Misterio · Unidad 173 de 196
Unidad 173 · 438 MISTERIO
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;Tipo más antipático! También he visto al buen mozo, (pie, j-or señas, es un truhán...
— ¿A que ha querido engatusarte? — exclamó Nazario con celos muy aparatosos, que le valieron un moquete de su comadre y le distrajeron un momento de las indefinibles sospechas que empezaba á concebir.
La planchadora insistió:
— Tengo buen olfato; juraría que esos conspiran. ¡Ahora no se oye hablar sino de conspiraciones! No es natural (¿ue se escondan de día como los murciélagos...
— ¡Mujer! — articuló Nazario.— ¡Estás soñandol ¡Pues si ella ahora mismo iba camino de la calle!... Deben de ser fantasías tuyas. ¿Qué tiene de extraño (\\ie un hermano viva en Ciisa de su hermana?
— Que un hermano venga á casíi de su hermana no tiene nada de particular, pero hay liermanitos especiales y hay modos de venir... -porfió Rosa. — ¿Querrás creer ([ue la hermana, á t|uien vi ayer en el mercado, me negó á mí misma que estuviese aquí Luis Pedro? Como noté que compraba muelia carne, y manteca, y legumbres para cuatro ó cinco personas, la dije: «Hola! ¡huéspedes tenemos!» y la muy descarada respondió: vNo, mujer, ¿de dónde saca usted eso? Es que ahora gasto yo mejor apetito>>.
— ¡En efecto! — dijo el sargento pensativo.— ¡Eso es raro!
— ¡Y tafi raro! Luis Pedro Louvel á mí no me gusta. ¡Es capaz de todo!
—Bien, Rosita, ¿y qué nos importa?— contestó el sargento,
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que era en el fondo algo x)ancista. — Del parque de Versalles para fuera yo no toco ni pito ni flauta. Allí dentix) no ha de ir á hacer fechorías conspirador alguno; ni el rey ni los príncipes están ahora, y la señora duquesa es una bendita, con quien no se mete nadie... Dejémonos de historias. ¡Hay que hacerse el tonto una hora todos los días! ¡Lo que más me llama la atención de todo esto es la semejanza de esa chica de luto tan guapa con la infeliz reina!
— Valiente pájara será — indicó, algo escamada, la plan- (ihadora .
Mientras sostenían este diálogo, la joven de luto, que había bajado el velo de crespón de su capotita, salvaba algunas calles de las más concurridas y llegaba á una plaza desierta, sombreada por altos olmos. A los dos minutos de esperar en ella apareció por la parte opuesta un elegante caballeix), que, sin decir palabra, se colocó al lado de la joven. Caminaron en silencio, aunque trocando miradas, hasta salir del pueblecillo é internarse en las cercanías del parque por un sendero (¿ue rodeaba la tapia.
Guiaba el caballero, y de tiempo en tiempo se orientaba consultando un plano dibujado con rasgos de lápiz. Anduvieron bastante tiempo; la joven acabó por apoyarse en el brazo del galán, el cual de pronto se detuvo: acababan de encontrar una brecha en la tapia.
— Tenía razón Luis Pedro— dijo él.
Con un poco de agilidad podía penetrarse en el parque salvando aquella brecha. El saltó primero, y ya asegurado en lo