Misterio · Unidad 121 de 196
Unidad 121 · MISTERIO 318
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las salas ó oomplaciéndose en limpiar y adornar la capilla. No habitaban la vetusta construcción feudal sino el administrador, Amelia, Luis Pedro, el niño y dos mozas de labor, de las cuales una atendía á la cocina; pero desde el alba salían á coger en el huerto fresas y legumbres, á pastar las vacas 6 á comprar en Saint Brieuc comestibles, y sisí podía Amelia, libre de miradas importunas, espaciarse un poco. Las mozas, aunque muy picadas de curiosidad y deseosas de ver á la supuesta parienta del marqués de Brezé que ocupaba la torre del Norte y dormía en el famoso tocador de la 7narqtiesa^ no se atrevían á cometer indiscreción alguna por miedo á Juan Yilain, único que servía y atendía á la huéspeda.
Por la tarde, Luis Pedro, alojado en la torre del Mediodía, se reunía con Amelia y conversaban, jugando al dominó y al chaquete, formando planes y pesando esperanzas.
El carbonario no carecía de instrucción; había leído mucho, y en su cabeza exaltada ciertas lecturas habíanse grabado con caracteres indelebles, como bajo la acción de un corrosivo. Tenía algo de visionario, mucho de místico y soñador: pertenecía á la secta de los teo filántropos; se creía señalado por el cielo para alguna misión extraordinaria, que exigiese valor y abnegación suprema, y manifestaba siempre — nota simpática para Amelia— un gallardo y positivo desprecio de la vida.
Con Juan Yilain, Amelia hablaba menos, pero lo hacía en tono de afectuosa bondad. Amelia era mujer, muy mujer, y sabía advertir el efecto que producía en las almas. No podía llamarse coquetería la que desplegaba Amelia con aquel rústico,
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pues en nada se asemejaba á \(m aiiiifíciotÑ femeniles encaminados «á excitar vulgares pasiones y a|)etitos. El homenaje que Atnelia gustaba de recoger y saborear era el del rendimiento del espíritu, de la adoración como la que se tributa á una imagOQ; algo iMirecido á lo que las ilustres y desventuradas reinas, las María Estuardo, las María Antonieta, infundieron á hombres que por una mirada verterían gustosos toda su sangre. La devoción de Juan Vilain, cada día más marcada, tenia algo de infantil, algo de la ingenuidad con que los bárbaros, al prin<á- ])i;u' la Edad Media y convertirse al Cristianismo, veneraban las santas reliquias. Así es que Amelia le traía siempre pendiente de sus antojos. Cuando hacía calor y quería respirar el aire fresco de la selva, Yilain la escoltaba por el camino subterr/ineo, y aprovechando las primeras horas de la noche, la hija de Dorff daba largos paseos, que devohian la elasticidad á sus miembros y el rosado color de la salud á sus mejillas. Aquella salida oculta, que el primer día la pareció tan medrosa, llegó á serla familiar; viendo en el camino secreto la garantía de su libertad y seguridad, dio en llamarle el amigo ^ nombre que adoptó Juan Yilain igualmente.
Pero la distracción principal, preferida de Amelia, la que le ayudó á sobrellevar su vida de reclusa, fué el niño, el pobrecilio salvado del naufragio y que de los brazos de su verdadera muiré, momentos antes de que á ésta se la tragasen las olas, había pasado á los de Amelia. Al preguntar al pequeño su nombre y apellido, no fué ix>sible arrancarle otra respuesta que la siguiente: