Misterio · Unidad 99 de 196

Unidad 99 · 254 MISTERIO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

254 MISTERIO

rodilla; al golpearle Renato para apoderarse del cofre, la mano del esbirro , deslizándose hacia el pecho , sacó de su vaina el puñal. Mas ya no era Brezé el de antes; sus astucias de cazador las aplicaba á la lucha con el hombre, y procedía con Volpetti como si fuese una alimaña. Atenaceó el brazo que le amenazaba y lo retorció hasta casi dislocar la muñeca. Yolpetti, torturado, exhaló un grito, pero el pavoroso mugido del mar cubrió su voz. Y Eenato entonces, con espasmos de alegría que casi le embargaban el sentido , logró arrancar la correa y con ella el cofrecillo, y soltó al esbirro anonadado.

Era en aquel mismo instante cuando, habiendo atracado al embarcadero la chalupa y quedándose dentro de ella el capitán Soliviac, Luis Pedro, vestido de marinero, saltaba á tierra empuñando un farol. El ruido de la lucha, el apagado grito de Yolpetti, le guiaron, y con gran asombro suyo, al aproximar el farol, en vez de encontrar á Yolpetti enzarzado con Giaointo, vio en el suelo al esbirro y en pie al marqués.

Precisamente Giacinto se acercaba entonces al grupo. Ni uno ni otro caballero de la libertad se metieron en averiguaciones. Luis Pedro llevaba una cuerda enrollada á la cintura; la desenrolló rápidamente y se arrojó sobre el esbirro, atándole de pies y manos á pesar de su desesperada resistencia. Giaointo ayudaba, y riendo de gozo repetía:

— ¡Caístel ¡Has caído! ; Ahora sí que no te escapas! ¿Me conoces? Soy Griacinto Palli, tu amigo... ¿Por qué no le echamos al mar inmediatamente?

— ¿Aquí? — contestó Luis Pedro.— Estás loco. Podría salvarse.

-¡Bah! con una cuarta de hierro sobre la tetilla izquierda...

— ¿Y el criado? — dijo Luis Pedro.

—¿Ese?... ya se lo está contando á los peces.

— ^¿Son ustedes enemigos de este hombre? ---preguntó el marqués.

— ¡A muerte!— exclamó Giacinto, mientras aplicaba á Volpetti por mordaza su pañuelo.

— Yo también. Me había robado lo mejor que tenía. ¡Recíbanme ustedes en la chalupa y llévenme á bordo, porque después de lo hecho no puedo quedarme en Dower!

— ¿Es usted capaz de guardar silencio sobre lo que vea y oiga? — interrogó en tono solemne Luis Pedro.

— Silencio absoluto. Palabra de caballero.

—Pues ayúdenos á cargar con este miserable y á la chalupa.

Renato obedeció, y levantando por brazos y piernas al esbirro los tres hombres bajaron las escaleras del embarcadero.

EL I>EIir><b3>T

Cuando tendían á Volpetti en el fondo de la chalupa, amordazado y reciamente atado, á bordo del Poliphénie^ sobre cubiei-ta, un hombre y una mujer intentaban el imposible de rasgar con la mirada la densa bruma que ocultaba el puerto; á los dos le latía el corazón muy fuerte; los dos levantaban el pensamiento á la esfera de lo divino. Se mantenían estrechamente abrazados, pendientes del desenlace de aquel episodio en que se jugaba su destino y en que además corría tamaño peligro