Misterio · Unidad 104 de 196

Unidad 104 · 268 MISTERIO

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268 MISTERIO

cerca i^osible de él, con el propósito de defenderle, pero no pudieron menos de revelar terror y pena ante la fuga del esbirro.

— Nos has perdido, padre— dijo Amelia consternada, en voz temblorosa .

- Señor, es im'itil cuanto luchamos — agregó con desaliento el marqués. — ;Si ese liombre consigue salvarse, que el mar nos trague á nosotros! porque nos espera algo cien veces peor que la muerte. No tendremos descanso en ningún país del mundo. ;Este es el último golpe de la desdicha! ;De qué me ha servido recobrar el cofrecillo, á costa de hacer yo, un de Brezé, un Giac, el oficio de los que hieren por la espalda!

Y Renato, desesperado, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Dorff seguía callando.

Entonces resonó á bordo alborotado clamoreo; el vigilante y el timonel gritaban:

— ¡Embarcación a babor!

Siempre reviste importancia para un barco el paso de otro con el cual va á cruzarse en la ruta del Océano; en aquellos -% tiempos, fresca aún la memoria de los lances y empeños entre corsarios ingleses, franceses y españoles, podía encerrar amenazas. Mas para el capitán del FoUpJiémCy en tal momento, significaba algo más grave: la probable salvación del fugitivo, cuyo cuerpo se había visto blanquear otra vez á través del agua de una ola.

— ¿A que recogen á ese maldito? — rugió Soliviac furioso, sin divisar todavía la embarcación.

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No tardaron en verla todoe. Volaba sobre las olas, como un ave negra, ya rasándolas, ya hundiéndose. Era una goleta poco mayor que el PoUphém^, lo que los holandeses llaman un sdiooner. La columbraban perfectamente, porque ya la noche era entre clara, y luego notaron cómo las voces del náufrago eran oídas y la goleta recogía velas para moderar su marcha y poder echar un cabo al cual se agarrase el esbirro. Los marineros del PoUphéme iban á disparar otra vez con carabinas, pero Soliviac les contuvo: era seguro que no harían blanco, y en cambio alarmarían á los de la goleta. Impotentes, desesperados, los cal)alleros de la libertad presenciaron el salvamento de Volpetti; vieron la blancura del desnudo cuerpo sobre la negrura de los costados del buque.

— ¡Se ha salvado! — exclamaron.

— ,Se ha salvado! — repitieron con la misma dolorosa entonación Amelia y de Brezé.

— ¡Le recogen! — profirieron entre juramentos los tripulantes del PoUphéme, Sin saber quién era el esbirro, compartían ciegamente los sentimientos del capitán.

Todos aquellos puños crispados que amenazaban inútilmente al fugitivo se volvieron, con impulso unánime, que parecía concertado, contra Dorff. El más airado era el capitán Soliviac; agarrando violentamente al mecánico del cuello del largo capoten de viaje que le cubría y sacudiéndole con ira:

— ¿Quién es usted? — gritó el marino. — ¿Quién es usted para soltar á los malhechores prisioneros en mi buque bajo mi jurisdicción? ¿Es usted cómplice de ese bandido? Pues su-