Misterio · Unidad 143 de 196
Unidad 143 · MISTERIO 863
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MISTERIO 863
bajo sus pies los peldaños de la retorcida y angosta escalera que ascendía al piso más alto de la torre. Parecían las pisadas de un hombre de piedra. Amelia, impresionada, se echó en brazos de Renato; luego los dos, instintivamente, corrieron detrás de Vilain.
Cuando llegaron al último piso del torreón, vieron abierta la ojival ventana, y tapándola, cubriendo la luz del Poniente, una masa oscura, que desapareció. Horrorizados, asomáronse. El cuerpo de Juan Vilain, detenido un momento por la cornisa, cuyas piedras desgastadas le servían de almohada, volvía á rodar y se desplomaba recto, ya sin vida probablemente, al foso, entonces seco. Y el bretón quedó allí, la faz vuelta al cielo, extendidos los brazos, los ojos vidriosos y la cara entre el marco de sus largos cabellos de siervo, enmarañados y rubios. Silvano, á su lado, aullaba desesperadamente.
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QUINTA PARTE
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IIsTIDIOIOS
Las estancias del palacio real donde vamos á sentar el pió son las más alejadas del bullicio y del movimiento de la Corte. Diríase c^ue se les ha comunicado la perenne severidad del carácter de la augusta persona que en ellas reside. Y es que la.^ cosas se parecen á sus dueños: es que el alma humana, donde <iuiera, marca su liuella peculiar, luminosa ó sombría.
308 MISTERIO
Lo primero que sobrecoge á quien pisa esos salones es un silencio absoluto. No parece sino que el ruido es algún delincuente, y que al respirar fuerte 6 hablar en tono natural se infringen las leyes de la etiqueta. Servidores, palaciegos, los pocos que piden audiencia — porque el alta y constante tristeza intimida hasta á los solicitantes. — tratan de ahogar las pisadas en las alfombras, de apagar y ensordecer el eco de la voz, de reprimir hasta la sonrisa, de velar hasta el brillo de los ojos, cuando se dirigen á la ilustre duquesa, en otro tiempo Madama por antonomasia, y cada día más parecida á esas rígidas figuras orantes que velan sobre los sepulcros.
Atravesemos una fila de salas, cuyos cortinajes tasan la claridad, cuyos muebles están colocados con tal simetría solemne que parece que no han de moverse jamás de su sitio; crucemos el tocador de la duquesa, su despacho, su dormitorio, y levantando una portera de tapicería, pasemos al reducido aposento que de oratorio sirve.
Sólo alumbra el lugar rica lámpara de plata, donde arden dos mechas empapadas en aceite aromático, y á su escasa luz se ve encima de un paño de terciopelo negro un gran Cristo de marfil, en el momento de expirar, cuando deja caer la cabeza sobre los hombros, como si balbuciese: «Todo está consumado». Al pie del altar, arrodillada en un reclinatorio sobre almohadones de terciopelo carmesí, una mujer reza fervorosamente, fijos los ojos en el Cristo.
Es la duquesa; el reflejo de la lámpara cae de plano sobre su rostro y nos permite verlo.