Misterio · Unidad 12 de 196
Unidad 12 · MISTERIO 35
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MISTERIO 35
de haber besado Dorff la tersa frente de la niña, ésta se volyió hacía Renato y le dijo serenamente:
— Cabaüero marqués de Brezé, no podrá usted decir que en esta casa no se han cumplido con usted los' deberes de la hospitalidad y del agradecimiento. Tenemos con usted una deuda eterna y sagrada. Cuando se retire irá armado con las pistolas de mi padre, que por desgracia nunca quiere llevar consigo, á pesar de tantas pruebas como posee de la infamia de los hombres, y podrá usted defenderse contra cualquier asechanza. Pero antes de que usted se vaya... deseo hablar con usted y con mi padre de algo que importa que aclaremos, porque será la base de nuestra conducta y de nuestra relación en lo futuro. Aguarde usted, pues, unos minutos... si quiere otorgarme este nuevo favor.
Al hablar así Amelia hizo una seña á Carlos Luis.
— Juana de mi vida — dijo dulcemente Dorff á su esposa, — ve á ver cómo duermen los niños. Y si es posible, ;que nunca lleguen á sospechar lo ocurrido esta noche!
Juana comprendió la orden categórica y se retiró sumisa y sonriente. Solos ya el padre y la hija con el marqués, Amelia volvió á tomar la palabra con el mismo singular aplomo:
- Sin mengua del agradecimiento, marqués, permítame usted decirle que el trato se funda únicamente en la estimación. Si usted no estima á mi padre como él merece ser estimado; si usted, al salvarle la vida por un arranque de nobleza, no le profesa el respeto que está obligado á profesarle... le quedaremos siempre reconocidísimos, pero no volveremos á vernos más en la
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tierra, á no ser que usted nos llame para sacrificjarle nuestra vida en justo pago. Yo pienso así... y mi padre piensa igual
— ¿Qué estás diciendo, hija mía?— intemno Dorff. — ¿Qué significa todo esto?
— El marqués lo sabe— repuso Amelia bajando los ojos,— y le consta que ejercito un derecho y cumplo un deber.
Dorff, atónito, miró un instante á su hija y al extranjero. El rubor de ambos lé respondió.
— ¿Conocía usted á, Amelia, señor marqués?
— He tenido ese honor en Francia — declaró Eenato. — En el molino de Adhemar, que forma parte de mis tierras patrimoniales.
— ¿Qué clase de relación has tenido con el marqués?— preguntó Dorff volviéndose hacia Amelia. — A ti no necesito encargarte que respondas la verdad.
— No por cierto. Mi relación con Eenato de Giac fué de amor, en que mediaba compromiso de matrimonio. Es — advirtió Amelia como si esta indicación fuese importantísima — un hidalgo de la primer nobleza de Francia.
— Calma, hija mía — ordenó Dorff observando que la voz de la niña indicaba angustia. — No te avergüences; ¿qué has hecho de malo? También tu padre amó tiernamente, y el hombre que has elegido acaba de revelar que es digno de ti.
—Eso es lo que justamente está por averiguar— articuló Amelia con severidad, irguiendo su cabeza altiva. — Eso es lo que el señor marqués de Brezé va á demostrar sin tardanza. Esperamos...