Misterio · Unidad 101 de 196

Unidad 101 · MISTSRIO 259

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

MISTSRIO 259

marqués de Brezo una sonrisa encantadora — se propuso recuperar esos papeles: veo que los ha recuperado, pero indudablemente ustedes han sido sus auxiliares. ¿Me equivoco?

— No, señorita — exclamó Giacinto, — la casualidad más rara ha unido nuestros intereses. El novio de usted pega fuerte, pero no sabe rematar. Si no es por mí, el pillastre del polizonte disfrazado de ayuda de cámara á estas horas habría divulgado en Dower lo que tanto nos conviene que permanezca secreto. Me tí obligado á ponerle en remojo. Ya están seguros: el uno en el fondo del mar; el otro aquí, esperando que le demos la licencia Absoluta. ¡Rico ponche! Me vuelve el alma al cuerpo.

— El otro— dijo Luis Pedro— correrá la misma suerte, pero antes le interrogaremos; no es cosa de que se lleve sus secretos id otro mundo — añadió con sonrisa sardónica. — Así que estemos en alta mar — por precaución— le arreglaremos en forma y le lanzaremos al agua. ¿No es cierto, señores? ¿Qué opina usted, <5apitán?

— ^No hay otro remedio, hermano — contestó Soliviac gravemente.

— Es una triste necesidad — confirmó de Brezé. — ¡No, es una ligera compensación! — exclamó Giacinto. Amelia guardó silencio, pero su mirar centelleante de arcángel vengador refrendaba la sentencia.

PeroDorff se levantó. Al vacilante reflejo del ponche parecía agigantarse su estatura. En honda voz habló suplicando:

— ¡Nada de sangre, señores! ¡Nada de crímenesl ¡Perdón perdón!

260 3£I8TERIO

— ¿Que le perdonemos? Ha servido ciegamente á la tiranía — contestó Luis Pedro.

— Ha perseguido á la inocencia— afirmó Soliviac.

— Ha hecho morir á mi hermano en un patíbulo— declara Giacinto rechinando los dientes.

— Ha organizado el asesinato de mi padre — confirmó Amelia,

— Me ha engañado, me ha despojado, ha pegado fuego á mí habitación — alegó Brezé.

Y á la vez, cinco voces repitieron:

— ¡Debe morirl

Un silencio imponente pesó sobre la cámara, interrumpida sólo por las ululaciones del viento y la queja del mar.

El capitán Soliviac sirvió otra ronda de vasos de estaño colmados de ponche y coronados de azules llamitas, y dijo señalando á Dorff y Amelia:

— Ustedes son nuestros huéspedes. No teman mientras estemos á su lado. Les defenderemos, pero exterminarenos sin misericordia á los malos y á los injustos.

Listintivamente, al sentirse reanimados por la confortante bebida, Amelia y el marqués se aproximaron, entablando una plática muy dulce.

A su vez. los tres caballeros de la libertad agrupáronse, celebrando una especie de consejo, deliberación exigida por las circunstancias. Q-iacinto era partidario de un sistema: rodear á Yolpetti los pulgares con un bramante fino, introducir en el nudo una cañita y dar vueltas, vueltas... hasta que ol esbirro contase varias cosas que convenía saber. Después, una bala á