncho esgrimió la afilada hoja de un cuchillo. De un salto se interpuso Brezé; agarró de la muñeca al rechoncho y apretó, paralizándole; entretanto, el garrotazo caía al sesgo y sin fuerza sobre el brazo derecho del asaltado — (¿ue por instinto había rehuido el palo en la frente— cuando acudió al quite Brezé, y sin más armas que su bastón, pero con vigor y rabia, descargó un diluvio de bastonazos sobre el del caix)to, que se dio á la fuga con más prisa que coraje. Volvióse \i vamente Renato hacia el rechoncho, le echó las manos á la garganta y la apretó gradualmente, como apretaría la de un lobo, hasta que le vio con los ojos salientes, fuera la lengua y el rostro violáceo. Entonces aflojó. Apenas lo hubo hecho sintió en la espalda algo frío; precipitóse de nuevo, volvió á apretar y el bandido se desplomó inerte, soltando el arma. El asaltado, asiendo del brazo al marqués, le arrastró vivamente hacia la casa del jardiniilo, diciéndole en voz conmovida y persuasiva y en lengua francesa hablada con acento alemíin:

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— Venga usted... Dése prisa... Escapemos... Si acude la policía, ¡ay de nosotros!

—No puedo — balbució Renato, que se desvanecía. — Se me doV>lan las piernas... Creo que me han herido...

Cogiendo á Renato por el cuerpo y sosteniéndole en vilo el asaltado se dirigió á la casa, donde llamó de un modo e8i)ecial, tres veces seguidas. La puerta se abrió: una mujer como de treinta y siete años, hermosa aún, de esculturales formas, alumbraba con una lámpara de aceite. Lanzó un grito al ver el grupo.

— Es un herido, Juana, y herido por defenderme — advirtió el asaltado con autoridad. — Cierra bien, ayúdame á echarle, y veamos qué le han hecho.

Obedeció la mujer, dejando la lámpara en un mueble y cargando con Renato por los pies, hasta depositarle sobre un ancho sofá, en la salita que comunicaba con la entrada de la casa y que servía de recibidor. Sólo entonces se atrevió á murmurar tímidamente:

—¿Y tú? ¿Y tú, Carlos Luis mío? ¿Te ha pasado algo?

— ¡Nada!... un insignificante trastazo en este codo; ni vale la pena de hablar de ello. A ver, inmediatamente: éter, agua, el bálsamo, tafetán aglutinante, vendas... Llama á Amelia jíor si hace falta. Ya sabes que es valerosa.

Alientras Juana corría á buscar todo lo que le encargaban, el llamado Carlos Luis desabrochaba el largo gabán de viaje de Renato, se lo quitaba y le desx>ojaba también de la entallada levita, del chaleco de casimir, abriendo y bajando la camisa de holanda con encajes, empapada en sangre, para descubrir la herida.

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Hallábase ésta sobre el omoplato izc|uiei-do, y á i)oco más que el pimal penetrase sería peligrosísima, porque alcanzaría el i)ulmón; afortunadamente, por hallarse el bandido semiasfixiado, había profundizado poco; el desvanecimiento de Kenato de-

bía atribuir&e (íníoamentf^ á la abundante heuioiTal^a que i^guíu fluyendo y dejando un si tren ite^ajoso en la blanca piel.

Terminaba el reconocimiento cuando acudió Juana con ol éter, pero ya abría los ojos Brezo y sonreía como tranquilizando á la señora. Carlos Luis empapaba en agua mezclada con bálsamo un trapito, y sosteniendo la cabeza de Brezé empezaba á lavar cuidadosamente la herida. Una joven, vestida de claro,