Misterio · Unidad 123 de 196
Unidad 123 · MISTERIO 317
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—A nado, en unión de tres marineros; pero el oleaje, al lanzarles contra los arrecifes, les causó á todos heridas y contusiones de alguna gravedad; uno de los náufragos ha sucumbido; otros dos yacen postrados en una cabana de pescadores, cerca de Pleneuf, y el único — ¡habrá desdicha! — el único que sólo sufrió magulladuras y despellejaduras, pero nada que le impidiese recobrar muy pronto fuerzas y escribir varias cartas, otras tantas puñaladas para nosotros... ¡ha sido ese perro, ese compadre de Satanás!
Y el siciliano, agarrándose á puñados sus rizos negros, se los mesaba.
— La fatalidad — repitió Luis Pedro sombríamente. — ¡Ahí Nuestra lucha es vana. El demonio, el ángel exterminador, las brujas, X^jeUaiura de que tú sueles hablar... ¡quien quiera que sea, llámese como se llame, ^tá contra nosotros! ¿Y Soliviac?
— Soliviac y el PolipJiévie.., mar adentro. Dando bordadas en dirección á Cherburgo. . . y aun así no va seguro el pobre capitán. Se alejaría de muy buena gana con rumbo á Hamburgo si no fuese caballero de la Libertad y tuviese que andar cerca por si le necesitamos... que será probable. Soliviac se juega el pescuezo.
Luis Pedro reflexionaba, cuando sintió la mano de Amelia que buscaba la suya, estrechándola con significativa presión. El carbonario entendió.
— Y... ¿no has podido hacer nnda? — preguntó á Giacinto.
— ¡Nada! Desde que el esbirro logró comunicarse con el prefecto, la tropa vigiló su asilo... ¡Grracias si no me trincaron á
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mil He sido perseguido, cazado como una alimaña monté». Una bala ha agujereado mi gorra. Estoy aquí por milagro. ;El desquite del polizonte! \Y que no le tengo yo ganas á ese pajarraco! ¡Si algún día le cojo... no le valdrá, ni la Madona!
—Es indispensable— observó Luis Pedro— que salgas hacia París también. Mejor dicho, que salgamos los dos; si detienen 6 matan á uno, que llegue el otro. Iremos separados y nos adelantaremos al esbirro, si es posible, para avisar al padre de esta señorita y al dueño de este castillo. —Bien. Con caballos y dinero...
— Y sobre todo no nos queda otro recurso. ; Es el último cartucho que vamos á quemar!.. — murmuró el carbonario dirigiéndose á Amelia. -Usted queda segura, ¡el peligro no está aquí! Vendrán noticias tan pronto podamos. Juan Yilain se haría matar por usted. A no ser así, no nos atreveríamos á dejarla... Pero, además de la adhesión incondicional de ese buen servidor, el camino que sale al bosque asegura á usted la retirada en caso de que la policía rodease el castillo. Aquí desafía usted á todos los esbirros de todos los gabinetes europeos; aquí puede usted reirse de las asechanzas de un Volpetti. Hasta tal punto estoy de ello convencido, que si su padre de usted viese amenazada su seguridad y no consiguiésemos embarcarle en el Poliphéitu . intentaría traerle á Picmort. Para defender los preciosos documentos voy á intentar lo imposible. Pero... ya no estamos eii Dower, en la posada del Pez Rojo, ni sobre la cubierta del barco de nuestro amigo Soliviac. ¡Carta jugada no vuelve á salir! Ahora el esbirro dispone de incalculables
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recursos: gendarmería, tropa, jueces, magistrados, espías y 6806 que se llaman partidarws del (yrden. ¡Perdonar la vida á Yolpetti fué insigne locura! ¡Nosotros no podemos bañarnos en la leche del perdón! ¡Si mirásemos á nuestra seguridad tan sólo al barco nos volveríamos, alejándonos para siempre de las costas de Francia!
Amelia se incorporó y tendió una mano á Luis Pedro, á Griacinto la otra.
— Defensores á quienes hace poco tiempo ni conocía — murmuró con encantadora tristeza y afecto;— defensores generosos, que hoy sois arbitros de mi suerte, único amparo de este último i*etoño de una raza histórica, ¡gracias, gracias! Suceda lo que quiera, no os olvidaré; sois mis hermanos, sois mis amigos... Y si por la imprevisión de mi padre al dar libertad á Yolpetti os sucede algo malo... ¡perdonadle, perdonadle! ¡Os lo pido de rodillas! — añadióla altiva joven haciendo ademán de hincarlas en el suelo.
Loe dos calxüleros de la. Libertad se precipitaron á alzarla; apoyaron los labios, como si fuesen verdaderos y galantes señores, en sus manos blancas y fínas, y sin poder contestar, tan ooomovidos se encontraban, salieron .del aposento. Amelia les vio marchar con opresión en el pecho, afligida. No podía creer que aquellos hombres, para ella casi extraños, se le hubiesen metido en el corazón tan adentro.
Después de la marcha de Luis Pedro, con quien tenía tan largas conversaciones, cayó en un abatimiento impropio de su animoso carácter. Sola en el vasto castillo, en cuyas estancias arte-