Misterio · Unidad 119 de 196
Unidad 119 · 308 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
308 MISTERIO
la influencia de ese malvado en los destinos de su padre de usted. Otra semejante ejerció contra la familia de Giacinto.
Los bellos ojos de Amelia imploraron de Luis Pedro algo que la consolase.
— Pero Giacinto y usted han venido á contrarrestar ese maligno influjo— dijo con entonaciones de dulzura infantil. — Yo tengo un corazón que me avisa si debo desconfiar... y fío en ustedes... ;no se admire! casi tanto como en Eenato, mi prometido... casi tanto comeen mi padre. No sé por qué me protegen usted y Giacinto; no sé qué sentimiento les mueve; hasta creo que representan ustedes algo muy diferente, tal vez opuesto á lo que mi padre significa... y, sin embargo, ni un momento he dudado de ustedes, y dormiré bajo su custodia como bajo la del ángel de mi guarda. ¿Verdad que hago bien, Luis Pedro?— añadió tendiéndole la diestra.
El rostro del carbonario se transformó; su expresión recelosa y torva se cambió en una especie de beatitud, y sin atreverse ni á estrechar ni á besar la mano que Amelia le ofrecía, cruzó las suyas y pronunció en tono solemne, profetice:
— La hija de Francia hace muy bien en fiarse del revolucionario, del enemigo de su estirpe, de las instituciones en esa estirpe simbolizadas. ¡Nadie como Luis Pedro aborrece á los Berbenes, reos del crimen de lesa patria, causa de que el suelo francés se haya visto profanado por los cascos de los caballos que montaban, látigo en puño, los cosacos del Don! Odio inextinguible, eterno, mortal , les había jurado Luis Pedro, Este odio ha guiado sus pasos, motivado sus viajes, inspirado sus
HISTEBIO 300
acciones hasta hace pocos días... Ahora veremos si las lecciones de la adversidad las aprovecharon, si son capaces de un rasgo de justicia, si se arrepienten de la iniquidad, si la usurpación baja voluntariamente del solio, si no reniegan de su sangre porque se haya mezclado con la sangre generosa y pura del pueblo... jAhl 8i hacen esto, si la hermana ubre al hermano los brazos, ¡lo juro! ¡Luis Pedro depondrá su encono! ¡Luis Pedro perdonará á los Berbenes!
Aquellas peregrinas frases, que hasta podían parecer risibles, no hicieron sonreír á Amelia; por el contrario, imprimieron una expresión de gravedad á su lindo y altanero rostro.
— ¿Y quién duda, Luis Pedro— murmuró con cariñosa efusión,—que esa es la misión de mi padre? Su historiado desventuras inauditas, su atroz calvario, las circunstancias que le forzaron á vivir como el pueblo, á ser pueblo^ á engendrar en el seno del pueblo los hijos de su amor, ¿no han de influir en él cuando llegue á recuperar su verdadero puesto ante el mundo? ¡Ah! ¡Demasiado ha visto y padecido la miseria humana para que no se compadezca del dolor ajeno y no trate de remediar los males de los pequeños y de los humildes! ¡Le está reservado el sublime oficio de reconciliar al pueblo con la monarquía, dando á los antes oprimidos paz y libertad bajo un cetro ñrme y justiciero!
Al hablar así, las mejillas de Amelia se encendieron; sus pupilas irradiaron fulgor.
— ¡Bendito el día en que tan hermosa aurora luzca en el horizonte!— murmuró fervorosamente el carbonario.