Misterio · Unidad 125 de 196

Unidad 125 · MISTERIO 323

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ban y se iluminaban, á semejanza del mar bajo el rayo de la luna, al ñjarse en el rostro de Amelia; el devoto tenía manos, y las manos le temblaban al presentar á Amelia la comida; el devoto tenía cuerpo, y ese cuerpo se estremecía visiblemente al hallarse cerca de la hija de Dorff. Sin género de duda, aquello era amor; un amor fanático é insensato, dominado por la voluntad, pero capaz de desbordarse al menor pretexto.

Amelia, al percibir el estado de ánimo del bretón, por instinto aumentó la distancia moral que de ól la separaba. No más salidas al bosque por el camino subterráneo, el amigo] no más correrías por las salas, pasadizos y desvanes empolvados del castillo de Picmort, con tanta curiosidad registrados antes. Un miedo mal definido se había apoderado de Amelia. Temía encontrarse á solas con Yilain en el imponente salón de retratos ó en la perfumada penumbra, oliente á humedad y á cera, de la capilla. La fuerza hercúlea del mozo, sus pupilas chispeantes, la asustaban. Se redujo á no salir de las habitaciones que llamaba suyas: el tocador de la marquesa, siempre cerrado; el gabinetito contiguo, donde jugaba y se lavaba y vestía Baby Dick, y el piso alto del torreón, al cual se subía por una escalera de caracol bastante empinada, desde una antecámara comunicada con el tocador mismo.

—Esta desgracia — pensaba Amelia, que en tal concepto tenía la pasión de Juan Yilain— nace de mi disfraz, de mi traje de aldeana. Si me hubiese visto con ropas de señora no se atrevería á pensar en mí... ¡Dios mío, prote^edme! ;En este vasto edificio, con un niño por toda compañía, á merced de un hom-

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bre cuya mirada despide relámpagos cuando se fija en mí! ¡Y es preciso que él no adivine mis recelos! Como el domador ante el león, tengo que conservar la sangre fría. Si desfallezco, esta fiera me echará la zarpa. No debo inmutarme, no debo saber siquiera que está ahí, rondando mi puerta, envolviéndome con su aliento abrasado...

Y así era en efecto. De noche, Amelia escuchaba— entre el silencio denso, mezclado con ruidos raros, casi inií^erceptibles, que envuelve á las caducas torres— pasos furtivos, un resuello agitado, á veces el golpe mate de la caída de un cuerpo. Era Juan Vilain, que se echaba en la antecámara, al través de la puerta, guardándola con apasionada voluntad, y no se apartaba de allí hasta que la luz del día asomaba dorando las copas de los árboles y haciendo brillar á lo lejos el tapiz de oro de los retamares en flor. Y tal custodia y tal vigilancia, en vez de tranquilizar á Amelia, impedíanla conciliar el tranquilo sueño de la juventud, en el cual se refresca el alma.

Con tal desasosiego yacía una noche Amelia en la dorada c^ma Pompadour, de tableros decorados con lindas mitologías, donde tampoco había reposado venturosa aquella marquesa de Brezé cuya sombra enferma de nostalgia parecía vagar por el aposento. Oíase la dulce respiración del niño, acostado en su camita baja, detrás del magnífico biombo de bordada seda chinesca. Una lamparilla, cobijada por un globo de vidrio azul, proyectaba luz incierta, que sólo servía para agigantar los reflejos y las sombras, para acrecentar el miedo en quien lo padeciese. Encontrábase la hija de Dorff desvelada y tirantes