Misterio · Unidad 172 de 196
Unidad 172 · 43G MISTERIO
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43G MISTERIO
corazón para contener sus latidos, que resonaban allá dentro con jadear hondo do fragua.
Al mismo tiempo que la dama se aproximaba al lugar señalado para la cita, el sargento Nazario Pantín, en vistA de que no se necesitaban aquel día sus servicios ni los de la guardia que tenía á sus órdenes, había salido del castillo y se dirigía á la morada de cierta comadre suya, Rosa Lecaut, plancliadora de fino, hembra de arranque y de larga historia , en cuya casa afirmaba la malicia que no faltaba jamás, para un sargento de buena facha, gustoso palique y sabrosa cena. Nazario procuraba envolver en mil cendales esta flaqueza por altas razones, entre las cuales figuraba el cerrado criterio de la duquesa, que no entendía de irregularidades en ningún terreno y no consentía escándalos ni aun entre gente tan subalterna.
Vivía la planchadora en una cíisa de la calle de los Reservoirs, en el segundo piso.
Aquel día, al subir el sargento, no pudo menos de fijarse en una mujer joven que del tercero bajaba, vestida de luto riguroso, que parecían iluminar con reflejos solares sus cabellos de un rubio ceniza, peinados en tirabuzones al estilo de la época. Nazario, picado de curiosidad, se hizo atrás y dejó pasar á aquella niña, murmurando:
— |Parecido como él! ;Si es el retrato de la infeliz reina que se ha desprendido del lienzo!
Minutos después, sentado ya ante la mesa donde la planchadora encañonaba detenidamente una camisa de dormir, el sargento se propuso averiguar lo que no le importaba.
MISTEBIO 487
— ¿Quién es una muchacha rubia, de negro, que acabo de ver siilir de casa de tu vecina?
La planchadora, interrumpiendo la delicada operación á que se consagraba, respondió en ese tonillo confidencial, pero dramático, que insinúa grandes cosas:
— No sé... No la conozco... Pero, hijo del alma, ¡sospecho que hay allí algún lío muy especial! jCiato encerrado, ó mejor dicho, varios gatos! ¡Tú á mi vecina bien la conoces! ;Por supuesto!...
— ¡Yaya! — respondió el sargento. — ¿No la he de conocer? De toda la vida, y lo mismo á su hermano Luis Pedro Louvel, de quien no se tienen noticias desde que se llevó jíateta á su adorado emperador. ¡Porque era el tal Louvel un bonapartista fanático! ¡Y hombre más retraído y más socarrón! ¿Dónde andará aquel mochuelo?
— ¿Dónde? — repitió Rosa.— ¿Que dónde anda, dices? ¡Pues aquí, chiquillo, aquí! desde hace dos días. Y cx^n él, y á casa de su hermana igualmente, han venido esa señorita rubia á quien acabas de encontrar, y pocas horas después, recatándose mucho, un gentil mozo de ojos negros... Y yo juraría ¡hum! que á rezar no han venido... Porque el que no tiene que ocultar ¿verdad? entra y sale y hace la vida de todo el mundo; pero á esa gente, desde que llegó y se metió ahí como el conejo en la madriguera, no se la ha visto más, aun cuando me parece que de noche salen á dar sus vueltas... Yo, por casualidad, desde una de las ventanas que caen al patio atisbé... y á favor do un descuido he reconocido á Luis Pedro, el cual no se me despinta.