Misterio · Unidad 155 de 196
Unidad 155 · MISTERIO 395
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fíciles de probar, sino porque al tomarlo declaración dijo haber Placido príncipe,,. Lo que yo hallé de erróneo en esa condena fué. . . su brevedad. Encerrar algún tiempo en presidio á un hombre es exaltar sus convicciones, y soltarle luego más decidido á dañar; porque si Vuestra Majestad me pregunta el juicio especial que he formado de ese sujeto, diré que, á mi ver. no es tanto un impostor como un sincero maniático. Sin duda por tor])eza de la policía prusiana ha sido imposible descubrir rastros de la verdadera familia de ese hombre, del verdadero sitio donde nació, y esto ha acrecido su locura, porque aftrma que no hay medio de probar que él sea otro de lo que dice ser. En lo cual, á fe mía, está en lo firme.
— ¡Y tanto! — declaró el rey.
— Pues nuestro... alucinado — continuó Leeazes — salió del presidio más furioso, con renovados ímpetus de afirmar sus soñados derechos. A cada hijo que le nacía, poníale un nombre histórico: Amelia, á la mayor, en recuerdo del viaje á Várennos; á otra, María Antonieta; á otra, María Teresa; k los van»- nes, Ca7'los, Eduardo.,. Toílo ello parece inofensivo y no loes, señor, porque con la tenacidad de la idea fija, ese hombre iba envolviéndose en una especie de jirón de pñrpura real... El cetro era de caña, i)ero ;tenía aureola de perseguido y de mártir!... ¡Fíjese bien Vuestra Majestad en todo ello y comprenderá cómo este personaje no es asimilable á los otros que han aparecido y á quienes hemos envalentonado, para que sirviesen de parapeto cx)ntra alguno que pudiese surgir revestido de mayor seriedad y basado en sui>erchería mejor fraguada!
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— ;Ali! ;Por supuesto, mi buon Lecazes/que este... os otra cosa I
— Cualquiera pensaría que yo lo ignoro.... Esa aureola do martirio despierta abnegaciones y entusiasmos. Por ejemplo: cuando el sujeto, al volver de presidio, so estableció en Crossen, sin un maravedí, encontró allí un magistrado ([ue le socorrió, que le- regaló fuertes sumas y que se erigió en defensor de su causa; otra especie de maniático, que escribía á todo el mundo eñ defensa de los imaginarios derechos y en solicitud de que el proceso se revisase... Tanto, cpie el secretario del i)ríncipe de Carolath tuvo que decirle á aquel mentecato dañino:— ¡Hay en Prusia fortalezas donde encerramos á los que se meten en lo que no les importa!— ; Créalo Vuestra Majestad, los tales redentores son una poste! ; A bien (^ue el redentor poco tardó en ascender.al lugar que le correspondía: al cielol...
— ¿Murió? — preguntó no sin sobresalto el rey.
— ¡Ay! Sí, señor... Una iudisposición repentina... Y tenemos razones para creer que él y no otro era el deposiUirio de los verdaderos i)apeles, de esos papeles malditos... de ese reguero de pólvora... Porque, al expirar en brazos de un hermano suyo, todo se le volvía repetir: «Ahí... en ese bufete... j)a])eles... papeles del príncipe»...
— ¿Y por qué no- se aprovechó tal coyuntura?... — ju-eguntó el rey con ironía.
— ¡Xo estaba yo allí, i>or desgracia I La policía tuvo soplo do los detalles de la muerte del iluso magistrado, y... al punto en quo éste subió al Empíreo, fueron coutiscados todos sus papeles.