Misterio · Unidad 18 de 196

Unidad 18 · 50 MISTERIO

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50 MISTERIO

paquetito; antes entresacó una carta, la releyó dos veces y la guardó cuidadosamente en su cartera.

Algo de importancia debía de bullir en su mente, porque la mano, al jugar de nuevo con la pluma, tenía sacudidas nerviosas y en el entrecejo se había fijado honda arruga. Dos relojes de sobremesa, á derecha é izquierda, sustentados en bellas consolas, acoplaron con rara precisión su voz de cristal; eran las dos de la tarde. El ministro hizo ese movimiento que revela el paso de la reflexión á la acción; oprimió un timbre, y al presentarse respetuoso el ujier en la encortinada puerta, le preguntó:

— ¿Quién está alií?

— El señor profesor Beauliége espera en la antesala.

— Que pase.

Momentos después presentábase ante el ministro uno de esos tipos de proletarios de la ciencia y de las letras que solemos encontrar aun hoy en los muelles de París, revolviendo el mostrador de los puestos de libros viejos que allí se venden á precios inverosímiles. Sombrero grasicnto; largas melenas grises desordenadas; el cuello del levitón sembrado de caspa y mugre; las manos metidas en guantes raídos, cuyos dedos dejaban asomar las sucias uñas; bajo el brazo una cartera desuerada, rellena sin duda de papelotes; la cara rasurada, la nariz puntiaguda, los ojos miopes, como entelarañados por el polvo — tal era la catadura del señor Beauliége. El barón, casi sin mirarle, le indicó que se sentase; industrial y práctico por naturaleza, profesaba á los literatos y escritores un desdén que apenas se tomaba el trabajo de disimular.

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— ¿Cómo va ese libro? — preguntó después del saludo, 'Señor barón — murmuró el pobre diablo, — no adelanto mucho, porque, como le consta á su señoría, carezco absolutamente de base. Fáltanme todos los comprobantes para establecer la defunción del niño; ignoro lo que sucedió durante los últimos tiempos de su encierro, y es harto difícil mi labor, ahora que, gracias al esi)íritu del siglo, la historia parece renovarse en sus mismas fuentes y aspira á apoyarse siemi)re en irrecusables datos. Cuando su señoría me mandó llamar, mi corazón latió de jñbilo; supuse que era para comunicarme algunos papeles de importancia.

— Señor Beauliege — contestó no sin ironía el Superintendente,—si poseyésemos la cáfila de documentos que usted solicita... no le necesitábamos á usted, ¡qué diantre! Con publicarlos en el Monitor... Lo que esperábamos de su ciencia y de su docta pluma era una reconstrucción, ;me comprendo usted?... una reconstrucción, vamos... conjetural y verosímil, y sobre todo tierna y conmovedora, muy bonita, de la existencia del infortunado príncipe dentro de su prisión. El asunto os precioso; tiene usted ahí campo abierto, horizontes amj)l¡os. No se trata de una novela, ¡cuidadol ¡eso no! se trata do una relación con todo el aspecto de historia; algo que forme la opinión de los tiempos venideros. Este trabajo, sobre todo si la gente supone que la idea de realizarlo ha partido de usted esix)ntáneamente, le valdrá honra y provecho. El sillón de la Academia no parecerá premio excesivo para tan original y simpático ..trabajo.

Al oir el nombre de la Academia, el sabio proletario se levantó de un brinco y después se agarró á la barandilla de la mesa escritorio para no caerse. Era la realización de un sueño creído fantástico, y el exceso de la dicha le abrumó; un deslumbramiento le hizo cerrar los ojos. El Superintendente estudiaba estos síntomas previstos. Sabía que á aquel infeliz no se le ganaba con dinero: era un esparciata vanidoso.

— Una obra escrita por usted — añadió — no necesita tanta balumba de documentación, señor profesor. Su autoridad de usted basta. Si usted fuera uno de esos locos que imaginan narraciones sin pies ni cabeza... Pero por lo mismo que es usted un estudioso, un documentado, el nombre de usted presta seriedad á cuanto produzca. El toque está en hacer algo formal sin mucha base... que desgraciadamente no poseemos.

— Me han dicho — indicó el profesor— que existe en el Hospital de Incurables una mujer que podría darnos luz en esa his toria. Es la viuda del malvado zapatero que atormentó al príncipe. He pensado dirigirme á ella.

Un airado golpe de la palma del ministro sobre la mesa interrumpió á Beauliége.

—¿Cómo he de meterle á usted en la cabeza, pardiez, que no se dirija á nadie, sino á quien yo le indique? ¿Ya usted á escribir cuentos de viejaa ó un libro digno de respeto?

Bajó la cabeza el erudito; la mágica perspectiva de la Academia le dictaba una sumisión perruna. Sin embargo, tímidamente, aun murmuró:

—Lástima que no exista siquiera el original del acta de de-