Misterio · Unidad 152 de 196
Unidad 152 · üAZCbJM IDE ESXAIDO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
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La escena pasa en el gabinete del rey, aquella especie de niuseíto donde una mano inteligente ha reunido algo de lo más bollo en que cada época marca su sello especial, sobre todo de las edades, tan estéticas, de Grecia y Roma. Xo cabe imaginar contraste más vivo que el de este muselto pagano con el ast^ético despacho de la duquesa y su oratorio.
Encuéntranse reunidos allí el ministro de policía y el mismo
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rey, tendida en su ancha poltrona de inválido, sostenido y apoyado por todas partes el cuerpo en almohadas, almohadones y coj incites de pluma, y envueltas y cubiertas las piernas — ú i)esar del calor que se dejaba sentir en aquella cerrada habitación, donde aun ardía suave fuego de leña en la chimenea — por una manta acolchada de seda con ribete de piel de cisne. Todo ello había sido mullido, arreglado y dispuesto por las iñaiios cariñosas de la joven condesa de Cayla.
Percíbese á las claras el estrago hecho por el padecimiento en la real persona desde el día de su entrevista con el viejo Martín. La cara, aunque siempre respira esa intelectual y desengañada malicia y esa penetración reflexiva, característica de las faces rasuradas del siglo xviii, y bajo la cual se advierte una especie de reprimido entusiasmo, tiene los rasgos principiados á borrar por el edema, la pálida hinchazón de los tejidos. Los ojos, amortiguados, se esconden entre el bulto de los párpados. Todo descubre, en aquel semblante, la marcha inva- ^ora de una descomposición de la sangre, inútilmente combatida por los paseos rapidísimos en coche abierto que para el rey sustituyen al ejercicio. Cuando se mueve, un olor á drogas medicinales se esparce ¡wr el ambiente del elegante museíto, á pesar de las llores raras que sobre la mesa refrescan sus tallos en pompeyana copa de alabastro, con dos palomas en las asas, maravilla del arte antiguo. Aquellas flores, era también la Cayla quien las traía de Saint-Ouen al regio amigo achacoso.
El rey economizaba conversación, contestando sólo cuando no tenía otro remedio, y entonces, en cambio, era afluente y
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oportuno. Una reflexión melancólica nublaba su frente al escuchar lo que el ministro le decía.
— Peligro más grande nunca lo han corrido la monarquía y el régimen. Y no será que yo no lo hubiese previsto, y no viniese desde hace años, lo mismo que mis antecesores, ¡hagámosles esa justicia! y que Le Coq, en Berlín, adoptando medidas y tendiendo hilos para evitar que un día sucediese lo que ahora amaga suceder. ;No nos hemos descuidado un minutó; no hemos perdonado medio!
Abrió Lecazes, después de este párrafo, la tabaquera y respiró una pulgarada, como para esclarecer sus ideas tormentosas; después, sacando el pañuelo bordado, se sonó con ruido casi de llanto; un trompeteo que delataba el detestable humor, reprimido por el cortesano respeto.
— Creo que Vuestra Majestad no dudará de ello, conociendo mi celo y mi consagración absoluta á la causa del orden y de la autoridad, y mi convicción de que hay momentos en. qué es criminal una vacilación, un descuido, un acto de flaqueza... Señor, ;se ha hecho todo! 6 mejor dicho, ¡se ha querido liacer todo/ pero una serie de casualidades inconcebibles ha desbaratado los mejor combinados planes y las prevenciones más exquisitas...
Tiendo la atención que el rey prestaba, Lecazes prosiguió:
— No había pensado hablar de esto con Vuestra Majestíid por evitarle preocupaciones inútiles, pero hoy necesito el auxilio de Vuestra Majestad... Yo, solo, no alcanzo á parar el golpe. No viví desprevenido. Desde hace años, un sabueso mío, el más