Misterio · Unidad 103 de 196

Unidad 103 · MIST£KIO 2G3

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quilaiies. Casi con desinterés, pues obedecía á las íntinms necesidades de su uaturaJeza, Volpetti fué, según la frase enérgica de un historiador, los ojos y los oídos y á veces el brazo del (íobierno. La lúcida ojeada de Vidocq había discernido inmediatamente las cualidades de Volpetti, su arte para introducirse donde le acomodaba bajo pretextos y disfraces, para intimar con las gentes del servicio ó los amigos, y averiguar así lo más oculto de combinación novelescopsicológica , red de malla ftnu que envolvía al más precavido y cauto. Y es que Yolpetti tenía el sello del espía natural^ que trabaja por amor al arte, á todas horas, entusiasta, con pasión maniática de coleccionista. En las esferas del alta policía se le proporcionaron medios de acción, poniendo á sus órdenes una brigada do agentes y facilitándole dinero; á sus mañas se debía ya el descubrimiento de infinitos complots, la captura de bastantes agitadores peligrosos y el desenlace trágico de episodios como la conspiración del general Doyenne, que se suicidó en la cárcel por no arrostrar el fuego del piquete.

Compréndese que en el alma de Volpetti no cabía gratitud ni remordimiento. Al contrario, existía en el agente la convicción de que el bien es debilidad y el perdón cosa muy necia. ¡Perdonarle Dorff! ¡Con tantos años como llevaba de perseguirle! La persecución de Dorff era uno de los títulos de siniestra gloria del esbirro: era su especialidad... Nunca había sentido como en aquel momento el menosprecio invencible del hombre de acción sin escrúpulos hacia el hombre de conciencia que procede movido jjor impulsos éticos. Tan satánico desdén

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hervía en el alma de Volpetti ínterin Dorff le quitaba la mordaza y acababa de deshacer los nudos de las recias cuerdas.

Ijo único en que Yolpetti creía- con mezcla de superstición italiana y de ese indiferentismo estoico que surge en las almas de los que acostumbran violentar al destino y saben que el destino tarde 6 temprano rechaza la violencia— era en el destino mismo, en la fatalidad. Esa fatalidad acababa de percibirla desde Londres como flotando en la atmósfera; desde el fracaso, absolutamente debido al azar, del atentado contra Dorff en el square, Volpetti tenía fe en sí mismo, y suponía que cuanto malo hubiese de sucederle se originaría de descuidos 6 errores suyos propios; algo de que él fuese responsable. Cuando se vio sorprendido entre la niebla, paralizado su brazo, echado á tierra, vencido, dominado, amarrado sobre la cubierta del Poliph4^me y esperando muerte cieiia, acaso cruel, pues había reconocido, sobrado tarde, á su implacable enemigo (Hacinto, se echó la culpa, por haberse entregado, en el Pez Rojo^ al descuido, cuando debiera vigilar asiduamente. — «jEstdpido de mí!» pensaba. — «¡El marqués, los carbonarios, Dorff, su hija, todos rodeándome, atisbándome... y yo sin sospecharlo siquiera... ;Ah, Yoli)etti... lo que te sucede te está bien empleado, de sobra lo tienes merecido!» — Esta idea érala que le hacía estremecerse de rabia mientras comprobaba la imposibilidad física de romper las ligaduras. Al libertarle Dorff cruzó por su mente un relámpago.— «La fatalidad no está contra mí. Está contra él, y yo debiera saberlo. ¿Xo lo he comprobado mil veces? Este liouibre es la demostración más clara de la fuerza del sino» .

Dorff, entretanto, i^epetía con solemnidad la fórmula regia <le los indultos. .

—¡Te perdono para que me perdone Dios, que está sobre ti, sobre mí, sobre todos! De Dios que nos ve y sabe cuáles son tus delitos y ol momento en que extenderá la mano para reducirte á la nada. ;Te perdono... porque mi destino es perdonar y expiar y á ello estoy pronto! ¡Pero también te advierto que si no te enmiendas y arrepientes, ay de ti, ay de ti! No tientes más al poder sumo. ;No creas que te librarás de él!

Sintió el agente que no le sujetaba ninguna ligadura y que su sangre empezaba á circular. Se desnudó poco á poco. Dorff le cubría con su cuerpo. Incorporándose, medio agachado, se acercó á la l)orda. Con rápido movimiento se lanzó á las irritadas olas. El vigilante de cuarto profirió el clásico grito:

— ¡Hombre al agua!

A XjA. IjXJz idbij fa:roTs

Tiene este clamor la virtud de poner en movimiento instantáneamente á cuantos van en un barco. Como por magia aparecieron en la cubierta del Foliphntie pasajeros y tripulantes; la niebla empezaba á disiparse; aturdía el ruido del oleaje, rompiéndose contra los costados. En la confusión de los primeros momentos nadie acertaba á explicarse lasucedido.

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Sin embargo, el segundo de á bordo hizo una indicíación al capitán Soliviac.

— El prisionero se ha fugado, y fué ese pasajero— añadió señalando á Dorff — quien le desató. Nos descuidamos, porque nadie podía sospechar...

Profirió el capitán una imprecación airada, y, estupefacto, interrogó al mecánico.

— ¿Cómo se ha atrevido usted? [Rayol ¡Por vida de la Custodia! ¿Está usted seguro. Pernios, de que en efecto el señor?... ¡Bien! ya ajustaremos esta cuenta. Sujetármele y no perderle de vista. Aliora preparad las carabinas, y si veis al tunante, si se acerca al buque... un tiro á la cabeza.

Inclináronse los marineros sobre la borda, tratando de distinguir á lo lejos la blancura del cuerpo zarandeado por la resaca, á cada paso más furiosa. El viento, que ya saltaba por rachas huracanadas, barría el nublado, y una claridad vaga alumbraba la superficie del mar; orlas de espuma corrían desatadas por la cresta de las olas.

Uno de los marineros bretones, especie de gato montes, de verdes ojos, que veía de noche, creyó divisar al náufrago bastante cerca, y casi á un tiempo cuatro disparos partieron en aquella dirección.

Dos mocetones, Yvón y Hoel, arriaban la chalupa y se disponían á tripularla, lanzándose en persecución del fugitivo. Todo fué obra de diez minutos.

Dorff, custodiado, casi prisionero, esperaba tranquilo, cruzado de brazos. Renato y Amelia se habían colocado lu más