Misterio · Unidad 151 de 196
Unidad 151 · MISTERIO 3^5
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MISTERIO 3^5
— ;Aquí ost/i, señor! Yo oroía no poder verter lágrimas, ]x>rqiio mis lagrimales se han vuelto áridos: ;no cabe llorar toda la vida! Y al leer esta (vxvia, el manantial ha fluido otra vez... ;Me dice tales cosas Luis! Está enterado de lo que no pensé que nadie pudiera estar en él mundo. Me ofrece enviarme un manuscrito, relato de sus desventuras, perQ preferiría narrármelas el. Lo único que solicita es eso: una entrevista, un coloquio... Y afirma que posee tales pruebas, que no una hermana, los tribunales de derecho habrían de rendirse á la evidencia que en ellas resalta. Pero desea que sólo mi corazón me guíe, que no exija (looumentacióu como exigirían los magistrados. Y si eso es verdad, ¿qué logra re uios con rechazarle?
El duque, al escucliar el relato de su mujer, se sobresaltaba cada vez más. Visible perturbación nerviosa le obligaba á levantarse á medias del sillón, en cuyos brazos clavaba las uñas involuntariamente.
— Señora... — pronunció al fin. — Yo creo que conocen vuestras ilusiones y vuestra inagotable ternura hacia el hermano que perdisteis.., y pretenden abusíir de ella. ¡Pensad lo «pie hacéis! ¡Acordaos que de una acción impremeditada vuestra de[)ende el porvenir de la dinastía, de la patria, nuestra humillación ó nuestra exaltación! ;Yos, y nadie más que vos, habéis traído este conflicto (pie nos amenaza y que va á perdernos ante Europa!
— ;Yo?— exclamó aterrada la princesa.- -¿Yo? ¿Por qué?
— ¡Yos! — insistió él con dureza enérgic^i. — ¿Por qué no quisisteis recibir el corazón momificado que os enviaba el médico
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que hizo la autopsia al... al niño muerto en la torreV Fué una imprudencia... una imprudencia terrible. La voz corrió...
— ; Admitir yo ese envío! — clamó indignada la duquesa. — ¡Ese corazón que no había latido en el pecho de mi hermano! ¿Y por qué se me echa en cara tal incidente? Si es yerro el mío, ¿qué nombre dar á la cpnducta del rey, que jamás se ha decidido á consagrarse? ¿Y cómo calificar al Padre Santo, í^ue nos prohibe celebrar honras fúnebres por el desgraciado Carlos Luis? ¿Se ha olvidado ya aquel hecho singularísimo: la iglesia entapizada de negro, el clero esperando... y á iiltima hora la orden de suspender el servicio? ¿Y la frase atribuida al Nuncio, «La Iglesia no reza las preces mortuorias sino i>ot los muertos»?
El duque no sabía qué contestar. Se le habían agotado los argumentos, sugeridos sin duda por el rey.
— ( )ye — murmuró la duquesa, tuteándole por primera vez cu toda la plática, — esta noche, en medio del insomnio, me ha parecido que resonaba en mis oídos la voz de mi madre... ;tan triste! ¡tan empapada en lágrimas! Nada me decía resi)ecto á mi hermano... Sólo murmuraba mi nombre ;tan bajito! ¡con tan plañidero tono! «María Teresa», repetía, «María Teresa»...
Un gemido desgarrador completó la frase, y la duquesa dejó caer la cabeza entre las manos.
—Hay que beber este cáliz hasta la iiltima gotu — agregó. — No bastó aquello; estamos sentenciados a c.yto... Hay que confesar la usurpación; hay que bajar del trono mal poseído... Fernando tiene razón. ¿A que vendría sostener una lucha imposible? Las pruebas existen, y ante ellas será preciso ceder. ¿Decís
i^iie soy el único hombre de la familia? En esta ocasión soy la única persona que mira una situación frente á frente. Adviérteselo al rey. Ahora es cuando se ha de demostrar el valor. Porque para nosotros no existe más solución que esa: ¡desposeernos y restituir!
El duque intentó levantarse. Se tambaleaba; ai)enas podía andar. Inclinóse ante su mujer con igual respeto que al principio, pero al salir su rostro expresaba la decepción más i)rofunda y el más depresivo terror. Yaicilaba como un beodo. So diría <pie se le liabia venido encima la balumba del edificio de la Historia.