Misterio · Unidad 133 de 196

Unidad 133 · H42 MLSTERIO

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íXin.Vi^Mo verla de rjerca. se aproximaron lleiia> «le curiosiíla/1, y iK>r orden de la du«|aesa. retirados los servidores, empezaron á engalanar á su manera á la novia. Amelia, inerte, no rcKÍHtió. Trenzaron sus rubios cabellos: la mudaron la camisa, vistí^fndola una randada y calada; la ciñeron el justillo: la pusieron las sayas de paño, las arracadas, la cofia, el ramillete: la íjrmvirtieron en la más linda de las desposadas bretonas.

Hecho esto, la duquesa llamó á Juan Vilain, que se presentó ataviado también con el pintoresco traje de los días de fiesta, y intentando en el pecho el ramo de flores silvestres, del cual colgaban multicolores cintas. El mozo estaba descolorido de emocii'iu: literalmente no sabía lo que le pasaba. ;Había sido tan repentino aquello! Llegar la duquesa; invocar sus títulos de madre y señora para que le fuese franqueada la puerta del castillo; encerrarse con Yilain, y anunciarle que por orden del maniués iba á unirse á la joven reclusa, que había sufrido desgracias, á la cual protegían todos y querían asegurar hacienda y nombre... Y como Vilain, loco de ventura, hiciese sin embargo alguna objeción, la duquesa le había contentado: <rNo (luioras saber nada. Obedece á tus amos, que te piden este Horvicio. í]Ha muchacha no es en realidad parienta nuestra; es de tu misma clase, pobre y humilde como tú... De nada careceivis. Sé para ella un buen marido, para el niño un padre... to doy la granja de l'louaret...» No era la granja lo que influía en la decisión del mozo... Era el amor desatentado, salvaje, (|U0 on su taciturno espíritu se había encendido desde que vio á lii hermosa refugiada. Un temblor de gozo sacudía su cuerpo;

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no creía aun en la realidad de lo que ya sucediéndole estaba; tal vez las hadas le tenían embrujado; tal vez, disii)ándose el conjuro, aparecería la verdad, una burla, una diablura de las hechiceras malditas... ¡Él marido de Amelia! Su mirada, por momentos envolvía á su novia como una ola de fuego, y después, intimidado por el mismo bien que anhelaba, los volvía, fijándolos en cualquier objeto 6 consultando el rostro de la duquesa.

ConduQida por ésta, salió Amelia de la cámara. En el salón de retratos aguardaban el capellán y dos arrendatarios de la casa de Brezé, llamados para servir de testigos. Uno de los supuestos criados de librea cambiaba con la duquesa ojeadas que Amelia sorprendió, ¡wrque la misma tensión violentísima de sus nervios aguzaba sus facultades perceptivas. Desde el primer instante había llamado su atención el rostro de aquel criado, que traía á su mente vagas reminiscencias de algo muy conocido. No era un servidor. ¡Era un cómplice, el cómplice más peligroso y sañudo que podía tener la duquesa en su odio á la hija de Guillermo Dorff!...

Dirigiéi*onse á la capilla, que esperaba abierta, iluminada por múltiples encendidos cirios, y adornado el altar con grandes jarrones, donde lucían flores de papel de plata. El capellán se había adelantado y esperaba ante el ara, revestido para la ceremonia. La nave aparecía desierta, ¡wrque la gente de las cercanías no tenía noticia de que allí iba á verificarse tal solemnidad. Sólo las dos mozas pastoras, que habían ayudado á engalanar á la desposada, la seguían, representando esa numerosa ííomitiva de solteras que va tras las novias bretonas procurando