Misterio · Unidad 17 de 196

Unidad 17 · 48 MISTERIO

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hierbas que destilaban en las venas el letargo, la insania ó la muerte. Todo ello tiene corte de leyenda. No queremos adquirir grave compromiso ante los eruditos que no dan crédito sino (í lo constante en documentos-^olvidando que precisamente las cosas más transcendentales y dramáticas son aquellas de las cuales se procura y suele conseguirse que no quede ni rastro. Lo que ahora vemos no es sino el despacho, precedido de una antecámara ó saleta y una antesala, y al parecer sin más puerta de entrada que la del fondo, que da á la saleta y guarnece un cortinaje de seda verde brochada con palmas amarillas, plegado con simetría en clásicos tubos. Yiste las paredes seda igual á la del cortinaje, distribuida en recuadros de madera incrustada con filetes de dorado bronce. El pavimento es de mosaico de maderas i-aras y variadas, que con la alternativa de sus colores naturales dibujan alrededor primorosa greca y en el centro una cabeza de Medusa, de envedijada guedeja de víboras. Los canapés, recordando la figura de un cisne ó rematados en garras de tigre; los sillones, las sillas, los taburetes, lucen bronces artísticos, procesiones de ninfas de moños airosos, gráciles cuellos y encintadas sandalias, ó racimos de cupidines con teas en la mano. Alrededor del amplio escritork>-eo»e u&a4)c»andilla de labor delicada y menuda; la escribanía, de bronce también, representa á Laoooonte retorciéndose entre las roscas de las serpientes. El Laocoonte y la Medusa son lo único que allí despierta ideas de martirio y desesperación. Sobre el sillón del ministro, un doselete protege el retrato del rey.

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Hallábase el ministro sentado, y aunque delante de él se alzaba ingente montón de papales, no trabajaba; su actitud era meditabunda; su cabeza se reclinaba en la palma de la mano izquierda, y su diestra, negligentemente, jugaba con una pluma de plata con pico de acero, novedad que principiaba á abrirse camino. Tenida de Inglaterra. Difícil sería, á primera vista, distinguir esta meditación de un polizonte de la de un ñlósofo. El rostro del ministro bts, inteligente, y en pCiblico tenía estereotipada cierta voluntaria franqueza, una afabilidad sobrado constante para ser sincera, una sonrisa entre distraída y melosa. A solas, un pliegue de voluntad astuta y perseverante la reemplazaba; la expresión del hombre que marcha recto á sus fines. El superintendente del monarca restaurado tenía que desplegar más vigor que el del Corso. Este iba guiado por una inspiración superior; aquél inspiraba y dirigía; estaba detrás de la cortiüía para salvar al régimen, hasta de sí mismo. «¿Qué sería de ellos sin mí?» solía decirse Lecazes después de practicar alguno de los que llamaba juegos de manos, «Es preciso proceder sin consultar. Hay cosas que no se preguntan. Aquí yo soy el tejedor y lanzo la naveta. Ellos presencian... y gracias si no intervienen para romper la trama, ó si no la destrozan sos partidarios, los celosos vengadores^ esos furiosos del Mediodía» . Su meditación no era la incertidumbre de la conciencia que busca senda entre espinos y abrojos, sino un cálculo de probabilidades para acertar mejor cómo se realizaría lo que tenía determinado con tranquila resolución. De pronto se puso á registrar papeles; ató algunos con una cinta, formando un