Misterio · Unidad 105 de 196
Unidad 105 · 270 MISTERIO
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frirá I rayo de condenación! la misma suerte que á él le reservábamos.
—Y la merece — apoyaron el italiano y Luis Pedro. — Este sujeto sospechoso , á quien no conocemos , nos ha desbaratado todos nuestros planes. Mal hicimos en fiar de nadie; nuestros asuntos debiéramos despacharlos nosotros mismos, sin consentir intervención.
Amelia, aterrada, se colocó delante de su padre, escudándole resueltamente. La misma actitud tomó de Brezé; pero á una orden de Soliviac los marineros se arrojaron sobre el marqués y le sujetaron, no sin trabajo, pues era robusto y se defendía con alma.
Dorff, hasta entonces, había permanecido silencioso, como resuelto á no dar explicación alguna de su conducta y á arrostrar las consecuencias. Al ver cómo maltrataban á Renato, se adelantó entregándose.
— Capitán, estoy pronto á responder de mis hechos... Deje usted al marqués, no tiene la menor culpa. Ruego á usted que me escuche, pero en la cámara, delante de estos señores tan sólo.
Y señalaba á Griacinto y á Luis Pedro.
Soliviac hizo una seña á los marineros, que soltaron á Renato, y, quedándose atrás, señaló á Dorff la escalera que á la cámara conducía.
Dorff bajó; le siguieron Amelia, Renato y los tres carbonarios.
Apenas se encontraron en la cámara, éstos se agruparon
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y se colocaron como formando un tribunal; Soliviac en el centro, á los lados Luis Pedro y Griacinto. A tal hora y en sitio tal, la escena era dramática.
— Es usted — dijo Soliviac dirigiéndose á Dorff — un acusado. En mi barco yo administro justicia y á nadie tengo que rendir cuentas sino á Dios. Se ha hecho usted cómplice de un crimi. nal reo de muerte y debe usted sufrir igual pena, ya que él, gracias á usted, se encuentra libre y que su libertad nos costará á nosotros la vida. Sin embargo, antes de imponer á usted castigo, escucharemos su defensa. ¿Qué tiene usted que decir en disculpa de su conducta?
— Yo diré... — intervino Renato.
—Usted no. Estoy interrogando al señor — declaró con firmeza Soliviac.
— No pretendo disculparme—declaró Dorff con énfasis. — Lo que hice lo hice á conciencia, porque tenía el derecho de hacerlo.
— ¿El derecho? — exclamaron con extrañeza los carbonarios, dudando si se las habían con un loco.
— Sí, el derecho — insistió Dorff; — el derecho de perdonar corresponde al más ofendido, y á nadie de ustedes hizo ese hombre el daño que á mí. Si refiriese lo que por él he padecido, verían ustedes á dónde puede llegar la maldad humana y cuáles son los límites del dolor y del sufrimiento. La palabra no es Buñciente para expresar mis martirios. Me torturó, me sepultó en calabozos donde consumí la juventud, me robó nombre y ser, y todavía, no ha muchos días, él guió la mano de los ase-