Misterio · Unidad 124 de 196

Unidad 124 · 320 MISTERIO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

320 MISTERIO

sonadas retumbaban los pasos y cuyos polvorientos retratos antiguos de paladines y damas parecían mirarla con frío desdén, privada de escribir y de recibir cartas, pues por medida de precaución se había convenido entre los caballeros de la Libertad y el marqués de Brezé que no se fiaría nada al papel ni menos al correo, Amelia empezó á sentir el efecto inevitable del aislamiento, que consiste en forjarse fantasmas y en torturarse con miedos vagos. Su imaginación trabajaba incesantemente, representándose trágicos sucesos; veía á su padre arrebatado por la policía, sepultado en horrible mazmorra, muerto quizás; á Renato, víctima de alguna asechanza, retorciéndose desiesperadamente para librarse de ella; á los carbonarios, presos por el crimen de piratería, sentenciados, con cuatro balas en la cabeza... El fuerte espíritu de Amelia, aunque exaltado por la soledad, no había dejado de darse cuenta de la significación de los hechos. Todo dimanaba de la absurda bondad de Dorff. Quien siente bullir en sus venas sangre real no puede renunciar á ejercer justicia. La crueldad cometida con los náufragos del schooner inglés, negándoles el socorro, crueldad inútil» ya qué al fin varios se habían salvado, lo verosímil de una catástrofe inminente... todo, por oponerse á la acción de la justicia, por ser débil, por ser piadoso.

El único consuelo de Amelia era la compañía de Baby Dick. Aquella criatura de cinco años no vivía sin ella.

Horas y horas pasábanse la joven y el niño sentados al pie de la ojival ventana que domina el profundo foso. Amelia hacía labor, y la interrumpía para acariciar la sedosa cabellera de

Dick y enredar los dedos en sus rizos rubios. El niño abrumaba á Amelia á preguntas, y cuando Amelia, preocupada, guardaba silencio, la cubría de besos, la hacía reir con alguna salida viva y graciosa, mientras Silvano, el porrazo de Juan Yilain, venía á apoyar en las rodillas de la joven su enorme cabezota, fijando en la cara de Amelia sus ojos inteligentes; y Amelia pensaba: «No querría yo más á este pequeño si le hubiese llevado en mis entrañas y le hubiese criado a mis pechos. La Providencia me ha concedido este bien en hora tan crítica» .

X>rOOTXJJRlSIO

En medio de la constante ansiedad de Amelia, á quien devoraba la calentura al j)en8ar qué estaría sucediendo allá en París, un nuevo cuidado empezó á inquietarla, después de la marcha de Luis Pedro y Griacinto: la transformación que iba verificándose en su único actual defensor, Juan Vilain. No era que el bretón se permitiese ninguna demasía; su actitud exageraba el respeto; como el devoto ante la imagen, aparecía prosternado. Pero el devoto tenía ojos, y los ojos le rebrilla-