Misterio · Unidad 14 de 196
Unidad 14 · MISTERIO BO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO BO
tiene usted á su lado á un defensor incondicipnal. Yo haré brillar su reputación tan clara como el sol; fíe usted en mí.
Dorff sacudió la cabeza con melancolía.
— No está en manos de usted, no está sino en las de Dios cambiar mi suerte... Cansado de tanto sufrir, había rosualto entregarme á la fatalidad. Viviendo oscuro, pobre , humilde, creía que me olvidarían, dejándome siquiera por único bien el descanso. ¿Qué daño les hice;, qué pretenden? ¿No podré ni aun disfrutar en calma el amor de los míos, la paz de mi hogar de trabajador? No; han decretado mi asesinato como antes decretaron mi deshonra. Hoy me has salvado tfi, hijo mío.,. — exclamó tuteando de pronto á Brezé — pero no estarás siemi)re cerca. Y si intentas colocarte entre el destino y yo... ;ay de ti! Una voz espantosa y profética me ha dicho un día, entre las tinieblas de un calabozo: «Tus amigos perecerán» .
Desplomada en un sillón, Amelia sollozaba.
— No llores, rosa del cielo — balbuceó Dorff cogiéndola y obligándola á aproximarse á Renato. — La misericordia divina permite que al menos tú, mi preferida, seas dichosa. Mi sueño era verte esposa de un noble francés. Este á quien quieres es dos veces noble: por el alma y por la cuna. ; Amaos, Carlos Luis os bendice!
— ^No — protestó Renato, — no le abandonaremos á usted para gozar egoístamente nuestra dicha. Amelia no lo consentiría; yo tampoco. Ignoro quién es usted; ignoro qué telaraña de iniquidades se ha ido formando para envolverle en ella. Pero no sí>lo me inspira usted afecto, sino Tin respeto indecible, cuya
MlhiTElilO
razón desconozco. Amelia y yo no nos casaremos sino despnos (le que usted sea rehabilitado; después de que se declaro su inocencia; después de que el universo entero...
Amelia aprobó, tendiendo la mano.
— Bien, Renato, así te comprendo. No nos casaremos hasta que mi padre recobre su nombro y su honor. Xo seríamos felices.
MISTERIO 41
— Hágase vuestra voluntad — murmuró Dorff. — Una vez más pelearé contra la fatalidad, aunque sé de antemano que caeremos vencidos...
Hizo una seña al marcenes, y éste, siguiéndole, penetró en la otra habitación de las dos que formaban el piso bajo de la casita. Era una especie de taller, á la sazón alumbrado por la claridad mortecina de un reverbero pendiente de la ahumada pared. Sobre mesas y mostradores hallábanse esparcidos menudos utensilios y chismes de relojería; resortes, pinzas, muelles, alam^ bres, tenacillas diminutas, relojes desmontados, otros en sus cajas, cerraduras, máquinas de toda clase, hasta armas de fuego, pistolas de arzón incrustadas de plata, conftindíanse con los instrumentos del trabajo. Dorff cerró la puerta con doble vuelta de llave, y bajándose, movió una de las mesas, contó los ladrillos, á partir de la pared, y levantó con una palanqueta el que hacía el número quince. Apareció un escondrijo de forma rectangular, del cual tomó un objeto oblongo, una funda de cuero amarillo, como las que sirven de estuche á los anteojos de larga vista, y un cofrecillo cuadrado, que tenía alrededor un bramante del cual pendía una llave dorada.
— Renato de (jiac — dijo Dorff solemnemente, — confío átu acrisolado honor este depósito. Ahí va mi existencia, allí los futimos destellos de esperanza para mí y para mis desgraciados hijos. A nadie quise entregar este manuscrito y cofre, porque mis desdichas han hecho que desapareciesen todos mis verdaderos amigos, cumpliéndose el vaticinio horrible de la prisión. Hubo momentos en que hasta pensó lanzar los documentos que