Misterio · Unidad 13 de 196

Unidad 13 · MISTEIUO 37

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MISTEIUO 37

Oía Renato, admirado de tanta intrepidez, y al llegar á este punto exclamó con sentida vehemencia:

—La señorita Amelia me lastima, pero no me ofende, porque ella no puede ofender, y á mí menos que á nadie. A su vez ella reconocerá, es demasiado verídica para negarlo, que he respetado su honra y su decoro como cosa propia, como resj^etaría á mi madi*e y á mi hermana si la tuviese, y por si fuese necesaria una prueba de lo que afirmo — añadió levantándose — aprovecho esta ocasión, quizás no muy o])ortuna, para dirigir á su padre un ruego: Señor Dorff, el marquós de Brezí^ pide la mano de la señorita Amelia.

Sorprendido al pronto, después rebosando emoción y alegría, volvióse hacia su hija üorff, consultándola con la mirada.

— No se la concedas, padre mío — dijo ella con calma, — mientras no haga una confesión y una retractación.

Renato comprendió al fin; su lealtad ingénita le enseñaba el camino que debía pisar. De pie, como se había puesto para formular su demanda de matrimonio, se inclinó hasta el suelo y pronunció resueltamente:

— Confieso y me retracto, no porque Amelia lo pide, sino porque mi conciencia lo impone. En Francia me aseguraron, señor Dorff, que usted había sido encausado como incendiario y falso monedero, y que había cumplido en Silesia una condena á trabajos forzados ix>t esos delitos. Se lo dije á Amelia hace dos horas, y en aquel instante, si no lo creía, al menos lo dudaba. Desde que le he visto á usted no lo ci*eo. Perdóneme y permítame que le estreche la mano.

38 MISTERIO

Nube de inmensa desesperación veló el semblante de Dorff; sus rasgos se descompusieron, sus ojos se cubrieron como de una humareda, en que se transparentaba el cristal del llanto. Se tambaleó un instante cual un hombre borracho, y sin poder contenerse gritó:

— ¡No me estreche usted la mano! Lo que le han dicho á usted en Francia es verdad. He sido llevado á los tribunales bajo la acusación de quemar un teatro j fabricar moneda falsa, y he molido yeso en el presidio de Alstadt. No podrá usted alegar engaño, marqués.

Amelia, sollozando arrodillada, besaba el borde de la levita de su padre; le cubría de caricias, agarrándose á él con una especie de frenesí.

Eenato dudó un instante, pero el instinto, prevaleciendo sobre la razón, le dictó un arranque sublime.

—La mano, señor Dorff. No me la rehuse usted ó creeré que es usted quien duda de mí. Tengo la certidumbre de que esas acusaciones y esas condenas no son más que una trama infame, del mismo género que la asechanza que tuve la suerte de ayudar á desbaratar hace poco. Mi corazón me lo dice. Mi corazón no jniente. El marqués de Brezé, con su honor inmaculado, responde del de Dorff.

No fué la mano, fueron los brazos lo que Dorff presentó á su nuevo amigo, estrechándole impetuosamente. Renato correspondió con igual efusión.

. —No sólo es usted inocente de todo delito— repuso — sino que es usted un perseguido, un calumniado, una víctima. Desde hoy