Misterio · Unidad 150 de 196

Unidad 150 · 382 Ba8TEBI0

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

382 Ba8TEBI0

— ¡Un peligro inmenap! El de vuestra sensibilidad. Aqnelia sensibilidad de que hablabais en los versos que dirigisteis á, madama de Chanterenne. . . El de vuestra excesiva... excesiva no... en fin, muy grande cristiandad y escrupulosidad... Señora... es tan fácil que nos dejemos engañar por nuestra honradez misma... ¿Lo creeríais? Nuestro hermano Fernando, nuestro propio hermano, en quien ciframos la esperanza de la sucesión al trono, pues aunque hasta el día sólo hembras ha tenido, el varón podrá venir... Fernando, digo, está... ¡admiraos! inclinado á una... tolerancia inverosímil... con esos impostores... Con todos, no; con alguno... ¡con uno, en especial!

La dama hizo un gesto penoso. Nada agravaba sus melancolías como cualquier alusión á su esterilidad. Supersticiosas aprensiones hincaban más la espina de aquel dolor; alimentaba la idea de que, en castigo de alguna secreta culpa, la voluntad del cielo la negaba tan dulce y soberana alegría, secando en sus entrañas las ñientes de la maternidad.

— ¡Femando! — repitió maquinalmente.

— Fernando; él... él... Extraviado por su generosidad... ó acaso movido por... por otros impulsos... que... En una palabra: Fernando no puede sentir ni pensar enteramente como nosotros... porque ha vivido... se ha dejado arrastrar á flaquezas... Su historia ofrece puntos de contacto con la de ese impostor á quien patrocina... vivió también en Londres oscuramente, y contrajo relaciones, lazos inferiores á su alta jerarquía... Bien os acordaréis de Amy Brown y de los frutos de tales amores. En ñn, que ciertos antecedentes falsean el carácter, vuelven

MISTERIO 383

el alma del revés... No así nosotros, señora. En buen hora lo digamos, podemos alzar la frente... Nuestra vida no encierra una mancha. No cabe en nosotros condescendencia culpable. Fernando, lo repito, ha dado en creer en la evasión... en la supervivencia de vuestro pobre hermano. ¡Y, por consiguiente, está pronto á recibir á cuantos se presenten tomando su nombre, porque añrma que alguno de ellos puede ser el propio Carlos Luis!

La duquesa seguía pareciendo de mármol, pero á ratos el mármol se estremecía.

— Nuestros padres, asustados de su actitud, lian hablado con él seriamente, sin convencerle, pero logrando que al menos so reprima un poco, que no deje salir al público nada de lo que bulle en su cerebro... Y vos, señora, con el justo ascendiente que ejercéis sobre Fernando y Carolina, ¡amonestadles! Hacedles entender que es indispensable, en una familia como la nuestra, en asunto tan delicado y serio, la unidad de miras más absoluta. ;Qué interpretación recibirá el menor desliz de nuestra parte!... ¿No me contestáis? — interrogó el esposo con ahincada súplica, viendo que la dama continuaba en su mutismo.

— Sí, sí, voy á contestar... — articuló por fin la duquesa cruzando las manos. — Y contestaré la verdad... porque es ya demasiado luchar, demasiado suplicio; porque á mi cabecera vela un fantasma, y en mi pecho se retuercen las serpientes, y el sueño no desciende á mitigar un poco mi tortura. jPorque llevo tres días en oración casi continua y tres noches de ver en la sombra cosas horribles! Contesto... contesto que si entre esos des-

venturados que toman el nombre de mi hermano hay alguno que presente pruebas ¿lo oís? pruebas claras, fehacientes. . . ese no tenemos por qué decir ijiie sea un impostor. Si en apoyo de sus pretensiones exhibe datos, si trae en la mano irrefutables documentos... ¿podemos dudar? ¿No recordáis que su partida de defunción, el original de ella, no ha podido encontrarse? ¿Que sólo existe una copia y no legalizada^

Bajando más la voz, aunque sabía que estaban solos, que nadie se atrevería á acercarse á la cerrada puerta ni á interrumpir el coloquio de la pareja real:

— ¿No os acordáis— añadió— de mi entrevista con la viuda del zapatero? ¿No sabéis que fui secretamente al Hospital de Incurables, vestida del modo más sencillo, á fin de que no me conociese aquella... aquella desventurada? ¿No sabéis que, á pesar de todo, me conoció? ¿Habéis echado en olvido lo que respondió á mis preguntas? «;Yive el niño... vivo salió del ehcierrol ;Yo estoy cuerda... me encierran para que lo calle!».

El duque se levantó y paseó agitado por la estancia.

— Hay mil testimonios, hay aseveraciones de gente sincera, leal, que en estos días habla con él y le reconoce... Hay dichos que sólo él pudo decir; hay recuerdos, pormenores, circunstancias que sólo él puede evocar. . . Y ya que ha llegado la hora de la sinceridad... ¡me ha escrito! Aquí guardo su carta, tres días hace, y me quema, lo mismo que un ascua, los dedos y el corazón.

Desabrochando otra vez los corchetes de su corpino de seda pensamiento, todo rígido, de negro canutillo, la duquesa extrajo el enrollado papel y lo puso ante los ojos del duque.'