Misterio · Unidad 16 de 196
Unidad 16 · 44 MISTERIO
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44 MISTERIO
zahori — respondió Renato.— Antes de marcharme, que me sea permitido besar la mano de mi novia.
— Ye y habla con ella libremente.
Las once de la noche serían cuando Renato cruzó otra vez la plaza solitaria. Acercóse al square, curioso de ver si quedaban rastros de la lucha. Estaba desierto, pero al pie de un árbol vio relucir algo y lo recogió: era el cuchillo, un cuchillo ancho y corto, de los que usan los marineros para destripar el pescado4 Al bajarse para alzar del suelo el arma, el cofre que llevaba aloyado contra el pecho cayó á tierra y botó en el tronco. Asustado Renato lo guardó dentro de la levita, abotonándola, y lo apretó con la mano para asegurarse de que no volvía á caer.
Al pasar la esquina para dirigirse á Willington Street, con objeto de tomar un cah^ no vio á dos hombres, los mismos de antes, guarecidos á la sombra de una enorme puerta cochera, y registrando desde ella todo lo que en la plaza sucedía.
— Ahí va el aprietagorjas — dijo el rechoncho con rencoroso acento, llevándose las manos á la nuez llena de equimosis y respirando mal toda^^a.
— Lleva un cofre— contestó el alto.— Sonó á metal... No irá vacío. ¿Se lo quitamos y le dejamos tieso?
— ¡Majadero I también llevará armas. Si no, no le hubiesen permitido salir.
— Ya hacia Willingtons'.
—Sigámosle como nos siguió él. Hay que saber quién es este mocito caído del cielo á mezclarse en lo que no le importa.
Y los dos bandidos, pegados á las casas, se deslizaron en pos del marqués de Brezé hasta que saltó en el cah y dio sus señas, por cierto en alta voz. Los perseguidores no necesitaron ni hacer el gasto de otro cáb. Renato aun no sabía lo que es envolverse en él misterio. Iba embriagado de su larga plática con Amelia, y sólo pensaba en su dicha.
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Antes que el incauto marqués de Brezé, cruzaremos nosotros el Estrecho y nos trasladaremos á Francia y á París. Estamos en el despacho del ministro Superintendente de policía, barón Lecazes; salón severa y ricamente amueblado al estilo más puro del Imperio. El poder del gran Corso, definitivamente hundido después del efímero paseo de los Cien días, sobrevivía
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en el mobiliario y el arte en general; sólo en las letras lo había destronado el joven romanticismo, con su espíritu á la vez apasionado, rebelde, diabólico y religioso.
¿Cómo no lukbían de estar amuebladas al gusto del Imperio las habitaciones de Lecazes, si eran las mismas de Fouché, el célebre ministro de policía de Napoleón, el segundo poder, y quién sabe si tras la cortina el primero de aquel vertiginoso período en que la policía llegó á su apogeo, el único hombre que realmente conoció la historia de su época? Lecazes, según fama, aprovechó la ingeniosa instalación de su predecesor, maraña laberínti<».cle pasillos, puertas secretas, escaleras excusadas, cuartitos ocultos en el espesor de las murallas y hasta verdaderos calabozos, donde un sujeto peligroso esperaba á oscuras, trabado de esposas y grillos, ser llevado á la presencia del todopoderoso Superintendente. Había tocadores, armarios y roperos que contenían los elementos de toda suerte de disfraces, y hasta se susurraba que existía un arsenal de tortura muy completo, con ruedas dentadas á la portuguesa, cuñas de acero á la austríaca, erizos de púas á la inglesa, pesas de plomo en cuerda á la apañóla, cascos de metal á la prusiana y otros artefactos no menos terroríficos. No hallando manera de comprobar estos rumores, no podremos responder de su veracidad; sólo diremos que los difundían los carbonarios que entonces pululaban; y tampoco nos atreveremos á afirmar que en efecto existiese en los dominios de Fouché cierto laboratorio de química, donde un enigmático doctor, venido de Oriente según decían, prestado por el Gran Turco, confeccionaba licores y zumos de