Misterio · Unidad 106 de 196
Unidad 106 · 272 MISTEBIO
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272 MISTEBIO
sinos que quisieron acabar Cíon mi triste existencia. Fo, y no otro, era quien podía perdonarle. Porque además, sépalo el capitán Soliviac, si el perdón desapareciese de la superficie de la tierra... en mi alma debía encontrarse. Mi oficio es perdonar; mi deber, impedir, aun á costa de toda la mía, que se vierta una gota de sangre. Hagan ustedes de mí lo que gusten... He dicho todo cuanto tenía que decir en mi abono.
Los carbonarios se miraron; á pesar suyo, les dominaba la palabra de Dorff, infundiéndoles respeto extraño.
— ¡Qué demonios! — exclamó por fin Soliviac. Todo oso estará muy bien y será muy lindo, pero hay ocasiones en que no se puede perdonar, porque el perdón para uno es castigo para otros. El haberse salvado ese hombre es nuestra muerte.
- Y la mía... y tal vez la de mis hijos— contestó con sencillez Dorff, por cuyas mejillas rodaban dos lágrimas.
— ¡Ya lo ve usted!— gritó Giacinto. — ^Ea, basta ya de escuchar los desvarios de un insensato. Lo siento mucho por esta señorita... pero es preciso concluir.
Soliviac aprobó y añadió dirigiéndose á Dorff:
— ^Después de todo, le creemos cuanto nos está contando... por exceso de buena fe. ¿Quién nos responde de que no es usted otro esbirro hábilmente disfrazado? Los hechos son que á usted debe su libertad ese infame.
Dorff retrocedió un paso, y con lentitud majestuosa se arrancó el sombrero, que conservaba encasquetado y bajo sobre las sienes, y se despojó del capote, cuyo cuello casi le cubría el rostro.
Descolgando después el farol de la cámara, aproximó á su semblante la lúa. Los tres carbonarios lanzaron una exclamación y se juzgaron víctimas de una alucinación retrospectiva: tal era la singular semejanza. Y con veneración involuntaria, se descubrieron á su vez.
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una hora después, en la cámara del Poliphérne la escena había cambiado por completo. Doriff estaba sentado y le rodeaban los tres carbonarios, que acababan de escuchar una relación sucinta de la historia de aquel hombre. El asombro y la lástima inundaban sus corazones. Luis Pedro en especial, á pesar de bu habitual y taciturno mutismo, parecía como fuera de sí; tal era la agitación que su actitud revelaba, tal el sombrío fuego encendido en sus ojos, que relucían como dos ascuas vivas. Sobre la mesa estaba abierto el cofrecillo, del cual Dorff había extraído algunos papeles comprobantes de su relato; pero no se necesitaban: los caballeros de la libertad habían tenido fe desde el primer momento.
— ¡Qué golpe para los tiranos! — exclamaba Luis Pedro. — ¡Clavarles un puñal sería hacerles menos daño! ¡Yisible es aquí la mano de la Providencia! ¡Ellos trajeron al suelo de la patria