Misterio · Unidad 122 de 196

Unidad 122 · lOSfEBIO 315

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—Me llamo Baby, Baby.

— ¿Nada más que Baby?— inaistíó Amelia, que no se conformaba, sabiendo que Bahy se le dice á todos los niños ingleses.

Y el chico, fijando en Amelia sus ojos azules, llenos de candor y de asombro, dijo al cabo:

—Baby Dick.

— Ricardo es su nombre de pila — pensó Amelia. — Ya es algo... — Hubo que contentarse con tan poco. El niño 6 ignoraba ó había olvidado su apellido; de su padre nada sabia; de su madre sólo recordaba que vivía en un cottage^ cerca de una playa, y que allí tenían muchas flores y un perro tan grandón como Silvano, el mastín del castillo. Amelia llegó á creer que Baby Dick era algún hijo del amor, y se sintió aún más dispuesta á amparar á la criatura, la cual, desde el primer momento y espontáneamente, trató á Amelia de madre. «Mamá Meli» la llamaba. Amelia le vestía, le desnudaba, le enseñaba á rezar las oraciones de los católicos — el pequeñuelo era sin duda de familia protestante;— le colgó al cuello una medalla de Nuestra Señora, y se propuso bautizarle á la primera ocasión. De todos estos cuidados iba naciendo en su alma un cariño apasionado á la criatura. «Es nuestro hijo», pensaba reñriéndose a Kenato. «No tiene mas madre que yo>, añadía, y sus ojos se cuajaban de lágrimas, recordando la tragedia del naufragio del schooner^ y ol remordimiento anublaba su mente.

Una tarde, hallándose Amelia en el último piso de la torre con el niño sentado en sus rodillas, mientras Luis Pedro leía en alta voz el Emilio de Juan Jacobo, se presentó Juan Vilain.

316 MISTEEIO

— Acaba de llegar — dijo lacónicamente -un hombre que trae el santo y seña de mi amo. Yiene por el camino de Saint Brieuc. ¿Le doy paso?

— ¿Es — preguntó Luis Pedro, trocando rápida ojeada con Amelia, que había saltado del asiento — un mozo moreno, guapo, de pelo rizado y negrísimo, que viste de marinero?

— Así es. Yiene rendido.

— Pues admítele. Pero será prudente que, á pesar de su cansancio, le traigas por la entrada subterránea. No conviene que las criadas del castillo vean entrar aquí á un desconocido. Más vale prevenir...

Obedeció el mayordomo. Era ya noche cerrada cuando, cubierto de polvo, desencajado de fatiga, se presentaba Giacinto ante Amelia, que le recibió en el tocador, ordenando á Yilain que se retirase. No era necesario preguntar; el aspecto del carbonario lo decía todo, y con terrible elocuencia.

— ¿Malas nuevas? — interrogó, sin embargo, Luis Podro.

— Las peores — declaró el siciliano.

— ¿Yolpetti en salvo?

—En salvo y camino de París.

Un rugido de furor brotó de la garganta del eabcUlero de la Libertad.

Medió después un intervalo de expresivo, de desesperado silencio. Amelia, antes que nadie, se sobrepuso y dijo á sus anonadados protectores:

— ¡Animo! Hablemos. ¿Cómo se ha salvado el esbirto? ¿Puede saberse?