Misterio · Unidad 100 de 196

Unidad 100 · MISTERIO 257

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MISTERIO 257

sa valerofio detensor. Desde la del embarque, las horas habían transcurrido con desesperante lentitud , aumentando la ansie-' dad del padre y la hija.

El mar, que era de fondo, batía los costados del Poliphéme y hacía cabecear al ligero brick, no obstante la sujeción del anda.

El segundo de k bordo, envuelto en amplio abrigo de hule, manifestaba cierta inquietud; sabía que el capitán había resuelto emprender el viaje, y no encontraba que fuese favorable el tiempo, tan metido en niebla, con navegación entre dos costas y las profundas corrientes del Estrecho.

Cuando Amelia, calada hasta los huesos por la glacial bruma, empezaba á tiritar de frío, el vigilante de cuarto avisó que la chalupa se acercaba.

— ;Dios mío! — murmuró Dorff. — ¡Qué nos traerá! ¡Tened piedad de nosotros!

Momentos después, una voz juvenil, alegre, triunfadora, dominando el eco imponente del mar, gritó:

— ¡Amelia! ¡Amelia!

Precipitóse la niña... Ya trepaban por la escalera de cuerda los tripulantes de la chalupa, y podía verse que izaban una forma rígida, que á primera vista se tomaría por un cadáver. Depositaron la carga sobre el puente, y el capitán Soliviac ordenó que la arrimasen á un rollo de cordaje y la dejasen allí, cerciorándose antes de que estaba el sujeto bien atado. Giacinto, loco de alegría, no cesaba de repetir:

— ¡Gran noche! ¡Gran jomada!

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Renato, por su parte, cogió una mano de Amelia y la besó con delirante gozo; después, precipitándose hacia Dorff, abrió su capotón y sacó y presentó el cofrecillo.

El capitán ordenó:

— ¡Levar el ancla!

No se atrevió el segundo á manifestar recelos, y minutos des pues el Poliphéme se alejaba de las costas de Inglaterra.

En la reducida cámara que servía al Poliphénie de sala y de comedor reuniéronse los dos carbonarios, Amelia, Dorff, Renato y el capitán. Este ordenó á un marinero que trajese lo necesario para hacer ponche; todos estaban empapados, y necesitaban algo que les confortase. La fantástica luz del ron ardiendo, que vacilaba á los vaivenes del brick, iluminó los rostros, y al primer sorbo de la caliente bebida se estableció una especie de confianza repentina entre los que horas antes ni se habían visto. Con su resolución y su iniciativa de costumbre fué Amelia quien tomó la palabra para dar satisfacciones á Soliviac y á los dos carbonarios.

— Es hora de explicarnos, señores, y de decir la verdad. No somos irlandeses; somos unos pobres proscritos que buscan refugio en Francia y que necesitan no ser conocidos, porque la policía nos persigue y los poderes de la tierra nos aplastan. El hombre que han traído ustedes maniatado y su digno comprñero nos habían sustraído, con infames ardides, un cofre que contenía los documentos que acreditan nuestra personalidad y nos autorizan á reclamar nombre y fortuna, la herencia de nuestra iesdichada familia. Mi prometido— y Amelia dirigió al