Misterio · Unidad 102 de 196

Unidad 102 · MISTERIO 26 1

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lo6 pies, otra al cuello, los brazos bien amarrados para evitar ejercicios de natación... y el baño de agua salada, k que se reuniese con su ayuda de cámara en el país de las sardinas.

Entretenidos con estos planes, no se hicieron cargo de que Dorff ya no se encontraba en la cámara. Sólo Amelia notó la retirada de su padre, y la atribuyó al deseo de descansar ó de protestar, con la ausencia, de lo que allí se decidiese. Tambaleándose á causa del movimiento del barco, agarrándose al balaustre de cuerda de la escalera que conducía al puente, Dorff salió al aire libre, alzó los ojos al cielo, y después se aproximó al esbirro, que continuaba arrimado al rollo de cable, entre dos barricas. Le contempló un instante: el farol de cuarto, oscilando, tan pronto iluminaba como dejaba en sombra el rostro de Volpetti, lívido de pavor y de rabia. Al fin se inclinó hacia él. El esbirro ni aun intentaba moverse: comprendía que era llegada la hora del desquite, la hora de pagar cuentas y deudas. Dorff, en voz baja, casi al oído, le dijo con un género de extraña dulzura:

— Vengo á libertarte.

Yolpetti no podía hablar, pero sus ojos revelaron sorprosa infinita.

— Oye — insistió Dorff, principiando á atacar con un cortaplumas las ligaduras que sujetaban las manos del esbirro, — te perdono para que Dios me perdone y te mando, de parte suya, que no vuelvas á pecar. Tu vida es una cadena de maldades; me has hecho sufrir tanto, que he cometido el delito de dudar de la justicia divina. Si salvas, haz penitencia. Así que te desate, escapa: aquí te matarían; arrójate al mar, y mejor para

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ti si la casualidad pone en tu camino un barco que te recoja No te incorpores; jquieto! aguarda.

Ya tenía Yolpetti libres las manos. Dorff deshizo los nudosque sujetaban pies y piernas. El esbirro continuaba guardandosilencio, experimentando la emoción del que al borde de un precipicio se siente sujeto por un brazo vigoroso. De los sentimien-^ tos que despierta el beneficio inmediato — gratitud, efusión, — ni rastro hubo en Volpetti. Endurecido por su oficio, habituadoá respirar entre lágrimas, dolores y agonías, aquel hombre solead vertía, respecto á Dorff, un desprecio irónico. — «¡Valiente insensato! ¡Pues no me suelta!» — pensaba. En tan crítico instanterecordó su vida entera. ¡Cambiar él! ¡Imposible! Era espía por vocación. En la escuela espiaba y delataba á sus condiscípulos;: novicio en los Camaldulenses, espiaba á sus compañeros de hábito; arrojado del convento por la revolución, espió á Ips revolucionarios; sus aptitudes, su temperamento á eso le inducían,, y encontró el ambiente más propicio, porque desde fines del siglo xvni hasta mediados del xix, y sobre todo bajo el primer Imperio y la Restauración, han corrido los tiempos áureos de la policía secreta, y nadie escribirá la verdadera historia de ese período, porque unos cuantos polizontes geniales se la llevaron consigo al sepulcro. Cuando Yolpetti ingresó en la hueste sostenida por los fondos de aquel Ministerio de policía que creó^ el Directorio, y cuyas vicisitudes marcan las etapas históricassucesivas, desarrolló sus condiciones excepcionales de esbiri-o^ infernal mente hábil para provocar á conspiradores, enredarlesmás y más en los hilos de su propia trama, sorprenderles, ani-